Noticias desde Colombia: La medicina del alma (La pandemia del Coronavirus en una barriada de Bogotá)

El pensador y médico suizo, Thierry Collaud, tiene un estudio sobre lo que él denomina «la medicina del alma»; una medicina que el ser humano busca cuando siente que su vida se torna «frágil e incierta». Los componentes de esta medicina son una serie de «ritos» que conectan a la persona con el pasado – cuando disfrutaba de seguridad – y con el presente – cuando teme asustado ante el incierto futuro -. Estos «ritos» aportan a la persona la seguridad necesaria para sanar o, al menos, fortalecer su alma. El autor centra su estudio en las personas, que, por diversas causas, son más vulnerables, debido, por ejemplo, a la angustia, a la edad o a la enfermedad, en concreto, enfermos de alzhéimer.

Leía yo este ensayo durante el aislamiento provocado por la pandemia del Covid -19 y, de repente, me di cuenta que la realidad que el autor describía se estaba dando entre la gente con la que convivimos y que pasa a diario por delante de la Centro Misionero que Mariannhill tiene establecido en una barriada de la periferia de Bogotá.

Las gentes que pueblan este barrio tienen aquellas características, que son comunes a todos barrios de esta índole que se encuentran en muchas de las grandes ciudades de países en desarrollo: núcleos familiares grandes y diversos, viviendas sencillas y siempre en construcción, medios de vida y sustento dependientes del salario mínimo de algún miembro de la familia y de la venta ambulante de otros. A esta realidad común, la gente de este barrio tiene otro denominador característico: en su mayoría son desplazados del conflicto civil que ha azotado a Colombia y que no acaba de encontrar la ruta de la paz. En resumen, como suele decirse, son la gente que «vive del día a día», o, como decía un anciano jocosamente, son la gente que «se muere de día a día».

Con la aparición de la pandemia esta forma de vida, de por sí precaria, de la noche a la mañana, se convirtió en una forma de vida frágil. En un cortísimo espacio de tiempo, la gente empezó a notar la escasez de alimentos y de otros bienes básicos y, para colmo, se sintió arrojada a una situación de desorientación, donde la incertidumbre afectaba los cuerpos y las almas de todos ellos.

Las necesidades básicas de muchas familias comenzaron a exteriorizarse a través de «paños rojos», colgados en las ventanas y puertas de las casas. De algunos casos aislados, fácil de contar, en pocos días se pasó a tal número de «paños rojos», que algunas calles parecían haberse adornado para el paso de una procesión. De repente la gente se vio inmersa en una emergencia que había que enfrentar. La magnitud de la emergencia era tal que solo entidades gubernamentales podrían y deberían solucionar. Por desgracia y como de costumbre, la actuación gubernamental se ve siempre frenada y retrasada por el montaje burocrático que suele organizarse antes de actuar en estos casos, retrasando la atención urgente a los más vulnerables.

Es aquí cuando entra en juego la actuación de la iniciativa privada, tanto de particulares como de organizaciones locales, que son conscientes de que el vecino de justo al lado de tu casa, viviendo como tú en medio de la emergencia, padece la urgencia de necesitar ayuda.

Así fue como en la barriada de Bogotá donde trabajamos los Misioneros de Mariannhill pusimos en marcha el programa «Sé cercano con el más cerca». Comenzamos por acudir a los creyentes del entorno así como a las personas de buena voluntad a fin de avivar el espíritu de cercanía, característico de la caridad cristiana y de la solidaridad humana.

Este programa se viene poniendo en práctica allí donde aparece de repente una emergencia alimentaria de gran alcance, tratando de avivar y fortalecer el espíritu de cercanía y confianza que el ser humano experimenta en su interior. El vecino necesitado acude al vecino que puede ayudarle o, viceversa, el vecino que puede ayudar se acerca al vecino en necesidad. Cuando esto se ha conseguido, hay quien, al conocer las necesidades del vecino, cae en la cuenta que quizá sus necesidades no son tan urgentes como creía; por otra parte, el donante deseoso de ayudar sabe a quién ayudar y en qué medida puede hacerlo.

Centro Misionero de Mariannhill en una de las barriadas periféricas de Bogotá (Colombia): preparación de los lotes de alimentos durante los días de la emergencia del Covid-19.

Reparto de alimentos en el Centro Misionero de Mariannhill en una de las barriadas periféricas de Bogotá [Colombia] durante los días de la emergencia del Covid-19.

           Los que hemos vivido en otras situaciones parecidas sabemos que siempre habrá gente que tiende a hacer de la «necesidad» una «forma de vida». Este programa viene a ser una especie de filtro o correctivo para evitar esto, dado que nadie suele atreverse a pedir al vecino que vive a su lado lo que no necesita y ningún vecino se moverá a dar algo al vecino que sabe que no lo necesita. Se pone, así, en práctica el dicho que dice: «Contra el vicio de pedir, la virtud de no dar». Pero todos sabemos que en estas situaciones uno tiene que cruzar una línea casi invisible entre la «necesidad y la urgencia».

El área de actuación del programa comienza en una calle y, a veces, se extiende a áreas más amplias como pueden ser varias calles o un barrio entero. Los que residen en el territorio señalado se conectan entre sí, exponiendo sus necesidades y las posibilidades de ayudar, organizando a su manera los tiempos y formas de ayuda. Cuando los que pueden ayudar son menos que los que necesitan ayudan, la situación pasa a ser atendida por entidades locales mayores, como pude ser una parroquia o, en nuestro caso, al Centro Misionero de Mariannhill. Cuando esto ocurre, la entidad mayor se encarga de aportar los víveres y los alimentos a la gente encargada de ayudar en la calle, zona o barrio para que sigan preparando las bosas de comida.

Para conseguir los medios materiales, el Centro Misionero de Mariannhill se puso en contacto con entidades locales, nacionales y extranjeras. Las entidades comerciales e industriales de la zona, a nuestro requerimiento, se prestaron a ayudar, aportando víveres en especie o dinero. Con la ayuda del equipo de Pastoral Social se organizaron los lotes de comida, que se iban repartiendo en las casas de los necesitados.

Cuando se da el caso que no hay suficientes alimentos para poder repartir, pero se cuenta con algunos fondos, se emiten bonos para que los beneficiados puedan acercarse a los establecimientos locales y así comprar lo que necesitan por el valor de los bonos. Muchos de estos centros o establecimientos comerciales son los que aportan los dineros para poder financiar dichos bonos. Se crea así un circulo, «no vicioso» sino «virtuoso», donde se fortalece el espíritu de vecindad.

Y, desde el mismo momento en que el programa se puso en marcha, paliando la necesidad urgente de muchos, empezaron a florecer los valores humanos que demuestran que el espíritu de caridad cristiana y cercanía solidaria está vivo y se traduce en gestos muy emocionantes, tales como el de la señora que viene del mercado y, al pasar por delante del Centro Misionero, deposita un paquete de sal, de legumbres, etc.; el de aquel hombre que pasa por nuestro Centro  y entrega una pequeña donación, aún sabiendo que él también está necesitado; o el del ese anciano que, al recibir la bolsa de alimentos, consciente de que hay otro más necesitado, renuncia a ella, justificando su gesto en el hecho de haber pasado muchas guerras. Las expresiones de los rostros, tanto de los que dan como de los que reciben, dicen todo lo que no se puede describir.

Reparto a domicilio de los lotes de comida, por los Misioneros de Mariannhill y agentes pastorales del Centro Misionero en una de las barriadas de Bosa-Bogotá durante los días de la emergencia del Covid-19.

En los días de la emergencia del Covid-19 no todas las personas podían acercarse al Centro Misionero de Mariannhill en una de las barriadas de Bosa-Bogotá para recoger la ayuda. Los voluntarios se encargaron del reparto de las bolsas de víveres.

Oración ante la reja delante de la Capilla del Centro Misionero de Mariannhill en una de las barriadas de Bosa-Bogotá: La gente necesita sentir la ayuda de Dios, quien se hace cercano y vecino a sus vidas.

Tratar de cubrir o, al menos, paliar las necesidades del cuerpo es difícil, pero no imposible. El tema es que pronto afloran las necesidades del alma. La incertidumbre da paso a la desesperación, la desesperación lleva a la tensión, la tensión a la ruptura, la ruptura a la violencia y la violencia a la destrucción de la persona o del ente familiar. Así, junto a la falta de alimentos, se han dado suicidios, intentos de suicidio, violencia y rupturas familiares, gemidos y llantos, que, como otros «paños rojos», señalaban urgencias, quizá no tan numerosas, pero si más apremiantes y profundas que también había que atender.

Siendo conscientes, en cuanto misioneros, del profundo espíritu religioso de la gente y ante la prohibición de abrir los templos para que la gente pudiera entrar a rezar, aprovechando que el Centro Misionero cuenta con una reja exterior, manteniendo ésta cerrada, decidimos abrir las puertas de la Capilla que dan a la calle. Con esta medida se buscaba que la gente, al pasar delante de la misma, pudiera sentir la ayuda de Dios y llenarse de aliento espiritual, tan necesarios para poder sobrellevar las situaciones, a las que nos hemos visto abocados en estos tiempos de pandemia. Gente de toda clase y condición, edad y situación, que, al pasar por delante de la reja, hace un gesto que es todo un «rito», que muestra la fragilidad y la incertidumbre que la gente siente, pero que, a la vez, les sirve de medicina para curar esos males del alma, de los que habla el médico Thierry Collaud y de los que se hicieron mención al inicio de este artículo.

Todos estos gestos espontáneos de piedad, todos estos «ritos», no prescritos, evidencian los valores profundamente religiosos de la gente de nuestro barrio y demuestran el espíritu de cercanía, no solo con los demás sino también con Dios. No puedo por menos de recordar al taxista que para el carro para poder mirar al interior de la Capilla; al hombre anónimo que, al pasar delante de la reja, hace la señal de la cruz; a la madre que vuelve de la compra con el carro casi vacío y que delante de la reja musita una oración; al barrendero, que dejando a un lado la escoba, mira en silencio hacia el interior de la Capilla; al adulto que reza arrodillado, agarrándose a los barrotes de la reja o al que se quita el sobrero al pasar por delante; al anciano que, apoyándose en su bastón, mira fijamente al interior de la Capilla; al joven que se baja de la bicicleta o de la moto para rezar un momento; al vendedor ambulante que apaga el altavoz al pasar por delante de la reja…. etc.

Pasará la pandemia, pasará esta situación de emergencia, llegará la vida normal con su rutina diaria, con su lucha por la supervivencia, con sus ganas de poder «vivir un poco mejor». Las dificultades urgentes de ahora darán paso a aquellas otras, no tan urgentes, pero quizá más duras, como son el pago del alquiler, de las deudas contraídas, de los servicios públicos; se incrementarán los desahucios y la calle volverá ser la casa obligada para muchos; se tardará en reavivar el calor de algún hogar, cubierto de cenizas por la violencia… Pero esta gente, como dice el anciano, «ha pasado ya por muchas guerras y pasará  también por ésta». Sobre todo, porque la esperanza no se pierde, y la esperanza es la mejor medicina del alma y del cuerpo.

Como Misioneros de Mariannhill agradecemos a Dios que nos ha puesto en esta barriada de Bogotá a fin de poder ser cauce de su providencia y canal de la caridad y solidaridad de todos los que han querido ayudar y colaborar.

Desde que comenzó la pandemia hasta el día de hoy, se han ayudado a casi 700 particulares o familias.

P. David Fernández Díez CMM

Misionero de Mariannhill

 © Imágenes: © ARCHIVO CMM (Colombia)

 

               

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