27 Jul AMAR AL AMOR DE LOS AMORES
(Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús – 16 de Junio de 2023)
Queridos hermanos: como hemos visto estos días de la novena, «el Corazón de Cristo es el centro de la fe cristiana. La Sagrada Escritura lo atestigua, los papas del último siglo así lo confirman, y la experiencia del pueblo de Dios lo ratifica. Dios es Amor (1Jn.4,8), y nos ha amado hasta el extremo: hasta hacerse hombre y compartir su vida con nosotros, hasta entregarse y morir crucificado, hasta quedarse vivo y palpitante en la Eucaristía».[1] Por eso seguirá repitiendo, hasta el final de los tiempos, con cada latido de su Corazón: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».” (Mt.11,25-30)… Pero ¡qué poquitos van a Él y se dejan aliviar por Él!
San Francisco de Asís pasaba noches enteras en oración. El recuerdo de su Señor Crucificado le quemaba como fuego, produciéndole una extraña mezcla de gozo y dolor, de pena y de alegría. Y decía: «Cuando pienso en la humildad de mi Señor Redentor, que cuando era calumniado, callaba; cuando era golpeado, no amenazaba; cuando era insultado, no protestaba… Cuando pienso en la paciencia infinita de mi Señor Jesucristo, siento ganas de llorar, […] Y cuando pienso que todo eso lo hizo por nuestro amor, ¡oh!, siento volverme loco y me nacen alas para volar sobre el mundo gritando: “El Amor no es amado, el Amor no es amado”».
¿Qué significa eso de que «el Amor no es amado»? ¿Cómo es posible que el Amor, Jesucristo, nuestro Señor, no sea amado por la Humanidad? Jesucristo es la Palabra salida de la boca del Padre. Jesucristo es el Amor del Padre. Jesucristo es el gran amador del Padre. Jesucristo llega a decir: “Quien me ve a mí, ve a mi Padre. Quien recibe a un niño, un enfermo, un pobre, un marginado de la sociedad, me recibe a mí”. Y es que Jesucristo sólo tenía una palabra, un deseo, una fijación: su Padre. Por eso llega a confesar: que su alimento y su alegría, es hacer la voluntad de su Padre, pues nadie ha amado tanto al Padre como el Hijo, y nadie ha amado tanto al Hijo como el Padre.
Queridos hermanos: Dios amó tanto al mundo, que entregó a su único Hijo, para hacernos hijos en el Hijo. Por eso, Jesús dirá: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama, no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado”. (Jn14,23-24). Por eso, hermano, hermana, cuando amas a Jesucristo, amas al Padre, y los dos junto con el Espíritu Santo amarán y vivirán en ti. Mis queridos hermanos: ¡Amemos al Amor, al Amor de los Amores!”[2]
Pero será el propio Corazón de Jesús el que lo anunciará personalmente, a través de algunos santos, como santa Margarita María de Alacoque, al descubrirle su Corazón envuelto en llamas de Amor, el 16 de junio de 1657, mientras le decía: «He aquí este Corazón que ha amado tanto a los hombres, que no ha omitido nada hasta agotarse y consumirse para manifestarles su amor, y por todo reconocimiento, no recibe de la mayor parte más que ingratitudes, desprecios, irreverencias y tibiezas que tienen para mí en este sacramento de amor (la Eucaristía). Pero lo que me es aún mucho más sensible es que son corazones que me están consagrados los que así me tratan.» Y le hará a Santa Margarita María una sorprendente propuesta, una súplica, casi mendicidad: “Al menos tú, ámame”.
Con esa petición de amor, Jesús no se limitaba sólo a los oídos de aquella santa… su Sagrado Corazón quería que todos los hombres escucháramos su mensaje de amor y misericordia. Por eso, hoy nos está diciendo estas mismas palabras a cada uno nosotros; hoy, te las está susurrando al oído, al corazón. Él te está llamando por tu nombre, está intentando enamorarte, para llevarte al desierto y hablarte al corazón (cf. Os.2,14). Para que al final, puedas decir con Jeremías: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir” (Jer.20,7). Me enamoraste y me dejé enamorar; y aprendí el Amor, el Amor verdadero, que eres Tú, y te amé.
Querido hermano, querida hermana: Hoy, Jesucristo, Nuestro Señor, te descubre a ti su Corazón traspasado y ardiente de Amor y te dice: “He aquí este Corazón, que ha amado tanto a los hombres, que no se ha reservado nada hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor, y en respuesta no recibo de la mayor parte sino ingratitud […] Por eso, … Al menos tú,… ámame.” Recordemos las palabras de san Juan: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.” (1Jn.4,10), y abrámosle, también, nuestro corazón, diciendo: “¡Gracias, Señor!, Tú hiciste todo esto por mí… ¿Qué puedo hacer yo ahora por ti?”… Y la mejor manera de reparar y saciar la sed de amor del Corazón de Cristo es practicar el amor concreto con el prójimo concreto.
Quien acepta el Amor de Dios queda necesariamente marcado por ese Amor. Quien llega a experimentar el Amor de Dios queda tocado por una llamada especial de Dios que le pide vivir para amar. Esto es lo que desea Jesús de aquellos que le aman: que lleguen a amar como Él nos ama, que lleguen a participar con Él de la salvación del mundo, que está perdido sin Dios. Su amor misericordioso nos provoca el deseo de participar en su obra de salvación y nos convierte en sus instrumentos, hace que nuestra vida se convierta, también, para los demás, en un manantial del que manan “ríos de agua viva” (Jn.7,38). San Juan dirá: “En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1Jn.3,16). Queridos hermanos: Necesitamos hacer esta experiencia hondísima y viva del amor dado por Dios para convertirnos en verdaderos creyentes capaces de amar hoy hasta dar la vida.
Así, nuestra identidad como cristianos e hijos de Dios, se irá configurando a imagen y semejanza de la suya y nos iremos pareciendo cada vez mas a Jesús. Y no es que Jesucristo vaya a anular nuestra personalidad o que vayamos a perder toda la belleza que Dios ha puesto en nosotros. ¡Es algo mucho mejor! Es que, sin dejar de ser nosotros mismos, comenzaremos a vivir con la alegría, la paciencia y la ternura de Jesús, pues será Cristo mismo el que viva y actúe en nosotros (cf. Gál.2,20). Queridos hermanos: ¡Nadie nos ama como Cristo y nadie puede ayudarnos mejor que Él! Tan solo nos pide que confiemos en su Amor en todas las circunstancias, cuando las cosas van bien y cuando parece que todo se hunde. Pase lo que pase, Él está siempre a nuestro lado. Por eso nos repite siempre, una vez más: “Al menos tú, ámame”. La pregunta clave es: ¿Queréis amar, de verdad, al Amor?, ¿al Amor de los amores?
¡Sagrado Corazón
de Jesús. En vos confío!
[1] Mons. Munilla
[2] Cf. Marlene Suárez Francia (Lic. Teología Espiritual- U.P. Comillas-Madrid)


























