EL ESLABÓN PERDIDO: EL PRIMER APÓSTOL DEL CORAZÓN DE JESÚS

Queridos lectores: Para preparar la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, he querido desarrollar dos temas que creo bien interesantes.

Si damos por válido que la Fuente divina y primera de la espiritualidad del Sagrado Corazón es el propio Jesús y, en definitiva, el Amor Misericordioso de su Sagrado Corazón, en estos dos temas vamos a tratar de descubrir:

– Tema 1º: Cuál es la fuente secundaria y humana de esa espiritualidad y, trataremos de buscar, entre los amigos del Sagrado Corazón de Jesús que en la Historia de la Iglesia han sido, quién fue el primero de todos ellos, el “eslabón perdido” o primer discípulo del Sagrado Corazón.

Hoy trataremos de descubrir, ya en la época de Jesús y de los Evangelios, quién es ese eslabón perdido o primer discípulo del Sagrado Corazón de Jesús.– Tema 2º: Cuál fue el acontecimiento histórico fundante de esa espiritualidad.

Dice un refrán castellano: “Te conozco como si te hubiera parido”. Me diréis: “¿Y a qué viene eso?” Pues viene a que nadie ha conocido mejor al Sagrado Corazón de Jesús que el Inmaculado Corazón de su Madre, la Bienaventurada Virgen María. Así pues, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús comenzó con el primer latido del Corazón humano del Hijo de Dios, recién engendrado, por obra y gracia del Espíritu Santo, en el seno virginal de su Madre, tras el Sí de María al anuncio del Ángel Gabriel.

Emocionante, ¿verdad?, pues, desde ese mismo instante, María es, desde la expulsión del Paraíso de Adán y Eva, la primera persona en la Tierra en recibir el Espíritu Santo de Dios, en la Anunciación, y la única en recibirlo, después, por segunda vez, en Pentecostés. María se consagró a Él, en cuerpo y alma, y se convirtió en su primera discípula y adoradora. María sintió latir, y adoró, durante nueve meses, ese pequeño y amado Corazón de Jesús en sus entrañas, y, cuando Jesús nació, consagró toda su vida, capacidades, recursos y amor a su cuidado y protección, sintiéndolo palpitar contra su pecho, cada vez que lo cogía en brazos o lo amamantaba. María lo vio crecer y supo guardar y meditar en su Inmaculado Corazón, de discípula y de Madre, todas las confidencias del Corazón infantil, adolescente, juvenil y adulto de su Hijo Jesús, conforme Éste iba creciendo, siendo consciente de que, cada vez que besaba o abrazaba a su Hijo, besaba el rostro de Dios y estrechaba contra sí su Sagrado Corazón.

María, al pie de la cruz, vio cómo el Corazón de Jesús se detenía y era atravesado, después, por la lanza de un soldado, al mismo tiempo que, a Ella, una espada le atravesaba el Corazón, tal como le anunciara el anciano Simeón, pues, como Corredentora, se le concedió participar, místicamente, de todos los sufrimientos de su Hijo. María pudo ver, también, cómo este Sagrado Corazón volvía a la vida, latiendo con fuerza, en todo su esplendor y majestad, el día de la Resurrección, y tengo el presentimiento de que fue Ella la primera a la que el Sagrado Corazón resucitado de Jesús, se presentó, premiando su fidelidad y calidad de discípula, aunque no se consignara en los Evangelios. María nos fue dada, como Madre, por su Hijo Jesús, en la Cruz y fue el alma espiritual de la Iglesia naciente, con su presencia orante y el testimonio una vida conforme al Amor y la doctrina de su Hijo Jesús. Por todo ello, María fue asunta en cuerpo y alma a los Cielos, sin experimentar la corrupción, y reina para siempre desde allí, velando por todos nosotros y llevándonos a Jesús.

Queridos lectores: En mi opinión, la Virgen María es, de pleno derecho, la primera discípula del Sagrado Corazón, pero todo parece indicar que no es Ella el eslabón que andamos buscando, pues los Evangelios sólo dicen que “María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su Corazón” (Lc.2,19). Y me diréis: “Si Ella no es la candidata ideal, entonces ¿quién es?” ¡Buena pregunta! A la vista del problema, tendremos que hablar, entonces, del “primer apóstol del Sagrado Corazón”, origen de esta espiritualidad.

He estado investigando y he descubierto que uno de los Padres de la Iglesia, San Agustín de Hipona, daba una pista sobre quién podría ser ese candidato, al afirmar que, en la Última Cena, “San Juan bebió de los secretos más profundos e íntimos del Corazón de Jesús… ¡Así, con todas las letras!… De hecho, San Juan será el único evangelista que mencione en su Evangelio el hecho de que alguien, a quien él llama el “Discípulo Amado”, se recostó sobre el pecho de Jesús, pero lo hará de manera prosaica, como si no hubiera pasado nada. Y yo me pregunto: ¿Recostó su cabeza sobre el pecho de Jesús y no cayó en éxtasis ni sintió nada? ¿Escuchó latir su corazón y no le cambió la vida el hacerlo?”. Mis queridos lectores, a la luz del testimonio de San Agustín, hemos de pensar que sí y creer que lo experimentó, sencillamente, todo, aunque él, por la razón que fuera, no dijera nada en su Evangelio.

¿Y a quién recurrimos ahora?”, me diréis. Pues he seguido investigando y encontré a una monja benedictina del siglo XIII, Santa Gertrudis la Grande, del monasterio de Helfta, en Alemania, quien, en su diario, dice que, en la fiesta de San Juan Evangelista, tuvo una visión conjunta de Jesús y del discípulo amado, en la que Nuestro Señor le permitió descansar su cabeza en la Llaga de Su costado y escuchar los latidos de su Corazón. Mientras escuchaba latir Su Corazón, ella se volvió, sorprendida, hacia San Juan y le preguntó si él también había escuchado y sentido lo mismo que ella, cuando se reclinó sobre el pecho del Señor, durante la Última Cena. Como San Juan le respondiera afirmativamente, ella le preguntó por qué se lo había callado y no había dicho nada sobre el Corazón de Jesús en su Evangelio. Y San Juan le contestó que tuvo que guardar silencio, porque su misión, como evangelista, era la de hablar, únicamente, del Verbo de Dios encarnado, pues la revelación de los secretos de Amor del Sagrado Corazón de Jesús estaba reservada para tiempos posteriores, cuando el mundo, aumentando en frialdad y debilitado en el amor a Dios, necesitara ser renovado e inflamado en la llama del Divino Amor.

¡Bien!… Ahora que ya lo tenemos claro, ¿me permitís que hable en nombre de San Juan, poniendo mis palabras en sus labios, como si fuera él quien nos hablara, para entender algunas cosas interesantes?… ¿Sí? ¡Pues vamos a ello!: “Discípulo Amado del Señor: ¿Puedes contarnos lo que sentiste en la Última Cena, al apoyar tu cabeza en el costado de Jesús?”.

¡Claro que sí, pues estaba reservado, en la divina Providencia, para estos tiempos que estáis viviendo! Cuando recosté mi cabeza sobre el pecho del Maestro, para escuchar quién lo habría de entregar, ¡bendito atrevimiento!, escuché latir su corazón y se me detuvo el tiempo… Ya sólo quería estar así, con la cabeza apoyada en su pecho, sin apartarla de allí jamás. En aquellos momentos, pude a sentir todo el amor y pesar que Él sentía por aquel discípulo suyo, que lo iba a entregar, pues no regresaría a Él para ser perdonado y se convertiría en hijo de perdición, aquel que fue llamado y elegido para ser y contagiar una bendición… No sé cómo explicarlo, pero pude sentir cómo lloraba por él su corazón y comencé a sentir en el mío la misma tristeza, angustia y pesar que Él, por aquel hermano que se perdía y me vi orando por él, con lágrimas en los ojos, aún sin saber quién era. Después sentí todo el amor que Él me tenía; era como un océano ardiente de bálsamo y ternura, que curaba todos los quebrantos y heridas de mi corazón, como una fuente en crecida, que, amenazaba desbordarse y, me envolvía en una indescriptible sensación de gozo y paz, y, por primera vez en mi vida, me sentí incondicional y profundamente amado, desde siempre y para siempre, y comencé a llorar de gozo y gratitud, humedeciendo la túnica de mi Maestro.

Entonces sentí una voz dulce, conocida y amada, resonando cálidamente en mi interior, que me decía: “Deja eso ahora, discípulo mío, mi bien amado, una sola cosa es importante, sólo una es necesaria: adéntrate en la profundidad de mi Sagrado Corazón y piérdete en Él, dejándote ganar, por Él, para siempre. Encuentra en Él tu acomodo, pues está hecho para ti, que fuiste creado por Él y para Él; pensado, con Amor, en la eternidad de Dios, antes de la creación del mundo; amado desde siempre y para siempre, en el conocer de Dios, que todo lo penetra y hace fértil, y que se encarnó, para ti, en un cuerpo semejante al tuyo, para abrazarte a ti, a quien amaba, en el “ahora” de tu tiempo y en el “para siempre” de la eternidad, para que tú le conocieras a Él y te dejaras amar por Él, siendo feliz en su regazo, tal como ahora lo eres, y llegaras a amarle, también tú, a Él y jamás de Él te apartaras”.   

Entonces comprendí que yo era sólo el primero de muchos y el apóstol de todos, pues la intensidad de aquel Amor que yo experimentaba, no pararía de crecer hasta desbordar su Corazón y derramarse misericordiosamente sobre la humanidad entera, alcanzando los confines de la tierra, en espacio, tiempo y eternidad… Y aquella cálida voz volvió a susurrar en mi interior: “Este es mi regalo para todas las almas, a quienes amo y por quienes me encarné, para que el Amor inmaterial del Verbo de Dios, se hiciera concreto y cálido, en el abrazo cordial, de carne y hueso, del Dios y Hombre verdadero; por eso es tan importante que vengáis a Mí, sintáis mi abrazo y mi Amor, que os sanan y recrean, y os quedéis, para siempre, Conmigo, en el tiempo y en la eternidad. Por último, le oí decir: “Muy pronto mi Corazón se abrirá, esparciendo los tesoros de Amor y de Misericordia que encierra. Tú serás el primero en reconocer aquel momento, pues serás mi apóstol, desde la eternidad, para ese fin, discípulo mío, mi bien amado. Ahora guarda silencio y descansa en el Amor de tu Señor, pues todo será a su debido tiempo, en la voluntad de mi Padre”.

Queridos lectores: Ya sabemos que San Juan Evangelista fue el afortunado Discípulo Amadoque, reposando su cabeza sobre el Corazón de Jesús, durante la Última Cena, pudo escuchar los latidos y conocer los secretos y el amor incondicional del Sagrado Corazón de Jesús, sintiéndose profundamente amado, sanado y confortado por Él; una experiencia, que le cambió totalmente y le marcó para siempre, dándole valor para no huir, como los demás discípulos, cuando prendieron a Jesús en Getsemaní, y fuerza para estar al pie de su cruz, hasta el final, recibiendo a la Madre de Jesús como madre suya, convirtiéndose, así, en familia de Jesús y en ese evangelista profundo, con mirada penetrante de águila, que tras contemplar los secretos del Corazón de Cristo, escribe el Evangelio del Amor y la revelación del Apocalipsis.

Y yo me pregunto dos cosas, mis queridos lectores: 1ª) “¿Podríamos nosotros imitar los rasgos del “Discípulo Amado” y, con la ayuda de Dios, parecernos a él? y 2ª) ¿Cuáles son los rasgos que deberíamos imitar?”. El sacerdote jesuita español, Beato Bernardo de Hoyos (+1731), receptor y difusor de la Gran Promesa del Sagrado Corazón de Jesús: “Reinaré en España y con más veneración que en otras partes”, afirma que los rasgos del “Discípulo Amado” coinciden con los rasgos del “cristiano ideal, es decir, que, en principio, todos podemos convertirnos en undiscípulo amado, cuando, con la ayuda de Dios, tratamos de ser ese “cristiano ideal”, siendo amados por y amantes del Sagrado Corazón de Jesús. Bernardo dice: “El Evangelio de San Juan, a través de la figura del “Discípulo Amado”, nos muestra al personaje histórico, así llamado, y, también, al cristiano ideal, de esta forma: La relación entre Cristo y el Padre se reproduce, ahora, entre Cristo y el discípulo amado, que recibe sus confidencias para comunicarlas a los demás. Y así, un discípulo amado por Jesús sería: 1) Quien se mantiene junto al crucificado y quien recibe a María, como su propia madre. 2) Quien se encuentra junto a Pedro, a quien respeta, y quien tiene fe en la resurrección del Señor. 3) Quien sabe reconocerlo presente después de su resurrección. 4) Quien permanece fiel, quien persevera, hasta que Jesús vuelva”.

La Hna. Brenda le da la razón, al introducir su canción “Discípulo Amado”, diciéndole a la Virgen María: “Madre, con el tiempo he comprendido que aunque hayan muchos discípulos de tu hijo, sólo los que te reciben a ti, en su vida, en su corazón, en su casa, como el discípulo Juan, sólo esos, Madre, se transforman en discípulos amados”; y su canción dice así: “Si quiero ser discípulo amado, tengo que acoger a María en mi casa. Si quieres ser discípulo amado, tienes que acoger a María en tu casa. 1) El discípulo amado descansa en el pecho de Jesús. Goza de su intimidad, escucha sus latidos. 2) El discípulo amado está junto a la cruz, no abandona a tu hijo. No abandona a tu hijo en los tiempos de prueba. 3) El discípulo amado corre a su sepulcro. Le bastan pocos signos para reconocerte. 4) El discípulo amado te reconoce por madre suya. Te recibe en su casa, vive junto a ti. 5) Madre te recibo en mi casa. Madre yo te acojo en mi vida. Madre te recibo en mi casa, soy tu hijo”.

¡El que tenga oídos para oír, que oiga!

Sagrado Corazón de Jesús. En vos confío.

P. Juan José Cepedano Flórez CMM.

+ Salamanca, 12 de Junio de 2020, en la cuarentena por Corona Virus.

© Imágenes tomadas de Internet.

 

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