29
Sep 20

Profesión perpetua de los Frts. Mauricio Jamine CMM y Felizardo Luheia CMM

Los Misioneros de Mariannhill en España os invitan a participar en la celebración Eucarística que, con motivo de la Profesión Perpetua de los Fratres se celebrará en la Parroquia de Ntra. Sra. de Fátima [Salamanca] el domingo 18 de Octubre de 2020, a las 19.30 h.

Link al PDF de la invitación:


27
Ago 20

Noticias desde Colombia: La medicina del alma (La pandemia del Coronavirus en una barriada de Bogotá)

El pensador y médico suizo, Thierry Collaud, tiene un estudio sobre lo que él denomina «la medicina del alma»; una medicina que el ser humano busca cuando siente que su vida se torna «frágil e incierta». Los componentes de esta medicina son una serie de «ritos» que conectan a la persona con el pasado – cuando disfrutaba de seguridad – y con el presente – cuando teme asustado ante el incierto futuro -. Estos «ritos» aportan a la persona la seguridad necesaria para sanar o, al menos, fortalecer su alma. El autor centra su estudio en las personas, que, por diversas causas, son más vulnerables, debido, por ejemplo, a la angustia, a la edad o a la enfermedad, en concreto, enfermos de alzhéimer.

Leía yo este ensayo durante el aislamiento provocado por la pandemia del Covid -19 y, de repente, me di cuenta que la realidad que el autor describía se estaba dando entre la gente con la que convivimos y que pasa a diario por delante de la Centro Misionero que Mariannhill tiene establecido en una barriada de la periferia de Bogotá.

Las gentes que pueblan este barrio tienen aquellas características, que son comunes a todos barrios de esta índole que se encuentran en muchas de las grandes ciudades de países en desarrollo: núcleos familiares grandes y diversos, viviendas sencillas y siempre en construcción, medios de vida y sustento dependientes del salario mínimo de algún miembro de la familia y de la venta ambulante de otros. A esta realidad común, la gente de este barrio tiene otro denominador característico: en su mayoría son desplazados del conflicto civil que ha azotado a Colombia y que no acaba de encontrar la ruta de la paz. En resumen, como suele decirse, son la gente que «vive del día a día», o, como decía un anciano jocosamente, son la gente que «se muere de día a día».

Con la aparición de la pandemia esta forma de vida, de por sí precaria, de la noche a la mañana, se convirtió en una forma de vida frágil. En un cortísimo espacio de tiempo, la gente empezó a notar la escasez de alimentos y de otros bienes básicos y, para colmo, se sintió arrojada a una situación de desorientación, donde la incertidumbre afectaba los cuerpos y las almas de todos ellos.

Las necesidades básicas de muchas familias comenzaron a exteriorizarse a través de «paños rojos», colgados en las ventanas y puertas de las casas. De algunos casos aislados, fácil de contar, en pocos días se pasó a tal número de «paños rojos», que algunas calles parecían haberse adornado para el paso de una procesión. De repente la gente se vio inmersa en una emergencia que había que enfrentar. La magnitud de la emergencia era tal que solo entidades gubernamentales podrían y deberían solucionar. Por desgracia y como de costumbre, la actuación gubernamental se ve siempre frenada y retrasada por el montaje burocrático que suele organizarse antes de actuar en estos casos, retrasando la atención urgente a los más vulnerables.

Es aquí cuando entra en juego la actuación de la iniciativa privada, tanto de particulares como de organizaciones locales, que son conscientes de que el vecino de justo al lado de tu casa, viviendo como tú en medio de la emergencia, padece la urgencia de necesitar ayuda.

Así fue como en la barriada de Bogotá donde trabajamos los Misioneros de Mariannhill pusimos en marcha el programa «Sé cercano con el más cerca». Comenzamos por acudir a los creyentes del entorno así como a las personas de buena voluntad a fin de avivar el espíritu de cercanía, característico de la caridad cristiana y de la solidaridad humana.

Este programa se viene poniendo en práctica allí donde aparece de repente una emergencia alimentaria de gran alcance, tratando de avivar y fortalecer el espíritu de cercanía y confianza que el ser humano experimenta en su interior. El vecino necesitado acude al vecino que puede ayudarle o, viceversa, el vecino que puede ayudar se acerca al vecino en necesidad. Cuando esto se ha conseguido, hay quien, al conocer las necesidades del vecino, cae en la cuenta que quizá sus necesidades no son tan urgentes como creía; por otra parte, el donante deseoso de ayudar sabe a quién ayudar y en qué medida puede hacerlo.

Centro Misionero de Mariannhill en una de las barriadas periféricas de Bogotá (Colombia): preparación de los lotes de alimentos durante los días de la emergencia del Covid-19.

Reparto de alimentos en el Centro Misionero de Mariannhill en una de las barriadas periféricas de Bogotá [Colombia] durante los días de la emergencia del Covid-19.

           Los que hemos vivido en otras situaciones parecidas sabemos que siempre habrá gente que tiende a hacer de la «necesidad» una «forma de vida». Este programa viene a ser una especie de filtro o correctivo para evitar esto, dado que nadie suele atreverse a pedir al vecino que vive a su lado lo que no necesita y ningún vecino se moverá a dar algo al vecino que sabe que no lo necesita. Se pone, así, en práctica el dicho que dice: «Contra el vicio de pedir, la virtud de no dar». Pero todos sabemos que en estas situaciones uno tiene que cruzar una línea casi invisible entre la «necesidad y la urgencia».

El área de actuación del programa comienza en una calle y, a veces, se extiende a áreas más amplias como pueden ser varias calles o un barrio entero. Los que residen en el territorio señalado se conectan entre sí, exponiendo sus necesidades y las posibilidades de ayudar, organizando a su manera los tiempos y formas de ayuda. Cuando los que pueden ayudar son menos que los que necesitan ayudan, la situación pasa a ser atendida por entidades locales mayores, como pude ser una parroquia o, en nuestro caso, al Centro Misionero de Mariannhill. Cuando esto ocurre, la entidad mayor se encarga de aportar los víveres y los alimentos a la gente encargada de ayudar en la calle, zona o barrio para que sigan preparando las bosas de comida.

Para conseguir los medios materiales, el Centro Misionero de Mariannhill se puso en contacto con entidades locales, nacionales y extranjeras. Las entidades comerciales e industriales de la zona, a nuestro requerimiento, se prestaron a ayudar, aportando víveres en especie o dinero. Con la ayuda del equipo de Pastoral Social se organizaron los lotes de comida, que se iban repartiendo en las casas de los necesitados.

Cuando se da el caso que no hay suficientes alimentos para poder repartir, pero se cuenta con algunos fondos, se emiten bonos para que los beneficiados puedan acercarse a los establecimientos locales y así comprar lo que necesitan por el valor de los bonos. Muchos de estos centros o establecimientos comerciales son los que aportan los dineros para poder financiar dichos bonos. Se crea así un circulo, «no vicioso» sino «virtuoso», donde se fortalece el espíritu de vecindad.

Y, desde el mismo momento en que el programa se puso en marcha, paliando la necesidad urgente de muchos, empezaron a florecer los valores humanos que demuestran que el espíritu de caridad cristiana y cercanía solidaria está vivo y se traduce en gestos muy emocionantes, tales como el de la señora que viene del mercado y, al pasar por delante del Centro Misionero, deposita un paquete de sal, de legumbres, etc.; el de aquel hombre que pasa por nuestro Centro  y entrega una pequeña donación, aún sabiendo que él también está necesitado; o el del ese anciano que, al recibir la bolsa de alimentos, consciente de que hay otro más necesitado, renuncia a ella, justificando su gesto en el hecho de haber pasado muchas guerras. Las expresiones de los rostros, tanto de los que dan como de los que reciben, dicen todo lo que no se puede describir.

Reparto a domicilio de los lotes de comida, por los Misioneros de Mariannhill y agentes pastorales del Centro Misionero en una de las barriadas de Bosa-Bogotá durante los días de la emergencia del Covid-19.

En los días de la emergencia del Covid-19 no todas las personas podían acercarse al Centro Misionero de Mariannhill en una de las barriadas de Bosa-Bogotá para recoger la ayuda. Los voluntarios se encargaron del reparto de las bolsas de víveres.

Oración ante la reja delante de la Capilla del Centro Misionero de Mariannhill en una de las barriadas de Bosa-Bogotá: La gente necesita sentir la ayuda de Dios, quien se hace cercano y vecino a sus vidas.

Tratar de cubrir o, al menos, paliar las necesidades del cuerpo es difícil, pero no imposible. El tema es que pronto afloran las necesidades del alma. La incertidumbre da paso a la desesperación, la desesperación lleva a la tensión, la tensión a la ruptura, la ruptura a la violencia y la violencia a la destrucción de la persona o del ente familiar. Así, junto a la falta de alimentos, se han dado suicidios, intentos de suicidio, violencia y rupturas familiares, gemidos y llantos, que, como otros «paños rojos», señalaban urgencias, quizá no tan numerosas, pero si más apremiantes y profundas que también había que atender.

Siendo conscientes, en cuanto misioneros, del profundo espíritu religioso de la gente y ante la prohibición de abrir los templos para que la gente pudiera entrar a rezar, aprovechando que el Centro Misionero cuenta con una reja exterior, manteniendo ésta cerrada, decidimos abrir las puertas de la Capilla que dan a la calle. Con esta medida se buscaba que la gente, al pasar delante de la misma, pudiera sentir la ayuda de Dios y llenarse de aliento espiritual, tan necesarios para poder sobrellevar las situaciones, a las que nos hemos visto abocados en estos tiempos de pandemia. Gente de toda clase y condición, edad y situación, que, al pasar por delante de la reja, hace un gesto que es todo un «rito», que muestra la fragilidad y la incertidumbre que la gente siente, pero que, a la vez, les sirve de medicina para curar esos males del alma, de los que habla el médico Thierry Collaud y de los que se hicieron mención al inicio de este artículo.

Todos estos gestos espontáneos de piedad, todos estos «ritos», no prescritos, evidencian los valores profundamente religiosos de la gente de nuestro barrio y demuestran el espíritu de cercanía, no solo con los demás sino también con Dios. No puedo por menos de recordar al taxista que para el carro para poder mirar al interior de la Capilla; al hombre anónimo que, al pasar delante de la reja, hace la señal de la cruz; a la madre que vuelve de la compra con el carro casi vacío y que delante de la reja musita una oración; al barrendero, que dejando a un lado la escoba, mira en silencio hacia el interior de la Capilla; al adulto que reza arrodillado, agarrándose a los barrotes de la reja o al que se quita el sobrero al pasar por delante; al anciano que, apoyándose en su bastón, mira fijamente al interior de la Capilla; al joven que se baja de la bicicleta o de la moto para rezar un momento; al vendedor ambulante que apaga el altavoz al pasar por delante de la reja…. etc.

Pasará la pandemia, pasará esta situación de emergencia, llegará la vida normal con su rutina diaria, con su lucha por la supervivencia, con sus ganas de poder «vivir un poco mejor». Las dificultades urgentes de ahora darán paso a aquellas otras, no tan urgentes, pero quizá más duras, como son el pago del alquiler, de las deudas contraídas, de los servicios públicos; se incrementarán los desahucios y la calle volverá ser la casa obligada para muchos; se tardará en reavivar el calor de algún hogar, cubierto de cenizas por la violencia… Pero esta gente, como dice el anciano, «ha pasado ya por muchas guerras y pasará  también por ésta». Sobre todo, porque la esperanza no se pierde, y la esperanza es la mejor medicina del alma y del cuerpo.

Como Misioneros de Mariannhill agradecemos a Dios que nos ha puesto en esta barriada de Bogotá a fin de poder ser cauce de su providencia y canal de la caridad y solidaridad de todos los que han querido ayudar y colaborar.

Desde que comenzó la pandemia hasta el día de hoy, se han ayudado a casi 700 particulares o familias.

P. David Fernández Díez CMM

Misionero de Mariannhill

 © Imágenes: © ARCHIVO CMM (Colombia)

 

               


27
Ago 20

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES 2020

 


© HNA. GEREON CUSTODIS CPS [Sudáfrica]

«Aquí estoy, mándame» (Is 6,8)

Queridos hermanos y hermanas:

Doy gracias a Dios por la dedicación con que se vivió en toda la Iglesia el Mes Misionero Extraordinario durante el pasado mes de octubre. Estoy seguro de que contribuyó a estimular la conversión misionera de muchas comunidades, a través del camino indicado por el tema: “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo”.

           En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos» [Meditación en la Plaza San Pietro, 27 marzo 2020]. Estamos realmente asustados, desorientados y atemorizados. El dolor y la muerte nos hacen experimentar nuestra fragilidad humana; pero al mismo tiempo todos somos conscientes de que compartimos un fuerte deseo de vida y de liberación del mal. En este contexto, la llamada a la misión, la invitación a salir de nosotros mismos por amor de Dios y del prójimo se presenta como una oportunidad para compartir, servir e interceder. La misión que Dios nos confía a cada uno nos hace pasar del yo temeroso y encerrado al yo reencontrado y renovado por el don de sí mismo.            En este año, marcado por los sufrimientos y desafíos causados ​​por la pandemia del COVID-19, este camino misionero de toda la Iglesia continúa a la luz de la palabra que encontramos en el relato de la vocación del profeta Isaías: «Aquí estoy, mándame» [Is 6,8]. Es la respuesta siempre nueva a la pregunta del Señor: «¿A quién enviaré?» [ibíd.] Esta llamada viene del corazón de Dios, de su misericordia que interpela tanto a la Iglesia como a la humanidad en la actual crisis mundial. «Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente.

En el sacrificio de la cruz, donde se cumple la misión de Jesús [cf. Jn 19,28-30], Dios revela que su amor es para todos y cada uno de nosotros [cf. Jn 19,26-27]. Y nos pide nuestra disponibilidad personal para ser enviados, porque Él es Amor en un movimiento perenne de misión, siempre saliendo de sí mismo para dar vida. Por amor a los hombres, Dios Padre envió a su Hijo Jesús [cf. Jn 3,16]. Jesús es el Misionero del Padre: su Persona y su obra están en total obediencia a la voluntad del Padre [cf. Jn 4,34; 6,38; 8,12-30; Hb 10,5-10]. A su vez, Jesús, crucificado y resucitado por nosotros, nos atrae en su movimiento de amor; con su propio Espíritu, que anima a la Iglesia, nos hace discípulos de Cristo y nos envía en misión al mundo y a todos los pueblos.

«La misión, la “Iglesia en salida” no es un programa, una intención que se logra mediante un esfuerzo de voluntad. Es Cristo quien saca a la Iglesia de sí misma. En la misión de anunciar el Evangelio, te mueves porque el Espíritu te empuja y te trae» (Sin Él no podemos hacer nada, LEV-San Pablo, 2019, 16-17). Dios siempre nos ama primero y con este amor nos encuentra y nos llama. Nuestra vocación personal viene del hecho de que somos hijos e hijas de Dios en la Iglesia, su familia, hermanos y hermanas en esa caridad que Jesús nos testimonia. Sin embargo, todos tienen una dignidad humana fundada en la llamada divina a ser hijos de Dios, para convertirse por medio del sacramento del bautismo y por la libertad de la fe en lo que son desde siempre en el corazón de Dios.

Haber recibido gratuitamente la vida constituye ya una invitación implícita a entrar en la dinámica de la entrega de sí mismo: una semilla que madurará en los bautizados, como respuesta de amor en el matrimonio y en la virginidad por el Reino de Dios. La vida humana nace del amor de Dios, crece en el amor y tiende hacia el amor. Nadie está excluido del amor de Dios, y en el santo sacrificio de Jesús, el Hijo en la cruz, Dios venció el pecado y la muerte [cf. Rm 8,31-39]. Para Dios, el mal —incluso el pecado— se convierte en un desafío para amar y amar cada vez más [cf. Mt 5,38-48; Lc 23,33-34]. Por ello, en el misterio pascual, la misericordia divina cura la herida original de la humanidad y se derrama sobre todo el universo. La Iglesia, sacramento universal del amor de Dios para el mundo, continúa la misión de Jesús en la historia y nos envía por doquier para que, a través de nuestro testimonio de fe y el anuncio del Evangelio, Dios siga manifestando su amor y pueda tocar y transformar corazones, mentes, cuerpos, sociedades y culturas, en todo lugar y tiempo.

La misión es una respuesta libre y consciente a la llamada de Dios, pero podemos percibirla sólo cuando vivimos una relación personal de amor con Jesús vivo en su Iglesia. Preguntémonos: ¿Estamos listos para recibir la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida, para escuchar la llamada a la misión, tanto en la vía del matrimonio como de la virginidad consagrada o del sacerdocio ordenado, como también en la vida ordinaria de todos los días? ¿Estamos dispuestos a ser enviados a cualquier lugar para dar testimonio de nuestra fe en Dios, Padre misericordioso, para proclamar el Evangelio de salvación de Jesucristo, para compartir la vida divina del Espíritu Santo en la edificación de la Iglesia? ¿Estamos prontos, como María, Madre de Jesús, para ponernos al servicio de la voluntad de Dios sin condiciones [cf. Lc 1,38]? Esta disponibilidad interior es muy importante para poder responder a Dios: «¡Aquí estoy, Señor, mándame!» [Is 6,8]. Y todo esto no en abstracto, sino en el hoy de la Iglesia y de la historia.

Comprender lo que Dios nos está diciendo en estos tiempos de pandemia también se convierte en un desafío para la misión de la Iglesia. La enfermedad, el sufrimiento, el miedo, el aislamiento nos interpelan. Nos cuestiona la pobreza de los que mueren solos, de los desahuciados, de los que pierden sus empleos y salarios, de los que no tienen hogar ni comida. Ahora, que tenemos la obligación de mantener la distancia física y de permanecer en casa, estamos invitados a redescubrir que necesitamos relaciones sociales, y también la relación comunitaria con Dios. Lejos de aumentar la desconfianza y la indiferencia, esta condición debería hacernos más atentos a nuestra forma de relacionarnos con los demás. Y la oración, mediante la cual Dios toca y mueve nuestro corazón, nos abre a las necesidades de amor, dignidad y libertad de nuestros hermanos, así como al cuidado de toda la creación. La imposibilidad de reunirnos como Iglesia para celebrar la Eucaristía nos ha hecho compartir la condición de muchas comunidades cristianas que no pueden celebrar la Misa cada domingo. En este contexto, la pregunta que Dios hace: «¿A quién voy a enviar?», se renueva y espera nuestra respuesta generosa y convencida: «¡Aquí estoy, mándame!» [Is 6,8]. Dios continúa buscando a quién enviar al mundo y a cada pueblo, para testimoniar su amor, su salvación del pecado y la muerte, su liberación del mal [cf. Mt 9,35-38; Lc 10,1-12].

La celebración la Jornada Mundial de la Misión también significa reafirmar cómo la oración, la reflexión y la ayuda material de sus ofrendas son oportunidades para participar activamente en la misión de Jesús en su Iglesia. La caridad, que se expresa en la colecta de las celebraciones litúrgicas del tercer domingo de octubre, tiene como objetivo apoyar la tarea misionera realizada en mi nombre por las Obras Misionales Pontificias, para hacer frente a las necesidades espirituales y materiales de los pueblos y las iglesias del mundo entero y para la salvación de todos.

Que la Bienaventurada Virgen María, Estrella de la evangelización y Consuelo de los afligidos, Discípula misionera de su Hijo Jesús, continúe intercediendo por nosotros y sosteniéndonos.

          Roma, San Juan de Letrán, 31 de mayo de 2020, Solemnidad de Pentecostés.

Francisco


15
Jun 20

Acto de consagración y desagravio al Sagrado Corazón de Jesús

«¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu.

Sobre el ara del altar en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo, que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes, que florecerán a la sombra de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos; y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya lágrimas en mis ojos.

Mi corazón quiere, desde hoy, ser para siempre todo tuyo, así como tú, ¡oh Corazón divino! has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre; no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan; te amaré por los que te odian; y rogaré y gemiré, y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte.

Tú, que penetras los corazones, y sabes la sinceridad de mi deseo, comunícame aquella gracia que hace al débil omnipotente, dame el triunfo del valor en las batallas de la tierra, y cíñeme la oliva de la paz en las mansiones de la gloria. Amén».

Recopilado por José Gálvez Krüger

© Texto: Aciprensa // Imagen: Internet


03
Jun 20

Noticias de Colombia: Verde esperanza

           Colombia, «Donde el verde es de todos colores»; y, Colombia, «Verde tierra calcinada», son contenido y título de un poema de Aurelio Arturo y de un ensayo de Juan Miguel Álvarez respectivamente. Estas títulos reflejan el denominador común de Colombia y sus gentes; un denominador que es ese color verde de todos colores que cubre el terreno del país entero y que refleja la  esperanza que llena los corazones de todos sus habitantes. Una esperanza que los habitantes no pierden, aunque, a veces, aparezca  calcinada por las circunstancias de la vida.

Esta realidad nacional se ve reflejada, aunque de forma reducida, en la gente que vive en el área de una parroquia en la periferia de Bogotá, donde trabajan los Misioneros Mariannhill. Dicha gente, oriundos de todos los rincones del país, llegó aquí, hace 30 años, los primeros, y la gran mayoría, en los últimos 10 años. Todos ellos afectados por el conflicto armado del que fueron víctimas o victimarios.

Esa esperanza calcinada se nota en una especie de lenguaje, que se habla silenciosamente cada vez que alguien se encuentra con otro en un lugar de trabajo, de diversión y, sobre todo, en reuniones de índole local.

Este lenguaje podríamos llamarlo el lenguaje de la sospecha. La sospecha que suena a precaución y miedo; precaución y miedo a encontrarse con alguien que podría ser:

  • el asesino de algún familiar de uno o
  • el familiar de alguien asesinado por él.
  • el violador de alguien cercano a uno o
  • la víctima de la violación hecha por él.
  • el que puso la mina que mutiló a uno o
  • el mutilado por una mina que él puso.
  • el que hizo desaparecer a un familiar de uno o
  • el familiar de uno hecho desaparecer por él.

A pesar de esta situación, es cierto que la fuerza que da la esperanza, aunque calcinada, supera con creces el miedo que produce la sospecha; hay gente que no tiene miedo a encontrase con alguien, sino que, desde la prudencia, busca a alguien para saciar una sed de paz que lo consume por dentro. Son:

  • los buscadores de desaparecidos o
  • los desaparecidos que buscan a alguien.

Esta búsqueda ha llevado a algunos hasta el Centro de atención que los Misioneros de Mariannhill tienen abierto en esta zona. Todos son personas con situaciones diferentes, como diferentes son las tonalidades del color verde que cubren la tierra de Colombia. Verdes fuertes y llenos de esperanza unos, y verdes calcinados otros, pero con la esperanza viva y con ganas de seguir adelante. Los siguientes ejemplos – con nombres ficticios – son una muestra:          

            Juan, taxista, que un día pasó por delante del Centro y, al ver tanta gente entrar y salir, se acercó a alguien y le preguntó: ¿Qué dan en esa casa? Aprovechando la ocasión, entró y le faltó tiempo para sentirse a gusto, y comenzó a contar sus tiempos pasados en la selva luchando, sin saber por qué y contra quién. Muestra un libro que trae y añade: “En la selva yo también perdí la infancia que nunca tuve, pues como dice el título de este libro: «Yo no tuve juguetes, pero tuve fusil» (de Beto Avendaño)”. Y sigue contando, con la seguridad de sentirse escuchado, que todavía oye en las noches los ruidos de las balas, el sonido de helicópteros, el crujir de las ramas secas y los cantos de pájaros asustados y asustadores. “Mi mujer no me aguantó más y se fue; ahora, ni yo me aguanto a mí mismo”. Tras un largo rato, se levanta, tiende la mano y dice: “Gracias por escucharme, volveré”.

            Mauricio, vive solo y está bastante delicado de salud. No le asusta la enfermedad e incluso dice con cierto humor: “Es toda una proeza morir de viejo, pues mis compadres de juventud ya han muerto todos, unos matando y otros matados”. Considera una suerte el estar aún vivo, pero añade: “Preferiría que los que estuvieran vivos fueran mis dos hijos, que se los llevó la guerra… Ojalá esta vaina no se repita y se acabe de una vez para siempre”. Y con voz pausada, cuenta su salida obligada de su pueblo, la llegada a la ciudad, el regreso a otra zona del campo buscando mejor vida; pero allí solo encontró el secuestro de sus dos hijos y la muerte de su mujer, que acabó muriéndose de pena. Se levanta apoyándose en su bastón y con una dignidad impresionante, dice: “Deme la bendición”.

Sergio y Alfonso se acercaron, después de la misa, para que les bendijera el agua que traían cada uno en una botella. Por casualidad se presentó la ocasión para poder hablar más detenidamente. “Nosotros –habla Alfonso-, cuando teníamos 10 años, estábamos jugando al balón en un prado de nuestro pueblo, después de salir de la escuela. Llegaron unos guerrilleros y nos llevaron al monte. Yo, Alfonso, me escapé después de unos años; Sergio no lo pudo hacer y pasó casi 20 años en el monte como guerrillero. Cuando yo tenía 18 años me cogieron los soldados y me llevaron al cuartel y del cuartel al monte a luchar contra guerrilleros”. Intervino Sergio: Somos amigos que, siendo niños, jugando, nos tirábamos el balón el uno al otro; luego siendo adultos, luchando, nos tirábamos ‘plomo’ el uno al otro. Hoy disfrutamos de nuestro re-encuentro y solo podemos hacer que dar gracias a Dios. Volveremos de nuevo cuando se acabe el agua y podamos tomar un tinto con usted y seguir charlando”.

            Al verlos marchar, montados en su moto, la sonrisa de ambos era la prueba de que su amistad era sincera y que disfrutaban -nunca mejor dicho- como dos niños jugando al balón. Al recordar su historia, me vino a la mente lo que escribió Erick Hartman, fotógrafo de guerra y escritor: «La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian, se matan entre sí por decisiones de viejos que se conocen y se odian, pero que no se matan entre sí». En este caso, Sergio y Alfonso, sí se conocían, no se odiaban y, como dice Sergio, “ahora somos incluso mejores amigos”.

 

Verde esperanza, calcinada, pero viva.

P. David Fernández Díez CMM

Misionero de Mariannhill

© Fotos: Archivo CMM-Colombia.


25
May 20

Una carta interesante


© FOTO: ARCHIVO CMM

Reproducimos la traducción de una carta bien interesante, en la que se menciona al Fundador de Mariannhill, el Siervo de Dios, Abad Francisco Pfanner.

 La carta en cuestión lleva fecha del 3 de Enero del año 1887 y fue escrita por el sacerdote diocesano alemán, Dr. D. Lorenzo Hopfenmüller, e iba dirigida al religioso salvatoriano, P. Lüthen.

             Reverendo Padre: Desde hace tiempo siento inclina­ciones para entrar en una orden misionera. Una vez que ha muerto mi anciana madre, el pasado uno de enero, y ya no tengo que ocuparme de nadie más en este mundo; me impulsa, más fuerte que nunca, el sentimiento de corresponder a esta inclinación y de examinar a fondo mi vocación. Al hacer este examen, reconozco que siento una inclinación preferente para dedicarme a los países de misión.

            Nuestro pueblo europeo se encuentra en degeneración y su suele no aceptar ya el rocío celestial. Por esta razón: ¿no se debería reconocer el soplo del Espíritu en el celo cada vez más grande por las misiones extranjeras, el cual quiere llevar a los países jóvenes la divina semilla despreciada por el pueblo cristiano europeo, a fin de hacer surgir allí un nuevo brote de su Reino eternamente verde, en lugar del viejo?

            ¿No debería ser yo, también, un tal instrumento -eso me pienso- y ofrecerme a Dios para esta obra, especialmen­te cuando el Santo Padre ha insistido en su encíclica sobre las misiones y desea ardientemente que muchos se hagan misioneros? ¿No eres demasiado mayor -me pregunto-, estando ya en los 43 años de tu vida, para realizar esta obra? ¿Podrás aprender todavía las lenguas extranjeras necesarias, lo que con la edad se hace más difícil?

            Sobre esto pregunté al abad de los trapenses, P. Franz, de Mariannhill en Sudáfrica, cuando estuve en Bamberg, y me respondió: ‘numquam sero!’ (¡nunca es demasiado tarde!).

            Sano y vigoroso estoy todavía y puedo aguantar mucho. Por lo tanto, el resto de mi vida se podría utilizar para esta tarea y la gracia de Dios podría suplir la memoria que me falte para aprender las lenguas necesarias.

            Pero la siguiente pregunta es: ¿Dónde? Cierta vez, en una de sus cartas me escribió: ‘Espero verle nuevamente con nosotros; y me alegraría que entrara en mayor trato conmigo.’ Más o menos. Esto me invita a intercambiar estas ideas en primer lugar con usted. Me gustaría, pues, preguntar: ¿No se encuen­tra su Congregación todavía demasiado lejos de recibir de Propaganda Fide un campo misional, del que ella pueda hacerse cargo? En caso positivo, ¿podría ser útil para esta tarea? o ¿quizá sea la voluntad de Dios que no trabaje directamente en las misiones, sino en la educación de jóvenes que vayan a las misiones, y así, al menos, trabajar indirectamente por las misiones? Pero, ¿tendrá su Congregación consistencia? Los apoyos mencionados en el Missionär son, por ejemplo, más esca­sos que los publicados por N.N. Sin embargo esto no me afecta en demasía, ya que albergo suficiente confianza en Dios, en el sentido de que El no dejará en la estancada una obra que debe servir para su gloria y para edificación de su Reino.

            Mientras pondero todo esto con ocasión de sus palabras anteriores, me seduce la empresa del abad trapense, P. Franz, en el Sur de Africa. Allí se ha instaurado ya un campo misional y parece que la actividad misional está muy en consonancia con la antigua actividad benedictina de los trapenses, en la medida en que, no solo enseñan a los pueblos paganos a rezar y a conocer las cosas celestiales, sino que también les enseñan a trabajar y lo hacen de manera práctica, mediante el ejemplo del propio trabajo. ¿No sería, pues, mejor, que yo me hiciera Trapense, y que trabajara allí por el Reino de Dios? El P. Franz me dijo que sería bueno mirar también en otras instituciones.

            Los Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús en Tilburg y, ahora, en Amberes, -los cuales son, también, todos alemanes y han aceptado recientemente, y con mucho valor, la amplia misión de Micronesia y de Malasia en Australia- tienen una conocida mía de Bamberg, que está en la rama femenina de la Congrega­ción en Issoudum y se ha preparado, allí también, para la misión de Australia, una referencia. Esta me ha pedido ya, insistentemen­te, que me una a su Congregación. En este devaneo de mis pensamientos quisiera llegar ya a una cristalización de los mismos, y, además de la oración que yo mismo hago con este fin y que he pedido a otros que hagan también, me gustaría recibir, también, su opinión y su consejo, que le pido me haga llegar.

            Quizá puede Vd. también informar y preguntar al superior de la Congrega­ción, al P. Francisco Jordán. Una vez que yo mismo he empleado los medios posibles, tanto humanos como divinos, llegaré ciertamente a conocer la voluntad de Dios; voluntad de Dios, que podría expresarse así: tú estás llamado a esto y a aquello. En ese caso, la seguiré con la ayuda de Dios. En caso de que diga: tú no estás llamado para las misiones, sino que debes seguir siendo un párroco en Baviera, también me parecería bien. Me gustaría incluir un sello para la carta de contesta­ción, pero no tengo ninguno italiano. Envíe, pues, la carta sin franquear. Me despido deseando a Vd. y a toda la Congrega­ción, junto con sus superiores y con todos los miembros, la protec­ción y la ayuda de Dios. Les encomiendo a María y a los Apóstoles, deseándoles un feliz Año Nuevo. Con todos los respetos.

Lorenzo Hopfenmüller, párroco


25
May 20

ASCENSIÓN: Comienza nuestra tarea

© VANGELO.IT

1.- No descubriremos el significado profundo de la Ascensión del Señor, si consideramos este misterio de la vida de Cristo de una manera aislada. Lo que en este misterio celebramos es el tercer acto del drama pascual. Cristo es el protagonista principal de este drama, quien habiendo muerto (1º acto), resucitó de entre los muertos (2º acto) y ha subido al cielo para ser el Rey de la gloria (3º acto). Si nosotros contemplamos a Cristo en las tres etapas de su misterio pascual, no es sólo porque ello responde a la secuencia histórica de cómo ocurrieron las cosas; así lo hacemos porque nosotros somos limitados. Nosotros ponemos tiempos y secuencias a los misterios del Señor, porque tales misterios nos desbordan. La ascensión, por tanto, es la exaltación de aquel mismo Jesús, que primero murió y luego resucitó.

2.- Si Cristo vuelve al Padre es porque previamente había salido del Padre. Con esta vuelta podríamos tener la impresión que Cristo huye de este mundo. Regresar al Padre sería una forma cómoda de evitar en el futuro los sufrimientos y complicaciones del pasado. Alguien, incluso, podría llegar a decir que Cristo huye hacia delante, desentendiéndose de los que había iniciado; como que Cristo hubiera embarcado a los suyos en una aventura y él se hubiera quedado en la orilla. Pero todo esto son impresiones nuestras. En Cristo las cosas tienen otra lógica: se va y permanece; al marcharse no le perdemos; al perderle de vista le ganamos de una manera nueva. Esa nube que nos lo tapó a la par nos lo descubrió. Por ello, en los discípulos no queda justificada la tristeza, el desconcierto o la perplejidad. La ascensión del Señor es motivo de gozo y alegría.

3.- Este misterio del Señor desvela el futuro que nos aguarda. Lo que Cristo vivió es siempre “por nosotros los hombres y por nuestra salvación”. La ascensión de Cristo es el destino que nos aguarda. El Padre espera podernos sentar a su derecha como ya lo está su Primogénito para siempre. El Señor se ha adelantado para preparar las cosas a la comunidad de sus seguidores, que allá se le juntarán después. La victoria de Cristo es ya nuestra victoria. Cristo es el primer eslabón de la cadena formada por los que somos sus discípulos y amigos.

4.- Así las cosas, no tiene sentido quedarse plantados mirando al cielo, ociosos y  ensimismados. Hasta que vuelva el Señor al final de nuestras vidas o cuando finalice la historia es el tiempo de nuestra tarea. Es ésta una asignatura siempre pendiente. Aquí estriba la gran deficiencia de nuestro cristianismo: el corte incoherente que se da entre nuestra fe y la incidencia de la misma en nuestra vida; entre lo que pasa dentro del templo y lo que luego se vive fuera de él. Alguien ha dicho: “Cuando vayas a misa los domingos, no llames a Dios Padre, si luego durante la semana te comportas como un huérfano”. Cabría preguntarse: ¿Cómo ponemos en relación el culto del domingo con el trabajo del lunes o con el mercado del martes o con la economía del miércoles o con la política del jueves o con el negocio del viernes o con la diversión del sábado?

P. Lino Herrero Prieto CMM

Misionero de Mariannhill

 


26
Abr 20

Nota necrológica CMM-Alemania: Hno. Gebhard Hörburger CMM (12-IV-2019)

“Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”.

(Ap.1,5ª.6b).

Rogamos oraciones por el eterno descanso de nuestro hermano, el Hno. Gebhard Hörburger CMM.

Nacimiento: 15-V-1936.
Profesión religiosa: 1-V-1963.

Óbito: 12-IV-2020, en Reimlingen.

R. I. P.


16
Abr 20

Nota necrológica CMM-Alemania: Hno. Alois Humpf CMM (11-IV-2019)

“Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”.

(Ap.1,5ª.6b).


+ Hno. Alois Humpf CMM
©   Archivo CMM-Alemania

Rogamos oraciones por el eterno descanso de nuestro hermano, el Hno. Alois Humpf CMM, miembro de la Provincia de Zimbabwe.

Nacimiento: 10-VIII-1950.
Profesión religiosa: 1-V-1970.

Óbito: 11-IV-2020, en Reimlingen.

R . I. P.


07
Abr 20

Nota necrológica CMM-Alemania: Hno. Raimund (Adolf) Berchtenbreiter CMM (19-IV-2020)


+ Hno. Raimund (Adolf) Berchtenbreiter CMM
©   Archivo CMM-Alemania

“Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”.

(Ap.1,5ª.6b).

Rogamos oraciones por el eterno descanso de nuestro hermano, el Hno. Raimund (Adolf) Berchtenbreiter CMM.

Nacimiento: 18-VI-1940.
Profesión religiosa: 29-IX-1961.

Óbito: 4-IV-2020, en Reimlingen.

R. I. P.