07
Abr 20

Nota necrológica CMM-Alemania: Hno. Raimund (Adolf) Berchtenbreiter CMM (19-I-2019)


+ Hno. Raimund (Adolf) Berchtenbreiter CMM
©   Archivo CMM-Alemania

“Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”.

(Ap.1,5ª.6b).

Rogamos oraciones por el eterno descanso de nuestro hermano, el Hno. Raimund (Adolf) Berchtenbreiter CMM.

Óbito: 4-IV-2020, en Reimlingen.
Nacimiento: 18-VI-1940.
Profesión religiosa: 29-IX-1961.

R. I. P.

 


07
Abr 20

Letanías al Beato Engelmar Unzeitig CMM, para pedir por los enfermos y moribundos y cuantos les atienden:

Señor, ten piedad.

Señor, ten piedad.

Cristo, ten piedad.

Cristo, ten piedad.

Señor, ten piedad.

Señor, ten piedad.

Cristo, óyenos.

Cristo, escúchanos.

Dios, Padre celestial, ten piedad de nosotros.

Dios, Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros.

Dios, Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.

Santísima Trinidad, un solo Dios, ten piedad de nosotros.

Beato Engelmar, ruega por nosotros.

Tú, que fuiste un celoso misionero de Mariannhill, ruega por nosotros.

Tú, que fuiste un sacerdote humilde y piadoso, ruega por nosotros.

Tú, que fuiste detenido en tu parroquia, ruega por nosotros.

Tú, que fuiste deportado al Campo de Concentración de Dachau, ruega por nosotros.

Tú, que fuiste identificado con el número 26.147, ruega por nosotros.

Tú, que seguiste preocupado por tu familia y por tu parroquia, ruega por nosotros.

Tú, que rezaste sin cesar en la capilla del Campo, ruega por nosotros.

Tú, que amaste tanto a la Santísima Virgen María, ruega por nosotros.

Tú, que soportaste en silencio todos los tormentos, ruega por nosotros.

Tú, que esperaste ser liberado de la prisión, ruega por nosotros.

Tú, que no dejaste de ser humano en medio de aquel infierno, ruega por nosotros.

Tú, que compartiste los paquetes de comida que recibías, ruega por nosotros.

Tú, que ofreciste apoyo espiritual a los otros prisioneros, ruega por nosotros.

Tú, que sufriste con todos los demás prisioneros, ruega por nosotros.

Tú, que rezaste incluso por tus torturadores, ruega por nosotros.

Tú, que confiaste en la ayuda y cercanía de Dios, ruega por nosotros.

Tú, que fuiste capellán clandestino de los prisioneros rusos, ruega por nosotros.

Tú, que te ofreciste voluntario para cuidar de los infectados de tifus, ruega por nosotros.

Tú, que administraste los sacramentos a los enfermos y moribundos, ruega por nosotros.

Tú, que creíste que el amor multiplica las fuerzas, ruega por nosotros.

Tú, que no pusiste límites a tu celo y entrega, ruega por nosotros.

Beato Engelmar, héroe de la caridad, ruega por nosotros.

Beato Engelmar, ángel de Dachau, ruega por nosotros.

Beato Engelmar, mártir de la caridad, ruega por nosotros.

Señor Jesucristo, te rogamos, óyenos.

Señor Jesucristo, pon fin a la pandemia que padecemos, te rogamos, óyenos.

Señor Jesucristo, devuelve la salud a los enfermos e infectados, te rogamos, óyenos.

Señor Jesucristo, fortalece a los médicos y personal sanitario, te rogamos, óyenos.

Señor Jesucristo, recibe en tu reino a los difuntos, te rogamos, óyenos.

Señor Jesucristo, conforta a las familias en luto, te rogamos, óyenos.

Señor Jesucristo, extiende tu mano sobre todos nosotros, te rogamos, óyenos.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, perdónanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, escúchanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten misericordia de nosotros.

Ruega por nosotros, Beato Engelmar, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo.

ORACIÓN:

 Dios todopoderoso y eterno, que concediste al Beato mártir Engelmar la gracia de ser testigo de tu amor misericordioso en medio de la crueldad de la prisión, concédenos por su intercesión la fuerza de poder amar a nuestros hermanos con dedicación y servirles con abundante misericordia. Por Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Señor, escucha nuestra oración y llegue a ti nuestro clamor.

Beato Engelmar, ruega por nosotros.

[Link para obtener el díptico con las letanías al Beato Engelmar Unzeitig CMM en PDF]

 


07
Abr 20

Beato Engelmar, Abogado en la pandemia, tanto de los infectados como de los que les asisten:

Tifus en Dachau:

A finales de diciembre del año 1944 la situación en el Campo de Concentración de Dachau empezó a ser cada vez más insostenible. Con rapidez vertiginosa una epidemia de Tifus se extendió por todo el Campo. A diario la muerte se cobraba su ración de víctimas.

Los prisioneros contagiados por el tifus eran tantos que no podían ser internados en las dependencias de la enfermería del Campo. Con rapidez las autoridades del Campo destinaron algunos barracones como enfermería, aislándolos del resto de los barracones del Campo.

Expuestos a la enfermedad sin protección alguna, los enfermos morían como mueren las moscas. Según una estadística del Campo el término medio de las defunciones diarias alcanzaba el centenar.

La situación en que se encontraban los enfermos confinados en estos barracones era ciertamente lamentable: yacían sobre tablas encima de sus propios excrementos, cubiertos de piojos –agentes transmisores de la enfermedad– y de pulgas. Se pasaban los días y las noches suspirando entre delirios y revolcándose por los ataques de locura y desesperación.

 Se necesitan voluntarios:

Debido a lo peligroso de la enfermedad nadie se prestaba a cuidar de los contagiados de los barracones en cuarentena. La administración del Campo empezó a pedir voluntarios para cuidar de los enfermos y puso sus ojos en los sacerdotes católicos. El sacerdote Sales Hess, testigo de primera mano de aquella situación, nos cuenta: “Encontrándose metida de lleno en una situación tan apurada, la dirección del Campo se acordó de los curas católicos […] Reconocieron entonces nuestro espíritu de sacrificio, pues hasta entonces los curas y los religiosos éramos considerados a los ojos de las SS como parásitos. La decisión de hacerse voluntario no era fácil; se requería un heroísmo de lo más alto. El sacerdote que se ofreciera voluntario para ir a cuidar de los infectados sabía que no podría volver a vivir en su propio barracón; que ya no podría volver a celebrar ni oír misa; y que el trabajo que allí le esperaba era extremadamente duro.

 A todo ello había que añadir el constante peligro de quedar contagiado y la escasez de medicinas. Cada uno que se ofreciera voluntario podía contar, con un noventa por ciento de seguridad, son su propia muerte […] Sea cual fuera la intención de la administración del Campo a la hora de buscar voluntarios, el caso es que varios sacerdotes respondieron a la petición […] Del barracón 26 se ofrecieron 10 sacerdotes y otros 10 del barracón 28; todos ellos verdaderos héroes en el sentido más estricto de la palabra. Con la llegada de estos 20 sacerdotes a los barracones de la muerte comenzó una ingente actividad pastoral: quien lo solicitaba podía confesarse, comulgar, recibir los santos óleos e iniciar así el camino del último tramo de su vida con ánimo tranquilo y consolado.” Hasta aquí las palabras del P. Sales Hess.

El sacerdote Otto Pies recuerda que los 20 sacerdotes que se ofrecieron voluntarios lo hicieron “con plena conciencia del peligro que corrían y dispuestos a ofrecer sus vidas.” De los 20 sacerdotes voluntarios, 10 eran alemanes –entre ellos el P. Engelmar- y 10 eran polacos. Como buenos samaritanos, estos sacerdotes voluntarios decidieron ofrecer sus vidas al servicio de los más pobres de los pobres. Como verdaderos mensajeros del cielo fueron recibidos estos sacerdotes en aquellos barracones, infectados de miseria. El P. Engelmar, al ofrecerse voluntario para este servicio de genuina caridad cristiana, realizó la decisión más importante de su vida: se encaminó voluntariamente hacia la muerte por amor a aquellos hermanos suyos. Aquellos bloques infectados de tifus en Dachau se convirtieron en la última parroquia y misión del P. Engelmar.

El sacerdote Josef Witthaut, amigo personal del P. Engelmar y prisionero junto con él en Dachau, comenta así la decisión tomada por el P. Engelmar: “Cada mañana los cadáveres semicubiertos por la nieve evidenciaban la situación en que se encontraban los barracones de la epidemia. Como vecino de dormitorio que fui del P. Engelmar, estoy seguro que él era consciente de lo que hacía.”

Richard Scheider, otro de los sacerdotes que vivió durante cuatro años con el P. Engelmar en el Campo de Concentración de Dachau, escribió el 12 de diciembre de 1979 un informe, basado en los recuerdos que había conservado en sus apuntes. En dicho informe relata el comportamiento del P. Engelmar en aquel lugar de sufrimiento, enfatizando sus dones humanos y morales. Reproducimos la última parte de su testimonio, donde justifica las razones por las que el P. Engelmar puede ser considerado como un mártir de la fe y de la caridad hacia el prójimo: Su celo por las almas se hizo especialmente evidente cuando se declararon las fiebres tifoideas en el Campo. Los barracones abarrotados de gente y la higiene insuficiente fueron la causa de que se produjera la epidemia. Algunos barracones fueron aislados y destinados solamente para los enfermos. Tan alta fue la cifra de mortandad que, después del mes de Diciembre de 1944, los casi mil pacientes de uno de aquellos barracones murieron todos en el espacio de cuatro semanas. Al final ya nadie quería ir a trabajar en los barracones infectados.

 Movidos por tanta miseria, se acercaron a los sacerdotes pidiendo voluntarios, que hasta el momento no habían sido requeridos para este trabajo. Preguntando quién se ofrecería voluntariamente para cuidar de los contagiados por la enfermedad, fueron tantos los sacerdotes que se ofrecieron voluntarios, ya del clero secular así como de entre los religiosos, que el número vino a ser mayor del que era necesario. El P. Engelmar fue uno de ellos. Con grandes muestras de alegría los enfermos les dieron la bienvenida. Tanto católicos como ortodoxos no tenían sino una sola petición: poder recibir los últimos sacramentos. Ahora ya nadie podía frenar al P. Engelmar. Como luego la gente me contó, el P. Engelmar no paraba un momento de atender a los moribundos.

 Utilizando el camino que iba desde la ‘plantación’ al Campo, los sacerdotes que estábamos fuera no dábamos a vasto a la hora de conseguir el suficiente óleo para la unción de los enfermos. Lo mismo nos pasaba con las hostias consagradas, que metíamos en la zona en cuarentena a través de las alambradas de espinos, cuidándonos mucho –como es lógico- de no ser vistos por nadie. Algunas veces se pudo celebrar la Misa, de la manera clandestina, como lo hacían los cristianos cuando eran perseguidos. A través del viñedo, todos en el Campo de Concentración vinieron a saber del celo apostólico y de la compasión del P. Engelmar y del jesuita, P. Lenz, hacia sus semejantes. Ambos se sacrificaron totalmente por los enfermos. Como muchos otros, también ambos quedaron contagiados de la enfermedad y casi al mismo tiempo.

 El P. Lenz salió adelante, gracias a los esfuerzos que se hicieron por salvar su vida. El P. Lenz era muy conocido en todo el Campo y altamente estimado por su celo y compasión, lo que en una ocasión le acarreó el que fuera encerrado durante cuatro semanas en una celda, tan pequeña que solamente se podía estar de pie. Tan pronto como se supo en el Campo que también el P. Lenz había contraído el tifus, la gente empezó a comentar: ‘No puede morirse’. Se extrajo sangre de aquellos prisioneros, que se habían recuperado del tifus, gracias al tratamiento recibido. Con ella se le hicieron transfusiones al P. Lenz, que recibió tanta sangre con anticuerpos, que se recuperó y no llegó a morir.

 Unzeitig, en cambio, no había desarrollado suficientes anticuerpos como para superar la infección. Así él dio rienda suelta a su ardiente fe y amor hacia sus semejantes, sacrificándose por entero hasta morir. Se podría decir, sin muestra alguna de adulación, que el P. Engelmar Hubert Unzeitig fue un mártir: un mártir de la fe, porque por causa de la fe fue confinado en el Campo de Concentración de Dachau y allí alcanzó la muerte, movido por su celo hacia las almas; y un mártir del amor fraterno, porque puso en riesgo su vida al cuidar de aquellos prisioneros en el campo, que no eran considerados como personas, sino simplemente como números.”

Otro sacerdote, prisionero también en Dachau, el P. Johannes Maria Lenz SJ, mencionado en el testimonio anterior, nos ha dejado un importante testimonio de la actividad del P. Engelmar como voluntario entre los enfermos de tifus. Cuenta el P. Lenz: “Los cuidados y servicios realizados eran para el P. Engelmar expresión necesaria y fruto consecuente de su amor sacerdotal hacia el prójimo. De buena gana confesaba a sus pobres y de manera tranquila y bondadosa les repartía consuelo […] El P. Engelmar era un hombre dispuesto a cualquier sacrificio […] Una tarde me avisaron que alguien preguntaba por mí en una ventana de la segunda habitación. Era Engelmar quien llamaba y preguntaba por mí. Ahora no recuerdo bien lo que quería, pero recuerdo que en aquella ocasión Engelmar estaba lleno de alegría y de buen humor. La felicidad de poder realizar su trabajo sacerdotal se reflejaba en sus ojos y en su semblante.

 Algunos días después me mandó llamar de nuevo. Quería óleo de enfermos para sus pacientes moribundos, porque se le había terminado el suyo. Compartí con él del que yo tenía. Pero en esta ocasión su rostro me asustó: la fiebre le brillaba en los ojos y había manchas rojas en sus flacas mejillas. Se mantuvo de pie, un tanto encorvado. Se estrechó su fina chaqueta alrededor de sí, porque le sacudió un fuerte escalofrío. Era todavía invierno, alrededor del 20 de febrero de 1945. Le aconsejé que se cuidara, a lo que me contestó con una suave sonrisa. Creo que no se daba cuenta del estado tan grave en que se encontraba ni parecía darse cuenta que la muerte ya le había echado mano sin remedio. Él quería seguir ayudando todavía a muchos, porque muchos eran los que le esperaban. No pensaba para nada en sí mismo.”

Oficialmente el P. Engelmar junto con los otros 19 sacerdotes empezó a trabajar con los afectados del tifus el 11 de febrero de 1945. De los 20 que se ofrecieron voluntarios, sólo 2 salieron con vida: el dominico P. Leonhard Roth OP y el jesuita P. Johannes María Lenz SJ.

El amor multiplica las fuerzas:

A pesar de tener los días ya contados, el P. Engelmar pudo escribir todavía en las últimas semanas de su vida unas cuantas cartas. Lograr que las cartas salieran del Campo resultaba difícil sobremanera, ya que por aquel entonces los bombardeos de los Aliados eran más frecuentes y agresivos. En estas últimas cartas aparece el mismo P. Engelmar de siempre: hombre espiritual y creyente, amigo bueno y amable, sacerdote celoso y misionero valiente.

La primera carta del año 1945, fechada el 14 de enero, iba dirigida en su primera parte al P. Otto Heberling CMM, su superior en Austria. En ella podemos leer:

 “Ninguno de los ataques aéreos nos ha golpeado. Con la confianza puesta en Dios empezamos el nuevo año, esperando una vez más ser capaces de trabajar por su gloria y por la salvación de las almas.”

 En la segunda parte de la carta, arriba mencionada, dirigida a su familia, podemos leer:

“Desde Navidad estamos soportando un invierno bastante severo con algo de nieve. Y, sin embargo, qué feliz se siente uno cuando, a pesar de todo, los aviones enemigos no le han destruido el techo sobre su cabeza, como últimamente ha ocurrido con frecuencia en Múnich. ¡Ojala la gente diera con el camino que conduce a la paz, al menos internamente, dado que externamente tienen que soportar la situación sin esa felicidad! Con gusto ofreceremos todo y rogaremos a Dios por esta intención a lo largo de este nuevo año. No debemos nunca olvidar que todo lo que Dios nos envía o permite es para nuestro bien. Depende únicamente de nosotros hacer uso de todo ello para la gloria de Dios y para hacer felices a otros. Obrando así, obtendremos de todo ello el mayor de los frutos y la vida se volverá más llevadera.”

En la carta que escribió a su hermana el 28 de enero de 1945 le agradece  los paquetes de Navidad recibidos. Hacia el final de la carta escribe:

“Me encuentro todavía bien, gracias a Dios. También aquí el invierno está siendo bastante severo, con nieve y, algunas veces, con frío intenso, alternando con tiempo más suave. Pero, como te decía, tengo suficiente ropa de invierno, por lo que no me voy a congelar. Por lo demás, continuemos aceptando de las manos de Dios todo lo que Él nos mande en el futuro y ofrezcámosle todo, suplicándole que envíe pronto a la humanidad, tan afligida, la paz que tan ardientemente desea.”

 La última carta que escribió, tal y como se conserva, no lleva fecha ni destinatario. Con toda probabilidad iba dirigida a su hermana Adelhilde Regina, misionera de Mariannhill. Es de suponer que, cuando escribió estas líneas, ya estaba contagiado de tifus, pero nada dice de ello en su carta. Esta carta puede ser considerada como su testamento.

  “También yo me sentí muy feliz al tener, después de tanto tiempo, una señal de vida de tu parte. Quizá todo se deba a que los medios de transporte andan en estos días muy alterados. Sin embargo, esta situación no tiene por qué hacernos perder la calma, ya que nos sentimos bien protegidos en las manos de Dios, como dice San Pablo: ‘En la vida y en la muerte somos del Señor’. ¿Qué serían de todas nuestras actividades, planes y habilidades, si la gracia de Dios no nos condujera y guiara? La gracia del Todopoderoso nos ayuda a vencer las dificultades. En efecto, como dice Santa Felicidad, ‘el Salvador mismo es quien sufre en nosotros y lucha del lado de nuestra buena voluntad por el triunfo de su gracia’. Así, de esta manera, podemos aumentar su gloria, si no ponemos ningún impedimento en el camino de su gracia y nos rendimos totalmente a su voluntad.

 El amor multiplica las fuerzas, inventa cosas, da libertad interior y alegría. El corazón del hombre no puede imaginar ‘lo que Dios ha preparado para los que le aman’. También es cierto y no hay duda de ello que, como si de una fuerte helada se tratara, los hombres tienen que soportar ahora la dureza de la realidad, llena de agitación, prisas, deseos impetuosos, exigencias, divisiones y odios. Pero los rayos cálidos del sol, que es el amor de Dios Padre, son más fuertes y, al final, triunfarán. El bien es inmortal y la victoria debe ser de Dios, aunque a veces parezca tarea inútil extender el amor de Dios en el mundo. De cualquier forma, el corazón del hombre desea el amor y, al final, nada se resiste a la fuerza del amor, con tal de que esté basado en Dios y no en las criaturas. Sigamos haciendo lo posible y ofrezcamos sacrificios para que reinen de nuevo al amor y la paz […] Gracias a Dios, nos mantenemos bien y sanos […] Siempre me acuerdo de vosotros en la oración. Vuestro sinceramente, Hubert.”

 El 20 de febrero de 1945 el P. Engelmar dejó de ser enfermero para pasar a ser un enfermo más en los barracones en cuarentena. Los médicos le diagnosticaron tifus en estado avanzado. Durante aquellos días experimentó una leve mejoría, recayendo enseguida y muriendo el 2 de marzo de 1945. El día antes había cumplido 34 años. El certificado de defunción dice que el prisionero Hubert Engelmar Unzeitig murió el viernes 2 de marzo de 1945, a las 7,20 de la mañana. Fueron sus compañeros sacerdotes los que le atendieron en su enfermedad, le dieron el consuelo de recibir los últimos sacramentos y, ya fallecido, celebraron un Requiem por su eterno descanso.

P. Lino Herrero Prieto CMM

Misionero de Mariannhill

 

 


07
Abr 20

Nota necrológica CMM-Alemania: P. Johannes Chrysostomos (Siegfried) Trummet CMM (28-III-2020)


+ P. Johannes Chrysostomos (Siegfried) Trummet CMM
©   Archivo CMM-Alemania

“Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso.”

(Mt.11,28)

Rogamos oraciones por el eterno descanso de nuestro hermano, el P. Johannes Chrysostomos (Siegfried) Trummet CMM

Ordenación sacerdotal: 16-III-1963.
Nacimiento: 29-III-1934.
Profesión religiosa: 23-IV-1958.

Óbito: 28-III-2020, en Reimlingen.

R. I. P.


07
Abr 20

HISTORIA DE UNA ESPERANZA –La Pasión de María-

Todavía continúa aquella luz mortecina que todo lo envuelve, pero la explanada del Calvario está vacía, todo el mundo ha ido a refugiarse en sus casas, incluida la guarnición romana; sólo unas poca figuras permanecen en escena, los tres crucificados y algunos discípulos de Jesús, incluida su Madre. Ya no se oyen voces vejatorias ni risotadas obscenas, tan sólo el ulular del viento entre las cruces y algunos sollozos entrecortados de las mujeres. En verdad que la Pasión de Jesús ha sido terriblemente dolorosa…; también para los suyos, especialmente cuando fue vista por los ojos de una Madre. Para Jesús ya todo pasó, pues, una vez muerto, ya no sufre más; sin embargo, no podemos decir lo mismo de los que quedan en pie, con sentimiento de orfandad, especialmente de aquel guiñapo de mujer que se retuerce, ahora, de dolor y de impotencia a los pies de la cruz, pues ya no le quedan más lágrimas, aquella cruz le ha quitado todo lo que más quería en el mundo, su Hijo único. Ahora, sólo espera que le devuelvan lo que de Él quedó.

María ha estado preparándose, durante toda su vida, para aquel momento, el de la “Hora de su hijo”, el momento de la Redención, pues sabía que habría de llegar, y se lo ha estado ofreciendo continuamente al Padre por la salvación de los hombres, pero nunca imaginó aquella crueldad extrema con su pobre Hijo. Por muy preparado que se esté, nunca se está lo suficientemente preparado cuando llega el momento, máxime cuando aquel momento desborda toda previsión. Y allí está, ahora, la esclava del Señor, en Ella se ha cumplido plenamente la Palabra que le anunciara el ángel Gabriel, pero a diferencia de su Hijo muerto, que ya no sufre más, para Ella comienza verdaderamente, ahora, “la Pasión de María”, pues para Ella sigue existiendo el dolor, para Ella no se ha cumplido todavía la última Palabra, pues aún queda desenclavar a su Hijo y darle sepultura, y queda terminar la Pascua sin su presencia… ¡Qué largos esos tres días en que El le prometió regresar!…, pero esperará, como sólo el corazón de una Madre sabe esperar, y el Padre se lo devolverá… entonces se cumplirá su Palabra, pues la última palabra no la tendrá la muerte, como todo ahora parece hacerle creer, sino la vida.

Desde Jerusalén llega corriendo José de Arimatea, un discípulo clandestino de Jesús, al que ya no le importa ser reconocido, como tal, abiertamente, pues abandonó el Sanedrín, para no tomar parte en el inicuo juicio perpetrado contra Jesús, y ya no tiene nada que perder, libre de toda atadura humana, incluidas las de la fama y el qué dirán, pues más se deshonraron ellos, haciendo lo que hicieron. Trae consigo a dos obreros con una escalera larga, a los que ha pagado por descolgar los tres cuerpos y dar sepultura, en la fosa común, a los dos malhechores, pues, posiblemente, nadie más lo hiciera. Lleva en la mano el permiso del gobernador Poncio Pilato para descolgar y enterrar el cuerpo de Jesús, pero ya no hay ningún soldado romano allí para entregárselo. Ha comprado, también, un lienzo de lino para envolver su cuerpo y una mixtura de mirra para embalsamarlo, y le ofrece a María la posibilidad de enterrar a Jesús en su tumba, una tumba nueva, hecha para él y su familia, en un bonito jardín, no lejos de allí; para él sería un honor inmerecido y para Ella, una preocupación menos, ahora que está tan afligida… y María, llena de gratitud por toda aquella hospitalidad, acepta.

Comienza, ahora, la difícil tarea del desenclavo del Maestro y María está atenta al menor movimiento de los obreros, para que no se le haga aún más daño a su pobre Hijo. Y cada vez que se le escapa la tenaza a alguno de ellos y lacera con ella su cadáver, es un nuevo dolor añadido. Tampoco deja que se pierda ni una sola gota de la sangre que sigue fluyendo por las heridas del difunto con cada movimiento; José de Arimatea se encarga de esta misión. Finalmente, todo el cuerpo de Jesús queda liberado de la sujeción de los clavos y comienza a ser descendido suavemente, gracias a un gran trozo de lienzo que pasa por debajo de sus axilas. María no permite que su Hijo toque el suelo y lo recibe en su regazo… ¡Cuánto tiempo hacía… ¡desde que Jesús era tan sólo un Niño!, que no lo cogía en su regazo! ¡Tan lleno de vida entonces y tan lleno de muerte ahora…!

 

María va recorriendo con sus manos el cuerpo inerte de Cristo, limpiando y besando cada una de sus heridas, como cuando de pequeño le limpiaba y le besaba “las pupas” que se hacía jugando, pero, ahora, su Hijo no curará y sus heridas no cerrarán con los besos de su Madre… Ella bien lo sabe, pero sigue besándole, sin importarle nada más… El tiempo, para Ella, ha dejado de existir… Y mientras limpia y besa sus infinitas heridas, le canturrea una canción, quizá sea una nana, a su Hijo “dormido”, para que pueda descansar, ahora que su Mamá está allí y todo lo malo ha pasado… Su Hijo ha estado lejos de Ella por tres largos años y ahora no se irá; ahora es su turno y nadie le impedirá consolarlo… Ella le dará todo el cariño que los hombres no le han sabido dar; y sigue besando heridas, limpiando sangre, salivazos y otras inmundicias de su pobre y rota piel. Parece que haya enloquecido de dolor, pero no es verdad… Es tan sólo el amor extremo de una Madre ante su Hijo muerto.

De repente, su pequeña mano de mujer se cuela hasta la muñeca, sin querer, en la herida del costado; imposible describir con palabras la cara de sorpresa y desolación de María en aquel momento, ante aquel macabro descubrimiento, pues le ha parecido tocar el corazón roto de su Hijo a través de las costillas. Ahora sí que las lágrimas acuden nuevamente a sus ojos, mientras estrecha contra sí el cuerpo de su querido Hijo y lo mece, impotente, como cuando era Niño, gimiendo y llorando desconsoladamente. Parece que estuviera haciendo visibles, a cuantos la rodean, las palabras del Libro de las Lamentaciones: “Venid y ved si hay dolor semejante al mío” (cfr. Lam.1,12).

José de Arimatea comprende muy bien a María y le gustaría dejarla tranquila con su Hijo todo el tiempo que fuera posible, pero está muy inquieto, porque atardece y se aproxima la hora del descanso sabático, en que ya no se podrá hacer nada sin quebrantar la Ley del Sabbath. Su tumba no queda muy lejos, pero todavía hay que trasladar el cadáver, embalsamar el cuerpo, rodar la pesada piedra de la entrada y volver a casa, y ya van muy justos de tiempo. Así se lo hace saber a Juan, para que le ayude a arrebatarle a María el cuerpo de Jesús, ya que Esta no quiere ni separase de su Hijo ni que se lo entierren, pues dice que resucitará, que El lo ha dicho y que Ella cree en su Hijo, y lo sigue abrazando y meciendo entre sus brazos, entre sollozos y gemidos, sin importarle nada más, ni siquiera el Sabbath, pues “lo antiguo ha pasado y lo nuevo ha comenzado”…  ¡También Jesús lo había dicho!

María se siente sola, sola sin José y sola sin Jesús… Ya sólo le queda la “fe”, pues sigue creyendo en el Padre y, lejos de revelarse contra Él, todavía es capaz de decirle: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra” (Lc.1,38)…; y la “esperanza”, pues espera contra toda esperanza ver, otra vez, a su Hijo Jesús vivo, tal como El lo prometió: “Al tercer día resucitaré”…; y el “amor”, pues quiere amar, por amor a su Hijo, a todos aquellos que Jesús le encomendó y…, afortunadamente, también le queda el “perdón”, sin el cual es imposible el amor.

Perdón, no para Juan y Magdalena, pobrecillos, bien fieles han sido, sino para todos aquellos que tan insidiosamente le condenaron y tan cruelmente lo mataron, aunque Jesús dijera que no sabían lo que hacían… y, también, para todos aquellos, sus discípulos, los cobardes, los huidos, que por miedo le negaron y abandonaron cuando más les necesitaba y, muy especialmente, para el pobre e impulsivo Pedro, que, en su debilidad, le negó tres veces, aunque tuvo el valor de seguirle en la distancia hasta meterse en la boca del lobo, y que ahora estará deshecho en lágrimas en cualquier rincón… ¡Ay! Si Judas hubiera sido más humilde y hubiera llorado su traición en lugar de desesperarse… ¡Qué no hubiera perdonado una Madre!… y, a fin de cuentas, su traición fue el detonante de la Redención, pero su soberbia lo llevó a la desesperación y la desesperación al suicidio y el suicidio, sin perdón, a la eterna condenación, convirtiéndose para siempre, aquel al que Jesús tanto amó y al que tantas oportunidades dio, en el “hijo de perdición”.

María es sacada de sus reflexiones y apremiada una vez más a levantarse para poder enterrar a Jesús; no es que a Ella le guste hacerse de rogar, siempre tan diligente en todo y con todos y procurando no dar molestias a nadie, pero es superior a Ella, necesita imperiosamente recuperar esos tres largos años en que ha estado sin su Hijo, preocupada con las escasas y confusas noticias que de Él le llegaban e imaginando el resto en su corazón de Madre, y recuperar, también, esos tres largos días que aún habrá de estar sin Él hasta que resucite; además, algo en su instinto materno la empuja a retrasar, lo más posible, el momento de dejarlo solo, encerrado en una lúgubre y fría tumba… Y, mientras lo abraza, su cabecita sigue dando vueltas a todas las zozobras y angustias de aquel día, que han quedado para siempre, grabadas a fuego, en su lacerado corazón: ¿Cómo puede quedar oculto en una tumba, rodeado de tinieblas, Aquel que es “Luz de Luz” y “Luz del mundo”, cuando su Luz fue encendida, precisamente, para dar luz y calor a todos los de casa?, ¿cómo puede la oscuridad vencer al “Autor de la Luz” y la muerte al “Autor de la Vida”, a Aquel que decía de sí mismo: “Yo soy la Resurrección y la Vida”?, ¿cómo pudo aquel “Torrente de Agua Viva” decir, en la cruz, que tenía sed?, ¿cómo pudo manar tanta agua, después de la lanzada, como aquel torrente que salía del lado derecho del templo?, ¿cómo pudo recibir vinagre y hiel quien fue capaz de convertir el agua en vino, por el bien de unos novios?, ¿cómo pudo…

Y Magdalena, que, más que nunca, es una hija para Ella en estos momentos de dolor, la llama por su nombre y la besa con toda la dulzura posible: “María…, María… ¡Madre!…” y, entre zalamerías y caricias, intenta convencerla, una vez más, con todo el cariño del mundo, de la urgencia y necesidad de levantarse ya de allí y dar sepultura a Jesús, conforme dicta la Ley de Moisés, antes de que sea demasiado tarde para hacerlo, pues el Sabbath se echa encima a pasos agigantados. Y María, con un gran desgarro interior, cede ante la evidencia y llora desconsolada, abrazada a Magdalena, mientras los hombres se llevan el cuerpo de su Hijo en unas parihuelas improvisadas, hechas con el lienzo del descendimiento. María trata de seguirles, avanzando tan rápido como puede, pues quiere hacer Ella misma todas las tareas de embalsamar a su Hijo, pero no puede, está exhausta después de tanta angustia y de tanto sufrimiento; la espada de Simeón, tan hondamente clavada en su alma, es un peso excesivo para Ella, y Magdalena tiene que cargar con María y con su espada de dolor, de la misma manera que el Cirineo tuvo que cargar con el peso excesivo de la cruz de Jesús, pocas horas antes.

 

¡Es realmente bello el lugar donde está escavada la tumba del de Arimatea! Es un jardín frondoso y bien cuidado, con palmeras y plantas exóticas y fragantes, traídas de lejos. No debe existir en toda Judea un rincón tan encantador y delicado como aquel; un rincón que le ayudará a María a mitigar el dolor de la separación, cuando recuerde a su Hijo reposando en tan bello lugar… Los hombres ya han llegado a la tumba y han depositado el cuerpo inerte de Jesús sobre la mesa de piedra de los embalsamamientos, dispuestos a comenzar en seguida su labor, pero advierten que ya es muy tarde y que no dará tiempo a realizar el ritual completo; tendrán que conformarse con hacer lo fundamental y volver, pasado el Sabbath, a terminar su tarea. Poco después llegan las dos mujeres, exhaustas, a las que se les hace saber la decisión tomada, aquello supone un nuevo sufrimiento para María, que ni siquiera puede sepultar debidamente a su pobre Hijo; pero, resignada, acepta aquel nuevo contratiempo y le ofrece a Dios un nuevo sacrificio.

Rápidamente, envuelven el cadáver de Jesús en la larga tela mortuoria y aseguran la mortaja con tiras de tela que anudan en diversos sitios. Ni siquiera lo depositan en un nicho, pues la idea es volver lo antes posible a terminar el trabajo. María se apoya en aquel bulto que es ahora su Hijo, se tapa los ojos con la mano derecha, en señal de oración, y empieza a entonar un salmo a Dios; todos la imitan. Después, es preciso arrancarla de allí. En su dolor, María no entiende que deba dejar a su Hijo tan pronto, pero nuevamente, la insistencia y la ternura de Magdalena obran maravillas con aquella pobre Madre y, finalmente, los hombres pueden rodar la piedra de la entrada y todos regresan a la ciudad, camino del Cenáculo. Nada más irse, una guarnición de soldados herodianos procedente del Templo, que ha estado oculta aguardando, instala allí su campamento, para evitar que nadie se acerque a la tumba, y han sellado la piedra para que nadie la mueva, pues también recuerdan la promesa del Nazareno de resucitar al tercer día y no quieren que ningún discípulo listillo le dé cumplimiento, robando el cuerpo de su Maestro y anunciando, después, que ha resucitado… Aunque, a decir verdad, en su abatimiento, ningún discípulo recuerda ya que Jesús prometiera tal cosa… ¡Sólo María!

María está sumida en el dolor de no poder estar más tiempo con su Hijo muerto, porque el sábado, día de reposo absoluto para los judíos –pues dice la Escritura, “al séptimo día de la Creación, Dios descansó de todo lo creado” (Cfr. Gen.1)-, se estaba echando encima con las últimas luces del ocaso, ya pronto se vería la primera estrella que indicaría el comienzo del Sabbath. Además, el tremendo ruido producido por la enorme piedra del sepulcro al rodarse, al igual que el sonido seco que produce la primera palada de tierra sobre el ataúd del ser querido, que siempre retumba en el alma y aviva nuestra conciencia de la pérdida sufrida, devolvió a María a la cruda realidad y María, agotada, se derrumbó… Su Hijo resucitaría, sí, pero tres días eran demasiado tiempo y no podría aguantar mucho más, pues se sentía morir de dolor… y la única verdad era que, ahora mismo, su Hijo estaba muerto, ahora mismo ya no tenía más Hijo, ahora mismo ya no podría abrazarlo ni besarlo ni mover aquella piedra para recuperarlo, ahora mismo… Magdalena, nuevamente abrazó a María y con dulzura, la consoló.

El camino de regreso al Cenáculo transcurrió sin novedad. La ciudad no estaba lejos y, cuando llegaron a la casa, las otras mujeres, que esperaban ansiosas y angustiadas su regreso, pues llevaban todo el día fuera de casa y estaban intranquilas por ellos, abrazaron a María con vehemencia en cuanto la vieron y también a los demás, llorando a lágrima viva; pero María se hizo fuerte y las estuvo consolando y confortando a todas, como si el Hijo muerto fuera el de ellas y no el propio. Cuando todos se hubieron repuesto de la excitación del encuentro, comenzaron a sonar las novedades. María no tenía fuerzas para contar todo lo sucedido, por lo que Juan y Magdalena fueron contando los dramáticos sucesos que habían presenciado, deteniéndose más en la muerte y el entierro del Señor. María tan sólo escuchaba, asentía y suspiraba.

Entonces hablaron las otras mujeres, diciendo que, a lo largo de la tarde, algunos apóstoles habían ido regresando, a escondidas, al Cenáculo y que estaban completamente abatidos y en un estado de lamentable abandono, en la sala de la Cena, tirados por el suelo, apoyados en las paredes, sin hablarse entre ellos, con rostros huraños, miradas perdidas y llorando la mayor parte del tiempo, sin querer comer ni beber, reprochándose lo sucedido: su cobardía, el haberse dormido, el no haber defendido al Señor ni haberse dejado apresar con El, el haber huido… ¡Con razón dijo Jesús que sus discípulos ayunarían cuando les arrebatasen al novio!… El último en regresar había sido Pedro, que acababa de llegar hacía un rato, con el rostro desencajado, los ojos enrojecidos de haber llorado todo el día, hundido por la culpa y ahogado en llanto. De Tomás nada se sabía, seguía en paradero desconocido, y Judas ya no volvería más, pues habían encontrado su cadáver, con una soga alrededor del cuello. María no se hace esperar, recupera la diligencia de siempre y se dirige hacia la sala de la Cena, donde están los abatidos apóstoles de su Hijo y, al abrir la puerta, contempla un cuadro dramático: ya no son más los altivos discípulos de su Hijo, que se comían el mundo con los milagros que hacían y que iban a todas partes, a la sombra de su Hijo, recibiendo los elogios y las adulaciones que su Hijo rechazaba y que a ellos les hacían sentirse tan distinguidos, que incluso porfiaban entre ellos para ver quién sería el primero y el más importante de todos en el Reino de los Cielos y el sucesor de su Hijo, cuando Éste muriera… ¿Ruindad, ignorancia, mezquindad… o tan sólo el pecado y la debilidad humana?

¡Quién les vio y quien les ve!… Cada apóstol llora, ahora, su miseria, aislado del resto de sus compañeros, tirado por los suelos en un rincón. Se han convertido en gente sin esperanza y sin consuelo; hombres rotos, deshechos, destruidos, que gimotean como niños… Realmente son “como ovejas sin Pastor”, pues muerto el Maestro, herido de muerte el Pastor, se ha dispersado su rebaño, a pesar de que estos pobres corderos, encerrados en su propia tragedia, hayan acertado a reunirse aquí. Ya nadie quiere ser el primero ni el más importante ni el heredero del reino, ya no quieren poder ni prestigio, sus sueños de grandeza se han esfumado. Ya sólo saben que no saben vivir sin Jesús, ojalá que El estuviera allí, pero El no volverá, ha muerto… ¡muerto!… y eso les causa una terrible angustia y un hondo pesar, pues, en ellos, ya no hay atisbo de esperanza, viven la desolación de la muerte; su mente está embotada y no recuerdan, para nada, la promesa del Maestro de resucitar al tercer día, tal vez nunca la entendieran y la rechazaron por absurda, yendo a lo práctico y palpable del aquí y ahora.

María siente lástima por todos ellos y, súbitamente, comprende su misión en esta hora de dolor, sabe que debe olvidarse de su dolor de Madre y de sus propias heridas, para abrirse al dolor y las heridas de aquellos otros hijos que ahora la necesitan; algo que no ha parado de hacer, desde entonces, por cada uno de nosotros, pobres discípulos de su Hijo, a través de los tiempos y de la geografía del mundo. Y se va acercando a cada uno de ellos, les llama por su nombre, les acoge, les escucha, les perdona y quedan reconfortados; especialmente Pedro, a quien el pecado de su triple negación le está destruyendo y a quien el perdón de la Madre le saca de su hundimiento y le abre nuevamente a la vida. Después les reúne en torno a sí y con dulzura les repite la promesa del Salvador de resucitar al tercer día, pero es inútil, no entienden nada, no esperan nada; alguno, incluso, vuelve a su abatimiento.

¡Es el momento de dejar de hablar y de ponerse a orar!… María vuelve a su cuarto, cierra la puerta, y adopta la misma postura de la noche anterior, con la cara entre las manos, apoyada en su cama. Apenas ha probado bocado y no lo probará… ¡Qué sola se siente siendo la única que cree y espera, todavía, con fe y contra toda esperanza, en la resurrección de su Hijo!… Aunque todo la invite a “tirar la toalla” y a reconocer que todo acabó allí, tras aquella pesada piedra, en el interior de aquella lúgubre tumba;… pero de ahí a creer que jamás tuvo un Hijo y que ese Hijo jamás fue el Mesías, sólo hay un paso… Debe resistir firme en la fe y orar, orar con fuerza… ¡Ojalá acelerara, con su oración, la resurrección de su Hijo, para que los suyos crean, para que el mundo crea, para que la humanidad se salve. Y así, la noche, primero, y el alba, después, la sorprenden en aquella postura y en aquella oración. María: “Intercesora ante el Padre”, “Auxilio de los cristianos”, “Mediadora de todas las gracias”. Y con el primer rayo de la aurora que se filtra por su ventana, entra Jesús en su cuarto, glorioso, resucitado, majestuoso, bellísimo… y, apoyando su mano sobre la cabeza de su Madre, le dice con cariño: “¡Mamá!”

+ Salamanca, 26 de Marzo de 2010.

  1. P. Juan José Cepedano Flórez, CMM.

© Todas las imágenes han sido tomadas de Internet;

mayormente, de La Pasión, de Mel Gibson.

 

 

 

 


17
Mar 20

La gramática del Beato Engelmar (2 de Marzo de 2020)

I

             Se cumplen hoy 75 años de la muerte del Beato Engelmar Hubert Unzeitig. Este sacerdote y misionero de Mariannhill murió a la edad de 34 años en el Campo de Concentración de Dachau [Alemania]. Allí estuvo confinado casi cuatro años. Por fuera, era el prisionero número 26.147; pero por dentro, un fiel religioso, un celoso sacerdote, un valiente misionero y todo un gigante de la caridad cristiana.

Terminó sus días en coherencia con la que había sido la tónica de su existencia, ofreciéndose voluntario para atender a los enfermos, víctimas de una epidemia de tifus. En pocas semanas contrajo él la enfermedad y, amaneciendo el 2 de marzo de 1945, moría de tifus el que había ayudado a tantos moribundos a bien morir.

El Beato Engelmar había nacido el 1 de marzo de 1911 en Greifendorf, hoy República Checa. Queriendo ser misionero, ingresó en 1934 en el noviciado de Mariannhill en Holanda. Después de realizar los estudios de filosofía y teología en Würzburg [Alemania], fue ordenado sacerdote el 6 de agosto de 1939. Sus cenizas, que salieron providencialmente del Campo, reposan en la iglesia de Mariannhill en Würzburg.

II

El día de nuestro bautismo recibimos de Dios dos llamadas o vocaciones. A saber: a la santidad y a la misión.

¿Cómo vivir estas dos llamadas? ¿Con qué talante hemos de llevar a cabo las implicaciones de ambas vocaciones? ¿Cuáles serían las notas características de su puesta en práctica? ¿Cuáles, en definitiva, serían las reglas de su gramática?

En la Exhortación Apostólica Gaudete et Exultate enumera el papa Francisco un conjunto de tales notas y reglas, refiriéndolas a la santidad. Pero, bien miradas, esas notas y reglas no se aplican únicamente a la santidad, sino que también han de caracterizar el modo cómo realizar la tarea misionera.

Sin pretender ser exhaustivo, paso a enumerar algunas de ellas, destacando, a la par, cómo las vivió el Beato Engelmar y cómo él puede venir a ser para todos nosotros un modelo a imitar en todo ello.

III

1.- AGUANTE (Cfr. GE 112): El santo/el misionero no es un flojo; al contrario, ha de saberse cimentado en la roca de Dios, quien posibilita salir airoso de las tempestades.

El 18 de Julio de 1943 el Beato Engelmar escribió: “Ninguno tenemos morada permanente aquí en la tierra. Todos buscamos nuestra casa eterna, que está en el cielo. ¡Cuántos son los que ahora han quedado sin hogar en el frente el Oeste! Los acontecimientos de cada día nos hablan de forma poderosa acerca de lo transitorio de las cosas de la tierra y de las invitaciones que Dios nos hace para poner toda nuestra esperanza en Él, conformando todos nuestros pensamientos y deseos con su voluntad y alabándole, en las alegrías y en las penas, por su gran amor”.

2.- PACIENCIA (GE 174, 225): El santo/el misionero no es un inestable; al contrario, ha de vivir los tiempos de Dios, evitando imponer a Dios y a los demás ritmos que nacen de la ansiedad.

En una carta del 5 de Abril de 1942 el Beato Engelmar escribió: “Vuelve Dios a hablar en la hora presente con un lenguaje muy claro, mediante signos y portentos, asegurando que no abandona a aquellos, que ponen en Él su confianza. Incluso los enemigos – así me lo ha contado Walter [su seudónimo] – tienen que admitir que, cuando los fieles se encuentran en necesidad, si rezan, son escuchados. Por eso, ¡valor y confianza! Walter [su seudónimo] sería capaz de escribir un libro acerca de todo ello”.

3.- MANSEDUMBRE (Cfr. GE 116): El santo/el misionero no es un protagonista acaparador; al contrario, ha de ser consciente que, en el servicio de Dios, pisar de puntillas deja una profunda huella.

En vísperas de su primera Navidad en reclusión, el 15 de Diciembre de 1941, el Beato Engelmar escribió a sus suyos: “Lo que, a veces, nos parece una desgracia se convierte, a menudo, en la más grande de las fortunas… No nos deberíamos sorprender, si Dios nos quita de nuestras manos cosas, que nos son muy queridas y preciosas. Con todo, lo que de verdad importa, más que la felicidad, es saber que Dios, fuente de toda bendición y paz, está en nuestros corazones”.

4.- HUMILDAD (Cfr. GE 118): El santo/el misionero no es soberbio; al contrario, ha de aprender que para lograr ser humilde ha de aceptar la conveniencia de ser humillado.

El 5 de Abril de 1942 el Beato Engelmar escribió: “Así como Cristo alcanzó la gloria por medio del sufrimiento y de la cruz, así también nosotros. Al igual que Él se ofreció por nosotros, así también nosotros, por los sufrimientos presentes, podemos ayudar para que sean muchos los que alcancen la felicidad eterna”.

5.- ALEGRÍA (GE 122): El santo/el misionero no es un amargado, que camina con los hombros caídos; al contrario, con talante positivo ha de ir aportando razones para vivir esperanzados.

El 4 de Julio de 1943 el Beato Engelmar escribió: “¡Qué dulce resulta todo, cuando uno lo hace por agradar a otro! A uno le faltan palabras para expresar lo bueno y agradable que es servir a Dios, dándole gracias por cada cosa, sea alegre o dolorosa. ¡Qué fácil resulta todo, cuando uno obra buscando ofrecer consuelo y ayuda a los otros en su necesidad! El desconcierto surge cuando uno experimenta su propia miseria e indignidad; pero yo confío plenamente en que Dios es feliz, aunque sólo sea viendo mi buena voluntad”.

6.-  AUDACIA (GE 130): El santo/el misionero no es un apocado; al contrario, ha de implicarse en el servicio del Evangelio, consciente que se va a complicar la existencia.

Todavía no llevaba un año confinado en Dachau, el 25 de Enero de 1942, el Beato Engelmar escribió a los suyos: “Donde quiera que uno se encuentre, siempre contará con oportunidades para ir adquiriendo experiencia y desarrollar nuevas ideas… Todavía me queda un largo camino por recorrer para llegar a ser otro Cristo; es decir, un pastor de almas como él”.

7.- FERVOR (GE 138): El santo/el misionero no es un funcionario; al contrario, urgido por la caridad de Cristo, ha de inflamar todo lo que se encuentra a su paso.

El 14 de Noviembre de 1943 el Beato Engelmar escribió: “Pido por las intenciones de todos aquellos, que, extendidos por toda la Iglesia, trabajan por el Reino. Ello me proporciona un continuo aliento apostólico, haciendo que el horizonte de mi mirada se amplíe. De tal forma que uno puede venir a ser un activo misionero, aunque no esté en misiones; porque, en definitiva, sólo la gracia de Dios puede convertir a otros”.

8.- CONTANDO CON LA COMUNIDAD (GE 140): El santo/el misionero no es un francotirador, que va de sobrado; al contrario, sabe bien que el éxito de la empresa depende del apoyo de la comunidad cristiana.

El 28 de Junio de 1942 el Beato Engelmar escribió: “Un soldado de Cristo, como así lo hace todo auténtico soldado, cumple con su deber, incluso aunque tenga el corazón herido y su paso sea vacilante… Estoy convencido de que si Dios tiene alguna tarea pensada en el futuro para Walter [su seudónimo], le protegerá, incluso si sus mismos familiares ya no le puedan ayudar… Lo que Dios haga siempre está bien hecho, como dice la letra de una popular canción religiosa alemana. Seguro que algunos de sus compañeros habrán ya dado el paso hacia la eternidad. Dios ha aceptado el sacrificio de sus vidas. Sea alabada su santa voluntad”.

 9.- APOYADO EN LA ORACIÓN (GE 147): El santo/el misionero no es un creído y un prepotente; al contrario, sabe dónde está la fuente viva que aporta sentido y energía a sus desvelos.

A las pocas semanas de haber sido confinado en Dachau, el 7 de Septiembre 1941, el Beato Engelmar escribió a su familia lo siguiente: “Intento aprovechar el tiempo lo mejor que puedo, a fin de avanzar en perfección espiritual y religiosa. En mi plan de vida la oración y la penitencia ocupan un lugar muy destacado”.

10.- LISTO PARA EL COMBATE (GE 159): El santo/el misionero no es un ingenuo insensato; al contrario, sabe que su lucha tiene tres frentes: el mundo, la carne y el demonio.

El Beato Engelmar escribió el 22 de Marzo de 1942: “Dios ha tenido a bien colocar a Walter [su seudónimo] en un retiro un tanto especial, en sintonía con la grandeza y la urgencia de los tiempos. Por otra parte, él ya está acostumbrado a la disciplina militar; además, milicia es la vida del hombre sobre la tierra. Ahora todos ven con claridad, incluso aquellos que no lo querían aceptar, que no solo el coraje y la valentía, sino también la paciencia y la serena perseverancia son grandes virtudes. De momento, él puede todavía darse por satisfecho”.

11.- EN ESTADO DE DISCERNIMIENTO (GE 166): El santo/el misionero no es un superficial inconsciente; al contrario, porque sabe que las apariencias engañan, por eso vive en estado de discernimiento.

En una carta escrita el 15 de Agosto de 1943 el Beato Engelmar dice: “Reconozcamos cómo Dios va llevando adelante todas las cosas. Dios siempre hace todo bien… En efecto, Dios no necesita de nosotros.

Él sólo espera nuestro amor, nuestra entrega y nuestro sacrificio. De esta manera, yo también espero ser de alguna ayuda a las innumerables personas que se han quedado sin hogar, a los necesitados y desesperados, especialmente aquellos que están en las ciudades que han sido más castigadas. Estoy convencido de que Dios nos ha sacado del trabajo pastoral en vanguardia, a fin de que nosotros, como si de una multitud ingente de orantes se tratara, imploremos de Dios, mediante la oración y el sacrificio, la gracia y la misericordia para nuestros hermanos y hermanas que están fuera de aquí”.

 12.- CUIDANDO LOS DETALLES (GE 144): El santo/el misionero no se pierde en generalidades estériles; al contrario, sabe que debe bajar a la arena de la vida diaria la riqueza de sus convicciones.

Unas semanas antes de su muerte, el 14 de Enero de 1945, el Beato Engelmar escribió: “En nuestras manos está buscar en todo la gloria de Dios y hacer felices a los demás. Obrando así, conseguiremos la más grande de las recompensas y la vida se tornará más llevadera. Con esta intención hago uso de los bienes que recibo, enviados por mis seres queridos a nuestra reclusión compartiéndolos con otros; ya que no todos tienen la suerte de recibir algo”.

IV

Queridos hermanos: Hemos repasado, de la mano del papa Francisco, las reglas de aquella gramática, aplicables tanto a la vivencia de la vocación a la santidad así como a la llamada a la misión, que todo bautizado estaría comprometido a guardar. Y lo hemos hecho mirando al Beato Engelmar, para aprender de él cómo ser santos y misioneros. A él, que nos ha dado el ejemplo, nos encomendamos para que nos ayude en este empeño y en todas nuestras necesidades. Así sea.

P. Lino Herrero Prieto CMM

Misionero de Mariannhill


17
Mar 20

Emoción y Contento. Ordenación sacerdotal del P. José Ferney Aragón Brinez CMM, primer misionero de Mariannhill colombiano

Desde el pasado 14 de Diciembre de 2019 la Congregación de los Misioneros de Mariannhill cuenta con el primer sacerdote colombiano. La ordenación del ahora P. José Ferney Aragón Brinez CMM de manos del Obispo de la Diócesis de Granada, Mons. José Figueroa Gómez, tuvo lugar en la Iglesia de San Isidro del Ariari (El Meta/Colombia), pueblo natal del nuevo sacerdote.

“¡Qué EMOCION poder ver cómo a uno le hacen cura!”, lo decía uno de los que acudieron a la celebración, antes del comienzo de la misma, y lo coreaban muchos de los que participaron a la ordenación del, ahora, P. José Ferney Aragón Brinez CMM, en la Iglesia de su pueblo, San Isidro del Ariari, pequeña y bella población situada en los Llanos Orientales de Colombia, en el Departamento de El Meta.

La emoción era fuerte y contagió, aunque por diversos motivos, a todos los participantes. Fueron muchos los factores que contribuyeron para que esta celebración se pudiera celebrar. En primer lugar, el deseo de José de ser ordenado en su pueblo natal, donde vive toda su familia. En segundo lugar, la disponibilidad de Monseñor José Figueroa Gómez, Obispo de Granada, diócesis a la que pertenece el pueblo del nuevo sacerdote. En tercer, la buena disposición del párroco, la plena conformidad de la familia de sangre del P. José y de la Familia de Mariannhill. Por último, hasta los fenómenos climatológicos se aliaron para que el tiempo fuera de lo más agradable.

En un ambiente sencillo y familiar, digno y solemne, se desarrolló la ceremonia de Ordenación, que comenzó con la puntualidad adecuada. La entrada procesional en la Iglesia, encabezada por los monaguillos, seguida por el que iba a ser ordenado, acompañado por madre y hermana, y por los sacerdotes de la diócesis de Granada y de la Congregación de Mariannhill, que precedían al señor Obispo, elevó el nivel  emocional de la gente que llenaba el templo.

La ceremonia recuperó el ambiente de sencillez y cercanía cuando el Señor Obispo saludó a la gente de una forma tan sencilla, que hizo que todos se sintieran, no solo como meros espectadores, sino como activos participantes. En la homilía, el Obispo marcó muy claro lo significativo del sacerdote: ser un servidor fiel a Dios, humilde consigo mismo y generoso con todos los demás.

Aquello que dijo en Obispo en su homilía la gente lo fue entendiendo cuando José se postraba en el suelo para el canto de las Letanías de los Santos. El Obispo lo explicaba diciendo que para ser fiel a Dios hay que morir a uno mismo, para levantarnos luego, dispuestos a morir por los demás, y para ello suplicar la ayuda de Todos los Santos. Las lágrimas corrían por las mejillas de muchos mientas todos respondían a las invocaciones de los Santos con un fuerte Te rogamos, óyenos.

La imposición de las manos sobre el ordenando, primero por el Obispo y después por los sacerdotes, elevó aún más la emoción, habiendo oído al Obispo decir que ese era el momento cumbre de la ordenación, cuando José se convertía en sacerdote. El silencio de ese momento era tan profundo que, como alguien dijo después, se podía sentir la bajada del Espíritu Santo. La imposición de las vestiduras al nuevo sacerdote, la unción de las manos con el Santo Crisma, la entrega del cáliz y la patena, seguido del abrazo dado al nuevo sacerdote por el Obispo y demás sacerdotes, rompió la emoción de muchos en llanto y en contento de todos.

Al final de la ceremonia, José nos recordó, desde su sencillez y humildad, que si había llegado a este punto era por haber creído en Dios y porque la gente de su familia, de su pueblo, sus formadores y otros, que le vieron crecer, habían creído en él.

A todos ellos, quiso José agradecérselo con unas palabras. La emoción dificultó la pronunciación verbal de las mismas, pero todos oyeron aquellas palabras, que salían del corazón de José, y respondieron con un fuerte y largo aplauso.

La gente aprendió no solo como uno se hace cura, sino que se dieron cuenta de que, sin saberlo, ellos también habían ayudado a José a llegar a ser cura y eso les llenó de CONTENTO y lo siguieron celebrando con mucha alegría.

P. David Fernández Díez CMM

© Fotos: Archivo CMM-Colombia

El Obispo, Mons. José Figueroa Gómez, impone las manos sobre el neo sacerdote de Mariannhill, P. José Ferney Aragón Brinez CMM.

El Obispo, Mons. José Figueroa Gómez, unge las palmas de las manos sobre el nuevo sacerdote de Mariannhill, P. José Ferney Aragón Brinez CMM.

El nuevo sacerdote, P. José Ferney Aragón Brinez CMM, posa junto al Obispo que le ha ordenado, Mons. José Figueroa Gómez, y junto a los tres sacerdotes de Mariannhill que le acompañaron: Los PP. Alexander Musau CMM, David Fernández Díez CMM y Wenceslaus Kwindingwi CMM.

El Obispo, Mons. José Figueroa Gómez, y el Superior de Mariannhill en Colombia, P. David Fernández Díez CMM, junto a la madre del nuevo sacerdote, P. José Ferney Aragón Brinez CMM.

Y después de la celebración religiosa a disfrutar del asado de carne, preparado al estilo llanero.


09
Mar 20

TRIDUO AL BEATO ENGELMAR UNZEITIG CMM Y DOCUMENTAL SOBRE SU VIDA


© P. Juan José Cepedano Flórez CMM

Las celebraciones comenzarán con la proyección del DOCUMENTAL sobre la vida del Beato Engelmar, el jueves, 27 de Febrero, a las 19.00 h., en el salón de reuniones de los Misioneros de Mariannhill (C/Los Zúñiga, nº 2).

El triduo al beato Engelmar Unzeitig CMM tendrá lugar del 28 de Febrero al 1 de Marzo de 2020, en la Capilla de los Misioneros de Mariannhill de Salamanca (C/Los Zúñiga, nº 2), con el título “Tres ingredientes de un mártir de la caridad”:

– Día 1º: El AMOR.

– Día 3º: El SACRIFICIO.

– Día 2º: La ENTREGA.

El triduo comenzará todos los días a las 20.00 h. (a excepción del Domingo, 1 de Marzo, que lo hará a las 11:00 h. de la mañana) y consistirá en la celebración de la Eucaristía, con homilía sobre el tema de cada día.

El lunes, 2 de Marzo, memoria del Beato Engelmar Unzeitig CMM, la Misa se celebrará en la iglesia de San Marcos, a las 20:30 h.

¡Quedan todos cordialmente invitados!


09
Mar 20

Nota necrológica CMM-Papua-Nueva Guinea: Diácono Daniel Apas CMM (11-II-2020)


+   Diácono Daniel Apas CMM
©  Archivo CMM-Papúa-Nueva Guinea

“Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas.”

(Jn.12,49)

Rogamos oraciones por el eterno descanso de nuestro hermano, el Diácono Daniel Apas CMM.

Nacimiento:30-VI-1973.
Profesión religiosa: 2-II-2000.

Ordenación diaconal: 2004.
Óbito: 11-II-2020, en Lae.

R. I. P.

 

 

 


09
Mar 20

Dios nos llama por nuestro nombre. Una canción al Beato Engelmar Unzeitig CMM


Beato Engelmar / Fiel a su llamado
© Juan José Cepedano Flórez CMM

– Link del video de Youtube: A song for blessed Engelmar Unzeitig CMM: 

https://www.youtube.com/watch?v=SfX3d8ln058

 – Link del vídeo en Gloria TV: A song for blessed Engelmar Unzeitig CMM:

https://gloria.tv/post/Xiwnq7DLAbVm2Jpm99xK7RjHR

Letra y música: P. Alfonso Voorn CMM.

Traducción: P. Juan José Cepedano Flórez CMM.