LA EXPERIENCIA FUNDANTE: EL CORAZÓN DE JESÚS TRASPASADO

Queridos Lectores: Hoy profundizaremos en el acontecimiento fundante de nuestra Salvación y del origen del Cristianismo, de la Iglesia y de la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús.

Todo en la vida y en la muerte de Jesús, desde lo más pequeño y, en apariencia, más insignificante, hasta lo más grande y, en apariencia, más extraordinario, ha sido dicho, hecho y vivido, por Él, para nuestra salvación, atendiendo a un único plan maestro: la Voluntad del Padre y su designio salvífico de amor por nosotros; una Voluntad de la que Jesús, por amor al Padre y por amor a nosotros, no se apartará, en ningún momento y bajo ningún concepto, en todo lo que haga, diga, piense o permita y acepte que suceda, como en Getsemaní: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc.22,42) , siendo Él mismo, quien, en nombre de esta Voluntad y designio divino, entregará voluntariamente su vida -no se la quitarán-, para recuperarla, después, junto con las nuestras.

Por tanto, mis queridos lectores, todo en la vida de Jesús es excepcional, salvífico y maravilloso, pues se convierte en un continuo “hágase en mí” del designio salvífico de Dios y de la Voluntad del Padre por la humanidad y, por eso, ha sido consignado, después, en las Escrituras, para los que vendríamos detrás, pues también estamos llamados y destinados a acoger la salvación de Dios en Cristo Jesús. Sin embargo, hay un acontecimiento único, excepcional, que se nos pasaría realmente desapercibido, pues sólo un evangelista nos habla de él, pero lo va a ponderar tan grandemente, que hará que caigamos en la cuenta, dada la importancia que tiene para toda la humanidad, pues es la raíz, el compendio y el origen de todo.

Vayamos, pues, al relato del evangelista Juan, el “Discípulo Amado”, ya que es el único evangelista que recoge ese momento: “Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado – porque aquel sábado era muy solemne – rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua” (Jn.19,31-34). Entonces, el evangelista corta el relato totalmente y ya no se limita a ser un mero testigo de lo que está ocurriendo, sino que hace una valoración personal, como un toque de atención y grandes ponderaciones, como si le fuera -y a nosotros, también- la vida en ello: “El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: No se le quebrará hueso alguno. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron” (Jn.19,35-37).

¿Qué ha pasado aquí?, ¿nos hemos perdido algo? ¿Cómo es que Juan, de repente, le da tanta importancia al acontecimiento de la lanzada, dejando una constancia tan remarcada de ello en su Evangelio? Pues, quizá, porque sí la tiene y Juan ha comprendido, por fin, la importancia de ese acontecimiento a la luz de la gracia recibida durante la Última Cena, cuando se recostó sobre ese corazón amado y amante, que ahora acababan de romper delante de sus ojos y del que tanto recibió aquella noche, pues le abrió los ojos para ver, le permitió reconocer el momento concreto y le dio Nueva Vida, ésa que, ahora, nos quiere transmitir a todos nosotros. ¿Me permitís que hable en nombre de San Juan, poniendo mis palabras en sus labios, como si fuera él quien nos hablara, para entender algunas cosas interesantes? ¿Sí? ¡Pues vamos a ello!: “Por favor, Discípulo Amado del Señor, ¿puedes contarnos qué fue lo que, realmente, ocurrió con el tema de la lanzada?

Pues claro que sí. Veréis, cuando aquel soldado se acercó a Jesús y, viéndolo ya muerto, como un vil ensañamiento hacia su pobre cadáver, le asestó aquella lanzada, aparentemente inútil, pues ya estaba muerto, me invadió el recuerdo de lo vivido en el cenáculo, mientras estaba recostado sobre el pecho de Jesús y, en aquel momento, se me abrieron los ojos del entendimiento y descubrí que ambos acontecimientos eran importantes y que guardaban una estrecha relación entre sí.

En aquel momento, percibí, en la lejanía, los ecos de balidos, que retumbaban en los atrios del Templo, y caí en la cuenta de que los sacerdotes estaban degollando los corderos pascuales, y recordé las palabras del Bautista, mi antiguo maestro, al señalarnos a Jesús en el Jordán: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn.1,29). Y allí, delante de mí, estaba aquel Cordero, recién degollado, dando su Vida y su Amor por todos nosotros, inmolado junto con los demás corderos, pero, a diferencia de ellos, manso, humilde y silencioso, como decía Isaías, el profeta del Mesías, al hablar del Siervo Sufriente de Yahveh (cf. Is.53). Aquel grito desgarrador, al expirar, había sido, en realidad, su último balido. Recordé, también, las palabras del profeta Zacarías: “Mirarán al que traspasaron” (Zac.12,10 y Jn.19,37) y supe que aquella lanzada era, en realidad, un signo permitido por Dios.

Atravesando el pecho de Jesús, aquella lanzada fue a clavarse, directamente, en aquel Corazón que había escuchado latir la noche anterior, abriéndolo y derramando su contenido, tal como os conté ayer y yo sentí, al apoyar sobre él mi cabeza, pero ahora tenía una puerta de entrada, tal como yo le había reclamado… Y, al ser alanceado, a diferencia de los dos ladrones (cf. Jn.19,33-34), no se le rompió ni un solo hueso, tal como decían las Escrituras (cf. Jn.19,36) y, así, pude entender por qué, según la tradición del “Seder Pesaj” –u “Orden de la Pascua”-, no se les debía romper ni un solo hueso a los corderos pascuales; y por qué estos debían ser inmaculados y sin defecto alguno; y, también, por qué tenían que ser degollados, para ofrecer su sangre derramada en sacrificio expiatorio a Dios: “Esta es mi sangre, de la nueva Alianza, que será derramada por vosotros y por muchos, para el perdón de los pecados” (Mt.26,28), pues todos ellos eran atributos del Mesías, tan generoso, que vació por completo su Corazón, entregando toda su sangre y ¡toda su agua!

Tras la lanzada, me vino, también, nítida, la imagen de Moisés en el monte Horeb, golpeando la roca con su bastón, para que brotara agua de su interior y calmara la sed de su pueblo; y entendí por qué Dios le castigó por su falta de fe, pues aquella roca de Horeb representaba el Corazón de Jesús, golpeado una sola vez -y no dos-, por la lanza del soldado; la falta de fe de Moisés había enmascarado la semejanza y oscureció el signo. Me asaltó, entonces, la imagen del templo del profeta Ezequiel, del que manaba agua por su lado derecho (cf. Ez.47,1) y recordé las palabras de Jesús, cuando entró en Jerusalén: “Destruid este templo y en tres días lo reconstruiré” (Jn.2,19). Se refería a sí mismo, Él mismo era el templo, y el agua que manaba del lado derecho del templo, era esa misma agua que yo vi manar de su costado derecho, tras la lanzada, que, haciéndose un torrente imparable, recorrería la historia y la geografía humanas, saneándolo todo. Entonces vinieron a mí, las palabras de Jesús en Siloé y en Siquem: “De su seno brotarán torrentes de agua Viva” (cf. Jn.7,38), “que salta hasta la vida eterna” (Jn.4,14); he ahí el secreto de la salvación. Por eso, el mandato final de Jesús, antes de ascender a los cielos, fue: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos (Mt.28,19). ¡Ese agua bautismal es el torrente imparable que recorrerá la historia y la geografía humanas, saneándolas!, y nosotros mismos, enviados a bautizar en su nombre, somos parte de ese torrente, nacido de su costado abierto, por la lanzada de aquel soldado, que reconoció su divinidad(Mc.14,39).

Queridos hermanos: Esa lanzada, que abre el Corazón a Jesús, es el acontecimiento fundante de toda la espiritualidad cristiana posterior, desde los primeros segundos de la Iglesia naciente hasta el día de hoy, incluida la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús, porque la Herida del Costado quedó abierta para siempre y de ella sale la Vida, el Perdón y el Amor de Dios para todos nosotros; por ello, entre las devociones surgidas a lo largo de la historia de la Iglesia, hubo dos marcadamente importantes: La devoción a las Santas Llagas y la devoción al Corazón traspasado de Cristo, fermento y preparación para la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, tal como hoy la conocemos. Una espiritualidad cristiana que está basada en el amor oblativo e incondicional de Dios por el hombre y en la gratuidad de la salvación venida de lo alto, cuando todavía éramos malos; donde Dios nos amó primero y siempre, y nos guardó fidelidad, porque Dios es Dios y es siempre Fiel, a pesar de nuestro estado de pecado, y nos rescata de manera unilateral, por iniciativa suya, como un cheque en blanco, que espera ser llenado con nuestro nombre.

Por nuestra parte, es necesario un encuentro personal con ese Jesús traspasado y resucitado, que afirmó: “Cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí (Jn.12,32), y que, hasta hoy, sigue gritando: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso” (Mt.11,29-30), y que cojamos ese cheque en blanco –su yugo sobre nosotros-, para escribir en él nuestro nombre: “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt.11,29-30). Queridos lectores: Tal es la Voluntad del Padre y el designio del amor de Dios sobre nosotros, que hemos de cumplir, si queremos ser salvos: “Ser Santos como Él es Santo” (cf. Mt.5,48), dejándonos amar y engarzar en la santidad de Dios, en la corriente del amor intratrinitario de ese Dios que tanto nos ama, que da su vida por nosotros y, por amor, nos rescata, para que tengamos vida, y, a cambio, sólo nos pide que nos amemos, los unos a los otros como Él nos ama (cf. Jn.15,12). Este es el compendio de toda la doctrina del Evangelio y del Sagrado Corazón de Jesús.

Sagrado Corazón de Jesús. En vos confío.

P. Juan José Cepedano Flórez CMM.

+ Salamanca, 13 de Junio de 2020, en la cuarentena por Corona Virus.

© Imágenes tomadas de Internet.

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