15
Dic 22

In memoriam: P. José Francisco Flores Zambrano CMM









© P. JOSÉ FRANCISCO FLORES ZAMBRANO CMM [+]

        Varios eran ya los años que el P. José Francisco – Paco – llevaba trabajando en la Fundación de Mariannhill en Colombia. Había sido destinado de nuevo a la Región de Mariannhill en España. Se despidió de su gente en la Parroquia de María Auxiliadora en el Totumo [Paz de Ariporo/Casanare]. Viajó a la comunidad de Mariannhill en Bosa/Bogotá para preparar su viaje a España. Cenó con los hermanos de la comunidad, fue a descansar, y durante la noche del 24 al 25 de Mayo del año pasado falleció. La noticia nos sobrecogió. No es fácil hacerse a la idea de que Paco ya no se encuentra entre nosotros, al que todos recordamos como un torrente de vitalidad desbordante. El  Señor lo quiso junto a sí a sus 58 años. Descanse en la paz de Señor.

        El P. José Francisco nació en la ciudad de Barranquilla [Colombia] el 10 de julio de 1964, de padre peruano y de madre colombiana. El 24 de diciembre del mismo año fue bautizado en la Parroquia del Rosario de Barranquilla.

       Siendo todavía niño su familia se trasladó por razones de trabajo a la ciudad de Panamá. Allí fue donde realizó sus estudios primarios, secundarios y universitarios. Se confirmó el 13 de marzo de 1989.






© P. JOSÉ FRANCISCO FLORES ZAMBRANO CMM [+]

Una de las grandes aficiones del P. Paco a lo largo de su vida fue la confección de arreglos florales para la capilla. En la foto le podemos ver posando junto a las andas de la Madre de Mariannhill momentos antes de salir la procesión de candelas el 2 de febrero del 2011.

        El 17 de enero de 1993 llegó a España para incorporarse a la Congregación de los Misioneros de Mariannhill, comenzando el noviciado en septiembre del mismo año en León. Realizó su primera profesión religiosa el 8 de septiembre de 1994. En la misma fecha, cuatro años después, emitió sus votos perpetuos.

       Realizó sus estudios de filosofía y teología en el Instituto Teológico de San Esteban [Salamanca]. Finalizados los mismos, en el 2003 fue trasladado y se incorporó a la Unidad de Mariannhill en Zimbabwe para realizar la práctica pastoral antes de ser ordenado diácono el 26 de junio de 2004.








© P. JOSÉ FRANCISCO FLORES ZAMBRANO CMM [+]

Todo los años que el P. Paco pasó en Colombia, trabajando como misionero de Mariannhill, estuvo destinado en Montañas de Totumo [Departamento de Casanare]. En la foto le podemos ver junto a algunos de sus feligreses.

        Después de su ordenación sacerdotal el 9 de julio de 2005, fue trasladado a la Unidad de Mariannhill en Sudáfrica con destino en la misión de Namaacha [Mozambique].

       Terminada esta experiencia misionera regresó en el año 2008 a la Unidad de Mariannhill en España. Cuatro años después, en el 2012, se incorporó a la Fundación de Mariannhill en Colombia. Y allí ha estado trabajando hasta su fallecimiento el 25 de mayo de 2022. Descanse en la paz del Señor.

P. Lino Herrero Prieto CMM  







© P. JOSÉ FRANCISCO FLORES ZAMBRANO CMM [+]

La parroquia en Montañas de Totumo cuenta con una sede central y varias comunidades cristianas, llamadas veredas. En la foto se puede ver al P. Paco bautizando a una criatura en una de esas veredas de su parroquia. 


22
Nov 22

XVII Capítulo General de los Misioneros de Mariannhill

Foto 1: © ARCHIVO CMM / ROMA [Italia]

        Con un día de retiro espiritual, el pasado 3 de Octubre de 2022 comenzó en Roma la celebración del XVII Capítulo General de la Congregación de los Misioneros de Mariannhill. Se dieron cita 36 capitulares, provenientes de las diferentes Unidades donde se haya presente la Congregación: Alemania, Austria, Canadá, Colombia, España, Holanda, Kenia, Papúa-Nueva Guinea, Sudáfrica, Suiza, Zambia, Zimbabwe. La media de edad de los capitulares se situaba en 50 años, teniendo el mayor 92 años y más joven 32.

        Terminado el día de retiro y guiados por un cirio encendido, los capitulares, portando en sus manos las banderas de sus Unidades de origen, entraron en la Sala Capitular, comenzando así oficialmente la reunión capitular.

        El lema orientador de las sesiones del Capítulo se inspiraba en aquellas palabras de San Pablo, con las que el apóstol anima a los creyentes a tener un solo corazón y una sola alma. A la luz de las mismas, la Congregación en su conjunto así como sus Unidades y miembros quedaban emplazados a buscar la unidad y la solidaridad. Cabe señalar que, una vez terminado el Capítulo, los mismos capitulares han manifestado que lo vivido por ellos a lo largo del mismo fue una experiencia real de fraternidad.

        Un primer bloque de los trabajos del Capítulo giró en torno a la escucha y evaluación de la vida y actividad de la Congregación y de sus Unidades a lo largo de los últimos seis años, analizando para ello los diferentes informes que para tal fin se habían confeccionado.

        Un segundo bloque de trabajos se centró, como no podía ser de otro modo, en trazar líneas de futuro sobre aquellas áreas en las que se quiere incidir durante el próximo sexenio, elaborando para ello planes y proyectos.

        La tercera e importante tarea que tuvieron que acometer los capitulares fue la elección del nuevo Gobierno General, que quedó compuesto por los siguientes miembros de la Congregación: el P. Michael Mass CMM como Superior General, el P. Matthew Injum Kim CMM, como Vicario General, el Hno. Hansel Jaison CMM, como primer Consejero, el P. Vukani Robert Masango CMM, como segundo Consejero, y el P. Kevin Mapfumo CMM, como tercer Consejero.

        El nuevo Superior General, P. Michael Mass CMM, nació en Landshut [Alemania] en 1980. En el año 2001 emitió su primera profesión religiosa como Misionero de Mariannhill. Después de sus estudios filosóficos y teológicos en la Universidad de Würzburg [Alemania], fue ordenado sacerdote de Mariannhill en 2007. Trabajó primero en el Centro Juvenil de Mariannhill en Maria Veen [Alemania] y antes de desplazarse a Roma al ser elegido Vicario General en el 2016, sirvió como Superior Provincial de Mariannhill en su patria.

        El P. Matthew Injum Kim CMM, que fue elegido Vicario General, nació en Chung Buk [Corea del Sur] en 1973. Profesó sus primeros votos religiosos como misionero de Mariannhill en el año 2000. Terminada su formación en Sudáfrica, fue ordenado sacerdote de Mariannhill en el año 2008. La mayor parte de su vida religiosa y sacerdotal la ha pasado en Sudáfrica, descontando el tiempo en que estuvo trabajando como misionero en Papúa-Nueva Guinea o realizando estudios de licenciatura en Roma.









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Foto 2: © ARCHIVO CMM / ROMA [Italia]

El P. Michael Mass CMM, nuevo Superior General de los Misioneros de Mariannhill.

         El Hno. Hansel Jaison CMM, elegido como primer Consejero, nació en Zimbabwe en 1973. Hizo su primera profesión como misionero de Mariannhill en el año 1996. Realizó sus estudios filosóficos y teológicos en Zimbabwe y Zambia. Se especializó en Filosofía en la Universidad Gregoriana de Roma. La mayor parte de su vida como misionero de Mariannhill la ha empleado en la formación de futuros misioneros y de candidatos al sacerdocio.

        Como Segundo Consejero fue elegido el P. Vukani Robert Masango CMM, natural de Sudáfrica. Nació en 1977 en una barriada cercana al Monasterio de Mariannhill, que lleva por nombre San Wendelin, nombre de pila del Fundador de Mariannhill. Hizo su primera profesión religiosa como misionero de Mariannhill en el año 2002. Realizados sus estudios filosóficos y teológicos, fue ordenado sacerdote en el año 2008. Desde entonces ha trabajado como párroco y como formador del Centro de Formación de futuros misioneros de Mariannhill en Sudáfrica. Actualmente era Superior Provincial de aquella Unidad.

        Como tercero de los Consejeros fue elegido el P. Kevin Mapfumo CMM. Nació en Shamva [Zimbabwe]. Electricista de profesión, dejó su trabajo para ingresar en la Congregación, realizando su primera profesión religiosa en el 2009. Fue ordenado sacerdote de Mariannhill en el 2015. Graduado en Espiritualidad, ha trabajado como Maestro de Postulantes, Párroco, Maestro de Novicios y hasta el momento de su elección como Superior Regional en Zimbabwe.









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Foto 3: © VATICAN NEWS

El P. Michael Mass CMM, nuevo Superior General de los Misioneros de Mariannhill, entrega al Papa una pequeña imagen de Santa Ana, Copatrona de la Congregación.

        Unos días antes de finalizar el Capítulo, los miembros del mismo fueron recibidos en audiencia por el Santo Padre en la Sala del Consistorio. Cada uno pudo saludarle personalmente y a todos el Papa le dirigió un discurso, en el que entre otras cosas les dijo: “Me alegra saludaros mientras os preparáis para concluir vuestro 17º Capítulo General. Doy las gracias al Superior General por sus gentiles palabras de presentación y le ofrezco mis mejores deseos a él y al Consejo. Vuestro Capítulo tiene lugar después de la celebración de los primeros cien años de vida de la Congregación y trata de llevar adelante, entre los desafíos del tiempo presente, el celo por la evangelización que ha inspirado el abad Franz Pfanner y sus compañeros trapenses a poner las bases de su peculiar apostolado. Deseo que vuestras deliberaciones confirmen la Congregación en su carisma fundacional, que une la fidelidad a los consejos evangélicos con la pasión por la difusión del Evangelio ad gentes y el crecimiento del Reino de Cristo en santidad, justicia y paz… No muy lejos de nosotros se encuentra el gran obelisco de la plaza de San Pedro. Todos vosotros conocéis la impresión que suscitó en el abad Pfanner la historia del levantamiento del gran monolito. A pesar del inmenso esfuerzo humano, el obelisco solo se pudo salvar de la caída en el último momento echando agua sobre las cuerdas. Hoy, como siempre, es necesaria el agua del Espíritu, no solo para hacer prosperar el trabajo de nuestras manos, sino sobre todo para ablandar el terreno duro de nuestros corazones… Os aseguro mi oración para que, a través de una nueva efusión del Espíritu, vuestro Capítulo lleve adelante frutos espirituales para el crecimiento de los Misioneros de Mariannhill en la santidad y en el servicio fiel al Evangelio…. Os encomiendo a vosotros y a vuestros hermanos a la amorosa intercesión de María, Madre de la Iglesia, y de corazón os bendigo. Y por favor os pido que recéis por mí. Gracias.”

        El Capítulo terminó el pasado 23 de Octubre de 2022, Domingo Mundial de las Misiones.

P. Lino Herrero Prieto CMM

Misionero de Mariannhill


03
Nov 22

Mensaje del Papa Francisco para el Domund 2021 [24 de Octubre]

Mensaje del Papa Francisco

para el Domund 2021

[24 de Octubre]

«No podemos dejar de hablar

de lo que hemos visto y oído».

[Act. 4, 20]

 

Foto 1: © Elpolitico.com

 

Foto 2: © P. LINO HERRERO PRIETO CMM [España]

San Francisco Javier, Patrono de las misiones: Vidriera que se encuentra en la capilla de la sede nacional de las Obras Misionales Pontificias [Madrid/España].

 

Foto 3: © P. LINO HERRERO PRIETO CMM [España]

San Francisco Javier, Patrono de las misiones: Vidriera que se encuentra en la capilla de la sede nacional de las Obras Misionales Pontificias [Madrid/España].

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando experimentamos la fuerza del amor de Dios, cuando reconocemos su presencia de Padre en nuestra vida personal y comunitaria, no podemos dejar de anunciar y compartir lo que hemos visto y oído. La relación de Jesús con sus discípulos, su humanidad que se nos revela en el misterio de la encarnación, en su Evangelio y en su Pascua nos hacen ver hasta qué punto Dios ama nuestra humanidad y hace suyos nuestros gozos y sufrimientos, nuestros deseos y nuestras angustias [cf. Const. Ap. Gaudium et spes, 22]. Todo en Cristo nos recuerda que el mundo en el que vivimos y su necesidad de redención no le es ajena y nos convoca también a sentirnos parte activa de esta misión: «Salgan al cruce de los caminos e inviten a todos los que encuentren» [Mt 22, 9]. Nadie es ajeno, nadie puede sentirse extraño o lejano a este amor de compasión.

[La experiencia de los apóstoles]

La historia de la evangelización comienza con una búsqueda apasionada del Señor que llama y quiere entablar con cada persona, allí donde se encuentra, un diálogo de amistad [cf. Jn 15, 12-17]. Los apóstoles son los primeros en dar cuenta de eso, hasta recuerdan el día y la hora en que fueron encontrados: «Era alrededor de las cuatro de la tarde» [Jn 1, 39]. La amistad con el Señor, verlo curar a los enfermos, comer con los pecadores, alimentar a los hambrientos, acercarse a los excluidos, tocar a los impuros, identificarse con los necesitados, invitar a las bienaventuranzas, enseñar de una manera nueva y llena de autoridad, deja una huella imborrable, capaz de suscitar el asombro, y una alegría expansiva y gratuita que no se puede contener. Como decía el profeta Jeremías, esta experiencia es el fuego ardiente de su presencia activa en nuestro corazón que nos impulsa a la misión, aunque a veces comporte sacrificios e incomprensiones [cf. 20, 7-9]. El amor siempre está en movimiento y nos pone en movimiento para compartir el anuncio más hermoso y esperanzador: «Hemos encontrado al Mesías» [Jn 1, 41].

Con Jesús hemos visto, oído y palpado que las cosas pueden ser diferentes. Él inauguró, ya para hoy, los tiempos por venir recordándonos una característica esencial de nuestro ser humanos, tantas veces olvidada: «Hemos sido hechos para la plenitud que sólo se alcanza en el amor» [Fratelli tutti, 68]. Tiempos nuevos que suscitan una fe capaz de impulsar iniciativas y forjar comunidades a partir de hombres y mujeres que aprenden a hacerse cargo de la fragilidad propia y la de los demás, promoviendo la fraternidad y la amistad social [cf. ibíd., 67]. La comunidad eclesial muestra su belleza cada vez que recuerda con gratitud que el Señor nos amó primero [cf. 1 Jn 4, 19]. Esa «predilección amorosa del Señor nos sorprende, y el asombro —por su propia naturaleza— no podemos poseerlo por nosotros mismos ni imponerlo. […] Sólo así puede florecer el milagro de la gratuidad, el don gratuito de sí. Tampoco el fervor misionero puede obtenerse como consecuencia de un razonamiento o de un cálculo. Ponerse en “estado de misión” es un efecto del agradecimiento» [Mensaje a las Obras Misionales Pontificias, 21 mayo 2020].

Sin embargo, los tiempos no eran fáciles; los primeros cristianos comenzaron su vida de fe en un ambiente hostil y complicado. Historias de postergaciones y encierros se cruzaban con resistencias internas y externas que parecían contradecir y hasta negar lo que habían visto y oído; pero eso, lejos de ser una dificultad u obstáculo que los llevara a replegarse o ensimismarse, los impulsó a transformar todos los inconvenientes, contradicciones y dificultades en una oportunidad para la misión. Los límites e impedimentos se volvieron también un lugar privilegiado para ungir todo y a todos con el Espíritu del Señor. Nada ni nadie podía quedar ajeno a ese anuncio liberador.

Tenemos el testimonio vivo de todo esto en los Hechos de los Apóstoles, libro de cabecera de los discípulos misioneros. Es el libro que recoge cómo el perfume del Evangelio fue calando a su paso y suscitando la alegría que sólo el Espíritu nos puede regalar. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos enseña a vivir las pruebas abrazándonos a Cristo, para madurar la «convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos» y la certeza de que «quien se ofrece y entrega a Dios por amor seguramente será fecundo» [Evangelii gaudium, 279].

Así también nosotros: tampoco es fácil el momento actual de nuestra historia. La situación de la pandemia evidenció y amplificó el dolor, la soledad, la pobreza y las injusticias que ya tantos padecían y puso al descubierto nuestras falsas seguridades y las fragmentaciones y polarizaciones que silenciosamente nos laceran. Los más frágiles y vulnerables experimentaron aún más su vulnerabilidad y fragilidad. Hemos experimentado el desánimo, el desencanto, el cansancio, y hasta la amargura conformista y desesperanzadora pudo apoderarse de nuestras miradas. Pero nosotros «no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Jesús como Cristo y Señor, pues no somos más que servidores de ustedes por causa de Jesús» [2 Co 4, 5]. Por eso sentimos resonar en nuestras comunidades y hogares la Palabra de vida que se hace eco en nuestros corazones y nos dice: «No está aquí: ¡ha resucitado!» [Lc 24, 6]; Palabra de esperanza que rompe todo determinismo y, para aquellos que se dejan tocar, regala la libertad y la audacia necesarias para ponerse de pie y buscar creativamente todas las maneras posibles de vivir la compasión, ese “sacramental” de la cercanía de Dios con nosotros que no abandona a nadie al borde del camino. En este tiempo de pandemia, ante la tentación de enmascarar y justificar la indiferencia y la apatía en nombre del sano distanciamiento social, urge la misión de la compasión capaz de hacer de la necesaria distancia un lugar de encuentro, de cuidado y de promoción. «Lo que hemos visto y oído» [Hch 4, 20], la misericordia con la que hemos sido tratados, se transforma en el punto de referencia y de credibilidad que nos permite recuperar la pasión compartida por crear «una comunidad de pertenencia y solidaridad, a la cual destinar tiempo, esfuerzo y bienes» [Fratelli tutti, 36]. Es su Palabra la que cotidianamente nos redime y nos salva de las excusas que llevan a encerrarnos en el más vil de los escepticismos: “todo da igual, nada va a cambiar”. Y frente a la pregunta: “¿para qué me voy a privar de mis seguridades, comodidades y placeres si no voy a ver ningún resultado importante?”, la respuesta permanece siempre la misma: «Jesucristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte y está lleno de poder. Jesucristo verdaderamente vive» [Evangelii gaudium, 275] y nos quiere también vivos, fraternos y capaces de hospedar y compartir esta esperanza. En el contexto actual urgen misioneros de esperanza que, ungidos por el Señor, sean capaces de recordar proféticamente que nadie se salva por sí solo.

Al igual que los apóstoles y los primeros cristianos, también nosotros decimos con todas nuestras fuerzas: «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» [Hch 4, 20]. Todo lo que hemos recibido, todo lo que el Señor nos ha ido concediendo, nos lo ha regalado para que lo pongamos en juego y se lo regalemos gratuitamente a los demás. Como los apóstoles que han visto, oído y tocado la salvación de Jesús [cf. 1 Jn 1, 1-4], así nosotros hoy podemos palpar la carne sufriente y gloriosa de Cristo en la historia de cada día y animarnos a compartir con todos un destino de esperanza, esa nota indiscutible que nace de sabernos acompañados por el Señor. Los cristianos no podemos reservar al Señor para nosotros mismos: la misión evangelizadora de la Iglesia expresa su implicación total y pública en la transformación del mundo y en la custodia de la creación.

[Una invitación a cada uno de nosotros]

El lema de la Jornada Mundial de las Misiones de este año, «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 20), es una invitación a cada uno de nosotros a “hacernos cargo” y dar a conocer aquello que tenemos en el corazón. Esta misión es y ha sido siempre la identidad de la Iglesia: «Ella existe para evangelizar» [S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 14]. Nuestra vida de fe se debilita, pierde profecía y capacidad de asombro y gratitud en el aislamiento personal o encerrándose en pequeños grupos; por su propia dinámica exige una creciente apertura capaz de llegar y abrazar a todos. Los primeros cristianos, lejos de ser seducidos para recluirse en una élite, fueron atraídos por el Señor y por la vida nueva que ofrecía para ir entre las gentes y testimoniar lo que habían visto y oído: el Reino de Dios está cerca. Lo hicieron con la generosidad, la gratitud y la nobleza propias de aquellos que siembran sabiendo que otros comerán el fruto de su entrega y sacrificio. Por eso me gusta pensar que «aun los más débiles, limitados y heridos pueden ser misioneros a su manera, porque siempre hay que permitir que el bien se comunique, aunque conviva con muchas fragilidades» [Christus vivit, 239].

En la Jornada Mundial de las Misiones, que se celebra cada año el tercer domingo de octubre, recordamos agradecidamente a todas esas personas que, con su testimonio de vida, nos ayudan a renovar nuestro compromiso bautismal de ser apóstoles generosos y alegres del Evangelio. Recordamos especialmente a quienes fueron capaces de ponerse en camino, dejar su tierra y sus hogares para que el Evangelio pueda alcanzar sin demoras y sin miedos esos rincones de pueblos y ciudades donde tantas vidas se encuentran sedientas de bendición.

Contemplar su testimonio misionero nos anima a ser valientes y a pedir con insistencia «al dueño que envíe trabajadores para su cosecha» [Lc 10, 2], porque somos conscientes de que la vocación a la misión no es algo del pasado o un recuerdo romántico de otros tiempos. Hoy, Jesús necesita corazones que sean capaces de vivir su vocación como una verdadera historia de amor, que les haga salir a las periferias del mundo y convertirse en mensajeros e instrumentos de compasión. Y es un llamado que Él nos hace a todos, aunque no de la misma manera. Recordemos que hay periferias que están cerca de nosotros, en el centro de una ciudad, o en la propia familia. También hay un aspecto de la apertura universal del amor que no es geográfico sino existencial. Siempre, pero especialmente en estos tiempos de pandemia es importante ampliar la capacidad cotidiana de ensanchar nuestros círculos, de llegar a aquellos que espontáneamente no los sentiríamos parte de “mi mundo de intereses”, aunque estén cerca nuestro [cf. Fratelli tutti, 97]. Vivir la misión es aventurarse a desarrollar los mismos sentimientos de Cristo Jesús y creer con Él que quien está a mi lado es también mi hermano y mi hermana. Que su amor de compasión despierte también nuestro corazón y nos vuelva a todos discípulos misioneros.

Que María, la primera discípula misionera, haga crecer en todos los bautizados el deseo de ser sal y luz en nuestras tierras [cf. Mt 5, 13-14].

Roma, San Juan de Letrán, 6 de enero de 2021, Solemnidad de la Epifanía del Señor.

 

Papa Francisco

 


25
Abr 22

Ordenado para servir

  14A la caída de la tarde del 19 de Marzo del 2014, a punto ya de comenzar la primavera, la Iglesia de la Parroquia de Ntra. Sra. de Fátima [Salamanca/España] se fue llenando de fieles para celebrar la Solemnidad de San José, Esposo de la Virgen María. En el marco de la misma iba a ser ordenado diácono el joven misionero de Mariannhill, Frt. Rafael Manuel Chichava CMM. Presidió la celebración el Sr. Obispo de Salamanca, Mons. Carlos López Hernández. Concelebraron con él Continue reading →


15
Oct 21

El abad Francisco, amigo de San José

© P. LUKAS ANTON METTLER CMM [+]

 San José, Protector de Mariannhill: Imagen situada en la cara interior del pórtico del Monasterio de Mariannhill en KwaZulu-Natal [Sudáfrica].

Solemos decir que Mariannhill – Monasterio trapense fundado en 1882 cerca de la ciudad de Durban [Kwazulu-Natal/Sudáfrica] y hoy Casa Madre de los Misioneros de Mariannhill – no se entiende sin aquél que fue su fundador, el Siervo de Dios Abad Francisco Pfanner.  Pero el mismo Abad nos corrige: Mariannhill no se entiende sin San José. Cuatro fueron las preocupaciones del Abad Francisco al acometer la aventura misionera de Mariannhill: la evangelización de los pueblos zulúes, la obtención de los medios materiales necesarios, la formación de buenos y santos monjes y hacer que todo ello quedara orientado hacia el cielo, hacia Dios. Y con el fin de poder atender estas cuatro preocupaciones el Abad Francisco buscó y encontró en San José a su poderoso Protector.

El Abad Francisco escogió a San José como protector de todas las empresas misioneras de Mariannhill, porque San José fue el primer misionero que llegó al continente africano cuando llevó al Niño Jesús a Egipto: “San José, buscando refugio en tierra de Egipto, fue el primero que llevó a Jesús al continente africano… San José fue el primero que plantó el grano de mostaza del cristianismo en tierras africanas… San José llevó por primera vez al Salvador a los gentiles en el valle del Nilo”.

El Abad Francisco escogió a San José como protector de todas las obras materiales, de desarrollo social y de promoción humana de Mariannhill, como eran templos, conventos, hospitales, escuelas, talleres, establos y granjas, porque San José fue el que alimentó, vistió y cobijó al Niño Jesús en Nazaret: “La gente dice que soy un exagerado a la hora de pedir dinero para los zulúes…; que soy un descarado… Con gusto me dejo llamar atrevido porque cada necesidad material se la encomiendo a San José.  En los últimos 19 años los negocios más redondos los he realizado con el carpintero de Nazaret… Comencé las edificaciones sin un centavo en el bolsillo y San José, mi constructor y arquitecto, me suministró siempre el dinero necesario para ello”.

El Abad Francisco escogió a San José como protector de todas las tareas realizadas en Mariannhill tendentes a la formación de religiosos santos, porque San José fue el que formó y educó al Niño Jesús con el ejemplo de una vida santa, humilde y silenciosa: “San José fue un hombre religioso y santo porque supo guardar silencio…  Ser silencioso es tanto como ser santo. Un monje silencioso es humilde, paciente, no hace mal ni se queja… San José enseña a nuestros novicios a ser buenos religiosos porque les educa en el silencio interior”.

El Abad Francisco escogió a San José como protector de toda la vida y actividad desarrollada en Mariannhill porque, realizada la travesía, se necesita un experto marinero y práctico que introduzca el barco en el puerto y San José es esa mano segura y experta que guía a personas y actividades hacia Dios, puerto feliz de toda navegación: “Quiero que todo el mundo se entere de que San José es un gran marinero. Pero mucho más aún le necesitamos como práctico y guía espiritual. Como tal nos puede hacer un excelente servicio, pues es el mejor patrono de la buena muerte. Y es que de eso depende todo, de poder morir bien. Este es el viaje más importante, el que cruza el mar de la eternidad. ¡Oh eternidad, mar inconmensurable! O mare, quam magnun et spatiosum!”

 Al fundar el Monasterio de Mariannhill, el Abad Francisco se embarcó en una aventura misionera que requería cantidad de medios materiales para poder ser llevada a cabo y que precisaba de religiosos santos para su puesta en práctica.  Y todo ello con la única finalidad de acercar la Salvación de Cristo a los pueblos africanos del sur del continente. Para llevar a buen puerto la nave de Mariannhill, así diseñada, el Abad Francisco se buscó como experto marinero y práctico a San José. Por ello Mariannhill reconoció desde un principio a San José como a su Protector.

 [SAN José: EL PRIMER MISIONERO EN ÁFRICA]

Recuerda el Abad que hubo un tal José, hijo de Jacob, que vendido a unos nómadas por sus propios hermanos, fue llevado a Egipto y llegó a ser jefe de la Casa del Faraón. Cuando años después se dio a conocer a sus hermanos, les dijo: “para vuestro bien me ha enviado Dios a Egipto delante de vosotros”. Estas palabras también las podía repetir con propiedad el mismo San José, pues para bien de la tierra africana y de todos sus moradores llevó al Redentor a un país en el norte del continente africano. San José llevó al Redentor a la tierra de los gentiles.

Y continúa el Abad diciendo que los Trapenses cuando llegaron a Sudáfrica, aunque poco era lo que tenían, era mucho en comparación con lo poquísimo que tenía San José: “… Cuando nosotros llegamos a esta parte de África y pudimos ofrecer descanso a nuestros cuerpos fatigados sobre la hierba, cubiertos con mantas y bajo tiendas, ¡qué ricos fuimos en comparación con San José! San José probablemente no tenía una tienda donde protegerse del sol y de la lluvia”.

Situado en el valle del Nilo, San José no se preocupó únicamente de atender las necesidades materiales de los tesoros que Dios le había encomendado a su custodia, Jesús y María; se preocupó también de la salvación de la gente que vivía a su alrededor, que atraídos por su lengua extraña y por su indumentaria diferente, se acercaban a El. A San José “no le podía ser indiferente si los indígenas conocían o no al Dios verdadero y al Salvador recién nacido”.

Y dirigiéndose a sus monjes el Abad les dice: “… vosotros habéis dejado atrás, igual que José, a vuestros familiares, vuestras posesiones y vuestra patria.  Incluso habéis dejado un continente de clima moderado y habéis venido a África, al mismo continente al que vino él, bajo ese mismo sol de justicia con casi idéntica temperatura a la que tuvo que soportar él”. Si San José llevó a los paganos al mismo Salvador, los trapenses misioneros de Mariannhill llevaron a Jesús a África. Y añade el Abad Francisco: “Cuando llegamos aquí, nuestros africanos sabían de San José y del niño Jesús tanto como hace 1800 años los habitantes de Heliópolis en el valle del Nilo. La única diferencia es ésta: San José llevó a Jesús, su luz y su gracia a los africanos en la punta noreste del continente y nosotros a los que viven en estas regiones del sur”.

Pasa ahora el Abad Francisco a poner de relieve otra dimensión de la comparación que está realizando entre la llegada de San José al norte de África y la llegada de los Trapenses, y señala que San José “no llevó otra cosa que sus pies heridos y su ropa gastada después de tan largo y duro viaje desde el país de los judíos.  Vosotros os acordáis muy bien de cómo, después de dos años de luchar contra los espinos y los cactus en nuestro hábitat anterior, estaban vuestros pies heridos y vuestros hábitos hechos jirones… ¿Acaso no es cada bautismo de uno de estos nativos que hasta ahora se tenían como cerrados e imposibles de convertir, una victoria del bien e incluso de los Trapenses?… De hecho, San José ha demostrado ser no sólo nuestro tutor, sino también nuestro guía misionero. Ha escuchado nuestra oración”.

La confesión que hiciera José, el hijo de Jacob, ante sus hermanos la pone el Abad en labios de San José y dirigida a los Trapenses: “Por vuestra salvación he sido enviado a África delante de vosotros”.  Esto significa para el Abad que San José se ha convertido en un modelo misionero para los Trapenses: “… para que de San José aprendáis el celo misionero”. Por todo lo dicho el Abad no dudó un momento a la hora de poner toda su actividad misionera bajo el cuidado y protección de San José: “Por esta razón queremos poner todo lo que tiene que ver con la conversión y la cristianización bajo la protección de San José: las escuelas, el instituto para los chicos y el colegio para las chicas, las chozas para predicar y más adelante la Iglesia para la misión”. Y vuelve el Abad a poner en boca de San José las palabras de aquel otro José, hijo de Jacob, para decirles ahora a los africanos: “Por vuestra salvación, por vuestro bien corporal y espiritual, Dios me ha enviado a vosotros y a África, para que tengáis en mí un padre, un tutor y un protector”. Se convierte así San José no sólo en una ayuda para la actividad misionera sino también en parte integrante del contenido mismo del mensaje a difundir con dicha actividad. El misionero ha de confiar en San José y ha de hablar sobre San José.

El Abad pide frecuentemente a San José, seguro de su influencia poderosa, por esta causa: “Estoy convencido de que tiene que ser un ferviente deseo de San José, a quien se considera como patrono de toda la Iglesia, que aquel continente, en el cual él mismo evangelizó durante siete años, reciba por fin la luz del cristianismo… Hemos empezado la letanía a San José precisamente por eso, para que él nos envíe buenos misioneros o candidatos para la Trapa.  Y tú, ¡oh San José, haz uso de tu influencia poderosa! ¡Es ahora cuando te necesitamos! Se trata de salvar millones de personas. Se trata de convertir la tierra que un día te dio cobijo. Se trata de demostrar, y de demostrar ante el mundo entero, el gran poder que tienes. Se trata de demostrar que quien se dirija a ti, de ninguna manera quedará defraudado”.

 P. Lino Herrero Prieto CMM

Misionero de Mariannhill

 


20
Ago 21

A, B y C [Experiencia – realidad- reflexión]

[A]

        MaSibanda era, por aquel entonces – 1982 -, una señora muy anciana. A pesar de sus muchos años, ejercía de abuela de sus muchos nietos y de madre de los hijos de otros, todos ellos huérfanos debido a la guerra civil que su país africano estaba sufriendo. Ella vivía en una aldea muy alejada de la Misión donde, por entonces, yo estaba trabajando. Una vez al mes solía acercarme al lugar donde vivía MaSibanda para celebrar la Misa.

Aunque ya han pasado muchos años, todavía hoy, me recuerdo de una de las primeras veces que fui al lugar. Después de conducir por interminables caminos polvorientos, al llegar al lugar, me encontré a MaSibanda sentada bajo un enorme árbol, mientras los niños estaban barriendo el terreno. Pronto apareció también un hombre ciego agarrado de la mano de uno de sus nietos. Después de un rato, y dándome cuenta de que nadie más iba a venir a la Misa, le sugerí que podríamos hacer una oración y así poder llegar a casa antes de la puesta del sol. MaSibanda como disculpándose, con voz humilde, preguntó si no estábamos allí para celebrar la Misa. Antes de que pudiera contestar palabra alguna, el ciego entonó la canción de entrada, felizmente seguida por los niños y niñas de MaSibanda, mientras yo me di toda la prisa que pude para prepararme para la celebración.

Después de la Misa, nos subimos al coche. MaSibanda se sentó junto a mí. En el camino hacia su casa, MaSibanda con dignidad en la voz me dijo: “Gracias, Padre, por venir y por celebrar la Misa. Mire, aquí en África, el número no es lo importante para hacer cosas importantes: una sola persona siempre es importante”.

[B]

        La pandemia, la que todavía estamos sufriendo en todo el mundo, ha supuesto un reto al tema de las relaciones humanas. Cuando la pandemia hizo acto de presencia, con el virus expandiéndose con rapidez por todos los países, a todos nos cogió por sorpresa y nuestras mentes y corazones se llenaron de confusión y de incertidumbre ante el futuro. Bajo aquellas circunstancias, dos fueron los caminos de reacción de la gente. Uno era vivir guidados por el slogan: “Que cada uno se las apañe como pueda”. La otra opción fue: “O todos o ninguno”. Gracias a Dios, lo que ha prevalecido es la segunda opción, al menos hasta ahora.

Las consecuencias de la pandemia se dejaron sentir de manera diferente, dependiendo de las condiciones de vida de la gente. Para mucha gente pobre, el hambre se convirtió en su pan cotidiano. Con rapidez, se pusieron en marcha iniciativas para suministrar alimentos a la gente, tanto por el gobierno como por otras instituciones sociales. Se prometió y se aseguró que habría comida para todos. En algunos sitios, incluso, se ponía la comida delante de las puertas. Con pena hay que reconocer que se ha vuelto a repetir aquel conocido dicho que reza: “La montaña se puso de parto y dio a luz un ratón”.

        Bajo la situación de pandemia, restricciones y protocolos se impusieron a todos en orden a evitar el contagio; situación aquella que vino a denominarse como la nueva normalidad. La medida de mayor dificultad para cumplir fue, y todavía es, guardar la llamada distancia social. Hoy vemos que esta restricción ha traído más daño que beneficio. La gente recibió alimentos, pero fue aislada del resto, incluso de sus seres más queridos. El aislamiento llevó a la soledad, la soledad a la depresión e, incluso, a la muerte.

Decir cuánta gente ha sido y sigue siendo ayudada sería muy sencillo, pues es una cuestión de números, pero cuando uno se refiere a personas, los números son muy fríos. Habría que recordar aquí la lección de MaSibanda.

Los números y las estadísticas no pueden ser el criterio para evaluar la eficiencia de un proyecto, dado que los números y las estadísticas, por más fieles que sean, lejos de describir la realidad, vienen a ser factores que la distorsionan.

Lo importante es que una persona concreta o una familia determinada han sido ayudadas, que se han sentido ayudas, y, sobre todo, que han sentido que se les ha tomado en consideración, incluso por gente desconocida. Aquí tengo que dar las gracias a cada uno de los que nos habéis ayudado para poder así ayudar a otros. Este sentimiento fue y todavía sigue siendo para ellos el pan que mata el hambre del cuerpo y del alma.

[C]

        Durante la pasada celebración del Día de los Abuelos [25 de Julio], que tuvimos en nuestra parroquia, me encontré con una pareja muy anciana. El día antes, con la sola intención de protegerlos de contraer el virus, les había aconsejado que no vinieran a la Misa ni a la celebración. Al advertir mi sorpresa al verlos, el anciano me dijo: “No se preocupe, padre, es mejor morir juntos y celebrando que estar en casa solos y llorando”. Como dijo alguien: “El que tenga oídos, que oiga”.

P. David Fernández Díez CMM

Misionero de Mariannhill

 

Fotos: ARCHIVO CMM [Colombia]

Celebración de la Virgen del Carmen, día en el que se bendicen los vehículos en Colombia, por ser la Patrona de los conductores.


05
Jul 21

Camino de Sacerdocio

Camino de Sacerdocio, 25 años después…

El P. Marco Antonio Saavedra Quiel CMM, celebró el pasado 24 de Junio sus Bodas de Plata Sacerdotales.

Marco Antonio nació el 15 de Julio de 1961 en la Ciudad de Panamá, República de Panamá y fue bautizado en la Parroquia de San Juan Bautista de La Salle. Cursó en la Escuela Simón Bolivar la primaria. Entre 1974 – 76 estudió en el Instituto Fermín Naudeau y del 1977 – 79 estudió en la Escuela Profesinaol I.H.O. obteniendo el grado de Bachiller en Comercio. Los estudios Universitarios los realizó desde 1980 – 84 en la Universidad de Panamá en Administración de Empresas y Contabilidad. Mientras realizaba sus estudios también trabajó en la Corporación Internacional de Ingeneria (1982) y CALOX PANAMEÑA (1983-87). Ninguno de los trabajos, parecía que satisfacían sus expectativas. Así, pues, lo dejó todo para unirse a los Misioneros de Mariannhill para servir a Dios.

El 2 de febrero de 1988, en la Provincia de León, España, Marco fue recibido en la Comunidad de los Misioneros de Mariannhill como postulante. Después del Noviciado, hizo sus primeros votos el 8 de Septiembre de 1989 en León, Dios mediante, este año estará celebrando sus 32 años de vida religiosa. Hizo su Profesión perpetua el 19 de Marzo de 1994 en Salamanca.

Marco estudió Filosofía y Teología en el Instituto Teológico de San Esteban (Universidad Pontifica de Salamanca) en España. Fue ordenado Diácono el 8 de Julio de 1995 y el 24 de Junio de 1996 fue ordenado Sacerdote en la Catedral Vieja de Salamanca.

EL P. Marco Antonio ha servido en diferentes lugares y distintas responsabilidades: Legión de María (Parroquia de San Mateo, Salamanca) Grupo Juvenil; Catequista de Confirmación (Parroquia dela Ascensión, Salamanca) y como Diácono estuvo atendiendo en la Parroquia de Nuestra Señora de Fátima (Salamanca).

En 1997, el recién ordenado P. Marco Antonio fue enviado a Irlanda para estudiar Inglés en Lengua Viva en Dublín, como preparación para su trabajo misionero en Suráfrica. Estuvo en Monte San Nicolás, en la Misión de Libode, Mthata, Provincia del Este del Cabo, desde 1997-2000.

Regresó a España después de tres años de trabajo misionero en Mthata; estuvo trabajando en la oficina de la Procura de Misiones, en nuestra casa de León y durante ese mismo período estuvo trabajando en el Servicio Conjunto de Animación Misionera (SCAM/2000-08). En 2008 fue enviado a Colombia, Montañas del Totumo, Casanáre hasta el 2011. Desde el 2012 al 2015 estuvo trabajando en la Diócesis de Soacha, en la Parroquia de Nuestra Señora de la Natividad, al sur de Bogotá. Entre los años 2015 – 2018 estuvo entre el Generalato de los Misioneros de Mariannhill, en Roma – Italia y Madrid, España, cooperando en diferentes actividades.

El 20 de Octubre de 2018, el P. Marco Antonio viajó a Papúa Nueva Guinea, donde ha estrado trabajando en diferentes parroquias de la Diócesis de Lae. Ha echado una mano en las parroquias de San Martin, San Agustín, Capilla de San José. Santa Teresa, San Miguel. Actualmente atiende en la Parroquia de Todos los Santos en Bumbu Compound. También está encargado de la Capellanía de las Hnas. de la Preciosa Sangre en Eriku. Mantengamos en nuestras oraciones al P. Marco Antonio Quiel en esta celebración de sus Bodas de Plata Sacerdotales.

(En la Foto los PP. Marco Antonio y Krzysztf CMM)

 


27
Abr 21

Por el desarrollo integral y la liberación de las personas

Experiencia misionera de la

Hna. Damian Maria Boekholt CPS

© ARCHIVO CPS [Kenia]

Llegué por primera vez a Kenia en 1977. Tres años duró aquella experiencia misionera. Todavía recuerdo el consejo que me dieron antes de partir: “Vas a encontrarte con personas que hablan otras lenguas, que viven en otras culturas, que practican otras religiones… Quítate las sandalias, porque estás pisando tierra sagrada y recuerda que Dios estuvo allí antes que tú”. Nunca he olvidado este consejo, que vino a convertirse en el principio orientador de mi vida misionera.

Misión implica acercarse a las personas para compartir la fe que da sentido a la propia vida, trabajando por su desarrollo integral y su liberación integral, capacitándolas para que puedan vivir en justicia y paz. Misión conlleva tratar a las personas y su cultura con respeto, apreciando los valores de los que son portadores, dándoles la oportunidad de poder experimentar la bondad y misericordia de Dios a través de la vida del misionero. El compromiso pastoral y social del misionero alcanza a todas las personas, con independencia de su religión, nacionalidad o clase social.

En el caso concreto de la Congregación de Misioneras de la Preciosa Sangre o de Mariannhill, institución a la que pertenezco, nuestro apostolado misionero se centra en la educación integral de niños y jóvenes, en el apoyo a las necesidades de la mujer, a fin de promover su  dignidad y erradicar las diversas formas de opresión que padece.

© ARCHIVO CPS [Kenia]

La Hna. Damian Maria Boekholt CPS visitando las familias en la barriada marginal de Kawangware [Nairobi/Kenia]

En el 2010 tuve la oportunidad de volver a Kenia. La tarea encomendada era dirigir un proyecto en favor de los niños de la calle. El proyecto, que llevaba funcionando desde el año 2000 gracias a la ayuda de muchos bienhechores, consistía en un centro con capacidad para 200 niños, donde éstos reciben educación escolar gratuita, atención médica y alimentación tres veces al día.

La finalidad del proyecto consiste en que los niños, allí acogidos, puedan recibir una educación integral, viendo así promovidas y potenciadas sus capacidades y talentos, a fin de que puedan convertirse en ciudadanos seguros de sí mismos y responsables. Muchos de esos chavales requieren una atención particularmente cariñosa para recuperar la confianza en sí mismos y tener valor para continuar su camino de vida, dado que suelen tener detrás una historia llena de experiencias traumáticas y dolorosas. La ayuda que reciben estos niños va más allá de la económica, dado que gracias al proyecto, que les hace ver lo valiosos que son, se siente aceptados, viendo así fortalecida su alegría de vivir.

El lema del Centro reza: “La creatividad es la madre del desarrollo”. Junto con la formación académica en el Centro nos preocupamos de aportar a los niños las herramientas necesarias para la forja de su carácter. Los juegos y los deportes promueven el espíritu de equipo y así pueden aprender a respetarse, a confiar y a ayudarse unos a otros. Atendiendo todos estos frentes de manera mancomunada, los niños pronto caen en la cuenta de que su futuro depende de su propia responsabilidad.

© ARCHIVO CPS [Kenia]

La Hna. Damian Maria Boekholt CPS junto con algunos niños de la calle de la barriada marginal de Kawangware [Nairobi/Kenia]

Los niños que frecuentan el Centro son de diferentes religiones. Aunque en el programa formativo se priorice la presentación y la comunicación de los valores cristianos, se respetan las necesidades y reglas propias de cada religión. Intentamos transmitir los valores cristianos del Evangelio con nuestro ejemplo de vida. A su disposición tienen la posibilidad de asistir a la celebración de la Eucaristía y ratos de silencio para poder hacer oración. En su trato diario con nosotros – hermanas misioneras, formadores y maestros – buscamos que puedan experimentar el amor que tiene Dios por ellos. Dado que la confianza sólo puede darse en una atmósfera de cariño y seguridad, todos los que llevamos la marcha del Centro hacemos por tener un oído atento a las necesidades y preocupaciones de los niños.

Hay que hacerse una idea de cómo son las condiciones de vida de las familias de estos niños cuando, terminada la jornada diaria en el Centro, vuelven a sus casas en la barriada marginal de Kawangware. Casetas de chapa de unos 15 m2, en las que pueden vivir hasta ochos personas con un pequeña mesa, un par de sillas y un viajo sofá; ni agua corriente ni electricidad.

El desempleo y la falta de educación escolar se dan por doquier. La mayor parte de los padres de estos niños nos saben ni leer ni escribir. Son frecuentes en las familias el abuso del alcohol y la violencia. Nada extraño que estos niños, al no recibir los cuidados y apoyos en casa que cabría esperar, tiendan a vivir en la calle, expuestos a todo lo malo.

© ARCHIVO CPS [Kenia]

La Hna. Damian Maria Boekholt CPS rodeada de los niños de la calle acogidos en el Centro Misionero de la barriada marginal de Kawangware [Nairobi/Kenia]

Para proteger a estos niños del abuso infantil, les ofrecemos por las tardes en el Centro la oportunidad de participar en actividades extraescolares de esparcimiento. Así aprenden, en contraste con el entorno hostil de la calle, a afirmarse mediante el desarrollo mental y físico.

Antes de irse a casa por la noche, cenan en el Centro. Algunos niños se privan de comer todo, llevando el resto de la comida a sus casas para poderlo compartir con los suyos.

Sin duda alguna, para muchos de estos niños nuestro Centro ha venido a ser la única oportunidad de poder tener un futuro mejor.

Con el paso del tiempo la urgencia de seguir atendiendo a los niños de la calle nos llevó a poner en marcha otro Centro en Riruta. Las superioras de la Congregación decidieron acometer la puesta en marcha de una escuela secundaria en Juja Farm. Junto con los Misioneros de Mariannhill, encargados de la parroquia del lugar, y con otros líderes locales se formó una comisión para estudiar el nuevo proyecto y sacarlo adelante.

En dicho estudio se tuvieron en cuenta los recientes desarrollos que se ha ido dando en la zona, sin perder de vista que la razón última de esta empresa no podía ser otra que proveer a los niños de la calle de un nuevo pilar de apoyo así como no descuidar la educación de las niñas. Se tuvo en cuenta también la sostenibilidad del proyecto.

© ARCHIVO CPS [Kenia]

La Hna. Damian Maria Boekholt CPS charlando con un joven del área de Juja Farm [Nairobi/Kenia]

Se sopesaron y se examinaron diferentes opciones hasta que, tras bastantes deliberaciones, se optó por poner en marcha una escuela secundaria. Lo hicimos convencidos de que apoyando la educación de estos niños y niñas ayudaríamos al desarrollo integral de la población de la zona donde quedaría ubicada dicha escuela secundaria.

Gracias a los muchos donativos recibidos de las comunidades cristianas de Europa, de otras organizaciones así como de particulares, pudimos sacar adelante este nuevo proyecto con el deseo de seguir ayudando a los niños de la calle y ofreciendo a muchas niñas la esperanza de una vida digna, libres de quedar a merced de la violencia y del abuso. Con el favor de Dios pudimos inaugurar la escuela en el año 2018.

Con el paso del tiempo nos hemos convencido que la clave del éxito de este proyecto reside en el enfoque holístico que ha de informar la educación de estos niños y niñas; de ahí que no podamos descuidar atender las necesidades que percibimos en el entorno donde se desarrollan sus vidas.

Tengo que decir que mi compromiso por el bienestar de estos niños y niñas, consecuencia de mi vocación misionera, supuso para mí un gran enriquecimiento personal, llegando a descubrir en mí misma capacidades y habilidades que estaban latentes y sin explotar. La satisfacción por lo que se ha logrado, después de tanto trabajo y desvelos, es la mejor recompensa.

Así he aprendido que para ser feliz sólo necesitas estar dispuesto a dejar a un lado la vida que te has planificado para salir al encuentro de la vida que te está esperando; dejar a un lado tu propia agenda personal para sacar adelante la agenda de Dios.

Y en esa agenda de Dios están tantos hombres y mujeres, despreciados y marginados, viviendo sin alegría ni amor. Dios nos dice que necesita de nosotros para hacerles saber y experimentar que no están solos ni abandonados a su suerte. Y en eso estamos, porque ese reto es una tarea nunca acabada.

© ARCHIVO CPS [Kenia]

La Hna. Damian Maria Boekholt CPS junto con otras Misioneras de la Preciosa Sangre en Juja Farm [Nairobi/Kenia]

 

 

 

 

 

 

 

 


27
Abr 21

Pentecostés: Lanzados a la misión

Con la llegada del Espíritu Santo sobre los discípulos de Jesús comenzó el despliegue de toda la actividad misionera de la Iglesia. Antes de la llegada del Espíritu los discípulos se encontraban llenos de miedo, encerrados y callados.

[1] Los que estaban llenos de miedo, al recibir la visita del Espíritu Santo, se animaron y se armaron de valentía. Hoy somos nosotros, en cuanto discípulos de Jesús, los que hemos recibido el mismo Espíritu. Y ello se prueba si vivimos con gozo y entusiasmo nuestra condición cristiana, lo que supone que apreciemos todo aquello en lo que creemos, esperamos y amamos; que nos sintamos dichosos de ser lo que somos, afortunados de tener sitio y hogar en el Corazón de Dios, de poder vivir de acuerdo con su ley. No se espera de los que hemos recibido el Espíritu que vivamos apocados.

[2] En segundo lugar, los que estaban encerrados, al recibir la visita del Espíritu Santo, abrieron las puertas, salieron a las calles y plazas como hombres nuevos, transformados, convertidos. Hoy somos nosotros, en cuanto los discípulos del Maestro, quienes hemos recibido el mismo Espíritu. Y ello se verificará, si también salimos de nuestro encerramiento y llevamos el tesoro, que puso el Señor en nuestras manos, a la plaza pública. Tarea que supone vivir en coherencia nuestra fe y compromisos bautismales llevando una vida de convertidos.

[3] Y por último y en tercer lugar, los que entonces, discípulos de Cristo, estaban callados, salieron a predicar el Evangelio recibido. Hoy nosotros somos esos mismos discípulos de Jesús, que habiendo recibido el Espíritu Santo, no podemos quedar indiferentes ante todos aquellos que nada saben de Cristo y de su obra redentora, que no pueden vivir en el seno de la Iglesia. En definitiva, nos duele que otros no puedan vivir la Gracia que hemos recibido nosotros inmerecidamente.

Animémonos, pues, a llevar una vida en el Espíritu Santo, lo cual implica obedecer sus inspiraciones, trabajar con sus dones y dejar que en nosotros produzca sus frutos. Animémonos también a salir con impulso misionero y llenos de valentía a predicar el Evangelio. A nuestra mano y a nuestro alcance están el llevar una vida de acuerdo con el Evangelio, el hablar dando razón de nuestra fe, el rezar para que el Evangelio de Cristo alcance hasta los confines de la tierra, el poder ofrecer nuestros dolores y sacrificios, el compartir nuestros bienes en donativos y limosnas misioneros.

P. Lino Herrero Prieto CMM

Misionero de Mariannhill

 


06
Abr 21

HISTORIA DE UN CAMINO -Los discípulos de Emaús-

INTRODUCCIÓN

Al concebir este relato sobre Jesús y los discípulos de Emaús, deseaba saber cuál pudo haber sido el contenido real de lo que Jesús les había explicado, en el camino de Emaús, a aquellos dos discípulos, que huían de Jerusalén, discutiendo entre sí, y que el Evangelio resume como “empezando por Moisés y siguiendo por los profetas –que incluyen al rey David, con sus salmos-, les explicó todo lo referente a Él en las Escrituras” (Lc.24,27). Y suponiendo que ese fuera, también, el tema de la conversación de Jesús con Moisés, representante de la Ley, y Elías, representante de los Profetas, durante su Transfiguración en el monte Tabor (cf. Mt.17,1-13), comencé a investigar al respecto y hallé cientos de profecías sobre el Mesías de Dios, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, algunas de las cuales nos suelen pasar desapercibidas, sin que, por ello, sean menos importantes.

Un pista muy práctica en este sentido me vino de la mano de San Juan Evangelista, el “Discípulo Amado” y testigo presencial de prácticamente todos los hechos relevantes de la vida pública de Jesús, quien dice de sí mismo: “Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y el que escribió esto, y sabemos que su testimonio es verdadero” (Jn.21,24) “y él sabe que dice la verdad, para que vosotros también creáis” (Jn.19,35). Y añade: “Muchas otras señales hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no están escritas en este libro” (Jn.20,30), “que si se escribieran con detalle, pienso que ni aun el mundo mismo podría contener los libros que se escribirían” (Jn.21,15), “pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que al creer, tengáis vida en su nombre” (Jn.20,31).

Por eso, le tocó “ir al grano”, aquilatando lo fundamental, al seleccionar aquellas señales que sí escribió, como las más demostrativas de que Jesús era el Mesías prometido. La clave de todo estaba en Moisés, en quien él se inspiró a la hora de trazar las líneas maestras de sus dos relatos escritos: su Evangelio y el Apocalipsis; una clave recogida de labios del propio Jesús, cuando dijo a los fariseos: “Examináis las Escrituras porque vosotros pensáis que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Jn.5,39-40)… “No penséis que yo os acusaré delante del Padre; el que os acusa es Moisés, en quien vosotros habéis puesto vuestra esperanza –y no en Jesús, como el Mesías-. Porque si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero si no creéis sus escritos, ¿cómo creeréis mis palabras?” (Jn.5,45-47).

Además, Jesús mismo se la había dicho a ellos, recién resucitado, cuando se les apareció en el cenáculo: “Esto es lo que yo os decía cuando todavía estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo que sobre mí está escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”. “Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas” (Lc.22,44-48). Algo que repetirá, también, el Apóstol Felipe, al encontrar a Nataniel bajo la higuera: “Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, y también los profetas, a Jesús de Nazaret, el hijo de José” (Jn.1,45) y San Pablo, en su primera Carta a los Corintios: “Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (I Cor.15,3-4). ¡Comencemos!

RELATO

Jesús se aparece en un altozano del camino, justo detrás de dos ruidosos viajeros que van de camino, ataviado de la misma manera en que se le apareció a María Magdalena, aquella misma mañana, pero el bordón de peregrino, que ahora lleva en la mano, le confiere más el aspecto de un aguerrido viajero de largos caminos que el de un gentil hortelano. Jesús acelera el paso hasta alcanzarlos y, al llegar a su altura, haciéndose el encontradizo, les saluda y les pregunta: “¿De qué discutís, tan encendidos, a estas horas de la tarde, mientras vais de camino?” Ellos, sorprendidos, se paran en seco y enmudecen, como si los hubieran descubierto haciendo algo malo y, encogidos de miedo, no se atreven ni a mirar. Jesús vuelve a hablar, para inspirarles confianza, y se sitúa delante de ellos, para que vean que nada tienen que temer, y, sonriendo, les repite su saludo y la pregunta.

Entonces, el primero de ellos, suspira aliviado y, tartamudeando, todavía, por el susto, le responde visiblemente entristecido: “De Jesús de Nazaret, un gran profeta, que hacía las obras de Dios en medio del pueblo y de cómo terminó” y, después, se hace un largo silencio. Jesús les pregunta: “Ya, ¿y cómo terminó?”. El segundo de ellos, sorprendido, le pregunta a su vez, blandiendo el dedo índice delante de sus ojos: “Perdona nuestra extrañeza, amigo, pero ¿cómo es que vienes del lado de Jerusalén, al igual que nosotros, y no sabes nada de un asunto que es la comidilla de toda la ciudad durante estos días?”… Entonces, interviene, quejumbroso, el primero: “Algunos de los nuestros dicen que prometió volver y, pasados ya tres días, nadie le ha vuelto a ver”. Y el segundo le interrumpe, fastidiado: “¡Y es una pena, porque todos pensábamos que era el Mesías y que, ¡por fin!, ésta vez, iba a ser la buena, pero ya ves…!”. Y el primero contraataca, visiblemente enojado: “Y dime: Ahora, ¿quién liberará a Israel? ¿Eh, eh? ¿Quién lo hará?

Divertido por la avalancha de respuestas, Jesús levanta las manos, pidiendo silencio, y, antes de que discutan otra vez, consigue preguntar: “Sí, sí, pero ¿qué le pasó?” Entonces, el segundo, responde lacónico: “Que los sumos sacerdotes lo entregaron a los romanos, para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron”. Jesús les dice: “Pues si lo mataron, ¿cómo podrá volver?” El primero de ellos reacciona, fastidiado: “Ya te dije antes que algunos decían que prometió volver, pero algo falló, porque ya había resucitado a otros”. Entonces, el segundo, con la mirada pícara y dándole golpecitos con el codo, le dice al primero: “Recuerda que algunas mujeres hablaron del sepulcro vacío y de unos ángeles que le anunciaban resucitado, pero ¿quién puede creer a las mujeres?” Y el primero reacciona, conciliador: “Eso, eso ¿quién puede creer a las mujeres? Nuestros superiores fueron y lo encontraron todo tal como ellas dijeron, pero a Él no le vieron”.

Jesús, sin salir de su asombro, les pregunta: “Y ¿entonces?” El segundo responde tajante: “Entonces, nos despedimos y nos fuimos” y el primero se justifica: “Porque muchos otros lo hicieron antes, ¿eh?” y, el segundo, con voz triste, exclama: “Ya, pero nosotros no sabemos si hicimos bien o no, por eso discutíamos” y el segundo le completa: “Nuestro corazón insiste en que no puede terminar todo así, que debe haber algo más, pero el hecho es que nos vinimos por Él y nos volvemos sin Él. El primero suspira: “¡Aaaay! ¡La vida no será la misma sin Él!”. “¡Y nosotros tampoco!”, le completa el segundo. “¿Cómo nos acostumbraremos a vivir sin Él?”, hipa el primero. “Sí, ya no merece la pena vivir”, le apostilla el segundo. Y, abrazados el uno al otro, se echan a llorar desconsolados por tan terrible desgracia, ante la mirada atónica de Jesús, que, conmovido por la simplicidad de aquellos dos discípulos y por todo lo sucedido en apenas tres minutos, estalla divertido, meneando la cabeza: ¡Oh Dios, vuestra falta de fe, cuánto os hace sufrir!… Pero ¡qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas!… ¿No era necesario que el Mesías padeciera todo esto y entrara así en su gloria?” (Lc.24,25-26)…. ”¡Si le hubierais creído a Moisés, le habríais creído al Mesías, pues del Mesías escribió Moisés!” (cf. Jn.5,46).

Entonces, uno de ellos, interrumpiendo, súbitamente, su llanto, se suelta de su compañero y, de un manotazo, se seca las lágrimas, para encararse con aquel desconocido y espetarle, dedo en ristre: “¡Anda ya, listillo! ¡Hace un rato no sabías nada sobre el tema! y, ahora, fingiendo saberlo todo, ¿pretendes darnos lecciones para avergonzarnos?… A ver, jovencito: ¿Qué es lo que Moisés escribió sobre el Mesías, que únicamente lo hayas entendido tú?” Y Jesús, poniéndole las manos sobre los hombros, para tranquilizarlo, les invita a seguir el viaje, pues atardece: “Amigos, no era mi intención molestaros, pero sigamos caminando mientras hablamos”, después prosigue: “Creo firmemente que cuando Dios le dijo a Moisés: “Yo suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a ti; pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande. Si alguno no escucha mis Palabras, las que ese profeta pronuncie en mi nombre, yo mismo le pediré cuentas de ello” (Deut.18,18-19), se estaba refiriendo al Mesías de Israel, a vuestro Jesús de Nazaret, quien vendría a ser como un segundo Moisés, en cuanto a su autoridad profética, pero el principal de todos los profetas que Dios ha enviado al mundo y el representante de todos ellos, pues el Mesías es, realmente, “el Hijo de Dios vivo” (Mt.16,16)”.

Gratamente complacidos por lo que acaban de escuchar, mirando hacia él y agradecidos por sus palabras, los dos vuelven a sonreír, mientras uno de ellos exclama: “¡Ahí va, ese detalle se nos había escapado! Él solía decir: “Si alguno oye mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien le juzgue: la Palabra que yo he hablado, ésa le juzgará el último día; porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre, que me ha enviado, me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí.” (Jn.12,47-50)”. Y el otro dice: “¡Es verdad! Las mujeres nos dijeron que el centurión romano, después de atravesarlo con su lanza, se arrodilló ante Él y dijo: “Verdaderamente, este hombre era el Hijo de Dios” (Mc.15,39; Mt.27,54). Después, volviendo a entristecerse, le pregunta: “Pero, ¿por qué, siendo el Mesías, tenía que morir y de esa manera? ¿Dónde estaba escrita tal cosa?” Jesús le mira compasivo y responde con ternura: “En la Ley y los Profetas, en las Sagradas Escrituras” y ellos, deteniéndose de golpe, le miran entre perplejos y asustados; nunca antes habían oído decir tal cosa. Uno de ellos acierta a decir: “¿Co-cómo así? Siempre hemos creído que el Mesías no podía sufrir ni morir” y Jesús le responde: “Eso es porque, a pesar de que reconocéis a Isaías como el profeta del Mesías, en vuestras sinagogas jamás leéis su poema sobre el “siervo sufriente” de Yahvéh (cf. Is.53), que se refiere a los padecimientos del Mesías”.

Y Jesús, viéndolos desolados, como ovejas que no tienen pastor, comienza a instruirlos para infundirles esperanza: “Os dije que todo comenzaba con Moisés, pues, con él, Dios instituyó la costumbre del Cordero Pascual, como prefiguración, preparación y entrenamiento para la llegada del verdadero Cordero Pascual: el Mesías, vuestro Jesús. Fue a Moisés a quien Dios le encargó muchas de las cosas que vivís actualmente y que los fariseos no han desvirtuado, todavía, con su levadura de preceptos humanos, que alejan de Dios y no salvan. La sangre del cordero sin mancha ni defecto es derramada, desde entonces, como propiciación por los que tienen pecado, y recibe la muerte sustitutoria que ellos habrían merecido por sus pecados. Tal fue el papel de vuestro Jesús, sólo que Él, como Mesías, tenía, realmente, la capacidad de perdonar los pecados del mundo”.

Sí –contesta uno de ellos-, el sumo sacerdote llegó a decir que convenía que muriera uno por todo el pueblo y, más tarde, que cayera su sangre sobre nosotros y nuestros hijos”. “Ya veis –responde Jesús-, describe perfectamente la misión propiciatoria del Cordero Pascual. ¿Y no lo declaró, previamente, sin mancha, para poderlo sacrificar, conforme a la Ley?”. “No –responde el otro- ese honor le correspondió a Pilato, el único que mencionó que no encontraba delito en Él, antes de mandarlo a padecer, aunque había querido evitarlo”. Y Jesús dice: “Ya veis, ¿que más pruebas queréis de que vuestro Jesús era, realmente, el Cordero de Dios y tenía que morir para expiar los pecados de muchos y alcanzaros la salvación, conforme decían las Escrituras (cf.1Co.15,3)?: La sangre de aquellos primeros corderos salvó a los israelitas en Egipto, pero la Sangre de este divino Cordero salva a todos los hombres, en todo el mundo y en todas las edades del mundo, y de una vez para siempre”.

Más tarde, Dios concedió a David, el Rey-Profeta Mesiánico, una visión especial de la Pasión del Mesías, a partir de la cual compuso un salmo (cf. Sal. 22), en el que describía, con todo lujo de detalles, la pasión y muerte del Mesías, pero también su victoria. Un salmo que todos recitáis sin entenderlo, pero que Él recitaría desde la cruz, con todo conocimiento de causa, pues hablaba de su pasión”. Ellos escuchan atónitos, sin dar crédito a sus oídos, pero Jesús los saca de su ensimismamiento, al preguntarles: “Decidme una cosa: En algún momento de su pasión, Jesús llegó a decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?””. Ellos se miran asombrados y se dicen entre murmullos: “¡Ay va! ¿Cómo sabe eso?”… “¡Era un secreto!”. Al fin, uno le responde nervioso: “Ssssí… Verás, las mujeres que estaban al pie de la cruz nos dijeron que estaban escandalizadas de que, precisamente Él, se quejara contra Dios y dijera aquellas cosas en la cruz”. Jesús les responde: “¡Ja, ja, ja! ¡Para nada! Vuestro Jesús estaba orando a su Padre desde la cruz” Y el otro, volviendo a menear su dedo, pregunta asombrado: “¿Y tú cómo lo sabes, señor burlón, si no estabas allí?” Jesús, le responde tranquilizador: “¿Sabéis cómo empieza ese salmo? ¿No? Os lo recordaré: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás lejos de mi clamor y mis gemidos? Te invoco de día, y no respondes, de noche, y no encuentro descanso; y sin embargo, tú eres el Santo, que reinas entre las alabanzas de Israel” (Sal.22,2-4). Luego, Jesús, el Mesías, no estaba desesperado ni quejándose a Dios ni rebelándose contra Él, sino que estaba rezando desde la cruz el salmo que, proféticamente, había compuesto para Él, el Rey David, cientos de años atrás”.

Como no hay más protestas, Jesús continúa: “Y, precisamente, en ese salmo el Rey David profetiza que las manos y los pies del Mesías serán “traspasados” (cf. Sal.22,16;Jn.20,25), que no se le romperá ni un solo hueso (cf. Sal.22,17; Sal.34,21; Jn.19,33) y que se repartirán su ropa y echarán a suertes su túnica (cf. Sal.22,18; Mt.27,35). Incluso, en otro salmo, el Rey David concretará que el Mesías será traicionado por un amigo (Sal.41,9). Es más, el profeta Zacarías anuncia que será vendido por 30 monedas de plata (Zac.11,13), que, cuando sea herido, le abandonarán sus discípulos (Zac.13,7;Mt.26,31) y que todos mirarán al que traspasaron (Zac.12,10). Decidme, por favor, si fue así”. Y ellos, cada vez más sorprendidos, se preguntan: “¿Cómo puede saber todo eso, sólo por las Escrituras: la traición de Judas, las negaciones de Pedro, el abandono de todos en Getsemaní?” y se limitan a asentir con la cabeza. “Ya veis, vosotros mismos sois testigos de que ni disparato ni miento”.

Entonces, el primero de ellos vuelve a la carga con otra pregunta: “Así que fue clavado y muerto en la cruz por nuestros pecados, pero ¿y la lanzada del soldado, cuando Él ya estaba muerto? ¡Eso no entraba en las Escrituras!”. Y Jesús le responde: “Me temo que sí, pues él debía ser degollado como los demás corderos y derramar su Sangre en sacrificio de expiación: “Mirarán al que traspasaron” (Zac.12,10), ¿os acordáis? Y no sólo con los clavos (cf. Sal.22,16), con la lanza, también: “No se le quebrará un solo hueso” (Sal.22,17;34,21), ¿recordáis? Eso le evitó el “crucifagio” romano, que le rompieran las piernas, cumpliéndose la profecía”. “Ya –vuelve a arremeter-, pero ¿dónde figura esa lanza?”.

Jesús, comprendiendo que está impactado por aquel acontecimiento, le responde con ternura: “Amigo, para eso hemos de volver, otra vez, al desierto con Moisés y situarnos en el monte Horeb, junto a la roca en forma de corazón humano, que domina el lugar. Dios le pidió a Moisés que golpeara aquella roca una sola vez, para que saliera agua con la que lavar y dar de beber a todo el Pueblo de Dios”. El otro, con cara de extrañeza, le responde: “No sé adónde quieres llegar, señor”. Y Jesús le dice: “A que el soldado, con su lanza, golpeó el Corazón de la Roca, que es Cristo, el Cordero de Dios, para que de su costado saliera Sangre –para sellar el pacto- y Agua –con la que lavar el pecado de su Pueblo y satisfacer su sed-“. Ya sin argumentos, aquel discípulo, refunfuña: “Ya, pero Moisés golpeó la roca dos veces y no una, como el soldado”. Y Jesús le replica: “Por eso Dios le castigó sin entrar en la tierra prometida, pues su falta de fe, había estropeado aquel gran signo de Dios para su Pueblo”.

El primero de ellos pregunta, entonces: “¿Quieres decir que sufrió todo lo que sufrió, hasta morir en la cruz, sólo porque estaba escrito? Y Jesús le responde: “No, claro que no, murió por Amor: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn.15,13) y Él la entregó libremente (cf. Jn.10,18), y por un Designio de Amor: “Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único para salvar al mundo” (Jn.3,16). Pero ese designio de amor fue comunicado a los profetas, pues “nada hace Dios sin comunicárselo a sus siervos los profetas” (cf. Am.3,7), y fue puesto por escrito, para que lo reconocierais cuando aconteciera”. Entonces, el otro suspira: “Ya… ¡Cuesta creerlo! ¿Verdad?… Y nosotros no supimos entenderle”, y después pregunta: “Él dijo muchas veces que aún no había llegado su hora. Entonces,… ¿aquélla era “su hora”?” Y Jesús le responde: “Sí, y no era sólo “su hora”, sino, también, “su lugar” y “la manera””.

Como ve que no le han entendido, Jesús prosigue: “Me explicaré: Tras el pecado de nuestros primeros padres, con un resultado de muerte, para ellos y para todos sus descendientes, antes de sacarlos de Edén, Dios le hizo una promesa a la mujer: “Pondré enemistad entre ti y la serpiente, entre tu estirpe y la suya, y uno de tu descendencia le pisará la cabeza a la serpiente cuando ella aceche su calcañar” (cf. Gén.3,15); Él hacía referencia a una nueva Eva y a un nuevo Adán, nacido de Ella: El Mesías, con los que todo se restauraría, por su obediencia y sacrificio.

Pasaron los siglos y Dios eligió a un habitante de Ur de los Caldeos, llamado Abraham, en cuya descendencia había depositado ya la Promesa y la Semilla de Bendición para todos los pueblos de la Tierra, y le pidió que le sacrificara a su único hijo, el hijo de la Promesa; como Abraham no se lo guardó para sí, sino que, agradecido a Dios y creyendo en Él, se dispuso a sacrificar a su único hijo, Dios se lo impidió, pero quedó marcado el Lugar: el monte “Moria”, al que Abraham llamó “Dios-proveerá” y que hoy, tras las secuelas dejadas por la cantera para el Templo, llamáis “Gólgota”; y, también, la Ofrenda para el sacrificio: un cordero, como víctima sustitutoria y expiatoria: su propio Hijo único, el Mesías”. Entonces, uno de ellos exclama: “¡Ajá! es verdad, el “Discípulo amado” nos contó que, cuarenta días después de su bautismo en el Jordán, cuando Jesús regresaba de su experiencia en el desierto, Juan el Bautista lo había señalado y les había dicho: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”  (Jn.1,29)”. Y Jesús, sorprendido por aquella asociación de ideas, responde: “Ya veis”.

Después prosigue: “Más adelante, en la travesía del desierto, Dios habló a Moisés y le pidió que fabricara un estandarte de bronce, en forma de serpiente abrasadora, y lo alzara en el desierto, para que los mordidos de serpiente, al mirarlo con fe, sanaran de sus mordeduras y no murieran; y así quedó fijada la Forma: La cruz (cf.Jn.3,14; Jn.12,34), para que los mordidos por el pecado, al mirar con fe a la Víctima divina, no murieran, sino que tuvieran vida eterna: “Mirarán al que traspasaron” (Zac.12,10), ¿recordáis?”. Entonces, interviene el otro: “Sí, Nicodemo nos contó que, una noche, había ido a escondidas a ver a Jesús, y que Jesús le había dicho que “cuando el Hijo del Hombre sea elevado, atraerá a todos hacia sí y sabréis que “Yo soy”” (Jn.8,28). Él mismo nos dijo que, en el Calvario, al mirar el título de la cruz y juntar los acrónimos: “INRI”, para el latín, “INBI”, para el griego y “YHWH”, para el hebreo (cf. Jn.19,19-20),… sí, “Yahvéh” = “Yo soy”, el Nombre de Dios, sobre la cabeza de Jesús, lo comprendió todo y aquello hizo caer el último bastión de dudas en su corazón, y allí mismo le declaró su Rey y Señor, pero como ya era tarde para decírselo, pues Jesús ya había expirado, no se le ocurrió mejor modo que comprar unas 100 libras -más de 30 kilos- de mistura de mirra y áloe, para embalsamar su cuerpo (cf. Jn.19,39), que, según él, era lo establecido legalmente para enterrar a un Rey de Israel”. Jesús trata de disimular su emoción ante la noticia de la conversión del viejo Doctor de la Ley, cuando es asaltado con otra pregunta: “¡Ya!, pero, Maestro… ¡Uy, perdón!… Señor caminante: Ya tenemos el lugar, la víctima y la manera, pero sigues sin hablarnos de “la hora”, ¿por qué en la Pascua?”.

Jesús le responde, divertido: “Tienes razón, todavía no he respondido a la pregunta principal. Pues veréis, a mayores de la promesa que Dios le hizo a Moisés de suscitar un profeta como él en el futuro (cf. Deut.18,18-19), también le pidió que instituyera unas festividades, que habrían de celebrarse a perpetuidad y que Dios se reservaría para sí mismo (cf. Lev.23), de manera que sirvieran como entrenamiento y preparación para futuros acontecimientos (cf. Col.2,16-17) relacionados con el Mesías, pues el propio Mesías habría de cumplirlas, participando en ellas, tras su venida. Como bien sabéis, hay dos tipos de “Fiestas de Yahvéh”, que son, también, “Fiestas del Mesías”, reservadas por Dios para sí mismo: Las cuatro “Fiestas de Primavera”, de las que vuestro Jesús ha cumplido ya las tres primeras, como “Mesías sufriente”, recordad al profeta Isaías y su “siervo sufriente” (cf.Is.53), en ésta su primera venida, y las tres “Fiestas de Otoño”, que Jesús cumplirá en su segunda venida, como “Mesías reinante”, al final de los tiempos”.

Jesús trata de no hacer mucho caso de las caras de no entender que acaban de poner; piensa: “Lo entenderán más tarde” y prosigue: “Así, vuestro Jesús, el Cordero de Dios sin mancha, murió en la “Fiesta de Pascua” (“Pesaj”), junto con el cordero pascual y todos los demás corderos sacrificados en el Templo -ahí tenéis fijada la Fecha, incluso la Hora-; fue enterrado en la “Fiesta de los Panes Sin Levadura” (“Hag Ha-Matzah”), pues el Cordero de Dios, con su muerte, removió la levadura del pecado; resucitó en la “Fiesta de las Primicias del Centeno” (“Bikkurim”), como primicia de la humanidad redimida; y, pasada la “Fiesta de las Semanas”, en la “Fiesta de las Primicias del Trigo” (“Shavuot”), que los judíos de lengua griega llaman “Pentecostés”, por haber pasado cincuenta días; en ese día, el mismo en que Moisés recibió la Ley del Sinaí, se derramará la Fuerza que viene de lo Alto y recibiréis la nueva Ley, el nuevo Abogado, Defensor y Consolador, el Espíritu de la Verdad, que os conducirá a la Verdad plena y os hará libres”. Pero, por las caras que ponen, el mismo Jesús se da cuenta que aquel último dato también les sobrepasa, pues no han probado, todavía, la experiencia de verle resucitado, aunque ya les había hablado de ello en aquella última cena: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor. En cambio, si me voy, os lo enviaré” (Jn.16,7).

Y así, caminando y hablando, sin darse cuenta, han llegado a Emaús y uno de ellos, señalando con el dedo, dice: “¡Mirad! Ya se divisan las primeras casas, pero aún nos queda tiempo para una pregunta. Por favor, caminante, sácanos de la angustia: Si estaba profetizada su muerte, ¿también estaba profetizada su resurrección?”. Y Jesús les responde con alegría desbordante: “Pues, ¡claro! Ja, ja, ja. Haber empezado por ahí. El Rey David tiene un salmo donde anuncia: “Porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea la corrupción” (Sal.16,10); el mismo salmo que antes describía su pasión, ahora nos habla de su victoria: “¡Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré!” (Sal. 22, 23), y el propio Isaías, al final de ese capítulo que jamás leéis en las sinagogas, proclama que el Mesías verá linaje, que Dios Padre prolongará sus días y que verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho (cf. Is.53,5-11). Como veis, vuestro Mesías, a estas horas, debe estar más que resucitado, ¡hombres de poca fe!”. Y se ríen los tres, aunque, por dentro, los dos siguen pensando: “Sí, ¿pero dónde está?, ¿por qué no le vemos?”.

¡El tiempo se nos ha hecho un suspiro! -exclama uno de ellos- ¡Qué forma de hablar, pareces un doctor de la Ley!”. Y el otro, con la voz entrecortada, dice: “¡Es verdad, hablas como un “rabi!”, hablas como… como…”. “¡Como el Maestro! –le completa el primero- o como si conocieras profundamente al Maestro. Dinos, caminante: ¿Quién eres tú, realmente?”. Pero Jesús no le responde y, despidiéndose gentilmente, hace ademán de seguir su camino. Entonces, el primero, reteniéndole por la ropa, le dice visiblemente emocionado: “No nos dejes así, caminante, te lo suplico, pues tus palabras apaciguan nuestros corazones, haciendo renacer en nosotros la esperanza, y son un bálsamo para nuestras almas, que cicatrizan la tristeza y sanan nuestra frustración, al sanar nuestros recuerdos… Si fueras Él, diría que tus palabras son de vida eterna” (cf.Jn.6,68). Entonces, el otro, interponiéndose en su camino y señalando hacia la puerta, prosigue: “Quédate con nosotros esta noche; mira que ya es muy tarde y está para anochecer” (cf. Lc.24,29)Cena al menos con nosotros y déjanos pagarte, de alguna forma, todo el bien que hoy nos has hecho, antes de proseguir tu camino, oh viajero”.

Y Jesús, que lo está deseando, pone cara de: “Bueeeno, vaaale; pero solo un poco” y se queda con ellos a cenar. Los dos le invitan, entonces, a bendecir el pan para la cena y Jesús lo hace como siempre lo ha hecho, es decir, con una oración y bendición al Padre, como nadie jamás sabría hacerla, excepto Él, rompiendo el pan en dos mitades, con sus manos traspasadas por dos rubíes centelleantes, dándole la mitad a cada uno. En ese momento reaccionan y comprenden: “Mirarán al que traspasaron” (cf. Zac.12,10), pero Jesús ya no se deja retener más y desaparece de su lado, ante sus ojos de sorpresa y su sonrisa de alegría, mientras sus corazones, repicando a Pascua, con sus enormes latidos, están a punto de estallar de felicidad. Por fin, cuando se reponen un poco de la sorpresa y la emoción, ambos aciertan a decir, tartamudeando al unísono: “No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?” (cf. Lc.24,32)… Y el primero de ellos dice: “¿No fue eso lo que nos hizo retenerle un poco más y decirle, como Pedro, aquella vez, que tenía palabras de vida eterna (cf. Jn.6,68)?” y el segundo le responde: “¿No fue eso lo que nos hizo gozar cuando aceptó nuestra invitación a bendecir nuestro pan y compartir nuestra mesa?

Y, de común acuerdo, no comen la mitad del pan que Jesús les ha entregado, sino que, cada uno la envuelve, cuidadosamente, en un lienzo limpio y la guarda con veneración en su zurrón de viaje, como una preciosa reliquia de su encuentro con Jesús y prueba de su Resurrección para los hermanos que todavía estén en el Cenáculo, que permita reunir nuevamente a todos los discípulos de Jesús, que decepcionados, se dispersaron tras su muerte, tal como ellos mismos hicieron, y, en plena noche, salen corriendo hacia Jerusalén, encontrando milagrosamente abierta la puerta de la muralla, pudiendo pasar el retén de guardia de la puerta sin ser notados y sin que ninguna ronda de guardia les moleste en su deambular por las callejas que llevan al cenáculo, como si fueran invisibles, a pesar del toque de queda. Y una vez reunidos con María, los apóstoles y los demás hermanos, los de Emaús comienzan a dar su testimonio y, al sacar de sus zurrones las dos mitades del Pan eucarístico, las desenvuelven con veneración, delante de todos, como prueba de lo que dicen, y, al juntar ambas mitades, Jesús resucitado, saliendo de ese Pan, se aparece en medio de ellos, lleno de gloria y majestad, y les dice: “Paz a vosotros” (Lc.24,36).

¿FIN?…

¡Lo dudo!

P. Juan José Cepedano Flórez CMM.

A todos los que, habiendo probado, desandan sus pasos y se convierten en testigos.

+ Salamanca, 28 de Marzo de 2021, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor.

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