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Felix culpa” – De Monjes a Misioneros  (P. Yves La Fontaine, CMM)

Nuestras Constituciones declaran que nuestro instituto "'brotó' del monasterio trapense fundado por el Abad Franz Pfanner en 1882". Verdaderamente, somos desde y de Mariannhill, nuestro lugar de nacimiento, nuestra casa-madre. En este lugar, en la particular emergencia histórica de este monasterio y su misión reposan no sólo el origen de nuestro nombre, sino, también, nuestro carisma. Permanecemos para siempre asociados a esta Abadía trapense y su fundador. Los hechos de la historia de nuestros orígenes revelan algo verdaderamente relacionado con “tensiones y transformaciones". Algo qué será presentado, sin embargo, de un modo pecaminosamente breve.  

 

En nuestra experiencia fundacional colectiva uno puede encontrar claramente un designio divino y ver cómo "Dios escribió derecho con renglones torcidos" (Paul Claudel). La fase de gestación de nuestro nacimiento se remonta al capítulo de general de Sept-Fons, de 1879, de la Congregación de Nuestra Señora de La Trapa de Rancé, durante la cual, el Obispo Ricards, de Sudáfrica, pidió misioneros y Pfanner, el entonces Prior del monasterio de Mariastern, declaró: "Si nadie va, yo iré".

 

Unos años más tarde, después de que el primer intento de Julio de 1880 de asentarse en Sudáfrica se hubiera convertido en un fracaso, aunque en realidad se convirtió en un peldaño, se fundó el monasterio de Mariannhill: el 26 de Diciembre de 1882. Se esperaba que los monjes hicieran su trabajo misionero. Así que ellos lo hicieron bajo el liderazgo del Prior Pfanner. De tal manera que el monasterio mostrará un notable impulso misionero.

 

Pero al mismo tiempo, Mariannhill registró tensiones y desacuerdos acalorados, causados por el intento de reconciliar el estilo de vida trapense con el misionero. Y así, aunque su esfuerzo fue bastante justificado y bien intencionado, ocasionó una visita canónica, hecha por el Abad Franz Strunk en 1892, que condujo al retiro del cargo de Pfanner, Abad por aquel entonces, e introdujo a la comunidad en un período de auto-evaluación causado por este conflicto subyacente.

 

Posteriormente se designó un Administrador, Amandus Schölzig. Algún tiempo después, en Abril de 1894, se convirtió en el Segundo Abad de Mariannhill, pero murió prematuramente, en 1900. Su muerte fue inoportuna, porque él realmente había tenido éxito en resolver el problema que había heredado del Abad Franz Pfanner.

 

Siguió, entonces, una segunda visita hecha por el mismo visitador y, el mismo año, el nombramiento de un sucesor de Schölzig: el Abad Gerard Woltpert. Él trató de hacer cumplir el informe del visitador, pero fue realmente incapaz de conseguirlo. Y su dimisión fue aceptada, sólo cuatro años más tarde. Hubo de designarse un nuevo Administrador. Lo que se hizo en 1905. El Abad de Gethsemaní, en los EE.UU., Edmund Obrecht, fue designado para el cargo.

 

Él quiso salvar Mariannhill para la Orden, pero, en cambio, dio lugar a duras críticas y a tensiones crecientes en el propio Mariannhill. Su arrogancia, la actitud inflexible hacia Mariannhill y su deseo de cortar drásticamente su compromiso misionero sólo lo aislaron de los monjes. Estos intentaron desesperadamente hacer oír su voz, pero en vano. Degenerando en una verdadera tormenta, la situación terminó con las decisiones tomadas por el capítulo general de la Orden, de 1907, de poner fin al cargo de Obrecht y, en última instancia, separar Mariannhill de ella.

 

Este movimiento fue seguido por las maniobras del Abad General, Dom A. Marré, y de Monseñor Millar, para conseguir que Mariannhill digiriese este veredicto de separación en una Conferencia plenaria en Mariannhill, en Mayo de 1908. En cambio, lo que en realidad sucedió es que la conferencia solicitó una administración por su cuenta, adaptada a su situación misionera. Pero esta petición no resultó bien y fue seguida, más tarde, por la decisión del Papa Pío X de separar Mariannhill de la Orden y formar una nueva congregación misionera activa. El decreto de separación se emitió el 2 de Febrero de 1909 y significó una ruptura completa con la Orden de los Cistercienses Reformados.

 

Esto, tanto para las tensiones como para nuestra transformación básica. ¡En una pequeña cápsula, naturalmente! Pero sobre esto, mucho puede decirse y/o cuestionarse. ¿Cuál fue la verdadera causa de estas tensiones? ¿Quién, entre las partes implicadas en este asunto, acertó en sus decisiones y quién no? ¿Quién tuvo la actitud correcta y quién no? Y si ampliamos el alcance, ¿cuál era "el verdadero espíritu trapense" en aquel tiempo? ¿Fue este fracaso el único, en aquel tiempo, en la historia de los trapenses? ¿Cuáles fueron los modelos operativos implantados, los conceptos utilizados y las nociones a las que se recurrió en aquel tiempo? Algunos de ustedes, aquí, pueden responder a estas últimas preguntas mejor que yo.

 

Vamos a limitarnos aquí a lo que, en conjunto, puede afirmarse con certeza. A lo siguiente. Es evidente, teniendo en cuenta el contexto de las empresas misioneras trapenses de aquel tiempo, que nuestro caso no presenta ninguna dicotomía entre la vida monástica y la misión. Objetivamente hablando, el deseo del Abad F. Pfanner de armonizar los ideales monástico y misionero fue honesto. Incluso tenía razón al tratar de hacerlo. Sólo tenemos que recordar el Breve de 1870 de Pío IX, al que recurrió el Abad F. Pfanner y que sancionaba las misiones monásticas.

 

Más aún, Dom Hildebrand Hemptinne, OSB, que fue consultado en el asunto de la separación de Mariannhill e, incluso, preparó el decreto de separación, confirmó el principio de que esto era posible, en su larga prueba desde la historia, en su informe a la Congregación para los Religiosos. Además, la Orden creía que esta armonización era posible, ya que, realmente, hizo mucho para que esto sucediera. Cabe preguntarse, por tanto: ¿qué tipo de esfuerzo misionero era aceptable para los trapenses? En otras palabras, ¿cuánto trabajo activo era compatible con la vida monástica? Pero, incluso, esta cuestión no es la más relevante. A este respecto, permítanme mencionar lo que Dom Hemptinne declaró en relación con nuestro caso -algo especialmente significativo, a mi entender-: Las vidas monástica y misionera pueden conciliarse, pero "con la prudente dirección del abad".

 

Además, deseo señalar que, más allá de todos los argumentos que se puedan hacer sobre la razón (o razones) última y definitiva en favor de la separación hay, en el contexto específico de Mariannhill, el siguiente hecho: El Abad Amandus Schölzig restauró con éxito esta unidad una vez, pero se perdió nuevamente con el Abad siguiente. Más aún, en lo sucesivo no pudo encontrarse a nadie realmente capaz de restaurarla. Y, probablemente, la experiencia había durado demasiado. No es de extrañar que, debido a esto, la separación se hizo inevitable. En mi opinión, este punto es capital.

 

Ahora bien, es en este punto que se puede hablar de una "felix culpa". De lo que he dicho se deduce que el buen trabajo de Mariannhill tenía que ser quitado al Abad F. Pfanner y sus monjes, yo diría que con el fin de salvarlo. Se convirtió en una "culpa" a causa de los errores cometidos, principalmente por el Abad F. Pfanner, y una "felix" culpa porque él había hecho todo lo posible para convertir esta culpa en un acontecimiento feliz, basado en el gran éxito misionero de Mariannhill. Pero también es una culpa feliz, en el sentido de que, de esta experiencia, surgió un instituto misionero arraigado en la tradición trapense-benedictina y, por tanto, marcado en su carisma por un conjunto de elementos de la espiritualidad benedictina.

 

Verdaderamente, este fracaso fue permitido por Dios por una buena razón. Como una figura central en nuestra experiencia fundacional, el Abad F. Pfanner ha dejado su impronta en nuestra espiritualidad e identidad debido, no sólo a que fue un hombre ardiente y con notables características espirituales, sino, también, en razón de su intención y enfoque misioneros. Sin embargo, nuestro carisma no es sólo Pfanneriano, sino también benedictino. Ambos elementos han contribuido a nuestra doble forma. Y así, también podemos sacar valores, ideas e inspiración relevantes para nuestra vida y trabajo a partir de la Regla de San Benito. Más aún, no es sólo por el puro hecho de que surgimos de una comunidad con un estilo de vida y espiritualidad monásticos que esto puede explicar. También por el hecho de que la historia del período de nuestra maduración, en términos de identidad, ha registrado un inequívocamente firme deseo de permanecer conectados, de una manera o de otra, con los trapenses, los cistercienses o los benedictinos.

 

Ya que puede ser de especial interés para ustedes saber más sobre esta parte de nuestro carisma, aquí está cómo se encuentra clara expresión en nuestro carisma. Aquí está nuestro sello benedictino en pocas palabras: por encima de todo ora et labora, pero también lectio divina, ferviente amor en comunidad, escucharse mutuamente -y, por tanto, consulta-, stabilitas -loci, obviamente no-, el enfoque misionero y la hospitalidad benedictinos.

 

Algunos de estos valores o elementos de nuestra espiritualidad son más preciosos en la medida en que estuvieron bien encarnados en la vida y obra del Abad F. Pfanner y de sus monjes. Que fueron el tejido y la fibra de la antigua experiencia de Mariannhill. Su importancia es, por así decirlo, doble, en este sentido.