15
Jun 20

Acto de consagración y desagravio al Sagrado Corazón de Jesús

«¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu.

Sobre el ara del altar en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo, que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes, que florecerán a la sombra de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos; y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya lágrimas en mis ojos.

Mi corazón quiere, desde hoy, ser para siempre todo tuyo, así como tú, ¡oh Corazón divino! has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre; no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan; te amaré por los que te odian; y rogaré y gemiré, y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte.

Tú, que penetras los corazones, y sabes la sinceridad de mi deseo, comunícame aquella gracia que hace al débil omnipotente, dame el triunfo del valor en las batallas de la tierra, y cíñeme la oliva de la paz en las mansiones de la gloria. Amén».

Recopilado por José Gálvez Krüger

© Texto: Aciprensa // Imagen: Internet


15
Jun 20

LA EXPERIENCIA FUNDANTE: EL CORAZÓN DE JESÚS TRASPASADO

Queridos Lectores: Hoy profundizaremos en el acontecimiento fundante de nuestra Salvación y del origen del Cristianismo, de la Iglesia y de la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús.

Todo en la vida y en la muerte de Jesús, desde lo más pequeño y, en apariencia, más insignificante, hasta lo más grande y, en apariencia, más extraordinario, ha sido dicho, hecho y vivido, por Él, para nuestra salvación, atendiendo a un único plan maestro: la Voluntad del Padre y su designio salvífico de amor por nosotros; una Voluntad de la que Jesús, por amor al Padre y por amor a nosotros, no se apartará, en ningún momento y bajo ningún concepto, en todo lo que haga, diga, piense o permita y acepte que suceda, como en Getsemaní: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc.22,42) , siendo Él mismo, quien, en nombre de esta Voluntad y designio divino, entregará voluntariamente su vida -no se la quitarán-, para recuperarla, después, junto con las nuestras.

Por tanto, mis queridos lectores, todo en la vida de Jesús es excepcional, salvífico y maravilloso, pues se convierte en un continuo “hágase en mí” del designio salvífico de Dios y de la Voluntad del Padre por la humanidad y, por eso, ha sido consignado, después, en las Escrituras, para los que vendríamos detrás, pues también estamos llamados y destinados a acoger la salvación de Dios en Cristo Jesús. Sin embargo, hay un acontecimiento único, excepcional, que se nos pasaría realmente desapercibido, pues sólo un evangelista nos habla de él, pero lo va a ponderar tan grandemente, que hará que caigamos en la cuenta, dada la importancia que tiene para toda la humanidad, pues es la raíz, el compendio y el origen de todo.

Vayamos, pues, al relato del evangelista Juan, el “Discípulo Amado”, ya que es el único evangelista que recoge ese momento: “Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado – porque aquel sábado era muy solemne – rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua” (Jn.19,31-34). Entonces, el evangelista corta el relato totalmente y ya no se limita a ser un mero testigo de lo que está ocurriendo, sino que hace una valoración personal, como un toque de atención y grandes ponderaciones, como si le fuera -y a nosotros, también- la vida en ello: “El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: No se le quebrará hueso alguno. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron” (Jn.19,35-37).

¿Qué ha pasado aquí?, ¿nos hemos perdido algo? ¿Cómo es que Juan, de repente, le da tanta importancia al acontecimiento de la lanzada, dejando una constancia tan remarcada de ello en su Evangelio? Pues, quizá, porque sí la tiene y Juan ha comprendido, por fin, la importancia de ese acontecimiento a la luz de la gracia recibida durante la Última Cena, cuando se recostó sobre ese corazón amado y amante, que ahora acababan de romper delante de sus ojos y del que tanto recibió aquella noche, pues le abrió los ojos para ver, le permitió reconocer el momento concreto y le dio Nueva Vida, ésa que, ahora, nos quiere transmitir a todos nosotros. ¿Me permitís que hable en nombre de San Juan, poniendo mis palabras en sus labios, como si fuera él quien nos hablara, para entender algunas cosas interesantes? ¿Sí? ¡Pues vamos a ello!: “Por favor, Discípulo Amado del Señor, ¿puedes contarnos qué fue lo que, realmente, ocurrió con el tema de la lanzada?

Pues claro que sí. Veréis, cuando aquel soldado se acercó a Jesús y, viéndolo ya muerto, como un vil ensañamiento hacia su pobre cadáver, le asestó aquella lanzada, aparentemente inútil, pues ya estaba muerto, me invadió el recuerdo de lo vivido en el cenáculo, mientras estaba recostado sobre el pecho de Jesús y, en aquel momento, se me abrieron los ojos del entendimiento y descubrí que ambos acontecimientos eran importantes y que guardaban una estrecha relación entre sí.

En aquel momento, percibí, en la lejanía, los ecos de balidos, que retumbaban en los atrios del Templo, y caí en la cuenta de que los sacerdotes estaban degollando los corderos pascuales, y recordé las palabras del Bautista, mi antiguo maestro, al señalarnos a Jesús en el Jordán: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn.1,29). Y allí, delante de mí, estaba aquel Cordero, recién degollado, dando su Vida y su Amor por todos nosotros, inmolado junto con los demás corderos, pero, a diferencia de ellos, manso, humilde y silencioso, como decía Isaías, el profeta del Mesías, al hablar del Siervo Sufriente de Yahveh (cf. Is.53). Aquel grito desgarrador, al expirar, había sido, en realidad, su último balido. Recordé, también, las palabras del profeta Zacarías: “Mirarán al que traspasaron” (Zac.12,10 y Jn.19,37) y supe que aquella lanzada era, en realidad, un signo permitido por Dios.

Atravesando el pecho de Jesús, aquella lanzada fue a clavarse, directamente, en aquel Corazón que había escuchado latir la noche anterior, abriéndolo y derramando su contenido, tal como os conté ayer y yo sentí, al apoyar sobre él mi cabeza, pero ahora tenía una puerta de entrada, tal como yo le había reclamado… Y, al ser alanceado, a diferencia de los dos ladrones (cf. Jn.19,33-34), no se le rompió ni un solo hueso, tal como decían las Escrituras (cf. Jn.19,36) y, así, pude entender por qué, según la tradición del “Seder Pesaj” –u “Orden de la Pascua”-, no se les debía romper ni un solo hueso a los corderos pascuales; y por qué estos debían ser inmaculados y sin defecto alguno; y, también, por qué tenían que ser degollados, para ofrecer su sangre derramada en sacrificio expiatorio a Dios: “Esta es mi sangre, de la nueva Alianza, que será derramada por vosotros y por muchos, para el perdón de los pecados” (Mt.26,28), pues todos ellos eran atributos del Mesías, tan generoso, que vació por completo su Corazón, entregando toda su sangre y ¡toda su agua!

Tras la lanzada, me vino, también, nítida, la imagen de Moisés en el monte Horeb, golpeando la roca con su bastón, para que brotara agua de su interior y calmara la sed de su pueblo; y entendí por qué Dios le castigó por su falta de fe, pues aquella roca de Horeb representaba el Corazón de Jesús, golpeado una sola vez -y no dos-, por la lanza del soldado; la falta de fe de Moisés había enmascarado la semejanza y oscureció el signo. Me asaltó, entonces, la imagen del templo del profeta Ezequiel, del que manaba agua por su lado derecho (cf. Ez.47,1) y recordé las palabras de Jesús, cuando entró en Jerusalén: “Destruid este templo y en tres días lo reconstruiré” (Jn.2,19). Se refería a sí mismo, Él mismo era el templo, y el agua que manaba del lado derecho del templo, era esa misma agua que yo vi manar de su costado derecho, tras la lanzada, que, haciéndose un torrente imparable, recorrería la historia y la geografía humanas, saneándolo todo. Entonces vinieron a mí, las palabras de Jesús en Siloé y en Siquem: “De su seno brotarán torrentes de agua Viva” (cf. Jn.7,38), “que salta hasta la vida eterna” (Jn.4,14); he ahí el secreto de la salvación. Por eso, el mandato final de Jesús, antes de ascender a los cielos, fue: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos (Mt.28,19). ¡Ese agua bautismal es el torrente imparable que recorrerá la historia y la geografía humanas, saneándolas!, y nosotros mismos, enviados a bautizar en su nombre, somos parte de ese torrente, nacido de su costado abierto, por la lanzada de aquel soldado, que reconoció su divinidad(Mc.14,39).

Queridos hermanos: Esa lanzada, que abre el Corazón a Jesús, es el acontecimiento fundante de toda la espiritualidad cristiana posterior, desde los primeros segundos de la Iglesia naciente hasta el día de hoy, incluida la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús, porque la Herida del Costado quedó abierta para siempre y de ella sale la Vida, el Perdón y el Amor de Dios para todos nosotros; por ello, entre las devociones surgidas a lo largo de la historia de la Iglesia, hubo dos marcadamente importantes: La devoción a las Santas Llagas y la devoción al Corazón traspasado de Cristo, fermento y preparación para la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, tal como hoy la conocemos. Una espiritualidad cristiana que está basada en el amor oblativo e incondicional de Dios por el hombre y en la gratuidad de la salvación venida de lo alto, cuando todavía éramos malos; donde Dios nos amó primero y siempre, y nos guardó fidelidad, porque Dios es Dios y es siempre Fiel, a pesar de nuestro estado de pecado, y nos rescata de manera unilateral, por iniciativa suya, como un cheque en blanco, que espera ser llenado con nuestro nombre.

Por nuestra parte, es necesario un encuentro personal con ese Jesús traspasado y resucitado, que afirmó: “Cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí (Jn.12,32), y que, hasta hoy, sigue gritando: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso” (Mt.11,29-30), y que cojamos ese cheque en blanco –su yugo sobre nosotros-, para escribir en él nuestro nombre: “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt.11,29-30). Queridos lectores: Tal es la Voluntad del Padre y el designio del amor de Dios sobre nosotros, que hemos de cumplir, si queremos ser salvos: “Ser Santos como Él es Santo” (cf. Mt.5,48), dejándonos amar y engarzar en la santidad de Dios, en la corriente del amor intratrinitario de ese Dios que tanto nos ama, que da su vida por nosotros y, por amor, nos rescata, para que tengamos vida, y, a cambio, sólo nos pide que nos amemos, los unos a los otros como Él nos ama (cf. Jn.15,12). Este es el compendio de toda la doctrina del Evangelio y del Sagrado Corazón de Jesús.

Sagrado Corazón de Jesús. En vos confío.

P. Juan José Cepedano Flórez CMM.

+ Salamanca, 13 de Junio de 2020, en la cuarentena por Corona Virus.

© Imágenes tomadas de Internet.


15
Jun 20

EL ESLABÓN PERDIDO: EL PRIMER APÓSTOL DEL CORAZÓN DE JESÚS

Queridos lectores: Para preparar la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, he querido desarrollar dos temas que creo bien interesantes.

Si damos por válido que la Fuente divina y primera de la espiritualidad del Sagrado Corazón es el propio Jesús y, en definitiva, el Amor Misericordioso de su Sagrado Corazón, en estos dos temas vamos a tratar de descubrir:

– Tema 1º: Cuál es la fuente secundaria y humana de esa espiritualidad y, trataremos de buscar, entre los amigos del Sagrado Corazón de Jesús que en la Historia de la Iglesia han sido, quién fue el primero de todos ellos, el “eslabón perdido” o primer discípulo del Sagrado Corazón.

Hoy trataremos de descubrir, ya en la época de Jesús y de los Evangelios, quién es ese eslabón perdido o primer discípulo del Sagrado Corazón de Jesús.– Tema 2º: Cuál fue el acontecimiento histórico fundante de esa espiritualidad.

Dice un refrán castellano: “Te conozco como si te hubiera parido”. Me diréis: “¿Y a qué viene eso?” Pues viene a que nadie ha conocido mejor al Sagrado Corazón de Jesús que el Inmaculado Corazón de su Madre, la Bienaventurada Virgen María. Así pues, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús comenzó con el primer latido del Corazón humano del Hijo de Dios, recién engendrado, por obra y gracia del Espíritu Santo, en el seno virginal de su Madre, tras el Sí de María al anuncio del Ángel Gabriel.

Emocionante, ¿verdad?, pues, desde ese mismo instante, María es, desde la expulsión del Paraíso de Adán y Eva, la primera persona en la Tierra en recibir el Espíritu Santo de Dios, en la Anunciación, y la única en recibirlo, después, por segunda vez, en Pentecostés. María se consagró a Él, en cuerpo y alma, y se convirtió en su primera discípula y adoradora. María sintió latir, y adoró, durante nueve meses, ese pequeño y amado Corazón de Jesús en sus entrañas, y, cuando Jesús nació, consagró toda su vida, capacidades, recursos y amor a su cuidado y protección, sintiéndolo palpitar contra su pecho, cada vez que lo cogía en brazos o lo amamantaba. María lo vio crecer y supo guardar y meditar en su Inmaculado Corazón, de discípula y de Madre, todas las confidencias del Corazón infantil, adolescente, juvenil y adulto de su Hijo Jesús, conforme Éste iba creciendo, siendo consciente de que, cada vez que besaba o abrazaba a su Hijo, besaba el rostro de Dios y estrechaba contra sí su Sagrado Corazón.

María, al pie de la cruz, vio cómo el Corazón de Jesús se detenía y era atravesado, después, por la lanza de un soldado, al mismo tiempo que, a Ella, una espada le atravesaba el Corazón, tal como le anunciara el anciano Simeón, pues, como Corredentora, se le concedió participar, místicamente, de todos los sufrimientos de su Hijo. María pudo ver, también, cómo este Sagrado Corazón volvía a la vida, latiendo con fuerza, en todo su esplendor y majestad, el día de la Resurrección, y tengo el presentimiento de que fue Ella la primera a la que el Sagrado Corazón resucitado de Jesús, se presentó, premiando su fidelidad y calidad de discípula, aunque no se consignara en los Evangelios. María nos fue dada, como Madre, por su Hijo Jesús, en la Cruz y fue el alma espiritual de la Iglesia naciente, con su presencia orante y el testimonio una vida conforme al Amor y la doctrina de su Hijo Jesús. Por todo ello, María fue asunta en cuerpo y alma a los Cielos, sin experimentar la corrupción, y reina para siempre desde allí, velando por todos nosotros y llevándonos a Jesús.

Queridos lectores: En mi opinión, la Virgen María es, de pleno derecho, la primera discípula del Sagrado Corazón, pero todo parece indicar que no es Ella el eslabón que andamos buscando, pues los Evangelios sólo dicen que “María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su Corazón” (Lc.2,19). Y me diréis: “Si Ella no es la candidata ideal, entonces ¿quién es?” ¡Buena pregunta! A la vista del problema, tendremos que hablar, entonces, del “primer apóstol del Sagrado Corazón”, origen de esta espiritualidad.

He estado investigando y he descubierto que uno de los Padres de la Iglesia, San Agustín de Hipona, daba una pista sobre quién podría ser ese candidato, al afirmar que, en la Última Cena, “San Juan bebió de los secretos más profundos e íntimos del Corazón de Jesús… ¡Así, con todas las letras!… De hecho, San Juan será el único evangelista que mencione en su Evangelio el hecho de que alguien, a quien él llama el “Discípulo Amado”, se recostó sobre el pecho de Jesús, pero lo hará de manera prosaica, como si no hubiera pasado nada. Y yo me pregunto: ¿Recostó su cabeza sobre el pecho de Jesús y no cayó en éxtasis ni sintió nada? ¿Escuchó latir su corazón y no le cambió la vida el hacerlo?”. Mis queridos lectores, a la luz del testimonio de San Agustín, hemos de pensar que sí y creer que lo experimentó, sencillamente, todo, aunque él, por la razón que fuera, no dijera nada en su Evangelio.

¿Y a quién recurrimos ahora?”, me diréis. Pues he seguido investigando y encontré a una monja benedictina del siglo XIII, Santa Gertrudis la Grande, del monasterio de Helfta, en Alemania, quien, en su diario, dice que, en la fiesta de San Juan Evangelista, tuvo una visión conjunta de Jesús y del discípulo amado, en la que Nuestro Señor le permitió descansar su cabeza en la Llaga de Su costado y escuchar los latidos de su Corazón. Mientras escuchaba latir Su Corazón, ella se volvió, sorprendida, hacia San Juan y le preguntó si él también había escuchado y sentido lo mismo que ella, cuando se reclinó sobre el pecho del Señor, durante la Última Cena. Como San Juan le respondiera afirmativamente, ella le preguntó por qué se lo había callado y no había dicho nada sobre el Corazón de Jesús en su Evangelio. Y San Juan le contestó que tuvo que guardar silencio, porque su misión, como evangelista, era la de hablar, únicamente, del Verbo de Dios encarnado, pues la revelación de los secretos de Amor del Sagrado Corazón de Jesús estaba reservada para tiempos posteriores, cuando el mundo, aumentando en frialdad y debilitado en el amor a Dios, necesitara ser renovado e inflamado en la llama del Divino Amor.

¡Bien!… Ahora que ya lo tenemos claro, ¿me permitís que hable en nombre de San Juan, poniendo mis palabras en sus labios, como si fuera él quien nos hablara, para entender algunas cosas interesantes?… ¿Sí? ¡Pues vamos a ello!: “Discípulo Amado del Señor: ¿Puedes contarnos lo que sentiste en la Última Cena, al apoyar tu cabeza en el costado de Jesús?”.

¡Claro que sí, pues estaba reservado, en la divina Providencia, para estos tiempos que estáis viviendo! Cuando recosté mi cabeza sobre el pecho del Maestro, para escuchar quién lo habría de entregar, ¡bendito atrevimiento!, escuché latir su corazón y se me detuvo el tiempo… Ya sólo quería estar así, con la cabeza apoyada en su pecho, sin apartarla de allí jamás. En aquellos momentos, pude a sentir todo el amor y pesar que Él sentía por aquel discípulo suyo, que lo iba a entregar, pues no regresaría a Él para ser perdonado y se convertiría en hijo de perdición, aquel que fue llamado y elegido para ser y contagiar una bendición… No sé cómo explicarlo, pero pude sentir cómo lloraba por él su corazón y comencé a sentir en el mío la misma tristeza, angustia y pesar que Él, por aquel hermano que se perdía y me vi orando por él, con lágrimas en los ojos, aún sin saber quién era. Después sentí todo el amor que Él me tenía; era como un océano ardiente de bálsamo y ternura, que curaba todos los quebrantos y heridas de mi corazón, como una fuente en crecida, que, amenazaba desbordarse y, me envolvía en una indescriptible sensación de gozo y paz, y, por primera vez en mi vida, me sentí incondicional y profundamente amado, desde siempre y para siempre, y comencé a llorar de gozo y gratitud, humedeciendo la túnica de mi Maestro.

Entonces sentí una voz dulce, conocida y amada, resonando cálidamente en mi interior, que me decía: “Deja eso ahora, discípulo mío, mi bien amado, una sola cosa es importante, sólo una es necesaria: adéntrate en la profundidad de mi Sagrado Corazón y piérdete en Él, dejándote ganar, por Él, para siempre. Encuentra en Él tu acomodo, pues está hecho para ti, que fuiste creado por Él y para Él; pensado, con Amor, en la eternidad de Dios, antes de la creación del mundo; amado desde siempre y para siempre, en el conocer de Dios, que todo lo penetra y hace fértil, y que se encarnó, para ti, en un cuerpo semejante al tuyo, para abrazarte a ti, a quien amaba, en el “ahora” de tu tiempo y en el “para siempre” de la eternidad, para que tú le conocieras a Él y te dejaras amar por Él, siendo feliz en su regazo, tal como ahora lo eres, y llegaras a amarle, también tú, a Él y jamás de Él te apartaras”.   

Entonces comprendí que yo era sólo el primero de muchos y el apóstol de todos, pues la intensidad de aquel Amor que yo experimentaba, no pararía de crecer hasta desbordar su Corazón y derramarse misericordiosamente sobre la humanidad entera, alcanzando los confines de la tierra, en espacio, tiempo y eternidad… Y aquella cálida voz volvió a susurrar en mi interior: “Este es mi regalo para todas las almas, a quienes amo y por quienes me encarné, para que el Amor inmaterial del Verbo de Dios, se hiciera concreto y cálido, en el abrazo cordial, de carne y hueso, del Dios y Hombre verdadero; por eso es tan importante que vengáis a Mí, sintáis mi abrazo y mi Amor, que os sanan y recrean, y os quedéis, para siempre, Conmigo, en el tiempo y en la eternidad. Por último, le oí decir: “Muy pronto mi Corazón se abrirá, esparciendo los tesoros de Amor y de Misericordia que encierra. Tú serás el primero en reconocer aquel momento, pues serás mi apóstol, desde la eternidad, para ese fin, discípulo mío, mi bien amado. Ahora guarda silencio y descansa en el Amor de tu Señor, pues todo será a su debido tiempo, en la voluntad de mi Padre”.

Queridos lectores: Ya sabemos que San Juan Evangelista fue el afortunado Discípulo Amadoque, reposando su cabeza sobre el Corazón de Jesús, durante la Última Cena, pudo escuchar los latidos y conocer los secretos y el amor incondicional del Sagrado Corazón de Jesús, sintiéndose profundamente amado, sanado y confortado por Él; una experiencia, que le cambió totalmente y le marcó para siempre, dándole valor para no huir, como los demás discípulos, cuando prendieron a Jesús en Getsemaní, y fuerza para estar al pie de su cruz, hasta el final, recibiendo a la Madre de Jesús como madre suya, convirtiéndose, así, en familia de Jesús y en ese evangelista profundo, con mirada penetrante de águila, que tras contemplar los secretos del Corazón de Cristo, escribe el Evangelio del Amor y la revelación del Apocalipsis.

Y yo me pregunto dos cosas, mis queridos lectores: 1ª) “¿Podríamos nosotros imitar los rasgos del “Discípulo Amado” y, con la ayuda de Dios, parecernos a él? y 2ª) ¿Cuáles son los rasgos que deberíamos imitar?”. El sacerdote jesuita español, Beato Bernardo de Hoyos (+1731), receptor y difusor de la Gran Promesa del Sagrado Corazón de Jesús: “Reinaré en España y con más veneración que en otras partes”, afirma que los rasgos del “Discípulo Amado” coinciden con los rasgos del “cristiano ideal, es decir, que, en principio, todos podemos convertirnos en undiscípulo amado, cuando, con la ayuda de Dios, tratamos de ser ese “cristiano ideal”, siendo amados por y amantes del Sagrado Corazón de Jesús. Bernardo dice: “El Evangelio de San Juan, a través de la figura del “Discípulo Amado”, nos muestra al personaje histórico, así llamado, y, también, al cristiano ideal, de esta forma: La relación entre Cristo y el Padre se reproduce, ahora, entre Cristo y el discípulo amado, que recibe sus confidencias para comunicarlas a los demás. Y así, un discípulo amado por Jesús sería: 1) Quien se mantiene junto al crucificado y quien recibe a María, como su propia madre. 2) Quien se encuentra junto a Pedro, a quien respeta, y quien tiene fe en la resurrección del Señor. 3) Quien sabe reconocerlo presente después de su resurrección. 4) Quien permanece fiel, quien persevera, hasta que Jesús vuelva”.

La Hna. Brenda le da la razón, al introducir su canción “Discípulo Amado”, diciéndole a la Virgen María: “Madre, con el tiempo he comprendido que aunque hayan muchos discípulos de tu hijo, sólo los que te reciben a ti, en su vida, en su corazón, en su casa, como el discípulo Juan, sólo esos, Madre, se transforman en discípulos amados”; y su canción dice así: “Si quiero ser discípulo amado, tengo que acoger a María en mi casa. Si quieres ser discípulo amado, tienes que acoger a María en tu casa. 1) El discípulo amado descansa en el pecho de Jesús. Goza de su intimidad, escucha sus latidos. 2) El discípulo amado está junto a la cruz, no abandona a tu hijo. No abandona a tu hijo en los tiempos de prueba. 3) El discípulo amado corre a su sepulcro. Le bastan pocos signos para reconocerte. 4) El discípulo amado te reconoce por madre suya. Te recibe en su casa, vive junto a ti. 5) Madre te recibo en mi casa. Madre yo te acojo en mi vida. Madre te recibo en mi casa, soy tu hijo”.

¡El que tenga oídos para oír, que oiga!

Sagrado Corazón de Jesús. En vos confío.

P. Juan José Cepedano Flórez CMM.

+ Salamanca, 12 de Junio de 2020, en la cuarentena por Corona Virus.

© Imágenes tomadas de Internet.

 


03
Jun 20

EL ABAD FRANCISCO ¿MERO FUNDADOR DE UNA TRAPA Y UNAS MONJAS?

A esta manera simplista de ver las cosas, que corre el riesgo de ser coartada de muchas otras que el Abad Francisco ni dijo ni pensó, pero que desdibujan la raíz y difuminan la senda por él recorrida, con éxitoun éxito misionero, aunque no personal; no mezclemos las cosas, para no “tirar el niño con el agua de bañarlo”-, como licencia para explorar otras sendas posibles, mayormente anodinas en la orfandad del desarraigo, sólo podemos responder con un contundente “NO”.

 “NO”, porque el Abad Francisco no fundó sólo una trapa, sino tres: María Stern, Mariannhill y Emaús, y otras veintiocho más pequeñitas, denominadas “estaciones o filiales misioneras”… ¡Y lo hizo con éxito! Y “NO”, porque, hablando así, banalizamos la obra y el legado, tanto material como espiritual, del Abad Francisco, que hizo eso –fundar una Trapa y unas monjas- y mucho más que eso, como parte de un proyecto global de misión, porque, en el campo misionero, aunque, aparentemente, el Abad Francisco volvió a las raíces monásticas de la misión, en la práctica, se adelantó en décadas a su tiempo, combinando lo mejor de la vida activa y contemplativa de cara a la misión, sabiendo ser contemplativo en la acción y activo en la contemplación; en una palabra: un auténtico “monje-misionero, y obteniendo, en poco tiempo, un éxito jamás soñado por muchas de las congregaciones misioneras de su tiempo. Y ¿qué es lo que el Abad Francisco, realmente, fundó y nos dejó en herencia a nosotros, los Misioneros de Mariannhill?

 1.- EL ABAB FRANCISCO FUNDÓ UNA INFRAESTRUCTURA DE MISIÓN Y “UN MONASTERIO CON PUERTA, PERO SIN TAPIAS, ABIERTO A LA MISIÓN”

       Como la necesidad espiritual acuciaba y la exigencia del mandato misionero también, y los ansiados misioneros católicos que debían misionar allí no terminaban de llegar, tuvo que empezar él, con los medios materiales y humanos con los que contaba, haciendo realidad, una vez más, su lema: “Si nadie va, yo iré”, en virtud del cual se encontraba allí.   -Habla el Abad Francisco«Mientras san Agustín salió de Roma, yo salí de Bosnia. Él fue enviado por el Papa Gregorio Magno. Yo recibí la misión del Papa Pío IX. Él desembarcó con cuarenta monjes en Inglaterra, yo en África del Sur con treinta. Fueron San Fridolin y San Columbano quienes llevaron la fe a Alemania y al Norte de Francia…, y todos estos misioneros fueron monjes. Construyeron monasterios y evangelizaron».

 Y así, al frente de un reducido número de monjes, con pocos medios y mucha fe, fundó la Trapa de Mariannhill (“Colina de María y de Ana”) el 26 de Diciembre de 1882; de la que fue su primer Abad y desde la que dirigió la fundación de 28 estaciones filiales de misión en el tiempo récord de veinte años.   –Habla el Abad Francisco: «Se llamará Mariannhill… María: porque nuestros monasterios están siempre de dicados a María…; Ana: porque éste en particular está dedicado, también, a Santa Ana…; y Hill (colina, en inglés): porque se levantará sobre un majestuoso cerro». Así se imaginaba el Abad Francisco su monasterio de Mariannhill hasta que Dios le cambió sus planes.

Aquel Monasterio vino a ser un centro de espiritualidad, cultura y desarrollo técnico y agrícola, desde donde el Abad puso en práctica, con los nativos africanos, un sistema de evangelización similar al utilizado por los monjes benedictinos para la evangelización de Europa en la Edad Media.   –Habla el Abad Francisco: «Se alza aquí toda una maraña de construcciones y, entre ellas, tres secciones del monasterio, ocupadas por un gran dormitorio, una sala capitular y un oratorio. Hay, además, herreríacerrajeríasastreríazapatería, carpintería y una era para trillar. La imprenta y la tipografía han encontrado, por fin, un emplazamiento fijo, después de muchos cambios. Una hospedería y, junto a ella, un taller de fotografía. Entre todos estos edificios hay almacenes y vestuarios. Junto al refectorio se ha construido una cocina y, adosada a la iglesia, una sacristía.  Más abajo está la escuela…, y, al otro lado, a cierta distancia, las cuadras. Para el transporte, se han construido varios ramales de carreteras, trazados a base de romper la roca viva, y dos puentes de piedra sobre el río. En la imprenta han editado nuestros hermanos un catecismo, las “Hojas Volantes” y otras publicaciones en inglés y alemán…».

Otro monje trapense, Thomas Merton, en su libro “Las aguas de Siloé”, dice acerca del llamado “Fenómeno Mariannhill”: «Ante nuestros ojos tenemos el impresionante espectáculo de una misión trapense, en la que los monjes contemplativos habían conseguido, en unos pocos años, un éxito más espectacular de lo que muchos, en una orden religiosa activa, se hubiera atrevido a soñar. Lo más impresionante de esta nueva misión consistía en que operaba sobre líneas puramente benedictinas. Era un apostolado de oración y trabajo (Ora et Labora), de liturgia y labranza. Lo que tenía lugar en las filiales misioneras establecidas por Dom Francis Pfanner era exactamente el mismo proceso que había marcado la cristianización de Alemania y de todo el norte de Europa por los monjes benedictinos, cientos de años antes.

 Cada estación filial era un pequeño monasterio con varios sacerdotes y con media docena o más de hermanos. Junto a ellos había una pequeña comunidad de hermanas, pertenecientes a una nueva Congregación fundada por Dom Francis, para que enseñaran en las escuelas que él iba construyendo. Alrededor de cada iglesia y escuela se fue levantando todo un poblado de cristianos africanos, con una casa para huéspedes y toda clase de talleres. Los monjes enseñaron a los nativos todas las artes y oficios que uno se pueda imaginar y les instruyeron en la pintura, música, fotografía y demás.

Los africanos que más prometían fueron preparados para el sacerdocio en un nuevo seminario en Mariannhill. La mayor parte de la población trabajaba la tierra en extensas granjas cooperativas. La belleza de la vida no estaba sólo en su productividad material, sino en el hecho de que todo esto estaba centrado en torno a la iglesia y encontraba su expresión más culminante en las fiestas litúrgicas, que tanto alegraban el corazón de los africanos. Llenaban las iglesias y cantaban con sus afinadas voces, y formaban largas procesiones y en masa recibían los sacramentos, con tal fervor, que se quedaban admirados los mismos sacerdotes que los administraban». Esto nos lleva al siguiente punto…

2.- EL ABAD FRANCISCO FUNDÓ UNA NUEVA FORMA DE HACER MISIÓN

Guiado por la máxima benedictina “Ora et Labora”, con los casi 300 monjes que aquella Abadía llegó a tener y con la ayuda inestimable de las Hermanas Misioneras de la Preciosa Sangre, por él fundadas, el Abad Francisco trabajó sin descanso para hacer realidad su sueño evangelizador, sintetizado en su lema: “Mejores Campos, Mejores Casas, Mejores Corazones”.   –Habla el Abad Francisco: «Hasta ahora, los Africanos no sabían casi nada de un Dios invisible, omnipotente y omnipresente. Pero, desde que viven entre nosotros y ven cómo nuestros hermanos se arrodillan siete veces al día para la oración, sea en el surco del campo o en el andamio, en el lavadero o junto al yunque, reconocen con claridad que este Dios es invisible, omnipotente y que todo lo sabe. De esta forma, cada hermano, esté labrando o cuidando los bueyes, es para ellos un misionero y su ejemplo les enseña más sobre la oración que todo el “Tratado de la oración perfecta”, del P. Rodríguez».

El testimonio de Mahatma Gandhi, tras su visita a Mariannhill, fue: “lo que acabo de ver aquí, con mis propios ojos, es grandioso. ¡No hay mejor método para formar a los nativos de Sudáfrica, para hacerles ciudadanos valiosos!”. Después escribía en la prensa: “En Mariannhill encontramos a Hermanos e indígenas trabajando juntos en la carpintería, herrería, zapatería, cristalería, imprenta, guarnicionería, carretería, etc. En todos los talleres vi cómo los Hermanos estaban observando y asistiendo a los indígenas en sus trabajos. Corrigiéndoles con paciencia y amabilidad. Tanto los Hermanos como los jóvenes ven compensados sus esfuerzos. En todos los sitios reina un espíritu de disciplina y orden, así como de limpieza. La convivencia amable de los Hermanos cunde en los indígenas, que, por sí mismos, van aceptando las mismas formas de conducta. Aquí uno se da cuenta de que existe una enorme diferencia de comportamiento entre los Hermanos y los demás Blancos para con los Negros. Me gustaría tanto que todos mis amigos hicieran una visita a los monjes de Mariannhill, para que vieran con sus propios ojos y se convencieran personalmente de todo cuanto he intentado describir a través de este artículo; creo que llegarían a tener una opinión totalmente distinta sobre los problemas y cuestiones de los indígenas”. (Mahatma Gandhi, VG/33, Natal, 1933).

Su nieta, Ela Gandhi, en su visita a Mariannhill, afirmó que el tiempo que su abuelo pasó en el Monasterio influyó en la transformación de su vida: “Cuando visitó el monasterio de Mariannhill, vio a los monjes, las monjas y las personas que llegaron allí para aprender, trabajando juntos en sus campos. Lo que más le impresionó es que todos hacían todos los trabajos, ya fuera limpiando el patio o los retretes o trabajando en la granja; todos se reunían y trabajaban, así que no había desigualdad a la hora de hacer las tareas, pues todo el mundo hacía las tareas sin ningún tipo de reparo en turnarse para hacerlas. Él también quedó impresionado por el hecho de que no había ningún tipo de relación de autoridad entre los monjes y las monjas, los hombres y las mujeres o las diferentes razas, porque ya fueran negros o blancos, todos comían el mismo alimento, se sentaban a la misma mesa y llevaban el mismo tipo de ropa, así que no había ninguna diferencia en términos de raza, sexo, color ni nada de eso, y era como una isla en un país racista como Sudáfrica (en aquel momento). Estaba muy impresionado con aquella igualdad total en términos de raza. También sintió que el trabajo manual, el trabajar con las propias manos, era muy importante. En aquel monasterio enseñaban carpintería, el trabajo del cuero, el trabajo de la aguja y todo tipo de cosas que la gente podía hacer con sus manos, lo que los hacía autosuficientes”.

También contamos con el testimonio del párroco alemán Lorenzo Hopfenmüller, quien, en 1887, se planteaba cambiar sus tareas parroquiales por otras misionales, y que describe así, lo que Mariannhill, bajo la dirección del Abad Francisco -a quien conoció en Bamberg-, hacía: “Me seduce la empresa del abad trapense, P. Franz, en el Sur de Africa. Allí se ha instaurado ya un campo misional y parece que la actividad misional está muy en consonancia con la antigua actividad benedictina de los trapenses, en la medida en que, no solo enseñan a los pueblos paganos a rezar y a conocer las cosas celestiales, sino que también les enseñan a trabajar y lo hacen de manera práctica, mediante el ejemplo del propio trabajo. ¿No sería, pues, mejor, que yo me hiciera Trapense, y que trabajara allí por el Reino de Dios?”.

 Y finalmente…

3.- EL ABAD FRANCISCO FUNDÓ UNA NUEVA FORMA DE SER MISIONERO

 

En medio de tanta actividad misionera, el Abad Francisco confió siempre en la Providencia de Dios. Convencido del valor sin precio de la Preciosísima Sangre de Cristo y movido por el Espíritu Santo, supo unir contemplación y actividad misionera. Aceptó la voluntad de Dios en su vida, manifestada a través de muchas purificaciones, contrariedades, incomprensiones y enfermedades y, agarrando, con mano firme, el arado y, sin mirar atrás, perseveró hasta el final, poniendo todas sus misiones bajo la protección de la Virgen María. Sin embargo, pronto surgió el conflicto entre la intensa actividad misionera y la severa regla trapense, pues la comunidad contemplativa original era, de hecho y cada vez más, una comunidad misionera. Esta evolución obrada en Mariannhill fue vista con horror por los superiores mayores trapenses, que, en aquella época, andaban ocupados en la unificación de todas las ramas de la Orden trapense, quienes la tacharon, unos, de rebeldía, y otros, de “Feliz culpa”; pero el Abad Francisco no fue ningún rebelde, sólo creativo e innovador “ad maiorem Dei gloriam”, como él afirmaba, y seguidor de la divina Voluntad, que le hacía ver el “kayrós” de Dios para aquellas tierras y aquellas gentes, y en aquel preciso momento de su historia: “Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega” (Jn.4,35).

Habla el Abad Francisco: «Si uno ha de ser verdadero misionero, tiene que dejar, al menos, tres cuartas partes de la Regla Trapense, sobre todo, en lo referente a las cláusulas principales como el silencio, el ayuno, la clausura, la restricción en la correspondencia y la comida. Yo sugiero que una nueva “Misión Universal” sea organizada por Roma, y que esta congregación acepte de los trapenses sus métodos de trabajo, pero, en cuanto a la regla, que siga la que yo he elaborado y que es la más simple y la más efectiva del mundo. Es cierto que una vez escribí que si yo fuera joven, nunca volvería a entrar en los trapenses (donde entró para “bien morir”), sino en una congregación misionera, donde no haya guerra entre “regla” y “misión”, donde estuvieran unidas, como en la nueva congregación romana que yo he propuesto. Ser trapense y misionero, al mismo tiempo, es imposible. Sólo he deseado, en todos mis empeños y trabajos, la mayor gloria y honor de Dios». Así pues…

 4.- EN ESA NUEVA FORMA DE HACER MISIÓN Y DE SER MISIONERO, EL ABAD FRANCISCO NOS LEGÓ SU PATERNIDAD ESPIRITUAL Y FUE NUESTRO FUNDADOR

Retomemos, ahora, nuestra pregunta inicial: ¿Qué es lo que el Abad Francisco, realmente, fundó y nos dejó en herencia a nosotros, los Misioneros de Mariannhill,… pero, antes que nada, cabría preguntarnos ¿qué seríamos nosotros para él o en relación con él?… Su ¿“nueva y ansiada congregación misionera”?,… ¿sus “herederos”, tan sólo?,… ¿sus “descendientes”, quizá?,… ¿o “hijos” suyos, tal vez?… En cualquier caso, eso ocurrió mediante albacea testamentaria: San Pío X, que “NO” fue nuestro fundador, sino únicamente aquel que, real y legalmente, nos separó de los Trapenses -pues tenía la potestad para hacerlo y el Abad Francisco no-, y nos constituyó en una “Congregación Misionera dependiente de Propaganda Fide, tal como el Abad Francisco deseaba para su futura “congregación misionera masculina” sin nombre y para su, ya existente, “congregación misionera femenina”, las Monjas Rojas (o CPS), y nos bautizó con el mismo nombre que el Abad Francisco había elegido para aquella Trapa o monasterio, que, andando el tiempo, se convertiría en nuestra Casa Madre: Mariannhill.

Habla el Abad Francisco: «Por eso, he pedido otra congregación misionera mayor que la Trapa y que dicha congregación esté directamente bajo la jurisdicción de la Congregación de la Propaganda de la Feen Roma. Entonces trabajaría con todos estos hombres, no sólo en África del Sur, sino en Rusia y en el mundo entero». Creo que San Pío X supo captar y valorar esa genial intuición del Abad Francisco Pfanner y, ante la imposibilidad de dar marcha atrás y la necesidad de seguir adelante en la tarea evangelizadora y pastoral realizada hasta la fecha, le dio concreción y forma legal en esa separación de Mariannhill, con todas sus estaciones de misión, de la Orden trapense, dando, así, carta de naturaleza y marco legal a esa “nueva congregación misionera” que, de hecho, ya existía y estaba bien entrenada en la visión del Abad Francisco y en el terreno práctico de la misión, pues funcionaba como tal, y con éxitos notables, desde hacía varios años, aún sin tener conciencia de su “nueva identidad”, pues seguían siendo “monjes-misioneros”, pero, eso sí, “de Mariannhill” y, por ello, se opusieron, como un solo hombre, al Visitador General trapense, el Abad Edmund Obrecht, y a todos sus esfuerzos por destruir la obra misionera de Mariannhill, que, entre todos y con tantos sacrificios, habían realizado.

El natalicio de la “nueva Congregación Misionera Romana, dependiente de Propaganda Fide, tuvo lugar en vida del Abad Francisco Pfanner, el 2 de Febrero de 1909, quien se regocijó profundamente por ello, aunque muriera Trapense, en fidelidad a su Regla, y desterrado de todos, en fidelidad a la Misión. Después de todo lo dicho hasta ahora, creo que sabemos, ya, cuál es esa “nueva y anhelada “Congregación misionera internacional” a la que el Abad Francisco se refería y con la cual soñaba; lo que nos convierte, sin temor alguno y sin lugar a dudas, en sus hijos espirituales, como nuestras Hermanas de la Preciosa Sangre, por él fundadas.

 5.- DESPOJADO DE TODOS, MÁRTIR DE EMAÚS,… MAS LA HISTORIA LE HA DADO LA RAZÓN Y, SAN PÍO X, SU BENDICIÓN

Este año se ha dado una curiosa coincidencia entre la Solemnidad de la Ascensión del Señor y el 111º aniversario de la muerte del Abad Francisco Pfanner, nuestro fundador, y he percibido algunas semejanzas entre las lecturas del día y su vida, con las que quisiera terminar esta homilía-homenaje a su recuerdo.

1.- Un mandato misionero: Dice Jesús: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. Y el Abad Francisco responde: “Si nadie va, yo iré”.

2.- Una parcela de misión: Dice Jesús: “Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra””. Y el Abad Francisco, desde el confín de la Tierra, responde: “Nuestro terreno de misión es una parcela del Reino de Dios, que no tiene fronteras”.

3.- Una dolorosa constatación: Los planes del Señor no son nuestros planes: Dice el Evangelio de hoy: Fueron “al monte que Jesús les había indicado”; lo que me recuerda que, en la noche de Navidad del año 1882, cuando el Abad Francisco se acercaba con su “monasterio rodante” a la colina indicada, la de María y Ana, todas las carretas se le atascaron, y el monasterio que iba a edificar en la cima, tuvo que ser edificado en el llano, al ver en ello, el Abad Francisco, la voluntad de Dios. También dice ese Evangelio: “Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron”; lo que resumiría los “tiempos últimos” del Abad Francisco: aquellos que vieron el “Fenómeno Mariannhill” con buenos ojos y, creyendo en él, se unieron al Abad y le apoyaron; y aquellos que miraron con malos ojos y dudaron del “Fenómeno Mariannhill” y, escandalizados, castigaron al Abad y le abandonaron, aunque no pudieron terminar con aquel Fenómeno, pues no era fruto de la rebeldía de un hombre, el Abad Francisco, sino de la Voluntad de Dios.

-Habla el Abad Francisco: «Creo que Dios, en su sabiduría y bondad, permitió todo esto por el bien de mi alma. […] Mirad, los malos entendidos son siempre posibles, y a nadie se le debe echar en cara la culpa, cuando Dios lo permite por el bien de uno. […] Señor, te doy gracias porque me has acompañado a esta soledad –de Emaús-. En mi pobreza, haces brillar la gloria de tu resurrección, como ante aquellos discípulos que llevaban el corazón triste y dolorido. Te pido, como ellos, a las puertas de Emaús: “Quédate conmigo, pues cae la tarde y el día está para terminar”. […] Hoy es la fiesta de la Cruz de Nuestro Señor. Yo también he encontrado un trozo precioso de la cruz. La abrazaré y la besaré. Me acercará a mi Padre celestial».

Y como no se amargó al llevar su pesada cruz y supo llevarla con entereza y alegría, al final de su vida supo exclamar: “Fíjate en el Cielo y alégrate. Alégrate porque estarás delante de Dios y le verás. Luchemos y suframos con alegría, coraje y perseverancia hasta el fin”; algo que llamamos su “Testamento espiritual”… ¡Ah! La alegría del Abad Francisco Pfanner… ¡Esa gran desconocida… y tantas veces rechazada, para hacer del pobre Abad un personaje recio y serio, pero que, por tres veces, es mencionada en su testamento, como reflejo de toda su vida! Algo que hemos de rescatar para nuestra vida y apostolado, tanto a nivel personal como congregacional, pues fue la clave de su éxito y de esa última palabra, pronunciada antes de entrar en la Vida: “¡Luz!”

Querido Abad Francisco:

¡Feliz 111 aniversario de tu “Entrada en la Vida”!

¡De tu “Acogida en la Luz”!

¡De tu “Ciudadanía del Cielo”! y

¡De tu “Alegría Eterna”!. Amén.

P. Juan José Cepedano Flórez CMM.

+Salamanca, 24 de Mayo de 2020,

Solemnidad de la Ascensión del Señor,

Fiesta de María Auxiliadora,

Y 111º Aniversario de la muerte del Siervo de Dios, Abad Francisco Pfanner.

 

 

 

 

 

 

 

 


03
Jun 20

Noticias de Colombia: Verde esperanza

           Colombia, «Donde el verde es de todos colores»; y, Colombia, «Verde tierra calcinada», son contenido y título de un poema de Aurelio Arturo y de un ensayo de Juan Miguel Álvarez respectivamente. Estas títulos reflejan el denominador común de Colombia y sus gentes; un denominador que es ese color verde de todos colores que cubre el terreno del país entero y que refleja la  esperanza que llena los corazones de todos sus habitantes. Una esperanza que los habitantes no pierden, aunque, a veces, aparezca  calcinada por las circunstancias de la vida.

Esta realidad nacional se ve reflejada, aunque de forma reducida, en la gente que vive en el área de una parroquia en la periferia de Bogotá, donde trabajan los Misioneros Mariannhill. Dicha gente, oriundos de todos los rincones del país, llegó aquí, hace 30 años, los primeros, y la gran mayoría, en los últimos 10 años. Todos ellos afectados por el conflicto armado del que fueron víctimas o victimarios.

Esa esperanza calcinada se nota en una especie de lenguaje, que se habla silenciosamente cada vez que alguien se encuentra con otro en un lugar de trabajo, de diversión y, sobre todo, en reuniones de índole local.

Este lenguaje podríamos llamarlo el lenguaje de la sospecha. La sospecha que suena a precaución y miedo; precaución y miedo a encontrarse con alguien que podría ser:

  • el asesino de algún familiar de uno o
  • el familiar de alguien asesinado por él.
  • el violador de alguien cercano a uno o
  • la víctima de la violación hecha por él.
  • el que puso la mina que mutiló a uno o
  • el mutilado por una mina que él puso.
  • el que hizo desaparecer a un familiar de uno o
  • el familiar de uno hecho desaparecer por él.

A pesar de esta situación, es cierto que la fuerza que da la esperanza, aunque calcinada, supera con creces el miedo que produce la sospecha; hay gente que no tiene miedo a encontrase con alguien, sino que, desde la prudencia, busca a alguien para saciar una sed de paz que lo consume por dentro. Son:

  • los buscadores de desaparecidos o
  • los desaparecidos que buscan a alguien.

Esta búsqueda ha llevado a algunos hasta el Centro de atención que los Misioneros de Mariannhill tienen abierto en esta zona. Todos son personas con situaciones diferentes, como diferentes son las tonalidades del color verde que cubren la tierra de Colombia. Verdes fuertes y llenos de esperanza unos, y verdes calcinados otros, pero con la esperanza viva y con ganas de seguir adelante. Los siguientes ejemplos – con nombres ficticios – son una muestra:          

            Juan, taxista, que un día pasó por delante del Centro y, al ver tanta gente entrar y salir, se acercó a alguien y le preguntó: ¿Qué dan en esa casa? Aprovechando la ocasión, entró y le faltó tiempo para sentirse a gusto, y comenzó a contar sus tiempos pasados en la selva luchando, sin saber por qué y contra quién. Muestra un libro que trae y añade: “En la selva yo también perdí la infancia que nunca tuve, pues como dice el título de este libro: «Yo no tuve juguetes, pero tuve fusil» (de Beto Avendaño)”. Y sigue contando, con la seguridad de sentirse escuchado, que todavía oye en las noches los ruidos de las balas, el sonido de helicópteros, el crujir de las ramas secas y los cantos de pájaros asustados y asustadores. “Mi mujer no me aguantó más y se fue; ahora, ni yo me aguanto a mí mismo”. Tras un largo rato, se levanta, tiende la mano y dice: “Gracias por escucharme, volveré”.

            Mauricio, vive solo y está bastante delicado de salud. No le asusta la enfermedad e incluso dice con cierto humor: “Es toda una proeza morir de viejo, pues mis compadres de juventud ya han muerto todos, unos matando y otros matados”. Considera una suerte el estar aún vivo, pero añade: “Preferiría que los que estuvieran vivos fueran mis dos hijos, que se los llevó la guerra… Ojalá esta vaina no se repita y se acabe de una vez para siempre”. Y con voz pausada, cuenta su salida obligada de su pueblo, la llegada a la ciudad, el regreso a otra zona del campo buscando mejor vida; pero allí solo encontró el secuestro de sus dos hijos y la muerte de su mujer, que acabó muriéndose de pena. Se levanta apoyándose en su bastón y con una dignidad impresionante, dice: “Deme la bendición”.

Sergio y Alfonso se acercaron, después de la misa, para que les bendijera el agua que traían cada uno en una botella. Por casualidad se presentó la ocasión para poder hablar más detenidamente. “Nosotros –habla Alfonso-, cuando teníamos 10 años, estábamos jugando al balón en un prado de nuestro pueblo, después de salir de la escuela. Llegaron unos guerrilleros y nos llevaron al monte. Yo, Alfonso, me escapé después de unos años; Sergio no lo pudo hacer y pasó casi 20 años en el monte como guerrillero. Cuando yo tenía 18 años me cogieron los soldados y me llevaron al cuartel y del cuartel al monte a luchar contra guerrilleros”. Intervino Sergio: Somos amigos que, siendo niños, jugando, nos tirábamos el balón el uno al otro; luego siendo adultos, luchando, nos tirábamos ‘plomo’ el uno al otro. Hoy disfrutamos de nuestro re-encuentro y solo podemos hacer que dar gracias a Dios. Volveremos de nuevo cuando se acabe el agua y podamos tomar un tinto con usted y seguir charlando”.

            Al verlos marchar, montados en su moto, la sonrisa de ambos era la prueba de que su amistad era sincera y que disfrutaban -nunca mejor dicho- como dos niños jugando al balón. Al recordar su historia, me vino a la mente lo que escribió Erick Hartman, fotógrafo de guerra y escritor: «La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian, se matan entre sí por decisiones de viejos que se conocen y se odian, pero que no se matan entre sí». En este caso, Sergio y Alfonso, sí se conocían, no se odiaban y, como dice Sergio, “ahora somos incluso mejores amigos”.

 

Verde esperanza, calcinada, pero viva.

P. David Fernández Díez CMM

Misionero de Mariannhill

© Fotos: Archivo CMM-Colombia.


25
May 20

Una carta interesante


© FOTO: ARCHIVO CMM

Reproducimos la traducción de una carta bien interesante, en la que se menciona al Fundador de Mariannhill, el Siervo de Dios, Abad Francisco Pfanner.

 La carta en cuestión lleva fecha del 3 de Enero del año 1887 y fue escrita por el sacerdote diocesano alemán, Dr. D. Lorenzo Hopfenmüller, e iba dirigida al religioso salvatoriano, P. Lüthen.

             Reverendo Padre: Desde hace tiempo siento inclina­ciones para entrar en una orden misionera. Una vez que ha muerto mi anciana madre, el pasado uno de enero, y ya no tengo que ocuparme de nadie más en este mundo; me impulsa, más fuerte que nunca, el sentimiento de corresponder a esta inclinación y de examinar a fondo mi vocación. Al hacer este examen, reconozco que siento una inclinación preferente para dedicarme a los países de misión.

            Nuestro pueblo europeo se encuentra en degeneración y su suele no aceptar ya el rocío celestial. Por esta razón: ¿no se debería reconocer el soplo del Espíritu en el celo cada vez más grande por las misiones extranjeras, el cual quiere llevar a los países jóvenes la divina semilla despreciada por el pueblo cristiano europeo, a fin de hacer surgir allí un nuevo brote de su Reino eternamente verde, en lugar del viejo?

            ¿No debería ser yo, también, un tal instrumento -eso me pienso- y ofrecerme a Dios para esta obra, especialmen­te cuando el Santo Padre ha insistido en su encíclica sobre las misiones y desea ardientemente que muchos se hagan misioneros? ¿No eres demasiado mayor -me pregunto-, estando ya en los 43 años de tu vida, para realizar esta obra? ¿Podrás aprender todavía las lenguas extranjeras necesarias, lo que con la edad se hace más difícil?

            Sobre esto pregunté al abad de los trapenses, P. Franz, de Mariannhill en Sudáfrica, cuando estuve en Bamberg, y me respondió: ‘numquam sero!’ (¡nunca es demasiado tarde!).

            Sano y vigoroso estoy todavía y puedo aguantar mucho. Por lo tanto, el resto de mi vida se podría utilizar para esta tarea y la gracia de Dios podría suplir la memoria que me falte para aprender las lenguas necesarias.

            Pero la siguiente pregunta es: ¿Dónde? Cierta vez, en una de sus cartas me escribió: ‘Espero verle nuevamente con nosotros; y me alegraría que entrara en mayor trato conmigo.’ Más o menos. Esto me invita a intercambiar estas ideas en primer lugar con usted. Me gustaría, pues, preguntar: ¿No se encuen­tra su Congregación todavía demasiado lejos de recibir de Propaganda Fide un campo misional, del que ella pueda hacerse cargo? En caso positivo, ¿podría ser útil para esta tarea? o ¿quizá sea la voluntad de Dios que no trabaje directamente en las misiones, sino en la educación de jóvenes que vayan a las misiones, y así, al menos, trabajar indirectamente por las misiones? Pero, ¿tendrá su Congregación consistencia? Los apoyos mencionados en el Missionär son, por ejemplo, más esca­sos que los publicados por N.N. Sin embargo esto no me afecta en demasía, ya que albergo suficiente confianza en Dios, en el sentido de que El no dejará en la estancada una obra que debe servir para su gloria y para edificación de su Reino.

            Mientras pondero todo esto con ocasión de sus palabras anteriores, me seduce la empresa del abad trapense, P. Franz, en el Sur de Africa. Allí se ha instaurado ya un campo misional y parece que la actividad misional está muy en consonancia con la antigua actividad benedictina de los trapenses, en la medida en que, no solo enseñan a los pueblos paganos a rezar y a conocer las cosas celestiales, sino que también les enseñan a trabajar y lo hacen de manera práctica, mediante el ejemplo del propio trabajo. ¿No sería, pues, mejor, que yo me hiciera Trapense, y que trabajara allí por el Reino de Dios? El P. Franz me dijo que sería bueno mirar también en otras instituciones.

            Los Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús en Tilburg y, ahora, en Amberes, -los cuales son, también, todos alemanes y han aceptado recientemente, y con mucho valor, la amplia misión de Micronesia y de Malasia en Australia- tienen una conocida mía de Bamberg, que está en la rama femenina de la Congrega­ción en Issoudum y se ha preparado, allí también, para la misión de Australia, una referencia. Esta me ha pedido ya, insistentemen­te, que me una a su Congregación. En este devaneo de mis pensamientos quisiera llegar ya a una cristalización de los mismos, y, además de la oración que yo mismo hago con este fin y que he pedido a otros que hagan también, me gustaría recibir, también, su opinión y su consejo, que le pido me haga llegar.

            Quizá puede Vd. también informar y preguntar al superior de la Congrega­ción, al P. Francisco Jordán. Una vez que yo mismo he empleado los medios posibles, tanto humanos como divinos, llegaré ciertamente a conocer la voluntad de Dios; voluntad de Dios, que podría expresarse así: tú estás llamado a esto y a aquello. En ese caso, la seguiré con la ayuda de Dios. En caso de que diga: tú no estás llamado para las misiones, sino que debes seguir siendo un párroco en Baviera, también me parecería bien. Me gustaría incluir un sello para la carta de contesta­ción, pero no tengo ninguno italiano. Envíe, pues, la carta sin franquear. Me despido deseando a Vd. y a toda la Congrega­ción, junto con sus superiores y con todos los miembros, la protec­ción y la ayuda de Dios. Les encomiendo a María y a los Apóstoles, deseándoles un feliz Año Nuevo. Con todos los respetos.

Lorenzo Hopfenmüller, párroco


25
May 20

ASCENSIÓN: Comienza nuestra tarea

© VANGELO.IT

1.- No descubriremos el significado profundo de la Ascensión del Señor, si consideramos este misterio de la vida de Cristo de una manera aislada. Lo que en este misterio celebramos es el tercer acto del drama pascual. Cristo es el protagonista principal de este drama, quien habiendo muerto (1º acto), resucitó de entre los muertos (2º acto) y ha subido al cielo para ser el Rey de la gloria (3º acto). Si nosotros contemplamos a Cristo en las tres etapas de su misterio pascual, no es sólo porque ello responde a la secuencia histórica de cómo ocurrieron las cosas; así lo hacemos porque nosotros somos limitados. Nosotros ponemos tiempos y secuencias a los misterios del Señor, porque tales misterios nos desbordan. La ascensión, por tanto, es la exaltación de aquel mismo Jesús, que primero murió y luego resucitó.

2.- Si Cristo vuelve al Padre es porque previamente había salido del Padre. Con esta vuelta podríamos tener la impresión que Cristo huye de este mundo. Regresar al Padre sería una forma cómoda de evitar en el futuro los sufrimientos y complicaciones del pasado. Alguien, incluso, podría llegar a decir que Cristo huye hacia delante, desentendiéndose de los que había iniciado; como que Cristo hubiera embarcado a los suyos en una aventura y él se hubiera quedado en la orilla. Pero todo esto son impresiones nuestras. En Cristo las cosas tienen otra lógica: se va y permanece; al marcharse no le perdemos; al perderle de vista le ganamos de una manera nueva. Esa nube que nos lo tapó a la par nos lo descubrió. Por ello, en los discípulos no queda justificada la tristeza, el desconcierto o la perplejidad. La ascensión del Señor es motivo de gozo y alegría.

3.- Este misterio del Señor desvela el futuro que nos aguarda. Lo que Cristo vivió es siempre “por nosotros los hombres y por nuestra salvación”. La ascensión de Cristo es el destino que nos aguarda. El Padre espera podernos sentar a su derecha como ya lo está su Primogénito para siempre. El Señor se ha adelantado para preparar las cosas a la comunidad de sus seguidores, que allá se le juntarán después. La victoria de Cristo es ya nuestra victoria. Cristo es el primer eslabón de la cadena formada por los que somos sus discípulos y amigos.

4.- Así las cosas, no tiene sentido quedarse plantados mirando al cielo, ociosos y  ensimismados. Hasta que vuelva el Señor al final de nuestras vidas o cuando finalice la historia es el tiempo de nuestra tarea. Es ésta una asignatura siempre pendiente. Aquí estriba la gran deficiencia de nuestro cristianismo: el corte incoherente que se da entre nuestra fe y la incidencia de la misma en nuestra vida; entre lo que pasa dentro del templo y lo que luego se vive fuera de él. Alguien ha dicho: “Cuando vayas a misa los domingos, no llames a Dios Padre, si luego durante la semana te comportas como un huérfano”. Cabría preguntarse: ¿Cómo ponemos en relación el culto del domingo con el trabajo del lunes o con el mercado del martes o con la economía del miércoles o con la política del jueves o con el negocio del viernes o con la diversión del sábado?

P. Lino Herrero Prieto CMM

Misionero de Mariannhill

 


25
May 20

El alma de la misión


© HNA. ANTONIO MARIA THURNHER CPS (+)

El alma – el principio de vida – de la misión se sustancia en estas dos realidades medulares: la caridad y la espiritualidad misioneras. Apoyaremos las reflexiones de este pequeño ensayo en dos fuentes. Por un lado, en el Mensaje de Benedicto XVI – “La caridad, alma de la misión”para la Jornada Mundial de Misiones del año 2006 (disponible, por ejemplo, en www.vatican.va) y, por otro lado, en el capítulo titulado “La caridad sin fronteras, fuente y alma de la misión como fidelidad al Espíritu”, del Compendio de Misionología-La vida es misión, de Mons. Juan Esquerda Bifet  (Edicep, Valencia, 2007; pp. 108-130).

Aunque estas dos realidades – caridad y espiritualidad – se «reclaman» sin cesar la una a la otra, en aras de una mayor claridad, dividiremos el ensayo en dos partes.

Primera parte:

La caridad, distintivo de la misiónLA CARIDAD SOLO PUEDE SER MISIONERA

Hace ya algunos años, en 2006, Benedicto XVI abordó un precioso tema en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones: “La caridad, alma de la misión”. Benedicto XVI comenzaba su Mensaje con un doble planteamiento. Por un lado, la misión tiene que estar orientada por la caridad: si no brota de un profundo acto de amor divino, corre el riesgo de reducirse a una mera actividad filantrópica y social. Por otro, el anuncio misionero nace de la experiencia de ser amado por Dios: el amor de Dios por cada uno es el centro de la experiencia y del anuncio del Evangelio, y acoger ese amor nos convierte en testigos.

Respecto a lo primero, en efecto, lo que hace «distinta» la misión de la actividad asistencial (“la Iglesia no es una ONG”, repite el papa Francisco) es que en ella la fuente está en el amor de Dios que da vida al mundo y que nos ha sido entregado en Jesús. La fuente de la misión no es sociológica, sino teológica, porque está en Dios Amor. Las obras de promoción humana, que tan abundantemente realizan los misioneros acompañando su anuncio de Cristo, son «obras de caridad»; por eso, como dice san Juan Pablo II, testimonian “el alma de toda la actividad misionera: el amor, que es y sigue siendo la fuerza de la misión” (Redemptoris missio, 60).

En cuanto a lo segundo, como indica Benedicto XVI, no se comienza a ser cristiano por una decisión o por una idea, “sino por el encuentro con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida” (Deus caritas est, 1; cf. Evangelii gaudium, 266). Es al hablar desde ese «conocer» personalmente, desde esa experiencia, desde ese entusiasmo, cuando se puede evangelizar «por  contagio» o «por atracción» a los demás. De una experiencia de amor y de fe vivida (“Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” – 1 Jn 4,16) se pasa a la misión, concretada en anuncio y testimonio (“Nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo” – 1 Jn 4,14).

El contenido de ese anuncio misionero solo puede ser el mismo amor de Dios, el mismo amor que Él es: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4,9). Proclamar a los cuatro vientos ese amor es el «mandato misionero» que nos dejó el Señor resucitado y que constituye misión de la Iglesia (cf. RM 22-23). Pero no hay que olvidar que, como dice Benedicto XVI expresivamente, “el amor puede ser «mandado» porque antes es dado” (DCE 14).

El cumplimiento de este mandato pascual se pone en marcha en Pentecostés, cuando el Espíritu Santo transforma interiormente a los apóstoles y se manifiesta con nitidez absoluta como “el protagonista de la misión” (RM 30). En Pentecostés nace la Iglesia, y nace ya misionera, reunida y fortalecida por esa “fuerza del Espíritu Santo” (Hch 1,8) que la mueve a anunciar. Análogamente, cada cristiano es misionero desde el día en que es bautizado, como nos ha recordado el reciente Mes Misionero Extraordinario de octubre de 2019.

Ante todo esto, no puede extrañar que Benedicto XVI, mostrando la relación indisoluble entre sacramento del amor (Eucaristía), mandamiento del amor y misión, afirme: “Cuanto más vivo sea el amor por la Eucaristía en el corazón del pueblo cristiano, tanto más clara tendrá la tarea de la misión: llevar a Cristo. No es solo una idea o una ética inspirada en Él, sino el don de su misma Persona. Quien no comunica la verdad del Amor al hermano no ha dado todavía bastante” (Sacramentum caritatis, 86). Y es que la misión no consiste en dar «algo», sino en comunicar a  «Alguien»  que es el Amor.

 

Dios Amor, fuente de la misión

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Afirmar que “Dios es amor” (1 Jn 4,8; 4,16) es un misterio fundamental de nuestra fe. La historia de Dios con la humanidad, con el pueblo de Israel, con la Iglesia, con cada uno de nosotros, es una historia de amor, como sintetiza Benedicto XVI en el punto 2 de su Mensaje. “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16): en este «derroche» increíble de darse a sí mismo en su Hijo, se nos muestra en toda su intensidad que “Dios es Amor”, el Amor.

El signo sorprendente de este amor es la cruz, en la cual ocurre algo insólito: en ella, dice Benedicto XVI, “se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo” (DCE 12). Es un amor tan radical, tan de donación absoluta el de Jesús que ahora el amor debe definirse a partir de la cruz. Es lo que descubrimos en la entrega de los misioneros. Y es que el camino de la misión es el camino del «anonadamiento» de Cristo; un camino de amor que “tiene su punto de llegada a los pies de la cruz” (RM 88).

El decreto Ad gentes del Concilio Vaticano II expuso con claridad que la fuente de la misión es el amor del Padre, que envía al mundo al Hijo y al Espíritu; por eso habla de “amor fontal” (AG 2). Puede decirse que “el amor de Dios es misionero, o mejor todavía, es misión. Por eso la misión es, en su raíz, un volcarse de Dios hacia el mundo” (Carlos Collantes, s.x., en Misiones Extranjeras, 281 [2017], p. 751). La misión del Hijo brota del amor del Padre y, por la misión del Espíritu Santo, se continúa en la misión de la Iglesia; la cual, por cierto, sigue siendo una misión de amor, porque es la misma misión de Cristo de entregarse para dar vida.

Una última consideración a este respecto. Mons. Esquerda hace notar que los textos del Evangelio según san Juan, en que Jesús habla de la misión, y aquellos en los que habla del amor se relacionan estrechamente: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor” (Jn 15,9); “Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo” (Jn 17,18); “Tú me has enviado y […] los has amado a ellos como me has amado a mí” (Jn 17,23b); “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (Jn 20,21). Queda así de relieve que “Jesús invita a entrar en su amor y en el amor del Padre, para comprender y vivir su misma misión” (o. c., p. 109).

 Un testimonio de amor sin límites ni fronteras

La misión es, pues, testimonio de amor. Benedicto XVI lo explica de manera clara y sencilla: “Ser misioneros significa amar a Dios con todo nuestro ser, hasta dar, si es necesario, incluso la vida por él” (Mensaje Domund 2006, 3); ahí están los numerosos misioneros mártires. Y dado que el mandamiento del amor a Dios está unido al del amor a los hermanos, Benedicto XVI añade, como mostrándonos la otra cara de la misma moneda, que “ser misioneros es atender, como el buen samaritano, las necesidades de todos, especialmente de los más pobres y necesitados, porque quien ama con el corazón de Cristo no busca su propio interés, sino únicamente la gloria del Padre y el bien del prójimo” (ibíd.).

Este es, añade Benedicto XVI, “el secreto de la fecundidad apostólica de la acción misionera, que supera las fronteras y las culturas, llega a los pueblos y se difunde hasta los extremos confines del mundo” (ibíd.). De hecho, cada vez que vivimos de verdad el “Padre nuestro”, las bienaventuranzas y el mandato del amor, se realiza la misión y su fuerza repercute más allá de las fronteras de la fe cristiana. Todo lo que se hace por caridad pertenece a la misión.

El alma de la misión es esta caridad sin fronteras. Por eso, la misión ad gentes, en la que esta caridad se manifiesta de modo tan patente, tan paradigmático, tan «superlativo», es y tiene que ser ejemplo y estímulo para nuestro amor. Como dice el beato Engelmar Unzeitig, misionero de Mariannhill, “el amor multiplica las fuerzas, inventa cosas, da libertad interior y alegría… Aunque, a veces, parezca tarea inútil extender el amor de Dios en el mundo, el bien es inmortal y la victoria debe ser de Dios” (Testamento espiritual).

Amor y misión no pueden separarse. El amor, si es verdadero y completo amor, solo puede ser «amor misionero», sin fronteras. O, dicho de otro modo, ese amor sin fronteras, que nos mueve a ser testigos del Señor “hasta el confín de la tierra” (Hch 1,8), es el gran signo misionero: es “vivir el amor y, así, llevar la luz de Dios al mundo” (DCE 39).

  

Segunda parte:

LA ESPIRITUALIDAD SOLO PUEDE SER MISIONERA

 

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Espiritualidad misionera, caridad y contemplación

Para ahondar en la misión de la Iglesia y en su alma, la caridad, tenemos que centrarnos necesariamente en el Espíritu Santo, que nos hace exclamar “¡Abba, Padre!” (Gal 4,6) y derrama la caridad en nuestros corazones (cf. Rom 5,5). Ese Espíritu de amor es el alma de la Iglesia, y nos mueve a una caridad incondicional, especialmente hacia los más pobres, que es el camino de la misión.

La «espiritualidad» consiste precisamente en vivir según el Espíritu Santo: “Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu” (Gal 5,25). Por tanto, esa «espiritualidad», si es auténtica, solo puede ser «misionera», porque consiste en caminar a impulso del Espíritu, protagonista de la misión. Por eso, no se habla de «espiritualidad misionera» porque pueda haber una «espiritualidad no misionera», sino para remarcar que a la misión, nuestro sello como cristianos, le corresponde una determinada espiritualidad.

Esa «espiritualidad» es un estilo de vida que nace del saberse amado por Dios y que se traduce en disponibilidad hacia sus planes; es decir, en fidelidad a su Espíritu; es decir, en misión; es decir, en caridad. Al descubrirnos amados como Jesús, tomamos conciencia de ser enviados, como Él, con “la fuerza del Espíritu Santo” (Hch 1,8), a ser testigos de ese amor. Lo explica Benedicto XVI: “El Espíritu es la fuerza que transforma el corazón de la comunidad eclesial para que sea en el mundo testigo del amor del Padre, que quiere hacer de la humanidad, en su Hijo, una sola familia” (Deus caritas est, 19).

En este contexto, se comprende que san Juan Pablo II diga que “la espiritualidad misionera es un camino hacia la santidad” (Redemptoris missio, 90); camino que nace de tomarse en serio el amor de y a Cristo, y que está hecho de amor universal y sin fronteras. Esta «espiritualidad misionera»   remite a la intimidad de Dios y a su esencia, el amor. Es, por tanto, una experiencia de espiritualidad trinitaria: para vivir según los planes del Padre y cumplir su voluntad de “que todos los hombres se salven” (1 Tim 2,4), se requiere una relación personal con Cristo, el primer misionero, y permanecer en fidelidad y docilidad al Espíritu Santo, “autor de la misión” de la Iglesia (cf. Francisco, Discurso 1-6-2018).

Por eso decimos que la «espiritualidad misionera» pasa por la contemplación y tiene como fruto la misión. La dimensión contemplativa es indispensable para poder transmitir a los demás la propia experiencia de Jesús, y así anunciarle de modo creíble: “Lo que contemplamos […] acerca del Verbo de la vida, […] os lo anunciamos” (1 Jn 1,1.3). De ahí que el papa Francisco hiciera suya esta frase, escuchada a un formador vocacional: “La evangelización se hace de rodillas” (Homilía 7-7-2013).

Tenemos que pedirle constantemente a Dios Amor que nos haga crecer en esas actitudes espirituales de obediencia, sintonía, unión, fidelidad…; y esa petición estamos llamados a hacerla desde la confianza, porque, como reza el título de una de las obras de Von Balthasar, Solo el amor es digno de fe.

Fidelidad al Espíritu y caridad en el misionero

Lo que acabamos de ver entra dentro de lo que puede llamarse espiritualidad misionera «general» (de todo cristiano). Pero, si hay una vocación misionera específica (la del misionero «de primera fila»), hay también una espiritualidad misionera «específica». Ofrecemos aquí solo unas pinceladas, siempre desde el punto de vista de la caridad sin fronteras y la fidelidad al Espíritu.

Hay que comenzar recordando que los documentos del Magisterio pontificio sobre las misiones hablan de las disposiciones y virtudes del misionero. Son especialmente relevantes el capítulo IV de Ad gentes, el VII de Evangelii nuntiandi y el VIII de Redemptoris missio. Precisamente en esta última encíclica, san Juan Pablo II destaca la necesidad de misioneros santos.

Ese lazo absoluto entre santidad, amor y misión se ve muy claramente en la Patrona de las Misiones, santa Teresa de Lisieux, para quien la identidad vocacional misionera consistía en el amor: “La caridad me dio la clave de mi vocación… Comprendí que la Iglesia tenía un corazón que estaba ardiendo de Amor. Comprendí que solo el amor era el motor de los miembros de la Iglesia y que si este llegara a apagarse los apóstoles no anunciarían ya el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre. Comprendí que el Amor encerraba todas las vocaciones, que el Amor es todo… «¡Oh Jesús, Amor mío! Por fin he encontrado mi vocación. ¡Mi vocación es el Amor!»… ¡¡¡En el corazón de la Iglesia, Madre mía, yo seré el Amor!!!” (Autobiografía, cap. IX).

En realidad, hablar de “fidelidad al Espíritu y caridad en el misionero” no deja de ser redundante: la caridad es la obediencia a la voluntad de Dios, y ser fieles al Espíritu implica necesariamente vivir la caridad. El misionero está llamado a discernir y seguir la acción del Espíritu, a ejemplo de Jesús, siendo, como Él y en Él, “rostro de la misericordia del Padre” (Misericordiae vultus, 1). Por eso la «espiritualidad» no es «espiritualismo» desencarnado, sino inserción – encarnación- en la realidad, a imitación del Hijo de Dios hecho hombre.

Aquí entra de lleno la figura del misionero como “el hombre de las bienaventuranzas” (RM 91). El secreto y el gozo que estas encierran consiste en transformar todas las situaciones (también las dificultades y las pruebas) en una nueva posibilidad de amar y de darse. Es lo que viven de continuo los misioneros y misioneras en su día a día; un testimonio que anuncia a Dios Amor con una vida de amor: “Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16).

La Virgen María en la espiritualidad misionera

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Obviamente, el modelo máximo de espiritualidad misionera, así como nuestra mejor intercesora, es la Virgen María. En Ella vemos lo que es el amor como obediencia a la voluntad de Dios: amor obediente, obediencia amorosa. En Ella vemos también que, efectivamente, “solo el amor es digno de fe”: María se fía plenamente del Amor.

Las actitudes interiores de la Virgen son el mejor ejemplo para nuestra espiritualidad misionera: la fidelidad a la Palabra y al Espíritu, la apertura contemplativa del corazón (“conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” – Lc 2,19), la asociación a Cristo en su acción redentora, la entrega total de la vida a la misión encomendada… Y hay un título fundamental para que la Virgen sea el «faro» de nuestra espiritualidad: María es personificación,  tipo, figura de la Iglesia misionera en toda su actitud de recibir al Verbo y transmitirlo a la humanidad. En Santa María de la Caridad, Reina de las Misiones, «vemos» a la Iglesia misionera.

San Juan Pablo II añade que María es “el ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres” (RM 92). A su vez, en un texto de 1996, el entonces cardenal Ratzinger explica con sencillez este amor maternal de la Virgen. Desde los ojos de María, dice, “nos mira la bondad maternal de Dios”, esa bondad que Dios nos expresa a través del profeta: “Como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo” (Is 66,13). Y concluye: “Al parecer, Dios prefiere dar sus consuelos maternales a través de la madre, de su madre, y ¿quién se sorprendería de ello?” (El resplandor de Dios en nuestro tiempo. Meditaciones sobre el año litúrgico, Herder, Barcelona, 2008, p. 50).

 Los misioneros, efectivamente, y todos nosotros, como discípulos misioneros, estamos llamados a imitar ese amor maternal de María. Por eso, la «espiritualidad misionera» de la Iglesia es, y tiene que ser, una espiritualidad mariana. Así, concluimos como lo hace Benedicto XVI en su primer Mensaje para el Domund, el de 2006, que nos ha ido sirviendo de brújula: “La Virgen María, que con su presencia junto a la cruz y con su oración en el Cenáculo colaboró activamente en los inicios de la misión eclesial, sostenga su acción y ayude a los creyentes en Cristo a ser cada vez más capaces de auténtico amor, para que en un mundo espiritualmente sediento se conviertan en manantial de agua viva” (n. 4).

Rafael Santos Barba

Director de Illuminare

 

 

 

 


25
May 20

Objetivo AFRICA (Colonialismo ideológico en el siglo XXI)

© THE STREAM

Recientemente la editorial Homo Legens publicó en español un libro de Obianuju Ekeocha, titulado: Objetivo África-Colonialismo ideológico en el siglo XXI.

            Transcribimos ahora una selección de párrafos de dicho libro, tal como dicha selección fue realizada por el portal Infovaticana.            Esta valiente mujer africana, Obianuju Ekeocha, nació en Nigeria. Licenciada en Microbiología por la Universidad de Nigeria, obtuvo un máster en Ciencias Biomédicas. Es fundadora y presidenta de Culture of Life Africa, una organización dedicada a promover y defender la vida, el matrimonio, la maternidad y la familia en el continente africano. Con este fin, ha asesorado a miembros de la Unión Africana y a representantes de países africanos ante la ONU. Además, escribe asiduamente en diferentes publicaciones digitales, entre las que destacamos Life Site News y Catholic Herald.

NEOCOLONIALISMO IDEOLÓGICO EN EL SIGLO XXI

Uno de los tesoros más preciados de África es la alta valoración que en aquel continente se tiene por la vida. Este aprecio por la vida es una de las raíces más fuertes de su cultura. La mayoría de los africanos creen que la vida humana tiene un valor inestimable, que los hijos son una bendición, que la maternidad es un don, que el matrimonio y la familia son una riqueza. Sin embargo, los principios y valores que sustentan esta cultura de la vida entre los africanos se encuentran hoy amenazados por una nueva forma de colonialismo, que busca y pretende adueñarse del corazón, de la mente y del alma de África. Es el llamado colonialismo ideológico, que denuncia con valentía la autora nigeriana Obianuju Ekeocha.

            «El don más preciado que los africanos podemos dar al mundo en este momento es nuestra inherente cultura de la vida. La mayoría de los africanos comprenden, por fe y tradición, el inestimable valor de la vida humana, la belleza de la feminidad, la gracia de la maternidad, la bendición de la vida matrimonial y el don de los hijos. Todos ellos están siendo objeto de un implacable ataque por parte de la mayoría del mundo occidental, donde el aborto a demanda es legal, donde la fertilidad es considerada un inconveniente y tratada como si fuera una enfermedad, donde la maternidad está cada vez menos valorada y donde el matrimonio es redefinido».

            «Estos son los valores familiares fundamentales que nuestros padres y abuelos nos han transmitido. Están arraigados en nuestras costumbres, consagrados por la ley e incluso codificados en nuestras lenguas nativas. Quitárnoslos equivale a invadir, ocupar, anexionar y colonizar a nuestra gente. Hay una nueva colonización en marcha en nuestro tiempo, no de las tierras o de los recursos naturales, sino del corazón, la mente y el alma de África. Es un colonialismo ideológico».

En las páginas de este libro, Obianuju Ekeocha nos advierte de cómo las élites y líderes occidentales que en las últimas décadas han legalizado el aborto, promovido la anticoncepción, menospreciado la maternidad y redefinido el matrimonio, pretenden imponer su nueva visión de la realidad en África. Una influencia externa que, como explica Obianuju Ekeocha, se ha vuelto cada vez más invasiva.

            «A través de su dinero y sus medios de comunicación, las élites occidentales vuelven a ejercer una influencia increíble sobre el pueblo de África. Una vez más, los amos coloniales les dicen a los africanos que ellos saben más. Sólo que esta vez está en juego la definición misma de lo que significa ser hombre, mujer o familia».

Existe, sin embargo, un obstáculo para quienes tratan de introducir nuevos criterios morales en África: las arraigadas y profundas creencias y tradiciones culturales del pueblo africano. En 2014, una encuesta realizada por Pew Research Center mostraba que la mayoría de los africanos tiene una visión conservadora respecto a cuestiones como el aborto, la anticoncepción, las relaciones prematrimoniales, la homosexualidad y el divorcio. Por este motivo, una de las estrategias para provocar un cambio radical consiste en presionar a los líderes y legisladores africanos para que establezcan nuevas leyes y políticas que impongan los criterios occidentales sobre su pueblo.

IMPOSICIÓN DE POLÍTICAS ABORTISTAS

En el año 2003, un estudio de Pew Research Center recogió la opinión de 40.117 personas de cuarenta países acerca de distintas cuestiones morales. En sus respuestas, la gran mayoría de los africanos mostró su oposición al aborto. Para el 92% de los ghaneses, el 88% de los ugandeses, el 82% de los kenianos, el 80% de los nigerianos y el 77% de los tunecinos, el aborto era un acto moralmente inaceptable.

«En el centro del sistema de valores de mi gente está el reconocimiento profundo de que la vida humana es preciosa… Para nosotros, el aborto, como asesinato deliberado de pequeños en el útero, es un ataque directo contra la vida humana inocente. Es una injusticia grave, que nadie debería tener derecho de cometer».

            «Una abrumadora mayoría de africanos piensa que el aborto es intolerable, ya sea legal o ilegal. Es hora de que la comunidad internacional escuche las voces de los pueblos africanos y desista de presionarlos para que aborten».

Casi el 80% de los países africanos tienen algún tipo de ley que prohíbe o restringe el aborto. Incluso en aquellos países donde el aborto es legal, la mayoría aún cree que la vida en el vientre materno es sagrada y que el aborto es moralmente inaceptable. Sin embargo, a pesar de estos datos, la campaña para imponer el aborto en África está en auge. Si la mayoría de los africanos se opone al aborto, ¿quién está impulsando su legalización en estos países?

© ALETEIA

IMPOSICIÓN DE LA ANTICONCEPCIÓN

Quienes promueven la anticoncepción en África aseguran que trabajan en favor de los derechos de las mujeres. Pero ¿es realmente esto lo que reclaman las mujeres africanas?

«Intentar evitar que la gente del mundo en vías de desarrollo tenga hijos es una atrocidad, sobre todo porque hacerlo no es una estrategia de desarrollo. Es una estrategia invasiva…»

«¿De qué modo esterilizar a las mujeres más pobres del mundo les da el control sobre el hambre, la sequía, la enfermedad y la pobreza? No hace que estén más formadas o que tengan más posibilidades de trabajar. No les proporciona alimentos o agua potable. No hace que la mujer africana sea más feliz o esté más satisfecha en su matrimonio. No. Este amplio proyecto anticonceptivo sólo hará que la mujer sea estéril al precio más barato posible. Esto, ciertamente, no es lo que hemos pedido las mujeres africanas. No es la ayuda que nuestros corazones anhelan en medio de las pruebas y las dificultades de África. Pero en un mundo de asombroso imperialismo cultural, es lo que nuestros “mejores” han elegido para nosotras».

AYUDA AL ÁFRICA NECESITADA: LA PUERTA AL COLONIALISMO IDEOLÓGICO

A pesar del bien que ha hecho la asistencia humanitaria en África, la ayuda exterior también se ha convertido en la puerta de acceso del colonialismo ideológico y en la causa de una dependencia más profunda de los gobernantes africanos hacia los donantes occidentales. Esta dependencia desprotege a las naciones africanas frente a sus ricos donantes, ya que su ayuda, en muchas ocasiones, no es gratuita, sino que viene acompañada de una agenda concreta. Esta ayuda con “condiciones” es el centro del neocolonialismo ideológico que está invadiendo África.

«Mucho de lo que he escrito en este libro es, en gran medida, una búsqueda de la causa fundamental de la colonización ideológica de África. Y esta búsqueda apunta a la fragilidad económica y la vulnerabilidad de las naciones africanas, que han sido explotadas con absoluto descaro por ricos ideólogos de las naciones occidentales, cuya ansia de poder parece que sólo puede ser saciada controlando el destino de nuestros países».

HACIA LA DESCOLONIZACIÓN DE ÁFRICA

Para Obianuju Ekeocha, el viaje a la libertad real y la prosperidad de África comienza por el reconocimiento del daño que provoca el neocolonialismo ideológico y su vínculo con la ayuda exterior. En su búsqueda de la descolonización, África necesita combatir la corrupción y superar su dependencia de las ayudas exteriores.

© ACIPRENSA

«Mi sueño es que un día, en un futuro cercano, las naciones independientes de África dejen de depender de la opulencia de sus donantes. Como muchos de los africanos que en los años 50 anhelaban la independencia de sus amos coloniales, anhelo la independencia de nuestros amos neocoloniales del siglo XXI, para que los africanos puedan gobernarse a sí mismos de una manera adecuada a sus valores y aspiraciones».

            «Si África quiere protegerse de la desintegración social que estamos viendo en Occidente, y que Occidente quiere exportar a nuestros países, debe luchar en aras del matrimonio y los hijos, que son el futuro del continente. Nuestros países deben reducir la influencia corruptora de la ayuda procedente de naciones y organizaciones obsesionadas con el sexo y, para ello, deben edificarse sobre los cimientos firmes de buenas escuelas que desarrollen no sólo las mentes, sino también el carácter; de economías de mercado que dejen libre el comercio y los recursos para beneficio de todos; de líderes responsables que respeten la cultura de su pueblo más que la opinión de los donantes ricos. Debemos resistir a los nuevos colonizadores ideológicos antes de que nos roben nuestro “yo”».


21
May 20

Revista Familia Mariannhill Nº 195