23
Oct 20

Profesión Perpetua de los Frts. Mauricio Jamine y Felizardo Luheia (18-X-2020)

El pasado domingo, día 18 de Octubre de 2020, coincidiendo con la Jornada del Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND), los Misioneros de Mariannhill tuvimos la gran alegría de celebrar la ceremonia de Profesión Perpetua de dos de nuestros hermanos mozambiqueños, los Frts. Mauricio Jamine CMM y Felizardo Luheia CMM, en el templo parroquial de Nuestra Señora de Fátima, en Salamanca.

La celebración, presidida por el P. Lino Herrero Prieto CMM, Superior Provincial de los Misioneros de Mariannhill en España, tuvo lugar en el seno de la misa dominical vespertina. Un evento al que acudieron todas las personas que la normativa para el tiempo de pandemia permitía y donde un nutrido grupo de fieles se quedó fuera por este motivo, ya que se había completado el cupo de personas nada más abrir el templo. A todos ellos queremos agradecerles, por igual, su cariño y asistencia.

VER EL REPORTAJE EN EL BOTÓN…

 


29
Sep 20

Profesión perpetua de los Frts. Mauricio Jamine CMM y Felizardo Luheia CMM

Los Misioneros de Mariannhill en España os invitan a participar en la celebración Eucarística que, con motivo de la Profesión Perpetua de los Fratres se celebrará en la Parroquia de Ntra. Sra. de Fátima [Salamanca] el domingo 18 de Octubre de 2020, a las 19.30 h.

Link al PDF de la invitación:


21
Sep 20

Página vocacional Nº 78


16
Sep 20

Revista Familia Mariannhill Nº 196

OracionalesComentarios desactivados en Oracionales Familia Mariannhill Nº 58
16
Sep 20

Oracionales Familia Mariannhill Nº 58

Brief aus SpanienComentarios desactivados en BRIEF AUS SPANIEN Nº 133
01
Sep 20

BRIEF AUS SPANIEN Nº 133

NoticiasComentarios desactivados en Noticias desde Colombia: La medicina del alma (La pandemia del Coronavirus en una barriada de Bogotá)
27
Ago 20

Noticias desde Colombia: La medicina del alma (La pandemia del Coronavirus en una barriada de Bogotá)

El pensador y médico suizo, Thierry Collaud, tiene un estudio sobre lo que él denomina «la medicina del alma»; una medicina que el ser humano busca cuando siente que su vida se torna «frágil e incierta». Los componentes de esta medicina son una serie de «ritos» que conectan a la persona con el pasado – cuando disfrutaba de seguridad – y con el presente – cuando teme asustado ante el incierto futuro -. Estos «ritos» aportan a la persona la seguridad necesaria para sanar o, al menos, fortalecer su alma. El autor centra su estudio en las personas, que, por diversas causas, son más vulnerables, debido, por ejemplo, a la angustia, a la edad o a la enfermedad, en concreto, enfermos de alzhéimer.

Leía yo este ensayo durante el aislamiento provocado por la pandemia del Covid -19 y, de repente, me di cuenta que la realidad que el autor describía se estaba dando entre la gente con la que convivimos y que pasa a diario por delante de la Centro Misionero que Mariannhill tiene establecido en una barriada de la periferia de Bogotá.

Las gentes que pueblan este barrio tienen aquellas características, que son comunes a todos barrios de esta índole que se encuentran en muchas de las grandes ciudades de países en desarrollo: núcleos familiares grandes y diversos, viviendas sencillas y siempre en construcción, medios de vida y sustento dependientes del salario mínimo de algún miembro de la familia y de la venta ambulante de otros. A esta realidad común, la gente de este barrio tiene otro denominador característico: en su mayoría son desplazados del conflicto civil que ha azotado a Colombia y que no acaba de encontrar la ruta de la paz. En resumen, como suele decirse, son la gente que «vive del día a día», o, como decía un anciano jocosamente, son la gente que «se muere de día a día».

Con la aparición de la pandemia esta forma de vida, de por sí precaria, de la noche a la mañana, se convirtió en una forma de vida frágil. En un cortísimo espacio de tiempo, la gente empezó a notar la escasez de alimentos y de otros bienes básicos y, para colmo, se sintió arrojada a una situación de desorientación, donde la incertidumbre afectaba los cuerpos y las almas de todos ellos.

Las necesidades básicas de muchas familias comenzaron a exteriorizarse a través de «paños rojos», colgados en las ventanas y puertas de las casas. De algunos casos aislados, fácil de contar, en pocos días se pasó a tal número de «paños rojos», que algunas calles parecían haberse adornado para el paso de una procesión. De repente la gente se vio inmersa en una emergencia que había que enfrentar. La magnitud de la emergencia era tal que solo entidades gubernamentales podrían y deberían solucionar. Por desgracia y como de costumbre, la actuación gubernamental se ve siempre frenada y retrasada por el montaje burocrático que suele organizarse antes de actuar en estos casos, retrasando la atención urgente a los más vulnerables.

Es aquí cuando entra en juego la actuación de la iniciativa privada, tanto de particulares como de organizaciones locales, que son conscientes de que el vecino de justo al lado de tu casa, viviendo como tú en medio de la emergencia, padece la urgencia de necesitar ayuda.

Así fue como en la barriada de Bogotá donde trabajamos los Misioneros de Mariannhill pusimos en marcha el programa «Sé cercano con el más cerca». Comenzamos por acudir a los creyentes del entorno así como a las personas de buena voluntad a fin de avivar el espíritu de cercanía, característico de la caridad cristiana y de la solidaridad humana.

Este programa se viene poniendo en práctica allí donde aparece de repente una emergencia alimentaria de gran alcance, tratando de avivar y fortalecer el espíritu de cercanía y confianza que el ser humano experimenta en su interior. El vecino necesitado acude al vecino que puede ayudarle o, viceversa, el vecino que puede ayudar se acerca al vecino en necesidad. Cuando esto se ha conseguido, hay quien, al conocer las necesidades del vecino, cae en la cuenta que quizá sus necesidades no son tan urgentes como creía; por otra parte, el donante deseoso de ayudar sabe a quién ayudar y en qué medida puede hacerlo.

Centro Misionero de Mariannhill en una de las barriadas periféricas de Bogotá (Colombia): preparación de los lotes de alimentos durante los días de la emergencia del Covid-19.

Reparto de alimentos en el Centro Misionero de Mariannhill en una de las barriadas periféricas de Bogotá [Colombia] durante los días de la emergencia del Covid-19.

           Los que hemos vivido en otras situaciones parecidas sabemos que siempre habrá gente que tiende a hacer de la «necesidad» una «forma de vida». Este programa viene a ser una especie de filtro o correctivo para evitar esto, dado que nadie suele atreverse a pedir al vecino que vive a su lado lo que no necesita y ningún vecino se moverá a dar algo al vecino que sabe que no lo necesita. Se pone, así, en práctica el dicho que dice: «Contra el vicio de pedir, la virtud de no dar». Pero todos sabemos que en estas situaciones uno tiene que cruzar una línea casi invisible entre la «necesidad y la urgencia».

El área de actuación del programa comienza en una calle y, a veces, se extiende a áreas más amplias como pueden ser varias calles o un barrio entero. Los que residen en el territorio señalado se conectan entre sí, exponiendo sus necesidades y las posibilidades de ayudar, organizando a su manera los tiempos y formas de ayuda. Cuando los que pueden ayudar son menos que los que necesitan ayudan, la situación pasa a ser atendida por entidades locales mayores, como pude ser una parroquia o, en nuestro caso, al Centro Misionero de Mariannhill. Cuando esto ocurre, la entidad mayor se encarga de aportar los víveres y los alimentos a la gente encargada de ayudar en la calle, zona o barrio para que sigan preparando las bosas de comida.

Para conseguir los medios materiales, el Centro Misionero de Mariannhill se puso en contacto con entidades locales, nacionales y extranjeras. Las entidades comerciales e industriales de la zona, a nuestro requerimiento, se prestaron a ayudar, aportando víveres en especie o dinero. Con la ayuda del equipo de Pastoral Social se organizaron los lotes de comida, que se iban repartiendo en las casas de los necesitados.

Cuando se da el caso que no hay suficientes alimentos para poder repartir, pero se cuenta con algunos fondos, se emiten bonos para que los beneficiados puedan acercarse a los establecimientos locales y así comprar lo que necesitan por el valor de los bonos. Muchos de estos centros o establecimientos comerciales son los que aportan los dineros para poder financiar dichos bonos. Se crea así un circulo, «no vicioso» sino «virtuoso», donde se fortalece el espíritu de vecindad.

Y, desde el mismo momento en que el programa se puso en marcha, paliando la necesidad urgente de muchos, empezaron a florecer los valores humanos que demuestran que el espíritu de caridad cristiana y cercanía solidaria está vivo y se traduce en gestos muy emocionantes, tales como el de la señora que viene del mercado y, al pasar por delante del Centro Misionero, deposita un paquete de sal, de legumbres, etc.; el de aquel hombre que pasa por nuestro Centro  y entrega una pequeña donación, aún sabiendo que él también está necesitado; o el del ese anciano que, al recibir la bolsa de alimentos, consciente de que hay otro más necesitado, renuncia a ella, justificando su gesto en el hecho de haber pasado muchas guerras. Las expresiones de los rostros, tanto de los que dan como de los que reciben, dicen todo lo que no se puede describir.

Reparto a domicilio de los lotes de comida, por los Misioneros de Mariannhill y agentes pastorales del Centro Misionero en una de las barriadas de Bosa-Bogotá durante los días de la emergencia del Covid-19.

En los días de la emergencia del Covid-19 no todas las personas podían acercarse al Centro Misionero de Mariannhill en una de las barriadas de Bosa-Bogotá para recoger la ayuda. Los voluntarios se encargaron del reparto de las bolsas de víveres.

Oración ante la reja delante de la Capilla del Centro Misionero de Mariannhill en una de las barriadas de Bosa-Bogotá: La gente necesita sentir la ayuda de Dios, quien se hace cercano y vecino a sus vidas.

Tratar de cubrir o, al menos, paliar las necesidades del cuerpo es difícil, pero no imposible. El tema es que pronto afloran las necesidades del alma. La incertidumbre da paso a la desesperación, la desesperación lleva a la tensión, la tensión a la ruptura, la ruptura a la violencia y la violencia a la destrucción de la persona o del ente familiar. Así, junto a la falta de alimentos, se han dado suicidios, intentos de suicidio, violencia y rupturas familiares, gemidos y llantos, que, como otros «paños rojos», señalaban urgencias, quizá no tan numerosas, pero si más apremiantes y profundas que también había que atender.

Siendo conscientes, en cuanto misioneros, del profundo espíritu religioso de la gente y ante la prohibición de abrir los templos para que la gente pudiera entrar a rezar, aprovechando que el Centro Misionero cuenta con una reja exterior, manteniendo ésta cerrada, decidimos abrir las puertas de la Capilla que dan a la calle. Con esta medida se buscaba que la gente, al pasar delante de la misma, pudiera sentir la ayuda de Dios y llenarse de aliento espiritual, tan necesarios para poder sobrellevar las situaciones, a las que nos hemos visto abocados en estos tiempos de pandemia. Gente de toda clase y condición, edad y situación, que, al pasar por delante de la reja, hace un gesto que es todo un «rito», que muestra la fragilidad y la incertidumbre que la gente siente, pero que, a la vez, les sirve de medicina para curar esos males del alma, de los que habla el médico Thierry Collaud y de los que se hicieron mención al inicio de este artículo.

Todos estos gestos espontáneos de piedad, todos estos «ritos», no prescritos, evidencian los valores profundamente religiosos de la gente de nuestro barrio y demuestran el espíritu de cercanía, no solo con los demás sino también con Dios. No puedo por menos de recordar al taxista que para el carro para poder mirar al interior de la Capilla; al hombre anónimo que, al pasar delante de la reja, hace la señal de la cruz; a la madre que vuelve de la compra con el carro casi vacío y que delante de la reja musita una oración; al barrendero, que dejando a un lado la escoba, mira en silencio hacia el interior de la Capilla; al adulto que reza arrodillado, agarrándose a los barrotes de la reja o al que se quita el sobrero al pasar por delante; al anciano que, apoyándose en su bastón, mira fijamente al interior de la Capilla; al joven que se baja de la bicicleta o de la moto para rezar un momento; al vendedor ambulante que apaga el altavoz al pasar por delante de la reja…. etc.

Pasará la pandemia, pasará esta situación de emergencia, llegará la vida normal con su rutina diaria, con su lucha por la supervivencia, con sus ganas de poder «vivir un poco mejor». Las dificultades urgentes de ahora darán paso a aquellas otras, no tan urgentes, pero quizá más duras, como son el pago del alquiler, de las deudas contraídas, de los servicios públicos; se incrementarán los desahucios y la calle volverá ser la casa obligada para muchos; se tardará en reavivar el calor de algún hogar, cubierto de cenizas por la violencia… Pero esta gente, como dice el anciano, «ha pasado ya por muchas guerras y pasará  también por ésta». Sobre todo, porque la esperanza no se pierde, y la esperanza es la mejor medicina del alma y del cuerpo.

Como Misioneros de Mariannhill agradecemos a Dios que nos ha puesto en esta barriada de Bogotá a fin de poder ser cauce de su providencia y canal de la caridad y solidaridad de todos los que han querido ayudar y colaborar.

Desde que comenzó la pandemia hasta el día de hoy, se han ayudado a casi 700 particulares o familias.

P. David Fernández Díez CMM

Misionero de Mariannhill

 © Imágenes: © ARCHIVO CMM (Colombia)

 

               


27
Ago 20

La persona de Jesús en preguntas


© CARMEN BORREGO MUÑOZ (España)

JESÚS, EL BUEN SAMARITANO: Imagen tallada y policromada, que se encuentra en la Capilla de la Casa de Mariannhill en Madrid. La escultura fue realizada por el escultor Shadreck Chivandire, natural de Zimbabwe. El artista salmantino, Francisco Orejudo Alonso, realizó la ornamentación de la misma.

Nos acercamos a la persona de Jesús rastreando las preguntas que sobre su origen, identidad, autoridad, enseñanza, obras, comportamiento y realeza han quedado recogidas en los evangelios canónicos, según la versión de la Biblia de la Conferencia Episcopal Española. La profusión de todas estas preguntas es claro indicador de que la persona de Jesús no deja indiferente a nadie.

 Preguntas sobre el origen de Jesús

Es posible identificar en los textos evangélicos un conjunto de interrogantes que, a fin de hacerse una idea de la identidad de Jesús, preguntan sobre su origen. Curiosamente tales preguntas vienen recogidas, sobre todo, en el Evangelio de San Juan, aunque el tema en cuestión aparece también en los tres Sinópticos.

Así, por ejemplo, Natanael duda de que el origen conocido de Jesús sea garantía de algo bueno: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” [Jn. 1, 46]

Los judíos, al escuchar el discurso de Jesús sobre el Pan Vivo en la sinagoga de Cafarnaúm, murmuraban diciendo: “¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?” [Jn. 6, 41-42] Enterado de estas murmuraciones, el mismo Jesús les lanza una pregunta, en la que apunta hacia otro origen no sospechado, que será causa de un mayor escándalo: “¿Esto os escandaliza?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?” [Jn. 6, 61-62]

En el medida en que avanza el ministerio público de Jesús, junto a los que se inclinaban a creer que era el Mesías esperado, otros, en cambio, lo ponían en duda, apoyándose precisamente en el origen conocido de Jesús: “¿Es que de Galilea va a venir el Mesías ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David y de Belén, el pueblo de David?” [Jn. 7, 41-42] Ante los planes de prender y juzgar a Jesús, Nicodemo objeta que primero habría que escucharlo. Los demás fariseos, apoyándose en el origen conocido de Jesús, le replicaron que el tema estaba bien claro: “¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas.” [Jn. 7, 52]

La pregunta sobre el origen, que es clave para poder responder a la pregunta sobre la identidad, también se esclarece respondiendo a la pregunta sobre el destino. Afirma Jesús: “Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta “¿Adónde vas?” [Jn. 16, 5] Esta pregunta de Jesús y las afirmaciones que le siguieron suscitaron en el auditorio otras preguntas: “¿Qué significa eso de “dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver”, y eso de “me voy al Padre”?… “¿Qué significa ese “poco?” [Jn. 16, 17-18] El mismo Jesús se hace eco de estas preguntas de su auditorio: “¿Estáis discutiendo de eso que os he dicho: “Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver”?  [Jn. 16, 19]

Tal pregunta sobre el destino se la plantearon también los judíos en sus discusiones con Jesús: “¿Adónde va a marchar este que no podamos encontrarlo? ¿Acaso va a marchar a la diáspora para instruir a los griegos? ¿Qué significa esta palabra que dijo: “Me buscaréis y no me encontraréis, y donde yo estoy no podéis venir vosotros?” [Jn. 7, 35-36] Incluso se plantean los judíos otra posible respuesta al interrogante: “¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir vosotros?” [Jn. 8, 22]

En la medida en que avanzaba el interrogatorio de Pilatos a Jesús, la perplejidad del gobernador se incrementaba. En su desconcierto Pilatos le hizo una pregunta de alcance insospechado: “¿De dónde eres tú?” [Jn. 19, 9]

 Preguntas sobre la identidad de Jesús

           Las preguntas sobre la identidad personal de Jesús, tal como aparecen en los textos evangélicos, se pueden agrupar en dos bloques: Aquéllas que vienen planteadas por otros y aquellas preguntas planteadas por el mismo Jesús.

Respecto a las primeras, las planteadas por otros respecto a la identidad de Jesús, hacemos el elenco de las siguientes:

Vamos al comienzo mismo del ministerio público de Jesús y recordamos aquella pregunta que le planteó el mismo Precursor, por intermediación de algunos de sus discípulos, una vez que el mismo Juan Bautista tuvo noticia de lo que Jesús decía y hacía: “¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?” Los hombres se presentaron ante él y le dijeron: “Juan el Bautista nos ha mandado a ti para decirte: “¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?” [Lc. 7, 19-20; Mt. 11 ,3]

Sobre la identidad de Jesús se preguntaron también los que fueron testigos del perdón de los pecados del paralítico y de su posterior curación: “¿Quién es este que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?” [Lc. 5, 21] En la versión de Marcos la pregunta suena así: “¿Por qué habla este así?… ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo uno, Dios?” [Mc. 2, 7]

© ARCHIVO CMM [España]

JESÚS CON LA CRUZ A CUESTAS: Vidriera correspondiente a la segunda estación del Viacrucis realizado por la misionera de la Preciosa Sangre o de Mariannhill, Hna. Hadwig Münz CPS, para la capilla de la residencia que los Misioneros de Mariannhill tenían en St-Agustine-de-Desmaures [Quebec/Canadá].

También se planteó la pregunta sobre la identidad mesiánica de Jesús la mujer samaritana, después de su encuentro con Él junto al pozo de Jacob:“Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será este el Mesías?[Jn. 4, 29] Sobre dicha identidad mesiánica, también se plantearon la pregunta algunos de Jerusalén, al ver cómo Jesús hablaba y actuaba: ¿No es éste el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías? [Jn. 7, 25-26]

En los intensos diálogos de Jesús con los judíos, tal como han quedado recogidos en el evangelio de San Juan, se le plantean a Jesús en repetidas ocasiones varias preguntas sobre su identidad. A saber: “¿Dónde está tu Padre?” [Jn. 8, 19] / “¿Quién eres tú?” [Jn. 8, 25] / “¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió?… ¿por quién te tienes?” [Jn. 8, 52-53] / “No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán? [Jn. 8, 57] / ¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente.” [Jn. 10, 24] / “La Escritura nos dice que el Mesías permanecerá para siempre; ¿cómo dices tú que el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto? ¿Quién es ese Hijo de hombre? [Jn. 12, 34]

Preguntas sobre la identidad de Jesús, planteadas por otros, aparecen también al final de su ministerio público. Así, cuando Jesús entró en Jerusalén, la ciudad se sobresaltó preguntando: “¿Quién es este?” [Mt. 21, 10] Durante el proceso religioso ante el Sanedrín, se le planteó a Jesús una pregunta radical: “¿Tú eres el Hijo de Dios?” [Lc. 22, 70] Ante la respuesta afirmativa de Jesús, los acusadores encuentran la excusa buscada para su condena: “¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios?”  [Lc. 22, 70-71] Estando clavado en la cruz, uno de los ladrones le lanzó una pregunta provocadora: “¿No eres tú el Mesías?” [Lc. 23, 39]

          Respecto a las segundas preguntas, aquellas planteadas por el mismo Jesús respecto a su identidad, hacemos el elenco de las siguientes:

Los tres Sinópticos, con ligeras variaciones entre sí, recogen las dos preguntas concatenadas, planteadas por Jesús a sus discípulos. Mateo dice que ello ocurrió en la región de Cesarea de Filipo: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” [Mt. 16, 13]; “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” [Mt. 16, 15] Marcos afirma que ambas preguntas las planteó Cristo cuando iba de camino con los suyos: “¿Quién dice la gente que soy yo?” [Mc. 8, 27]; “Y vosotros, ¿quién decís que soy?” [Mc. 8, 29] Lucas relata que tales preguntas fueron planteadas por Jesús estando orando sólo, acompañado por sus discípulos: “¿Quién dice la gente que soy yo?” [Lc. 9, 18]; “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” [Lc. 9, 20]

Por otra parte, Jesús plantea una serie de preguntas sobre su identidad en referencia directa al Padre. Así, una vez encontrado en el templo por sus padres, les pregunta: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?” [Lc. 2, 49]. Más adelante, metido de lleno en su ministerio público, en diálogo polémico con los judíos, Jesús, teniendo conciencia viva de ser el Hijo del Padre, les plantea estas dos preguntas retóricas al respecto. Una primera: “¿Cómo dicen que el Mesías es hijo de David, si el mismo David dice en el libro de los Salmos: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies? …¿Cómo puede ser hijo suyo?” [Lc. 20, 41-44]; y una segunda: “¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: sois dioses?” Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura. A quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: “¡Blasfemas!” Porque he dicho: “Soy Hijo de Dios?” [Jn. 10, 34-36] En la misma dirección, aunque con mayor explicitud, va la respuesta en forma de pregunta retórica que le dirige al apóstol Felipe ante la petición de éste de poder ver al Padre: “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre?” ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en Mí?” [Jn. 14, 9] Esta conciencia filial la mantuvo Jesús en los momentos más dramáticos de su pasión. Así en la oración del Huerto de Getsemaní: ¿Qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora?” [Jn. 12, 27]; o dirigiéndose a Pedro durante el prendimiento: “¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre?” [Mt. 26, 53]

Preguntas sobre la autoridad de Jesús

Después de la entrada en Jerusalén, al final ya de su ministerio público, los tres Sinópticos recogen las preguntas planteadas a Jesús por parte de las autoridades del pueblo sobre su pretendida autoridad. Marcos indica que las preguntas se las plantearon a Jesús cuando estaba paseando por el Templo: “¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad para hacer esto?” [Mc. 11, 28] Mateo indica que le plantearon las preguntas a Jesús estando éste enseñando en el Templo: “¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?” [Mt. 21, 23] También Lucas indica que le plantearon las preguntas sobre su autoridad estando Jesús enseñando en el Templo: “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te ha dado esta autoridad?” [Lc. 20, 2]

En la misma línea, aunque utilizando otra terminología, van estas otras preguntas planteadas a Jesús y recogidas en el evangelio de Juan. Una primera, a raíz de la expulsión de los vendedores del Templo: “¿Qué signos nos muestras para obrar así?” [Jn. 2, 18]; otras dos preguntas concatenadas en la sinagoga de Cafarnaún, durante el discurso del Pan de Vida: “¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra?” [Jn. 6, 30]   

Preguntas motivadas por la enseñanza y de las obras de Jesús

          Un primer conjunto de preguntas motivadas a raíz de la enseñanza misma de Jesús.

En el comienzo mismo de su ministerio, estando en Cafarnaún. En versión de Marcos:¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad…” [Mc. 1, 27]. En versión de Lucas:¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen”. [Lc. 4, 36] Y estando en Nazaret: “Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: “¿No es este el hijo de José? [Lc. 4, 22]

En pleno desarrollo de su ministerio, los judíos en polémica con Jesús se preguntan extrañados: “¿Cómo es este tan instruido si no ha estudiado?” [Jn. 7, 15]

Y al final de su ministerio, después de la resurrección, los dos de Emaús se dijeron el uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” [Lc. 24, 32]

Un segundo conjunto de preguntas motivadas a raíz de las obras realizadas por Jesús.

Los tres Sinópticos recogen la pregunta que se hacen los que han sido testigos de la tempestad calmada. Según Marcos los discípulos, testigos del prodigio, se llenaron de miedo y se decían unos a otros: “¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!” [Mc. 4, 41] Según Mateo, los discípulos se preguntaron asombrados: “¿Quién es este que hasta el viento y el mar  lo obedecen?” [Mt. 8, 27] Y según Lucas, los discípulos, llenos de temor y admiración, se decían unos a otros: “¿Pues quién es este que da órdenes incluso al viento y al agua y lo obedecen?” [Lc. 8, 25]

Si los prodigios realizados por Jesús eran causa de preguntas sobre su persona, éstas también se suscitaban ante el hecho de que perdonaba pecados. Así, a raíz de la curación del paralítico, Lucas indica que los escribas y los fariseos se pusieron a pensar: “¿Quién es este que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?” [Lc. 5, 21] Así, a raíz del encuentro con Jesús de la pecadora pública en casa del fariseo, Lucas indica que los demás convidados empezaron a decir entre ellos: “¿Quién es este, que hasta perdona pecados?” [Lc. 7, 49] Jesús puede perdonar pecados porque tiene conciencia de no tener pecado: “¿Quién de vosotros puede acusarme de pecado?” [Jn. 8, 46] Por otra parte, “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?” [Jn. 9, 16]

No es de extrañar que muchos, ante tales obras, creyeran en él, apoyándose en el siguiente argumento: “Cuando venga el Mesías, ¿acaso hará obras mayores que las que ha hecho este? [Jn. 7, 31]       

          Encontramos, por último, un tercer conjunto de preguntas que vienen motivadas, a la par, a raíz de la enseñanza y de las obras realizadas por Jesús.

Enseñando un sábado en la sinagoga de su pueblo, Marcos dice que la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y Joset y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?” [Mc. 6, 2-3] La versión de Mateo sobre el mismo hecho es la siguiente: “De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?” [Mt. 13, 54-56]

Nada extraño entonces que Lucas recoja en los siguientes términos la reacción del simple de Herodes: “A Juan lo mandé decapitar yo, ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas? Y tenía ganas de verlo.” [Lc. 9, 9]

© HNO. THOMAS FISCHER CMM [Alemania]

CRISTO, EL PROFETA: Vidriera que se encuentra en la Casa que los Misioneros de Mariannhill tienen en Karen [Nairobi/Kenia].

Preguntas sobre el comportamiento de Jesús

El comportamiento de Jesús en general o algunos comportamientos en concreto también suscitaban preguntas.

La pregunta de su madre, al encontrarlo en el Templo: “Hijo, ¿por qué nos has tratado así?”[Lc. 2, 48]

La pregunta de los fariseos a los discípulos de Jesús a raíz de la comida en casa de Mateo: “¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?” [Mt. 9, 11]

La pregunta de los discípulos a Jesús a raíz de su enseñanza en parábolas: “¿Por qué les hablas en parábolas?” [Mt. 13, 10]

La pregunta de los cobradores de impuestos a Pedro: “¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?” [Mt. 17, 24]

La pregunta de algunos de Jerusalén: “¿No es este el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías? [Jn. 7, 25-26]

Las preguntas del sumo sacerdote durante el proceso religioso ante el silencio de Jesús. En la versión de Mateo: “¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?” [Mt. 26, 62] En la versión de Marcos: “¿No tienes  nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti? Pero él callaba sin dar respuesta. De nuevo le preguntó el sumo sacerdote: “¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?[Mc. 14, 60-61]

Las preguntas retóricas del sumo sacerdote al escuchar la respuesta de Jesús. En la versión de Marcos: ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece? [Mc. 14, 63-64] En la versión de Lucas las preguntas retóricas se las plantean los miembros del Sanedrín en general: “¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios?” [Lc. 22, 70]

Las preguntas de Pilatos durante el proceso civil ante el silencio de Jesús. Mateo: “¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?” [Mt. 27, 13] Marcos: “¿No contestas nada?” [Mc. 15, 4] Juan: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?” [Jn. 19, 10]

Y, ya por último, la pregunta de Pilatos al pueblo sobre el comportamiento de Jesús: “¿Qué mal ha hecho?” [Mc. 15, 14]

Preguntas sobre la identidad de Jesús como Rey

No son pocas las preguntas que se pueden identificar en los textos evangélicos canónicos que giran en torno a la identidad de Jesús como Rey.

Empezando por la que hicieron los sabios del Oriente al llegar a la ciudad de Jerusalén: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?” [Mt. 2, 2]; y siguiendo por la que se hacía la multitud asombrada: “¿No será este el hijo de David?” [Mt. 12, 23]

Están también aquellas preguntas, planteadas por el mismo Jesús, a sus interlocutores a modo de acertijo y recogidas por los tres Sinópticos. En la versión de Mateo: ¿Qué pensáis acerca del Mesías? ¿De quién es hijo?” Le respondieron: “De David”. Él les dijo: “¿Cómo entonces David, movido por el Espíritu, lo llama Señor diciendo: “Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies?” Si David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo? [Mt. 22, 42-45] En la versión de Marcos: “Mientras enseñaba en el templo, Jesús preguntó: “¿Cómo dicen los escribas que el Mesías es hijo de David? El mismo David, movido por el Espíritu Santo, dice: “Dijo el Señor a mi Señor; siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies”. Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo? [Mc. 12, 35-37] En la versión de Lucas: “Entonces les dijo: “¿Cómo dicen que el Mesías es hijo de David, si el mismo David dice en el libro de los Salmos: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies?” David, pues, lo llama Señor; entonces, ¿cómo puede ser hijo suyo? [Lc. 20, 41-44]

Y están, por último, todas aquellas preguntas sobre la realeza de Cristo durante el proceso civil ante Pilatos.

Los tres Sinópticos recogen la pregunta directa de Pilatos a Jesús al inicio de interrogatorio: “¿Eres tú el rey de los judíos?” [Mt. 27, 11; Mc. 15, 2; Lc. 23, 3] En la versión de Marcos siguen las preguntas de Pilatos al pueblo sobre el destino de Jesús Rey: “¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?” [Mc. 15, 9]; “¿Qué hago con el que llamáis  rey de los judíos?” [Mc. 15, 12]

Es el evangelista Juan quien más desarrolla el tema de la realeza de Jesús a raíz del diálogo-interrogatorio de Pilatos a Jesús en el Pretorio. Paso a consignar las preguntas al respecto: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús le contestó: “¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí? Pilatos replicó: “¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho? [Jn. 18, 33-35]… “Entonces, ¿tú eres rey? Jesús le contestó: “Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”. Pilatos le dijo: “Y ¿qué es la verdad?.” [Jn. 18, 37-38]

Consignar, por último, las preguntas de Pilatos al pueblo, según la versión de Juan: “¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?” [Jn. 18, 39]… “Ellos gritaron: “¡Fuera, fuera; crucifícalo!” Pilatos les dijo: “¿A vuestro rey voy a crucificar?” Contestaron los sumos sacerdotes: “No tenemos más rey que al César.” [Jn. 19, 15]

P. Lino Herrero Prieto CMM

Misionero de Mariannhill

 

 

 

 

 

 

 


27
Ago 20

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES 2020

 


© HNA. GEREON CUSTODIS CPS [Sudáfrica]

«Aquí estoy, mándame» (Is 6,8)

Queridos hermanos y hermanas:

Doy gracias a Dios por la dedicación con que se vivió en toda la Iglesia el Mes Misionero Extraordinario durante el pasado mes de octubre. Estoy seguro de que contribuyó a estimular la conversión misionera de muchas comunidades, a través del camino indicado por el tema: “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo”.

           En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos» [Meditación en la Plaza San Pietro, 27 marzo 2020]. Estamos realmente asustados, desorientados y atemorizados. El dolor y la muerte nos hacen experimentar nuestra fragilidad humana; pero al mismo tiempo todos somos conscientes de que compartimos un fuerte deseo de vida y de liberación del mal. En este contexto, la llamada a la misión, la invitación a salir de nosotros mismos por amor de Dios y del prójimo se presenta como una oportunidad para compartir, servir e interceder. La misión que Dios nos confía a cada uno nos hace pasar del yo temeroso y encerrado al yo reencontrado y renovado por el don de sí mismo.            En este año, marcado por los sufrimientos y desafíos causados ​​por la pandemia del COVID-19, este camino misionero de toda la Iglesia continúa a la luz de la palabra que encontramos en el relato de la vocación del profeta Isaías: «Aquí estoy, mándame» [Is 6,8]. Es la respuesta siempre nueva a la pregunta del Señor: «¿A quién enviaré?» [ibíd.] Esta llamada viene del corazón de Dios, de su misericordia que interpela tanto a la Iglesia como a la humanidad en la actual crisis mundial. «Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente.

En el sacrificio de la cruz, donde se cumple la misión de Jesús [cf. Jn 19,28-30], Dios revela que su amor es para todos y cada uno de nosotros [cf. Jn 19,26-27]. Y nos pide nuestra disponibilidad personal para ser enviados, porque Él es Amor en un movimiento perenne de misión, siempre saliendo de sí mismo para dar vida. Por amor a los hombres, Dios Padre envió a su Hijo Jesús [cf. Jn 3,16]. Jesús es el Misionero del Padre: su Persona y su obra están en total obediencia a la voluntad del Padre [cf. Jn 4,34; 6,38; 8,12-30; Hb 10,5-10]. A su vez, Jesús, crucificado y resucitado por nosotros, nos atrae en su movimiento de amor; con su propio Espíritu, que anima a la Iglesia, nos hace discípulos de Cristo y nos envía en misión al mundo y a todos los pueblos.

«La misión, la “Iglesia en salida” no es un programa, una intención que se logra mediante un esfuerzo de voluntad. Es Cristo quien saca a la Iglesia de sí misma. En la misión de anunciar el Evangelio, te mueves porque el Espíritu te empuja y te trae» (Sin Él no podemos hacer nada, LEV-San Pablo, 2019, 16-17). Dios siempre nos ama primero y con este amor nos encuentra y nos llama. Nuestra vocación personal viene del hecho de que somos hijos e hijas de Dios en la Iglesia, su familia, hermanos y hermanas en esa caridad que Jesús nos testimonia. Sin embargo, todos tienen una dignidad humana fundada en la llamada divina a ser hijos de Dios, para convertirse por medio del sacramento del bautismo y por la libertad de la fe en lo que son desde siempre en el corazón de Dios.

Haber recibido gratuitamente la vida constituye ya una invitación implícita a entrar en la dinámica de la entrega de sí mismo: una semilla que madurará en los bautizados, como respuesta de amor en el matrimonio y en la virginidad por el Reino de Dios. La vida humana nace del amor de Dios, crece en el amor y tiende hacia el amor. Nadie está excluido del amor de Dios, y en el santo sacrificio de Jesús, el Hijo en la cruz, Dios venció el pecado y la muerte [cf. Rm 8,31-39]. Para Dios, el mal —incluso el pecado— se convierte en un desafío para amar y amar cada vez más [cf. Mt 5,38-48; Lc 23,33-34]. Por ello, en el misterio pascual, la misericordia divina cura la herida original de la humanidad y se derrama sobre todo el universo. La Iglesia, sacramento universal del amor de Dios para el mundo, continúa la misión de Jesús en la historia y nos envía por doquier para que, a través de nuestro testimonio de fe y el anuncio del Evangelio, Dios siga manifestando su amor y pueda tocar y transformar corazones, mentes, cuerpos, sociedades y culturas, en todo lugar y tiempo.

La misión es una respuesta libre y consciente a la llamada de Dios, pero podemos percibirla sólo cuando vivimos una relación personal de amor con Jesús vivo en su Iglesia. Preguntémonos: ¿Estamos listos para recibir la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida, para escuchar la llamada a la misión, tanto en la vía del matrimonio como de la virginidad consagrada o del sacerdocio ordenado, como también en la vida ordinaria de todos los días? ¿Estamos dispuestos a ser enviados a cualquier lugar para dar testimonio de nuestra fe en Dios, Padre misericordioso, para proclamar el Evangelio de salvación de Jesucristo, para compartir la vida divina del Espíritu Santo en la edificación de la Iglesia? ¿Estamos prontos, como María, Madre de Jesús, para ponernos al servicio de la voluntad de Dios sin condiciones [cf. Lc 1,38]? Esta disponibilidad interior es muy importante para poder responder a Dios: «¡Aquí estoy, Señor, mándame!» [Is 6,8]. Y todo esto no en abstracto, sino en el hoy de la Iglesia y de la historia.

Comprender lo que Dios nos está diciendo en estos tiempos de pandemia también se convierte en un desafío para la misión de la Iglesia. La enfermedad, el sufrimiento, el miedo, el aislamiento nos interpelan. Nos cuestiona la pobreza de los que mueren solos, de los desahuciados, de los que pierden sus empleos y salarios, de los que no tienen hogar ni comida. Ahora, que tenemos la obligación de mantener la distancia física y de permanecer en casa, estamos invitados a redescubrir que necesitamos relaciones sociales, y también la relación comunitaria con Dios. Lejos de aumentar la desconfianza y la indiferencia, esta condición debería hacernos más atentos a nuestra forma de relacionarnos con los demás. Y la oración, mediante la cual Dios toca y mueve nuestro corazón, nos abre a las necesidades de amor, dignidad y libertad de nuestros hermanos, así como al cuidado de toda la creación. La imposibilidad de reunirnos como Iglesia para celebrar la Eucaristía nos ha hecho compartir la condición de muchas comunidades cristianas que no pueden celebrar la Misa cada domingo. En este contexto, la pregunta que Dios hace: «¿A quién voy a enviar?», se renueva y espera nuestra respuesta generosa y convencida: «¡Aquí estoy, mándame!» [Is 6,8]. Dios continúa buscando a quién enviar al mundo y a cada pueblo, para testimoniar su amor, su salvación del pecado y la muerte, su liberación del mal [cf. Mt 9,35-38; Lc 10,1-12].

La celebración la Jornada Mundial de la Misión también significa reafirmar cómo la oración, la reflexión y la ayuda material de sus ofrendas son oportunidades para participar activamente en la misión de Jesús en su Iglesia. La caridad, que se expresa en la colecta de las celebraciones litúrgicas del tercer domingo de octubre, tiene como objetivo apoyar la tarea misionera realizada en mi nombre por las Obras Misionales Pontificias, para hacer frente a las necesidades espirituales y materiales de los pueblos y las iglesias del mundo entero y para la salvación de todos.

Que la Bienaventurada Virgen María, Estrella de la evangelización y Consuelo de los afligidos, Discípula misionera de su Hijo Jesús, continúe intercediendo por nosotros y sosteniéndonos.

          Roma, San Juan de Letrán, 31 de mayo de 2020, Solemnidad de Pentecostés.

Francisco


27
Ago 20

A los 100 años del nacimiento de San Juan Pablo II (Carta de Benedicto XVI)

 


© AGENDA POLÍTICA

       El 18 de Mayo se cumplieron 100 años del nacimiento del que hoy es San Juan Pablo II. Efemérides importante que nos anima a seguir valorando al alza la figura y la obra de este gran Papa polaco, que ha marcado el devenir de la Iglesia de los tiempos recientes.

          Con tal motivo el Papa emérito Benedicto XVI ha enviado una carta al Cardenal Stanisław Dziwisz, arzobispo emérito de Cracovia [Polonia], que durante 40 años fue secretario personal del santo polaco.

          Es bien sabido que Benedicto XVI, siendo entonces el  Cardenal Joseph Ratzinger, tuvo una relación estrecha con San Juan Pablo II, colaborando con él como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe entre 1981 y 2005.

           En la carta, a la que hemos aludido, fechada el 4 de mayo y escrita originalmente en alemán, Benedicto XVI hace un recorrido por la vida de San Juan Pablo II: su familia, su formación sacerdotal durante la ocupación de Polonia, su papel en el Concilio Vaticano II, su llamada, apenas fue elegido Papa, a no tener miedo y abrir las puertas a Cristo, su gran amor por la Divina Misericordia.

           Reproducimos para nuestros lectores la carta completa, tal como fue publicada por Aciprensa.

© EL UNIVERSO

Ciudad del Vaticano

4 de mayo del 2020

El 18 de mayo se cumplirán 100 años desde que el papa Juan Pablo II nació en la pequeña ciudad polaca de Wadowice.

Polonia, dividida durante más de 100 años por las tres grandes potencias vecinas – Prusia, Rusia y Austria –, había recuperado su independencia al final de la Primera Guerra Mundial. Fue una época llena de esperanza, pero también de dificultades, ya que la presión de las dos grandes potencias, Alemania y Rusia, siguió pesando sobre el Estado que se estaba reorganizando. En esta situación de angustia, pero sobre todo de esperanza, creció el joven Karol Wojtyla, que perdió muy pronto a su madre, a su hermano y, finalmente, a su padre, de quien había aprendido una piedad profunda y cálida. El joven Karol era particularmente apasionado por la literatura y el teatro, y después de estudiar para sus exámenes de secundaria, comenzó a dedicarse más a estas materias.

«Para evitar la deportación, en el otoño de 1940, comenzó a trabajar en una cantera que pertenecía a la fábrica química de Solvay» (cf. Don y Misterio). «En Cracovia, había ingresado en secreto en el Seminario. Mientras trabajaba como obrero en una fábrica, comenzó a estudiar teología con viejos libros de texto, para poder ser ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1946» (cf. Ibid.). Por supuesto, no solo estudió teología en los libros, sino también a partir de la situación específica que pesaba sobre él y su país. Es una especie de característica de toda su vida y su trabajo. Estudia con libros, pero experimenta y sufre las cuestiones que están detrás del material impreso. Para él, como joven obispo – obispo auxiliar desde 1958, arzobispo de Cracovia desde 1964 – el Concilio Vaticano II se convirtió en una escuela para toda su vida y su trabajo. Las grandes preguntas que surgieron especialmente sobre el llamado Esquema 13 – luego Constitución Gaudium et Spes – fueron sus preguntas personales. Las respuestas desarrolladas en el Concilio le mostraron el camino a seguir para su trabajo como obispo y luego como Papa.

Cuando el cardenal Wojtyla fue elegido sucesor de San Pedro el 16 de octubre de 1978, la Iglesia estaba en una situación desesperada. Las deliberaciones del Concilio se presentaban al público como una disputa sobre la fe misma, lo que parecía privarla de su certeza indudable e inviolable. Un pastor bávaro, por ejemplo, comentando la situación, decía: «Al final, hemos acogido una fe falsa». Esta sensación de que no había nada seguro, de que todo estaba en cuestión, fue alimentada por la forma en que se implementó la reforma litúrgica. Al final, todo parecía factible en la liturgia. Pablo VI había cerrado el Concilio con energía y determinación, pero luego, una vez terminado, se vio confrontado con más asuntos, siempre más urgentes, lo que finalmente puso en tela de juicio a la Iglesia misma. Los sociólogos compararon la situación de la Iglesia en ese momento con la de la Unión Soviética bajo Gorbachov, cuando toda la poderosa estructura del Estado finalmente se derrumbó en un intento de reformarla.

© INFOBAE

Una tarea que superaba las fuerzas humanas esperaba al nuevo Papa. Sin embargo, desde el primer momento, Juan Pablo II despertó un nuevo entusiasmo por Cristo y su Iglesia. Primero lo hizo con el grito del sermón al comienzo de su pontificado: «¡No tengan miedo! ¡Abran, sí, abran de par en par las puertas a Cristo!» Este tono finalmente determinó todo su pontificado y lo convirtió en un renovado liberador de la Iglesia. Esto estaba condicionado por el hecho de que el nuevo Papa provenía de un país donde el Concilio había sido bien recibido: no el cuestionamiento de todo, sino más bien la alegre renovación de todo.

El Papa ha viajado por el mundo en 104 grandes viajes pastorales y proclamó el Evangelio en todas partes como una alegría, cumpliendo así su obligación de defender el bien, de defender a Cristo.

En 14 encíclicas, volvió a exponer completamente la fe de la Iglesia y su doctrina humana. Inevitablemente, al hacerlo, provocó oposición en las iglesias del Occidente llenas de dudas.

Hoy, me parece importante enfatizar sobre todo el verdadero centro desde el cual debe leerse el mensaje de sus diferentes textos. Este centro vino a la atención de todos nosotros en el momento de su muerte. El Papa Juan Pablo II murió en las primeras horas de la nueva fiesta de la Divina Misericordia. Permítanme agregar primero un pequeño comentario personal que revela un aspecto importante del ser y el trabajo del Papa. Desde el principio, Juan Pablo II se sintió profundamente conmovido por el mensaje de Faustina Kowalska, una monja de Cracovia, que destacó la Divina Misericordia como un centro esencial de la fe cristiana y deseaba una celebración con este motivo. Después de todas las consultas, el Papa había escogido el domingo in albis.

Sin embargo, antes de tomar la decisión final, le pidió a la Congregación de la Fe su opinión sobre la conveniencia de esta fecha. Dijimos que no porque pensamos que una fecha tan antigua y llena de contenido como la del domingo in albis no debería sobrecargarse con nuevas ideas. Ciertamente no fue fácil para el Santo Padre aceptar nuestro no. Pero lo hizo con toda humildad y aceptó el no de nuestro lado por segunda vez. Finalmente, hizo una propuesta dejando el histórico domingo in albis, pero incorporando la Divina Misericordia en su mensaje original. En otras ocasiones, de vez en cuando, me impresionó la humildad de este gran Papa, que renunció a las ideas de lo que deseaba porque no recibió la aprobación de los organismos oficiales que, según las reglas clásicas, había de consultar.

Mientras Juan Pablo II vivió sus últimos momentos en este mundo, la Fiesta de la Divina Misericordia acababa de comenzar tras la oración de las primeras vísperas. Esta celebración iluminó la hora de su muerte: la luz de la misericordia de Dios se presenta como un mensaje reconfortante sobre su muerte. En su último libro, Memoria e Identidad, publicado en la víspera de su muerte, el Papa resumió una vez más el mensaje de la Divina Misericordia. Señaló que la hermana Faustina murió antes de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, pero que ya había dado la respuesta del Señor a este horror insoportable. Era como si Cristo quisiera decir a través de Faustina: «El mal no obtendrá la victoria final. El misterio pascual confirma que el bien prevalecerá, que la vida triunfará sobre la muerte y que el amor triunfará sobre el odio».

A lo largo de su vida, el Papa buscó apropiarse subjetivamente del centro objetivo de la fe cristiana, que es la doctrina de la salvación, y ayudar a otros a apropiarse de ella. A través de Cristo resucitado, la misericordia de Dios es para cada individuo. Aunque este centro de la existencia cristiana solo nos lo da la fe, también es importante filosóficamente, porque si la misericordia de Dios no es un hecho, debemos encontrar nuestro camino en un mundo donde el poder último del bien contra el mal es incierto. Después de todo, más allá de este significado histórico objetivo, es esencial que todos sepan que, al final, la misericordia de Dios es más fuerte que nuestra debilidad.

Además, en esta etapa actual, también se puede encontrar la unidad interior entre el mensaje de Juan Pablo II y las intenciones fundamentales del Papa Francisco: Juan Pablo II no es un rigorista moral, como algunos lo intentan dibujar en parte. Con la centralidad de la misericordia divina, nos da la oportunidad de aceptar el requerimiento moral del hombre, aunque nunca podemos cumplirlo por completo. Sin embargo, nuestros esfuerzos morales se hacen a la luz de la divina misericordia, que resulta ser una fuerza curativa para nuestra debilidad.

© RELIGIÓN EN LIBERTAD

Cuando murió el Papa Juan Pablo II, la Plaza de San Pedro estaba llena de personas, especialmente jóvenes, que querían encontrarse con su Papa por última vez. No puedo olvidar el momento en que Mons. Sandri anunció el mensaje de la partida del Papa. Sobre todo, el momento en que la gran campana de San Pedro repicó, hizo que este mensaje resultara inolvidable. El día del funeral, había muchas pancartas diciendo «¡Santo súbito!». Eso fue un grito que, de todos lados, surgió a partir del encuentro con Juan Pablo II. No solo en la plaza, sino también en varios círculos intelectuales, se discutió la idea de darle el título de «Magno» a Juan Pablo II.

La palabra «santo» indica la esfera de Dios y la palabra «magno» la dimensión humana. Según el reglamento de la Iglesia, la santidad puede ser reconocida por dos criterios: las virtudes heroicas y el milagro. Los dos criterios están estrechamente vinculados. La expresión «virtud heroica» no significa una especie de hazaña olímpica; al contrario, en y a través de una persona se revela algo que no proviene de él, sino que se hace visible la obra de Dios en y a través de él. No es una competencia moral de la persona, sino renunciar a la propia grandeza. El punto es que una persona deja que Dios trabaje en ella, y así el trabajo y el poder de Dios se hacen visibles a través de ella.

Lo mismo se aplica a la prueba del milagro: aquí tampoco se trata de un evento sensacional sino de la revelación de la bondad de Dios que cura de una manera que va más allá de las meras posibilidades humanas. El santo es un hombre abierto a Dios e imbuido de Dios. El que se aleja de sí mismo y nos deja ver y reconocer a Dios es santo. Verificar esto legalmente, en la medida de lo posible, es el significado de los dos procesos de beatificación y canonización. En los casos de Juan Pablo II, ambos procesos se hicieron estrictamente de acuerdo a las reglas aplicables. Por lo tanto, ahora se nos presenta como el padre que nos deja ver la misericordia y la bondad de Dios.

Es más difícil definir correctamente el término «magno». Durante los casi 2.000 años de historia del papado, el título «Magno» solo prevaleció para dos papas: León I (440-461) y Gregorio I (590-604). La palabra «magno» tiene una connotación política en ambos, en la medida en que algo del misterio de Dios mismo se hace visible a través de la actuación política. A través del diálogo, León Magno logró convencer a Atila, el Príncipe de los Hunos, para que perdonara a Roma, la ciudad de los príncipes de los apóstoles Pedro y Pablo. Desarmado, sin poder militar o político, sino por el solo poder de la convicción por su fe, logró convencer al temido tirano para que perdonara a Roma. El espíritu demostró ser más fuerte en la lucha entre espíritu y poder.

Aunque Gregorio I no tuvo un éxito tan espectacular, también logró proteger a Roma contra los lombardos, de nuevo al oponerse el espíritu al poder y alcanzar la victoria del espíritu.

Si comparamos la historia de los dos Papas con la de Juan Pablo II, su similitud es evidente. Juan Pablo II tampoco tenía poder militar o político. Durante las deliberaciones sobre la forma futura de Europa y Alemania, en febrero de 1945, se observó que la opinión del Papa también debía tenerse en cuenta. Entonces Stalin preguntó: «¿Cuántas divisiones tiene el Papa?». Es claro que el Papa no tiene divisiones a su disposición. Pero el poder de la fe resultó ser un poder que finalmente derrocó el sistema de poder soviético en 1989 y permitió un nuevo comienzo. Es indiscutible que la fe del Papa fue un elemento esencial en el derrumbe del poder comunista. Así que la grandeza evidente en León I y Gregorio I es ciertamente visible también en Juan Pablo II.

Dejamos abierto si el epíteto «magno» prevalecerá o no. Es cierto que el poder y la bondad de Dios se hicieron visibles para todos nosotros en Juan Pablo II. En un momento en que la Iglesia sufre una vez más la aflicción del mal, este es para nosotros un signo de esperanza y confianza.

Querido San Juan Pablo II, ¡ruega por nosotros!

Benedicto XVI