03 Mar El Beato Engelmar nos explica el Romance del Ángel de Dachau

Dulce hogar de mis recuerdos,
en el cual me acristianaron,
donde estaba Dios presente,
donde, a rezar, me enseñaron.
Nací en Greifendorf -actual República Checa-, el 1 de Marzo de 1911 –y fui bautizado con el nombre de Hubert-. Mis padres eran unos sencillos granjeros y tuve cuatro hermanas. Mi madre rezaba mucho y nuestro hogar era muy religioso, pues los domingos por la mañana todos íbamos a misa y por la tarde a la bendición. Todo era feliz hasta que estalló la sangrienta guerra mundial en 1914 y mi padre tuvo que irse para hacer frente al enemigo ruso, pero cayó prisionero y fue llevado a un campo de concentración, donde enfermó y murió de tifus, el 14 de enero de 1916. Yo era muy pequeño entonces.
Poco a poco fue, en mi vida,
la vocación madurando,
y quise ser misionero
en continente africano.
Desde niño sentí la llamada de Dios, pero la muerte de mi padre lo retrasó todo, al tener que encargarme de las tareas de la granja familiar, y, también, lo maduró todo, pues me sentí impulsado a servir a Cristo, trabajando por la salvación de las almas. Y, tomando conciencia sobre las misiones, por las revistas y calendarios de Mariannhill, decidí dedicar mi vida a la conversión de los paganos en esa congregación, recibiendo el nombre de Engelmar y el hábito de Mariannhill, el 30 de Abril de 1934.
Congregación de Mariannhill,
de misionero apostolado,
al servicio de los hombres,
sacerdote me has llamado.
Al entrar en el seminario de Mariannhill, en Würzburg (Alemania), pude, finalmente, dar respuesta a mi llamada a ser consagrado, sacerdote y misionero, pues el 1 de Mayo de 1938 hice mis votos perpetuos como religioso y, tras recibir las diversas órdenes menores, fui ordenado sacerdote el 6 de Agosto de 1939, celebrando mi primera Misa en mi pueblo, en la fiesta de la Virgen de Agosto.
En religiosa obediencia,
África / en Glöckelberg trocado,
hube-de-dar / mi mejor fruto,
allá donde fui plantado.
Pero mi anhelada ida a las misiones africanas se truncó al estallar la Segunda Guerra Mundial, el 1 de Septiembre de 1939, y mis superiores me enviaron, como párroco, a un pueblo de la selva de Bohemia, llamado Glöckelberg. Y así, el 1 de octubre de ese año, viviendo como un ermitaño en la casa parroquial, pues no tenía muebles ni leña para el invierno, comencé mis labores de párroco, visitando regularmente familias, enfermos y ancianos.
“Hombres arios o judíos,
son iguales ante Dios,
creados del mismo barro,
por mano del mismo Autor”.
Con los sermones dominicales y mi ejemplo de vida, las catequesis parroquiales y las clases de religión en la escuela, invité a mi feligresía a practicar el mandamiento del amor, defendiendo la vida, la concordia y la igual dignidad de las personas, ya fueran arias o judías, pero las autoridades de Glöckelberg, demasiado radicales en su vivencia de las consignas nazis, malinterpretaron mis enseñanzas y me denunciaron a la Gestapo, la policía secreta nazi, por “defender a los judíos”.
Hiriente fue mi respuesta,
pues me arrestó la Gestapo,
mas ésta plugo al buen Dios,
que no se fue de mi lado.
Mi hermana María Huberta os contará cómo sucedió todo: «De repente vi cómo paraba un coche en la casa rectoral y eso me asustó un poco. Al poco rato, mi hermano vino donde yo estaba y me dijo: “¡Mira, la Gestapo está aquí! ¡Ven conmigo rápidamente!”. Mientras tanto los dos oficiales registraban todo en la oficina parroquial. Página tras página, miraron los sermones de mi hermano y cogieron algunos de ellos. Hubert estaba pálido mientras cogía su pequeña maleta para poner en ella algunas cosas. Yo no fui capaz de hacerle algo para comer. Me hubiera gustado cocinar algo para él. Pero todo ocurrió muy rápido…». (21-Abril-1941).
Prisionero fui en Dachau,
en el infierno hospedado,
si Dios permite estas cosas,
un buen Plan Él ha trazado.
Tras semanas en prisión preventiva, y sin juicio previo, me recluyeron en el Campo de Concentración de Dachau, “el convento más grande del mundo”, pues llegó a albergar a casi 3.000 clérigos. Allí me asignaron el número 26.147 y, como clérigo que era, cosieron en mi chaqueta y pantalón unos triángulos invertidos de color rojo, distintivo de los “presos políticos”, y un aspa blanca a la espalda, distintivo de los sacerdotes, y, por último, me asignaron al Bloque 26, el de los sacerdotes católicos.
De espinas, las alambradas,
trenzó, riendo, el diablo,
mas de mis buenas acciones,
bellas rosas germinaron.
En medio de aquel “infierno” experimenté amenazas, prohibiciones, trabajo inhumano, agotamiento, peligros, angustia, terror, hacinamiento, desnutrición, enfermedad, pero, aún así, yo seguía siendo consagrado, sacerdote y misionero. «Depende de nosotros hacer cada cosa por la gloria de Dios y hacer felices a los demás. Obtenemos así el más grande de los beneficios y la vida se vuelve más llevadera», por eso, en aquella “ciudad de muerte”, tan necesitada del amor de Dios, administré los sacramentos, llevé la comunión a los enfermos y asistí a los moribundos, hasta que Dios quiso.
Mártir de la Caridad
y buen Ángel de Dachau
yo me hice tierno pan,
por nutrir a mis hermanos.
El P. Joseph Witthaut cuenta que el P. Engelmar «siempre estaba pensando en cómo ayudar a los demás. Él se consideraba a sí mismo el último. Cuando recibía un paquete de casa, siempre encontraba a alguien con quien compartir. Mendigaba entre sus hermanos sacerdotes para luego entregar lo recogido allí donde más se necesitaba. Muchas limosnas pasaban por sus manos e iban a parar a los prisioneros más necesitados; a gran número de los cuales él conocía, debido a su mucho tiempo de estancia en el campo».
Falleció mi buena madre,
estando yo tan alejado,
mas qué cerca la he sentído
en la Misa que he oficiado.
«Hoy me informaron de la muerte de mi querida madre. Me hubiera gustado verla una vez más en esta vida y haber presidido su funeral. Pero Dios ha querido que estuviéramos juntos por última vez el día de mi primera Misa y que celebremos nuestro próximo encuentro, como ardientemente espero, en un mundo mejor […] He conseguido permiso para ofrecer la misa por el descanso de mi querida madre el día 5 de Marzo -será la primera vez que celebre en Dachau-. Con gusto haré todo lo posible, rezando y sacrificándome, para que Dios la reciba en la alegría eterna».
Acercando Tu Palabra
a los rusos, mis hermanos,
me he sentido misionero
en un lugar / inesperado.
Un día, las autoridades de Dachau trajeron infinidad de prisioneros rusos al Campo y, gracias a mis conocimientos de ruso, desarrollados durante mi época de seminarista, fui capaz de atenderles espiritualmente, traduciendo al ruso partes de la Sagrada Escritura, textos del Catecismo y párrafos del libro “La Imitación de Cristo”, de Kempis, que los prisioneros rusos leían a escondidas y con gran avidez.
En barracones con tifus,
sin miedo a ser contagiado,
a cuidar de los enfermos,
me he ofrecido voluntario.
El P. Sales Hess nos dice, que al ofrecerse como voluntario –para los barracones del tifus-, el P. Engelmar realizó la decisión más importante de su vida: se encaminó voluntariamente hacia la muerte por amor a aquellos hermanos suyos. El P. Johannes Maria Lenz, SJ nos dice, también, que «los cuidados y servicios eran para el P. Engelmar expresión necesaria y fruto de su amor sacerdotal hacia el prójimo. Con gusto confesaba a sus pobres y de manera tranquila y bondadosa repartía consuelo…». Aquellos bloques del tifus, en Dachau, se convirtieron en la última parroquia del P. Engelmar.
Buscando el óleo santo,
nuestros ojos se han cruzado,
veo un rostro entristecido,
Lenz, un hombre agonizando.
El P. Johannes Maria Lenz, SJ fue el último en verle con vida: «Una tarde me llamaron desde una ventana de la segunda habitación. Era Engelmar, que llamaba y preguntaba por mí… Quería óleo de enfermos para sus pacientes moribundos, porque se le había terminado el suyo… La fiebre brillaba en sus ojos y había manchas rojas en sus flacas mejillas… no parecía darse cuenta de que la muerte ya le había echado mano sin remedio. Él quería seguir ayudando todavía a muchos, porque muchos eran los que esperaban su ayuda. En sí mismo, él no pensaba».
A mi Dios entrego el alma,
Virgen Santa, por tu mano…
Hacia el Cielo de Dachau
hoy un Ángel ha volado.
El 20 de Febrero de 1945, fui trasladado al barracón de los enfermos, donde me diagnosticaron algo que ya sabía: tifus en estado avanzado. Durante algunos días experimenté una leve mejoría y pensé, con alegría, en volver a mis tareas pastorales, pues eran muchos los que me necesitaban, pero el día de mi cumpleaños sufrí una recaída y, al día siguiente, 2 de Marzo de 1945, con 34 años recién cumplidos, le entregue a Dios mi último aliento.
Tres cruces para un Calvario:
La del Mártir que es Jesús,
la del mártir de Dachau,
la del mártir de Emaús.
El P. Richard Schneider afirma que «el celo del P. Engelmar por la causa de la fe le costó la vida. Uno puede decir, sin adulación, que el Padre Engelmar Unzeitig fue un mártir: Un mártir de la fe, porque, por la causa de la fe, fue enviado al Campo de Concentración de Dachau, y debido a su celo por las almas, allí murió; y un mártir de la caridad, porque, al cuidar a los prisioneros, dio su vida por aquellos que, en el Campo, eran considerados meros números y no personas».
A la gloria asciendo ya,
en mí, el / Amor ha triunfado,
es la / victoria de la Gracia,
que el Plan de Dios ha consumado.
Mi testamento espiritual: «El amor multiplica las fuerzas, inventa cosas, da libertad interior y alegría… los rayos cálidos del sol que es el amor del Padre bueno son más fuertes y al final triunfarán. Lo bueno es inmortal y la victoria debe ser de Dios, aunque a veces parezca tarea inútil extender el amor de Dios en el mundo. De cualquier forma, el corazón del hombre desea el amor; al final nada se resiste a la fuerza del amor, con tal de que esté basado en Dios y no en las criaturas. Sigamos haciendo lo posible y ofrezcamos sacrificios para que el amor y la paz reinen pronto, otra vez».
Amén. Aleluya.
«Querido P. Engelmar, “Ángel de Dachau” y “Mártir de la Caridad”, tú que supiste vivir y morir con el corazón en la mano. Ruega por nosotros».
P. Juan José Cepedano Flórez CMM.
+ Salamanca, 26-II-2020.
© P. Juan José Cepedano Flórez CMM.


























