El alma de la misión


© HNA. ANTONIO MARIA THURNHER CPS (+)

El alma – el principio de vida – de la misión se sustancia en estas dos realidades medulares: la caridad y la espiritualidad misioneras. Apoyaremos las reflexiones de este pequeño ensayo en dos fuentes. Por un lado, en el Mensaje de Benedicto XVI – “La caridad, alma de la misión”para la Jornada Mundial de Misiones del año 2006 (disponible, por ejemplo, en www.vatican.va) y, por otro lado, en el capítulo titulado “La caridad sin fronteras, fuente y alma de la misión como fidelidad al Espíritu”, del Compendio de Misionología-La vida es misión, de Mons. Juan Esquerda Bifet  (Edicep, Valencia, 2007; pp. 108-130).

Aunque estas dos realidades – caridad y espiritualidad – se «reclaman» sin cesar la una a la otra, en aras de una mayor claridad, dividiremos el ensayo en dos partes.

Primera parte:

La caridad, distintivo de la misiónLA CARIDAD SOLO PUEDE SER MISIONERA

Hace ya algunos años, en 2006, Benedicto XVI abordó un precioso tema en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones: “La caridad, alma de la misión”. Benedicto XVI comenzaba su Mensaje con un doble planteamiento. Por un lado, la misión tiene que estar orientada por la caridad: si no brota de un profundo acto de amor divino, corre el riesgo de reducirse a una mera actividad filantrópica y social. Por otro, el anuncio misionero nace de la experiencia de ser amado por Dios: el amor de Dios por cada uno es el centro de la experiencia y del anuncio del Evangelio, y acoger ese amor nos convierte en testigos.

Respecto a lo primero, en efecto, lo que hace «distinta» la misión de la actividad asistencial (“la Iglesia no es una ONG”, repite el papa Francisco) es que en ella la fuente está en el amor de Dios que da vida al mundo y que nos ha sido entregado en Jesús. La fuente de la misión no es sociológica, sino teológica, porque está en Dios Amor. Las obras de promoción humana, que tan abundantemente realizan los misioneros acompañando su anuncio de Cristo, son «obras de caridad»; por eso, como dice san Juan Pablo II, testimonian “el alma de toda la actividad misionera: el amor, que es y sigue siendo la fuerza de la misión” (Redemptoris missio, 60).

En cuanto a lo segundo, como indica Benedicto XVI, no se comienza a ser cristiano por una decisión o por una idea, “sino por el encuentro con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida” (Deus caritas est, 1; cf. Evangelii gaudium, 266). Es al hablar desde ese «conocer» personalmente, desde esa experiencia, desde ese entusiasmo, cuando se puede evangelizar «por  contagio» o «por atracción» a los demás. De una experiencia de amor y de fe vivida (“Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” – 1 Jn 4,16) se pasa a la misión, concretada en anuncio y testimonio (“Nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo” – 1 Jn 4,14).

El contenido de ese anuncio misionero solo puede ser el mismo amor de Dios, el mismo amor que Él es: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4,9). Proclamar a los cuatro vientos ese amor es el «mandato misionero» que nos dejó el Señor resucitado y que constituye misión de la Iglesia (cf. RM 22-23). Pero no hay que olvidar que, como dice Benedicto XVI expresivamente, “el amor puede ser «mandado» porque antes es dado” (DCE 14).

El cumplimiento de este mandato pascual se pone en marcha en Pentecostés, cuando el Espíritu Santo transforma interiormente a los apóstoles y se manifiesta con nitidez absoluta como “el protagonista de la misión” (RM 30). En Pentecostés nace la Iglesia, y nace ya misionera, reunida y fortalecida por esa “fuerza del Espíritu Santo” (Hch 1,8) que la mueve a anunciar. Análogamente, cada cristiano es misionero desde el día en que es bautizado, como nos ha recordado el reciente Mes Misionero Extraordinario de octubre de 2019.

Ante todo esto, no puede extrañar que Benedicto XVI, mostrando la relación indisoluble entre sacramento del amor (Eucaristía), mandamiento del amor y misión, afirme: “Cuanto más vivo sea el amor por la Eucaristía en el corazón del pueblo cristiano, tanto más clara tendrá la tarea de la misión: llevar a Cristo. No es solo una idea o una ética inspirada en Él, sino el don de su misma Persona. Quien no comunica la verdad del Amor al hermano no ha dado todavía bastante” (Sacramentum caritatis, 86). Y es que la misión no consiste en dar «algo», sino en comunicar a  «Alguien»  que es el Amor.

 

Dios Amor, fuente de la misión

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Afirmar que “Dios es amor” (1 Jn 4,8; 4,16) es un misterio fundamental de nuestra fe. La historia de Dios con la humanidad, con el pueblo de Israel, con la Iglesia, con cada uno de nosotros, es una historia de amor, como sintetiza Benedicto XVI en el punto 2 de su Mensaje. “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16): en este «derroche» increíble de darse a sí mismo en su Hijo, se nos muestra en toda su intensidad que “Dios es Amor”, el Amor.

El signo sorprendente de este amor es la cruz, en la cual ocurre algo insólito: en ella, dice Benedicto XVI, “se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo” (DCE 12). Es un amor tan radical, tan de donación absoluta el de Jesús que ahora el amor debe definirse a partir de la cruz. Es lo que descubrimos en la entrega de los misioneros. Y es que el camino de la misión es el camino del «anonadamiento» de Cristo; un camino de amor que “tiene su punto de llegada a los pies de la cruz” (RM 88).

El decreto Ad gentes del Concilio Vaticano II expuso con claridad que la fuente de la misión es el amor del Padre, que envía al mundo al Hijo y al Espíritu; por eso habla de “amor fontal” (AG 2). Puede decirse que “el amor de Dios es misionero, o mejor todavía, es misión. Por eso la misión es, en su raíz, un volcarse de Dios hacia el mundo” (Carlos Collantes, s.x., en Misiones Extranjeras, 281 [2017], p. 751). La misión del Hijo brota del amor del Padre y, por la misión del Espíritu Santo, se continúa en la misión de la Iglesia; la cual, por cierto, sigue siendo una misión de amor, porque es la misma misión de Cristo de entregarse para dar vida.

Una última consideración a este respecto. Mons. Esquerda hace notar que los textos del Evangelio según san Juan, en que Jesús habla de la misión, y aquellos en los que habla del amor se relacionan estrechamente: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor” (Jn 15,9); “Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo” (Jn 17,18); “Tú me has enviado y […] los has amado a ellos como me has amado a mí” (Jn 17,23b); “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (Jn 20,21). Queda así de relieve que “Jesús invita a entrar en su amor y en el amor del Padre, para comprender y vivir su misma misión” (o. c., p. 109).

 Un testimonio de amor sin límites ni fronteras

La misión es, pues, testimonio de amor. Benedicto XVI lo explica de manera clara y sencilla: “Ser misioneros significa amar a Dios con todo nuestro ser, hasta dar, si es necesario, incluso la vida por él” (Mensaje Domund 2006, 3); ahí están los numerosos misioneros mártires. Y dado que el mandamiento del amor a Dios está unido al del amor a los hermanos, Benedicto XVI añade, como mostrándonos la otra cara de la misma moneda, que “ser misioneros es atender, como el buen samaritano, las necesidades de todos, especialmente de los más pobres y necesitados, porque quien ama con el corazón de Cristo no busca su propio interés, sino únicamente la gloria del Padre y el bien del prójimo” (ibíd.).

Este es, añade Benedicto XVI, “el secreto de la fecundidad apostólica de la acción misionera, que supera las fronteras y las culturas, llega a los pueblos y se difunde hasta los extremos confines del mundo” (ibíd.). De hecho, cada vez que vivimos de verdad el “Padre nuestro”, las bienaventuranzas y el mandato del amor, se realiza la misión y su fuerza repercute más allá de las fronteras de la fe cristiana. Todo lo que se hace por caridad pertenece a la misión.

El alma de la misión es esta caridad sin fronteras. Por eso, la misión ad gentes, en la que esta caridad se manifiesta de modo tan patente, tan paradigmático, tan «superlativo», es y tiene que ser ejemplo y estímulo para nuestro amor. Como dice el beato Engelmar Unzeitig, misionero de Mariannhill, “el amor multiplica las fuerzas, inventa cosas, da libertad interior y alegría… Aunque, a veces, parezca tarea inútil extender el amor de Dios en el mundo, el bien es inmortal y la victoria debe ser de Dios” (Testamento espiritual).

Amor y misión no pueden separarse. El amor, si es verdadero y completo amor, solo puede ser «amor misionero», sin fronteras. O, dicho de otro modo, ese amor sin fronteras, que nos mueve a ser testigos del Señor “hasta el confín de la tierra” (Hch 1,8), es el gran signo misionero: es “vivir el amor y, así, llevar la luz de Dios al mundo” (DCE 39).

  

Segunda parte:

LA ESPIRITUALIDAD SOLO PUEDE SER MISIONERA

 

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Espiritualidad misionera, caridad y contemplación

Para ahondar en la misión de la Iglesia y en su alma, la caridad, tenemos que centrarnos necesariamente en el Espíritu Santo, que nos hace exclamar “¡Abba, Padre!” (Gal 4,6) y derrama la caridad en nuestros corazones (cf. Rom 5,5). Ese Espíritu de amor es el alma de la Iglesia, y nos mueve a una caridad incondicional, especialmente hacia los más pobres, que es el camino de la misión.

La «espiritualidad» consiste precisamente en vivir según el Espíritu Santo: “Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu” (Gal 5,25). Por tanto, esa «espiritualidad», si es auténtica, solo puede ser «misionera», porque consiste en caminar a impulso del Espíritu, protagonista de la misión. Por eso, no se habla de «espiritualidad misionera» porque pueda haber una «espiritualidad no misionera», sino para remarcar que a la misión, nuestro sello como cristianos, le corresponde una determinada espiritualidad.

Esa «espiritualidad» es un estilo de vida que nace del saberse amado por Dios y que se traduce en disponibilidad hacia sus planes; es decir, en fidelidad a su Espíritu; es decir, en misión; es decir, en caridad. Al descubrirnos amados como Jesús, tomamos conciencia de ser enviados, como Él, con “la fuerza del Espíritu Santo” (Hch 1,8), a ser testigos de ese amor. Lo explica Benedicto XVI: “El Espíritu es la fuerza que transforma el corazón de la comunidad eclesial para que sea en el mundo testigo del amor del Padre, que quiere hacer de la humanidad, en su Hijo, una sola familia” (Deus caritas est, 19).

En este contexto, se comprende que san Juan Pablo II diga que “la espiritualidad misionera es un camino hacia la santidad” (Redemptoris missio, 90); camino que nace de tomarse en serio el amor de y a Cristo, y que está hecho de amor universal y sin fronteras. Esta «espiritualidad misionera»   remite a la intimidad de Dios y a su esencia, el amor. Es, por tanto, una experiencia de espiritualidad trinitaria: para vivir según los planes del Padre y cumplir su voluntad de “que todos los hombres se salven” (1 Tim 2,4), se requiere una relación personal con Cristo, el primer misionero, y permanecer en fidelidad y docilidad al Espíritu Santo, “autor de la misión” de la Iglesia (cf. Francisco, Discurso 1-6-2018).

Por eso decimos que la «espiritualidad misionera» pasa por la contemplación y tiene como fruto la misión. La dimensión contemplativa es indispensable para poder transmitir a los demás la propia experiencia de Jesús, y así anunciarle de modo creíble: “Lo que contemplamos […] acerca del Verbo de la vida, […] os lo anunciamos” (1 Jn 1,1.3). De ahí que el papa Francisco hiciera suya esta frase, escuchada a un formador vocacional: “La evangelización se hace de rodillas” (Homilía 7-7-2013).

Tenemos que pedirle constantemente a Dios Amor que nos haga crecer en esas actitudes espirituales de obediencia, sintonía, unión, fidelidad…; y esa petición estamos llamados a hacerla desde la confianza, porque, como reza el título de una de las obras de Von Balthasar, Solo el amor es digno de fe.

Fidelidad al Espíritu y caridad en el misionero

Lo que acabamos de ver entra dentro de lo que puede llamarse espiritualidad misionera «general» (de todo cristiano). Pero, si hay una vocación misionera específica (la del misionero «de primera fila»), hay también una espiritualidad misionera «específica». Ofrecemos aquí solo unas pinceladas, siempre desde el punto de vista de la caridad sin fronteras y la fidelidad al Espíritu.

Hay que comenzar recordando que los documentos del Magisterio pontificio sobre las misiones hablan de las disposiciones y virtudes del misionero. Son especialmente relevantes el capítulo IV de Ad gentes, el VII de Evangelii nuntiandi y el VIII de Redemptoris missio. Precisamente en esta última encíclica, san Juan Pablo II destaca la necesidad de misioneros santos.

Ese lazo absoluto entre santidad, amor y misión se ve muy claramente en la Patrona de las Misiones, santa Teresa de Lisieux, para quien la identidad vocacional misionera consistía en el amor: “La caridad me dio la clave de mi vocación… Comprendí que la Iglesia tenía un corazón que estaba ardiendo de Amor. Comprendí que solo el amor era el motor de los miembros de la Iglesia y que si este llegara a apagarse los apóstoles no anunciarían ya el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre. Comprendí que el Amor encerraba todas las vocaciones, que el Amor es todo… «¡Oh Jesús, Amor mío! Por fin he encontrado mi vocación. ¡Mi vocación es el Amor!»… ¡¡¡En el corazón de la Iglesia, Madre mía, yo seré el Amor!!!” (Autobiografía, cap. IX).

En realidad, hablar de “fidelidad al Espíritu y caridad en el misionero” no deja de ser redundante: la caridad es la obediencia a la voluntad de Dios, y ser fieles al Espíritu implica necesariamente vivir la caridad. El misionero está llamado a discernir y seguir la acción del Espíritu, a ejemplo de Jesús, siendo, como Él y en Él, “rostro de la misericordia del Padre” (Misericordiae vultus, 1). Por eso la «espiritualidad» no es «espiritualismo» desencarnado, sino inserción – encarnación- en la realidad, a imitación del Hijo de Dios hecho hombre.

Aquí entra de lleno la figura del misionero como “el hombre de las bienaventuranzas” (RM 91). El secreto y el gozo que estas encierran consiste en transformar todas las situaciones (también las dificultades y las pruebas) en una nueva posibilidad de amar y de darse. Es lo que viven de continuo los misioneros y misioneras en su día a día; un testimonio que anuncia a Dios Amor con una vida de amor: “Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16).

La Virgen María en la espiritualidad misionera

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Obviamente, el modelo máximo de espiritualidad misionera, así como nuestra mejor intercesora, es la Virgen María. En Ella vemos lo que es el amor como obediencia a la voluntad de Dios: amor obediente, obediencia amorosa. En Ella vemos también que, efectivamente, “solo el amor es digno de fe”: María se fía plenamente del Amor.

Las actitudes interiores de la Virgen son el mejor ejemplo para nuestra espiritualidad misionera: la fidelidad a la Palabra y al Espíritu, la apertura contemplativa del corazón (“conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” – Lc 2,19), la asociación a Cristo en su acción redentora, la entrega total de la vida a la misión encomendada… Y hay un título fundamental para que la Virgen sea el «faro» de nuestra espiritualidad: María es personificación,  tipo, figura de la Iglesia misionera en toda su actitud de recibir al Verbo y transmitirlo a la humanidad. En Santa María de la Caridad, Reina de las Misiones, «vemos» a la Iglesia misionera.

San Juan Pablo II añade que María es “el ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres” (RM 92). A su vez, en un texto de 1996, el entonces cardenal Ratzinger explica con sencillez este amor maternal de la Virgen. Desde los ojos de María, dice, “nos mira la bondad maternal de Dios”, esa bondad que Dios nos expresa a través del profeta: “Como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo” (Is 66,13). Y concluye: “Al parecer, Dios prefiere dar sus consuelos maternales a través de la madre, de su madre, y ¿quién se sorprendería de ello?” (El resplandor de Dios en nuestro tiempo. Meditaciones sobre el año litúrgico, Herder, Barcelona, 2008, p. 50).

 Los misioneros, efectivamente, y todos nosotros, como discípulos misioneros, estamos llamados a imitar ese amor maternal de María. Por eso, la «espiritualidad misionera» de la Iglesia es, y tiene que ser, una espiritualidad mariana. Así, concluimos como lo hace Benedicto XVI en su primer Mensaje para el Domund, el de 2006, que nos ha ido sirviendo de brújula: “La Virgen María, que con su presencia junto a la cruz y con su oración en el Cenáculo colaboró activamente en los inicios de la misión eclesial, sostenga su acción y ayude a los creyentes en Cristo a ser cada vez más capaces de auténtico amor, para que en un mundo espiritualmente sediento se conviertan en manantial de agua viva” (n. 4).

Rafael Santos Barba

Director de Illuminare

 

 

 

 

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