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Dic 19

FELICITACIÓN NAVIDEÑA 2019 Y CALENDARIOS DE BOLSILLO 2020

Felicitación navideña 2019: Con un famoso texto de San Bernardo dedicado a la Virgen María, cuya imagen, como Patrona de Mariannhill, es venerada en la capilla de nuestra Casa General en Roma (anverso y reverso).

Calendario 1:El perezoso considera suerte el éxito del diligente” –Proverbio inglés- (anverso y reverso).

 

 

 

Calendario 2:Todos nacemos iguales; por la virtud nos diferenciamos” –Proverbio latino- (anverso y reverso).

 

 

 

Calendario 3:Quien no arriesga, nunca hará nada interesante” –Proverbio inglés- (anverso y reverso).

 

 

 

Calendario 4:El amor que se alimenta de regalos siempre tiene hambre” –Proverbio inglés- (anverso y reverso).


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Dic 19

BRIEF AUS SPANIEN Nº 130

Revista MariannhillComentarios desactivados en Revista Familia Mariannhill Nº 193
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Dic 19

Revista Familia Mariannhill Nº 193


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Nov 19

Convicciones y Motivaciones Misioneras

PRIMERA PARTE: ¿SON TODAVÍA NECESARIOS LOS MISIONEROS?

Lo son, porque también Cristo y su Iglesia lo siguen siendo. Un pensamiento débil y de bajo perfil en este asunto lleva a vaciar de contenido la misma historia de la salvación, haciendo que Cristo y su Iglesia sean irrelevantes. Desde sus mismos comienzos la Iglesia se ha entendido como una comunidad al servicio de esta contundente verdad: Jesucristo es el único Salvador del ser humano.

Llevamos más de dos mil años de misión. Parece que son muchos años, pero según el papa san Juan Pablo II: “La misión de Cristo redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse… Una mirada global a la humanidad demuestra que nuestra misión se halla todavía en sus comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio” [RM, 1]. La misión, por lo tanto, no ha hecho nada más que empezar y la urgencia de su cumplimiento goza de plena vigencia. De nuevo las palabras del papa san Juan Pablo II: “El número de los que aún no conocen a Cristo, ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente, más aún, desde el final del Concilio, casi se ha duplicado. Para esta humanidad inmensa, tan amada por el Padre, que por ella envió a su propio Hijo, es patente la urgencia de la misión” [RM, 3].

Reconocer como acertado este diagnóstico, no tiene que llevar al pesimismo. La misión es, ante todo, obra de Dios y es Él el mejor garante de lo que como tarea ha querido poner en manos de la Iglesia. A este respecto afirma el papa san Juan Pablo II: “Dios está preparando una gran primavera cristiana, de la que ya se vislumbra su comienzo. En efecto, tanto en el mundo no cristiano como en el de la antigua tradición cristiana, existe un progresivo acercamiento de los pueblos a los ideales y a los valores evangélicos, que la Iglesia se esfuerza en favorecer” [RM, 86].

Todo ello le debe llevar a la Iglesia a reafirmarse en lo que constituye su identidad más medular. Afirma el papa san Juan Pablo II: “Hemos de fomentar en nosotros el afán apostólico por transmitir a los demás la luz y la gloria de la fe, y para este ideal debemos educar a todo el pueblo de Dios. No podemos permanecer tranquilos si pensamos en los millones de hermanos y hermanas nuestros redimidos también por la sangre de Cristo, que viven sin conocer el amor de Dios. Para el creyente en singular, lo mismo que para toda la Iglesia, la causa misionera debe ser la primera porque concierne al destino eterno del hombre y responde al designio misterioso y misericordioso de Dios” [RM, 86].

Las primeras generaciones cristianas vivían y actuaban convencidas de que Jesucristo era el único Salvador [Cf. Heb. 13, 8]. Sólo así se explica la rápida expansión del mensaje del Evangelio en todo el Imperio Romano.

El libro de los Hechos de los Apóstoles contiene el relato minucioso del primer milagro realizado por Pedro y Juan ante la Puerta Hermosa del Tempo de Jerusalén [Cf. Act. 3, 1-10]. Tomando de la mano al tullido de nacimiento, Pedro le dijo: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar” [Cf. Act. 3, 6]. El Sanedrín detuvo a Pedro y a Juan para interrogarles sobre el «nombre» en el que habían realizado esa curación [Cf. Act. 4, 1-22]. La respuesta de Pedro es decidida y clara: “Sabed todos vosotros y todo el pueblo de Israel que ha sido por el nombre de Jesucristo, el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre y no por ningún otro se  presenta éste aquí sano delante de vosotros… Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” [Act. 4, 10-12].

Les amenazaron “para que no hablen ya más a nadie en este nombre” [Act. 4, 17] y les despidieron diciéndoles “que de ninguna manera hablasen o enseñasen en nombre de Jesús” [Act. 4, 18]. Una vez libres y estando en medio de la comunidad, todos alabaron a Dios porque los apóstoles podían “realizar curaciones, señales y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús” [Act. 4, 30]. Dado que la actividad taumatúrgica continuaba cada día con más fuerza [Cf. Act. 5, 12-16],  el Sanedrín volvió a detener a los apóstoles, acusándoles: “Os prohibimos severamente enseñar en ese nombre” [Act. 5, 28]. Fueron nuevamente los apóstoles amenazados, antes de ser liberados, para que no hablasen en «nombre» de Jesús [Cf. Act. 5, 40].  Pero “ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el nombre” [Act. 5, 41].

Veamos otro testimonio neotestamentario en este mismo sentido. Al comienzo de la actividad misionera de la Iglesia, el apóstol y misionero San Pablo constató que los cristianos que vivían en Corinto se veían bombardeados por diversas ofertas de esperanza salvadora. Las escuelas filosóficas griegas afirmaban que los hombres se salvan mediante la «sabiduría» que decían enseñar. Los judíos sostenían que los hombres obtienen la «justicia» ante Dios mediante el cumplimiento fiel de la ley. Los promotores de las religiones mistéricas aseguraban a sus devotos la «santificación» mediante la participación en rituales y ceremonias. El mundo romano, por último, regulaba en su ordenamiento jurídico que la libertad del esclavo, su «redención», dependía de un rescate y una compra.

Éstas eran las cuatro ofertas salvadoras que tenían ante sí los cristianos que residían en la ciudad de Corinto. Su misionero, el apóstol San Pablo, les escribió así: “De Dios viene que estéis en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención” [1Cor. 1,30]. En definitiva, el misionero y apóstol San Pablo les estaba proponiendo a Cristo Jesús como el único Salvador y posibilitador de la esperanza más cierta y segura.

Cristo Jesús es para el hombre la «sabiduría» buscada. Hoy como ayer, aquí y allá, los hombres necesitan un punto de referencia que oriente en ultimidad el sentido de su existencia: vida y muerte, origen y destino, dónde está el bien y dónde el mal, qué es lo que se debe hacer y qué cosas se han de evitar. Ser sabios es contar con el verdadero punto de referencia.

Cristo Jesús es para el hombre la «justicia» anhelada. Anhelan los hombres poder situarse ante Dios con la seguridad de que Dios les mira con benevolencia, quedando así justificados ante Él. Si Dios no hiciera justo al hombre, de poco valdrían los esfuerzos de éste por lograrlo.

Cristo Jesús es para el hombre la «santificación» soñada. Los hombres, religiosos por naturaleza, perciben que cuando cortan con Dios y se organizan la vida al margen de Dios o en contra de Él, se quedan sin porvenir. Por ello buscan la reconciliación con Dios y poder participar de su vida y de su santidad.

Cristo Jesús es para el hombre la «redención» esperada. Los hombres se experimentan libres para pecar y, a la par, se sienten esclavos de sus propios pecados, incapaces de otorgarse a sí mismos la libertad del perdón. Quieren que alguien les redima de este peso y que pague el rescate posibilitador de su libertad.

La pretensión absoluta y universal de salvación, que tanto Pedro como Pablo proclaman que está sólo en Jesús, queda reflejada en el mismo nombre propio del salvador: «Jesús». [Cf. Nota de la Biblia de Jerusalén a Act. 3, 16: “En la concepción de los antiguos, el nombre es inseparable de la persona y participa de sus prerrogativas… Así la invocación del nombre de Jesús… evoca el poder de Jesús…”]. Es un nombre propuesto por Dios Padre, que traduce a  la perfección aquello para lo que fue enviado el Hijo: Jesús se ha de llamar aquel que viene a salvar al pueblo de los pecados [Cf. Mt. 1, 21-15; Lc. 1, 31].

Al Hijo enviado por el Padre a salvar, le cuadra bien el nombre Jesús. Así lo razona Fray Luis de León: “El nombre de Iesús, Sabino, es el propio nombre de Christo… Assí que, pues Iesús es el nombre propio de Christo, y nombre que se le puso Dios por boca del ángel, por la misma razón no es como los demás nombres, que le significan por partes, sino como ninguno de los demás, que dize todo lo dél y que es como una figura suya que nos pone en los ojos su naturaleza y sus obras, que es todo lo que hay y se puede considerar en las cosas” [De los nombres de Cristo, Madrid 1986,  p. 615].

En definitiva, los hombres buscan tener un encuentro de gracia con Cristo Jesús como Salvador. Ahí está la Iglesia de Jesucristo y, en su seno, los misioneros, como el ámbito que ofrece y posibilita tal encuentro salvador.

La pretensión absoluta y universal de la salvación cristiana se apoya en que Jesús no es un salvador más entre otros tantos. Jesús es la oferta definitiva de salvación, que Dios ha hecho al hombre, necesitado de salvación.

Siempre y de mil formas se ha querido encadenar a la Palabra de Dios, pero nunca nadie lo logró. A lo sumo, quienes fueron encadenados fueron los predicadores de la Palabra de Dios. A la Palabra de Dios es imposible encadenarla: es libre, eficaz, operativa. Aunque se le haga oposición, Ella se las arregla para realizar siempre lo que se propone, llegando a los oídos de todos los hombres y mujeres, naciones, culturas y razas.

La Palabra de Dios y la salvación, que contiene, es acogida con alegría y agradecimiento, en especial por los pueblos gentiles. Eliseo, el profeta, curó la lepra de un extranjero, al sirio Naamán, que con el corazón agradecido al Dios de Eliseo, volvió a su tierra sanado [Cf. 2Re. 5, 14-17].

Jesús curó a diez leprosos, pero sólo el extranjero samaritano volvió para dar gracias [Cf. Lc. 17, 11-19].

Estos dos ejemplos y los muchos otros, que no han dejado de darse y que se siguen dando hoy, prueban el destino universal de la salvación de Dios.

Siendo Jesús el Salvador de todos los hombres, todo hombre, sea de la nación que sea, está llamado a tener un encuentro de gracia con Él. Dos son las condiciones que Jesús pide: fe y humildad. Así un extranjero romano, centurión del ejército, le pide a Jesús con fe y humildad la curación de su criado y consigue lo que no consiguieron muchos de los compatriotas de Jesús [Cf. Mt. 8: 5-13].

Y ahí están los ejemplos de la mujer sirio-fenicia o el de la mujer de Samaria. Estos ejemplos prueban que los destinatarios de la salvación de Jesús no eran sólo judíos; es más, no pocos de ellos, por su soberbia e incredulidad, se cerraron a la misma salvación de Jesús y se hicieron reos de confundir el origen de la salvación con el destino de la misma, pues aunque la salvación venga de los judíos, no es sólo para ellos.

Los que ahora gozamos de la salvación de Jesús hemos de fomentar un espíritu de apertura y generosidad, para que tal salvación llegue a todos los hombres. Porque también nosotros podemos caer en la tentación del exclusivismo y en las estrecheces en que cayó el pueblo judío. Sería una lástima que nosotros, que en otro tiempo éramos extranjeros y gentiles, cerremos ahora el paso de la salvación a extranjeros y gentiles, que hoy suspiran por ella.

A este respecto conviene recordar que el bautismo cristiano es necesario para la salvación; pero también nuestra fe nos dice que se da verdadero bautismo, aunque sin agua ni fórmulas, cuando un hombre desea en el secreto de su corazón ser salvado. Con frase gráfica se podría decir que hay bautismos sin «partida de bautismo». San Justino, cuando la Iglesia estaba dando los primeros pasos, afirmó: “Todos aquellos que han vivido según la recta razón, son cristianos, aunque hayan pasado por ateos” [Apol. 1,46: PG 6, 397].

La salvación viene de Cristo. Esta salvación está ahora en la Iglesia de Cristo, pero no son sólo cristianos los que están registrados como tales. San Agustín, con tanto gozo como pena, decía: “Conforme a la inefable ciencia de Dios, muchos que parecen estar fuera, están dentro; y muchos que parecen estar dentro, están fuera” [De Bapt. 5, 38: PL 43, 196].

Alguien podría preguntarse: ¿Valen, entonces, todas las religiones lo mismo? ¿Por qué hay que predicar el Evangelio? ¿Qué sentido tiene la actividad misionera de la Iglesia? Nuestra fe nos dice que la salvación de Cristo alcanza a todo hombre que desea ser salvado, aunque no conozca al Salvador; pero también nos advierte que el empeño no es fácil. Además la salvación también es para esta vida y no sólo para la otra. Afirmaba el papa san Pablo VI que es muy probable que los hombres se salven, aunque desconozcan a Cristo; la cuestión estriba en si nos salvaremos nosotros, que nos hemos callado y guardado el mensaje de la salvación [Cf. EN, 80].

La oferta última de salvación en Cristo Jesús urge a todos los creyentes a la misión universal.

Dios ha preparado para todos los hombres el gran banquete de la salvación. A todos la ofrece y a todos invita: «Venid a la boda» [Cf. Mt. 22, 1-14]. Ningún pueblo, raza, cultura, lengua, grupo social, ni persona alguna está excluida. Dios ofrece su salvación, pero no la impone. De cada uno depende acoger la invitación. Aunque algunos no respondamos, muchos sí lo harán. Han sido invitados después que nosotros, pero han entrado en la sala y se han sentado a la mesa. No le dejemos a Dios plantado con la mesa puesta y no seamos de los que ni comen ni dejan comer.

Los creyentes estamos sentados a la mesa de la salvación. Hay muchos hombres y mujeres en cualquier rincón del mundo, que cual perrillos debajo de una mesa, esperan comer alguna migaja [Cf. Mc. 7, 24-30]. Están llamados a sentarse a la mesa de la salvación, pero por nuestra insensibilidad siguen debajo de la mesa. Somos urgidos a hacer sitio en la mesa a los que están debajo de ella, compartiendo el pan de la salvación con todos aquellos que, hoy por hoy, sólo tienen migajas de ella. Cuantos más se sienten a la mesa de la salvación, más reciente y abundante será el pan de la misma.

 SEGUNDA PARTE: DECANTADO DE ESPIRITUALIDAD MISIONERA

 La misión de siempre

 1.- Eligió a los suyos para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar [Cf. Mc. 3, 14].

Jesús reunió a sus primeros discípulos para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar. Quería Jesús que los suyos fueran, primero, sus «amigos» y, después, sus «misioneros». Entienden así los suyos que no podrán venir a ser «misioneros» de Jesús, si primeramente no hacen por ser verdaderos «amigos» suyos.

Con el paso del tiempo los discípulos de Jesús se hicieron eco de su Evangelio. Gracias a ellos, hoy sabemos nosotros todo lo que Jesús dijo e hizo por nosotros los hombres y por nuestra salvación. Y hoy somos nosotros los que estamos llamados a ser eco del Evangelio de Jesús. Cuanto mejor vivamos según el Evangelio, más fuerte resonará éste en el mundo. Es decir, cuanto más «amigos»  de Jesús, mejores «misioneros».

 2.- ¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? Haced vosotros lo mismo [Cf. Jn. 13, 12-15].

             Una vez cumplida la misión para la que había sido enviado por el Padre, al resucitar, Jesús vio cómo se cubrieron de gloria las llagas de su cuerpo. Había salido por ellas tanto vino nuevo, que hasta la vendimia final todos los hombres podrán alegrarse al disfrutar de él.

Terminada la misión de Jesús, comienza la tarea de los suyos. Como todo el mundo ha de quedar bañado en la Sangre del Cordero degollado, los suyos se ven impelidos a comenzar la tarea del reparto del vino nuevo de la salvación, dando gratis lo que gratis recibieron.

 3.- Dos varones con vestiduras blancas les dijeron: ¿Qué estáis mirando al cielo? [Cf. Act. 1,9-12].

             En lo alto de un monte Jesús da a los suyos las últimas instrucciones y les promete el envío del Espíritu Santo. La experiencia del momento les deja paralizados. Ángeles buenos les dicen que volverá de nuevo y que, mientras tanto, comienza la tarea encomendada.

La ascensión no significa parálisis o inactividad; es la señal de que comienza la tarea de los seguidores de Cristo, que marchó, volverá y, mientras tanto, sigue con ellos como compañero del camino y del quehacer misioneros.

4.- Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura [Cf. Mc. 16,15-18].

 Vuelto Jesús al Padre, habiendo los suyos recibido la fuerza que viene de lo Alto, llega la hora de la dispersión misionera. La salvación tiene que superar las fronteras del país donde nació el Salvador, pues toda criatura está llamada a vivir la vida nueva de los hijos de Dios.

Y parten los misioneros en el nombre del Señor. Como la empresa es del mismo Señor, no han de temer. Contarán con el poder y la sabiduría suficientes para enfrentarse a todo aquello que haga oposición al Evangelio. Éste es el mejor servicio que los seguidores de Jesús pueden prestar al hombre de todos los tiempos.

5.- El Padre quiere que todos los hombres se salven [Cf. 1Tim. 2,4].

Nuestro Dios es Padre de todos; pero no todos lo saben, ni todos lo viven. El Padre nos ha dado la misión de buscar a los hermanos, haciéndoles partícipes de esta feliz noticia y de esta gozosa realidad. La misión de los hijos es la respuesta obediente al deseo salvador, que desde siempre guardó el Padre en su Corazón. Por ello hay que echar las redes, multiplicar los contactos, establecer conexiones, provocar encuentros y alimentar relaciones.

No seríamos hijos de este Padre, si no hiciéramos nuestro su sueño y deseo. Los hijos están llamados a ser misioneros del Padre en favor de sus hermanos. Los hijos han de tener el corazón a la medida del Corazón del Padre. Por ello hay que compartir lo que se estima como riqueza. Si lo guardamos, lo perdemos; dándolo, crece en nuestro almacén; siendo tacaños, nos empobrecemos; si lo compartimos, aumenta en nuestro haber.

6.- Haced lo que mi Hijo os diga [Cf. Jn. 2,5].

Salió el sembrador a sembrar… Es María la sembradora de la mejor de las semillas: la semilla del Evangelio. Echad las redes… Es María la que sostiene en su actividad a los pescadores de hombres. Id por todo el mundo… Es María la primera misionera, que nos mostró y entregó al Esperado de los tiempos. Ella, al darnos gratis lo que gratis recibió, se convirtió en la Reina de los misioneros.

A Ella le pedimos que siga siendo la Reina protectora e inspiradora de los sembradores del Evangelio, de los pescadores de hombres, de los misioneros de su Hijo; que siga siendo la Reina de los mensajeros, de los enviados, de los que anuncian el Reino de Dios; la Reina de los que colaboran en la viña del Señor, de los que viven según el Evangelio; la Reina de los que rezan y se sacrifican por la evangelización de los pueblos.

Misioneros de la Misericordia

1.- La fraternidad universal cristiana

La fraternidad universal cristiana no se apoya en ninguna filosofía altruista ni la Iglesia puede ser comprendida como una súper ONG del desarrollo y de la solidaridad. Los misioneros, aunque aparentemente realizan tareas y actividades en favor de los hermanos más necesitados, parecidas a las realizadas por otros, se ven impulsados por motivaciones, que superan las convencionalmente humanitarias.

Los misioneros son creyentes, cuya motivación más fuerte es de índole religiosa y de profundo calado cristiano. Un misionero es un creyente que, desde que se hizo consciente de la declaración de amor recibida de parte de Dios, su vida se convirtió en un intento apasionado por responder a la misma y hacer que otros puedan tener la misma experiencia.

La fraternidad universal, que proponen los misioneros, se apoya en aquellos principios evangélicos, que rezan: el otro lleva impresa en sí la imagen de Dios; el otro es mi hermano; es mejor dar que recibir; hay que hacer al otro lo que a uno le gustaría le hicieran; el bien realizado al otro repercute en beneficio del que lo realiza; al ocuparse de los problemas del otro, los propios se redimensionan y adquieren su justa proporción; cuanto más se comparte, tanto más se posee; lo que al otro se hace, a Dios mismo le llega y afecta; amando al otro se comparte aquel mismo amor, que Dios puso primero y previamente en uno mismo.

Expuestas así las cosas, con esta amplitud de horizontes, ¡qué pobre sería considerar a la Iglesia como una sociedad filantrópica internacional y a sus misioneros como agentes de voluntariado social! Por más atrayente que parezca, este planteamiento está a años luz de la naturaleza de la Iglesia y de lo que los misioneros traen entre manos.

Si los misioneros se hacen «hermanos» de todos y promueven la «fraternidad» entre los hombres es porque creen que «Dios es Padre de todos» y en su «Primogénito» todos hemos venido a ser «hijos e hijas de Dios».

2.- La misericordia como motor

Aparentemente los misioneros hacen lo mismo que los agentes de desarrollo, los cooperantes, los asistentes sociales o los integrantes de tantas ONGs. Pero desde la motivación creyente en Dios, quieren atender al ser humano en el amplio abanico de sus necesidades. El ser humano es menesteroso por naturaleza y tiene necesidades básicas [alimentación, techo, vestido, sanidad, educación], pero también fundamentales [sentido de la vida, de la muerte, del dolor, necesidad de libertad, inquietud religiosa]. Yendo al encuentro de todo hombre, quieren atender a todo el hombre, en la totalidad de sus necesidades. Por lo tanto los misioneros, de forma mancomunada y de manera holística, van mejorando campos, casas y corazones; atendiendo a la agricultura, la cultura y el culto; construyendo granjas, escuelas e iglesias.

La tarea principal del misionero es saciar el hambre más profunda, que se agarra al corazón del hombre. ¿Tiene sentido hablar de Dios al que carece de todo? Demos vuelta a la pregunta: ¿Tiene sentido hablar de Dios al que tiene todo y no carece de nada? ¿Por qué hay que robar a los pobres la Buena Nueva del amor de Dios? ¿Por qué añadir a su terrible pobreza, esta otra? La actividad misionera de la Iglesia es una prueba fehaciente de que la Evangelización entraña tanto el anuncio explícito del Evangelio como la promoción humana de los que lo reciben. Por ello, los misioneros evangelizan y promocionan al ser humano a la par y sin conflicto de preferencias.

Si la misión de la Iglesia, continuación de la de Cristo, tiene que llegar «a todo hombre y a todo el hombre», se entiende que las empresas misioneras de la Iglesia tiendan a atender al hombre en el más amplio abanico de sus necesidades. Evangelización y desarrollo han dejado de estar enfrentados, porque el desarrollo es parte integrante de la Evangelización. Así los misioneros hoy, como los de siempre, siguen sacando adelante todo tipo de iniciativas al servicio de las necesidades, tanto primarias como fundamentales, del ser humano; y lo hacen atendiendo a la par, de forma mancomunada y de manera holística, tanto a unas como a las otras.

Y estas convicciones, que hoy se nos presentan como aguas remansadas, después de haber padecido un aluvión de aguas bravas, no son algo nuevo en la vida de la Iglesia. Baste un ejemplo: San Benito y su obra [480-547] nacen cuando se desmorona el Imperio Romano. En medio de aquella desintegración cultural y social los monasterios benedictinos, extendidos por Europa, se convirtieron en islotes de integración de los más variados grupos humanos, donde se atendía a los hombres y mujeres en el amplio abanico de sus necesidades, mediante la agricultura, la cultura y el culto. Y así la granja, la escuela y el templo fueron los tres pilares, desde donde se construyó y evangelizó Europa.

 Santidad y Misión

El Concilio Vaticano II nos recordó que todos los bautizados hemos recibido de Dios dos llamadas o vocaciones. A saber: a la santidad y a la misión.

Por lo tanto, eso de ser santos y eso de ser misioneros no es algo opcional, ni depende de gustos, ideas o preferencias; ni de la edad, el sexo, la condición, el estado de vida, la ocupación o el trabajo.

Sobra todo, si los bautizados no nos convencemos que Dios nos quiere santos y misioneros. Frustraremos el proyecto de Dios sobre nosotros, si no tomamos conciencia de ello y si no intentamos actuar en consecuencia.

1.- Dios nos llama a ser santos

Ello quiere decir que los bautizados están llamados a desarrollar al máximo las potencialidades que Dios, a modo de semilla, puso en ellos el día de su bautismo [Cf. GE 15]. Con otras palabras, hacer que la vida de Dios que corre por las venas del alma del bautizado no quede raquítica, sino que pueda alcanzar el estado de madurez [Cf. GE 34]. En definitiva, superar el mal radical que es el pecado, vivir el bien radical que es la caridad cristiana, permitiendo que nada de lo nuestro, en cuanto seres humanos, quede al margen del poder de influencia de Dios y de su verdad [Cf. GE 32].

2.- Dios nos llama a ser misioneros

Ello implica que la fe, que recibimos como un don el día de nuestro bautismo, no se desarrollará ni se renovará, si no nos preocupan todos los que viven sin fe: o porque nunca la han tenido o porque la han abandonado. Llamados a compartir la fe que profesamos, porque la consideramos una riqueza y nos duele en el alma que lo que nos hace tanto bien a nosotros no lo puedan experimentar los que viven sin fe [Cf. Mensaje Jornada Mundial de Misiones 2015]. Es bueno no perder la conciencia que en este asunto guardar y no compartir es exponerse a perder el tesoro de la fe [Cf. Mensaje Jornada Mundial de Misiones 2013].

3.- Pero ambas vocaciones van unidas

La unión de las mismas tiene su origen en el mismo Cristo, del cual se dice en el evangelio de Marcos [3, 14] que “eligió a los suyos para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar”. Los primeros seguidores de Jesús fueron llamados para estar con él [santidad] y para ser enviados a predicar [misión].

Los que, gracias a las generaciones anteriores de discípulos y misioneros, hemos venido a ser hoy creyentes estamos llamados a vivir muy unidos al Maestro [santidad] y a ser eco de su Evangelio [misión]. Cuanto mejor vivamos según el Evangelio, más fuerte resonará éste en el mundo [Cf. GE 33]. Cuanto más evangélicos, mejores evangelizadores. En definitiva, cuanto más santos, mejores misioneros.

Decía el papa san Pablo VI en la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi del 8 de Diciembre de 1975 que se ha de evangelizar con el fervor de los santos [Cf. 80]

Quince años después, el papa san Juan Pablo II escribió en su Carta Encíclica Redemptoris Missio [7 de Diciembre de 1990] que el verdadero misionero es el santo. [Cf. 90]

El papa Francisco retoma y profundiza los convencimientos precedentes en el capítulo V de la Exhortación Evangelii Gaudium, que lleva por título: Evangelizadores con espíritu.

4.- Evangelizadores con espíritu

A modo de telegrama, aún a riesgo de simplificar, paso ahora a ensayar un resumen del contenido de los números [259-288] del mencionado capítulo V.

Evangelizadores con espíritu son aquellos que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo [Cf. EG 259]; que anuncian la Buena Noticia no sólo con palabras sino, sobre todo, con una vida que ha sido, a su vez, evangelizada [Cf. EG 259]; que trabajan sin que, por ello, dejen de orar [Cf. EG 262].

Para ello los discípulos misioneros se han de armar con una buena coraza de motivaciones misioneras. Entre ellas, el papa Francisco menciona las siguientes: 1] el discípulo misionero se ve impelido por el amor de Jesús, previamente recibido [Cf. EG 264], así como por la búsqueda de la gloria del Padre que nos ama [Cf. EG 267]; 2] el discípulo misionero se sabe acompañado por el mismo Jesús, quien lo ha enviado [Cf. EG 266]; 3] el discípulo misionero sabe, por experiencia propia, que no es lo mismo conocer a Jesús que no conocerlo [Cf. EG 265]; 4] el discípulo misionero vive apasionado por Jesús y por la comunidad de los que son de Jesús, su pueblo [Cf. EG 268]; 5] el discípulo misionero no se aparta de las llagas de Jesús, que se hacen presentes en su pueblo [Cf, EG 270]; 6] el discípulo misionero no se deja abatir por el desánimo y los aparentes fracasos [Cf. EG 275]; 7] el discípulo misionero siempre tiene a mano el tremendo poder de la oración de intercesión [Cf. EG 281 y 283].

María es la Madre de la evangelización y de la Iglesia evangelizadora. Sin Ella no terminamos de comprender el espíritu de la nueva evangelización [Cf. EG 287]. A la hora de evangelizar, la Iglesia ha de mirar a María para descubrir en ella el estilo en el que se inspire su labor. Cada vez que los evangelizadores miran a María, vuelven a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. A Ella le tenemos que rogar que, con su oración maternal, haga que la Iglesia llegue a ser una casa para muchos y una madre para todos los pueblos, haciendo así posible el nacimiento de un mundo nuevo [Cf. EG 288].

La gramática de la Santidad y de la Misión

            ¿Cómo vivir la llamada a la santidad y a la misión? ¿Con qué talante? ¿Cuáles serían las notas a ser acentuadas? ¿Cuáles las reglas de su gramática? El papa Francisco, principalmente en la Exhortación Apostólica Gaudete et Exultate, propone un conjunto de reglas aplicadas a la santidad, pero que, bien miradas, constituyen también notas que han de caracterizar el modo cómo realizar la tarea misionera. Paso a enumerar algunas.

Aguante: El santo/el misionero no es un flojo; al contrario, ha de saberse cimentado en la roca de Dios, quien posibilita salir airoso de las tempestades [Cf. GE 112].

             Paciencia: El santo/el misionero no es un inestable; al contrario, ha de vivir los tiempos de Dios, evitando imponer a Dios y a los demás ritmos que nacen de su propia ansiedad [Cf. EG 174 y 225].

             Mansedumbre: El santo/el misionero no es un protagonista acaparador; al contrario, ha de ser consciente que, en el servicio de Dios, pisar de puntillas deja una profunda huella [Cf. GE 116].

Humildad: El santo/el misionero no es soberbio; al contrario, ha de aprender que para lograr ser humilde ha de aceptar la conveniencia de ser humillado [Cf. GE 118].

             Alegría: El santo/el misionero no es un amargado, que camina con los hombros caídos; al contrario, con talante positivo ha de aportar razones para vivir esperanzados [Cf. GE 112 y EG 84].

             Audacia: El santo/el misionero no es un apocado; al contrario, ha de implicarse en el servicio del Evangelio, consciente que se va a complicar la existencia [Cf. GE 130 y EG 81].

             Fervor: El santo/el misionero no es un funcionario; al contrario, urgido por la caridad de Cristo, ha de inflamar todo lo que se encuentra a su paso [Cf. GE 138].

             Contando con la comunidad: El santo/el misionero no es un francotirador, que va de sobrado; al contrario, sabe bien que el éxito de la empresa depende del apoyo de la comunidad cristiana [Cf. GE 140].

             Apoyado en la oración: El santo/el misionero no es un creído y un prepotente; al contrario, sabe que dónde está la fuente viva que aporta sentido y energía a sus desvelos [Cf. GE 147].

             Listo para el combate: El santo/el misionero no es un ingenuo insensato; al contrario, sabe que su lucha tiene tres frentes: el mundo, la carne y el demonio [Cf. GE 159].

             En estado de discernimiento: El santo/el misionero no es un superficial inconsciente; al contrario, porque sabe que las apariencias engañan, por eso vive en estado de discernimiento [Cf. GE 166].

             Cuidando los detalles: El santo/el misionero no se pierde en generalidades estériles; al contrario, sabe que debe bajar a la arena de la vida diaria la riqueza de sus convicciones [Cf. GE 144].

             Acostumbrado al sufrimiento: El santo/el misionero no es un flojo iluso; al contrario, sabe bien que su vida y actividad han de llevar, para ser cristianas, el sello de la cruz de Cristo [Cf. LF 56].

 Conclusión: El Buen Samaritano

1.- Jesús: el Buen Samaritano

La parábola del buen samaritano [Cf. Lc. 10, 25-37] nunca nos deja indiferentes. ¿Se nos ha ocurrido pensar que aquel buen samaritano no es un personaje anónimo sino que transparenta con especial luminosidad a la persona misma de Jesús y toda su obra redentora? Jesús es ciertamente el Buen Samaritano, que hizo por el ser humano todo y más de lo que éste hubiera necesitado y esperado.

Así lo reconoce San Agustín [Serm. 171,3]: “Aquel hombre que cayó en manos de unos bandidos, que fue abandonado medio muerto, que fue desatendido por el sacerdote y el levita y que fue recogido, curado y atendido por un samaritano que iba de paso, representa a todo el género humano. Así, pues, como el Justo e Inmortal estuviese lejos de nosotros, los pecadores y mortales, bajó hasta nosotros para hacerse cercano quien estaba lejos”.

             Eso fue lo que hizo Jesús por nosotros: Bajó de su gloria [Jerusalén] a nuestra miseria [Jericó]. Nos encontró mal heridos por el pecado. Al encarnarse, nos cargó a sus hombros y nos montó en su cabalgadura. Nos limpió con el aceite y vino de los sacramentos, llevándonos a la posada de la Iglesia.

2.- Los cristianos: buenos samaritanos

             En la parábola del buen samaritano el concepto de «prójimo» deja de referirse únicamente a los conciudadanos o nacionales. Y sin embargo, aunque en esta parábola dicho concepto se universaliza, sigue permaneciendo concreto; es decir, aunque se extienda a todos los hombres, el amor al «prójimo» no se reduce a una actitud genérica y abstracta, sino que requiere un compromiso práctico aquí y ahora. [Cf. Deus caritas est, 15]

Por otra parte, aunque en la parábola del buen samaritano se muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado «casualmente», quienquiera que sea, también en esta parábola se da la exigencia específicamente eclesial de que, precisamente en la Iglesia misma como familia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad. [Cf. Deus caritas est, 25]

Pero como el «prójimo» a ser ayudado es un ser humano, éste necesita no sólo ser atendido con competencia profesional, sino también con atención cordial, para que así se evidencie que el amor al «prójimo» ya no es un mandamiento impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de aquella fe, que actúa por la caridad. [Cf. Deus caritas est, 31]

3.- Misioneros Samaritanos

Siguiendo el ejemplo de lo que hizo el buen samaritano, ¿qué ha de hacer el misionero con todos los que se encuentran tendidos al borde del camino de la vida, maltratados, llagados y robados en su dignidad humana?

Del misionero se espera que se pare y que no pase de largo; que se apee de su cabalgadura y acerque al que contempla llagado; que lo mire con compasión y lo cure; que lo ayude a levantarse, llevándolo a posada segura; que tome las medidas para que sea atendido y cuidado; que ponga sus bienes y recursos a su disposición; que no lo olvide y vuelva a visitarlo.

P. Lino Herrero Prieto CMM

Misionero de Mariannhill


14
Nov 19

Nota necrológica CMM-Austria: P. Johannes Kriech CMM (11-XI-2019)


+ P.  Johannes KriechCMM
©   Gerhard Niklas

“Jesucristo es el primogénito de entre los muertos. A Él sea la gloria y el poder por los siglos.” (Ap.1,5a-6b).

Rogamos oraciones por el eterno descanso de nuestro hermano, el P. Johannes Kriech CMM (27-IX-2017).

Nacimiento: 20-III-1944.
Profesión religiosa: 30-IX-1965.

Ordenación sacerdotal: 29-VI-1971.
Óbito: 11-XI-2019, en Wels.

R. I. P.


04
Nov 19

Otro nuevo frater para la Región Española de Mariannhill (25-IX-2019)


El Frt. Bongani Ndlovu CMM
© P. Juan José Cepedano Flórez CMM

Tras haber realizado su primera profesión religiosa, el pasado día 22 de Octubre, el Frt. Bongani Ndlovu CMM, originario de Bulawayo (Zimbabwe), llegó destinado a la Casa de Formación de los Misioneros de Mariannhill en Salamanca, para llevar a cabo la formación y estudios necesarios para ser un sacerdote misionero de Mariannhill, comenzando por aprender la lengua española, que usará, después, en sus estudios filosóficos y teológicos, en sus tareas pastorales y en su trato con la gente.

Desde aquí le damos la bienvenida y rogamos le tengáis, también, en vuestras oraciones, para que sepa perseverar y ser un sacerdote santo y un buen misionero de Mariannhill
.


21
Oct 19

MES MISIONERO EXTRAORDINARIO 2019: Cuarta semana: SOLIDARIDAD Y CARIDAD.

“Caridad misionera: como apoyo material para el inmenso trabajo de evangelización, de la «missio ad gentes» y de la formación cristiana de las Iglesias más necesitadas”.

El lema del Domund 2019, Bautizados y enviados”, nos implica a todos, pues, en virtud de nuestro Bautismo, formamos parte de una Iglesia que es Misionera desde sus inicios; y lo es, en virtud del mandato misionero de Jesús a sus discípulos: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt.28,18-20).

En este contexto, el Papa Francisco nos recuerda que todos y cada uno de nosotros, como bautizados, no “tenemos una misión”, sino que “somos una misión, es decir, que, en función de mi bautismo: Yo soy siempre una misión; tú eres siempre una misión; todo bautizado y bautizada es una misión. Para ello, es necesario poner en práctica el mandamiento del amor, a Dios y al prójimo, que está a la base de toda misión y de todo mandato misionero, pues, como afirma el Papa: quien ama se pone en movimiento, sale de sí mismo, es atraído y atrae, se da al otro y teje relaciones que generan vida.

Vamos a ver cómo obra el amor como fuente y origen del ardor, del dinamismo y de la eficacia misioneras de los “bautizados y enviados” en misión:

1.- SANTA TERESA DE LISIEUX: MI VOCACIÓN ES EL AMOR.

«Teniendo un deseo inmenso del martirio, acudí a las cartas de San Pablo, para tratar de hallar una respuesta. Mis ojos dieron casualmente con los capítulos doce y trece de la primera carta a los Corintios, y en el primero de ellos leí que no todos pueden ser al mismo tiempo apóstoles, profetas y doctores, que la Iglesia consta de diversos miembros y que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano. Una respuesta bien clara, ciertamente, pero no suficiente para satisfacer mis deseos y darme la paz.

Continué leyendo sin desanimarme, y encontré esta consoladora exhortación: Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino excepcional. El Apóstol, en efecto, hace notar cómo los mayores dones sin la caridad no son nada y cómo esta misma caridad es el mejor camino para llegar a Dios de un modo seguro. Por fin había hallado la tranquilidad.

Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido a mí misma en ninguno de los miembros que San Pablo enumera, sino que lo que yo deseaba era más bien verme en todos ellos. Entendí que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno.

Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé: «Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado».

Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz OCD.

                                                                      Manuscrits autobiografiques, Lisieux 1957, 227-229.

 2.- GANDHI Y ELA: LA INSPIRACIÓN DEL MONASTERIO MARIANNHILL.

Un día, Gandhi apareció a la puerta del monasterio de Mariannhill para saber cómo trataban los misioneros católicos a los africanos. El P. Bernard Huss CMM, «a quien encontró en el colegio, le mostró todo lo que quería ver: las escuelas, las huertas, la iglesia, el hospital, los campos, los talleres, etc. En silencio, iban por el interior de la iglesia. Delante del crucifijo, Gandhi se paró e hizo una inclinación reverente con la cabeza. A continuación, dijo en voz alta al misionero: ¡Es el sufrimiento paciente lo que nos salvará a los Indios y a los Bantúes. Su cruz predica una gran verdad para todo el mundo!

Gandhi preguntó por la subvención de parte del Gobierno, que entonces pagaba los salarios de los maestros, y se mostró favorablemente impresionado por la labor de los misioneros de Mariannhill: “He oído mucho sobre la explotación de los Bantúes por parte de los misioneros. Aquí se ve que es mentira. Lo que acabo de ver aquí, con mis propios ojos, es -tengo que admitirlo- grandioso. ¡No hay mejor método para formar a los nativos de Sudáfrica, para hacerles ciudadanos valiosos!

Allí Gandhi se paró, miró al P. Huss a los ojos y siguió con cierta hesitación: “Usted sabe, Padre, que yo no soy cristiano. Alguna vez he dicho que amo a Cristo y a su doctrina, pero no a los cristianos. Hoy quiero matizar esta opinión mía. ¡Si me hubiera encontrado con usted y con gentes como usted antes, creo que también me habría hecho cristiano!»

(P. Adalbert Ludwig Balling CMM: “Ata tu carro a una estrella”, pág. 98 ss.)

 1.- El testimonio de Gandhi: «En Mariannhill encontramos a los Hermanos e indígenas trabajando juntos en la carpintería, herrería, zapatería, cristalería, imprenta, guarnicionería, carretería, etc. En todos los talleres vi cómo los Hermanos estaban observando y asistiendo a los indígenas en sus trabajos, corrigiéndoles con paciencia y amabilidad. Tanto los Hermanos como los jóvenes ven compensados sus esfuerzos. En todos los sitios reina un espíritu de disciplina y orden, así como de limpieza. La convivencia amable de los Hermanos cunde en los indígenas, que, de por sí, van aceptando las mismas formas de conducta. Aquí uno se da cuenta de que existe una diferencia enorme del comportamiento entre los Hermanos y los demás Blancos para con los Negros…

Me gustaría tanto que todos mis amigos hicieran una visita a los monjes de Mariannhill, para ver con sus propios ojos y convencerse personalmente de todo cuanto he intentado describir a través de este artículo, y yo creo que llegarían a tener una opinión totalmente distinta sobre los problemas y cuestiones de los indígenas».

(Mahatma Gandhi, VG/33, Natal, 1933).

– El testimonio de Ela: «Cuando Gandhi visitó el Monasterio Mariannhill, vio a los monjes, las monjas, las personas que llegaban allí para aprender, todos trabajando juntos en sus campos. Lo que más le impresionó es que todo el mundo realizaba cualquier tipo de trabajo, ya fuera limpiando el patio o los retretes o trabajando en la granja, todo el mundo se reunía y trabajaba, así que no había desigualdad en el reparto de las tareas.

Hoy lo que vemos es que la gente más pobre, la gente con menos educación, son los que se dedican a la tarea de barrer las calles, limpiar los baños y todas esas tareas que no son muy agradables y por las cuales se les paga menos, en comparación con otras tareas, aunque sean importantes para nuestra supervivencia. Para poder vivir, alguien tiene que limpiar y que hacer estas cosas, por el mantenimiento de nuestro entorno, razón por la que dependemos tanto de ellos, aunque no les valoremos. No valoramos esas tareas, por eso, cuando Gandhi vio esto, se quedó impresionado de que todo el mundo realizara las tareas sin ningún tipo de reparo y que todos se turnaran para hacer las cosas.

También le impresionó el hecho de que no había ningún tipo de relación de autoridad entre los monjes y las monjas, los hombres y las mujeres o las diferentes razas, porque unos eran negros y otros eran blancos, y todos comían el mismo alimento, se sentaban a la misma mesa y llevaban el mismo tipo de ropa, por lo que no había ninguna diferencia en términos de raza, sexo, color ni nada de eso; era como una isla en un país racista como Sudáfrica. Así que estaba muy impresionado con esa igualdad total en términos de raza y descubrió que el trabajo manual, el trabajar con las manos, era muy importante. En ese monasterio enseñaban carpintería, el trabajo del cuero, el trabajo de la aguja, y todo tipo de cosas que la gente podía hacer con sus manos, lo que los hacía autosuficientes.

Porque las necesidades de la gente son la comida, la ropa y los zapatos y todas esas cosas las hacían ellos mismos en el Monasterio de Mariannhill. Cuando uno se hace autosuficiente, ya no depende de las ciudades o de otras personas que le hagan esas cosas. Se quedó muy impresionado, pues era un joven abogado y se consideraba una persona culta, con gusto por el buen vestir y todo eso, pero la visión de esto, de inmediato, le inspiró a cambiar su propia vida y es, entonces, cuando tuvo lugar la transformación de Gandhi.

Mire sus fotografías y su vestimenta, fue durante ese período, en torno a 1895, en que visitaba el monasterio, cuando comenzó a plantearse ¿cómo puedo cambiar mi vida?, ¿qué debo hacer? Y entonces adquirió este pedazo de tierra, que fue su primer ashram –granja- en Sudáfrica, y allí se despojó de todos los lujos de la vida en la ciudad, de usar ropa de diseño cara, y comenzó a usar ropa sencilla y a comer lo que crecía en la granja.

Mi abuelo era un adelantado a su tiempo y su mensaje no tiene caducidad en el tiempo. Su mensaje de amor, de compasión, de verdad, de honradez, de vivir una vida simple y no de acumulación, de no ser consumista, es un mensaje eterno. […] Muchos problemas económicos e incluso ambientales surgen por la avaricia de la gente. Por personas que sólo quieren hacer más dinero y no se hartan por mucho dinero que tengan y que están dispuestas a pisotear a todo en el mundo, sin preocuparse del medio ambiente ni de la gente ni de los animales ni de la generación futura. ¿Qué clase de mundo vamos a dejar para la próxima generación? Así lo decía mi abuelo, es absolutamente importante para la supervivencia de la Tierra».

(Publicado por Lynnea, 12 de Noviembre de 2013 Blog).

3.- P. SEGUNDO LLORENTE SJ: LOS TRES CLAVOS DEL MISIONERO.

«Cada uno es lo que quiere ser. Los santos lo fueron, porque quisieron, y los cabecillas revolucionarios arrastran las multitudes porque quieren arrastrarlas. El que quiera pertenecer al rebaño y llevar una vida quieta y sosegada lo logrará invariablemente. A mi parecer esto no tiene vuelta de hoja. Ahora bien, entre los ideales más sublimes, que un pecho generoso puede abrigar, y entre los quereres, a que un alma noble puede aspirar, es uno el querer ser misionero de infieles, continuador de la obra de Jesucristo acá en la tierra.

Al afortunado, a quien le quepa en suerte ser escogido por uno de los Doce, le espera una vida de cruz a la cual le sujetan tres clavos a cual más fuertes, y son ésos:

1) LA LENGUA. Aquella memoria feliz de la adolescencia se ha atrofiado por el uso del raciocinio en los días maduros, y cuesta muchos sudores y esfuerzos retener palabras como tekteljóunga, ajanajkágolok, talluyajtoveágameut y otras dos mil por el estilo. En los viajes, por la calle, en las casas y sobre todo en la iglesia, se encuentra el misionero cara a cara con las almas, en las que tanto soñó, pero aquellas almas allí presentes se encuentran a cien leguas de él; no se entienden; ni siquiera les puede hablar. El uso forzoso del intérprete es un mero salir del paso. Quiere uno hablarles directamente, hablarles palabras suaves y de aliento, hablarles de Jesucristo y su obra… pero no puede. Hay que estudiar muchas horas, muchos días y tal vez muchos años, y quiera Dios que, al cabo de ellos, no se le rían los oyentes y haga el ridículo y se desaliente. No hay que forjarse ilusiones; si los sonidos son extraños o flaquea la construcción gramatical, los indígenas se ríen con el descaro más ingenuo, y la dignidad del misionero sufre un menoscabo irremediable.

2) EL DESENCANTO. No se viene a ser Javieres legendarios en busca de reinos, que se ganarán infaliblemente para la Cruz con sólo caminar de ciudad en ciudad con el Crucifijo en alto, ni espere nadie que se le canse el brazo de bautizar como al Apóstol de las Indias. El misionero del siglo XX tiene que contentarse tal vez con enseñar griego o latín a chicos indígenas, amigos de recreo y vacaciones, o con escribir artículos de apologética en una revista del país, o con visitar un distrito vastísimo, cuyas distancias le roban en viajes una tercera parte del tiempo. Al cabo de un año de fatigas sin cuento no se han bautizado arriba de treinta o cincuenta o tal vez ciento.

Luego la instrucción de los adultos deja mucho que desear. Naturalmente los hay buenos y los hay malos. Hay quienes no van a Misa el único domingo del año que acierta a pasar por allí el misionero, con señales evidentes de que no tienen fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Hombres y mujeres, que se educaron gratis en nuestras escuelas, viven luego de mala manera y se enfadan cuando el misionero les recuerda las obligaciones del buen cristiano, o tal vez se pasan a una secta protestante de manga ancha, cuyo pastor mercenario los recibe con una sonrisa hasta las orejas. A un mes de trabajo ímprobo sucede otro de inactividad completa dentro de cuatro paredes, que se las sabe uno más que de memoria. En semejantes circunstancias el demonio del desaliento le aguarda a uno en celada para lanzarse al asalto en un momento propicio.

3) LA DISIPACIÓN. En las Misiones, como en cualquier otro lugar, se impone el alerta. Ni el decir adiós a los padres y hermanos, ni el renunciar voluntariamente a la Patria y a los amigos, ni el surcar mares ignotos en busca de almas, son bastante para sostener espiritualmente al misionero, si éste descuida los ejercicios espirituales de costumbre. A dos días que abandone la oración y la presencia de Dios, se encuentra tibio y vacío de pensamientos y motivos espirituales, lo mismo que le acaece al religioso en la comunidad más observante. Dios no quiere que el misionero se envanezca creyendo que ha hecho mucho por El yendo a las Misiones; al contrario, quiere que se convenza de que la vocación misionera es una gracia especialísima, un como regalo inmerecido, que Dios hace al misionero y por el cual exige pruebas de amor y fidelidad, que tal vez no le hubiera exigido si no le hubiera escogido para misionero.

Ahora bien, cuando duerme uno en casa ajena y aprietan mil negocios de importancia, es muy difícil hacer una hora de oración. Cuando se padecen mil incomodidades en el viaje, se corre el peligro de impacientarse y ganar purgatorio en vez de cielo. Una Misa, dicha en el rincón de una choza sucia, puede ser terminada con mil quejas interiores nacidas de la incomodidad con que se dijo y del cansancio del cuerpo, que en vano procuró descansar la noche anterior en un suelo duro y desnivelado. En todos estos casos, Dios quiere que el misionero haga la meditación, que no se impaciente, que no se queje interiormente y que gane cielo. Pero esto requiere esfuerzo, y todo esfuerzo es costoso.

El esforzarse es un acto personal y no un don, que le llueve a uno el día que pone los pies en la Misión. Sin un esfuerzo suave, pero continuo, la vida espiritual del misionero queda hecha jirones en tantos viajes tan a propósito para la disipación del espíritu.

Pero estos tres clavos que sujetan al misionero en la cruz se pueden convertir en clavos dulces, como llama la Iglesia a los clavos del Señor. Basta para ello que el misionero quiera ser fiel, que renueve la presencia de Dios y espiritualice las obras, que haga a Jesucristo el centro de sus aspiraciones, y entonces Dios le saldrá al paso para endulzarle las hieles de la vida, para darle a ratos consuelos, en los que jamás había soñado y para servirse de él como de instrumento apto en la conversión de los infieles.

Al misionero le incumbe plantar y regar; la cosecha la recoge Dios. Feliz el misionero que, con el sudor de su frente, tiene a Dios ocupado en llenar de grano purísimo las paneras del reino de los cielos.»

P. Segundo Llorente SJ, misionero leonés en Alaska.

  Tomado del Libro: “40 años en el círculo polar”. Ed. Sígueme.                              Salamanca 1990. Págs. 329-331.

4.- HERMANAS DE LA PRECIOSA SANGRE (CPS): EL PROYECTO JABULANI.

El mayor bien que hacemos a los demás no es darles nuestra propia riqueza, sino mostrarles la suya”. (Kardinal Suenese)

Jabulani, un proyecto de autoayuda en Mariannhill: Jabulani abrió oficialmente el 4 de enero de 1988. En ese momento, muchas personas acudieron a la Misión de Mariannhill en busca de ayuda después de quedarse sin hogar en las fuertes inundaciones de 1987. Sin embargo, era imposible llegar a las personas más pobres. Así, las Hermanas de la Preciosa Sangre decidieron abrir un centro para los afectados.

La Hna. Marco Gneis acordó establecer el proyecto junto con la Sra. Audrey. Antes de fundar Jabulani, las dos enfermeras habían enseñado, a las madres que acudían al Hospital St. Mary, a cultivar vegetales en casa, en un intento de combatir la desnutrición, visitando diferentes áreas dentro de un amplio radio del hospital con una clínica móvil.

En los primeros días de Jabulani, muchas personas tuvieron que huir de sus hogares y buscar un nuevo refugio. Esto causó muchos problemas, especialmente para los niños involucrados. Las escuelas locales estaban superpobladas, por lo que a algunos de estos niños se les negó la admisión. Los argumentos utilizados giraron en torno a la mala influencia que estos niños, de áreas supuestamente criminales, tendrían en los otros alumnos. El resultado fue que un gran número de niños no pudieron ir a la escuela ese año en particular. Entonces Bhekani Mzobe comenzó a enseñar a los niños de diferentes grados en Jabulani.

Cerca de 140 mujeres y 15 hombres de los municipios circundantes están trabajando en Jabulani. Estas personas no pueden encontrar trabajo en el mercado laboral abierto porque carecen de educación o calificaciones o porque su situación familiar no lo permite. En Jabulani tienen la oportunidad de ganar un pequeño salario con el que pueden alimentar a sus familias y ofrecerles a sus hijos un futuro mejor. El día comienza a las 7.30 am y termina alrededor de las 3.30 pm, la hora del té y la hora del almuerzo están incluidos.

En Jabulani se establecieron muchos proyectos en muy poco tiempo, incluidos los proyectos de jardinería, costura, bordado, fabricación de velas, panadería y tejido. Lamentablemente, algunos de estos proyectos tuvieron que detenerse en el transcurso del tiempo debido a la situación económica. El proyecto de costura se reinició nuevamente más tarde, cuando se decidió coser ropa para los propios Jabulani. Así, se hicieron uniformes escolares, fundas de cojines, ropa para niños, además de productos para turistas.

En Jabulani se encuentran símbolos católicos junto con símbolos sionistas, lo que demuestra que Jabulani está abierto para todos, ya sean cristianos, sionistas o musulmanes. En Jabulani, las diferentes culturas y religiones existen no solo una al lado de la otra, sino también juntas. Y en la pequeña sala de meditación todos los grupos pueden practicar su fe.

(Página-web oficial de Jabulani Proyect)

P. Juan José Cepedano Flórez CMM.

Misionero de Mariannhill.

+ Salamanca, 20 de Octubre de 2019.

© Imágenes: Internet y O.M.P.

 


14
Oct 19

MES MISIONERO EXTRAORDINARIO 2019: Tercera semana: FORMACIÓN.

Formación: bíblica, catequética, espiritual y teológica sobre la «missio ad gentes»”.

1.- LAS “ENCÍCLICAS MISIONERAS”:

  • Una “encíclica” o “carta encíclica” es lo que, en términos de hoy, llamaríamos una “carta circular”. Es una carta solemne, enviada por el Papa a toda la Iglesia –los obispos y el pueblo fiel-, para tratar sobre asuntos importantes de la Iglesia o de la doctrina de la Iglesia; si su contenido trata de ir más allá de los límites de la Iglesia, a las gentes de buena voluntad, se las suele llamar “exhortaciones apostólicas”.
  • Las “encíclicas misioneras”, son aquellas cartas papales que centran su atención y contenido en la primera evangelización o misión “ad gentes”, proponiendo una serie temas-guía, donde se puede constatar la evolución armónica y homogénea del mandato misionero de Cristo: La naturaleza misionera de la Iglesia,  la llamada a la conversión y a la fe, la acción misionera, la implantación de la Iglesia, la responsabilidad entre Iglesias hermanas y la vocación misionera, entre otras.
  • El despertar misionero del inicio del siglo XX sería impensable sin esta referencia a las “encíclicas misioneras” anteriores al concilio Vaticano II, comenzando por la “carta magna” de las misiones, la “Maximum illud”, de Benedicto XV, cuyo centenario ha dado pie a la convocatoria de este Mes Misionero Extraordinario. De hecho, muchos temas del concilio Vaticano II ya se encontraban esbozados en estos documentos preconciliares:

Los Papas de los siglos XX y XXI

1.- 1919 “Maximum illud”, carta apostólica de Benedicto XV. Sobre la propagación de la fe católica en el mundo entero.

a.- Ha sido calificada de “carta magna” de las misiones, como primer documento del siglo XX sobre el tema misionero.

b.- Fue de gran ayuda para la ciencia misionológica, que estaba en sus comienzos, dando pistas sobre historia, teología, pastoral, derecho, cooperación, Obras Misionales, espiritualidad.

c.- Subraya principalmente la preparación, atención y formación continuada de los misioneros, así como la cooperación entre las diversas instituciones, el clero nativo, la cultura local y la necesidad de personal femenino.

2.- 1926 “Rerum Ecclesiae”, carta encíclica misionera de Pío XI, el “Papa de las misiones”. Sobre la acción misionera.

a.- Suma importancia de la formación de los apóstoles nativos (sacerdotes, religiosos y laicos).

b.- Los Obispos, con sus Iglesias particulares, son corresponsables de las misiones junto con el Papa.

c.- La urgencia de anunciar el evangelio a todos los pueblos deriva de la caridad cristiana y del agradecimiento por haber recibido la fe.

d.- Se invita a promover la formación de los catequistas y a introducir las Órdenes contemplativas en los países de misión.

e.- Armoniza, ya antes del concilio Vaticano II, los dos aspectos fundamentales de la misión “ad gentes”: propagar la fe (llamar a la conversión) e implantar la Iglesia.

3.- 1940 “Saeculo exeunte”, carta encíclica de Pío XII. Sobre el modo de promover la obra misional. Dirigida a la Jerarquía de Portugal para agradecer su historia misionera.

a.- Sus contenidos son de valor universal: necesidad de vocaciones misioneras y la urgencia de una formación adecuada de los misioneros.

 

 

 

 

4.- 1951 “Evangelii praecones”, carta encíclica de Pío XII. Conmemora el XXV aniversario de la publicación de la encíclica misionera “Rerum Ecclesiae”, de Pío XI.

a.- Armoniza las dos tendencias de la misionología de la época: la llamada a la fe (conversión y salvación en Cristo) y la implantación de la Iglesia por medio de una jerarquía autóctona.

b.- Urge a la formación del clero nativo y a la adaptación a las culturas y costumbres locales.

 

 

5.- 1957 “Fidei donum”, carta encíclica de Pío XII. Considerada como el “testamento misionero” del Pío XII. Sobre las misiones, especialmente en África.

a,- Insiste en la organización de la jerarquía local y en la inserción en las situaciones sociales.

b.- La encíclica es un llamado hacia el África, que a mediados del siglo XX iniciaba un camino de estados independientes.

c.- Invita a la corresponsabilidad misionera universal por parte de los Obispos, junto con el Papa.

d.- Al invitar especialmente a los sacerdotes diocesanos, si éstos prestan un servicio misionero, entonces reciben el nombre de “sacerdotes fidei donum”.

e.- Esta invitación se refiere también a toda la Iglesia particular, con la participación de religiosos y seglares.

Nota: El magisterio misionero de Pío XII está relacionado con otros documentos suyos “Mystici Corporis Christi” (1943), “Mediator Dei” (1947), “Haurietis Aquas” (1956), que influirían en los documentos del concilio Vaticano II.

6.- 1959 “Princeps Pastorum”, carta encíclica de Juan XXIII. Sobre el apostolado misionero. Conmemora el XL aniversario de la encíclica “Maximum illud”, de Benedicto XV.

a.- Insiste en la creación y formación del clero nativo, la acción misionera de los laicos (catequistas, jóvenes, Acción Católica) y la formación intelectual, pastoral y espiritual de los evangelizadores.

b.- Relaciona la evangelización con la promoción y progreso humano, que son objeto de otras encíclicas de Juan XXIII: “Mater et Magistra” (1961) y “Pacem in terris” (1963).

 

-Todos los documentos conciliares y postconciliares del Vaticano II tienen un rico contenido evangelizador, pero no explícitamente de misión “ad gentes”:

– 1965 “Nostra aetate”, declaración del Concilio Vaticano II. Sobre las relaciones de la iglesia con las religiones no cristianas.

– 1965 “Decreto Ad Gentes”, decreto del Concilio Vaticano II. Sobre la actividad misionera de la iglesia.

 

 

 

-Tras el concilio Vaticano II, se escribieron otros documentos, pero sólo uno de ellos será considerado “encíclica misionera”:

– 1966 “Graves et increscentes”, carta apostólica de Pablo VI a la pontificia unión misional del clero, para adaptar las obras del apostolado misionero a las exigencias de los nuevos tiempos.

– 1975 “Evangelii Nuntiandi”, exhortación apostólica de Pablo VI. Sobre la evangelización del mundo contemporáneo.

 

 

– 1985 “Slavorum apostoli”, carta encíclica de Juan Pablo II. Sobre San Cirilo y San Metodio como modelos de “inculturación”.

– 1990 “Redemptoris Missio”, carta encíclica misionera de Juan Pablo II.  Sobre la permanente validez del mandato misionero.

 

 

-Ya entrados en el siglo XXI: Tenemos las encíclicas de Benedicto XVI y la exhortación apostólica de Francisco, que dan un fuerte impulso a la misión, pero no tratan directamente el tema de la misión de la Iglesia, ni de la misión “ad gentes”:

– 2005 “Deus caritas est”, carta encíclica de Benedicto XVI. Sobre el ejercicio de la caridad.

– 2007 “Spes salvi”, carta encíclica de Benedicto XVI. Sobre la esperanza cristiana.

– 2009 “Caritas en veritate”, carta encíclica de Benedicto XVI. Sobre el desarrollo humano  integral en la caridad y en la verdad.

 

 

– 2013 “Evangelii gaudium”, exhortación apostólica de Francisco. Sobre el anuncio del evangelio en el mundo actual.

 

 

 

 

2.- SAN JUAN PABLO II A LOS MISIONEROS DE MARIANNHILL (2002):

«Queridos Misioneros de Mariannhill:

Os saludo con afecto en el Señor con ocasión de vuestro capítulo general y dirijo un cordial saludo particularmente al nuevo superior general, padre Dieter Gahlen. Al inicio del tercer milenio cristiano, la congregación de los Misioneros de Mariannhill, como toda la Iglesia, afronta el desafío de recomenzar desde Cristo (cf. Novo millennio ineunte, 29). De acuerdo con el tema elegido para vuestro capítulo general, “Revisar nuestra identidad y nuestra espiritualidad en el alba de una nueva era“, vuestro camino en el futuro es una auténtica renovación de vuestra vida consagrada, en una nueva etapa de crecimiento espiritual y apostólico (cf. Caminar desde Cristo, 19).

Vuestra congregación es el fruto de muchos dones otorgados por Dios a vuestro fundador, el abad Franz Pfanner. Estos dones siguen modelando vuestra comunidad y, como exhorté a los institutos de vida consagrada en mi exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, también vosotros estáis llamados a “reproducir con valor la audacia, la creatividad y la santidad” de vuestro fundador “como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy” (n. 37). En efecto, sólo con una renovada fidelidad a vuestro carisma fundacional la Congregación podrá afrontar con confianza la misión de anunciar el mensaje salvífico del Evangelio a un mundo cada vez más globalizado que, de muchos modos, se siente turbado por una “crisis de sentido” y por un “pensamiento ambiguo” (Fides et ratio, 81).

 Por esta razón, las palabras de Jesús a Pedro, “rema mar adentro” (“duc in altum”, Lc 5, 4), deben resonar también para vosotros en vuestra vida de misioneros. En la nueva era que está comenzando, debéis ser auténticos misioneros y santos, porque la santidad es el centro de vuestra vocación (cf. Redemptoris missio, 90). Como sabía vuestro fundador, la santidad ha de buscarse e implorarse activamente. Lo subrayó en su lema: Currite ut comprehendatis, “corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios llama desde lo alto en Cristo Jesús” (Flp 3, 14). El abad Pfanner, un hombre celoso de la construcción del Reino, un hombre que perseveró valientemente frente a los obstáculos, os llama a “caminar con esperanza” (Novo millennio ineunte, 58) respondiendo a la llamada de Dios en Jesucristo.

            Vuestro apostolado misionero, fiel a la tradición benedictino-trapense en la que se funda vuestra vida consagrada, florecerá y dará fruto en la medida en que esté firmemente arraigado en el principio “Ora et labora”. De este modo, lograréis también lo que se describe en vuestro Instrumentum laboris como “el equilibrio del misionero contemplativo, el testigo que permanece inmerso en la oración aunque esté ocupado en cumplir su urgente compromiso activo“. Por eso, os exhorto a intensificar vuestra formación en este aspecto crucial de vuestra vocación. La oración y la contemplación no pueden considerarse como algo natural. Es preciso aprender a orar para conversar con Cristo como amigos íntimos (cf. Novo millennio ineunte, 32), y la contemplación diaria del rostro de Cristo fortalecerá en vosotros la realidad de vuestra consagración.

            Queridos hermanos en Cristo, en un mundo donde el drama humano con demasiada frecuencia está marcado por la pobreza, la división y la violencia, el seguimiento de Cristo exige que las personas consagradas respondan con valentía a la llamada del Espíritu a una conversión continua, para dar nuevo vigor a la dimensión profética de su vocación (cf. Caminar desde Cristo, 1). Como misioneros, vuestro testimonio de Cristo significa tomar la cruz por amor al Señor y a vuestro prójimo. Este es el centro de toda proclamación auténtica del Evangelio. La Iglesia cuenta con vuestro compromiso y con vuestro entusiasmo para la misión ad gentes, confiando en que contribuiréis “de forma particularmente profunda a la renovación del mundo” (Vita consecrata, 25).

            La santísima Virgen María, vuestra patrona, que presentó a Cristo como Luz de las naciones, siga siendo vuestra guía en todos vuestros esfuerzos misioneros. Que su madre santa Ana, de la que habéis sido devotos desde el inicio, así como la multitud de testigos de vuestro instituto, os protejan y animen en vuestro camino hacia la santidad. Asegurándoos un recuerdo en mis oraciones, imparto de buen grado a todos los Misioneros de Mariannhill mi bendición apostólica.»

Vaticano, 26 de octubre de 2002

IOANNES PAULUS II

3.- NUESTROS COMIENZOS: “FELIX CULPA” – DE MONJES A MISIONEROS

Nuestras Constituciones declaran que nuestro instituto “‘brotó’ del monasterio trapense fundado por el Abad Franz Pfanner en 1882”. Verdaderamente, somos desde y de Mariannhill, nuestro lugar de nacimiento, nuestra casa-madre. En este lugar, en la particular emergencia histórica de este monasterio y su misión reposan no sólo el origen de nuestro nombre, sino, también, nuestro carisma. Permanecemos para siempre asociados a esta Abadía trapense y su fundador. Los hechos de la historia de nuestros orígenes revelan algo verdaderamente relacionado con “tensiones y transformaciones”. Algo qué será presentado, sin embargo, de un modo escandalosamente breve.

En nuestra experiencia fundacional colectiva uno puede encontrar claramente un designio divino y ver cómo “Dios escribió derecho con renglones torcidos” (Paul Claudel). La fase de gestación de nuestro nacimiento se remonta al capítulo de general de Sept-Fons, de 1879, de la Congregación de Nuestra Señora de La Trapa de Rancé, durante la cual, el Obispo Ricards, de Sudáfrica, pidió misioneros y Pfanner, el entonces Prior del monasterio de Mariastern, declaró: “Si nadie va, yo iré”.

Unos años más tarde, después de que el primer intento de Julio de 1880 de asentarse en Sudáfrica se hubiera convertido en un fracaso, aunque en realidad se convirtió en un peldaño, se fundó el monasterio de Mariannhill: el 26 de Diciembre de 1882. Se esperaba que los monjes hicieran su trabajo misionero. Así que ellos lo hicieron bajo el liderazgo del Prior Pfanner. De tal manera que el monasterio mostrará un notable impulso misionero.

Pero al mismo tiempo, Mariannhill registró tensiones y desacuerdos acalorados, causados por el intento de reconciliar el estilo de vida trapense con el misionero. Y así, aunque su esfuerzo fue bastante justificado y bien intencionado, ocasionó una visita canónica, hecha por el Abad Franz Strunk en 1892, que condujo al retiro del cargo de Pfanner, Abad por aquel entonces, e introdujo a la comunidad en un período de auto-evaluación causado por este conflicto subyacente.

Posteriormente se designó un Administrador, Amandus Schölzig. Algún tiempo después, en Abril de 1894, se convirtió en el Segundo Abad de Mariannhill, pero murió prematuramente, en 1900. Su muerte fue inoportuna, porque él realmente había tenido éxito en resolver el problema que había heredado del Abad Franz Pfanner.

Siguió, entonces, una segunda visita hecha por el mismo visitador y, el mismo año, el nombramiento de un sucesor de Schölzig: el Abad Gerard Woltpert. Él trató de hacer cumplir el informe del visitador, pero fue realmente incapaz de conseguirlo. Y su dimisión fue aceptada, sólo cuatro años más tarde. Hubo de designarse un nuevo Administrador. Lo que se hizo en 1905. El Abad de Gethsemaní, en los EE.UU., Edmund Obrecht, fue designado para el cargo.

Él quiso salvar Mariannhill para la Orden, pero, en cambio, dio lugar a duras críticas y a tensiones crecientes en el propio Mariannhill. Su arrogancia, la actitud inflexible hacia Mariannhill y su deseo de cortar drásticamente su compromiso misionero sólo lo aislaron de los monjes. Estos intentaron desesperadamente hacer oír su voz, pero en vano [8]. Degenerando en una verdadera tormenta, la situación terminó con las decisiones tomadas por el capítulo general de la Orden, de 1907, de poner fin al cargo de Obrecht y, en última instancia, separar Mariannhill de ella.

Este movimiento fue seguido por las maniobras del Abad General, Dom A. Marré, y de Monseñor Millar, para conseguir que Mariannhill digiriese este veredicto de separación en una Conferencia plenaria en Mariannhill, en Mayo de 1908. En cambio, lo que en realidad sucedió es que la conferencia solicitó una administración por su cuenta, adaptada a su situación misionera. Pero esta petición no resultó bien y fue seguida, más tarde, por la decisión del Papa Pío X de separar Mariannhill de la Orden y formar una nueva congregación misionera activa. El decreto de separación se emitió el 2 de Febrero de 1909 y significó una ruptura completa con la Orden de los Cistercienses Reformados.

Esto, tanto para las tensiones como para nuestra transformación básica. ¡En una pequeña cápsula, naturalmente! Pero sobre esto, mucho puede decirse y/o cuestionarse. ¿Cuál fue la verdadera causa de estas tensiones? ¿Quién, entre las partes implicadas en este asunto, acertó en sus decisiones y quién no? ¿Quién tuvo la actitud correcta y quién no? Y si ampliamos el alcance, ¿cuál era “el verdadero espíritu trapense” en aquel tiempo? ¿Fue este fracaso el único, en aquel tiempo, en la historia de los trapenses? ¿Cuáles fueron los modelos operativos implantados, los conceptos utilizados y las nociones a las que se recurrió en aquel tiempo? Algunos de ustedes, aquí, pueden responder a estas últimas preguntas mejor que yo.

Vamos a limitarnos aquí a lo que, en conjunto, puede afirmarse con certeza. A lo siguiente. Es evidente, teniendo en cuenta el contexto de las empresas misioneras trapenses de aquel tiempo, que nuestro caso no presenta ninguna dicotomía entre la vida monástica y la misión. Objetivamente hablando, el deseo del Abad F. Pfanner de armonizar los ideales monástico y misionero fue honesto. Incluso tenía razón al tratar de hacerlo. Sólo tenemos que recordar el Breve de 1870 de Pío IX, al que recurrió el Abad F. Pfanner y que sancionaba las misiones monásticas.

Más aún, Dom Hildebrand Hemptinne, OSB, que fue consultado en el asunto de la separación de Mariannhill e, incluso, preparó el decreto de separación, confirmó el principio de que esto era posible, en su larga prueba desde la historia, en su informe a la Congregación para los Religiosos. Además, la Orden creía que esta armonización era posible, ya que, realmente, hizo mucho para que esto sucediera. Cabe preguntarse, por tanto: ¿qué tipo de esfuerzo misionero era aceptable para los trapenses? En otras palabras, ¿cuánto trabajo activo era compatible con la vida monástica? Pero, incluso, esta cuestión no es la más relevante. A este respecto, permítanme mencionar lo que Dom Hemptinne declaró en relación con nuestro caso -algo especialmente significativo, a mi entender-: Las vidas monástica y misionera pueden conciliarse, pero “con la prudente dirección del abad”.

Además, deseo señalar que, más allá de todos los argumentos que se puedan hacer sobre la razón (o razones) última y definitiva en favor de la separación hay, en el contexto específico de Mariannhill, el siguiente hecho: El Abad Amandus Schölzig restauró con éxito esta unidad una vez, pero se perdió nuevamente con el Abad siguiente. Más aún, en lo sucesivo no pudo encontrarse a nadie realmente capaz de restaurarla. Y, probablemente, la experiencia había durado demasiado. No es de extrañar que, debido a esto, la separación se hizo inevitable. En mi opinión, este punto es capital.

Ahora bien, es en este punto que se puede hablar de una “felix culpa”. De lo que he dicho se deduce que el buen trabajo de Mariannhill tenía que ser quitado al Abad F. Pfanner y sus monjes, yo diría que con el fin de salvarlo. Se convirtió en una “culpa” a causa de los errores cometidos, principalmente por el Abad F. Pfanner, y una “felix” culpa porque él había hecho todo lo posible para convertir esta culpa en un acontecimiento feliz, basado en el gran de éxito misionero de Mariannhill. Pero también es una culpa feliz, en el sentido de que, de esta experiencia, surgió un instituto misionero arraigado en la tradición trapense-benedictina y, por tanto, marcado en su carisma por un conjunto de elementos de la espiritualidad benedictina.

Verdaderamente, este fracaso fue permitido por Dios por una buena razón. Como una figura central en nuestra experiencia fundacional, el Abad F. Pfanner ha dejado su impronta en nuestra espiritualidad e identidad debido, no sólo a que fue un hombre ardiente y con notables características espirituales, sino, también, en razón de su intención y enfoque misioneros. Sin embargo, nuestro carisma no es sólo Pfanneriano, sino también benedictino. Ambos elementos han contribuido a nuestra doble forma. Y así, también podemos sacar valores, ideas e inspiración relevantes para nuestra vida y trabajo a partir de la Regla de San Benito. Más aún, no es sólo por el puro hecho de que surgimos de una comunidad con un estilo de vida y espiritualidad monásticos que puede explicar esto. También por el hecho de que la historia del período de nuestra maduración, en términos de identidad, ha registrado un inequívocamente firme deseo de permanecer conectados, de una manera o de otra, con los trapenses, los cistercienses o los benedictinos.

Ya que puede ser de especial interés para ustedes saber más sobre esta parte de nuestro carisma, aquí está cómo se encuentra clara expresión en nuestro carisma. Aquí está nuestro sello benedictino en pocas palabras: por encima de todo, ora et labora, pero también lectio divina, ferviente amor en comunidad, escucharse mutuamente -y, por tanto, consulta-, -stabilitas loci, obviamente no-, el enfoque misionero y la hospitalidad benedictinos.

Algunos de estos valores o elementos de nuestra espiritualidad son más preciosos en la medida en que estuvieron bien encarnados en la vida y obra del Abad F. Pfanner y de sus monjes. Que fueron el tejido y la fibra de la antigua experiencia de Mariannhill. Su importancia es, por así decirlo, doble, en este sentido.

P. Yves La Fontaine, CMM

P. Juan José Cepedano Flórez CMM.

Misionero de Mariannhill.

+ Salamanca, 12 de Octubre de 2019.

© Imágenes: Internet (Papas), O.M.P. y P. Juan José CMM (láminas).

 


08
Oct 19

Nuevo Superior Regional de los Misioneros de Mariannhill en Papúa- Nueva Guinea

 


   El P. Roland Matoyi CMM                      © Foto: Archivo CMM-P.N.G.

El P. Roland Matoyi CMM tomó posesión de su cargo como Superior Regional de los Misioneros de Mariannhill en Papúa-Nueva Guinea el pasado 27 de septiembre de 2019.

La presencia de los Misioneros de Mariannhill en aquel país se remonta a finales de la década de 1950. El 18 de junio de 1959 el Papa san Juan XXIII dio el mandato a los Misioneros de Mariannhill para erigir el Vicariato Apostólico de Lae. Otro decreto posterior del 15 de noviembre de 1966 elevó el Vicariato al rango de diócesis. Mons. Henry van Lieshout CMM fue su primer obispo residencial. Desde 1960 los sacerdotes y hermanos de Mariannhill han jugado un papel importante en la Diócesis de Lae. El segundo obispo fue Mons. Christian Blouin CMM, fallecido el 12 de enero de 2019. El tercer obispo de Lae, Mons. Rozario Menezes SMM, pertenece a la Sociedad de los Misioneros de Montfort.

El P. Roland Matoyi CMM es el primer Superior Regional africano de Mariannhill en Papúa-Nueva Guinea. Sucede al P. Alfonso Voorn CMM, el último de los misioneros de Mariannhill holandeses en Lae. El nuevo Superior tiene por delante la tarea de mantener y fortalecer la presencia de los Misioneros de Mariannhill en PNG. Esta presencia no se limita a proporcionar agentes pastorales para la Diócesis de Lae, sino también en promover el carisma de la Congregación en el país. La promoción de las vocaciones locales para Mariannhill es una de las tareas más urgentes. El Capítulo General 2016 de los Misioneros de Mariannhill estableció que esta tarea se ha de hacer de manera mancomunada con la Diócesis de Lae y con el resto de las comunidades de Mariannhill en el mundo.

P. Brian Nonde CMM.

Misionero de Mariannhill.


07
Oct 19

MES MISIONERO EXTRAORDINARIO 2019: Segunda semana: TESTIMONIO.

Testimonio: santos, mártires de la misión y confesores de la fe, que son expresión de las Iglesias repartidas por el mundo entero”.

 

 

 

 

 

1.- ALGUNOS DE NUESTROS PATRONOS: 

San Benito. Padre de Mariannhill (Fiesta: 11 de Julio):

Nació en Nursia, en Umbría (Italia), en torno al año 480. Tras estudiar en Roma, llevó una vida eremítica en el monte Subiaco¸ donde se le juntaron varios discípulos. Se trasladó, después, a Monte Cassino, donde fundó el famoso monasterio y escribió su Regla, recibiendo, por ello, el título de “Padre del monacato occidental”. Murió el 21 de marzo de 547.

San Benito y sus monjes evangelizaron Europa, haciendo de sus monasterios centros de culto, cultura y agricultura. Sus granjas, escuelas e iglesias se convirtieron en los pilares sobre los que surgió una nueva sociedad cristiana, tras la caída del Imperio Romano. Nosotros, los Misioneros de Mariannhill, reconocemos a San Benito como modelo de misionero. Por ello, tratamos de poner en práctica, en nuestro enfoque de la misión, la forma holística de la evangelización, que ha sido resumido para nosotros, por el P. Bernhard Huss CMM, como “Mejores campos, casas (hogares), corazones“.

Al mismo tiempo, San Benito es nuestro modelo de vida religiosa. Muchos elementos de su Regla están consagrados en nuestras Constituciones; por ejemplo: “Estamos en el mundo, pero no somos del mundo”; aprender a escuchar y a vivir en la presencia de Dios; autoexamen ante Dios; conversión; paciencia y perseverancia; hospitalidad, uso responsable de las cosas materiales… Todos estos elementos pueden ayudarnos a construir nuestra espiritualidad específica como Misioneros de Mariannhill.

El ‘Ora et Labora‘ de San Benito, nos llama a ser contemplativos en la acción y activos en la contemplación. En sus escritos, el Abad Francisco, nuestro fundador, tiene bastantes pensamientos importantes sobre la importancia de San Benito, especialmente, de cara a ser un religioso que trabaja como misionero.

Santa Teresa del Niño Jesús. Patrona de las Misiones. Activa en la contemplación (Fiesta: 1 de Octubre):

Santa Teresa del Niño Jesús nació en Alençon (Francia), en el año 1873. Siendo aún joven, entró en el monasterio carmelita de Lisieux y practicó las virtudes de la humildad, la sencillez evangélica y una firme confianza en Dios. Con sus palabras y su ejemplo enseñó a las novicias que tenía a su cargo.

Ofreciendo su vida por la salvación de las almas y para la difusión de la fe en las misiones, murió el 30 de septiembre de 1897. El Papa Pío XI la canonizó en 1925 y en 1928 fue declarada Patrona Universal de las Misiones.

Como misioneros, ella es nuestra Patrona; y nos recuerda que el trabajo misionero es, sobre todo, la obra de Dios. Si nosotros, como misioneros activos, miramos hacia Santa Teresita, una monja contemplativa, como nuestra Patrona, es principalmente por dos razones:

1.- Somos misioneros de profesión. En su autobiografía, Santa Teresita escribe: “Me hubiera gustado ser misionero desde la creación del mundo y seguir siéndolo hasta el final de los tiempos“, pues el hecho de ser misioneros no depende de nuestra era, el lugar donde vivimos y trabajamos, del tipo de trabajo que hacemos, los estudios que hemos realizado, las capacidades y las habilidades, la salud o la falta de ella. El nº 105 de nuestras Constituciones dice: “Incluso si los miembros de la Congregación tienen diferentes tareas y servicios, que vivan su vocación misionera mediante la cooperación en el cumplimiento del mandato de la Congregación“.

2.- El amor es el núcleo de nuestra misión. En su autobiografía, Santa Teresita escribe: “El amor es, de hecho, la vocación que incluye a todas las demás… He encontrado mi vocación: mi vocación es el amor“. Siempre hemos de ser conscientes, tanto de uno como de la otra, a fin de no olvidar para quién estamos trabajando y qué papel ha de jugar el amor en nuestro trabajo. El nº 237 de nuestras Constituciones dice: “Como misioneros, sabemos que estamos llamados y enviados por Jesucristo. De ahí que nuestro servicio misionero conjunto debe provenir de una unión íntima con Él. Entonces podemos esperar que este servicio sea fructífero“.

San Francisco Javier. Patrono de las Misiones. Contemplativo en la acción (Fiesta: 3 de Diciembre):

San Francisco Javier nació en el castillo de Javier, en  Navarra (España), en el año 1506. Cuando estudiaba en París, se unió a San Ignacio y fue ordenado sacerdote en Roma, en 1537.

Con gran entusiasmo misionero, fue a Asia, donde entró en contacto, en la India, Indonesia y Japón, con otras culturas y religiones (hinduismo, budismo, sintoísmo e Islam)

y, en el cumplimiento de sus tareas misioneras, descubrió que es esencial, para poder transmitir el cristianismo, aprender la lengua y la cultura de las personas a quienes somos enviados (inculturación del Evangelio y de las tareas misioneras). Murió en el año 1552, en la isla china de Shangchwan, a las puertas del Imperio Chino, que él consideraba como un territorio clave para introducir el cristianismo en Asia. Fue canonizado y proclamado “Patrono de las Misionesen 1622.

Como misioneros, él es nuestro Patrón y nos recuerda que tenemos que seguir trabajando para que venga el Reino de Dios. La celebración de la fiesta de San Francisco Javier no es algo nuevo en nuestra congregación. El Abad Francisco, en sus escritos, hace algunas referencias a San Francisco Javier y a su trabajo como misionero.

2.- NUESTRO FUNDADOR:

Siervo de Dios Abad Francisco Pfanner (1825-1909), fundador de Mariannhill (Conmemoración: 24 de Mayo)

El Abad Francisco, de nombre Wendelin Pfanner, nació el 21 de septiembre de 1825, en Langen (Austria). Siendo universitario sintió la llamada de Dios al sacerdocio y el 28 de julio de 1850 fue ordenado sacerdote.

Tras haber trabajado como párroco y capellán de religiosas, ingresó el 9 de septiembre de 1863 en la Trapa de Maria Wald (Alemania). El 21 de junio de 1869 fundó, en Bosnia, la

Trapa de Maria Stern, de la que fue Prior. Teniendo casi 55 años y la posibilidad de haber sido el primer abad de María Stern, a de un ruego de un obispo misionero, se ofreció voluntario para fundar una Trapa en África del Sur: “Si nadie va, iré yo”.

En la Colina de María y de Ana –en inglés, “Mary-Ann-Hill”-, con el reducido grupo de monjes que le siguió, fundó, el 26 de diciembre de 1882, la Trapa de Mariannhill, de la que llegó a ser su primer Abad y desde la que dirigió la fundación de 28 misiones filiales en el tiempo récord de veinte años. Guiado por la máxima benedictina: “Ora et labora”, con los casi 300 monjes misioneros que la Abadía de Mariannhill llegó a tener y con la ayuda inestimable de las Hermanas Misioneras de la Preciosa Sangre, por él fundadas, el Abad Francisco trabajó sin descanso para hacer realidad su sueño evangelizador, que queda sintetizado en el lema: “Mejores campos, mejores casas, mejores corazones”.

En medio de tanta actividad misionera, el Abad Francisco confió siempre en la Providencia de Dios y puso todas sus misiones bajo la protección de la Virgen María. Convencido del valor sin precio de la Preciosa Sangre de Cristo y movido por el Espíritu Santo, supo unir contemplación y actividad misionera y aceptó la voluntad de Dios en su vida, manifestada en no pocas incomprensiones y enfermedades y, poniendo la mano en el arado, perseveró hasta el final, sin mirar atrás. Finalmente, en la madrugada del 24 de mayo de 1909, relevado de todos sus cargos, moría en la pequeña misión de Emaús. Su causa de beatificación, iniciada el 9 de marzo de 1964, se ha reabierto recientemente, recibiendo el nombre de “Siervo de Dios”.

Testamento espiritual: «Fíjate en el cielo y alégrate. Alégrate porque estarás delante de Dios y le verás. Luchemos y suframos con alegría, coraje y perseverancia hasta el fin».

Su última palabra al morir: «¡Luz!».

3.- NUESTROS ANTEPASADOS:

Hno. Nivard –Georg- Streicher (1854-1927), el “Abad marrón de Mariannhill” y un “Genio con hábito”

Alguien le llamó el “abad marrón de Mariannhill“, un “genio con hábito“. Él fue arquitecto, ingeniero, topógrafo, granjero y amigo y mano derecha del fundador del monasterio, el abad Francisco Pfanner. Sin él y sin muchos otros hermanos misioneros cualificados, Mariannhill no se habría convertido en centro de la Evangelización de Sudáfrica, como es llamado hasta el día de hoy.

El hermano Nivard Streicher nació en 1854, en Erding, cerca de Munich (Alemania), como el segundo de nueve hijos. Su profesión la aprendió de su padre, tras la escuela primaria: se convirtió en carpintero de la construcción y en carpintero artesano, convirtiéndose en maestro carpintero en 1877. Finalmente, profesó como monje trapense en 1882 y llegó a Natal el 12 de julio de 1883.

En Sudáfrica, el hermano Nivard desarrolló sus habilidades como arquitecto por las necesidades de la misión, diseñando sus edificios, de ladrillo rojo, en estilo neo-románico, que se asemeja a la gran tradición monástica de la Edad Media, ayudando, como arquitecto, en más de veinte de las Misiones de Mariannhill. «A menudo conocido como Hermano o Padre Nivard, elaboró los planos para los edificios misioneros de la comunidad de la orden trapense en Mariannhill, cerca de Natal, en Durban» (Juana Walker. Archivos del Departamento de Arquitectura de la Universidad de Pretoria).

Pero no se limitó al diseño y construcción edificios para la misión, también construyó una turbina y un molino, entre otros edificios, para la Misión de Reichenau, diseñó el abastecimiento de agua en Kokstad y, en 1886, llego a diseñar, incluso, las Líneas de ferrocarril de Sudáfrica (SAR).

P. Bernard Huss CMM (1876-1948). Apostolado social: “Mejores campos, casas, corazones”.

El P. Bernard Huss CMM es una de nuestras figuras más significativas e inspiradoras, pues logró que Mariannhill ocupara un lugar de prominencia en el campo de la mejora social de los africanos, siendo la fuerza convincente que extendió el apostolado social, incluso más allá de los confines de Mariannhill, ganando el respeto de todos, incluso del gobierno. El “Natal Daily News” declaró sobre la biografía del P. Huss, escrita por el P. F. Schimlek: “Se trata de una biografía del gran misionero P. Bernard Huss, en quien la obra de su vida tiene más que mostrar que lo que otros muchos misioneros llegan a ver en toda una vida.” (Página 109) ¡Vaya reconocimiento!

Pero hay otro aspecto de la vida del P. Huss capaz de inspirarnos un espíritu misionero. Un buen número de personas testimoniaron que Huss era un hombre de muchas virtudes humanas y espirituales, en realidad un hombre santo. Era humilde y modesto en sus modales, educado, tranquilo y, sin embargo, claro y directo en su lenguaje. Dicen que ha sido un caballero cristiano encantador, un hombre respetado y querido por todos aquellos con los que trabajaba. La alegría, el tacto y la sabiduría fueron también rasgos de su personalidad.

Además el P. Bernard tenía una fuerte confianza en la ayuda de María, Madre de Dios, y estaba dispuesto a sufrir si era por el bien del Reino: “Que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn.10,10). Hay un comentario hecho por Mahatma Gandhi, justo antes de despedirse de él, que es muy esclarecedor y le hace especialmente atractivo: “Usted sabe que una vez dije que me gustaban Cristo y sus enseñanzas, pero no los cristianos. Hoy quiero corregir esta declaración. Padre, si yo hubiera conocido a más gente como usted, creo que también me habrían gustado los cristianos”.

El P. Huss podría ser considerado, también, como uno de nuestros fundadores, pues un elemento intocable de nuestro patrimonio, es, precisamente, el “evangelio social”, que sigue siendo expresado como tal en nuestras actuales Constituciones: “trabajar por la justicia y la liberación del hombre en su conjunto“. (N º 104). En este mundo nuestro, con más necesidad que nunca de la doctrina social de la Iglesia, de la liberación del hombre en su totalidad, de la solidaridad -social y económica, el P. Huss se convierte, para nosotros, Misioneros de Mariannhill, en una sugerente figura misionera y un punto de referencia claro para la futura preservación y actual revitalización de este elemento de nuestra identidad.

El P. Bernard Huss CMM no sólo se preocupó por el desarrollo humano del pueblo a él confiado, mediante el desarrollo agrícola (creando cooperativas), económico y cultural (promoviendo la educación), sino del desarrollo del hombre en su totalidad. Estas áreas de actuación son expresiones de la dimensión esencial de la vocación del hombre, de su dignidad fundamental como hijo de Dios y fueron, también, las expresiones de la misión del P. Huss: la proclamación de la verdad sobre Cristo y el hombre, visto en su “esplendor original”, la construcción del Reino de paz y justicia de Dios.

De hecho, el P. Huss trabajó, también, en la educación de las grandes masas sobre una base religiosa, en referencia al ideal del humanismo cristiano. La “política cristiana” que él defendía y que, en su tiempo, fue denominada “apostolado o trabajo social”, incluye, claramente ahora, lo que hoy llamamos “Justicia, Paz, Desarrollo e Integridad de la Creación“.

Testamento espiritual:Mejores campos, mejores hogares, mejores corazones“, para que los hombrestengan vida y la tengan en abundancia” (Jn.10:10).

Últimas palabras: Tanto hecho y tanto por hacer”.

4.- NUESTROS MÁRTIRES:

Beato Engelmar Unzeitig CMM (1911-1945), “Mártir de la caridad” y “Ángel de Dachau” (2 de Marzo)

El Beato Engelmar Hubert Unzeitig CMM nació el 1 de marzo de 1911 en Greifendorf (actual República Checa), y fue bautizado con el nombre de Hubert. Queriendo ser misionero, ingresó en 1934 en el noviciado de Mariannhill en Holanda. Después de realizar los estudios de filosofía y teología en Würzburg (Alemania), fue ordenado sacerdote el 6 de agosto de 1939.

A mediados de 1941, ingresó como prisionero en el Campo de Concentración de Dachau, con el número 26.147 y, durante los casi cuatro años que estuvo confinado en aquel lugar de muerte y desolación, jamás dejó de ser misionero, pues su corazón albergaba a un fiel religioso, a un celoso sacerdote, a un valiente misionero y a todo un gigante de la caridad cristiana. El testimonio de su vida y de su oración, su afabilidad y paciencia, la fidelidad a su consagración religiosa, su prudencia al hablar y su sabiduría al callar, su generosidad a la hora de compartir lo que tenía y su coraje para mendigar en favor de los más necesitados, dieron una eficacia insospechada a su presencia y quehacer pastoral en el Campo.

Terminó sus días en coherencia con la que había sido la tónica de su existencia, pues estando ya para terminar la Segunda Guerra Mundial, se ofreció voluntario para atender a los enfermos, víctimas de una epidemia de tifus. En pocas semanas, contrajo él mismo la enfermedad y, amaneciendo el 2 de marzo de 1945, a la edad de 34 años, moría de tifus, este joven sacerdote y misionero de Mariannhill, que a tantos prisioneros había ayudado a bien morir, y salía de este mundo con el corazón en la mano, tal como había vivido en él, recibiendo el sobrenombre de “Mártir de la caridad” y de “Ángel

de Dachau”, porque así se comportó en medio de aquel infierno.

Debido a la fama de santidad con la que vivió y murió, su cadáver fue incinerado en solitario y sus cenizas, sacadas clandestinamente del Campo de Concentración de Dachau, reposan en la iglesia de Mariannhill en Würzburg. El P. Engelmar fue beatificado en la Catedral de San Kilian, de Würzburg (Alemania), el 24 de Septiembre de 2016.

Testimonio personal del P. Engelmar: «Continúo aceptando cada cosa de manera agradecida, como venida de la mano de Dios, sea lo que sea; y pido tener más amor y fidelidad, con el fin de hacer volver a Dios a todos aquellos que están cerca de nosotros y que se encuentran lejos de Él».

Testamento espiritual: «El bien es inmortal y la victoria debe ser de Dios, aunque a veces parezca una tarea inútil extender el Amor de Dios en el mundo. De cualquier forma, el corazón del hombre desea el amor. Al final nada se resiste a la fuerza del amor, con tal de que esté basado en Dios y no en las criaturas. Sigamos haciendo lo posible y ofrezcamos» (Campo de Concentración de Dachau, Febrero de 1945).

Los Mártires de Zimbabwe… y muchos más

Los “mártires” de Zimbabwe son los Misioneros de Mariannhill que fueron asesinados como resultado de la violencia existente en este país durante y después de la guerra de liberación (1976-1987). “Gracias a Dios que no sólo existe el martirio en nuestra historia pasada, sino también en el presente. Hay sacerdotes, monjas, catequistas y simples campesinos que han sido asesinados… perseguidos porque permanecieron fieles a su fe y a su único y verdadero Dios” (Monseñor Oscar Arnulfo Romero).

Aunque los motivos de los asesinos no siempre son claros, se puede decir que el personal de la misión asesinado, de la diócesis de Bulawayo (Zimbabwe), pertenece a los ‘mártires’ modernos de la Iglesia. Ellos eran conscientes del peligro que corrían sus vidas, pero se mantuvieron en sus puestos de misión. Algunos fueron emboscados; uno de ellos, cruelmente asesinado.

Antes de disparar al obispo Arnold G. Schmitt CMM, al P. Possenti Anton Weggartner CMM y a la Hna. Francis van den Berg CPS, el asesino exclamó: “Los misioneros son enemigos del pueblo“. El Hno. Peter E. Geyermann CMM,  el Hno. Andreas G. von Arx CMM, el P. Matthias Sutterlüty CMM y el Hno. Killian Knoerl CMM sólo trabajaban en el servicio de los demás. ¿Qué hicieron la Hna. Ferdinanda Ploner CPS, una comadrona, y la Dra. Hanna Decker, una médico misionera, sino ayudar a las personas en su hospital y sus clínicas?

A ellos cabe añadir, también, un amplio elenco de misioneros de Mariannhill y de la amplia familia de Mariannhill, que perdieron la vida, de forma violenta, en el ejercicio de su servicio misionero a la Congregación y a la Iglesia. Nadie sabe por qué fueron asesinados, pero una cosa es cierta, todos ellos fueron testigos de su vocación misionera y, por lo tanto, merecen nuestro respeto. Por ello, los Misioneros de Mariannhill conmemoramos a todos aquellos hermanos nuestros, que perdieron sus vidas violentamente en su servicio misionero, el día 5 de Diciembre.

Testimonio de Mons. Henry Karlen, Arzobispo de Bulawayo:Todos tenemos que ir por el camino de la Cruz, todos tenemos que aprender el significado del grano de trigo que muere. Esto nos dará nuevas fuerzas, para empezar de nuevo y seguir adelante“. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo. Sin embargo, si muere, lleva mucho fruto” (Jn.12,24). Atendiendo a estas palabras, la muerte de estos misioneros se explica, únicamente, desde el punto de vista cristiano y mesiánico.

P. Juan José Cepedano Flórez CMM.

Misionero de Mariannhill.

+ Salamanca, 6 de Octubre de 2019.

© Imágenes: Obras Misioneras Pontificias y Archivo CMM.