17
Feb 21

HISTORIA DE UNA VÍA… DOLOROSA

Queridos lectores:

Con la imposición de la ceniza en nuestras cabezas, inauguramos el Tiempo de Cuaresma, como preparación al Triduo Pascual; y como parte de las prácticas de este período litúrgico, restauraremos, una vez más, esa devoción de todo el año, pero marcadamente cuaresmal, del rezo del Santo Viacrucis, meditando y acompañando a Jesús, por las callejas de Jerusalén, desde el Pretorio romano, en la Torre Antonia, hasta la cima del Calvario, sita, en aquel entonces, a las afueras de Jerusalén, al acompañarle, en meditación y en oración, a través de las diferentes estaciones, que narran su Pasión y muerte en la Cruz, que nos dio Nueva Vida.

Muchas veces me pregunté cómo, cuándo y dónde comenzó la práctica devocional del santo Viacrucis en la Iglesia Católica, hasta que un día, por casualidad, cayeron en mis manos las visiones de la Beata Ana Catalina Emmerick sobre los orígenes del Viacrucis, contenidas en los capítulos XII y XXII de su obra “La amarga Pasión de Cristo” (1833) -que incluiré a modo de anexo al final del relato-, las cuales arrojaron una gran luz al respecto y dieron pie a la elaboración de este relato de ficción evangélica, que pretende retratar, de algún modo, aquel momento.

¡Feliz y provechoso Tiempo de Cuaresma!

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El Viacrucis de María

Una mujer completamente envuelta en un manto oscuro y a plena luz del día, atisba nerviosa la entrada de carruajes que da al patio trasero de una casa principal, murmurando una indescifrable perorata, mientras parece contar con los dedos y escribir algo en una tablilla, para volver a atisbar. La gente pasa, indiferente, a su lado, aunque algunos se la quedan mirando con extrañeza y, finalmente, alguien se para en seco y se acerca a ella con paso decidido y cara de pocos amigos, y, conteniendo su indignación, le espeta desde atrás: “¡Madre!, ¿qué haces aquí?”.

La pobre mujer se estremece al escuchar esta voz inesperada, haciendo volar por los aires su tablilla de escritura y su buril, y se vuelve lentamente, tratando de guardar la compostura, tras verse descubierta, y, con el rostro desencajado por el susto, le responde: “¡Ay, hija, qué susto me has dado!”. La primera mujer vuelve a la carga, alegando: “Madre, hace tan sólo tres días que Jesús resucitó y todavía siguen buscando su cuerpo. ¿Qué haces a la puerta de Caifás, tentando a la suerte?”.

Ella responde con calma: “Magdalena, hija mía, te agradezco tu preocupación, pero, con mi Jesús resucitado, yo voy tranquila: Él me protege. Además, los del Templo buscan un cadáver desaparecido y no una mujer solitaria. ¿Qué me puede pasar? Hemos de volver a la normalidad, hija mía. Jesús dijo que no saliéramos de Jerusalén hasta recibir la fuerza de lo alto (), pero nada dijo de no salir de casa, pues hemos de continuar su obra; Él, que me pone este deseo, me protegerá”.

Madre, no me has contestado todavía. Desde que Jesús resucitó, la que nunca salía de casa, ahora no para de salir y, lo que es peor, a espaldas nuestras, exponiéndote y exponiéndonos a todos a cualquier cosa. Regresemos a casa y me lo cuentas todo allí”. Resignada, María, recoge del suelo su tablilla de escritura y su buril, mientras suplica: “Vale, hija, pero no me delates a los demás; con una que se preocupe por mí, es más que suficiente”.

Una vez en el cenáculo, se dirigen al piso de arriba, convertido en oratorio desde que Jesús, recién resucitado, se les manifestó allí por primera vez, y, rodeando la mesa de la última cena, usada ahora como altar eucarístico, desde que Jesús celebra con ellos la Fracción del Pan, cada primer día de la semana, entran en el cuarto de María y cierran la puerta. María, entonces, le ofrece a Magdalena la única silla que tiene, sentándose Ella en la cama; a regañadientes, Magdalena acepta aquella silla, con tal de continuar la conversación: “Madre, desde que Jesús resucitó, llevo observando un comportamiento bien extraño en ti: te has vuelto más reflexiva, sigilosa y arriesgada”.

“Sí, Madre, siempre a la misma hora, sin decirle nada a nadie, desapareces del cenáculo y no vuelves a aparecer hasta después de un largo rato, para hacer tu vida con nosotros, como si nada hubiera pasado, con una expresión entristecida y reconfortada a la vez, pero sin darnos explicaciones. Y, como no avisas, todos creen que estás en tu cuarto, descansando, y no se atreven a molestarte, pero, afortunadamente, Dios te puso hoy en mi camino. ¡Madre, se acabaron tus correrías!”. María responde alarmada: “No, hija, no me hagas eso, te lo contaré todo, pero no me hagas eso”.

Y, tomando a Magdalena de las manos, con mirada suplicante, continúa: “Empecé a pensar en ello aquel viernes, cuando me encontré a mi Hijo cargando la cruz y los soldados me impidieron ayudarle a llevarla y recorrer con Él el camino del Calvario. Impugnaron mi legítimo derecho de madre y lo suplantaron por un extraño de Cirene, a quien Dios bendiga siempre, que aceptó a regañadientes aquella tarea de amor y compasión. Pero, recorrer este camino en oración, ahora que está resucitado, es algo que se me ocurrió hace tan solo dos días y ese deseo ha seguido creciendo en mí, en intensidad y determinación, como si fuera una misión a realizar: La de perpetuar, como un legado de salvación, el Camino de la Cruz que mi Hijo siguió, meditando y orando los sufrimientos de su Pasión, para que se actualicen y hagan suyos los méritos de su Pasión, para la salvación de las almas, la conversión de los pecadores y la reparación de todas las ofensas con que siguen ofendiendo a mi Hijo. El problema, ahora, es que Juan quiere que nos mudemos a vivir a Éfeso y, por eso, estoy más urgida de tiempo, contando los pasos, determinando las distancias y anotándolas en una tablilla de cera, para repetirlas allá donde vayamos, en que no existen referencias, y poder seguir rezándolo”.

Magdalena, conmovida, dice: “¿Y por qué no nos has dicho nada hasta ahora? Te hubiéramos ayudado gustosos en la tarea. Sólo tienes que decirnos lo que necesitas, Madre, y haremos cualquier cosa por ti, tú lo sabes”. María responde: “Gracias, hija, lo sé, pero vosotros no estáis para mucho más, especialmente tú, siempre tan atareada y llevando el peso de todo. No quería crearos más molestias”… Magdalena la interrumpe: “Tú no das molestias, Madre; basta con que me lo pidas y donde tú vayas, yo iré (Ruth), pero aún no me has dicho por qué te encontré ante la casa de Caifás”.

Y María, tomando aire, responde: “Hasta ahora, siempre he empezado desde allí, porque allí es donde juzgaron, inicuamente, a mi Hijo, los del Sanedrín y allí paso, encerrado en una lúgubre cisterna, excavada en el suelo, atado de pies y manos, y suspendido de una cuerda, en total oscuridad, su primera noche en el seno de la tierra, hasta que lo llevaron a Pilato, al día siguiente, para que lo maltratara y mandara crucificar; por eso, aquella es la siguiente parada en mi Camino de la Cruz, y después, aquella otra, cuando se encontró con su Mamá, camino del Calvario, y Ella no lo pudo abrazar, para no agravar más su dolor, pues no había parte sana en Él”. María suspira largamente antes de concluir: “Pero si mañana me acompañas, comenzaremos desde más lejos, desde el verdadero origen de todo; mañana te explicaré. Que descanses; hoy no bajaré a cenar, me quedaré, meditando en oración, cómo proceder mañana”.

Al día siguiente, María encuentra a Magdalena acurrucada contra la puerta de la calle; posiblemente ha pasado allí toda la noche. La despierta con cariño, mientras le dice con cierta sorna: “Magdalena, hija, veo que has madrugado mucho para acompañarme hoy” y, guiñándole un ojo, le pregunta: “¿Tenías miedo de que me fuera sin ti?”. La aludida frunce los ojos en señal de enojo por haber sido descubierta así, pero no puede contener la risa y, poniéndose en pie, termina de desperezarse.

Mientras desayunan, María le propone, a Magdalena, el plan del día: “Ahora que me acompañas, todo es diferente; no sé cómo darte las gracias. Desde ayer no he hecho más que pensar en una sola cosa, algo que antes me parecía imposible, pues, yo sola, no me atrevía a llegar tan lejos; ¡una cosa es callejear Jerusalén y otra muy distinta…!” Magdalena abre los ojos como platos y comienza a toser, atragantada: “¿Qué, Madre, no estarás pensando…cof-cof?”. María, divertida, asiente, sonriendo. “¿…Cruzar el torrente Cedrón…cof-cof?” Y María vuelve a asentir, sonriendo más ampliamente, mientras termina la frase por ella: “¡Tú lo has dicho: e ir a Getsemaní!”.

Después, cambiando el tono de su voz, prosigue: “Magdalena, hija mía, siento que he de ir allí y rezar donde Él rezó, uniéndome a Él en su agonía. Además, siento que allí hay algo esperando para mí, de parte de mi Hijo, y que yo lo he de recoger y guardar; no sé lo que encontraré, pero la insistencia interior es muy grande”. Después, dirigiéndose a su Hijo, con las manos recogidas sobre el pecho, en profunda oración, le dice: “Jesús, Hijo mío, protégenos en el camino, que vamos a emprender, pues vamos allí en tu Nombre; guíanos al lugar donde hemos de rezar, allí donde tu rezaste, pues no conocemos el camino, y muéstrame allí lo que tienes para tu mamá. Gracias, Cielo mío. Amén. Aleluya”. Magdalena ya no protesta más y repite tras ella: “Amén. Aleluya”. ¡La suerte está echada!

Cuando llegaron al huerto, instintivamente, se abrazaron fuertemente la una a la otra, en un intento de crear una sensación de mutua protección, y entraron cautelosamente. Magdalena, que andaba visiblemente más nerviosa que María, fue la primera en romper el silencio, al decir, impresionada: “Mira, Madre, aquí la hierba está aplastada y hay manchas de sangre, como si hubiera habido una pelea”. María le responde tranquilizadora: “Sí, hija, Pedro me lo contó todo. Debe de ser la sangre del pobre Malco, el criado del sumo sacerdote, pues me contó que se puso nervioso con la espada y, apuntando al pecho, le dio en la oreja… ¡Este Pedro no haría daño ni a una mosca!… Me contó, también, que mi Hijo le hizo enfundar la espada para que no se hiciera daño con ella –Magdalena sonríe pícaramente-, y le devolvió la oreja a su sitio al pobre Malco, que chillaba, lloraba y aullaba desesperado por la pérdida de su pabellón auditivo”. Llegadas a este punto, tienen que parar de nuevo, pues Magdalena, olvidando su temor, no se tiene en pie de la risa.

Cuando Magdalena se tranquiliza, María continúa: “También me dijo que habían ido más allá” y Magdalena se vuelve a sobresaltar: “Sí, Madre, aquí también está aplastada la hierba, pero es como si hubieran dormido sobre ella tres personas, pues no hay manchas de sangre”. María sonríe y le dice: “¡Qué sagacidad la tuya! Veo que eres buena rastreando pistas”. Magdalena, avergonzada, refunfuña: “No te burles, Madre, que estoy tratando de ayudar” y María prosigue: “Sí, Hija, Pedro me contó que Jesús les mando esperar aquí, velando en oración, mientras mi Hijo iba más allá, a su sitio favorito, a rezar, visiblemente afectado, pero que, vencidos por el sueño, no habían podido velar con Él ni una sola hora y que, por tres veces, había venido Jesús a despertarlos, pero que no podían hacer otra cosa más que dormir, pues les pesaba el vino de la cena en los párpados”.

Magdalena mira un poco más lejos y vuelve a sobresaltarse: “¡Madre, Madre, aquí se ven pequeñas salpicaduras de sangre! ¿No lo ves?” Y soltándose de ella, avanza unos pasos, para pararse y señalar nuevamente, visiblemente impresionada: “¡Y son más visibles aquí!… Es como si se hubiera parado, justo en este lugar, el que tenía esta hemorragia de sangre tan brutal. ¡Mira, Madre, fíjate!, el goteo de sangre parece seguir el contorno de unos pies descalzos y de una túnica, como si estuvieran empapados en sangre…”. Y María le responde, visiblemente emocionada: “Sí, hija, lo sé, es la Sangre de mi Jesús. Pedro me dijo que Jesús había sudado gotas de sangre, pero se quedó corto en la descripción… ¡Qué angustia debió pasar mi pobre Hijo al aceptar beber su cáliz por nosotros!” Y propone: “Sigamos el rastro de sus huellas. Él me decía que solía rezar sobre una losa natural de piedra blanca, como si aflorara la roca desde el suelo, pues le gustaba rezar allí, encima de ella. Pero no consigo verla, a ver si la encontramos”.

La Roca de la Agonía o de la Oración en el Huerto, en la Basílica de Getsemaní (Iglesia de Todas las Naciones – Jerusalén).

Entonces, Magdalena vuelve a exclamar: “Madre, el goteo se dirige hacia aquella roca de allí, pero es parda, no blanca”. Se adelanta en una carrera y, de repente, se detiene y vuelve la cabeza, pálida por la impresión, mientras anuncia, con voz temblosa: “Madre, no es parda, sino que está completamente bañada en sangre seca. Creo que hemos encontrado el lugar. Mira, donde estorbó la hierba, todavía es blanca”. María se acerca lentamente para comprobar que la blanca roca está totalmente impregnada de sangre y que, en el centro puede distinguirse, con gran claridad, la silueta de un hombre alto que ha estado postrado en oración y, a un extremo, huellas de pies que entran y salen de ella y que, Magdalena, acostumbrada a estar a sus amados pies, tantas veces abrazados, besados, llorados, ungidos, secados, reconoce enseguida como los de Jesús. Cuando María se acerca, la roca empieza como a sudar delante de ellas, brillando al sol -no puede haber el rocío a esas horas del día-, y, súbitamente, parece sangrar (1), y la sangre seca de la silueta de Jesús postrado en oración, vuelve a ser roja y fresca, como recién vertida, brillando al sol, pero no a su luz, sino desde dentro, como si la luz procediera de ella. Y María cae, primero de rodillas, por la impresión de ver la silueta sangrienta de su Hijo y, después, cae postrada en oración en aquel lugar donde su Hijo derramó las primicias de su Sangre (2), que ofrecería después en el Calvario, hasta agotarla entera.

La sorprendida Magdalena imita a María, postrándose a los pies de aquella silueta, para comprobar que sucede lo mismo con las huellas de los pies de Jesús más cercanas a ella, que brillan como rubíes encendidos a la luz del sol, y no puede contener el llanto, a pesar de saber que Él está resucitado y ya no muere más… Es como si deseara lavar su Sangre con sus lágrimas y enjugarla, después, con sus cabellos, como aquella vez. Y, estando así, postrada, consigue ver, por el rabillo del ojo, cómo las huellas de sangre iluminadas se dirigen hacia la silueta oscura de algo rectangular que, sobresaliendo de entre la hierba, se apoya contra el perfil de la roca. Lentamente, con miedo de lo que pueda encontrar, se acerca al borde de la roca, para ver de qué se trata, y da un chillido entre sorprendido y angustiado: allí caído, doblado con sumo esmero, está el manto de Jesús; algún animal, hocicando, debió moverlo de encima de la roca, donde Jesús lo dejó.

María se acerca enseguida y reconoce el manto, ahora acartonado, de su querido Hijo, con una gran mancha de sangre en su centro, que tiene la forma de su amado rostro. Lo recoge dulcemente y con él apretado contra sí, derramando lágrimas silenciosas, se sienta al borde de la roca para contemplar aquel rostro amado con ternura infinita, mientras lo acaricia con su mejilla y lo besa una y otra vez, sin que él le pueda devolver ya las caricias ni los besos, que Ella ansía y tanto echa de menos. Su Hijo debió secarse con él su rostro y su pelo, llenos de Sangre tras la copiosa sudoración, cada vez que fue a despertar a los tres durmientes, para que no se aterrorizaran al verlo así, y lo dejó allí, doblado, para volver, después, a por él; cosa que no pudo hacer, pues fue detenido con un beso.

Magdalena pregunta, entonces: “¿Qué le haría sangrar así, Madre? Aquí no hay rastro de pelea”; y María, levantando lentamente su cara de la tela, la mira con ternura y le responde: “La angustia y la agonía, hija mía, la angustia y la agonía… ¡Mi pobre Hijo, nadie sabe cuánto tiempo estuviste así, Cielo mío, tu solito, y mamá no pudo estar aquí para abrazarte y consolarte, como hacía cuando eras niño!”. Y, después, con lágrimas en los ojos, aprieta nuevamente la tela contra su cara, para seguir llorando en silencio. Así pasan el resto del día, sin acordarse si quiera de comer, hasta que el sol comienza a declinar. Entonces, Magdalena, abrazándola tiernamente, la consuela y le dice que ya es tarde y es tiempo de regresar, pues en el cenáculo todos estarán preocupados por ellos. María asiente en silencio y, sin dejar de estrujar contra sí el manto de su Hijo, se deja levantar.

Caminan unos pocos pasos y María se detiene a mirar, una vez más, aquella roca con la silueta de su Hijo y, como si pensara en voz alta, dice: “He de decirle a Juan que construya un pequeño oratorio encima de la roca, para preservar este lugar sólo para Dios, como casa de oración”. Después, volviéndose a Magdalena, la besa tiernamente en la frente y le dice: “Siento que este manto es un regalo de mi Hijo a su pobre mamá y que estuvo aguardando por mí hasta ahora. Gracias, hija, por haber satisfecho mi deseo irrefrenable de venir aquí a orar; nunca te estaré suficientemente agradecida por ello, ni a mi Hijo por este detalle hacia su mamá, después del gran regalo de la efusión de su Sangre y de la salvación que con ella compró. Después, le sonríe con complicidad y añade: “Y si tú me acompañas, podremos comenzar aquí el Camino de la Cruz, como primera parada, y terminar en el sepulcro, abierto y vacío, del jardín de José de Arimatea, convertido, también en oratorio, como la última. Yo llevaría la tablilla y el buril y tú me ayudarías a contar las distancias y las medidas… ¡Trabajo en equipo por una buena causa!”.

Y Magdalena, sonriendo, se deja camelar, asintiendo con la cabeza, antes de apoyarla contra su hombro y susurrarle, un tanto mimosa: “Madre mía querida, cuánto te quiero. Nunca te dejaré y haré todo lo que me pidas, pues seré feliz haciéndote feliz, Madre”. Y bien abrazadas, la una a la otra, emprenden el camino de regreso al cenáculo, con muchas noticias maravillosas que contar.

  1. Juan José Cepedano Flórez CMM.

+ Salamanca, 7 de Noviembre de 2020.

Dedicado al Inmaculado Corazón Doloroso de la Virgen María.

© Imágenes tomadas de Internet.

 

Notas al texto

1.- Testimonio del Padre Michael Wensing, sacerdote de Dakota del Sur (USA), quien celebró una Misa temprana en la Iglesia de Todas las Naciones, junto al Jardín de Getsemaní, el 4 de noviembre de 2015: «Me desvestía (después de celebrar misa) y oí a la gente gritar: ‘Vuelva, padre, vuelva. Algo increíble está sucediendo. ¡Mire esta roca!”. “(La roca) estaba reluciente, con humedad, y pensé: “Tal vez es como el rocío”, pero los coches no cogen rocío en un garaje y esta roca estaba en el interior, no a la intemperie. En lugar de humedad, habían aparecido tres fuentes de sangre, que manaron duraron un tiempo, justo antes de evaporarse. Había una hendidura en la roca y en ella estaba lo que parecía sangre. Me sorprendió. Me arrodillé y me bendije a mí mismo con el agua y la sangre. Una mujer lo probó y dijo que sabía como a sangre».

2.- Según el Itinerario de Egeria, monja berciana del s.IV, la iglesia de la Agonía constituía ya una estación de las procesiones litúrgicas, antes del final del siglo IV. Después de haber pasado casi toda la noche del Jueves al Viernes Santo, en el monte de los Olivos, los fieles bajaban de nuevo a la ciudad, cantando himnos: «Y se llega al lugar mismo en que oró el Señor, como está escrito en el Evangelio: y se apartó como un tiro de piedra y oró… En ese lugar hay una iglesia elegante. Entra en ella el Obispo y todo el pueblo, se dice allí una oración propia del lugar y se dice también un himno apropiado y se lee el mismo texto del Evangelio donde el Señor dijo a sus discípulos: velad para que no entréis en tentación. Se lee allí todo ese pasaje y se hace de nuevo oración».

ANEXO

Visiones de la Beata Ana Catalina Emmerick sobre el Viacrucis en “La amarga Pasión de Cristo” (1833)

Beata Ana Catalina Emmerick (1774-1824)

1.- El Primer Viacrucis de la historia: Origen del Via Crucis, en Jerusalén (Cap. XII)

«Cuando Jesús fue conducido a Herodes, Juan acompañó a la Virgen y a Magdalena por todo el camino que había seguido Jesús. Así volvieron a casa de Caifás, a casa de Anás, a Ofel, a Getsemaní, al jardín de los Olivos, y en todos los sitios, donde el Señor se había caído o había sufrido, se paraban en silencio, lloraban y sufrían con Él. La Virgen se prosternó más de una vez, y besó la tierra en los sitios en donde Jesús se había caído. Este fue el principio del Via Crucis y de los honores rendidos a la Pasión de Jesús, aun antes de que se cumpliera.

La meditación de la Iglesia sobre los dolores de su Redentor comenzó en la flor más santa de la humanidad, en la Madre virginal del Hijo del hombre. La Virgen pura y sin mancha consagró para la Iglesia el Vía Crucis, para recoger en todos los sitios, como piedras preciosas, los inagotables méritos de Jesucristo; para recogerlos como flores sobre el camino y ofrecerlos a su Padre celestial por todos los que tienen fe. […] Juan amaba y sufría. Conducía por primera vez a la Madre de Dios por el camino de la cruz, donde la Iglesia debía seguirla, y el porvenir se le aparecía».

2.- El segundo viacrucis de la historia: El Vía Crucis de María en Éfeso (Cap. XXII)

Casa de la Virgen María en Éfeso, convertida actualmente en iglesia, y, detrás de ella, el monte donde cabría localizar el Viacrucis hecho por María

«En las cercanías de su vivienda había dispuesto y ordenado María Santísima las estaciones del Vía Crucis. La vi al principio ir sola por las estaciones de este camino midiendo los pasos dados por su divino Hijo, que tenía anotados desde Jerusalén. Según los pasos que contaba, señalaba el lugar con una piedra y sobre esta piedra la vi escribir lo sucedido en la Pasión del Señor y anotar el número de pasos hasta este lugar. Si encontraba un árbol en el camino, señalaba el paso de la Pasión en el árbol mismo. Había señalado doce estaciones. El camino llevaba al final a un matorral y el santo sepulcro estaba señalado en una gruta.

Después que hubo señalado estas doce estaciones, vi a la Virgen María, silenciosa, ir recorriendo, con su fiel criada, esos pasos de la Pasión del Señor, meditando y orando. Cuando llegaban a una estación, se detenían, meditaban el misterio de la estación y oraban. Poco a poco, este Vía Crucis fue mejorado y arreglado y Juan hizo poner mejor las piedras recordatorias con sus inscripciones. La gruta también fue agrandada, adornada convenientemente y transformada en lugar de oración. Las piedras estaban en parte enterradas en el suelo, cubiertas de vegetación y de flores y cercadas en torno. Eran de mármol blanco liso. No he podido medir el grueso de esas piedras por las plantas que cubrían la parte inferior.

© P. Juan José Cepedano Flórez CMM (Santo entierro de la iglesia de San Julián, en Salamanca)

Los que hacían el Vía Crucis llevaban un asta con una cruz como de un pie de alto; clavaban esta asta en una hendidura de la piedra y se hincaban delante para rezar, si es que no se echaban de cara al suelo, meditando y orando. Las sendas en torno de las piedras eran bastante anchas de modo que podían ir por ellas dos personas a la vez. Conté doce de estas piedras, las cuales, terminado el acto, se cubrían con una estera. Las piedras eran más o menos iguales y en los lados tenían escritas letras hebreas; los lugares donde estaban las piedras eran de diversas dimensiones. La estación primera, el Getsemaní, la formaba un vallecito con una pequeña cueva donde podían estar hincadas varias personas. La estación del Calvario no estaba en la gruta sino en una colina. Para ir al sepulcro, se pasaba la colina; luego, al otro lado de la piedra recordatoria, en una hondonada y al pie de la colina, a la gruta del sepulcro, donde María Santísima más tarde fue colocada. Creo que esta gruta existe todavía bajo los escombros y que un día ha de ser descubierta».

 


15
Ene 21

En el Polo Norte


Todas  las imágenes pertenecen a la parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción (Iqaluit-Nunavut Canadá)

El misionero de Mariannhill, P. Daniel Perreault CMM, durante la celebración del Sacramento de la Confirmación en su parroquia de Iqaluit (Nunavut/ Canadá).

          En su última carta circular habla de su trabajo en la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción en la ciudad de Iqaluit, capital del territorio autónomo de Nunavut (Canadá).          El P. Daniel Perreault CMM es un misionero de Mariannhill que trabaja desde hace años en aquella zona conocida como el Polo Norte y que para la inmensa mayoría de nosotros es del todo desconocida.

          Compartimos con los lectores de Familia Mariannhill lo que escribe en la mencionada carta el P. Daniel.

Desde mi última carta circular puedo empezar contando que he vivido muchos momentos hermosos, de alegría y esperanza, pero no me faltaron tampoco momentos de tristeza. Durante el año 2019 hubo muchos fallecimientos en la villa de Pond-Inlet, por suicidio y homicidio. También los habitantes de la zona padecen una alta tasa de enfermedades respiratorias debido al tabaquismo. Casi todos los lugareños empiezan a fumar a los 14 años, no sólo tabaco. Todo ello, no sólo es causa de graves problemas de salud, sino también sociales, dado que lo que la gente gasta en tabaco [una cajetilla de 25 cigarros cuesta 27 dólares] no lo gasta en comida. Si a todo ello se le añade el consumo frecuente de alcohol y de drogas, uno puede entender que los problemas sociales de todo tipo, derivados de la situación, no son pocos.

Por otro lado, como algo positivo tengo que reconocer que el Señor me ha dado la oportunidad de contar con grupos de gente que luchan contra estas lacras. Son cada vez más las personas que se comprometen para hacer que la vida en sus prójimos sea cada vez más justa y fraterna. Todos estos ejemplos de entrega han hecho crecer en mí un gran sentido de solidaridad, sobre todo cuando nos vemos afectados por alguna situación trágica como las que he mencionado antes. Guardo con especial cariño el recuerdo de la gesta que realizaron los jóvenes del lugar, cuando renovaron las viejas tradiciones de caza y pesca para alimentar a las familias pobres y a las personas mayores que ya no pueden salir al mar o la tundra. He podido ver bastantes anuncios en los que se ofrecía a la gente necesitada carne o pescado fresco. Todo esto lo están haciendo los jóvenes de manera desinteresada. Todo ello han sido verdaderos motivos de esperanza para mí.

En el otoño del 2019 tuve la oportunidad de participar en Roma en el XXX aniversario de la fundación del Sistema de Células Parroquiales de Evangelización. Fue una oportunidad maravillosa para conocer gente de todo el mundo – estuvieron representados 32 países -. Pudimos compartir nuestras experiencias y celebrar junto a nuestro Papa Francisco. ¡Qué momentos tan intensos los vividos, en que pudimos dar gracias al Señor, que es el maestro de esta obra! Y durante esta estancia en Roma, pude representar a mi Iglesia diocesana en el Congreso “Iglesia en la salida”, convocado por el Papa Francisco sobre la Nueva Evangelización. Las conferencias, los talleres y las celebraciones fueron realmente una fuente de alegría y esperanza para mí. Aunque se dé resistencia en algunos lugares, he sido testigo de que este movimiento de evangelización se está abriendo camino en todo el mundo y que ni las mayores adversidades van a poder detenerlo.

De vuelta en mi parroquia se me ocurrió ofrecer a mis feligreses en Iqaluit una primera sesión de catequesis en la Escuela de Evangelización de San Andrés. El propósito de este programa es permitir que las personas que aún no conocen a Jesús o que saben muy poco sobre Él puedan tener una verdadera experiencia de encuentro con Él y luego pasen a integrarse en una célula de evangelización y en la comunidad parroquial. Como era la primera experiencia de este tipo, me pareció oportuno comenzar convocando a los feligreses, ya practicantes, que quisieran involucrarse aún más. Así ellos mismos podrán ser los animadores de las futuras sesiones de la Escuela de Evangelización de San Andrés, dado que es imposible traer aquí gente de otras partes de Canadá, pues los costos de transporte son prohibitivos.

Teníamos programado para finales de Febrero del 2020 una nueva sesión de catequesis de la Escuela de Evangelización de San Andrés, que debía comenzar con un retiro cuaresmal, al que estaba previsto se unieran los anglicanos de Iqaluit. Pero llegó el Covid-19 y tuvimos que suspender las celebraciones y reuniones con personas. Con la ayuda de mis colaboradores, desde el Domingo de Ramos, empecé a grabar las celebraciones litúrgicas, para ser transmitidas por Youtube. Aunque haya muchas iniciativas de este tipo, es un consuelo para los fieles poder participar desde casa en las celebraciones de su parroquia. La Iglesia ha estado abierta cada día dos horas por la tarde para la adoración eucarística. Siempre hubo personas, que manteniendo la distancia requerida entre sí, se acercaron a la Iglesia. A ellos les ofrecía la posibilidad de recibir la comunión eucarística.

La pandemia ha sido – sigue siendo – una experiencia difícil de digerir. Hemos tenido que cambiar los hábitos de vida. Nos hemos tenido que adaptar a las normas recibidas para proteger a los que amamos. Y no sabemos cuánto durará todo esto. Pero, también es verdad que han salido a la superficie muchas cosas buenas. Nunca había visto tanta solidaridad y compasión como las que he podido ver desde que comenzó la pandemia. Lo he podido ver en la ciudad donde está mi parroquia. Curiosamente, en este tiempo de confinamiento, lo que ha prevalecido no ha sido el cerrarse a los demás sino la apertura a sus necesidades. Creo que esto es lo que se llama amor al prójimo.

Aunque en los días del confinamiento no fueron posible las celebraciones públicas de la Eucaristía, sin embargo, la misión de la Iglesia no puede parar para poder atender las necesidades de nuestro mundo herido. Así se revela lo mejor del ser humano: el amor de Dios que pasa por el amor a nuestro prójimo.

No he podido tomar vacaciones en el verano del 2020. He querido estar con mis feligreses cuando las autoridades han permitido las celebraciones públicas de culto. Gracias a Dios, mi salud sigue bien. Tengo la diabetes bajo control. Intento hacer las cosas lo mejor que puedo. He podido encender mi barbacoa durante los días de verano.

Rezo para que se pueda encontrar la vacuna y los medicamentos apropiados contra este virus tan maligno. ¡Cuento, como siempre, con vuestras oraciones, asegurándoos las mías!

P. Daniel Perreault CMM

Misionero de Mariannhill


09
Nov 20

HISTORIA DE UNAS BODAS (Las Bodas del Cordero)

Llegado el tiempo de las Bodas y el Banquete del Cordero, los que habían merecido ir al Cielo entraban alegres, bulliciosos y festivos en la gigantesca y bien iluminada sala del convite, portando sus lámparas encendidas. Una vez dentro, podían verse dos grandes mesas: una mesa enorme en la parte delantera, muy bien adornada y bien servida, llena de los manjares más exquisitos, entre los que no podía faltar un buen pedazo de humeante y tierno cordero pascual, bien asado y acompañado por una generosa y fragante copa de vino rojo, algo muy apropiado para la ocasión; y otra mesa, mucho más pequeña, en la parte trasera, también adornada y bien servida, llena de manjares igualmente exquisitos, pero sin vino y con los platos, bellamente decorados, pero obstinadamente vacíos… ¡Ni rastro del cordero! Tanto es así, que muchos supusieron que aquella sería la mesa de los sirvientes o de los pobres que Jesús siempre solía invitar a su mesa.

Según iban entrando los invitados, todos iban dirigiéndose, apresuradamente y sin dudar, a ocupar un sitio en la gran mesa, pues todos querían estar cerca de Jesús, en virtud de los méritos conseguidos en vida, pues suponían que Él se sentaría con su Esposa en la mesa principal. Así entraron los hijos, que habían recibido el Bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y eran herederos de la Gracia, y esperaban ser abrazados, besados y acariciados por su Padre durante la cena y por la eternidad. También lo hicieron los siervos, que lo habían dejado todo para seguir al Señor y habían pasado toda su vida trabajando al servicio del buen Dios, siendo encontrados en vela y dándoles la comida a su tiempo a sus hermanos, y esperaban ser recompensados, con el ciento por uno, por su Dios, por toda la eternidad. Igualmente entraron los amigos, aquellos a los que Jesús había dicho: “Ya no os llamo siervos, sino amigos, pues todo se lo había dado a conocer” y ellos querían seguir conociendo más cosas y disfrutar del trato preferencial con su amigo, por toda la eternidad.

Sin embargo, no todos fueron a la mesa más grande, pues, aunque deseaban vivamente estar con Jesús, algunos no se sentían dignos de abrogarse tal privilegio. Además, habían hecho propósito de presentarse ante Él con las manos vacías de sus muchos méritos, para sólo tener los méritos de Jesús si es que alguien se los pedía. Como todavía quedaban algunos puestos por ocupar en la gran mesa, los allí asentados invitaron a los de la mesa más pequeña, diciendo: “Amigos, subid a nuestra mesa, para que no hagan feo estos huecos que han quedado y, así, demos sensación de uniformidad”. Y, poco a poco, muy lentamente, varios de ellos, algunos inseguros y otros a regañadientes, fueron cambiándose hacia la otra mesa, hasta que se llenó totalmente.

Sólo entonces, comenzó a escucharse, cada vez más cercano, el toque solemne del shofar, que señalaba la llegada del Esposo a la sala del festín. Súbitamente, en ese mismo instante, se abrió una puertecita estrecha, por detrás de la mesa pequeña, y una bellísima dama, de porte noble y gentil, y sobrias vestiduras de fiesta, adornadas de flores, pidió permiso a los de aquella mesa para quedarse entre ellos y se sentó expectante, mirando a la puerta principal con una radiante sonrisa en los labios y en los ojos, que brillaban más que sus luminosos vestidos; su cara les resultó muy familiar a todos, pero nadie se atrevió a preguntarle quién era y, al igual que ella, todos dirigieron sus miradas hacia la puerta principal, por donde habría de entrar el Esposo, ya que así, al menos, le verían entrar.

Cuando el Esposo entró en la sala, radiante de mansedumbre y humildad, pero en todo su esplendor de Dios, y con su corazón inflamado y ardiente en llamas de vivo Amor, dirigió una mirada, de afecto profundo y tierno, hacia la abarrotada mesa donde estaban todos sus hijos, servidores y amigos. El Esposo, seguido de su escolta angélica, fue rodeando la gran mesa de invitados, bendiciendo a todos y cada uno de ellos, pero nadie disponía de un puesto libre a su lado donde poder retenerlo y pedirle que se sentara. Cuando hubo terminado de rodear la mesa y de bendecir a todos, el Esposo les hizo una profunda reverencia y una gran alegría y regocijo sustituyó la pena que sentían por no haberse sentado con ellos, a su mesa.

Entonces se volvió hacia la mesa más pequeña y todos pensaron que haría lo mismo antes de dirigirse a una tercera mesa, mucho mejor servida y adornada, que nadie había visto todavía, y donde le estaría esperando la afortunada Esposa, a la que tampoco nadie había visto. El esposo se acercó a la mesa más pequeña y, sonriendo encantadoramente, extendió su brazo hacia aquella dama, que, en el último momento, había entrado en la sala por la puerta de servicio y, ante la sorpresa de todos, la hizo acercarse a su lado.

Todos pensaron que aquella bellísima dama, deliciosamente humilde y sencilla, pero de una gran belleza y resplandor, cuyo corazón, también ahora, resplandecía en llamas, sería la afortunada candidata a Esposa del Cordero. Pero, al llegar ella a su altura, el Esposo la tomó de la mano y la besó dulcemente en la frente, mientras le decía: “Mamá, acompáñame a ocupar nuestro puesto en la mesa nupcial, pues hoy es un día de fiesta y gran regocijo para los ciudadanos del Cielo”. Y, ante la sorpresa de todos, fueron a sentarse con los convidados de la mesa más pequeña. Al ver esto, algunos de los convidados indecisos, que cambiaron de mesa en el último momento, intentaron regresar sus antiguos puestos, que seguían vacíos, pero los ángeles se lo impidieron.

Entonces, el Esposo, puesto en pie, les hizo a los que ocupaban la mesa más pequeña la misma reverencia y bendición que les había hecho a los de la mesa más grande, pero en esta ocasión, en cada reverencia, les fue lavando los pies, uno tras otro, antes de bendecirlos, abrazarlos y besarlos. Después, mandó traer su copa, la copa de la Última Cena, aquella con la que selló la Nueva Alianza nupcial en su Sangre, la levantó en alto y dijo: “Hijitos míos, os dije una vez que no volvería a beber del fruto de la vid hasta que lo bebiera con vosotros en mi Reino. Ese día, por fin, ha llegado. Os doy la bienvenida a todos” y los de la mesa más grande, levantando sus copas, brindaron con Él.

Entonces, dirigiéndose a los de la mesa más pequeña, que no tenían copas y estaban tristes por no haber podido brindar, les dijo: “Amados míos, no andéis agobiados en nuestro día de fiesta. Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de la nueva y eterna Alianza esponsal en mi Sangre” y, pasándoles su propia copa, les hizo beber a todos de ella, comenzando por su Madre. Luego añadió, sonriendo: “Veo que tampoco tenéis corderito pascual en el plato. No os importe, porque Yo-Soy el verdadero Cordero Pascual” y, tomando su pan, lo repartió entre ellos, diciendo: “Tomad y comed todos de él, porque ésta es mi carne servida en alimento, para que os penetréis del Señor”. Así se cumplió la profecía que anunciaba que los elegidos se sentarían a su mesa y Él mismo les serviría.

Después, dirigiéndose a la concurrencia, señaló a los que estaban con Él, en su mesa, y les dijo a todos los presentes: “Estos son mi Madre y mis hermanos, aquellos que escucharon la Palabra de Dios y la cumplieron, a cualquier precio, en todo momento, y hasta el final de sus vidas” y todos se regocijaron con ellos, pues sentían que ellos también, pero en diferente medida, habían escuchado la Palabra de Dios y la habían hecho florecer y dar fruto en sus vidas, así como en la de muchos otros. Entonces continuó diciendo: “Me diréis que si éste es un banquete de bodas, dónde está la Novia del Cordero, aquella que se convertirá en mi futura Esposa”. Y todos asintieron y abrieron los ojos y la boca, expectantes, para escuchar: “Hoy, conforme a la voluntad de mi Padre, tomo mi Esposa de entre los que son mis hermanos. Aquellos que me amaron y se fiaron de Mí hasta el extremo de presentarse ante Mí con las manos vacías de sus múltiples méritos y supieron elegir los últimos puestos en mi banquete, porque les daba igual el sitio, con tal de estar Conmigo, pues solo Yo-Soy su Lote y su Heredad y lo seré por la eternidad. En verdad, en verdad os digo, que ellos supieron elegir la mejor parte y nunca les será quitada. Estos de aquí son, para siempre, mi Amada, mi Novia y mi Esposa, la Esposa del Cordero por la eternidad; y todos vosotros, hijitos míos, muy amados, sentados a la mesa más grande, sois mis invitados a las Bodas del Cordero con la Iglesia enamorada y fiel. Alegrémonos y regocijémonos todos juntos por la eternidad”. Y, a una señal del Esposo, el ángel del Señor anunció: “Dichosos los invitados al banquete de las Bodas del Cordero” y el toque del shofar dio solemne apertura a la Cena del Señor con sus santos y elegidos.

P. Juan José Cepedano Flórez CMM.

+ Salamanca, 31 de Octubre de 2020.

© Imágenes tomadas de Internet.


09
Nov 20

Homilía de la Profesión Perpetua de los Fratres Mauricio Alberto Jamine CMM y Felizardo Luheia CMM (Salamanca, 18 de Octubre de 2020)

Queridos Fratres Mauricio y Felizardo:

Queridos hermanos:

A la caída de la tarde de este domingo, día que, por derecho propio, le pertenece al Señor, nos hemos reunido en su nombre para celebrar el Misterio de la Eucaristía. Hemos escuchado su Palabra, que hace arder el corazón; luego, le podremos reconocer en la Fracción del pan.

La Iglesia está celebrando en este domingo el Domund, la Jornada Misionera más importante del año. Y esta pequeña porción de Iglesia, que es la Congregación de los Misioneros de Mariannhill, verá como dos de sus miembros -vosotros dos- se consagrarán a Dios de por vida, haciendo profesión perpetua de sus votos religiosos.

Haré girar esta homilía en torno a seis palabras, con un breve comentario sobre cada una de ellas, y una conclusión.

1ª Palabra: Consagración: Ésta es la clave de lo que vais a realizar esta tarde. ¿Pero no estabais ya consagrados desde el día de vuestro bautismo? Sin duda. ¿Entonces? Lo que en esta tarde haréis será radicalizar aquella consagración bautismal. Radicalizar significa ir hasta las raíces, llevar algo hasta las últimas consecuencias. Por ello, la consagración religiosa no es otro sacramento, sino el mismo sacramento del Bautismo -renuncias y promesas- radicalizado.

2ª Palabra: Dios: A Él, en exclusividad, vais a quedar consagrados. Dios se convierte, así, en la riqueza de vuestras vidas -pobreza-, en el amor de vuestros corazones -castidad- y en el Señor de vuestras existencias -obediencia-. Se dice bien y se dice pronto, pero si uno lo piensa un momento, es para ponerse a temblar. Esto no es un juego ni un pasatiempo. Esto os interpela a vosotros y nos juzga a los que ya dimos, en su día, el paso que vosotros os disponéis a dar.

3ª Palabra: Misión: Consagrados a Dios para una misión. ¿Qué misión? Aquella misma que nace, como de una fuente, del Corazón del Padre, que ha llegado a nuestra orilla gracias al Hijo, que sigue empapando, por medio del Espíritu Santo, todo lo que se cruza a su paso. Dios os está pidiendo ayuda para que le echéis una mano para proponer al mundo la única oferta de salvación plena, la del Evangelio. No tenéis que inventar la misión: Lo que habéis de hacer es colaborar echando una mano.

4ª Palabra: Vocación: ¿De quién fue esta ocurrencia? Nadie se llama a sí mismo. La llamada, aunque uno la experimente en el interior, no nace de uno mismo. La llamada siempre viene de fuera. Dios es el que os pensó, os escogió y os llamó. Una llamada que se dirige a vuestra libertad personal y que, sin violentaros, espera de vosotros una respuesta positiva. La respuesta viene formulada en el lema escogido para la edición del Domund de este año: “Aquí estoy, envíame”.

5ª Palabra: Iglesia: ¿Y a la hora de realizar la misión, iréis por libre para hacer lo que se os antoje, disponiendo a vuestro arbitrio del mensaje a transmitir, sustituyéndolo por algo distinto, fruto de vuestra inventiva o capricho? No, pues estáis al servicio del mensaje de la salvación que se guarda en la Iglesia. Sois sus administradores y no sus dueños. Al margen de la Iglesia, de sus pastores, de su disciplina, podréis correr más de prisa, pero por camino equivocado.

6ª Palabra: Mariannhill: Para realizar con garantías la encomienda recibida, tendréis el respaldo de vuestra familia religiosa y misionera. Vosotros mismos sois fruto de la actividad de los misioneros que os precedieron y ahora habéis de hacer lo propio con otros. La familia de Mariannhill os anima y os provee de los recursos de toda índole para ayudar a María a que sea Ella quien siga presentando a Jesús ante el mundo como verdadera Luz de las naciones.

Seis palabras y una conclusión. Sois de Mozambique y estáis en España. Sois misioneros africanos en Europa. ¿Qué se espera de vosotros como misioneros aquí? Nada distinto de lo que se espera de los misioneros en cualquier parte del mundo. A saber: Sacar adelante la misión, a la manera como el mismo Jesús dio comienzo a la misma.

Jesús empezó la misión en la llamada Galilea de los gentiles: No os conforméis con quedaros al calor de las comunidades cristianas ya constituidas. Id, en esta España nuestra, a buscar a los alejados, a mover las cenizas de los descreídos, a evangelizar a los no creyentes.

Jesús empezó la misión predicando el Evangelio e invitando a la conversión: No sois agentes de desarrollo ni socios de una ONG. Los que lo son, lo harán mejor que vosotros porque tienen la preparación. Vosotros la tenéis para predicar el Evangelio y para invitar a todos a acercarse a Dios.

Jesús empezó la misión curando las enfermedades del pueblo: Estáis llamados a atender el amplio abanico de las necesidades del ser humano, dado que el Evangelio ha de llegar a todo ser humano y a todas las áreas constitutivas del mismo. Nada ha de quedar al margen del poder salvador de Jesús.

Jesús empezó la misión llamando y escogiendo a discípulos y seguidores: En este erial vocacional, en que al momento se ha convertido Europa y España, estáis llamados a suscitar vocaciones misioneras. La razón es clara: Sin misioneros, no hay misión.

Queridos Mauricio y Felizardo: Adelante, pues, confiando en el Corazón de Cristo, Luz de los pueblos, dando la mano a María, la buena Madre de Mariannhill y a Santa Ana, nuestra patrona. Adelante, pues, amparados por San José, protector de esta familia misionera, que tiene además, en San Benito, a su primer padre. Adelante, pues, inspirados por los Patronos de las misiones, San Francisco Javier y Santa Teresa del Niño Jesús. Adelante, pues, aleccionados por el ejemplo heroico de nuestro hermano el Beato Engelmar. Así sea.

P. Lino Herrero Prieto CMM.

Superior Regional de los Misioneros de Mariannhill en España.

© Foto: P, Juan José Cepedano Flórez CMM.


28
Oct 20

La persona de Jesús en preguntas


© CARMEN BORREGO MUÑOZ (España)

JESÚS, EL BUEN SAMARITANO: Imagen tallada y policromada, que se encuentra en la Capilla de la Casa de Mariannhill en Madrid. La escultura fue realizada por el escultor Shadreck Chivandire, natural de Zimbabwe. El artista salmantino, Francisco Orejudo Alonso, realizó la ornamentación de la misma.

Nos acercamos a la persona de Jesús rastreando las preguntas que sobre su origen, identidad, autoridad, enseñanza, obras, comportamiento y realeza han quedado recogidas en los evangelios canónicos, según la versión de la Biblia de la Conferencia Episcopal Española. La profusión de todas estas preguntas es claro indicador de que la persona de Jesús no deja indiferente a nadie.

 Preguntas sobre el origen de Jesús

Es posible identificar en los textos evangélicos un conjunto de interrogantes que, a fin de hacerse una idea de la identidad de Jesús, preguntan sobre su origen. Curiosamente tales preguntas vienen recogidas, sobre todo, en el Evangelio de San Juan, aunque el tema en cuestión aparece también en los tres Sinópticos.

Así, por ejemplo, Natanael duda de que el origen conocido de Jesús sea garantía de algo bueno: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” [Jn. 1, 46]

Los judíos, al escuchar el discurso de Jesús sobre el Pan Vivo en la sinagoga de Cafarnaúm, murmuraban diciendo: “¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?” [Jn. 6, 41-42] Enterado de estas murmuraciones, el mismo Jesús les lanza una pregunta, en la que apunta hacia otro origen no sospechado, que será causa de un mayor escándalo: “¿Esto os escandaliza?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?” [Jn. 6, 61-62]

En el medida en que avanza el ministerio público de Jesús, junto a los que se inclinaban a creer que era el Mesías esperado, otros, en cambio, lo ponían en duda, apoyándose precisamente en el origen conocido de Jesús: “¿Es que de Galilea va a venir el Mesías ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David y de Belén, el pueblo de David?” [Jn. 7, 41-42] Ante los planes de prender y juzgar a Jesús, Nicodemo objeta que primero habría que escucharlo. Los demás fariseos, apoyándose en el origen conocido de Jesús, le replicaron que el tema estaba bien claro: “¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas.” [Jn. 7, 52]

La pregunta sobre el origen, que es clave para poder responder a la pregunta sobre la identidad, también se esclarece respondiendo a la pregunta sobre el destino. Afirma Jesús: “Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta “¿Adónde vas?” [Jn. 16, 5] Esta pregunta de Jesús y las afirmaciones que le siguieron suscitaron en el auditorio otras preguntas: “¿Qué significa eso de “dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver”, y eso de “me voy al Padre”?… “¿Qué significa ese “poco?” [Jn. 16, 17-18] El mismo Jesús se hace eco de estas preguntas de su auditorio: “¿Estáis discutiendo de eso que os he dicho: “Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver”?  [Jn. 16, 19]

Tal pregunta sobre el destino se la plantearon también los judíos en sus discusiones con Jesús: “¿Adónde va a marchar este que no podamos encontrarlo? ¿Acaso va a marchar a la diáspora para instruir a los griegos? ¿Qué significa esta palabra que dijo: “Me buscaréis y no me encontraréis, y donde yo estoy no podéis venir vosotros?” [Jn. 7, 35-36] Incluso se plantean los judíos otra posible respuesta al interrogante: “¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir vosotros?” [Jn. 8, 22]

En la medida en que avanzaba el interrogatorio de Pilatos a Jesús, la perplejidad del gobernador se incrementaba. En su desconcierto Pilatos le hizo una pregunta de alcance insospechado: “¿De dónde eres tú?” [Jn. 19, 9]

 Preguntas sobre la identidad de Jesús

           Las preguntas sobre la identidad personal de Jesús, tal como aparecen en los textos evangélicos, se pueden agrupar en dos bloques: Aquéllas que vienen planteadas por otros y aquellas preguntas planteadas por el mismo Jesús.

Respecto a las primeras, las planteadas por otros respecto a la identidad de Jesús, hacemos el elenco de las siguientes:

Vamos al comienzo mismo del ministerio público de Jesús y recordamos aquella pregunta que le planteó el mismo Precursor, por intermediación de algunos de sus discípulos, una vez que el mismo Juan Bautista tuvo noticia de lo que Jesús decía y hacía: “¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?” Los hombres se presentaron ante él y le dijeron: “Juan el Bautista nos ha mandado a ti para decirte: “¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?” [Lc. 7, 19-20; Mt. 11 ,3]

Sobre la identidad de Jesús se preguntaron también los que fueron testigos del perdón de los pecados del paralítico y de su posterior curación: “¿Quién es este que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?” [Lc. 5, 21] En la versión de Marcos la pregunta suena así: “¿Por qué habla este así?… ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo uno, Dios?” [Mc. 2, 7]

© ARCHIVO CMM [España]

JESÚS CON LA CRUZ A CUESTAS: Vidriera correspondiente a la segunda estación del Viacrucis realizado por la misionera de la Preciosa Sangre o de Mariannhill, Hna. Hadwig Münz CPS, para la capilla de la residencia que los Misioneros de Mariannhill tenían en St-Agustine-de-Desmaures [Quebec/Canadá].

También se planteó la pregunta sobre la identidad mesiánica de Jesús la mujer samaritana, después de su encuentro con Él junto al pozo de Jacob:“Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será este el Mesías?[Jn. 4, 29] Sobre dicha identidad mesiánica, también se plantearon la pregunta algunos de Jerusalén, al ver cómo Jesús hablaba y actuaba: ¿No es éste el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías? [Jn. 7, 25-26]

En los intensos diálogos de Jesús con los judíos, tal como han quedado recogidos en el evangelio de San Juan, se le plantean a Jesús en repetidas ocasiones varias preguntas sobre su identidad. A saber: “¿Dónde está tu Padre?” [Jn. 8, 19] / “¿Quién eres tú?” [Jn. 8, 25] / “¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió?… ¿por quién te tienes?” [Jn. 8, 52-53] / “No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán? [Jn. 8, 57] / ¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente.” [Jn. 10, 24] / “La Escritura nos dice que el Mesías permanecerá para siempre; ¿cómo dices tú que el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto? ¿Quién es ese Hijo de hombre? [Jn. 12, 34]

Preguntas sobre la identidad de Jesús, planteadas por otros, aparecen también al final de su ministerio público. Así, cuando Jesús entró en Jerusalén, la ciudad se sobresaltó preguntando: “¿Quién es este?” [Mt. 21, 10] Durante el proceso religioso ante el Sanedrín, se le planteó a Jesús una pregunta radical: “¿Tú eres el Hijo de Dios?” [Lc. 22, 70] Ante la respuesta afirmativa de Jesús, los acusadores encuentran la excusa buscada para su condena: “¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios?”  [Lc. 22, 70-71] Estando clavado en la cruz, uno de los ladrones le lanzó una pregunta provocadora: “¿No eres tú el Mesías?” [Lc. 23, 39]

          Respecto a las segundas preguntas, aquellas planteadas por el mismo Jesús respecto a su identidad, hacemos el elenco de las siguientes:

Los tres Sinópticos, con ligeras variaciones entre sí, recogen las dos preguntas concatenadas, planteadas por Jesús a sus discípulos. Mateo dice que ello ocurrió en la región de Cesarea de Filipo: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” [Mt. 16, 13]; “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” [Mt. 16, 15] Marcos afirma que ambas preguntas las planteó Cristo cuando iba de camino con los suyos: “¿Quién dice la gente que soy yo?” [Mc. 8, 27]; “Y vosotros, ¿quién decís que soy?” [Mc. 8, 29] Lucas relata que tales preguntas fueron planteadas por Jesús estando orando sólo, acompañado por sus discípulos: “¿Quién dice la gente que soy yo?” [Lc. 9, 18]; “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” [Lc. 9, 20]

Por otra parte, Jesús plantea una serie de preguntas sobre su identidad en referencia directa al Padre. Así, una vez encontrado en el templo por sus padres, les pregunta: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?” [Lc. 2, 49]. Más adelante, metido de lleno en su ministerio público, en diálogo polémico con los judíos, Jesús, teniendo conciencia viva de ser el Hijo del Padre, les plantea estas dos preguntas retóricas al respecto. Una primera: “¿Cómo dicen que el Mesías es hijo de David, si el mismo David dice en el libro de los Salmos: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies? …¿Cómo puede ser hijo suyo?” [Lc. 20, 41-44]; y una segunda: “¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: sois dioses?” Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura. A quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: “¡Blasfemas!” Porque he dicho: “Soy Hijo de Dios?” [Jn. 10, 34-36] En la misma dirección, aunque con mayor explicitud, va la respuesta en forma de pregunta retórica que le dirige al apóstol Felipe ante la petición de éste de poder ver al Padre: “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre?” ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en Mí?” [Jn. 14, 9] Esta conciencia filial la mantuvo Jesús en los momentos más dramáticos de su pasión. Así en la oración del Huerto de Getsemaní: ¿Qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora?” [Jn. 12, 27]; o dirigiéndose a Pedro durante el prendimiento: “¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre?” [Mt. 26, 53]

Preguntas sobre la autoridad de Jesús

Después de la entrada en Jerusalén, al final ya de su ministerio público, los tres Sinópticos recogen las preguntas planteadas a Jesús por parte de las autoridades del pueblo sobre su pretendida autoridad. Marcos indica que las preguntas se las plantearon a Jesús cuando estaba paseando por el Templo: “¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad para hacer esto?” [Mc. 11, 28] Mateo indica que le plantearon las preguntas a Jesús estando éste enseñando en el Templo: “¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?” [Mt. 21, 23] También Lucas indica que le plantearon las preguntas sobre su autoridad estando Jesús enseñando en el Templo: “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te ha dado esta autoridad?” [Lc. 20, 2]

En la misma línea, aunque utilizando otra terminología, van estas otras preguntas planteadas a Jesús y recogidas en el evangelio de Juan. Una primera, a raíz de la expulsión de los vendedores del Templo: “¿Qué signos nos muestras para obrar así?” [Jn. 2, 18]; otras dos preguntas concatenadas en la sinagoga de Cafarnaún, durante el discurso del Pan de Vida: “¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra?” [Jn. 6, 30]   

Preguntas motivadas por la enseñanza y de las obras de Jesús

          Un primer conjunto de preguntas motivadas a raíz de la enseñanza misma de Jesús.

En el comienzo mismo de su ministerio, estando en Cafarnaún. En versión de Marcos:¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad…” [Mc. 1, 27]. En versión de Lucas:¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen”. [Lc. 4, 36] Y estando en Nazaret: “Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: “¿No es este el hijo de José? [Lc. 4, 22]

En pleno desarrollo de su ministerio, los judíos en polémica con Jesús se preguntan extrañados: “¿Cómo es este tan instruido si no ha estudiado?” [Jn. 7, 15]

Y al final de su ministerio, después de la resurrección, los dos de Emaús se dijeron el uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” [Lc. 24, 32]

Un segundo conjunto de preguntas motivadas a raíz de las obras realizadas por Jesús.

Los tres Sinópticos recogen la pregunta que se hacen los que han sido testigos de la tempestad calmada. Según Marcos los discípulos, testigos del prodigio, se llenaron de miedo y se decían unos a otros: “¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!” [Mc. 4, 41] Según Mateo, los discípulos se preguntaron asombrados: “¿Quién es este que hasta el viento y el mar  lo obedecen?” [Mt. 8, 27] Y según Lucas, los discípulos, llenos de temor y admiración, se decían unos a otros: “¿Pues quién es este que da órdenes incluso al viento y al agua y lo obedecen?” [Lc. 8, 25]

Si los prodigios realizados por Jesús eran causa de preguntas sobre su persona, éstas también se suscitaban ante el hecho de que perdonaba pecados. Así, a raíz de la curación del paralítico, Lucas indica que los escribas y los fariseos se pusieron a pensar: “¿Quién es este que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?” [Lc. 5, 21] Así, a raíz del encuentro con Jesús de la pecadora pública en casa del fariseo, Lucas indica que los demás convidados empezaron a decir entre ellos: “¿Quién es este, que hasta perdona pecados?” [Lc. 7, 49] Jesús puede perdonar pecados porque tiene conciencia de no tener pecado: “¿Quién de vosotros puede acusarme de pecado?” [Jn. 8, 46] Por otra parte, “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?” [Jn. 9, 16]

No es de extrañar que muchos, ante tales obras, creyeran en él, apoyándose en el siguiente argumento: “Cuando venga el Mesías, ¿acaso hará obras mayores que las que ha hecho este? [Jn. 7, 31]       

          Encontramos, por último, un tercer conjunto de preguntas que vienen motivadas, a la par, a raíz de la enseñanza y de las obras realizadas por Jesús.

Enseñando un sábado en la sinagoga de su pueblo, Marcos dice que la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y Joset y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?” [Mc. 6, 2-3] La versión de Mateo sobre el mismo hecho es la siguiente: “De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?” [Mt. 13, 54-56]

Nada extraño entonces que Lucas recoja en los siguientes términos la reacción del simple de Herodes: “A Juan lo mandé decapitar yo, ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas? Y tenía ganas de verlo.” [Lc. 9, 9]

© HNO. THOMAS FISCHER CMM [Alemania]

CRISTO, EL PROFETA: Vidriera que se encuentra en la Casa que los Misioneros de Mariannhill tienen en Karen [Nairobi/Kenia].

Preguntas sobre el comportamiento de Jesús

El comportamiento de Jesús en general o algunos comportamientos en concreto también suscitaban preguntas.

La pregunta de su madre, al encontrarlo en el Templo: “Hijo, ¿por qué nos has tratado así?”[Lc. 2, 48]

La pregunta de los fariseos a los discípulos de Jesús a raíz de la comida en casa de Mateo: “¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?” [Mt. 9, 11]

La pregunta de los discípulos a Jesús a raíz de su enseñanza en parábolas: “¿Por qué les hablas en parábolas?” [Mt. 13, 10]

La pregunta de los cobradores de impuestos a Pedro: “¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?” [Mt. 17, 24]

La pregunta de algunos de Jerusalén: “¿No es este el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías? [Jn. 7, 25-26]

Las preguntas del sumo sacerdote durante el proceso religioso ante el silencio de Jesús. En la versión de Mateo: “¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?” [Mt. 26, 62] En la versión de Marcos: “¿No tienes  nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti? Pero él callaba sin dar respuesta. De nuevo le preguntó el sumo sacerdote: “¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?[Mc. 14, 60-61]

Las preguntas retóricas del sumo sacerdote al escuchar la respuesta de Jesús. En la versión de Marcos: ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece? [Mc. 14, 63-64] En la versión de Lucas las preguntas retóricas se las plantean los miembros del Sanedrín en general: “¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios?” [Lc. 22, 70]

Las preguntas de Pilatos durante el proceso civil ante el silencio de Jesús. Mateo: “¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?” [Mt. 27, 13] Marcos: “¿No contestas nada?” [Mc. 15, 4] Juan: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?” [Jn. 19, 10]

Y, ya por último, la pregunta de Pilatos al pueblo sobre el comportamiento de Jesús: “¿Qué mal ha hecho?” [Mc. 15, 14]

Preguntas sobre la identidad de Jesús como Rey

No son pocas las preguntas que se pueden identificar en los textos evangélicos canónicos que giran en torno a la identidad de Jesús como Rey.

Empezando por la que hicieron los sabios del Oriente al llegar a la ciudad de Jerusalén: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?” [Mt. 2, 2]; y siguiendo por la que se hacía la multitud asombrada: “¿No será este el hijo de David?” [Mt. 12, 23]

Están también aquellas preguntas, planteadas por el mismo Jesús, a sus interlocutores a modo de acertijo y recogidas por los tres Sinópticos. En la versión de Mateo: ¿Qué pensáis acerca del Mesías? ¿De quién es hijo?” Le respondieron: “De David”. Él les dijo: “¿Cómo entonces David, movido por el Espíritu, lo llama Señor diciendo: “Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies?” Si David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo? [Mt. 22, 42-45] En la versión de Marcos: “Mientras enseñaba en el templo, Jesús preguntó: “¿Cómo dicen los escribas que el Mesías es hijo de David? El mismo David, movido por el Espíritu Santo, dice: “Dijo el Señor a mi Señor; siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies”. Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo? [Mc. 12, 35-37] En la versión de Lucas: “Entonces les dijo: “¿Cómo dicen que el Mesías es hijo de David, si el mismo David dice en el libro de los Salmos: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies?” David, pues, lo llama Señor; entonces, ¿cómo puede ser hijo suyo? [Lc. 20, 41-44]

Y están, por último, todas aquellas preguntas sobre la realeza de Cristo durante el proceso civil ante Pilatos.

Los tres Sinópticos recogen la pregunta directa de Pilatos a Jesús al inicio de interrogatorio: “¿Eres tú el rey de los judíos?” [Mt. 27, 11; Mc. 15, 2; Lc. 23, 3] En la versión de Marcos siguen las preguntas de Pilatos al pueblo sobre el destino de Jesús Rey: “¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?” [Mc. 15, 9]; “¿Qué hago con el que llamáis  rey de los judíos?” [Mc. 15, 12]

Es el evangelista Juan quien más desarrolla el tema de la realeza de Jesús a raíz del diálogo-interrogatorio de Pilatos a Jesús en el Pretorio. Paso a consignar las preguntas al respecto: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús le contestó: “¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí? Pilatos replicó: “¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho? [Jn. 18, 33-35]… “Entonces, ¿tú eres rey? Jesús le contestó: “Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”. Pilatos le dijo: “Y ¿qué es la verdad?.” [Jn. 18, 37-38]

Consignar, por último, las preguntas de Pilatos al pueblo, según la versión de Juan: “¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?” [Jn. 18, 39]… “Ellos gritaron: “¡Fuera, fuera; crucifícalo!” Pilatos les dijo: “¿A vuestro rey voy a crucificar?” Contestaron los sumos sacerdotes: “No tenemos más rey que al César.” [Jn. 19, 15]

P. Lino Herrero Prieto CMM

Misionero de Mariannhill

 

 

 

 

 

 

 


27
Oct 20

A los 100 años del nacimiento de San Juan Pablo II (Carta de Benedicto XVI)

 


© AGENDA POLÍTICA

       El 18 de Mayo se cumplieron 100 años del nacimiento del que hoy es San Juan Pablo II. Efemérides importante que nos anima a seguir valorando al alza la figura y la obra de este gran Papa polaco, que ha marcado el devenir de la Iglesia de los tiempos recientes.

          Con tal motivo el Papa emérito Benedicto XVI ha enviado una carta al Cardenal Stanisław Dziwisz, arzobispo emérito de Cracovia [Polonia], que durante 40 años fue secretario personal del santo polaco.

          Es bien sabido que Benedicto XVI, siendo entonces el  Cardenal Joseph Ratzinger, tuvo una relación estrecha con San Juan Pablo II, colaborando con él como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe entre 1981 y 2005.

           En la carta, a la que hemos aludido, fechada el 4 de mayo y escrita originalmente en alemán, Benedicto XVI hace un recorrido por la vida de San Juan Pablo II: su familia, su formación sacerdotal durante la ocupación de Polonia, su papel en el Concilio Vaticano II, su llamada, apenas fue elegido Papa, a no tener miedo y abrir las puertas a Cristo, su gran amor por la Divina Misericordia.

           Reproducimos para nuestros lectores la carta completa, tal como fue publicada por Aciprensa.

© EL UNIVERSO

Ciudad del Vaticano

4 de mayo del 2020

El 18 de mayo se cumplirán 100 años desde que el papa Juan Pablo II nació en la pequeña ciudad polaca de Wadowice.

Polonia, dividida durante más de 100 años por las tres grandes potencias vecinas – Prusia, Rusia y Austria –, había recuperado su independencia al final de la Primera Guerra Mundial. Fue una época llena de esperanza, pero también de dificultades, ya que la presión de las dos grandes potencias, Alemania y Rusia, siguió pesando sobre el Estado que se estaba reorganizando. En esta situación de angustia, pero sobre todo de esperanza, creció el joven Karol Wojtyla, que perdió muy pronto a su madre, a su hermano y, finalmente, a su padre, de quien había aprendido una piedad profunda y cálida. El joven Karol era particularmente apasionado por la literatura y el teatro, y después de estudiar para sus exámenes de secundaria, comenzó a dedicarse más a estas materias.

«Para evitar la deportación, en el otoño de 1940, comenzó a trabajar en una cantera que pertenecía a la fábrica química de Solvay» (cf. Don y Misterio). «En Cracovia, había ingresado en secreto en el Seminario. Mientras trabajaba como obrero en una fábrica, comenzó a estudiar teología con viejos libros de texto, para poder ser ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1946» (cf. Ibid.). Por supuesto, no solo estudió teología en los libros, sino también a partir de la situación específica que pesaba sobre él y su país. Es una especie de característica de toda su vida y su trabajo. Estudia con libros, pero experimenta y sufre las cuestiones que están detrás del material impreso. Para él, como joven obispo – obispo auxiliar desde 1958, arzobispo de Cracovia desde 1964 – el Concilio Vaticano II se convirtió en una escuela para toda su vida y su trabajo. Las grandes preguntas que surgieron especialmente sobre el llamado Esquema 13 – luego Constitución Gaudium et Spes – fueron sus preguntas personales. Las respuestas desarrolladas en el Concilio le mostraron el camino a seguir para su trabajo como obispo y luego como Papa.

Cuando el cardenal Wojtyla fue elegido sucesor de San Pedro el 16 de octubre de 1978, la Iglesia estaba en una situación desesperada. Las deliberaciones del Concilio se presentaban al público como una disputa sobre la fe misma, lo que parecía privarla de su certeza indudable e inviolable. Un pastor bávaro, por ejemplo, comentando la situación, decía: «Al final, hemos acogido una fe falsa». Esta sensación de que no había nada seguro, de que todo estaba en cuestión, fue alimentada por la forma en que se implementó la reforma litúrgica. Al final, todo parecía factible en la liturgia. Pablo VI había cerrado el Concilio con energía y determinación, pero luego, una vez terminado, se vio confrontado con más asuntos, siempre más urgentes, lo que finalmente puso en tela de juicio a la Iglesia misma. Los sociólogos compararon la situación de la Iglesia en ese momento con la de la Unión Soviética bajo Gorbachov, cuando toda la poderosa estructura del Estado finalmente se derrumbó en un intento de reformarla.

© INFOBAE

Una tarea que superaba las fuerzas humanas esperaba al nuevo Papa. Sin embargo, desde el primer momento, Juan Pablo II despertó un nuevo entusiasmo por Cristo y su Iglesia. Primero lo hizo con el grito del sermón al comienzo de su pontificado: «¡No tengan miedo! ¡Abran, sí, abran de par en par las puertas a Cristo!» Este tono finalmente determinó todo su pontificado y lo convirtió en un renovado liberador de la Iglesia. Esto estaba condicionado por el hecho de que el nuevo Papa provenía de un país donde el Concilio había sido bien recibido: no el cuestionamiento de todo, sino más bien la alegre renovación de todo.

El Papa ha viajado por el mundo en 104 grandes viajes pastorales y proclamó el Evangelio en todas partes como una alegría, cumpliendo así su obligación de defender el bien, de defender a Cristo.

En 14 encíclicas, volvió a exponer completamente la fe de la Iglesia y su doctrina humana. Inevitablemente, al hacerlo, provocó oposición en las iglesias del Occidente llenas de dudas.

Hoy, me parece importante enfatizar sobre todo el verdadero centro desde el cual debe leerse el mensaje de sus diferentes textos. Este centro vino a la atención de todos nosotros en el momento de su muerte. El Papa Juan Pablo II murió en las primeras horas de la nueva fiesta de la Divina Misericordia. Permítanme agregar primero un pequeño comentario personal que revela un aspecto importante del ser y el trabajo del Papa. Desde el principio, Juan Pablo II se sintió profundamente conmovido por el mensaje de Faustina Kowalska, una monja de Cracovia, que destacó la Divina Misericordia como un centro esencial de la fe cristiana y deseaba una celebración con este motivo. Después de todas las consultas, el Papa había escogido el domingo in albis.

Sin embargo, antes de tomar la decisión final, le pidió a la Congregación de la Fe su opinión sobre la conveniencia de esta fecha. Dijimos que no porque pensamos que una fecha tan antigua y llena de contenido como la del domingo in albis no debería sobrecargarse con nuevas ideas. Ciertamente no fue fácil para el Santo Padre aceptar nuestro no. Pero lo hizo con toda humildad y aceptó el no de nuestro lado por segunda vez. Finalmente, hizo una propuesta dejando el histórico domingo in albis, pero incorporando la Divina Misericordia en su mensaje original. En otras ocasiones, de vez en cuando, me impresionó la humildad de este gran Papa, que renunció a las ideas de lo que deseaba porque no recibió la aprobación de los organismos oficiales que, según las reglas clásicas, había de consultar.

Mientras Juan Pablo II vivió sus últimos momentos en este mundo, la Fiesta de la Divina Misericordia acababa de comenzar tras la oración de las primeras vísperas. Esta celebración iluminó la hora de su muerte: la luz de la misericordia de Dios se presenta como un mensaje reconfortante sobre su muerte. En su último libro, Memoria e Identidad, publicado en la víspera de su muerte, el Papa resumió una vez más el mensaje de la Divina Misericordia. Señaló que la hermana Faustina murió antes de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, pero que ya había dado la respuesta del Señor a este horror insoportable. Era como si Cristo quisiera decir a través de Faustina: «El mal no obtendrá la victoria final. El misterio pascual confirma que el bien prevalecerá, que la vida triunfará sobre la muerte y que el amor triunfará sobre el odio».

A lo largo de su vida, el Papa buscó apropiarse subjetivamente del centro objetivo de la fe cristiana, que es la doctrina de la salvación, y ayudar a otros a apropiarse de ella. A través de Cristo resucitado, la misericordia de Dios es para cada individuo. Aunque este centro de la existencia cristiana solo nos lo da la fe, también es importante filosóficamente, porque si la misericordia de Dios no es un hecho, debemos encontrar nuestro camino en un mundo donde el poder último del bien contra el mal es incierto. Después de todo, más allá de este significado histórico objetivo, es esencial que todos sepan que, al final, la misericordia de Dios es más fuerte que nuestra debilidad.

Además, en esta etapa actual, también se puede encontrar la unidad interior entre el mensaje de Juan Pablo II y las intenciones fundamentales del Papa Francisco: Juan Pablo II no es un rigorista moral, como algunos lo intentan dibujar en parte. Con la centralidad de la misericordia divina, nos da la oportunidad de aceptar el requerimiento moral del hombre, aunque nunca podemos cumplirlo por completo. Sin embargo, nuestros esfuerzos morales se hacen a la luz de la divina misericordia, que resulta ser una fuerza curativa para nuestra debilidad.

© RELIGIÓN EN LIBERTAD

Cuando murió el Papa Juan Pablo II, la Plaza de San Pedro estaba llena de personas, especialmente jóvenes, que querían encontrarse con su Papa por última vez. No puedo olvidar el momento en que Mons. Sandri anunció el mensaje de la partida del Papa. Sobre todo, el momento en que la gran campana de San Pedro repicó, hizo que este mensaje resultara inolvidable. El día del funeral, había muchas pancartas diciendo «¡Santo súbito!». Eso fue un grito que, de todos lados, surgió a partir del encuentro con Juan Pablo II. No solo en la plaza, sino también en varios círculos intelectuales, se discutió la idea de darle el título de «Magno» a Juan Pablo II.

La palabra «santo» indica la esfera de Dios y la palabra «magno» la dimensión humana. Según el reglamento de la Iglesia, la santidad puede ser reconocida por dos criterios: las virtudes heroicas y el milagro. Los dos criterios están estrechamente vinculados. La expresión «virtud heroica» no significa una especie de hazaña olímpica; al contrario, en y a través de una persona se revela algo que no proviene de él, sino que se hace visible la obra de Dios en y a través de él. No es una competencia moral de la persona, sino renunciar a la propia grandeza. El punto es que una persona deja que Dios trabaje en ella, y así el trabajo y el poder de Dios se hacen visibles a través de ella.

Lo mismo se aplica a la prueba del milagro: aquí tampoco se trata de un evento sensacional sino de la revelación de la bondad de Dios que cura de una manera que va más allá de las meras posibilidades humanas. El santo es un hombre abierto a Dios e imbuido de Dios. El que se aleja de sí mismo y nos deja ver y reconocer a Dios es santo. Verificar esto legalmente, en la medida de lo posible, es el significado de los dos procesos de beatificación y canonización. En los casos de Juan Pablo II, ambos procesos se hicieron estrictamente de acuerdo a las reglas aplicables. Por lo tanto, ahora se nos presenta como el padre que nos deja ver la misericordia y la bondad de Dios.

Es más difícil definir correctamente el término «magno». Durante los casi 2.000 años de historia del papado, el título «Magno» solo prevaleció para dos papas: León I (440-461) y Gregorio I (590-604). La palabra «magno» tiene una connotación política en ambos, en la medida en que algo del misterio de Dios mismo se hace visible a través de la actuación política. A través del diálogo, León Magno logró convencer a Atila, el Príncipe de los Hunos, para que perdonara a Roma, la ciudad de los príncipes de los apóstoles Pedro y Pablo. Desarmado, sin poder militar o político, sino por el solo poder de la convicción por su fe, logró convencer al temido tirano para que perdonara a Roma. El espíritu demostró ser más fuerte en la lucha entre espíritu y poder.

Aunque Gregorio I no tuvo un éxito tan espectacular, también logró proteger a Roma contra los lombardos, de nuevo al oponerse el espíritu al poder y alcanzar la victoria del espíritu.

Si comparamos la historia de los dos Papas con la de Juan Pablo II, su similitud es evidente. Juan Pablo II tampoco tenía poder militar o político. Durante las deliberaciones sobre la forma futura de Europa y Alemania, en febrero de 1945, se observó que la opinión del Papa también debía tenerse en cuenta. Entonces Stalin preguntó: «¿Cuántas divisiones tiene el Papa?». Es claro que el Papa no tiene divisiones a su disposición. Pero el poder de la fe resultó ser un poder que finalmente derrocó el sistema de poder soviético en 1989 y permitió un nuevo comienzo. Es indiscutible que la fe del Papa fue un elemento esencial en el derrumbe del poder comunista. Así que la grandeza evidente en León I y Gregorio I es ciertamente visible también en Juan Pablo II.

Dejamos abierto si el epíteto «magno» prevalecerá o no. Es cierto que el poder y la bondad de Dios se hicieron visibles para todos nosotros en Juan Pablo II. En un momento en que la Iglesia sufre una vez más la aflicción del mal, este es para nosotros un signo de esperanza y confianza.

Querido San Juan Pablo II, ¡ruega por nosotros!

Benedicto XVI

 


15
Jun 20

LA EXPERIENCIA FUNDANTE: EL CORAZÓN DE JESÚS TRASPASADO

Queridos Lectores: Hoy profundizaremos en el acontecimiento fundante de nuestra Salvación y del origen del Cristianismo, de la Iglesia y de la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús.

Todo en la vida y en la muerte de Jesús, desde lo más pequeño y, en apariencia, más insignificante, hasta lo más grande y, en apariencia, más extraordinario, ha sido dicho, hecho y vivido, por Él, para nuestra salvación, atendiendo a un único plan maestro: la Voluntad del Padre y su designio salvífico de amor por nosotros; una Voluntad de la que Jesús, por amor al Padre y por amor a nosotros, no se apartará, en ningún momento y bajo ningún concepto, en todo lo que haga, diga, piense o permita y acepte que suceda, como en Getsemaní: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc.22,42) , siendo Él mismo, quien, en nombre de esta Voluntad y designio divino, entregará voluntariamente su vida -no se la quitarán-, para recuperarla, después, junto con las nuestras.

Por tanto, mis queridos lectores, todo en la vida de Jesús es excepcional, salvífico y maravilloso, pues se convierte en un continuo “hágase en mí” del designio salvífico de Dios y de la Voluntad del Padre por la humanidad y, por eso, ha sido consignado, después, en las Escrituras, para los que vendríamos detrás, pues también estamos llamados y destinados a acoger la salvación de Dios en Cristo Jesús. Sin embargo, hay un acontecimiento único, excepcional, que se nos pasaría realmente desapercibido, pues sólo un evangelista nos habla de él, pero lo va a ponderar tan grandemente, que hará que caigamos en la cuenta, dada la importancia que tiene para toda la humanidad, pues es la raíz, el compendio y el origen de todo.

Vayamos, pues, al relato del evangelista Juan, el “Discípulo Amado”, ya que es el único evangelista que recoge ese momento: “Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado – porque aquel sábado era muy solemne – rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua” (Jn.19,31-34). Entonces, el evangelista corta el relato totalmente y ya no se limita a ser un mero testigo de lo que está ocurriendo, sino que hace una valoración personal, como un toque de atención y grandes ponderaciones, como si le fuera -y a nosotros, también- la vida en ello: “El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: No se le quebrará hueso alguno. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron” (Jn.19,35-37).

¿Qué ha pasado aquí?, ¿nos hemos perdido algo? ¿Cómo es que Juan, de repente, le da tanta importancia al acontecimiento de la lanzada, dejando una constancia tan remarcada de ello en su Evangelio? Pues, quizá, porque sí la tiene y Juan ha comprendido, por fin, la importancia de ese acontecimiento a la luz de la gracia recibida durante la Última Cena, cuando se recostó sobre ese corazón amado y amante, que ahora acababan de romper delante de sus ojos y del que tanto recibió aquella noche, pues le abrió los ojos para ver, le permitió reconocer el momento concreto y le dio Nueva Vida, ésa que, ahora, nos quiere transmitir a todos nosotros. ¿Me permitís que hable en nombre de San Juan, poniendo mis palabras en sus labios, como si fuera él quien nos hablara, para entender algunas cosas interesantes? ¿Sí? ¡Pues vamos a ello!: “Por favor, Discípulo Amado del Señor, ¿puedes contarnos qué fue lo que, realmente, ocurrió con el tema de la lanzada?

Pues claro que sí. Veréis, cuando aquel soldado se acercó a Jesús y, viéndolo ya muerto, como un vil ensañamiento hacia su pobre cadáver, le asestó aquella lanzada, aparentemente inútil, pues ya estaba muerto, me invadió el recuerdo de lo vivido en el cenáculo, mientras estaba recostado sobre el pecho de Jesús y, en aquel momento, se me abrieron los ojos del entendimiento y descubrí que ambos acontecimientos eran importantes y que guardaban una estrecha relación entre sí.

En aquel momento, percibí, en la lejanía, los ecos de balidos, que retumbaban en los atrios del Templo, y caí en la cuenta de que los sacerdotes estaban degollando los corderos pascuales, y recordé las palabras del Bautista, mi antiguo maestro, al señalarnos a Jesús en el Jordán: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn.1,29). Y allí, delante de mí, estaba aquel Cordero, recién degollado, dando su Vida y su Amor por todos nosotros, inmolado junto con los demás corderos, pero, a diferencia de ellos, manso, humilde y silencioso, como decía Isaías, el profeta del Mesías, al hablar del Siervo Sufriente de Yahveh (cf. Is.53). Aquel grito desgarrador, al expirar, había sido, en realidad, su último balido. Recordé, también, las palabras del profeta Zacarías: “Mirarán al que traspasaron” (Zac.12,10 y Jn.19,37) y supe que aquella lanzada era, en realidad, un signo permitido por Dios.

Atravesando el pecho de Jesús, aquella lanzada fue a clavarse, directamente, en aquel Corazón que había escuchado latir la noche anterior, abriéndolo y derramando su contenido, tal como os conté ayer y yo sentí, al apoyar sobre él mi cabeza, pero ahora tenía una puerta de entrada, tal como yo le había reclamado… Y, al ser alanceado, a diferencia de los dos ladrones (cf. Jn.19,33-34), no se le rompió ni un solo hueso, tal como decían las Escrituras (cf. Jn.19,36) y, así, pude entender por qué, según la tradición del “Seder Pesaj” –u “Orden de la Pascua”-, no se les debía romper ni un solo hueso a los corderos pascuales; y por qué estos debían ser inmaculados y sin defecto alguno; y, también, por qué tenían que ser degollados, para ofrecer su sangre derramada en sacrificio expiatorio a Dios: “Esta es mi sangre, de la nueva Alianza, que será derramada por vosotros y por muchos, para el perdón de los pecados” (Mt.26,28), pues todos ellos eran atributos del Mesías, tan generoso, que vació por completo su Corazón, entregando toda su sangre y ¡toda su agua!

Tras la lanzada, me vino, también, nítida, la imagen de Moisés en el monte Horeb, golpeando la roca con su bastón, para que brotara agua de su interior y calmara la sed de su pueblo; y entendí por qué Dios le castigó por su falta de fe, pues aquella roca de Horeb representaba el Corazón de Jesús, golpeado una sola vez -y no dos-, por la lanza del soldado; la falta de fe de Moisés había enmascarado la semejanza y oscureció el signo. Me asaltó, entonces, la imagen del templo del profeta Ezequiel, del que manaba agua por su lado derecho (cf. Ez.47,1) y recordé las palabras de Jesús, cuando entró en Jerusalén: “Destruid este templo y en tres días lo reconstruiré” (Jn.2,19). Se refería a sí mismo, Él mismo era el templo, y el agua que manaba del lado derecho del templo, era esa misma agua que yo vi manar de su costado derecho, tras la lanzada, que, haciéndose un torrente imparable, recorrería la historia y la geografía humanas, saneándolo todo. Entonces vinieron a mí, las palabras de Jesús en Siloé y en Siquem: “De su seno brotarán torrentes de agua Viva” (cf. Jn.7,38), “que salta hasta la vida eterna” (Jn.4,14); he ahí el secreto de la salvación. Por eso, el mandato final de Jesús, antes de ascender a los cielos, fue: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos (Mt.28,19). ¡Ese agua bautismal es el torrente imparable que recorrerá la historia y la geografía humanas, saneándolas!, y nosotros mismos, enviados a bautizar en su nombre, somos parte de ese torrente, nacido de su costado abierto, por la lanzada de aquel soldado, que reconoció su divinidad(Mc.14,39).

Queridos hermanos: Esa lanzada, que abre el Corazón a Jesús, es el acontecimiento fundante de toda la espiritualidad cristiana posterior, desde los primeros segundos de la Iglesia naciente hasta el día de hoy, incluida la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús, porque la Herida del Costado quedó abierta para siempre y de ella sale la Vida, el Perdón y el Amor de Dios para todos nosotros; por ello, entre las devociones surgidas a lo largo de la historia de la Iglesia, hubo dos marcadamente importantes: La devoción a las Santas Llagas y la devoción al Corazón traspasado de Cristo, fermento y preparación para la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, tal como hoy la conocemos. Una espiritualidad cristiana que está basada en el amor oblativo e incondicional de Dios por el hombre y en la gratuidad de la salvación venida de lo alto, cuando todavía éramos malos; donde Dios nos amó primero y siempre, y nos guardó fidelidad, porque Dios es Dios y es siempre Fiel, a pesar de nuestro estado de pecado, y nos rescata de manera unilateral, por iniciativa suya, como un cheque en blanco, que espera ser llenado con nuestro nombre.

Por nuestra parte, es necesario un encuentro personal con ese Jesús traspasado y resucitado, que afirmó: “Cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí (Jn.12,32), y que, hasta hoy, sigue gritando: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso” (Mt.11,29-30), y que cojamos ese cheque en blanco –su yugo sobre nosotros-, para escribir en él nuestro nombre: “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt.11,29-30). Queridos lectores: Tal es la Voluntad del Padre y el designio del amor de Dios sobre nosotros, que hemos de cumplir, si queremos ser salvos: “Ser Santos como Él es Santo” (cf. Mt.5,48), dejándonos amar y engarzar en la santidad de Dios, en la corriente del amor intratrinitario de ese Dios que tanto nos ama, que da su vida por nosotros y, por amor, nos rescata, para que tengamos vida, y, a cambio, sólo nos pide que nos amemos, los unos a los otros como Él nos ama (cf. Jn.15,12). Este es el compendio de toda la doctrina del Evangelio y del Sagrado Corazón de Jesús.

Sagrado Corazón de Jesús. En vos confío.

P. Juan José Cepedano Flórez CMM.

+ Salamanca, 13 de Junio de 2020, en la cuarentena por Corona Virus.

© Imágenes tomadas de Internet.


15
Jun 20

EL ESLABÓN PERDIDO: EL PRIMER APÓSTOL DEL CORAZÓN DE JESÚS

Queridos lectores: Para preparar la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, he querido desarrollar dos temas que creo bien interesantes.

Si damos por válido que la Fuente divina y primera de la espiritualidad del Sagrado Corazón es el propio Jesús y, en definitiva, el Amor Misericordioso de su Sagrado Corazón, en estos dos temas vamos a tratar de descubrir:

– Tema 1º: Cuál es la fuente secundaria y humana de esa espiritualidad y, trataremos de buscar, entre los amigos del Sagrado Corazón de Jesús que en la Historia de la Iglesia han sido, quién fue el primero de todos ellos, el “eslabón perdido” o primer discípulo del Sagrado Corazón.

Hoy trataremos de descubrir, ya en la época de Jesús y de los Evangelios, quién es ese eslabón perdido o primer discípulo del Sagrado Corazón de Jesús.– Tema 2º: Cuál fue el acontecimiento histórico fundante de esa espiritualidad.

Dice un refrán castellano: “Te conozco como si te hubiera parido”. Me diréis: “¿Y a qué viene eso?” Pues viene a que nadie ha conocido mejor al Sagrado Corazón de Jesús que el Inmaculado Corazón de su Madre, la Bienaventurada Virgen María. Así pues, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús comenzó con el primer latido del Corazón humano del Hijo de Dios, recién engendrado, por obra y gracia del Espíritu Santo, en el seno virginal de su Madre, tras el Sí de María al anuncio del Ángel Gabriel.

Emocionante, ¿verdad?, pues, desde ese mismo instante, María es, desde la expulsión del Paraíso de Adán y Eva, la primera persona en la Tierra en recibir el Espíritu Santo de Dios, en la Anunciación, y la única en recibirlo, después, por segunda vez, en Pentecostés. María se consagró a Él, en cuerpo y alma, y se convirtió en su primera discípula y adoradora. María sintió latir, y adoró, durante nueve meses, ese pequeño y amado Corazón de Jesús en sus entrañas, y, cuando Jesús nació, consagró toda su vida, capacidades, recursos y amor a su cuidado y protección, sintiéndolo palpitar contra su pecho, cada vez que lo cogía en brazos o lo amamantaba. María lo vio crecer y supo guardar y meditar en su Inmaculado Corazón, de discípula y de Madre, todas las confidencias del Corazón infantil, adolescente, juvenil y adulto de su Hijo Jesús, conforme Éste iba creciendo, siendo consciente de que, cada vez que besaba o abrazaba a su Hijo, besaba el rostro de Dios y estrechaba contra sí su Sagrado Corazón.

María, al pie de la cruz, vio cómo el Corazón de Jesús se detenía y era atravesado, después, por la lanza de un soldado, al mismo tiempo que, a Ella, una espada le atravesaba el Corazón, tal como le anunciara el anciano Simeón, pues, como Corredentora, se le concedió participar, místicamente, de todos los sufrimientos de su Hijo. María pudo ver, también, cómo este Sagrado Corazón volvía a la vida, latiendo con fuerza, en todo su esplendor y majestad, el día de la Resurrección, y tengo el presentimiento de que fue Ella la primera a la que el Sagrado Corazón resucitado de Jesús, se presentó, premiando su fidelidad y calidad de discípula, aunque no se consignara en los Evangelios. María nos fue dada, como Madre, por su Hijo Jesús, en la Cruz y fue el alma espiritual de la Iglesia naciente, con su presencia orante y el testimonio una vida conforme al Amor y la doctrina de su Hijo Jesús. Por todo ello, María fue asunta en cuerpo y alma a los Cielos, sin experimentar la corrupción, y reina para siempre desde allí, velando por todos nosotros y llevándonos a Jesús.

Queridos lectores: En mi opinión, la Virgen María es, de pleno derecho, la primera discípula del Sagrado Corazón, pero todo parece indicar que no es Ella el eslabón que andamos buscando, pues los Evangelios sólo dicen que “María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su Corazón” (Lc.2,19). Y me diréis: “Si Ella no es la candidata ideal, entonces ¿quién es?” ¡Buena pregunta! A la vista del problema, tendremos que hablar, entonces, del “primer apóstol del Sagrado Corazón”, origen de esta espiritualidad.

He estado investigando y he descubierto que uno de los Padres de la Iglesia, San Agustín de Hipona, daba una pista sobre quién podría ser ese candidato, al afirmar que, en la Última Cena, “San Juan bebió de los secretos más profundos e íntimos del Corazón de Jesús… ¡Así, con todas las letras!… De hecho, San Juan será el único evangelista que mencione en su Evangelio el hecho de que alguien, a quien él llama el “Discípulo Amado”, se recostó sobre el pecho de Jesús, pero lo hará de manera prosaica, como si no hubiera pasado nada. Y yo me pregunto: ¿Recostó su cabeza sobre el pecho de Jesús y no cayó en éxtasis ni sintió nada? ¿Escuchó latir su corazón y no le cambió la vida el hacerlo?”. Mis queridos lectores, a la luz del testimonio de San Agustín, hemos de pensar que sí y creer que lo experimentó, sencillamente, todo, aunque él, por la razón que fuera, no dijera nada en su Evangelio.

¿Y a quién recurrimos ahora?”, me diréis. Pues he seguido investigando y encontré a una monja benedictina del siglo XIII, Santa Gertrudis la Grande, del monasterio de Helfta, en Alemania, quien, en su diario, dice que, en la fiesta de San Juan Evangelista, tuvo una visión conjunta de Jesús y del discípulo amado, en la que Nuestro Señor le permitió descansar su cabeza en la Llaga de Su costado y escuchar los latidos de su Corazón. Mientras escuchaba latir Su Corazón, ella se volvió, sorprendida, hacia San Juan y le preguntó si él también había escuchado y sentido lo mismo que ella, cuando se reclinó sobre el pecho del Señor, durante la Última Cena. Como San Juan le respondiera afirmativamente, ella le preguntó por qué se lo había callado y no había dicho nada sobre el Corazón de Jesús en su Evangelio. Y San Juan le contestó que tuvo que guardar silencio, porque su misión, como evangelista, era la de hablar, únicamente, del Verbo de Dios encarnado, pues la revelación de los secretos de Amor del Sagrado Corazón de Jesús estaba reservada para tiempos posteriores, cuando el mundo, aumentando en frialdad y debilitado en el amor a Dios, necesitara ser renovado e inflamado en la llama del Divino Amor.

¡Bien!… Ahora que ya lo tenemos claro, ¿me permitís que hable en nombre de San Juan, poniendo mis palabras en sus labios, como si fuera él quien nos hablara, para entender algunas cosas interesantes?… ¿Sí? ¡Pues vamos a ello!: “Discípulo Amado del Señor: ¿Puedes contarnos lo que sentiste en la Última Cena, al apoyar tu cabeza en el costado de Jesús?”.

¡Claro que sí, pues estaba reservado, en la divina Providencia, para estos tiempos que estáis viviendo! Cuando recosté mi cabeza sobre el pecho del Maestro, para escuchar quién lo habría de entregar, ¡bendito atrevimiento!, escuché latir su corazón y se me detuvo el tiempo… Ya sólo quería estar así, con la cabeza apoyada en su pecho, sin apartarla de allí jamás. En aquellos momentos, pude a sentir todo el amor y pesar que Él sentía por aquel discípulo suyo, que lo iba a entregar, pues no regresaría a Él para ser perdonado y se convertiría en hijo de perdición, aquel que fue llamado y elegido para ser y contagiar una bendición… No sé cómo explicarlo, pero pude sentir cómo lloraba por él su corazón y comencé a sentir en el mío la misma tristeza, angustia y pesar que Él, por aquel hermano que se perdía y me vi orando por él, con lágrimas en los ojos, aún sin saber quién era. Después sentí todo el amor que Él me tenía; era como un océano ardiente de bálsamo y ternura, que curaba todos los quebrantos y heridas de mi corazón, como una fuente en crecida, que, amenazaba desbordarse y, me envolvía en una indescriptible sensación de gozo y paz, y, por primera vez en mi vida, me sentí incondicional y profundamente amado, desde siempre y para siempre, y comencé a llorar de gozo y gratitud, humedeciendo la túnica de mi Maestro.

Entonces sentí una voz dulce, conocida y amada, resonando cálidamente en mi interior, que me decía: “Deja eso ahora, discípulo mío, mi bien amado, una sola cosa es importante, sólo una es necesaria: adéntrate en la profundidad de mi Sagrado Corazón y piérdete en Él, dejándote ganar, por Él, para siempre. Encuentra en Él tu acomodo, pues está hecho para ti, que fuiste creado por Él y para Él; pensado, con Amor, en la eternidad de Dios, antes de la creación del mundo; amado desde siempre y para siempre, en el conocer de Dios, que todo lo penetra y hace fértil, y que se encarnó, para ti, en un cuerpo semejante al tuyo, para abrazarte a ti, a quien amaba, en el “ahora” de tu tiempo y en el “para siempre” de la eternidad, para que tú le conocieras a Él y te dejaras amar por Él, siendo feliz en su regazo, tal como ahora lo eres, y llegaras a amarle, también tú, a Él y jamás de Él te apartaras”.   

Entonces comprendí que yo era sólo el primero de muchos y el apóstol de todos, pues la intensidad de aquel Amor que yo experimentaba, no pararía de crecer hasta desbordar su Corazón y derramarse misericordiosamente sobre la humanidad entera, alcanzando los confines de la tierra, en espacio, tiempo y eternidad… Y aquella cálida voz volvió a susurrar en mi interior: “Este es mi regalo para todas las almas, a quienes amo y por quienes me encarné, para que el Amor inmaterial del Verbo de Dios, se hiciera concreto y cálido, en el abrazo cordial, de carne y hueso, del Dios y Hombre verdadero; por eso es tan importante que vengáis a Mí, sintáis mi abrazo y mi Amor, que os sanan y recrean, y os quedéis, para siempre, Conmigo, en el tiempo y en la eternidad. Por último, le oí decir: “Muy pronto mi Corazón se abrirá, esparciendo los tesoros de Amor y de Misericordia que encierra. Tú serás el primero en reconocer aquel momento, pues serás mi apóstol, desde la eternidad, para ese fin, discípulo mío, mi bien amado. Ahora guarda silencio y descansa en el Amor de tu Señor, pues todo será a su debido tiempo, en la voluntad de mi Padre”.

Queridos lectores: Ya sabemos que San Juan Evangelista fue el afortunado Discípulo Amadoque, reposando su cabeza sobre el Corazón de Jesús, durante la Última Cena, pudo escuchar los latidos y conocer los secretos y el amor incondicional del Sagrado Corazón de Jesús, sintiéndose profundamente amado, sanado y confortado por Él; una experiencia, que le cambió totalmente y le marcó para siempre, dándole valor para no huir, como los demás discípulos, cuando prendieron a Jesús en Getsemaní, y fuerza para estar al pie de su cruz, hasta el final, recibiendo a la Madre de Jesús como madre suya, convirtiéndose, así, en familia de Jesús y en ese evangelista profundo, con mirada penetrante de águila, que tras contemplar los secretos del Corazón de Cristo, escribe el Evangelio del Amor y la revelación del Apocalipsis.

Y yo me pregunto dos cosas, mis queridos lectores: 1ª) “¿Podríamos nosotros imitar los rasgos del “Discípulo Amado” y, con la ayuda de Dios, parecernos a él? y 2ª) ¿Cuáles son los rasgos que deberíamos imitar?”. El sacerdote jesuita español, Beato Bernardo de Hoyos (+1731), receptor y difusor de la Gran Promesa del Sagrado Corazón de Jesús: “Reinaré en España y con más veneración que en otras partes”, afirma que los rasgos del “Discípulo Amado” coinciden con los rasgos del “cristiano ideal, es decir, que, en principio, todos podemos convertirnos en undiscípulo amado, cuando, con la ayuda de Dios, tratamos de ser ese “cristiano ideal”, siendo amados por y amantes del Sagrado Corazón de Jesús. Bernardo dice: “El Evangelio de San Juan, a través de la figura del “Discípulo Amado”, nos muestra al personaje histórico, así llamado, y, también, al cristiano ideal, de esta forma: La relación entre Cristo y el Padre se reproduce, ahora, entre Cristo y el discípulo amado, que recibe sus confidencias para comunicarlas a los demás. Y así, un discípulo amado por Jesús sería: 1) Quien se mantiene junto al crucificado y quien recibe a María, como su propia madre. 2) Quien se encuentra junto a Pedro, a quien respeta, y quien tiene fe en la resurrección del Señor. 3) Quien sabe reconocerlo presente después de su resurrección. 4) Quien permanece fiel, quien persevera, hasta que Jesús vuelva”.

La Hna. Brenda le da la razón, al introducir su canción “Discípulo Amado”, diciéndole a la Virgen María: “Madre, con el tiempo he comprendido que aunque hayan muchos discípulos de tu hijo, sólo los que te reciben a ti, en su vida, en su corazón, en su casa, como el discípulo Juan, sólo esos, Madre, se transforman en discípulos amados”; y su canción dice así: “Si quiero ser discípulo amado, tengo que acoger a María en mi casa. Si quieres ser discípulo amado, tienes que acoger a María en tu casa. 1) El discípulo amado descansa en el pecho de Jesús. Goza de su intimidad, escucha sus latidos. 2) El discípulo amado está junto a la cruz, no abandona a tu hijo. No abandona a tu hijo en los tiempos de prueba. 3) El discípulo amado corre a su sepulcro. Le bastan pocos signos para reconocerte. 4) El discípulo amado te reconoce por madre suya. Te recibe en su casa, vive junto a ti. 5) Madre te recibo en mi casa. Madre yo te acojo en mi vida. Madre te recibo en mi casa, soy tu hijo”.

¡El que tenga oídos para oír, que oiga!

Sagrado Corazón de Jesús. En vos confío.

P. Juan José Cepedano Flórez CMM.

+ Salamanca, 12 de Junio de 2020, en la cuarentena por Corona Virus.

© Imágenes tomadas de Internet.

 


03
Jun 20

EL ABAD FRANCISCO ¿MERO FUNDADOR DE UNA TRAPA Y UNAS MONJAS?

A esta manera simplista de ver las cosas, que corre el riesgo de ser coartada de muchas otras que el Abad Francisco ni dijo ni pensó, pero que desdibujan la raíz y difuminan la senda por él recorrida, con éxitoun éxito misionero, aunque no personal; no mezclemos las cosas, para no “tirar el niño con el agua de bañarlo”-, como licencia para explorar otras sendas posibles, mayormente anodinas en la orfandad del desarraigo, sólo podemos responder con un contundente “NO”.

 “NO”, porque el Abad Francisco no fundó sólo una trapa, sino tres: María Stern, Mariannhill y Emaús, y otras veintiocho más pequeñitas, denominadas “estaciones o filiales misioneras”… ¡Y lo hizo con éxito! Y “NO”, porque, hablando así, banalizamos la obra y el legado, tanto material como espiritual, del Abad Francisco, que hizo eso –fundar una Trapa y unas monjas- y mucho más que eso, como parte de un proyecto global de misión, porque, en el campo misionero, aunque, aparentemente, el Abad Francisco volvió a las raíces monásticas de la misión, en la práctica, se adelantó en décadas a su tiempo, combinando lo mejor de la vida activa y contemplativa de cara a la misión, sabiendo ser contemplativo en la acción y activo en la contemplación; en una palabra: un auténtico “monje-misionero, y obteniendo, en poco tiempo, un éxito jamás soñado por muchas de las congregaciones misioneras de su tiempo. Y ¿qué es lo que el Abad Francisco, realmente, fundó y nos dejó en herencia a nosotros, los Misioneros de Mariannhill?

 1.- EL ABAB FRANCISCO FUNDÓ UNA INFRAESTRUCTURA DE MISIÓN Y “UN MONASTERIO CON PUERTA, PERO SIN TAPIAS, ABIERTO A LA MISIÓN”

       Como la necesidad espiritual acuciaba y la exigencia del mandato misionero también, y los ansiados misioneros católicos que debían misionar allí no terminaban de llegar, tuvo que empezar él, con los medios materiales y humanos con los que contaba, haciendo realidad, una vez más, su lema: “Si nadie va, yo iré”, en virtud del cual se encontraba allí.   -Habla el Abad Francisco«Mientras san Agustín salió de Roma, yo salí de Bosnia. Él fue enviado por el Papa Gregorio Magno. Yo recibí la misión del Papa Pío IX. Él desembarcó con cuarenta monjes en Inglaterra, yo en África del Sur con treinta. Fueron San Fridolin y San Columbano quienes llevaron la fe a Alemania y al Norte de Francia…, y todos estos misioneros fueron monjes. Construyeron monasterios y evangelizaron».

 Y así, al frente de un reducido número de monjes, con pocos medios y mucha fe, fundó la Trapa de Mariannhill (“Colina de María y de Ana”) el 26 de Diciembre de 1882; de la que fue su primer Abad y desde la que dirigió la fundación de 28 estaciones filiales de misión en el tiempo récord de veinte años.   –Habla el Abad Francisco: «Se llamará Mariannhill… María: porque nuestros monasterios están siempre de dicados a María…; Ana: porque éste en particular está dedicado, también, a Santa Ana…; y Hill (colina, en inglés): porque se levantará sobre un majestuoso cerro». Así se imaginaba el Abad Francisco su monasterio de Mariannhill hasta que Dios le cambió sus planes.

Aquel Monasterio vino a ser un centro de espiritualidad, cultura y desarrollo técnico y agrícola, desde donde el Abad puso en práctica, con los nativos africanos, un sistema de evangelización similar al utilizado por los monjes benedictinos para la evangelización de Europa en la Edad Media.   –Habla el Abad Francisco: «Se alza aquí toda una maraña de construcciones y, entre ellas, tres secciones del monasterio, ocupadas por un gran dormitorio, una sala capitular y un oratorio. Hay, además, herreríacerrajeríasastreríazapatería, carpintería y una era para trillar. La imprenta y la tipografía han encontrado, por fin, un emplazamiento fijo, después de muchos cambios. Una hospedería y, junto a ella, un taller de fotografía. Entre todos estos edificios hay almacenes y vestuarios. Junto al refectorio se ha construido una cocina y, adosada a la iglesia, una sacristía.  Más abajo está la escuela…, y, al otro lado, a cierta distancia, las cuadras. Para el transporte, se han construido varios ramales de carreteras, trazados a base de romper la roca viva, y dos puentes de piedra sobre el río. En la imprenta han editado nuestros hermanos un catecismo, las “Hojas Volantes” y otras publicaciones en inglés y alemán…».

Otro monje trapense, Thomas Merton, en su libro “Las aguas de Siloé”, dice acerca del llamado “Fenómeno Mariannhill”: «Ante nuestros ojos tenemos el impresionante espectáculo de una misión trapense, en la que los monjes contemplativos habían conseguido, en unos pocos años, un éxito más espectacular de lo que muchos, en una orden religiosa activa, se hubiera atrevido a soñar. Lo más impresionante de esta nueva misión consistía en que operaba sobre líneas puramente benedictinas. Era un apostolado de oración y trabajo (Ora et Labora), de liturgia y labranza. Lo que tenía lugar en las filiales misioneras establecidas por Dom Francis Pfanner era exactamente el mismo proceso que había marcado la cristianización de Alemania y de todo el norte de Europa por los monjes benedictinos, cientos de años antes.

 Cada estación filial era un pequeño monasterio con varios sacerdotes y con media docena o más de hermanos. Junto a ellos había una pequeña comunidad de hermanas, pertenecientes a una nueva Congregación fundada por Dom Francis, para que enseñaran en las escuelas que él iba construyendo. Alrededor de cada iglesia y escuela se fue levantando todo un poblado de cristianos africanos, con una casa para huéspedes y toda clase de talleres. Los monjes enseñaron a los nativos todas las artes y oficios que uno se pueda imaginar y les instruyeron en la pintura, música, fotografía y demás.

Los africanos que más prometían fueron preparados para el sacerdocio en un nuevo seminario en Mariannhill. La mayor parte de la población trabajaba la tierra en extensas granjas cooperativas. La belleza de la vida no estaba sólo en su productividad material, sino en el hecho de que todo esto estaba centrado en torno a la iglesia y encontraba su expresión más culminante en las fiestas litúrgicas, que tanto alegraban el corazón de los africanos. Llenaban las iglesias y cantaban con sus afinadas voces, y formaban largas procesiones y en masa recibían los sacramentos, con tal fervor, que se quedaban admirados los mismos sacerdotes que los administraban». Esto nos lleva al siguiente punto…

2.- EL ABAD FRANCISCO FUNDÓ UNA NUEVA FORMA DE HACER MISIÓN

Guiado por la máxima benedictina “Ora et Labora”, con los casi 300 monjes que aquella Abadía llegó a tener y con la ayuda inestimable de las Hermanas Misioneras de la Preciosa Sangre, por él fundadas, el Abad Francisco trabajó sin descanso para hacer realidad su sueño evangelizador, sintetizado en su lema: “Mejores Campos, Mejores Casas, Mejores Corazones”.   –Habla el Abad Francisco: «Hasta ahora, los Africanos no sabían casi nada de un Dios invisible, omnipotente y omnipresente. Pero, desde que viven entre nosotros y ven cómo nuestros hermanos se arrodillan siete veces al día para la oración, sea en el surco del campo o en el andamio, en el lavadero o junto al yunque, reconocen con claridad que este Dios es invisible, omnipotente y que todo lo sabe. De esta forma, cada hermano, esté labrando o cuidando los bueyes, es para ellos un misionero y su ejemplo les enseña más sobre la oración que todo el “Tratado de la oración perfecta”, del P. Rodríguez».

El testimonio de Mahatma Gandhi, tras su visita a Mariannhill, fue: “lo que acabo de ver aquí, con mis propios ojos, es grandioso. ¡No hay mejor método para formar a los nativos de Sudáfrica, para hacerles ciudadanos valiosos!”. Después escribía en la prensa: “En Mariannhill encontramos a Hermanos e indígenas trabajando juntos en la carpintería, herrería, zapatería, cristalería, imprenta, guarnicionería, carretería, etc. En todos los talleres vi cómo los Hermanos estaban observando y asistiendo a los indígenas en sus trabajos. Corrigiéndoles con paciencia y amabilidad. Tanto los Hermanos como los jóvenes ven compensados sus esfuerzos. En todos los sitios reina un espíritu de disciplina y orden, así como de limpieza. La convivencia amable de los Hermanos cunde en los indígenas, que, por sí mismos, van aceptando las mismas formas de conducta. Aquí uno se da cuenta de que existe una enorme diferencia de comportamiento entre los Hermanos y los demás Blancos para con los Negros. Me gustaría tanto que todos mis amigos hicieran una visita a los monjes de Mariannhill, para que vieran con sus propios ojos y se convencieran personalmente de todo cuanto he intentado describir a través de este artículo; creo que llegarían a tener una opinión totalmente distinta sobre los problemas y cuestiones de los indígenas”. (Mahatma Gandhi, VG/33, Natal, 1933).

Su nieta, Ela Gandhi, en su visita a Mariannhill, afirmó que el tiempo que su abuelo pasó en el Monasterio influyó en la transformación de su vida: “Cuando visitó el monasterio de Mariannhill, vio a los monjes, las monjas y las personas que llegaron allí para aprender, trabajando juntos en sus campos. Lo que más le impresionó es que todos hacían todos los trabajos, ya fuera limpiando el patio o los retretes o trabajando en la granja; todos se reunían y trabajaban, así que no había desigualdad a la hora de hacer las tareas, pues todo el mundo hacía las tareas sin ningún tipo de reparo en turnarse para hacerlas. Él también quedó impresionado por el hecho de que no había ningún tipo de relación de autoridad entre los monjes y las monjas, los hombres y las mujeres o las diferentes razas, porque ya fueran negros o blancos, todos comían el mismo alimento, se sentaban a la misma mesa y llevaban el mismo tipo de ropa, así que no había ninguna diferencia en términos de raza, sexo, color ni nada de eso, y era como una isla en un país racista como Sudáfrica (en aquel momento). Estaba muy impresionado con aquella igualdad total en términos de raza. También sintió que el trabajo manual, el trabajar con las propias manos, era muy importante. En aquel monasterio enseñaban carpintería, el trabajo del cuero, el trabajo de la aguja y todo tipo de cosas que la gente podía hacer con sus manos, lo que los hacía autosuficientes”.

También contamos con el testimonio del párroco alemán Lorenzo Hopfenmüller, quien, en 1887, se planteaba cambiar sus tareas parroquiales por otras misionales, y que describe así, lo que Mariannhill, bajo la dirección del Abad Francisco -a quien conoció en Bamberg-, hacía: “Me seduce la empresa del abad trapense, P. Franz, en el Sur de Africa. Allí se ha instaurado ya un campo misional y parece que la actividad misional está muy en consonancia con la antigua actividad benedictina de los trapenses, en la medida en que, no solo enseñan a los pueblos paganos a rezar y a conocer las cosas celestiales, sino que también les enseñan a trabajar y lo hacen de manera práctica, mediante el ejemplo del propio trabajo. ¿No sería, pues, mejor, que yo me hiciera Trapense, y que trabajara allí por el Reino de Dios?”.

 Y finalmente…

3.- EL ABAD FRANCISCO FUNDÓ UNA NUEVA FORMA DE SER MISIONERO

 

En medio de tanta actividad misionera, el Abad Francisco confió siempre en la Providencia de Dios. Convencido del valor sin precio de la Preciosísima Sangre de Cristo y movido por el Espíritu Santo, supo unir contemplación y actividad misionera. Aceptó la voluntad de Dios en su vida, manifestada a través de muchas purificaciones, contrariedades, incomprensiones y enfermedades y, agarrando, con mano firme, el arado y, sin mirar atrás, perseveró hasta el final, poniendo todas sus misiones bajo la protección de la Virgen María. Sin embargo, pronto surgió el conflicto entre la intensa actividad misionera y la severa regla trapense, pues la comunidad contemplativa original era, de hecho y cada vez más, una comunidad misionera. Esta evolución obrada en Mariannhill fue vista con horror por los superiores mayores trapenses, que, en aquella época, andaban ocupados en la unificación de todas las ramas de la Orden trapense, quienes la tacharon, unos, de rebeldía, y otros, de “Feliz culpa”; pero el Abad Francisco no fue ningún rebelde, sólo creativo e innovador “ad maiorem Dei gloriam”, como él afirmaba, y seguidor de la divina Voluntad, que le hacía ver el “kayrós” de Dios para aquellas tierras y aquellas gentes, y en aquel preciso momento de su historia: “Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega” (Jn.4,35).

Habla el Abad Francisco: «Si uno ha de ser verdadero misionero, tiene que dejar, al menos, tres cuartas partes de la Regla Trapense, sobre todo, en lo referente a las cláusulas principales como el silencio, el ayuno, la clausura, la restricción en la correspondencia y la comida. Yo sugiero que una nueva “Misión Universal” sea organizada por Roma, y que esta congregación acepte de los trapenses sus métodos de trabajo, pero, en cuanto a la regla, que siga la que yo he elaborado y que es la más simple y la más efectiva del mundo. Es cierto que una vez escribí que si yo fuera joven, nunca volvería a entrar en los trapenses (donde entró para “bien morir”), sino en una congregación misionera, donde no haya guerra entre “regla” y “misión”, donde estuvieran unidas, como en la nueva congregación romana que yo he propuesto. Ser trapense y misionero, al mismo tiempo, es imposible. Sólo he deseado, en todos mis empeños y trabajos, la mayor gloria y honor de Dios». Así pues…

 4.- EN ESA NUEVA FORMA DE HACER MISIÓN Y DE SER MISIONERO, EL ABAD FRANCISCO NOS LEGÓ SU PATERNIDAD ESPIRITUAL Y FUE NUESTRO FUNDADOR

Retomemos, ahora, nuestra pregunta inicial: ¿Qué es lo que el Abad Francisco, realmente, fundó y nos dejó en herencia a nosotros, los Misioneros de Mariannhill,… pero, antes que nada, cabría preguntarnos ¿qué seríamos nosotros para él o en relación con él?… Su ¿“nueva y ansiada congregación misionera”?,… ¿sus “herederos”, tan sólo?,… ¿sus “descendientes”, quizá?,… ¿o “hijos” suyos, tal vez?… En cualquier caso, eso ocurrió mediante albacea testamentaria: San Pío X, que “NO” fue nuestro fundador, sino únicamente aquel que, real y legalmente, nos separó de los Trapenses -pues tenía la potestad para hacerlo y el Abad Francisco no-, y nos constituyó en una “Congregación Misionera dependiente de Propaganda Fide, tal como el Abad Francisco deseaba para su futura “congregación misionera masculina” sin nombre y para su, ya existente, “congregación misionera femenina”, las Monjas Rojas (o CPS), y nos bautizó con el mismo nombre que el Abad Francisco había elegido para aquella Trapa o monasterio, que, andando el tiempo, se convertiría en nuestra Casa Madre: Mariannhill.

Habla el Abad Francisco: «Por eso, he pedido otra congregación misionera mayor que la Trapa y que dicha congregación esté directamente bajo la jurisdicción de la Congregación de la Propaganda de la Feen Roma. Entonces trabajaría con todos estos hombres, no sólo en África del Sur, sino en Rusia y en el mundo entero». Creo que San Pío X supo captar y valorar esa genial intuición del Abad Francisco Pfanner y, ante la imposibilidad de dar marcha atrás y la necesidad de seguir adelante en la tarea evangelizadora y pastoral realizada hasta la fecha, le dio concreción y forma legal en esa separación de Mariannhill, con todas sus estaciones de misión, de la Orden trapense, dando, así, carta de naturaleza y marco legal a esa “nueva congregación misionera” que, de hecho, ya existía y estaba bien entrenada en la visión del Abad Francisco y en el terreno práctico de la misión, pues funcionaba como tal, y con éxitos notables, desde hacía varios años, aún sin tener conciencia de su “nueva identidad”, pues seguían siendo “monjes-misioneros”, pero, eso sí, “de Mariannhill” y, por ello, se opusieron, como un solo hombre, al Visitador General trapense, el Abad Edmund Obrecht, y a todos sus esfuerzos por destruir la obra misionera de Mariannhill, que, entre todos y con tantos sacrificios, habían realizado.

El natalicio de la “nueva Congregación Misionera Romana, dependiente de Propaganda Fide, tuvo lugar en vida del Abad Francisco Pfanner, el 2 de Febrero de 1909, quien se regocijó profundamente por ello, aunque muriera Trapense, en fidelidad a su Regla, y desterrado de todos, en fidelidad a la Misión. Después de todo lo dicho hasta ahora, creo que sabemos, ya, cuál es esa “nueva y anhelada “Congregación misionera internacional” a la que el Abad Francisco se refería y con la cual soñaba; lo que nos convierte, sin temor alguno y sin lugar a dudas, en sus hijos espirituales, como nuestras Hermanas de la Preciosa Sangre, por él fundadas.

 5.- DESPOJADO DE TODOS, MÁRTIR DE EMAÚS,… MAS LA HISTORIA LE HA DADO LA RAZÓN Y, SAN PÍO X, SU BENDICIÓN

Este año se ha dado una curiosa coincidencia entre la Solemnidad de la Ascensión del Señor y el 111º aniversario de la muerte del Abad Francisco Pfanner, nuestro fundador, y he percibido algunas semejanzas entre las lecturas del día y su vida, con las que quisiera terminar esta homilía-homenaje a su recuerdo.

1.- Un mandato misionero: Dice Jesús: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. Y el Abad Francisco responde: “Si nadie va, yo iré”.

2.- Una parcela de misión: Dice Jesús: “Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra””. Y el Abad Francisco, desde el confín de la Tierra, responde: “Nuestro terreno de misión es una parcela del Reino de Dios, que no tiene fronteras”.

3.- Una dolorosa constatación: Los planes del Señor no son nuestros planes: Dice el Evangelio de hoy: Fueron “al monte que Jesús les había indicado”; lo que me recuerda que, en la noche de Navidad del año 1882, cuando el Abad Francisco se acercaba con su “monasterio rodante” a la colina indicada, la de María y Ana, todas las carretas se le atascaron, y el monasterio que iba a edificar en la cima, tuvo que ser edificado en el llano, al ver en ello, el Abad Francisco, la voluntad de Dios. También dice ese Evangelio: “Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron”; lo que resumiría los “tiempos últimos” del Abad Francisco: aquellos que vieron el “Fenómeno Mariannhill” con buenos ojos y, creyendo en él, se unieron al Abad y le apoyaron; y aquellos que miraron con malos ojos y dudaron del “Fenómeno Mariannhill” y, escandalizados, castigaron al Abad y le abandonaron, aunque no pudieron terminar con aquel Fenómeno, pues no era fruto de la rebeldía de un hombre, el Abad Francisco, sino de la Voluntad de Dios.

-Habla el Abad Francisco: «Creo que Dios, en su sabiduría y bondad, permitió todo esto por el bien de mi alma. […] Mirad, los malos entendidos son siempre posibles, y a nadie se le debe echar en cara la culpa, cuando Dios lo permite por el bien de uno. […] Señor, te doy gracias porque me has acompañado a esta soledad –de Emaús-. En mi pobreza, haces brillar la gloria de tu resurrección, como ante aquellos discípulos que llevaban el corazón triste y dolorido. Te pido, como ellos, a las puertas de Emaús: “Quédate conmigo, pues cae la tarde y el día está para terminar”. […] Hoy es la fiesta de la Cruz de Nuestro Señor. Yo también he encontrado un trozo precioso de la cruz. La abrazaré y la besaré. Me acercará a mi Padre celestial».

Y como no se amargó al llevar su pesada cruz y supo llevarla con entereza y alegría, al final de su vida supo exclamar: “Fíjate en el Cielo y alégrate. Alégrate porque estarás delante de Dios y le verás. Luchemos y suframos con alegría, coraje y perseverancia hasta el fin”; algo que llamamos su “Testamento espiritual”… ¡Ah! La alegría del Abad Francisco Pfanner… ¡Esa gran desconocida… y tantas veces rechazada, para hacer del pobre Abad un personaje recio y serio, pero que, por tres veces, es mencionada en su testamento, como reflejo de toda su vida! Algo que hemos de rescatar para nuestra vida y apostolado, tanto a nivel personal como congregacional, pues fue la clave de su éxito y de esa última palabra, pronunciada antes de entrar en la Vida: “¡Luz!”

Querido Abad Francisco:

¡Feliz 111 aniversario de tu “Entrada en la Vida”!

¡De tu “Acogida en la Luz”!

¡De tu “Ciudadanía del Cielo”! y

¡De tu “Alegría Eterna”!. Amén.

P. Juan José Cepedano Flórez CMM.

+Salamanca, 24 de Mayo de 2020,

Solemnidad de la Ascensión del Señor,

Fiesta de María Auxiliadora,

Y 111º Aniversario de la muerte del Siervo de Dios, Abad Francisco Pfanner.

 

 

 

 

 

 

 

 


25
May 20

El alma de la misión


© HNA. ANTONIO MARIA THURNHER CPS (+)

El alma – el principio de vida – de la misión se sustancia en estas dos realidades medulares: la caridad y la espiritualidad misioneras. Apoyaremos las reflexiones de este pequeño ensayo en dos fuentes. Por un lado, en el Mensaje de Benedicto XVI – “La caridad, alma de la misión”para la Jornada Mundial de Misiones del año 2006 (disponible, por ejemplo, en www.vatican.va) y, por otro lado, en el capítulo titulado “La caridad sin fronteras, fuente y alma de la misión como fidelidad al Espíritu”, del Compendio de Misionología-La vida es misión, de Mons. Juan Esquerda Bifet  (Edicep, Valencia, 2007; pp. 108-130).

Aunque estas dos realidades – caridad y espiritualidad – se «reclaman» sin cesar la una a la otra, en aras de una mayor claridad, dividiremos el ensayo en dos partes.

Primera parte:

La caridad, distintivo de la misiónLA CARIDAD SOLO PUEDE SER MISIONERA

Hace ya algunos años, en 2006, Benedicto XVI abordó un precioso tema en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones: “La caridad, alma de la misión”. Benedicto XVI comenzaba su Mensaje con un doble planteamiento. Por un lado, la misión tiene que estar orientada por la caridad: si no brota de un profundo acto de amor divino, corre el riesgo de reducirse a una mera actividad filantrópica y social. Por otro, el anuncio misionero nace de la experiencia de ser amado por Dios: el amor de Dios por cada uno es el centro de la experiencia y del anuncio del Evangelio, y acoger ese amor nos convierte en testigos.

Respecto a lo primero, en efecto, lo que hace «distinta» la misión de la actividad asistencial (“la Iglesia no es una ONG”, repite el papa Francisco) es que en ella la fuente está en el amor de Dios que da vida al mundo y que nos ha sido entregado en Jesús. La fuente de la misión no es sociológica, sino teológica, porque está en Dios Amor. Las obras de promoción humana, que tan abundantemente realizan los misioneros acompañando su anuncio de Cristo, son «obras de caridad»; por eso, como dice san Juan Pablo II, testimonian “el alma de toda la actividad misionera: el amor, que es y sigue siendo la fuerza de la misión” (Redemptoris missio, 60).

En cuanto a lo segundo, como indica Benedicto XVI, no se comienza a ser cristiano por una decisión o por una idea, “sino por el encuentro con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida” (Deus caritas est, 1; cf. Evangelii gaudium, 266). Es al hablar desde ese «conocer» personalmente, desde esa experiencia, desde ese entusiasmo, cuando se puede evangelizar «por  contagio» o «por atracción» a los demás. De una experiencia de amor y de fe vivida (“Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” – 1 Jn 4,16) se pasa a la misión, concretada en anuncio y testimonio (“Nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo” – 1 Jn 4,14).

El contenido de ese anuncio misionero solo puede ser el mismo amor de Dios, el mismo amor que Él es: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4,9). Proclamar a los cuatro vientos ese amor es el «mandato misionero» que nos dejó el Señor resucitado y que constituye misión de la Iglesia (cf. RM 22-23). Pero no hay que olvidar que, como dice Benedicto XVI expresivamente, “el amor puede ser «mandado» porque antes es dado” (DCE 14).

El cumplimiento de este mandato pascual se pone en marcha en Pentecostés, cuando el Espíritu Santo transforma interiormente a los apóstoles y se manifiesta con nitidez absoluta como “el protagonista de la misión” (RM 30). En Pentecostés nace la Iglesia, y nace ya misionera, reunida y fortalecida por esa “fuerza del Espíritu Santo” (Hch 1,8) que la mueve a anunciar. Análogamente, cada cristiano es misionero desde el día en que es bautizado, como nos ha recordado el reciente Mes Misionero Extraordinario de octubre de 2019.

Ante todo esto, no puede extrañar que Benedicto XVI, mostrando la relación indisoluble entre sacramento del amor (Eucaristía), mandamiento del amor y misión, afirme: “Cuanto más vivo sea el amor por la Eucaristía en el corazón del pueblo cristiano, tanto más clara tendrá la tarea de la misión: llevar a Cristo. No es solo una idea o una ética inspirada en Él, sino el don de su misma Persona. Quien no comunica la verdad del Amor al hermano no ha dado todavía bastante” (Sacramentum caritatis, 86). Y es que la misión no consiste en dar «algo», sino en comunicar a  «Alguien»  que es el Amor.

 

Dios Amor, fuente de la misión

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Afirmar que “Dios es amor” (1 Jn 4,8; 4,16) es un misterio fundamental de nuestra fe. La historia de Dios con la humanidad, con el pueblo de Israel, con la Iglesia, con cada uno de nosotros, es una historia de amor, como sintetiza Benedicto XVI en el punto 2 de su Mensaje. “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16): en este «derroche» increíble de darse a sí mismo en su Hijo, se nos muestra en toda su intensidad que “Dios es Amor”, el Amor.

El signo sorprendente de este amor es la cruz, en la cual ocurre algo insólito: en ella, dice Benedicto XVI, “se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo” (DCE 12). Es un amor tan radical, tan de donación absoluta el de Jesús que ahora el amor debe definirse a partir de la cruz. Es lo que descubrimos en la entrega de los misioneros. Y es que el camino de la misión es el camino del «anonadamiento» de Cristo; un camino de amor que “tiene su punto de llegada a los pies de la cruz” (RM 88).

El decreto Ad gentes del Concilio Vaticano II expuso con claridad que la fuente de la misión es el amor del Padre, que envía al mundo al Hijo y al Espíritu; por eso habla de “amor fontal” (AG 2). Puede decirse que “el amor de Dios es misionero, o mejor todavía, es misión. Por eso la misión es, en su raíz, un volcarse de Dios hacia el mundo” (Carlos Collantes, s.x., en Misiones Extranjeras, 281 [2017], p. 751). La misión del Hijo brota del amor del Padre y, por la misión del Espíritu Santo, se continúa en la misión de la Iglesia; la cual, por cierto, sigue siendo una misión de amor, porque es la misma misión de Cristo de entregarse para dar vida.

Una última consideración a este respecto. Mons. Esquerda hace notar que los textos del Evangelio según san Juan, en que Jesús habla de la misión, y aquellos en los que habla del amor se relacionan estrechamente: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor” (Jn 15,9); “Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo” (Jn 17,18); “Tú me has enviado y […] los has amado a ellos como me has amado a mí” (Jn 17,23b); “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (Jn 20,21). Queda así de relieve que “Jesús invita a entrar en su amor y en el amor del Padre, para comprender y vivir su misma misión” (o. c., p. 109).

 Un testimonio de amor sin límites ni fronteras

La misión es, pues, testimonio de amor. Benedicto XVI lo explica de manera clara y sencilla: “Ser misioneros significa amar a Dios con todo nuestro ser, hasta dar, si es necesario, incluso la vida por él” (Mensaje Domund 2006, 3); ahí están los numerosos misioneros mártires. Y dado que el mandamiento del amor a Dios está unido al del amor a los hermanos, Benedicto XVI añade, como mostrándonos la otra cara de la misma moneda, que “ser misioneros es atender, como el buen samaritano, las necesidades de todos, especialmente de los más pobres y necesitados, porque quien ama con el corazón de Cristo no busca su propio interés, sino únicamente la gloria del Padre y el bien del prójimo” (ibíd.).

Este es, añade Benedicto XVI, “el secreto de la fecundidad apostólica de la acción misionera, que supera las fronteras y las culturas, llega a los pueblos y se difunde hasta los extremos confines del mundo” (ibíd.). De hecho, cada vez que vivimos de verdad el “Padre nuestro”, las bienaventuranzas y el mandato del amor, se realiza la misión y su fuerza repercute más allá de las fronteras de la fe cristiana. Todo lo que se hace por caridad pertenece a la misión.

El alma de la misión es esta caridad sin fronteras. Por eso, la misión ad gentes, en la que esta caridad se manifiesta de modo tan patente, tan paradigmático, tan «superlativo», es y tiene que ser ejemplo y estímulo para nuestro amor. Como dice el beato Engelmar Unzeitig, misionero de Mariannhill, “el amor multiplica las fuerzas, inventa cosas, da libertad interior y alegría… Aunque, a veces, parezca tarea inútil extender el amor de Dios en el mundo, el bien es inmortal y la victoria debe ser de Dios” (Testamento espiritual).

Amor y misión no pueden separarse. El amor, si es verdadero y completo amor, solo puede ser «amor misionero», sin fronteras. O, dicho de otro modo, ese amor sin fronteras, que nos mueve a ser testigos del Señor “hasta el confín de la tierra” (Hch 1,8), es el gran signo misionero: es “vivir el amor y, así, llevar la luz de Dios al mundo” (DCE 39).

  

Segunda parte:

LA ESPIRITUALIDAD SOLO PUEDE SER MISIONERA

 

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Espiritualidad misionera, caridad y contemplación

Para ahondar en la misión de la Iglesia y en su alma, la caridad, tenemos que centrarnos necesariamente en el Espíritu Santo, que nos hace exclamar “¡Abba, Padre!” (Gal 4,6) y derrama la caridad en nuestros corazones (cf. Rom 5,5). Ese Espíritu de amor es el alma de la Iglesia, y nos mueve a una caridad incondicional, especialmente hacia los más pobres, que es el camino de la misión.

La «espiritualidad» consiste precisamente en vivir según el Espíritu Santo: “Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu” (Gal 5,25). Por tanto, esa «espiritualidad», si es auténtica, solo puede ser «misionera», porque consiste en caminar a impulso del Espíritu, protagonista de la misión. Por eso, no se habla de «espiritualidad misionera» porque pueda haber una «espiritualidad no misionera», sino para remarcar que a la misión, nuestro sello como cristianos, le corresponde una determinada espiritualidad.

Esa «espiritualidad» es un estilo de vida que nace del saberse amado por Dios y que se traduce en disponibilidad hacia sus planes; es decir, en fidelidad a su Espíritu; es decir, en misión; es decir, en caridad. Al descubrirnos amados como Jesús, tomamos conciencia de ser enviados, como Él, con “la fuerza del Espíritu Santo” (Hch 1,8), a ser testigos de ese amor. Lo explica Benedicto XVI: “El Espíritu es la fuerza que transforma el corazón de la comunidad eclesial para que sea en el mundo testigo del amor del Padre, que quiere hacer de la humanidad, en su Hijo, una sola familia” (Deus caritas est, 19).

En este contexto, se comprende que san Juan Pablo II diga que “la espiritualidad misionera es un camino hacia la santidad” (Redemptoris missio, 90); camino que nace de tomarse en serio el amor de y a Cristo, y que está hecho de amor universal y sin fronteras. Esta «espiritualidad misionera»   remite a la intimidad de Dios y a su esencia, el amor. Es, por tanto, una experiencia de espiritualidad trinitaria: para vivir según los planes del Padre y cumplir su voluntad de “que todos los hombres se salven” (1 Tim 2,4), se requiere una relación personal con Cristo, el primer misionero, y permanecer en fidelidad y docilidad al Espíritu Santo, “autor de la misión” de la Iglesia (cf. Francisco, Discurso 1-6-2018).

Por eso decimos que la «espiritualidad misionera» pasa por la contemplación y tiene como fruto la misión. La dimensión contemplativa es indispensable para poder transmitir a los demás la propia experiencia de Jesús, y así anunciarle de modo creíble: “Lo que contemplamos […] acerca del Verbo de la vida, […] os lo anunciamos” (1 Jn 1,1.3). De ahí que el papa Francisco hiciera suya esta frase, escuchada a un formador vocacional: “La evangelización se hace de rodillas” (Homilía 7-7-2013).

Tenemos que pedirle constantemente a Dios Amor que nos haga crecer en esas actitudes espirituales de obediencia, sintonía, unión, fidelidad…; y esa petición estamos llamados a hacerla desde la confianza, porque, como reza el título de una de las obras de Von Balthasar, Solo el amor es digno de fe.

Fidelidad al Espíritu y caridad en el misionero

Lo que acabamos de ver entra dentro de lo que puede llamarse espiritualidad misionera «general» (de todo cristiano). Pero, si hay una vocación misionera específica (la del misionero «de primera fila»), hay también una espiritualidad misionera «específica». Ofrecemos aquí solo unas pinceladas, siempre desde el punto de vista de la caridad sin fronteras y la fidelidad al Espíritu.

Hay que comenzar recordando que los documentos del Magisterio pontificio sobre las misiones hablan de las disposiciones y virtudes del misionero. Son especialmente relevantes el capítulo IV de Ad gentes, el VII de Evangelii nuntiandi y el VIII de Redemptoris missio. Precisamente en esta última encíclica, san Juan Pablo II destaca la necesidad de misioneros santos.

Ese lazo absoluto entre santidad, amor y misión se ve muy claramente en la Patrona de las Misiones, santa Teresa de Lisieux, para quien la identidad vocacional misionera consistía en el amor: “La caridad me dio la clave de mi vocación… Comprendí que la Iglesia tenía un corazón que estaba ardiendo de Amor. Comprendí que solo el amor era el motor de los miembros de la Iglesia y que si este llegara a apagarse los apóstoles no anunciarían ya el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre. Comprendí que el Amor encerraba todas las vocaciones, que el Amor es todo… «¡Oh Jesús, Amor mío! Por fin he encontrado mi vocación. ¡Mi vocación es el Amor!»… ¡¡¡En el corazón de la Iglesia, Madre mía, yo seré el Amor!!!” (Autobiografía, cap. IX).

En realidad, hablar de “fidelidad al Espíritu y caridad en el misionero” no deja de ser redundante: la caridad es la obediencia a la voluntad de Dios, y ser fieles al Espíritu implica necesariamente vivir la caridad. El misionero está llamado a discernir y seguir la acción del Espíritu, a ejemplo de Jesús, siendo, como Él y en Él, “rostro de la misericordia del Padre” (Misericordiae vultus, 1). Por eso la «espiritualidad» no es «espiritualismo» desencarnado, sino inserción – encarnación- en la realidad, a imitación del Hijo de Dios hecho hombre.

Aquí entra de lleno la figura del misionero como “el hombre de las bienaventuranzas” (RM 91). El secreto y el gozo que estas encierran consiste en transformar todas las situaciones (también las dificultades y las pruebas) en una nueva posibilidad de amar y de darse. Es lo que viven de continuo los misioneros y misioneras en su día a día; un testimonio que anuncia a Dios Amor con una vida de amor: “Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16).

La Virgen María en la espiritualidad misionera

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Obviamente, el modelo máximo de espiritualidad misionera, así como nuestra mejor intercesora, es la Virgen María. En Ella vemos lo que es el amor como obediencia a la voluntad de Dios: amor obediente, obediencia amorosa. En Ella vemos también que, efectivamente, “solo el amor es digno de fe”: María se fía plenamente del Amor.

Las actitudes interiores de la Virgen son el mejor ejemplo para nuestra espiritualidad misionera: la fidelidad a la Palabra y al Espíritu, la apertura contemplativa del corazón (“conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” – Lc 2,19), la asociación a Cristo en su acción redentora, la entrega total de la vida a la misión encomendada… Y hay un título fundamental para que la Virgen sea el «faro» de nuestra espiritualidad: María es personificación,  tipo, figura de la Iglesia misionera en toda su actitud de recibir al Verbo y transmitirlo a la humanidad. En Santa María de la Caridad, Reina de las Misiones, «vemos» a la Iglesia misionera.

San Juan Pablo II añade que María es “el ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres” (RM 92). A su vez, en un texto de 1996, el entonces cardenal Ratzinger explica con sencillez este amor maternal de la Virgen. Desde los ojos de María, dice, “nos mira la bondad maternal de Dios”, esa bondad que Dios nos expresa a través del profeta: “Como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo” (Is 66,13). Y concluye: “Al parecer, Dios prefiere dar sus consuelos maternales a través de la madre, de su madre, y ¿quién se sorprendería de ello?” (El resplandor de Dios en nuestro tiempo. Meditaciones sobre el año litúrgico, Herder, Barcelona, 2008, p. 50).

 Los misioneros, efectivamente, y todos nosotros, como discípulos misioneros, estamos llamados a imitar ese amor maternal de María. Por eso, la «espiritualidad misionera» de la Iglesia es, y tiene que ser, una espiritualidad mariana. Así, concluimos como lo hace Benedicto XVI en su primer Mensaje para el Domund, el de 2006, que nos ha ido sirviendo de brújula: “La Virgen María, que con su presencia junto a la cruz y con su oración en el Cenáculo colaboró activamente en los inicios de la misión eclesial, sostenga su acción y ayude a los creyentes en Cristo a ser cada vez más capaces de auténtico amor, para que en un mundo espiritualmente sediento se conviertan en manantial de agua viva” (n. 4).

Rafael Santos Barba

Director de Illuminare