15
Oct 21

Mensaje del Papa Francisco para el Domund 2021 [24 de Octubre]

Mensaje del Papa Francisco

para el Domund 2021

[24 de Octubre]

«No podemos dejar de hablar

de lo que hemos visto y oído».

[Act. 4, 20]

 

Foto 1: © Elpolitico.com

 

Foto 2: © P. LINO HERRERO PRIETO CMM [España]

San Francisco Javier, Patrono de las misiones: Vidriera que se encuentra en la capilla de la sede nacional de las Obras Misionales Pontificias [Madrid/España].

 

Foto 3: © P. LINO HERRERO PRIETO CMM [España]

San Francisco Javier, Patrono de las misiones: Vidriera que se encuentra en la capilla de la sede nacional de las Obras Misionales Pontificias [Madrid/España].

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando experimentamos la fuerza del amor de Dios, cuando reconocemos su presencia de Padre en nuestra vida personal y comunitaria, no podemos dejar de anunciar y compartir lo que hemos visto y oído. La relación de Jesús con sus discípulos, su humanidad que se nos revela en el misterio de la encarnación, en su Evangelio y en su Pascua nos hacen ver hasta qué punto Dios ama nuestra humanidad y hace suyos nuestros gozos y sufrimientos, nuestros deseos y nuestras angustias [cf. Const. Ap. Gaudium et spes, 22]. Todo en Cristo nos recuerda que el mundo en el que vivimos y su necesidad de redención no le es ajena y nos convoca también a sentirnos parte activa de esta misión: «Salgan al cruce de los caminos e inviten a todos los que encuentren» [Mt 22, 9]. Nadie es ajeno, nadie puede sentirse extraño o lejano a este amor de compasión.

[La experiencia de los apóstoles]

La historia de la evangelización comienza con una búsqueda apasionada del Señor que llama y quiere entablar con cada persona, allí donde se encuentra, un diálogo de amistad [cf. Jn 15, 12-17]. Los apóstoles son los primeros en dar cuenta de eso, hasta recuerdan el día y la hora en que fueron encontrados: «Era alrededor de las cuatro de la tarde» [Jn 1, 39]. La amistad con el Señor, verlo curar a los enfermos, comer con los pecadores, alimentar a los hambrientos, acercarse a los excluidos, tocar a los impuros, identificarse con los necesitados, invitar a las bienaventuranzas, enseñar de una manera nueva y llena de autoridad, deja una huella imborrable, capaz de suscitar el asombro, y una alegría expansiva y gratuita que no se puede contener. Como decía el profeta Jeremías, esta experiencia es el fuego ardiente de su presencia activa en nuestro corazón que nos impulsa a la misión, aunque a veces comporte sacrificios e incomprensiones [cf. 20, 7-9]. El amor siempre está en movimiento y nos pone en movimiento para compartir el anuncio más hermoso y esperanzador: «Hemos encontrado al Mesías» [Jn 1, 41].

Con Jesús hemos visto, oído y palpado que las cosas pueden ser diferentes. Él inauguró, ya para hoy, los tiempos por venir recordándonos una característica esencial de nuestro ser humanos, tantas veces olvidada: «Hemos sido hechos para la plenitud que sólo se alcanza en el amor» [Fratelli tutti, 68]. Tiempos nuevos que suscitan una fe capaz de impulsar iniciativas y forjar comunidades a partir de hombres y mujeres que aprenden a hacerse cargo de la fragilidad propia y la de los demás, promoviendo la fraternidad y la amistad social [cf. ibíd., 67]. La comunidad eclesial muestra su belleza cada vez que recuerda con gratitud que el Señor nos amó primero [cf. 1 Jn 4, 19]. Esa «predilección amorosa del Señor nos sorprende, y el asombro —por su propia naturaleza— no podemos poseerlo por nosotros mismos ni imponerlo. […] Sólo así puede florecer el milagro de la gratuidad, el don gratuito de sí. Tampoco el fervor misionero puede obtenerse como consecuencia de un razonamiento o de un cálculo. Ponerse en “estado de misión” es un efecto del agradecimiento» [Mensaje a las Obras Misionales Pontificias, 21 mayo 2020].

Sin embargo, los tiempos no eran fáciles; los primeros cristianos comenzaron su vida de fe en un ambiente hostil y complicado. Historias de postergaciones y encierros se cruzaban con resistencias internas y externas que parecían contradecir y hasta negar lo que habían visto y oído; pero eso, lejos de ser una dificultad u obstáculo que los llevara a replegarse o ensimismarse, los impulsó a transformar todos los inconvenientes, contradicciones y dificultades en una oportunidad para la misión. Los límites e impedimentos se volvieron también un lugar privilegiado para ungir todo y a todos con el Espíritu del Señor. Nada ni nadie podía quedar ajeno a ese anuncio liberador.

Tenemos el testimonio vivo de todo esto en los Hechos de los Apóstoles, libro de cabecera de los discípulos misioneros. Es el libro que recoge cómo el perfume del Evangelio fue calando a su paso y suscitando la alegría que sólo el Espíritu nos puede regalar. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos enseña a vivir las pruebas abrazándonos a Cristo, para madurar la «convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos» y la certeza de que «quien se ofrece y entrega a Dios por amor seguramente será fecundo» [Evangelii gaudium, 279].

Así también nosotros: tampoco es fácil el momento actual de nuestra historia. La situación de la pandemia evidenció y amplificó el dolor, la soledad, la pobreza y las injusticias que ya tantos padecían y puso al descubierto nuestras falsas seguridades y las fragmentaciones y polarizaciones que silenciosamente nos laceran. Los más frágiles y vulnerables experimentaron aún más su vulnerabilidad y fragilidad. Hemos experimentado el desánimo, el desencanto, el cansancio, y hasta la amargura conformista y desesperanzadora pudo apoderarse de nuestras miradas. Pero nosotros «no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Jesús como Cristo y Señor, pues no somos más que servidores de ustedes por causa de Jesús» [2 Co 4, 5]. Por eso sentimos resonar en nuestras comunidades y hogares la Palabra de vida que se hace eco en nuestros corazones y nos dice: «No está aquí: ¡ha resucitado!» [Lc 24, 6]; Palabra de esperanza que rompe todo determinismo y, para aquellos que se dejan tocar, regala la libertad y la audacia necesarias para ponerse de pie y buscar creativamente todas las maneras posibles de vivir la compasión, ese “sacramental” de la cercanía de Dios con nosotros que no abandona a nadie al borde del camino. En este tiempo de pandemia, ante la tentación de enmascarar y justificar la indiferencia y la apatía en nombre del sano distanciamiento social, urge la misión de la compasión capaz de hacer de la necesaria distancia un lugar de encuentro, de cuidado y de promoción. «Lo que hemos visto y oído» [Hch 4, 20], la misericordia con la que hemos sido tratados, se transforma en el punto de referencia y de credibilidad que nos permite recuperar la pasión compartida por crear «una comunidad de pertenencia y solidaridad, a la cual destinar tiempo, esfuerzo y bienes» [Fratelli tutti, 36]. Es su Palabra la que cotidianamente nos redime y nos salva de las excusas que llevan a encerrarnos en el más vil de los escepticismos: “todo da igual, nada va a cambiar”. Y frente a la pregunta: “¿para qué me voy a privar de mis seguridades, comodidades y placeres si no voy a ver ningún resultado importante?”, la respuesta permanece siempre la misma: «Jesucristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte y está lleno de poder. Jesucristo verdaderamente vive» [Evangelii gaudium, 275] y nos quiere también vivos, fraternos y capaces de hospedar y compartir esta esperanza. En el contexto actual urgen misioneros de esperanza que, ungidos por el Señor, sean capaces de recordar proféticamente que nadie se salva por sí solo.

Al igual que los apóstoles y los primeros cristianos, también nosotros decimos con todas nuestras fuerzas: «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» [Hch 4, 20]. Todo lo que hemos recibido, todo lo que el Señor nos ha ido concediendo, nos lo ha regalado para que lo pongamos en juego y se lo regalemos gratuitamente a los demás. Como los apóstoles que han visto, oído y tocado la salvación de Jesús [cf. 1 Jn 1, 1-4], así nosotros hoy podemos palpar la carne sufriente y gloriosa de Cristo en la historia de cada día y animarnos a compartir con todos un destino de esperanza, esa nota indiscutible que nace de sabernos acompañados por el Señor. Los cristianos no podemos reservar al Señor para nosotros mismos: la misión evangelizadora de la Iglesia expresa su implicación total y pública en la transformación del mundo y en la custodia de la creación.

[Una invitación a cada uno de nosotros]

El lema de la Jornada Mundial de las Misiones de este año, «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 20), es una invitación a cada uno de nosotros a “hacernos cargo” y dar a conocer aquello que tenemos en el corazón. Esta misión es y ha sido siempre la identidad de la Iglesia: «Ella existe para evangelizar» [S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 14]. Nuestra vida de fe se debilita, pierde profecía y capacidad de asombro y gratitud en el aislamiento personal o encerrándose en pequeños grupos; por su propia dinámica exige una creciente apertura capaz de llegar y abrazar a todos. Los primeros cristianos, lejos de ser seducidos para recluirse en una élite, fueron atraídos por el Señor y por la vida nueva que ofrecía para ir entre las gentes y testimoniar lo que habían visto y oído: el Reino de Dios está cerca. Lo hicieron con la generosidad, la gratitud y la nobleza propias de aquellos que siembran sabiendo que otros comerán el fruto de su entrega y sacrificio. Por eso me gusta pensar que «aun los más débiles, limitados y heridos pueden ser misioneros a su manera, porque siempre hay que permitir que el bien se comunique, aunque conviva con muchas fragilidades» [Christus vivit, 239].

En la Jornada Mundial de las Misiones, que se celebra cada año el tercer domingo de octubre, recordamos agradecidamente a todas esas personas que, con su testimonio de vida, nos ayudan a renovar nuestro compromiso bautismal de ser apóstoles generosos y alegres del Evangelio. Recordamos especialmente a quienes fueron capaces de ponerse en camino, dejar su tierra y sus hogares para que el Evangelio pueda alcanzar sin demoras y sin miedos esos rincones de pueblos y ciudades donde tantas vidas se encuentran sedientas de bendición.

Contemplar su testimonio misionero nos anima a ser valientes y a pedir con insistencia «al dueño que envíe trabajadores para su cosecha» [Lc 10, 2], porque somos conscientes de que la vocación a la misión no es algo del pasado o un recuerdo romántico de otros tiempos. Hoy, Jesús necesita corazones que sean capaces de vivir su vocación como una verdadera historia de amor, que les haga salir a las periferias del mundo y convertirse en mensajeros e instrumentos de compasión. Y es un llamado que Él nos hace a todos, aunque no de la misma manera. Recordemos que hay periferias que están cerca de nosotros, en el centro de una ciudad, o en la propia familia. También hay un aspecto de la apertura universal del amor que no es geográfico sino existencial. Siempre, pero especialmente en estos tiempos de pandemia es importante ampliar la capacidad cotidiana de ensanchar nuestros círculos, de llegar a aquellos que espontáneamente no los sentiríamos parte de “mi mundo de intereses”, aunque estén cerca nuestro [cf. Fratelli tutti, 97]. Vivir la misión es aventurarse a desarrollar los mismos sentimientos de Cristo Jesús y creer con Él que quien está a mi lado es también mi hermano y mi hermana. Que su amor de compasión despierte también nuestro corazón y nos vuelva a todos discípulos misioneros.

Que María, la primera discípula misionera, haga crecer en todos los bautizados el deseo de ser sal y luz en nuestras tierras [cf. Mt 5, 13-14].

Roma, San Juan de Letrán, 6 de enero de 2021, Solemnidad de la Epifanía del Señor.

 

Papa Francisco

 


15
Oct 21

El abad Francisco, amigo de San José

© P. LUKAS ANTON METTLER CMM [+]

 San José, Protector de Mariannhill: Imagen situada en la cara interior del pórtico del Monasterio de Mariannhill en KwaZulu-Natal [Sudáfrica].

Solemos decir que Mariannhill – Monasterio trapense fundado en 1882 cerca de la ciudad de Durban [Kwazulu-Natal/Sudáfrica] y hoy Casa Madre de los Misioneros de Mariannhill – no se entiende sin aquél que fue su fundador, el Siervo de Dios Abad Francisco Pfanner.  Pero el mismo Abad nos corrige: Mariannhill no se entiende sin San José. Cuatro fueron las preocupaciones del Abad Francisco al acometer la aventura misionera de Mariannhill: la evangelización de los pueblos zulúes, la obtención de los medios materiales necesarios, la formación de buenos y santos monjes y hacer que todo ello quedara orientado hacia el cielo, hacia Dios. Y con el fin de poder atender estas cuatro preocupaciones el Abad Francisco buscó y encontró en San José a su poderoso Protector.

El Abad Francisco escogió a San José como protector de todas las empresas misioneras de Mariannhill, porque San José fue el primer misionero que llegó al continente africano cuando llevó al Niño Jesús a Egipto: “San José, buscando refugio en tierra de Egipto, fue el primero que llevó a Jesús al continente africano… San José fue el primero que plantó el grano de mostaza del cristianismo en tierras africanas… San José llevó por primera vez al Salvador a los gentiles en el valle del Nilo”.

El Abad Francisco escogió a San José como protector de todas las obras materiales, de desarrollo social y de promoción humana de Mariannhill, como eran templos, conventos, hospitales, escuelas, talleres, establos y granjas, porque San José fue el que alimentó, vistió y cobijó al Niño Jesús en Nazaret: “La gente dice que soy un exagerado a la hora de pedir dinero para los zulúes…; que soy un descarado… Con gusto me dejo llamar atrevido porque cada necesidad material se la encomiendo a San José.  En los últimos 19 años los negocios más redondos los he realizado con el carpintero de Nazaret… Comencé las edificaciones sin un centavo en el bolsillo y San José, mi constructor y arquitecto, me suministró siempre el dinero necesario para ello”.

El Abad Francisco escogió a San José como protector de todas las tareas realizadas en Mariannhill tendentes a la formación de religiosos santos, porque San José fue el que formó y educó al Niño Jesús con el ejemplo de una vida santa, humilde y silenciosa: “San José fue un hombre religioso y santo porque supo guardar silencio…  Ser silencioso es tanto como ser santo. Un monje silencioso es humilde, paciente, no hace mal ni se queja… San José enseña a nuestros novicios a ser buenos religiosos porque les educa en el silencio interior”.

El Abad Francisco escogió a San José como protector de toda la vida y actividad desarrollada en Mariannhill porque, realizada la travesía, se necesita un experto marinero y práctico que introduzca el barco en el puerto y San José es esa mano segura y experta que guía a personas y actividades hacia Dios, puerto feliz de toda navegación: “Quiero que todo el mundo se entere de que San José es un gran marinero. Pero mucho más aún le necesitamos como práctico y guía espiritual. Como tal nos puede hacer un excelente servicio, pues es el mejor patrono de la buena muerte. Y es que de eso depende todo, de poder morir bien. Este es el viaje más importante, el que cruza el mar de la eternidad. ¡Oh eternidad, mar inconmensurable! O mare, quam magnun et spatiosum!”

 Al fundar el Monasterio de Mariannhill, el Abad Francisco se embarcó en una aventura misionera que requería cantidad de medios materiales para poder ser llevada a cabo y que precisaba de religiosos santos para su puesta en práctica.  Y todo ello con la única finalidad de acercar la Salvación de Cristo a los pueblos africanos del sur del continente. Para llevar a buen puerto la nave de Mariannhill, así diseñada, el Abad Francisco se buscó como experto marinero y práctico a San José. Por ello Mariannhill reconoció desde un principio a San José como a su Protector.

 [SAN José: EL PRIMER MISIONERO EN ÁFRICA]

Recuerda el Abad que hubo un tal José, hijo de Jacob, que vendido a unos nómadas por sus propios hermanos, fue llevado a Egipto y llegó a ser jefe de la Casa del Faraón. Cuando años después se dio a conocer a sus hermanos, les dijo: “para vuestro bien me ha enviado Dios a Egipto delante de vosotros”. Estas palabras también las podía repetir con propiedad el mismo San José, pues para bien de la tierra africana y de todos sus moradores llevó al Redentor a un país en el norte del continente africano. San José llevó al Redentor a la tierra de los gentiles.

Y continúa el Abad diciendo que los Trapenses cuando llegaron a Sudáfrica, aunque poco era lo que tenían, era mucho en comparación con lo poquísimo que tenía San José: “… Cuando nosotros llegamos a esta parte de África y pudimos ofrecer descanso a nuestros cuerpos fatigados sobre la hierba, cubiertos con mantas y bajo tiendas, ¡qué ricos fuimos en comparación con San José! San José probablemente no tenía una tienda donde protegerse del sol y de la lluvia”.

Situado en el valle del Nilo, San José no se preocupó únicamente de atender las necesidades materiales de los tesoros que Dios le había encomendado a su custodia, Jesús y María; se preocupó también de la salvación de la gente que vivía a su alrededor, que atraídos por su lengua extraña y por su indumentaria diferente, se acercaban a El. A San José “no le podía ser indiferente si los indígenas conocían o no al Dios verdadero y al Salvador recién nacido”.

Y dirigiéndose a sus monjes el Abad les dice: “… vosotros habéis dejado atrás, igual que José, a vuestros familiares, vuestras posesiones y vuestra patria.  Incluso habéis dejado un continente de clima moderado y habéis venido a África, al mismo continente al que vino él, bajo ese mismo sol de justicia con casi idéntica temperatura a la que tuvo que soportar él”. Si San José llevó a los paganos al mismo Salvador, los trapenses misioneros de Mariannhill llevaron a Jesús a África. Y añade el Abad Francisco: “Cuando llegamos aquí, nuestros africanos sabían de San José y del niño Jesús tanto como hace 1800 años los habitantes de Heliópolis en el valle del Nilo. La única diferencia es ésta: San José llevó a Jesús, su luz y su gracia a los africanos en la punta noreste del continente y nosotros a los que viven en estas regiones del sur”.

Pasa ahora el Abad Francisco a poner de relieve otra dimensión de la comparación que está realizando entre la llegada de San José al norte de África y la llegada de los Trapenses, y señala que San José “no llevó otra cosa que sus pies heridos y su ropa gastada después de tan largo y duro viaje desde el país de los judíos.  Vosotros os acordáis muy bien de cómo, después de dos años de luchar contra los espinos y los cactus en nuestro hábitat anterior, estaban vuestros pies heridos y vuestros hábitos hechos jirones… ¿Acaso no es cada bautismo de uno de estos nativos que hasta ahora se tenían como cerrados e imposibles de convertir, una victoria del bien e incluso de los Trapenses?… De hecho, San José ha demostrado ser no sólo nuestro tutor, sino también nuestro guía misionero. Ha escuchado nuestra oración”.

La confesión que hiciera José, el hijo de Jacob, ante sus hermanos la pone el Abad en labios de San José y dirigida a los Trapenses: “Por vuestra salvación he sido enviado a África delante de vosotros”.  Esto significa para el Abad que San José se ha convertido en un modelo misionero para los Trapenses: “… para que de San José aprendáis el celo misionero”. Por todo lo dicho el Abad no dudó un momento a la hora de poner toda su actividad misionera bajo el cuidado y protección de San José: “Por esta razón queremos poner todo lo que tiene que ver con la conversión y la cristianización bajo la protección de San José: las escuelas, el instituto para los chicos y el colegio para las chicas, las chozas para predicar y más adelante la Iglesia para la misión”. Y vuelve el Abad a poner en boca de San José las palabras de aquel otro José, hijo de Jacob, para decirles ahora a los africanos: “Por vuestra salvación, por vuestro bien corporal y espiritual, Dios me ha enviado a vosotros y a África, para que tengáis en mí un padre, un tutor y un protector”. Se convierte así San José no sólo en una ayuda para la actividad misionera sino también en parte integrante del contenido mismo del mensaje a difundir con dicha actividad. El misionero ha de confiar en San José y ha de hablar sobre San José.

El Abad pide frecuentemente a San José, seguro de su influencia poderosa, por esta causa: “Estoy convencido de que tiene que ser un ferviente deseo de San José, a quien se considera como patrono de toda la Iglesia, que aquel continente, en el cual él mismo evangelizó durante siete años, reciba por fin la luz del cristianismo… Hemos empezado la letanía a San José precisamente por eso, para que él nos envíe buenos misioneros o candidatos para la Trapa.  Y tú, ¡oh San José, haz uso de tu influencia poderosa! ¡Es ahora cuando te necesitamos! Se trata de salvar millones de personas. Se trata de convertir la tierra que un día te dio cobijo. Se trata de demostrar, y de demostrar ante el mundo entero, el gran poder que tienes. Se trata de demostrar que quien se dirija a ti, de ninguna manera quedará defraudado”.

 

  1. Lino Herrero Prieto CMM

Misionero de Mariannhill

 


20
Ago 21

A, B y C [Experiencia – realidad- reflexión]

[A]

        MaSibanda era, por aquel entonces – 1982 -, una señora muy anciana. A pesar de sus muchos años, ejercía de abuela de sus muchos nietos y de madre de los hijos de otros, todos ellos huérfanos debido a la guerra civil que su país africano estaba sufriendo. Ella vivía en una aldea muy alejada de la Misión donde, por entonces, yo estaba trabajando. Una vez al mes solía acercarme al lugar donde vivía MaSibanda para celebrar la Misa.

Aunque ya han pasado muchos años, todavía hoy, me recuerdo de una de las primeras veces que fui al lugar. Después de conducir por interminables caminos polvorientos, al llegar al lugar, me encontré a MaSibanda sentada bajo un enorme árbol, mientras los niños estaban barriendo el terreno. Pronto apareció también un hombre ciego agarrado de la mano de uno de sus nietos. Después de un rato, y dándome cuenta de que nadie más iba a venir a la Misa, le sugerí que podríamos hacer una oración y así poder llegar a casa antes de la puesta del sol. MaSibanda como disculpándose, con voz humilde, preguntó si no estábamos allí para celebrar la Misa. Antes de que pudiera contestar palabra alguna, el ciego entonó la canción de entrada, felizmente seguida por los niños y niñas de MaSibanda, mientras yo me di toda la prisa que pude para prepararme para la celebración.

Después de la Misa, nos subimos al coche. MaSibanda se sentó junto a mí. En el camino hacia su casa, MaSibanda con dignidad en la voz me dijo: “Gracias, Padre, por venir y por celebrar la Misa. Mire, aquí en África, el número no es lo importante para hacer cosas importantes: una sola persona siempre es importante”.

[B]

        La pandemia, la que todavía estamos sufriendo en todo el mundo, ha supuesto un reto al tema de las relaciones humanas. Cuando la pandemia hizo acto de presencia, con el virus expandiéndose con rapidez por todos los países, a todos nos cogió por sorpresa y nuestras mentes y corazones se llenaron de confusión y de incertidumbre ante el futuro. Bajo aquellas circunstancias, dos fueron los caminos de reacción de la gente. Uno era vivir guidados por el slogan: “Que cada uno se las apañe como pueda”. La otra opción fue: “O todos o ninguno”. Gracias a Dios, lo que ha prevalecido es la segunda opción, al menos hasta ahora.

Las consecuencias de la pandemia se dejaron sentir de manera diferente, dependiendo de las condiciones de vida de la gente. Para mucha gente pobre, el hambre se convirtió en su pan cotidiano. Con rapidez, se pusieron en marcha iniciativas para suministrar alimentos a la gente, tanto por el gobierno como por otras instituciones sociales. Se prometió y se aseguró que habría comida para todos. En algunos sitios, incluso, se ponía la comida delante de las puertas. Con pena hay que reconocer que se ha vuelto a repetir aquel conocido dicho que reza: “La montaña se puso de parto y dio a luz un ratón”.

        Bajo la situación de pandemia, restricciones y protocolos se impusieron a todos en orden a evitar el contagio; situación aquella que vino a denominarse como la nueva normalidad. La medida de mayor dificultad para cumplir fue, y todavía es, guardar la llamada distancia social. Hoy vemos que esta restricción ha traído más daño que beneficio. La gente recibió alimentos, pero fue aislada del resto, incluso de sus seres más queridos. El aislamiento llevó a la soledad, la soledad a la depresión e, incluso, a la muerte.

Decir cuánta gente ha sido y sigue siendo ayudada sería muy sencillo, pues es una cuestión de números, pero cuando uno se refiere a personas, los números son muy fríos. Habría que recordar aquí la lección de MaSibanda.

Los números y las estadísticas no pueden ser el criterio para evaluar la eficiencia de un proyecto, dado que los números y las estadísticas, por más fieles que sean, lejos de describir la realidad, vienen a ser factores que la distorsionan.

Lo importante es que una persona concreta o una familia determinada han sido ayudadas, que se han sentido ayudas, y, sobre todo, que han sentido que se les ha tomado en consideración, incluso por gente desconocida. Aquí tengo que dar las gracias a cada uno de los que nos habéis ayudado para poder así ayudar a otros. Este sentimiento fue y todavía sigue siendo para ellos el pan que mata el hambre del cuerpo y del alma.

[C]

        Durante la pasada celebración del Día de los Abuelos [25 de Julio], que tuvimos en nuestra parroquia, me encontré con una pareja muy anciana. El día antes, con la sola intención de protegerlos de contraer el virus, les había aconsejado que no vinieran a la Misa ni a la celebración. Al advertir mi sorpresa al verlos, el anciano me dijo: “No se preocupe, padre, es mejor morir juntos y celebrando que estar en casa solos y llorando”. Como dijo alguien: “El que tenga oídos, que oiga”.

P. David Fernández Díez CMM

Misionero de Mariannhill

 

Fotos: ARCHIVO CMM [Colombia]

Celebración de la Virgen del Carmen, día en el que se bendicen los vehículos en Colombia, por ser la Patrona de los conductores.


05
Jul 21

Camino de Sacerdocio

Camino de Sacerdocio, 25 años después…

El P. Marco Antonio Saavedra Quiel CMM, celebró el pasado 24 de Junio sus Bodas de Plata Sacerdotales.

Marco Antonio nació el 15 de Julio de 1961 en la Ciudad de Panamá, República de Panamá y fue bautizado en la Parroquia de San Juan Bautista de La Salle. Cursó en la Escuela Simón Bolivar la primaria. Entre 1974 – 76 estudió en el Instituto Fermín Naudeau y del 1977 – 79 estudió en la Escuela Profesinaol I.H.O. obteniendo el grado de Bachiller en Comercio. Los estudios Universitarios los realizó desde 1980 – 84 en la Universidad de Panamá en Administración de Empresas y Contabilidad. Mientras realizaba sus estudios también trabajó en la Corporación Internacional de Ingeneria (1982) y CALOX PANAMEÑA (1983-87). Ninguno de los trabajos, parecía que satisfacían sus expectativas. Así, pues, lo dejó todo para unirse a los Misioneros de Mariannhill para servir a Dios.

El 2 de febrero de 1988, en la Provincia de León, España, Marco fue recibido en la Comunidad de los Misioneros de Mariannhill como postulante. Después del Noviciado, hizo sus primeros votos el 8 de Septiembre de 1989 en León, Dios mediante, este año estará celebrando sus 32 años de vida religiosa. Hizo su Profesión perpetua el 19 de Marzo de 1994 en Salamanca.

Marco estudió Filosofía y Teología en el Instituto Teológico de San Esteban (Universidad Pontifica de Salamanca) en España. Fue ordenado Diácono el 8 de Julio de 1995 y el 24 de Junio de 1996 fue ordenado Sacerdote en la Catedral Vieja de Salamanca.

EL P. Marco Antonio ha servido en diferentes lugares y distintas responsabilidades: Legión de María (Parroquia de San Mateo, Salamanca) Grupo Juvenil; Catequista de Confirmación (Parroquia dela Ascensión, Salamanca) y como Diácono estuvo atendiendo en la Parroquia de Nuestra Señora de Fátima (Salamanca).

En 1997, el recién ordenado P. Marco Antonio fue enviado a Irlanda para estudiar Inglés en Lengua Viva en Dublín, como preparación para su trabajo misionero en Suráfrica. Estuvo en Monte San Nicolás, en la Misión de Libode, Mthata, Provincia del Este del Cabo, desde 1997-2000.

Regresó a España después de tres años de trabajo misionero en Mthata; estuvo trabajando en la oficina de la Procura de Misiones, en nuestra casa de León y durante ese mismo período estuvo trabajando en el Servicio Conjunto de Animación Misionera (SCAM/2000-08). En 2008 fue enviado a Colombia, Montañas del Totumo, Casanáre hasta el 2011. Desde el 2012 al 2015 estuvo trabajando en la Diócesis de Soacha, en la Parroquia de Nuestra Señora de la Natividad, al sur de Bogotá. Entre los años 2015 – 2018 estuvo entre el Generalato de los Misioneros de Mariannhill, en Roma – Italia y Madrid, España, cooperando en diferentes actividades.

El 20 de Octubre de 2018, el P. Marco Antonio viajó a Papúa Nueva Guinea, donde ha estrado trabajando en diferentes parroquias de la Diócesis de Lae. Ha echado una mano en las parroquias de San Martin, San Agustín, Capilla de San José. Santa Teresa, San Miguel. Actualmente atiende en la Parroquia de Todos los Santos en Bumbu Compound. También está encargado de la Capellanía de las Hnas. de la Preciosa Sangre en Eriku. Mantengamos en nuestras oraciones al P. Marco Antonio Quiel en esta celebración de sus Bodas de Plata Sacerdotales.

(En la Foto los PP. Marco Antonio y Krzysztf CMM)

 


25
Jun 21

Siervo de Dios, Abad Francisco Pfanner [1825-1909], Fundador de la Trapa de Mariannhill en KwaZulu-Natal [Sudáfrica]

Los Misioneros de Mariannhill en España han editado este nuevo libro sobre el fundador del Monasterio de Mariannhill.

El libro, de 200 páginas, impreso en cuatricromía [15cm x 21cm] y con una cuidada selección de fotografías, contiene tras una breve Presentación [pp. 5-7], varios capítulos y apéndices. A saber:

En el primero de los capítulos – Tras los pasos del Abad Francisco – se recogen los hitos más importantes de su vida [pp. 9-24]; en el capítulo segundo – Tras las huellas del Abad Francisco – se presenta el elenco de las motivaciones más profundas de su vida y apostolado [pp. 25-42]; en el siguiente capítulo – Textos del Abad Francisco – se recoge una pequeña selección de algunos textos suyos [pp. 43-50]; en el cuarto capítulo – La Virgen María en la vida del Abad Francisco – se repasa la influencia decisiva de la Virgen María en la vida del fundador de Mariannhill [pp. 51-57]; en el quinto de los capítulos – El Abad Francisco y Santa Ana – se evidencia el papel fundamental que el Abad quiso otorgar a la madre de la Virgen María [pp. 59-68]; en el capítulo sexto – La protección de San José sobre Mariannhill según el Abad Francisco – se realiza un estudio sobre el original pensamiento del Abad sobre San José en cuanto primer misionero en África, arquitecto, administrador y financiero, modelo de santidad, maestro espiritual y formador de religiosos, protector en la tierra y guía seguro hacia el cielo [pp. 69-109]; en el séptimo de los capítulos – Via Crucis siguiendo la vida del Siervo de Dios, Abad Francisco Pfanner – se propone al lector lo que el título del capítulo indica [pp. 111-121]; en el capítulo octavo – Novena al Siervo de Dios, Abad Francisco Pfanner – se ofrecen los textos para invocar la intercesión del Abad rezando su novena [pp. 123-133]; en el noveno capítulo – Abad Francisco, athleta Christi – se destaca la figura del Abad a la luz de su vida, de su muerte y de su herencia [pp. 135-141]; en el décimo y último de los capítulos – Testimonios sobre el Abad Francisco y su obra – se recogen los testimonios de Mark Twain, Gandhi, Thomas Merton y Joseph Biegner [pp. 143-166].

El libro termina con varios apéndices: I] La historia del Abad Francisco y de su obra en escudos [pp. 167-172]; II] La casa del Abad Francisco [pp. 173-174]; III] Las cosas del Abad Francisco [pp. 175-177]; IV] Una lección de arquitectura [179-181]; V] Algo más que una vidriera [183-185]; VI] Abad Francisco Pfanner [1825-1909]: Datos sobre su vida y su obra [187-191].

        Aquellas personas que deseen conseguir este libro [Donativo 10 €], así como más información sobre la vida del Siervo de Dios, Abad Francisco Pfanner, o que crean haber recibido alguna gracia o favor por su intercesión, se ruega lo comuniquen a una de las siguientes direcciones de los Misioneros de Mariannhill en España:

C/ Arturo Soria, 249 Bajo A-B [28033 MADRID]

Tfno: 91 359 07 40

C/ Los Zúñiga, 2 [37004 SALAMANCA]

Tfno: 923 22 18 85

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Siervo de Dios,

Abad Francisco Pfanner [1825-1909],

Fundador de la Trapa de Mariannhill

en KwaZulu-Natal [Sudáfrica]

Tenía casi 55 años, cuando el entonces Prior del Monasterio de Maria Stern en Bosnia, P. Francisco Pfanner, se ofreció voluntario para fundar una Trapa en África del Sur: “Si nadie va, iré yo”.

En la Colina de María y de Ana, con un reducido grupo de monjes que le siguió, fundó la Trapa de Mariannhill el 26 de diciembre de 1882. De ella llegó a ser su primer Abad y desde ella dirigió la fundación de 28 misiones filiales en el tiempo récord de veinte años.

Guiado por la máxima benedictina: Ora et  labora, con los casi 300 monjes que la Abadía llegó a tener y con la ayuda inestimable de las Hermanas Misioneras de la Preciosa Sangre, por él fundadas, el Abad Francisco trabajó sin descanso para hacer realidad su sueño evangelizador, que queda sintetizado en el lema: Mejores campos, mejores casas, mejores corazones.

En medio de tanta actividad misionera, el Abad Francisco confió siempre en la Providencia de Dios. Convencido del valor sin precio de la Preciosa Sangre de Cristo y movido por el Espíritu Santo, supo unir contemplación y actividad. Aceptó la voluntad de Dios en su vida, manifestada en no pocas incomprensiones y enfermedades y, poniendo la mano en el arado, perseveró hasta el final. Puso todas sus misiones bajo la protección de la Virgen María.

En la madrugada del 24 de mayo de 1909, relevado de todos sus cargos, moría en la pequeña misión de Emaús. Había dejado escrito: “Fíjate en el cielo y alégrate. Alégrate porque estarás delante de Dios y le verás. Luchemos y suframos con alegría, coraje y perseverancia hasta el fin”.

El Abad Francisco había nacido el 21 de septiembre de 1825 en Langen (Austria). Siendo universitario sintió la llamada de Dios al sacerdocio. El 28 de julio de 1850 es ordenado sacerdote. Después de trabajar como párroco y capellán de religiosas, ingresó el 9 de septiembre de 1863 en la Trapa de Maria Wald (Alemania). El 21 de junio de 1869 fundó en Bosnia la Trapa de Maria Stern. Su causa de beatificación, iniciada el 9 de marzo de 1964, se ha reabierto recientemente.

P. Lino Herrero Prieto CMM

Misionero de Mariannhill

 

 

 


25
Jun 21

Renuncia y nombramiento del Arzobispo Metropolitano de Durban (Sudáfrica)

El Santo Padre ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la archidiócesis metropolitana de Durban (Sudáfrica), presentada por Su Eminencia el cardenal Wilfrid Fox Napier, O.F.M.

El Santo Padre ha nombrado arzobispo de la misma sede metropolitana a S.E. Mons. Mandla Siegfried Jwara, C.M.M., hasta ahora obispo titular de Elefantaria di Proconsolare y vicario apostólico de Ingwavuma.

S.E. Mons. Mandla Siegfried Jwara, C.M.M., nació el 1 de febrero de 1957 en St. Nivard, diócesis de Mariannhill. Tras asistir a la escuela de Kwa-Hluzingqondo en uMkhomazi, y completar sus estudios de secundaria, el 1 de febrero de 1981 ingresó en la Congregación de los Misioneros de Mariannhill, en cuyo monasterio hizo el noviciado. Hizo su profesión perpetua en 1986, completando su preparación filosófica y teológica en el St.Joseph’s Theological Institute de Cedara (1982-1986).

Fue ordenado sacerdote el 14 de febrero de 1987 Posteriormente, ocupó los siguientes cargos y realizó estudios complementarios: vicario parroquial y párroco en la Misión de Clairvaux en Mpendle, diócesis de Mariannhill (1987-1992); Diploma en Human Development, Leadership, Formation & Community Building en el Institute of St. Anselm, Londres, Inglaterra (1992-1993); maestro de novicios en el Monasterio de Mariannhill, durante un breve período rector en Merrivale y consejero provincial de la C.M.M. (1993-1998). En 1998 obtuvo un máster en Teología por la Universidad de KwaZulu-Natal, en Pietermaritzburg. También ha sido: Superior de la Provincia de Mariannhill (1998-2002) y consejero general de la C.M.M. en Roma (2002- 2004); párroco en Port St. Johns y en la St. Patrick Mission de la diócesis de Umtata y de nuevo consejero (2005-2006) y superior provincial de la C.M.M. (2006-2009). M.M. (2006-2009); párroco de St. Patrick, consultor diocesano y decano del Decanato oriental, en la diócesis de Umtata (2009-2014); superior regional de la misma diócesis y de nuevo párroco de la misión de St. Patrick (2014-2016).

El 30 de abril de 2016 fue nombrado vicario apostólico de Ingwawuma y elegido para la sede titular de Elefantaria di Proconsolare. Recibió la consagración episcopal el 25 de junio siguiente.

 


26
May 21

Revista Familia Mariannhill Nº 199


26
May 21

Oracionales Familia Mariannhill Nº 59


26
May 21

BRIEF AUS SPANIEN Nº 136


10
May 21

María, al servicio de la Misión (Candelaria 2021)


© Hna. Antonio Maria Thurnher CPS (+)

Mariannhill celebra cada 2 de Febrero, con rango de solemnidad litúrgica, su fiesta principal. En el número 261 de sus Constituciones se condensan las razones por las que esta fiesta litúrgica es la fiesta principal de la Congregación. A saber: Qué Cristo es la luz de todas las naciones y pueblos y que su Madre nos lo presentó. Cristo y María siempre juntos: juntos en el texto de las Constituciones y juntos en la vida espiritual y en el quehacer misionero de cada uno de los misioneros de Mariannhill. Como Misioneros de Mariannhill encontramos en esta fiesta la fuente de nuestra identidad, es decir, de nuestra espiritualidad y misión. Las reflexiones que siguen tratan de evidenciar cómo María siempre estuvo al servicio de la Misión de su Hijo.

(Las notas se encuentran al final del texto)

           María es esclava del Señor en su obra salvífica (1). Ha sido asociada en cuanto Madre del Salvador a la obra de salvación de su Hijo. A lo largo de toda su vida, María mantuvo esta actitud de servicio a Aquel que iba a salvar al pueblo de sus pecados (2).

A la hora de definir la misión de María y de calificar bien su cooperación a la obra del Hijo es necesario partir de aquella verdad según la cual Cristo es el único Mediador que ha reconciliado al hombre con Dios (3). Esta verdad es un principio absoluto del que hay que partir en todo análisis teológico. La obra de la redención es exclusiva de Dios y no es fruto de la mera posibilidad humana (4).

Afirma San Ambrosio: “Jesús no tenía necesidad de ayuda alguna para salvarnos” (5). No obstante, en su benevolencia y condescendencia, tomó de entre los hombres colaboradores que cooperasen a su obra redentora (6).

Y es que aquí donde hay que situar la especial cooperación de María a la obra de la salvación del Hijo (7). Tal cooperación se ha de explicar de tal manera que no pueda “comprometer la suficiencia y la abundancia de la Redención por Cristo, o su autonomía redentora, o la unicidad fundamental absoluta del Redentor y de su obra redentora” (8). De aquí que no sea legítimo considerar a María junto con Cristo como un único principio de salvación. María no es una magnitud que se yuxtapone a Cristo.

Hechas estas precisiones, conviene señalar que “la Iglesia no vacila en reconocer la función eficaz, aunque subordinada de María. Esto no constituye una provocación sino un testimonio a la verdad” (9). La verdad está en reconocer que Dios asoció de manera peculiar a María en la obra propia del Hijo y la subordinación en que “María no distribuye, claro está, su propia gracia, sino la gracia de Cristo, pues no hay otra” (10). Así se reconoce el número 60 de la Constitución Dogmática Lumen Gentium, en donde se afirma con toda claridad que Cristo es el único Mediador y que María ha sido llamada a cooperar de especial manera en la obra del Hijo (11).

En el número 61 de la misma Constitución Dogmática Lumen gentium se describe la particular colaboración de María en la obra salvadora del Hijo (12). En dicho número se nos presentan a María como “Socia Christi” en unión teologal con el mismo Cristo (13). Por esta asociación a la obra del Hijo en cuanto madre, María ha cooperado a la restauración de la vida sobrenatural en los hombres.

La maternidad espiritual de María respecto a los creyentes radica en su maternidad divina. El primer alumbramiento está orientado hacia los otros alumbramientos: Cristo quiso tener a los hombres por hermanos (14). En el parto de María acontece el alumbramiento espiritual del género humano a la vida nueva. María engendró al que iba a salvar al pueblo del pecado y vino a ser madre de todos los que a lo largo de la historia se beneficiarían de esta salvación (15). Por eso María engendrando y dando a luz al Salvador, “naciones lleva en su seno, naciones da a luz” (16).

La imagen bíblica de la Iglesia como Cuerpo de Cristo es clave para entender la maternidad espiritual de María respecto a los creyentes. En las cartas de la cautividad es un tema central la consideración de la Iglesia como Cuerpo de Cristo. Es en estas cartas donde aparece Jesucristo como Cabeza. Desde este trasfondo afirmará san León Magno: “La generación de Cristo es el origen del pueblo cristiano. El día del nacimiento de la Cabeza es igualmente el día del nacimiento del Cuerpo” (17). Posteriormente señalará santo Tomás que “caput et membra sunt quasi una persona mystica” (18), por ello María es Madre de la Cabeza  a la par que del Cuerpo de aquella Cabeza. Y remacha san Agustín al decir: “Verdaderamente, María es también la Madre de los miembros de Cristo, que somos nosotros. Porque ha cooperado por la caridad a que naciesen los fieles en la Iglesia, que son los miembros de la Cabeza, de la que fue Madre de la carne” (19).

A la luz de lo que se ha dicho en relación al papel de María en la obra redentora del Hijo, entendemos mejor cuál ha de ser nuestro papel como Misioneros de Mariannhill en relación a esa misma obra. A saber: Estamos llamados a seguir ayudando a María, para que Ella continúe presentando a Cristo ante todas las naciones como la verdadera Luz.

 

P. Lino Herrero Prieto CMM

Misionero de Mariannhill

 

 

Notas:

 

1.- Cfr. Lumen Gentium, n. 60.

2.- Cfr. Lc 1, 31; Mt 1, 21. Cfr. Lumen Gentium, nn. 57-58; Sacrosanctum Concilium, n. 103; Presbyterorum Ordinis, n. 18; Apostolicam Actuositatem, n. 4.

3.- Cfr. 1Tim 2, 5-6; Rm 5, 15-17; Gal 3, 19ss; Heb 10, 14. Cfr. Denz., n. 1347. n. 1513.

4.- Cfr. DILLENSCHNEIDER, C., El Misterio de Nuestra Señora y nuestra devoción mariana, Salamanca 1965, p. 109: “Cristo, y sólo él, es el origen y la fuente de la Redención y de toda la gracia redentora. No sería posible modificar el estatuto tradicional de la doctrina de nuestra salvación”.

5.- S. AMBROSIO, Epístola 63 (P. L. 16, 1218).

6.- Cfr. Lumen Gentium, n. 62b.

7.- Cfr. Lumen Gentium, n. 62c.

8.- DILLENSCHNEIDER, C., o.c., p. 109.

9.- PHILIPS, G. La Iglesia y su Misterio en el Concilio Vaticano II, Barcelona 1969, p. 339.

10.- PHILIPS, G. o.c., p. 331.

11.- “Uno sólo es nuestro Mediador, según la palabra del Apóstol… Sin embargo, la misión maternal de María para con los hombres no oscurece ni disminuye, en modo alguno, esta mediación única de Cristo, antes bien, sirve para demostrar su poder. Pues todo el influyo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres no dimana de una necesidad ineludible, sino del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en la mediación de éste, depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder. Y lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta”.

12.- “La Santísima Virgen, predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios juntamente con la encarnación del Verbo, por disposición de la divina providencia, fue en la tierra la Madre excelsa del divino Redentor y    compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas y humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad, con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia”.

13.- Cfr. LAURENTIN, R., María, Prototipo e imagen de la Iglesia, en MS IV/II,   Madrid 1975, p. 327.

14.- Cfr. Rm 8, 29.

15.- Cfr. BOFF, L. El rostro materno de Dios, Madrid 1979, p. 194.

16.- S. PAULINO DE NOLA, Carmen 25, 155-183 (C.S.E.L., 30, p. 59).

17.- S. LEÓN MAGNO, Sermo 26,2 (P.L. 54, 213 B).

18.- SANTO TOMÁS, Sth., III, q. 48, a. 2, ad 1.

19.- S. AGUSTÍN, De Sancta Virginitate, 6 (P.L., 40, 399).