Noticias de Colombia: Verde esperanza

           Colombia, «Donde el verde es de todos colores»; y, Colombia, «Verde tierra calcinada», son contenido y título de un poema de Aurelio Arturo y de un ensayo de Juan Miguel Álvarez respectivamente. Estas títulos reflejan el denominador común de Colombia y sus gentes; un denominador que es ese color verde de todos colores que cubre el terreno del país entero y que refleja la  esperanza que llena los corazones de todos sus habitantes. Una esperanza que los habitantes no pierden, aunque, a veces, aparezca  calcinada por las circunstancias de la vida.

Esta realidad nacional se ve reflejada, aunque de forma reducida, en la gente que vive en el área de una parroquia en la periferia de Bogotá, donde trabajan los Misioneros Mariannhill. Dicha gente, oriundos de todos los rincones del país, llegó aquí, hace 30 años, los primeros, y la gran mayoría, en los últimos 10 años. Todos ellos afectados por el conflicto armado del que fueron víctimas o victimarios.

Esa esperanza calcinada se nota en una especie de lenguaje, que se habla silenciosamente cada vez que alguien se encuentra con otro en un lugar de trabajo, de diversión y, sobre todo, en reuniones de índole local.

Este lenguaje podríamos llamarlo el lenguaje de la sospecha. La sospecha que suena a precaución y miedo; precaución y miedo a encontrarse con alguien que podría ser:

  • el asesino de algún familiar de uno o
  • el familiar de alguien asesinado por él.
  • el violador de alguien cercano a uno o
  • la víctima de la violación hecha por él.
  • el que puso la mina que mutiló a uno o
  • el mutilado por una mina que él puso.
  • el que hizo desaparecer a un familiar de uno o
  • el familiar de uno hecho desaparecer por él.

A pesar de esta situación, es cierto que la fuerza que da la esperanza, aunque calcinada, supera con creces el miedo que produce la sospecha; hay gente que no tiene miedo a encontrase con alguien, sino que, desde la prudencia, busca a alguien para saciar una sed de paz que lo consume por dentro. Son:

  • los buscadores de desaparecidos o
  • los desaparecidos que buscan a alguien.

Esta búsqueda ha llevado a algunos hasta el Centro de atención que los Misioneros de Mariannhill tienen abierto en esta zona. Todos son personas con situaciones diferentes, como diferentes son las tonalidades del color verde que cubren la tierra de Colombia. Verdes fuertes y llenos de esperanza unos, y verdes calcinados otros, pero con la esperanza viva y con ganas de seguir adelante. Los siguientes ejemplos – con nombres ficticios – son una muestra:          

            Juan, taxista, que un día pasó por delante del Centro y, al ver tanta gente entrar y salir, se acercó a alguien y le preguntó: ¿Qué dan en esa casa? Aprovechando la ocasión, entró y le faltó tiempo para sentirse a gusto, y comenzó a contar sus tiempos pasados en la selva luchando, sin saber por qué y contra quién. Muestra un libro que trae y añade: “En la selva yo también perdí la infancia que nunca tuve, pues como dice el título de este libro: «Yo no tuve juguetes, pero tuve fusil» (de Beto Avendaño)”. Y sigue contando, con la seguridad de sentirse escuchado, que todavía oye en las noches los ruidos de las balas, el sonido de helicópteros, el crujir de las ramas secas y los cantos de pájaros asustados y asustadores. “Mi mujer no me aguantó más y se fue; ahora, ni yo me aguanto a mí mismo”. Tras un largo rato, se levanta, tiende la mano y dice: “Gracias por escucharme, volveré”.

            Mauricio, vive solo y está bastante delicado de salud. No le asusta la enfermedad e incluso dice con cierto humor: “Es toda una proeza morir de viejo, pues mis compadres de juventud ya han muerto todos, unos matando y otros matados”. Considera una suerte el estar aún vivo, pero añade: “Preferiría que los que estuvieran vivos fueran mis dos hijos, que se los llevó la guerra… Ojalá esta vaina no se repita y se acabe de una vez para siempre”. Y con voz pausada, cuenta su salida obligada de su pueblo, la llegada a la ciudad, el regreso a otra zona del campo buscando mejor vida; pero allí solo encontró el secuestro de sus dos hijos y la muerte de su mujer, que acabó muriéndose de pena. Se levanta apoyándose en su bastón y con una dignidad impresionante, dice: “Deme la bendición”.

Sergio y Alfonso se acercaron, después de la misa, para que les bendijera el agua que traían cada uno en una botella. Por casualidad se presentó la ocasión para poder hablar más detenidamente. “Nosotros –habla Alfonso-, cuando teníamos 10 años, estábamos jugando al balón en un prado de nuestro pueblo, después de salir de la escuela. Llegaron unos guerrilleros y nos llevaron al monte. Yo, Alfonso, me escapé después de unos años; Sergio no lo pudo hacer y pasó casi 20 años en el monte como guerrillero. Cuando yo tenía 18 años me cogieron los soldados y me llevaron al cuartel y del cuartel al monte a luchar contra guerrilleros”. Intervino Sergio: Somos amigos que, siendo niños, jugando, nos tirábamos el balón el uno al otro; luego siendo adultos, luchando, nos tirábamos ‘plomo’ el uno al otro. Hoy disfrutamos de nuestro re-encuentro y solo podemos hacer que dar gracias a Dios. Volveremos de nuevo cuando se acabe el agua y podamos tomar un tinto con usted y seguir charlando”.

            Al verlos marchar, montados en su moto, la sonrisa de ambos era la prueba de que su amistad era sincera y que disfrutaban -nunca mejor dicho- como dos niños jugando al balón. Al recordar su historia, me vino a la mente lo que escribió Erick Hartman, fotógrafo de guerra y escritor: «La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian, se matan entre sí por decisiones de viejos que se conocen y se odian, pero que no se matan entre sí». En este caso, Sergio y Alfonso, sí se conocían, no se odiaban y, como dice Sergio, “ahora somos incluso mejores amigos”.

 

Verde esperanza, calcinada, pero viva.

P. David Fernández Díez CMM

Misionero de Mariannhill

© Fotos: Archivo CMM-Colombia.

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