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Feb 21

Oracionales Familia Mariannhill Nº 58

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Revista Familia Mariannhill Nº 198

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HISTORIA DE UNA VÍA… DOLOROSA

Queridos lectores:

Con la imposición de la ceniza en nuestras cabezas, inauguramos el Tiempo de Cuaresma, como preparación al Triduo Pascual; y como parte de las prácticas de este período litúrgico, restauraremos, una vez más, esa devoción de todo el año, pero marcadamente cuaresmal, del rezo del Santo Viacrucis, meditando y acompañando a Jesús, por las callejas de Jerusalén, desde el Pretorio romano, en la Torre Antonia, hasta la cima del Calvario, sita, en aquel entonces, a las afueras de Jerusalén, al acompañarle, en meditación y en oración, a través de las diferentes estaciones, que narran su Pasión y muerte en la Cruz, que nos dio Nueva Vida.

Muchas veces me pregunté cómo, cuándo y dónde comenzó la práctica devocional del santo Viacrucis en la Iglesia Católica, hasta que un día, por casualidad, cayeron en mis manos las visiones de la Beata Ana Catalina Emmerick sobre los orígenes del Viacrucis, contenidas en los capítulos XII y XXII de su obra “La amarga Pasión de Cristo” (1833) -que incluiré a modo de anexo al final del relato-, las cuales arrojaron una gran luz al respecto y dieron pie a la elaboración de este relato de ficción evangélica, que pretende retratar, de algún modo, aquel momento.

¡Feliz y provechoso Tiempo de Cuaresma!

-o-0-o-

El Viacrucis de María

Una mujer completamente envuelta en un manto oscuro y a plena luz del día, atisba nerviosa la entrada de carruajes que da al patio trasero de una casa principal, murmurando una indescifrable perorata, mientras parece contar con los dedos y escribir algo en una tablilla, para volver a atisbar. La gente pasa, indiferente, a su lado, aunque algunos se la quedan mirando con extrañeza y, finalmente, alguien se para en seco y se acerca a ella con paso decidido y cara de pocos amigos, y, conteniendo su indignación, le espeta desde atrás: “¡Madre!, ¿qué haces aquí?”.

La pobre mujer se estremece al escuchar esta voz inesperada, haciendo volar por los aires su tablilla de escritura y su buril, y se vuelve lentamente, tratando de guardar la compostura, tras verse descubierta, y, con el rostro desencajado por el susto, le responde: “¡Ay, hija, qué susto me has dado!”. La primera mujer vuelve a la carga, alegando: “Madre, hace tan sólo tres días que Jesús resucitó y todavía siguen buscando su cuerpo. ¿Qué haces a la puerta de Caifás, tentando a la suerte?”.

Ella responde con calma: “Magdalena, hija mía, te agradezco tu preocupación, pero, con mi Jesús resucitado, yo voy tranquila: Él me protege. Además, los del Templo buscan un cadáver desaparecido y no una mujer solitaria. ¿Qué me puede pasar? Hemos de volver a la normalidad, hija mía. Jesús dijo que no saliéramos de Jerusalén hasta recibir la fuerza de lo alto (), pero nada dijo de no salir de casa, pues hemos de continuar su obra; Él, que me pone este deseo, me protegerá”.

Madre, no me has contestado todavía. Desde que Jesús resucitó, la que nunca salía de casa, ahora no para de salir y, lo que es peor, a espaldas nuestras, exponiéndote y exponiéndonos a todos a cualquier cosa. Regresemos a casa y me lo cuentas todo allí”. Resignada, María, recoge del suelo su tablilla de escritura y su buril, mientras suplica: “Vale, hija, pero no me delates a los demás; con una que se preocupe por mí, es más que suficiente”.

Una vez en el cenáculo, se dirigen al piso de arriba, convertido en oratorio desde que Jesús, recién resucitado, se les manifestó allí por primera vez, y, rodeando la mesa de la última cena, usada ahora como altar eucarístico, desde que Jesús celebra con ellos la Fracción del Pan, cada primer día de la semana, entran en el cuarto de María y cierran la puerta. María, entonces, le ofrece a Magdalena la única silla que tiene, sentándose Ella en la cama; a regañadientes, Magdalena acepta aquella silla, con tal de continuar la conversación: “Madre, desde que Jesús resucitó, llevo observando un comportamiento bien extraño en ti: te has vuelto más reflexiva, sigilosa y arriesgada”.

“Sí, Madre, siempre a la misma hora, sin decirle nada a nadie, desapareces del cenáculo y no vuelves a aparecer hasta después de un largo rato, para hacer tu vida con nosotros, como si nada hubiera pasado, con una expresión entristecida y reconfortada a la vez, pero sin darnos explicaciones. Y, como no avisas, todos creen que estás en tu cuarto, descansando, y no se atreven a molestarte, pero, afortunadamente, Dios te puso hoy en mi camino. ¡Madre, se acabaron tus correrías!”. María responde alarmada: “No, hija, no me hagas eso, te lo contaré todo, pero no me hagas eso”.

Y, tomando a Magdalena de las manos, con mirada suplicante, continúa: “Empecé a pensar en ello aquel viernes, cuando me encontré a mi Hijo cargando la cruz y los soldados me impidieron ayudarle a llevarla y recorrer con Él el camino del Calvario. Impugnaron mi legítimo derecho de madre y lo suplantaron por un extraño de Cirene, a quien Dios bendiga siempre, que aceptó a regañadientes aquella tarea de amor y compasión. Pero, recorrer este camino en oración, ahora que está resucitado, es algo que se me ocurrió hace tan solo dos días y ese deseo ha seguido creciendo en mí, en intensidad y determinación, como si fuera una misión a realizar: La de perpetuar, como un legado de salvación, el Camino de la Cruz que mi Hijo siguió, meditando y orando los sufrimientos de su Pasión, para que se actualicen y hagan suyos los méritos de su Pasión, para la salvación de las almas, la conversión de los pecadores y la reparación de todas las ofensas con que siguen ofendiendo a mi Hijo. El problema, ahora, es que Juan quiere que nos mudemos a vivir a Éfeso y, por eso, estoy más urgida de tiempo, contando los pasos, determinando las distancias y anotándolas en una tablilla de cera, para repetirlas allá donde vayamos, en que no existen referencias, y poder seguir rezándolo”.

Magdalena, conmovida, dice: “¿Y por qué no nos has dicho nada hasta ahora? Te hubiéramos ayudado gustosos en la tarea. Sólo tienes que decirnos lo que necesitas, Madre, y haremos cualquier cosa por ti, tú lo sabes”. María responde: “Gracias, hija, lo sé, pero vosotros no estáis para mucho más, especialmente tú, siempre tan atareada y llevando el peso de todo. No quería crearos más molestias”… Magdalena la interrumpe: “Tú no das molestias, Madre; basta con que me lo pidas y donde tú vayas, yo iré (Ruth), pero aún no me has dicho por qué te encontré ante la casa de Caifás”.

Y María, tomando aire, responde: “Hasta ahora, siempre he empezado desde allí, porque allí es donde juzgaron, inicuamente, a mi Hijo, los del Sanedrín y allí paso, encerrado en una lúgubre cisterna, excavada en el suelo, atado de pies y manos, y suspendido de una cuerda, en total oscuridad, su primera noche en el seno de la tierra, hasta que lo llevaron a Pilato, al día siguiente, para que lo maltratara y mandara crucificar; por eso, aquella es la siguiente parada en mi Camino de la Cruz, y después, aquella otra, cuando se encontró con su Mamá, camino del Calvario, y Ella no lo pudo abrazar, para no agravar más su dolor, pues no había parte sana en Él”. María suspira largamente antes de concluir: “Pero si mañana me acompañas, comenzaremos desde más lejos, desde el verdadero origen de todo; mañana te explicaré. Que descanses; hoy no bajaré a cenar, me quedaré, meditando en oración, cómo proceder mañana”.

Al día siguiente, María encuentra a Magdalena acurrucada contra la puerta de la calle; posiblemente ha pasado allí toda la noche. La despierta con cariño, mientras le dice con cierta sorna: “Magdalena, hija, veo que has madrugado mucho para acompañarme hoy” y, guiñándole un ojo, le pregunta: “¿Tenías miedo de que me fuera sin ti?”. La aludida frunce los ojos en señal de enojo por haber sido descubierta así, pero no puede contener la risa y, poniéndose en pie, termina de desperezarse.

Mientras desayunan, María le propone, a Magdalena, el plan del día: “Ahora que me acompañas, todo es diferente; no sé cómo darte las gracias. Desde ayer no he hecho más que pensar en una sola cosa, algo que antes me parecía imposible, pues, yo sola, no me atrevía a llegar tan lejos; ¡una cosa es callejear Jerusalén y otra muy distinta…!” Magdalena abre los ojos como platos y comienza a toser, atragantada: “¿Qué, Madre, no estarás pensando…cof-cof?”. María, divertida, asiente, sonriendo. “¿…Cruzar el torrente Cedrón…cof-cof?” Y María vuelve a asentir, sonriendo más ampliamente, mientras termina la frase por ella: “¡Tú lo has dicho: e ir a Getsemaní!”.

Después, cambiando el tono de su voz, prosigue: “Magdalena, hija mía, siento que he de ir allí y rezar donde Él rezó, uniéndome a Él en su agonía. Además, siento que allí hay algo esperando para mí, de parte de mi Hijo, y que yo lo he de recoger y guardar; no sé lo que encontraré, pero la insistencia interior es muy grande”. Después, dirigiéndose a su Hijo, con las manos recogidas sobre el pecho, en profunda oración, le dice: “Jesús, Hijo mío, protégenos en el camino, que vamos a emprender, pues vamos allí en tu Nombre; guíanos al lugar donde hemos de rezar, allí donde tu rezaste, pues no conocemos el camino, y muéstrame allí lo que tienes para tu mamá. Gracias, Cielo mío. Amén. Aleluya”. Magdalena ya no protesta más y repite tras ella: “Amén. Aleluya”. ¡La suerte está echada!

Cuando llegaron al huerto, instintivamente, se abrazaron fuertemente la una a la otra, en un intento de crear una sensación de mutua protección, y entraron cautelosamente. Magdalena, que andaba visiblemente más nerviosa que María, fue la primera en romper el silencio, al decir, impresionada: “Mira, Madre, aquí la hierba está aplastada y hay manchas de sangre, como si hubiera habido una pelea”. María le responde tranquilizadora: “Sí, hija, Pedro me lo contó todo. Debe de ser la sangre del pobre Malco, el criado del sumo sacerdote, pues me contó que se puso nervioso con la espada y, apuntando al pecho, le dio en la oreja… ¡Este Pedro no haría daño ni a una mosca!… Me contó, también, que mi Hijo le hizo enfundar la espada para que no se hiciera daño con ella –Magdalena sonríe pícaramente-, y le devolvió la oreja a su sitio al pobre Malco, que chillaba, lloraba y aullaba desesperado por la pérdida de su pabellón auditivo”. Llegadas a este punto, tienen que parar de nuevo, pues Magdalena, olvidando su temor, no se tiene en pie de la risa.

Cuando Magdalena se tranquiliza, María continúa: “También me dijo que habían ido más allá” y Magdalena se vuelve a sobresaltar: “Sí, Madre, aquí también está aplastada la hierba, pero es como si hubieran dormido sobre ella tres personas, pues no hay manchas de sangre”. María sonríe y le dice: “¡Qué sagacidad la tuya! Veo que eres buena rastreando pistas”. Magdalena, avergonzada, refunfuña: “No te burles, Madre, que estoy tratando de ayudar” y María prosigue: “Sí, Hija, Pedro me contó que Jesús les mando esperar aquí, velando en oración, mientras mi Hijo iba más allá, a su sitio favorito, a rezar, visiblemente afectado, pero que, vencidos por el sueño, no habían podido velar con Él ni una sola hora y que, por tres veces, había venido Jesús a despertarlos, pero que no podían hacer otra cosa más que dormir, pues les pesaba el vino de la cena en los párpados”.

Magdalena mira un poco más lejos y vuelve a sobresaltarse: “¡Madre, Madre, aquí se ven pequeñas salpicaduras de sangre! ¿No lo ves?” Y soltándose de ella, avanza unos pasos, para pararse y señalar nuevamente, visiblemente impresionada: “¡Y son más visibles aquí!… Es como si se hubiera parado, justo en este lugar, el que tenía esta hemorragia de sangre tan brutal. ¡Mira, Madre, fíjate!, el goteo de sangre parece seguir el contorno de unos pies descalzos y de una túnica, como si estuvieran empapados en sangre…”. Y María le responde, visiblemente emocionada: “Sí, hija, lo sé, es la Sangre de mi Jesús. Pedro me dijo que Jesús había sudado gotas de sangre, pero se quedó corto en la descripción… ¡Qué angustia debió pasar mi pobre Hijo al aceptar beber su cáliz por nosotros!” Y propone: “Sigamos el rastro de sus huellas. Él me decía que solía rezar sobre una losa natural de piedra blanca, como si aflorara la roca desde el suelo, pues le gustaba rezar allí, encima de ella. Pero no consigo verla, a ver si la encontramos”.

La Roca de la Agonía o de la Oración en el Huerto, en la Basílica de Getsemaní (Iglesia de Todas las Naciones – Jerusalén).

Entonces, Magdalena vuelve a exclamar: “Madre, el goteo se dirige hacia aquella roca de allí, pero es parda, no blanca”. Se adelanta en una carrera y, de repente, se detiene y vuelve la cabeza, pálida por la impresión, mientras anuncia, con voz temblosa: “Madre, no es parda, sino que está completamente bañada en sangre seca. Creo que hemos encontrado el lugar. Mira, donde estorbó la hierba, todavía es blanca”. María se acerca lentamente para comprobar que la blanca roca está totalmente impregnada de sangre y que, en el centro puede distinguirse, con gran claridad, la silueta de un hombre alto que ha estado postrado en oración y, a un extremo, huellas de pies que entran y salen de ella y que, Magdalena, acostumbrada a estar a sus amados pies, tantas veces abrazados, besados, llorados, ungidos, secados, reconoce enseguida como los de Jesús. Cuando María se acerca, la roca empieza como a sudar delante de ellas, brillando al sol -no puede haber el rocío a esas horas del día-, y, súbitamente, parece sangrar (1), y la sangre seca de la silueta de Jesús postrado en oración, vuelve a ser roja y fresca, como recién vertida, brillando al sol, pero no a su luz, sino desde dentro, como si la luz procediera de ella. Y María cae, primero de rodillas, por la impresión de ver la silueta sangrienta de su Hijo y, después, cae postrada en oración en aquel lugar donde su Hijo derramó las primicias de su Sangre (2), que ofrecería después en el Calvario, hasta agotarla entera.

La sorprendida Magdalena imita a María, postrándose a los pies de aquella silueta, para comprobar que sucede lo mismo con las huellas de los pies de Jesús más cercanas a ella, que brillan como rubíes encendidos a la luz del sol, y no puede contener el llanto, a pesar de saber que Él está resucitado y ya no muere más… Es como si deseara lavar su Sangre con sus lágrimas y enjugarla, después, con sus cabellos, como aquella vez. Y, estando así, postrada, consigue ver, por el rabillo del ojo, cómo las huellas de sangre iluminadas se dirigen hacia la silueta oscura de algo rectangular que, sobresaliendo de entre la hierba, se apoya contra el perfil de la roca. Lentamente, con miedo de lo que pueda encontrar, se acerca al borde de la roca, para ver de qué se trata, y da un chillido entre sorprendido y angustiado: allí caído, doblado con sumo esmero, está el manto de Jesús; algún animal, hocicando, debió moverlo de encima de la roca, donde Jesús lo dejó.

María se acerca enseguida y reconoce el manto, ahora acartonado, de su querido Hijo, con una gran mancha de sangre en su centro, que tiene la forma de su amado rostro. Lo recoge dulcemente y con él apretado contra sí, derramando lágrimas silenciosas, se sienta al borde de la roca para contemplar aquel rostro amado con ternura infinita, mientras lo acaricia con su mejilla y lo besa una y otra vez, sin que él le pueda devolver ya las caricias ni los besos, que Ella ansía y tanto echa de menos. Su Hijo debió secarse con él su rostro y su pelo, llenos de Sangre tras la copiosa sudoración, cada vez que fue a despertar a los tres durmientes, para que no se aterrorizaran al verlo así, y lo dejó allí, doblado, para volver, después, a por él; cosa que no pudo hacer, pues fue detenido con un beso.

Magdalena pregunta, entonces: “¿Qué le haría sangrar así, Madre? Aquí no hay rastro de pelea”; y María, levantando lentamente su cara de la tela, la mira con ternura y le responde: “La angustia y la agonía, hija mía, la angustia y la agonía… ¡Mi pobre Hijo, nadie sabe cuánto tiempo estuviste así, Cielo mío, tu solito, y mamá no pudo estar aquí para abrazarte y consolarte, como hacía cuando eras niño!”. Y, después, con lágrimas en los ojos, aprieta nuevamente la tela contra su cara, para seguir llorando en silencio. Así pasan el resto del día, sin acordarse si quiera de comer, hasta que el sol comienza a declinar. Entonces, Magdalena, abrazándola tiernamente, la consuela y le dice que ya es tarde y es tiempo de regresar, pues en el cenáculo todos estarán preocupados por ellos. María asiente en silencio y, sin dejar de estrujar contra sí el manto de su Hijo, se deja levantar.

Caminan unos pocos pasos y María se detiene a mirar, una vez más, aquella roca con la silueta de su Hijo y, como si pensara en voz alta, dice: “He de decirle a Juan que construya un pequeño oratorio encima de la roca, para preservar este lugar sólo para Dios, como casa de oración”. Después, volviéndose a Magdalena, la besa tiernamente en la frente y le dice: “Siento que este manto es un regalo de mi Hijo a su pobre mamá y que estuvo aguardando por mí hasta ahora. Gracias, hija, por haber satisfecho mi deseo irrefrenable de venir aquí a orar; nunca te estaré suficientemente agradecida por ello, ni a mi Hijo por este detalle hacia su mamá, después del gran regalo de la efusión de su Sangre y de la salvación que con ella compró. Después, le sonríe con complicidad y añade: “Y si tú me acompañas, podremos comenzar aquí el Camino de la Cruz, como primera parada, y terminar en el sepulcro, abierto y vacío, del jardín de José de Arimatea, convertido, también en oratorio, como la última. Yo llevaría la tablilla y el buril y tú me ayudarías a contar las distancias y las medidas… ¡Trabajo en equipo por una buena causa!”.

Y Magdalena, sonriendo, se deja camelar, asintiendo con la cabeza, antes de apoyarla contra su hombro y susurrarle, un tanto mimosa: “Madre mía querida, cuánto te quiero. Nunca te dejaré y haré todo lo que me pidas, pues seré feliz haciéndote feliz, Madre”. Y bien abrazadas, la una a la otra, emprenden el camino de regreso al cenáculo, con muchas noticias maravillosas que contar.

  1. Juan José Cepedano Flórez CMM.

+ Salamanca, 7 de Noviembre de 2020.

Dedicado al Inmaculado Corazón Doloroso de la Virgen María.

© Imágenes tomadas de Internet.

 

Notas al texto

1.- Testimonio del Padre Michael Wensing, sacerdote de Dakota del Sur (USA), quien celebró una Misa temprana en la Iglesia de Todas las Naciones, junto al Jardín de Getsemaní, el 4 de noviembre de 2015: «Me desvestía (después de celebrar misa) y oí a la gente gritar: ‘Vuelva, padre, vuelva. Algo increíble está sucediendo. ¡Mire esta roca!”. “(La roca) estaba reluciente, con humedad, y pensé: “Tal vez es como el rocío”, pero los coches no cogen rocío en un garaje y esta roca estaba en el interior, no a la intemperie. En lugar de humedad, habían aparecido tres fuentes de sangre, que manaron duraron un tiempo, justo antes de evaporarse. Había una hendidura en la roca y en ella estaba lo que parecía sangre. Me sorprendió. Me arrodillé y me bendije a mí mismo con el agua y la sangre. Una mujer lo probó y dijo que sabía como a sangre».

2.- Según el Itinerario de Egeria, monja berciana del s.IV, la iglesia de la Agonía constituía ya una estación de las procesiones litúrgicas, antes del final del siglo IV. Después de haber pasado casi toda la noche del Jueves al Viernes Santo, en el monte de los Olivos, los fieles bajaban de nuevo a la ciudad, cantando himnos: «Y se llega al lugar mismo en que oró el Señor, como está escrito en el Evangelio: y se apartó como un tiro de piedra y oró… En ese lugar hay una iglesia elegante. Entra en ella el Obispo y todo el pueblo, se dice allí una oración propia del lugar y se dice también un himno apropiado y se lee el mismo texto del Evangelio donde el Señor dijo a sus discípulos: velad para que no entréis en tentación. Se lee allí todo ese pasaje y se hace de nuevo oración».

ANEXO

Visiones de la Beata Ana Catalina Emmerick sobre el Viacrucis en “La amarga Pasión de Cristo” (1833)

Beata Ana Catalina Emmerick (1774-1824)

1.- El Primer Viacrucis de la historia: Origen del Via Crucis, en Jerusalén (Cap. XII)

«Cuando Jesús fue conducido a Herodes, Juan acompañó a la Virgen y a Magdalena por todo el camino que había seguido Jesús. Así volvieron a casa de Caifás, a casa de Anás, a Ofel, a Getsemaní, al jardín de los Olivos, y en todos los sitios, donde el Señor se había caído o había sufrido, se paraban en silencio, lloraban y sufrían con Él. La Virgen se prosternó más de una vez, y besó la tierra en los sitios en donde Jesús se había caído. Este fue el principio del Via Crucis y de los honores rendidos a la Pasión de Jesús, aun antes de que se cumpliera.

La meditación de la Iglesia sobre los dolores de su Redentor comenzó en la flor más santa de la humanidad, en la Madre virginal del Hijo del hombre. La Virgen pura y sin mancha consagró para la Iglesia el Vía Crucis, para recoger en todos los sitios, como piedras preciosas, los inagotables méritos de Jesucristo; para recogerlos como flores sobre el camino y ofrecerlos a su Padre celestial por todos los que tienen fe. […] Juan amaba y sufría. Conducía por primera vez a la Madre de Dios por el camino de la cruz, donde la Iglesia debía seguirla, y el porvenir se le aparecía».

2.- El segundo viacrucis de la historia: El Vía Crucis de María en Éfeso (Cap. XXII)

Casa de la Virgen María en Éfeso, convertida actualmente en iglesia, y, detrás de ella, el monte donde cabría localizar el Viacrucis hecho por María

«En las cercanías de su vivienda había dispuesto y ordenado María Santísima las estaciones del Vía Crucis. La vi al principio ir sola por las estaciones de este camino midiendo los pasos dados por su divino Hijo, que tenía anotados desde Jerusalén. Según los pasos que contaba, señalaba el lugar con una piedra y sobre esta piedra la vi escribir lo sucedido en la Pasión del Señor y anotar el número de pasos hasta este lugar. Si encontraba un árbol en el camino, señalaba el paso de la Pasión en el árbol mismo. Había señalado doce estaciones. El camino llevaba al final a un matorral y el santo sepulcro estaba señalado en una gruta.

Después que hubo señalado estas doce estaciones, vi a la Virgen María, silenciosa, ir recorriendo, con su fiel criada, esos pasos de la Pasión del Señor, meditando y orando. Cuando llegaban a una estación, se detenían, meditaban el misterio de la estación y oraban. Poco a poco, este Vía Crucis fue mejorado y arreglado y Juan hizo poner mejor las piedras recordatorias con sus inscripciones. La gruta también fue agrandada, adornada convenientemente y transformada en lugar de oración. Las piedras estaban en parte enterradas en el suelo, cubiertas de vegetación y de flores y cercadas en torno. Eran de mármol blanco liso. No he podido medir el grueso de esas piedras por las plantas que cubrían la parte inferior.

© P. Juan José Cepedano Flórez CMM (Santo entierro de la iglesia de San Julián, en Salamanca)

Los que hacían el Vía Crucis llevaban un asta con una cruz como de un pie de alto; clavaban esta asta en una hendidura de la piedra y se hincaban delante para rezar, si es que no se echaban de cara al suelo, meditando y orando. Las sendas en torno de las piedras eran bastante anchas de modo que podían ir por ellas dos personas a la vez. Conté doce de estas piedras, las cuales, terminado el acto, se cubrían con una estera. Las piedras eran más o menos iguales y en los lados tenían escritas letras hebreas; los lugares donde estaban las piedras eran de diversas dimensiones. La estación primera, el Getsemaní, la formaba un vallecito con una pequeña cueva donde podían estar hincadas varias personas. La estación del Calvario no estaba en la gruta sino en una colina. Para ir al sepulcro, se pasaba la colina; luego, al otro lado de la piedra recordatoria, en una hondonada y al pie de la colina, a la gruta del sepulcro, donde María Santísima más tarde fue colocada. Creo que esta gruta existe todavía bajo los escombros y que un día ha de ser descubierta».

 


18
Ene 21

Nota necrológica CMM – Mariannhill: Frt. Ntandoyenkosi Ngwenya CMM (18-I-2021)


Frt. Ntandoyenkosi Ngwenya CMM ©  P. Andreas Rohring CMM

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn.11,25).

En vuestra caridad, por favor, acordaros de rezar por el Frt. Ntandoyenkosi Ngwenya CMM.

Nacimiento: 20-I-1989.
Profesión religiosa: 2-II-1918.
Óbito: 18-I-2021, en Mariannhill (Sudáfrica).

R. I. P.

 

 


15
Ene 21

María, al servicio de la Misión (Candelaria 2021)


© Hna. Antonio Maria Thurnher CPS (+)

Mariannhill celebra cada 2 de Febrero, con rango de solemnidad litúrgica, su fiesta principal. En el número 261 de sus Constituciones se condensan las razones por las que esta fiesta litúrgica es la fiesta principal de la Congregación. A saber: Qué Cristo es la luz de todas las naciones y pueblos y que su Madre nos lo presentó. Cristo y María siempre juntos: juntos en el texto de las Constituciones y juntos en la vida espiritual y en el quehacer misionero de cada uno de los misioneros de Mariannhill. Como Misioneros de Mariannhill encontramos en esta fiesta la fuente de nuestra identidad, es decir, de nuestra espiritualidad y misión. Las reflexiones que siguen tratan de evidenciar cómo María siempre estuvo al servicio de la Misión de su Hijo.

(Las notas se encuentran al final del texto)

           María es esclava del Señor en su obra salvífica (1). Ha sido asociada en cuanto Madre del Salvador a la obra de salvación de su Hijo. A lo largo de toda su vida, María mantuvo esta actitud de servicio a Aquel que iba a salvar al pueblo de sus pecados (2).

A la hora de definir la misión de María y de calificar bien su cooperación a la obra del Hijo es necesario partir de aquella verdad según la cual Cristo es el único Mediador que ha reconciliado al hombre con Dios (3). Esta verdad es un principio absoluto del que hay que partir en todo análisis teológico. La obra de la redención es exclusiva de Dios y no es fruto de la mera posibilidad humana (4).

Afirma San Ambrosio: “Jesús no tenía necesidad de ayuda alguna para salvarnos” (5). No obstante, en su benevolencia y condescendencia, tomó de entre los hombres colaboradores que cooperasen a su obra redentora (6).

Y es que aquí donde hay que situar la especial cooperación de María a la obra de la salvación del Hijo (7). Tal cooperación se ha de explicar de tal manera que no pueda “comprometer la suficiencia y la abundancia de la Redención por Cristo, o su autonomía redentora, o la unicidad fundamental absoluta del Redentor y de su obra redentora” (8). De aquí que no sea legítimo considerar a María junto con Cristo como un único principio de salvación. María no es una magnitud que se yuxtapone a Cristo.

Hechas estas precisiones, conviene señalar que “la Iglesia no vacila en reconocer la función eficaz, aunque subordinada de María. Esto no constituye una provocación sino un testimonio a la verdad” (9). La verdad está en reconocer que Dios asoció de manera peculiar a María en la obra propia del Hijo y la subordinación en que “María no distribuye, claro está, su propia gracia, sino la gracia de Cristo, pues no hay otra” (10). Así se reconoce el número 60 de la Constitución Dogmática Lumen Gentium, en donde se afirma con toda claridad que Cristo es el único Mediador y que María ha sido llamada a cooperar de especial manera en la obra del Hijo (11).

En el número 61 de la misma Constitución Dogmática Lumen gentium se describe la particular colaboración de María en la obra salvadora del Hijo (12). En dicho número se nos presentan a María como “Socia Christi” en unión teologal con el mismo Cristo (13). Por esta asociación a la obra del Hijo en cuanto madre, María ha cooperado a la restauración de la vida sobrenatural en los hombres.

La maternidad espiritual de María respecto a los creyentes radica en su maternidad divina. El primer alumbramiento está orientado hacia los otros alumbramientos: Cristo quiso tener a los hombres por hermanos (14). En el parto de María acontece el alumbramiento espiritual del género humano a la vida nueva. María engendró al que iba a salvar al pueblo del pecado y vino a ser madre de todos los que a lo largo de la historia se beneficiarían de esta salvación (15). Por eso María engendrando y dando a luz al Salvador, “naciones lleva en su seno, naciones da a luz” (16).

La imagen bíblica de la Iglesia como Cuerpo de Cristo es clave para entender la maternidad espiritual de María respecto a los creyentes. En las cartas de la cautividad es un tema central la consideración de la Iglesia como Cuerpo de Cristo. Es en estas cartas donde aparece Jesucristo como Cabeza. Desde este trasfondo afirmará san León Magno: “La generación de Cristo es el origen del pueblo cristiano. El día del nacimiento de la Cabeza es igualmente el día del nacimiento del Cuerpo” (17). Posteriormente señalará santo Tomás que “caput et membra sunt quasi una persona mystica” (18), por ello María es Madre de la Cabeza  a la par que del Cuerpo de aquella Cabeza. Y remacha san Agustín al decir: “Verdaderamente, María es también la Madre de los miembros de Cristo, que somos nosotros. Porque ha cooperado por la caridad a que naciesen los fieles en la Iglesia, que son los miembros de la Cabeza, de la que fue Madre de la carne” (19).

A la luz de lo que se ha dicho en relación al papel de María en la obra redentora del Hijo, entendemos mejor cuál ha de ser nuestro papel como Misioneros de Mariannhill en relación a esa misma obra. A saber: Estamos llamados a seguir ayudando a María, para que Ella continúe presentando a Cristo ante todas las naciones como la verdadera Luz.

 

P. Lino Herrero Prieto CMM

Misionero de Mariannhill

 

 

Notas:

 

1.- Cfr. Lumen Gentium, n. 60.

2.- Cfr. Lc 1, 31; Mt 1, 21. Cfr. Lumen Gentium, nn. 57-58; Sacrosanctum Concilium, n. 103; Presbyterorum Ordinis, n. 18; Apostolicam Actuositatem, n. 4.

3.- Cfr. 1Tim 2, 5-6; Rm 5, 15-17; Gal 3, 19ss; Heb 10, 14. Cfr. Denz., n. 1347. n. 1513.

4.- Cfr. DILLENSCHNEIDER, C., El Misterio de Nuestra Señora y nuestra devoción mariana, Salamanca 1965, p. 109: “Cristo, y sólo él, es el origen y la fuente de la Redención y de toda la gracia redentora. No sería posible modificar el estatuto tradicional de la doctrina de nuestra salvación”.

5.- S. AMBROSIO, Epístola 63 (P. L. 16, 1218).

6.- Cfr. Lumen Gentium, n. 62b.

7.- Cfr. Lumen Gentium, n. 62c.

8.- DILLENSCHNEIDER, C., o.c., p. 109.

9.- PHILIPS, G. La Iglesia y su Misterio en el Concilio Vaticano II, Barcelona 1969, p. 339.

10.- PHILIPS, G. o.c., p. 331.

11.- “Uno sólo es nuestro Mediador, según la palabra del Apóstol… Sin embargo, la misión maternal de María para con los hombres no oscurece ni disminuye, en modo alguno, esta mediación única de Cristo, antes bien, sirve para demostrar su poder. Pues todo el influyo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres no dimana de una necesidad ineludible, sino del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en la mediación de éste, depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder. Y lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta”.

12.- “La Santísima Virgen, predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios juntamente con la encarnación del Verbo, por disposición de la divina providencia, fue en la tierra la Madre excelsa del divino Redentor y    compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas y humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad, con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia”.

13.- Cfr. LAURENTIN, R., María, Prototipo e imagen de la Iglesia, en MS IV/II,   Madrid 1975, p. 327.

14.- Cfr. Rm 8, 29.

15.- Cfr. BOFF, L. El rostro materno de Dios, Madrid 1979, p. 194.

16.- S. PAULINO DE NOLA, Carmen 25, 155-183 (C.S.E.L., 30, p. 59).

17.- S. LEÓN MAGNO, Sermo 26,2 (P.L. 54, 213 B).

18.- SANTO TOMÁS, Sth., III, q. 48, a. 2, ad 1.

19.- S. AGUSTÍN, De Sancta Virginitate, 6 (P.L., 40, 399).

 


15
Ene 21

En el Polo Norte


Todas  las imágenes pertenecen a la parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción (Iqaluit-Nunavut Canadá)

El misionero de Mariannhill, P. Daniel Perreault CMM, durante la celebración del Sacramento de la Confirmación en su parroquia de Iqaluit (Nunavut/ Canadá).

          En su última carta circular habla de su trabajo en la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción en la ciudad de Iqaluit, capital del territorio autónomo de Nunavut (Canadá).          El P. Daniel Perreault CMM es un misionero de Mariannhill que trabaja desde hace años en aquella zona conocida como el Polo Norte y que para la inmensa mayoría de nosotros es del todo desconocida.

          Compartimos con los lectores de Familia Mariannhill lo que escribe en la mencionada carta el P. Daniel.

Desde mi última carta circular puedo empezar contando que he vivido muchos momentos hermosos, de alegría y esperanza, pero no me faltaron tampoco momentos de tristeza. Durante el año 2019 hubo muchos fallecimientos en la villa de Pond-Inlet, por suicidio y homicidio. También los habitantes de la zona padecen una alta tasa de enfermedades respiratorias debido al tabaquismo. Casi todos los lugareños empiezan a fumar a los 14 años, no sólo tabaco. Todo ello, no sólo es causa de graves problemas de salud, sino también sociales, dado que lo que la gente gasta en tabaco [una cajetilla de 25 cigarros cuesta 27 dólares] no lo gasta en comida. Si a todo ello se le añade el consumo frecuente de alcohol y de drogas, uno puede entender que los problemas sociales de todo tipo, derivados de la situación, no son pocos.

Por otro lado, como algo positivo tengo que reconocer que el Señor me ha dado la oportunidad de contar con grupos de gente que luchan contra estas lacras. Son cada vez más las personas que se comprometen para hacer que la vida en sus prójimos sea cada vez más justa y fraterna. Todos estos ejemplos de entrega han hecho crecer en mí un gran sentido de solidaridad, sobre todo cuando nos vemos afectados por alguna situación trágica como las que he mencionado antes. Guardo con especial cariño el recuerdo de la gesta que realizaron los jóvenes del lugar, cuando renovaron las viejas tradiciones de caza y pesca para alimentar a las familias pobres y a las personas mayores que ya no pueden salir al mar o la tundra. He podido ver bastantes anuncios en los que se ofrecía a la gente necesitada carne o pescado fresco. Todo esto lo están haciendo los jóvenes de manera desinteresada. Todo ello han sido verdaderos motivos de esperanza para mí.

En el otoño del 2019 tuve la oportunidad de participar en Roma en el XXX aniversario de la fundación del Sistema de Células Parroquiales de Evangelización. Fue una oportunidad maravillosa para conocer gente de todo el mundo – estuvieron representados 32 países -. Pudimos compartir nuestras experiencias y celebrar junto a nuestro Papa Francisco. ¡Qué momentos tan intensos los vividos, en que pudimos dar gracias al Señor, que es el maestro de esta obra! Y durante esta estancia en Roma, pude representar a mi Iglesia diocesana en el Congreso “Iglesia en la salida”, convocado por el Papa Francisco sobre la Nueva Evangelización. Las conferencias, los talleres y las celebraciones fueron realmente una fuente de alegría y esperanza para mí. Aunque se dé resistencia en algunos lugares, he sido testigo de que este movimiento de evangelización se está abriendo camino en todo el mundo y que ni las mayores adversidades van a poder detenerlo.

De vuelta en mi parroquia se me ocurrió ofrecer a mis feligreses en Iqaluit una primera sesión de catequesis en la Escuela de Evangelización de San Andrés. El propósito de este programa es permitir que las personas que aún no conocen a Jesús o que saben muy poco sobre Él puedan tener una verdadera experiencia de encuentro con Él y luego pasen a integrarse en una célula de evangelización y en la comunidad parroquial. Como era la primera experiencia de este tipo, me pareció oportuno comenzar convocando a los feligreses, ya practicantes, que quisieran involucrarse aún más. Así ellos mismos podrán ser los animadores de las futuras sesiones de la Escuela de Evangelización de San Andrés, dado que es imposible traer aquí gente de otras partes de Canadá, pues los costos de transporte son prohibitivos.

Teníamos programado para finales de Febrero del 2020 una nueva sesión de catequesis de la Escuela de Evangelización de San Andrés, que debía comenzar con un retiro cuaresmal, al que estaba previsto se unieran los anglicanos de Iqaluit. Pero llegó el Covid-19 y tuvimos que suspender las celebraciones y reuniones con personas. Con la ayuda de mis colaboradores, desde el Domingo de Ramos, empecé a grabar las celebraciones litúrgicas, para ser transmitidas por Youtube. Aunque haya muchas iniciativas de este tipo, es un consuelo para los fieles poder participar desde casa en las celebraciones de su parroquia. La Iglesia ha estado abierta cada día dos horas por la tarde para la adoración eucarística. Siempre hubo personas, que manteniendo la distancia requerida entre sí, se acercaron a la Iglesia. A ellos les ofrecía la posibilidad de recibir la comunión eucarística.

La pandemia ha sido – sigue siendo – una experiencia difícil de digerir. Hemos tenido que cambiar los hábitos de vida. Nos hemos tenido que adaptar a las normas recibidas para proteger a los que amamos. Y no sabemos cuánto durará todo esto. Pero, también es verdad que han salido a la superficie muchas cosas buenas. Nunca había visto tanta solidaridad y compasión como las que he podido ver desde que comenzó la pandemia. Lo he podido ver en la ciudad donde está mi parroquia. Curiosamente, en este tiempo de confinamiento, lo que ha prevalecido no ha sido el cerrarse a los demás sino la apertura a sus necesidades. Creo que esto es lo que se llama amor al prójimo.

Aunque en los días del confinamiento no fueron posible las celebraciones públicas de la Eucaristía, sin embargo, la misión de la Iglesia no puede parar para poder atender las necesidades de nuestro mundo herido. Así se revela lo mejor del ser humano: el amor de Dios que pasa por el amor a nuestro prójimo.

No he podido tomar vacaciones en el verano del 2020. He querido estar con mis feligreses cuando las autoridades han permitido las celebraciones públicas de culto. Gracias a Dios, mi salud sigue bien. Tengo la diabetes bajo control. Intento hacer las cosas lo mejor que puedo. He podido encender mi barbacoa durante los días de verano.

Rezo para que se pueda encontrar la vacuna y los medicamentos apropiados contra este virus tan maligno. ¡Cuento, como siempre, con vuestras oraciones, asegurándoos las mías!

P. Daniel Perreault CMM

Misionero de Mariannhill


13
Ene 21

Nota necrológica CMM – Mariannhill: Diácono Sphelele Blessing Phewa CMM (1-I-2021)


Diácono Sphelele Blessing Phewa CMM ©  Dr. Mauricio Langa CMM

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn.11,25).

En vuestra caridad, por favor, acordaros de rezar por el Diácono Sphelele Blessing Phewa CMM.

Nacimiento: 16-II-1989.
Profesión religiosa: 2-II-1917.
Ordenación diaconal: 17-X-2020.
Óbito: 1-I-2021, en Ethekwini / Durban (Sudáfrica).

R. I. P


21
Dic 20

Nota necrológica CMM – Mariannhill: P. Sibusiso Donatus Ndwalane CMM (16-XII-2020)


P.  Sibusiso Donatus Ndwalane CMM
© Archivo CMM-Mariannhill

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn.11,25).

En vuestra caridad, por favor, acordaros de rezar por el P. Sibusiso Donatus Ndwalane CMM.

Nacimiento: 12-V-1962.
Profesión religiosa: 2-II-1985.
Ordenación sacerdotal: 3-XI-1991.
Óbito: 16-XII-2020, en Amanzimtoti / Durban (Sudáfrica).

R. I. P.

 

 


04
Dic 20

FELICITACIÓN NAVIDEÑA 2020 Y CALENDARIOS DE BOLSILLO 2021

Felicitación navideña 2020: Con un famoso texto de Santa Teresa de Jesús (anverso y reverso).

Calendario 1: “En la vida es importante saber qué puente cruzar y cual quemar” –Bertrand Rusell- (anverso y reverso).

Calendario 2: “No dudes en tender la mano; no vaciles en aceptar la que se te ofrece” –Juan XXIII- (anverso y reverso).

Calendario 3: “Para intentarlo, no digas que tienes poco tiempo; reconoce que es mucho el que pierdes” –Séneca- (anverso y reverso).

Calendario 4: “Normal que un niño tenga miedo a la oscuridad; lo trágico es que un adulto lo tenga de la luz” –Platón- (anverso y reverso).


25
Nov 20

Revista Familia Mariannhill Nº 197