13
Ene 21

Nota necrológica CMM – Mariannhill: Diácono Sphelele Blessing Phewa CMM (1-I-2021)


Diácono Sphelele Blessing Phewa CMM ©  Dr. Mauricio Langa CMM

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn.11,25).

En vuestra caridad, por favor, acordaros de rezar por el Diácono Sphelele Blessing Phewa CMM.

Nacimiento: 16-II-1989.
Profesión religiosa: 2-II-1917.
Ordenación diaconal: 17-X-2020.
Óbito: 1-I-2021, en Ethekwini / Durban (Sudáfrica).

R. I. P


21
Dic 20

Nota necrológica CMM – Mariannhill: P. Sibusiso Donatus Ndwalane CMM (16-XII-2020)


P.  Sibusiso Donatus Ndwalane CMM
© Archivo CMM-Mariannhill

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn.11,25).

En vuestra caridad, por favor, acordaros de rezar por el P. Sibusiso Donatus Ndwalane CMM.

Nacimiento: 12-V-1962.
Profesión religiosa: 2-II-1985.
Ordenación sacerdotal: 3-XI-1991.
Óbito: 16-XII-2020, en Amanzimtoti / Durban (Sudáfrica).

R. I. P.

 

 


09
Nov 20

AQUÍ ESTOY, ENVÍAME. Profesión perpetua de los Fratres Mauricio Alberto Jamine CMM y Felizardo Luheia CMM

Caía la tarde del domingo 18 de Octubre del 2020. Se celebraba aquel día el Domund, la jornada misionera más importante del año. El tiempo, sin llegar a ser desapacible, era el típico de otoño. La ciudad de Salamanca, así como otras de España, se encontraba con restricciones de movimiento y aforo debido al incremento de contagios por el Coronavirus. Ello se notaba en la menguada afluencia de los que se acercaban al templo  de la parroquia de Ntra. Sra. de Fátima. A las 19.30 h. comenzaba la celebración de la Eucaristía dominical, en la que dos jóvenes misioneros de Mariannhill iban a consagrarse de por vida a Dios, profesando bajo voto los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia.

Arropados por sus hermanos de Congregación en España, por algunos sacerdotes y por algunos amigos, compañeros y fieles en el número que permitían las restricciones de aforo, los Fratres Mauricio Alberto Jamine CMM y Felizardo Luheia CMM profesaron sus votos perpetuos como misioneros de Mariannhill. La celebración contó con un excelente organista y cantor que tuvo la habilidad de crear  en la asamblea aquel clima propicio para vivir con recogimiento e intensidad la misma.

 

En la homilía, el Superior Regional de los Misioneros de Mariannhill en España, que presidía la celebración, recordó a los dos hermanos que iban a profesar el contenido medular del paso a dar, resumido en seis palabras. [1] Consagración: La profesión religiosa de estos dos jóvenes radicaliza su original consagración bautismal. Por ello, la consagración religiosa no es un nuevo sacramento, sino el mismo sacramento del Bautismo, llevado hasta sus últimas consecuencias. [2] Dios: A Él se unen en alianza estos dos jóvenes, viniendo Dios a ser la riqueza de sus vidas – pobreza -, el amor de sus corazones – castidad – y el Señor de sus existencias – obediencia -. [3] Misión: Estos jóvenes se consagran a Dios para echar una mano en aquella misión, que no se han de inventar, y que consiste en proponer al mundo la única oferta de salvación plena, la del Evangelio. [4] Vocación: El paso que dan no es ocurrencia suya sino del mismo Dios, quien les ha llamado, dirigiéndose a su libertad personal, esperando de ellos la respuesta positiva que han dado. [5] Iglesia: Se ponen al servicio del mensaje de la salvación que se guarda en la Iglesia. Al margen de la Iglesia, de sus pastores, de su disciplina, podrán correr más de prisa, pero por camino equivocado. [6] Mariannhill: Para todo ello cuentan con el respaldo de la que es su familia religiosa y misionera, que les anima y les provee de los recursos de toda índole a ayudar a María para que sea Ella quien siga presentando a Jesús ante el mundo como verdadera luz de la naciones.

Después de la homilía tuvo lugar el rito de la profesión perpetua, siguiéndose los pasos marcados por el Ritual. Fueron llamados por su nombre propio y respondieron con prontitud a la llamada. Contestaron a las preguntas del escrutinio que les hizo el Superior Regional, afirmando querer consagrarse, observar los tres votos a imitación de Jesucristo y de la Virgen María, esforzarse en alcanzar la caridad perfecta siguiendo el Evangelio y la Regla de Mariannhill, gastar la vida en servicio al pueblo de Dios. El interrogatorio se cerró con la petición del Superior Regional: “Dios que comenzó en vosotros esta obra buena, Él mismo la lleve a término hasta el día de Cristo Jesús”. Siguió el canto de las Letanías, pidiendo así la intercesión de los Santos por los que se disponían a profesar. Luego cada uno de los profesos, con un cirio encendido en la mano, leyó la fórmula de la profesión, redactada de su puño y letra. Terminada la lectura de la misma, cada uno la rubricó con su firma. Acto seguido el Superior Regional leyó la larga y bella composición que contiene la bendición solemne o consagración de los profesos. El rito terminó con esta declaración por parte del Superior Regional: “Públicamente ratifico que formáis parte de nuestra comunidad y sois miembros de esta Congregación de los Misioneros de Mariannhill, para que desde ahora todo lo tengáis en común con nosotros. Desempeñad fielmente el ministerio que la Iglesia os encomienda y ejercedlo en su nombre”.

Siguió luego la celebración de la Eucaristía. Al final de la misma, con todas las precauciones impuestas por la situación, los presentes dieron la enhorabuena a los que acababan de profesar.

A estos dos nuevos religiosos y misioneros de Mariannhill el Superior, al final de su homilía, también les dio estos consejos prácticos: Sois de Mozambique y estáis en España. Sois misioneros africanos en Europa. ¿Qué se espera de vosotros como misioneros aquí? Nada distinto de lo que se espera de los misioneros en cualquier parte del mundo. A saber: sacar adelante la misión a la manera como el mismo Jesús dio comienzo a la misma. ¿Qué hacer? [1] No os conforméis con quedaros al calor de las comunidades cristianas ya constituidas. Id en esta España nuestra a buscar a los alejados, a mover las cenizas de los descreídos, a evangelizar a los no creyentes. [2] No sois agentes de desarrollo ni socios de una ONG. Los que lo son, lo harán mejor que vosotros porque tienen la preparación. Vosotros la tenéis para predicar el Evangelio y para invitar a todos a acercarse a Dios. [3] Estáis llamados a atender el amplio abanico de las necesidades del ser humano, dado que el Evangelio ha de llegar a todo ser humano y a todas las áreas constitutivas del mismo. Nada ha de quedar al margen de poder salvador de Jesús. [4] En este erial vocacional, en que al momento se ha convertido Europa y España, estáis llamados a suscitar vocaciones misioneras. La razón es clara: sin misioneros no hay misión.”

 

Queridos Mauricio y Felizardo: Adelante, pues, confiando en el Corazón de Cristo, Luz de los pueblos, dando la mano a María, la buena madre de Mariannhill y a Santa Ana, nuestra patrona. Adelante, pues, amparados por San José, protector de esta familia misionera, que tiene además en San Benito a su primer padre. Adelante, pues, inspirados por los Patronos de las misiones, San Francisco Javier y Santa Teresa del Niño Jesús. Adelante, pues, aleccionados por el ejemplo heroico de nuestro hermano el Beato Engelmar.

The Dreamer.

 

© Fotos: P, Juan José Cepedano Flórez CMM

y última foto: Dña. María (Delegación de Misiones).

 

 


28
Oct 20

Nuevo Superior Regional de Mariannhill en España: P. Rafael M.M. Chichava CMM


© ARCHIVO CMM (España)

El mozambiqueño P. Rafael Manuel Machavane Chichava CMM ha sido nombrado Superior Regional de los Misioneros de Mariannhill en España para el trienio 2021-2024.

           El P. Rafael M. M. Chichava CMM nació en Ressano Garcia (Maputo/Mozambique) el 3 de julio de 1981.

Comenzó su camino vocacional en el año 2002, ingresando en el Seminario Medio Diocesano de Cristo Rey (Maputo/Mozambique).

          Como preparación al sacerdocio, empezó realizando un trienio de filosofía en el Seminario Interdiocesano de San Agustín (Maputo/Mozambique).          En el año 2005 ingresó como postulante en la Congregación de los Misioneros de Mariannhill. Una vez realizado el noviciado en Sudáfrica, hizo su primera profesión religiosa el 2 de febrero de 2007.

Trasladado a la Región de Mariannhill en España en el año 2010, entre ese año y el 2013, realizó un trienio de teología en el Universidad Pontificia de Salamanca.

Emitió en Salamanca su profesión perpetua como misionero de Mariannhill el 8 de septiembre del 2011. En Salamanca fue ordenado diácono el 19 de marzo del 2014 en la Iglesia Parroquial de Ntra. Sra. de Fátima, donde también realizó su año de práctica pastoral. Fue ordenado sacerdote el 11 de Julio del 2015 en su parroquia natal de Ressano Garcia (Maputo/Mozambique) el 11 de julio de 2015.

Ya sacerdote, en el 2015 fue nombrado Vicerrector de la Casa de Formación de Mariannhill en Salamanca y empezó a trabajar en varias parroquias rurales de la Zona Pastoral de Alba de Tormes (Diócesis de Salamanca). Desde el 2018 ha venido siendo el Rector/Superior de Mariannhill en Salamanca.

Le deseamos la bendición de Dios en este nuevo servicio misionero y sacerdotal.

The Observer

 

 


23
Oct 20

Profesión Perpetua de los Frts. Mauricio Jamine y Felizardo Luheia (18-X-2020)

El pasado domingo, día 18 de Octubre de 2020, coincidiendo con la Jornada del Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND), los Misioneros de Mariannhill tuvimos la gran alegría de celebrar la ceremonia de Profesión Perpetua de dos de nuestros hermanos mozambiqueños, los Frts. Mauricio Jamine CMM y Felizardo Luheia CMM, en el templo parroquial de Nuestra Señora de Fátima, en Salamanca.

La celebración, presidida por el P. Lino Herrero Prieto CMM, Superior Provincial de los Misioneros de Mariannhill en España, tuvo lugar en el seno de la misa dominical vespertina. Un evento al que acudieron todas las personas que la normativa para el tiempo de pandemia permitía y donde un nutrido grupo de fieles se quedó fuera por este motivo, ya que se había completado el cupo de personas nada más abrir el templo. A todos ellos queremos agradecerles, por igual, su cariño y asistencia.

VER EL REPORTAJE EN EL BOTÓN…

 


29
Sep 20

Profesión perpetua de los Frts. Mauricio Jamine CMM y Felizardo Luheia CMM

Los Misioneros de Mariannhill en España os invitan a participar en la celebración Eucarística que, con motivo de la Profesión Perpetua de los Fratres se celebrará en la Parroquia de Ntra. Sra. de Fátima [Salamanca] el domingo 18 de Octubre de 2020, a las 19.30 h.

Link al PDF de la invitación:


27
Ago 20

Noticias desde Colombia: La medicina del alma (La pandemia del Coronavirus en una barriada de Bogotá)

El pensador y médico suizo, Thierry Collaud, tiene un estudio sobre lo que él denomina «la medicina del alma»; una medicina que el ser humano busca cuando siente que su vida se torna «frágil e incierta». Los componentes de esta medicina son una serie de «ritos» que conectan a la persona con el pasado – cuando disfrutaba de seguridad – y con el presente – cuando teme asustado ante el incierto futuro -. Estos «ritos» aportan a la persona la seguridad necesaria para sanar o, al menos, fortalecer su alma. El autor centra su estudio en las personas, que, por diversas causas, son más vulnerables, debido, por ejemplo, a la angustia, a la edad o a la enfermedad, en concreto, enfermos de alzhéimer.

Leía yo este ensayo durante el aislamiento provocado por la pandemia del Covid -19 y, de repente, me di cuenta que la realidad que el autor describía se estaba dando entre la gente con la que convivimos y que pasa a diario por delante de la Centro Misionero que Mariannhill tiene establecido en una barriada de la periferia de Bogotá.

Las gentes que pueblan este barrio tienen aquellas características, que son comunes a todos barrios de esta índole que se encuentran en muchas de las grandes ciudades de países en desarrollo: núcleos familiares grandes y diversos, viviendas sencillas y siempre en construcción, medios de vida y sustento dependientes del salario mínimo de algún miembro de la familia y de la venta ambulante de otros. A esta realidad común, la gente de este barrio tiene otro denominador característico: en su mayoría son desplazados del conflicto civil que ha azotado a Colombia y que no acaba de encontrar la ruta de la paz. En resumen, como suele decirse, son la gente que «vive del día a día», o, como decía un anciano jocosamente, son la gente que «se muere de día a día».

Con la aparición de la pandemia esta forma de vida, de por sí precaria, de la noche a la mañana, se convirtió en una forma de vida frágil. En un cortísimo espacio de tiempo, la gente empezó a notar la escasez de alimentos y de otros bienes básicos y, para colmo, se sintió arrojada a una situación de desorientación, donde la incertidumbre afectaba los cuerpos y las almas de todos ellos.

Las necesidades básicas de muchas familias comenzaron a exteriorizarse a través de «paños rojos», colgados en las ventanas y puertas de las casas. De algunos casos aislados, fácil de contar, en pocos días se pasó a tal número de «paños rojos», que algunas calles parecían haberse adornado para el paso de una procesión. De repente la gente se vio inmersa en una emergencia que había que enfrentar. La magnitud de la emergencia era tal que solo entidades gubernamentales podrían y deberían solucionar. Por desgracia y como de costumbre, la actuación gubernamental se ve siempre frenada y retrasada por el montaje burocrático que suele organizarse antes de actuar en estos casos, retrasando la atención urgente a los más vulnerables.

Es aquí cuando entra en juego la actuación de la iniciativa privada, tanto de particulares como de organizaciones locales, que son conscientes de que el vecino de justo al lado de tu casa, viviendo como tú en medio de la emergencia, padece la urgencia de necesitar ayuda.

Así fue como en la barriada de Bogotá donde trabajamos los Misioneros de Mariannhill pusimos en marcha el programa «Sé cercano con el más cerca». Comenzamos por acudir a los creyentes del entorno así como a las personas de buena voluntad a fin de avivar el espíritu de cercanía, característico de la caridad cristiana y de la solidaridad humana.

Este programa se viene poniendo en práctica allí donde aparece de repente una emergencia alimentaria de gran alcance, tratando de avivar y fortalecer el espíritu de cercanía y confianza que el ser humano experimenta en su interior. El vecino necesitado acude al vecino que puede ayudarle o, viceversa, el vecino que puede ayudar se acerca al vecino en necesidad. Cuando esto se ha conseguido, hay quien, al conocer las necesidades del vecino, cae en la cuenta que quizá sus necesidades no son tan urgentes como creía; por otra parte, el donante deseoso de ayudar sabe a quién ayudar y en qué medida puede hacerlo.

Centro Misionero de Mariannhill en una de las barriadas periféricas de Bogotá (Colombia): preparación de los lotes de alimentos durante los días de la emergencia del Covid-19.

Reparto de alimentos en el Centro Misionero de Mariannhill en una de las barriadas periféricas de Bogotá [Colombia] durante los días de la emergencia del Covid-19.

           Los que hemos vivido en otras situaciones parecidas sabemos que siempre habrá gente que tiende a hacer de la «necesidad» una «forma de vida». Este programa viene a ser una especie de filtro o correctivo para evitar esto, dado que nadie suele atreverse a pedir al vecino que vive a su lado lo que no necesita y ningún vecino se moverá a dar algo al vecino que sabe que no lo necesita. Se pone, así, en práctica el dicho que dice: «Contra el vicio de pedir, la virtud de no dar». Pero todos sabemos que en estas situaciones uno tiene que cruzar una línea casi invisible entre la «necesidad y la urgencia».

El área de actuación del programa comienza en una calle y, a veces, se extiende a áreas más amplias como pueden ser varias calles o un barrio entero. Los que residen en el territorio señalado se conectan entre sí, exponiendo sus necesidades y las posibilidades de ayudar, organizando a su manera los tiempos y formas de ayuda. Cuando los que pueden ayudar son menos que los que necesitan ayudan, la situación pasa a ser atendida por entidades locales mayores, como pude ser una parroquia o, en nuestro caso, al Centro Misionero de Mariannhill. Cuando esto ocurre, la entidad mayor se encarga de aportar los víveres y los alimentos a la gente encargada de ayudar en la calle, zona o barrio para que sigan preparando las bosas de comida.

Para conseguir los medios materiales, el Centro Misionero de Mariannhill se puso en contacto con entidades locales, nacionales y extranjeras. Las entidades comerciales e industriales de la zona, a nuestro requerimiento, se prestaron a ayudar, aportando víveres en especie o dinero. Con la ayuda del equipo de Pastoral Social se organizaron los lotes de comida, que se iban repartiendo en las casas de los necesitados.

Cuando se da el caso que no hay suficientes alimentos para poder repartir, pero se cuenta con algunos fondos, se emiten bonos para que los beneficiados puedan acercarse a los establecimientos locales y así comprar lo que necesitan por el valor de los bonos. Muchos de estos centros o establecimientos comerciales son los que aportan los dineros para poder financiar dichos bonos. Se crea así un circulo, «no vicioso» sino «virtuoso», donde se fortalece el espíritu de vecindad.

Y, desde el mismo momento en que el programa se puso en marcha, paliando la necesidad urgente de muchos, empezaron a florecer los valores humanos que demuestran que el espíritu de caridad cristiana y cercanía solidaria está vivo y se traduce en gestos muy emocionantes, tales como el de la señora que viene del mercado y, al pasar por delante del Centro Misionero, deposita un paquete de sal, de legumbres, etc.; el de aquel hombre que pasa por nuestro Centro  y entrega una pequeña donación, aún sabiendo que él también está necesitado; o el del ese anciano que, al recibir la bolsa de alimentos, consciente de que hay otro más necesitado, renuncia a ella, justificando su gesto en el hecho de haber pasado muchas guerras. Las expresiones de los rostros, tanto de los que dan como de los que reciben, dicen todo lo que no se puede describir.

Reparto a domicilio de los lotes de comida, por los Misioneros de Mariannhill y agentes pastorales del Centro Misionero en una de las barriadas de Bosa-Bogotá durante los días de la emergencia del Covid-19.

En los días de la emergencia del Covid-19 no todas las personas podían acercarse al Centro Misionero de Mariannhill en una de las barriadas de Bosa-Bogotá para recoger la ayuda. Los voluntarios se encargaron del reparto de las bolsas de víveres.

Oración ante la reja delante de la Capilla del Centro Misionero de Mariannhill en una de las barriadas de Bosa-Bogotá: La gente necesita sentir la ayuda de Dios, quien se hace cercano y vecino a sus vidas.

Tratar de cubrir o, al menos, paliar las necesidades del cuerpo es difícil, pero no imposible. El tema es que pronto afloran las necesidades del alma. La incertidumbre da paso a la desesperación, la desesperación lleva a la tensión, la tensión a la ruptura, la ruptura a la violencia y la violencia a la destrucción de la persona o del ente familiar. Así, junto a la falta de alimentos, se han dado suicidios, intentos de suicidio, violencia y rupturas familiares, gemidos y llantos, que, como otros «paños rojos», señalaban urgencias, quizá no tan numerosas, pero si más apremiantes y profundas que también había que atender.

Siendo conscientes, en cuanto misioneros, del profundo espíritu religioso de la gente y ante la prohibición de abrir los templos para que la gente pudiera entrar a rezar, aprovechando que el Centro Misionero cuenta con una reja exterior, manteniendo ésta cerrada, decidimos abrir las puertas de la Capilla que dan a la calle. Con esta medida se buscaba que la gente, al pasar delante de la misma, pudiera sentir la ayuda de Dios y llenarse de aliento espiritual, tan necesarios para poder sobrellevar las situaciones, a las que nos hemos visto abocados en estos tiempos de pandemia. Gente de toda clase y condición, edad y situación, que, al pasar por delante de la reja, hace un gesto que es todo un «rito», que muestra la fragilidad y la incertidumbre que la gente siente, pero que, a la vez, les sirve de medicina para curar esos males del alma, de los que habla el médico Thierry Collaud y de los que se hicieron mención al inicio de este artículo.

Todos estos gestos espontáneos de piedad, todos estos «ritos», no prescritos, evidencian los valores profundamente religiosos de la gente de nuestro barrio y demuestran el espíritu de cercanía, no solo con los demás sino también con Dios. No puedo por menos de recordar al taxista que para el carro para poder mirar al interior de la Capilla; al hombre anónimo que, al pasar delante de la reja, hace la señal de la cruz; a la madre que vuelve de la compra con el carro casi vacío y que delante de la reja musita una oración; al barrendero, que dejando a un lado la escoba, mira en silencio hacia el interior de la Capilla; al adulto que reza arrodillado, agarrándose a los barrotes de la reja o al que se quita el sobrero al pasar por delante; al anciano que, apoyándose en su bastón, mira fijamente al interior de la Capilla; al joven que se baja de la bicicleta o de la moto para rezar un momento; al vendedor ambulante que apaga el altavoz al pasar por delante de la reja…. etc.

Pasará la pandemia, pasará esta situación de emergencia, llegará la vida normal con su rutina diaria, con su lucha por la supervivencia, con sus ganas de poder «vivir un poco mejor». Las dificultades urgentes de ahora darán paso a aquellas otras, no tan urgentes, pero quizá más duras, como son el pago del alquiler, de las deudas contraídas, de los servicios públicos; se incrementarán los desahucios y la calle volverá ser la casa obligada para muchos; se tardará en reavivar el calor de algún hogar, cubierto de cenizas por la violencia… Pero esta gente, como dice el anciano, «ha pasado ya por muchas guerras y pasará  también por ésta». Sobre todo, porque la esperanza no se pierde, y la esperanza es la mejor medicina del alma y del cuerpo.

Como Misioneros de Mariannhill agradecemos a Dios que nos ha puesto en esta barriada de Bogotá a fin de poder ser cauce de su providencia y canal de la caridad y solidaridad de todos los que han querido ayudar y colaborar.

Desde que comenzó la pandemia hasta el día de hoy, se han ayudado a casi 700 particulares o familias.

P. David Fernández Díez CMM

Misionero de Mariannhill

 © Imágenes: © ARCHIVO CMM (Colombia)

 

               


27
Ago 20

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES 2020

 


© HNA. GEREON CUSTODIS CPS [Sudáfrica]

«Aquí estoy, mándame» (Is 6,8)

Queridos hermanos y hermanas:

Doy gracias a Dios por la dedicación con que se vivió en toda la Iglesia el Mes Misionero Extraordinario durante el pasado mes de octubre. Estoy seguro de que contribuyó a estimular la conversión misionera de muchas comunidades, a través del camino indicado por el tema: “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo”.

           En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos» [Meditación en la Plaza San Pietro, 27 marzo 2020]. Estamos realmente asustados, desorientados y atemorizados. El dolor y la muerte nos hacen experimentar nuestra fragilidad humana; pero al mismo tiempo todos somos conscientes de que compartimos un fuerte deseo de vida y de liberación del mal. En este contexto, la llamada a la misión, la invitación a salir de nosotros mismos por amor de Dios y del prójimo se presenta como una oportunidad para compartir, servir e interceder. La misión que Dios nos confía a cada uno nos hace pasar del yo temeroso y encerrado al yo reencontrado y renovado por el don de sí mismo.            En este año, marcado por los sufrimientos y desafíos causados ​​por la pandemia del COVID-19, este camino misionero de toda la Iglesia continúa a la luz de la palabra que encontramos en el relato de la vocación del profeta Isaías: «Aquí estoy, mándame» [Is 6,8]. Es la respuesta siempre nueva a la pregunta del Señor: «¿A quién enviaré?» [ibíd.] Esta llamada viene del corazón de Dios, de su misericordia que interpela tanto a la Iglesia como a la humanidad en la actual crisis mundial. «Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente.

En el sacrificio de la cruz, donde se cumple la misión de Jesús [cf. Jn 19,28-30], Dios revela que su amor es para todos y cada uno de nosotros [cf. Jn 19,26-27]. Y nos pide nuestra disponibilidad personal para ser enviados, porque Él es Amor en un movimiento perenne de misión, siempre saliendo de sí mismo para dar vida. Por amor a los hombres, Dios Padre envió a su Hijo Jesús [cf. Jn 3,16]. Jesús es el Misionero del Padre: su Persona y su obra están en total obediencia a la voluntad del Padre [cf. Jn 4,34; 6,38; 8,12-30; Hb 10,5-10]. A su vez, Jesús, crucificado y resucitado por nosotros, nos atrae en su movimiento de amor; con su propio Espíritu, que anima a la Iglesia, nos hace discípulos de Cristo y nos envía en misión al mundo y a todos los pueblos.

«La misión, la “Iglesia en salida” no es un programa, una intención que se logra mediante un esfuerzo de voluntad. Es Cristo quien saca a la Iglesia de sí misma. En la misión de anunciar el Evangelio, te mueves porque el Espíritu te empuja y te trae» (Sin Él no podemos hacer nada, LEV-San Pablo, 2019, 16-17). Dios siempre nos ama primero y con este amor nos encuentra y nos llama. Nuestra vocación personal viene del hecho de que somos hijos e hijas de Dios en la Iglesia, su familia, hermanos y hermanas en esa caridad que Jesús nos testimonia. Sin embargo, todos tienen una dignidad humana fundada en la llamada divina a ser hijos de Dios, para convertirse por medio del sacramento del bautismo y por la libertad de la fe en lo que son desde siempre en el corazón de Dios.

Haber recibido gratuitamente la vida constituye ya una invitación implícita a entrar en la dinámica de la entrega de sí mismo: una semilla que madurará en los bautizados, como respuesta de amor en el matrimonio y en la virginidad por el Reino de Dios. La vida humana nace del amor de Dios, crece en el amor y tiende hacia el amor. Nadie está excluido del amor de Dios, y en el santo sacrificio de Jesús, el Hijo en la cruz, Dios venció el pecado y la muerte [cf. Rm 8,31-39]. Para Dios, el mal —incluso el pecado— se convierte en un desafío para amar y amar cada vez más [cf. Mt 5,38-48; Lc 23,33-34]. Por ello, en el misterio pascual, la misericordia divina cura la herida original de la humanidad y se derrama sobre todo el universo. La Iglesia, sacramento universal del amor de Dios para el mundo, continúa la misión de Jesús en la historia y nos envía por doquier para que, a través de nuestro testimonio de fe y el anuncio del Evangelio, Dios siga manifestando su amor y pueda tocar y transformar corazones, mentes, cuerpos, sociedades y culturas, en todo lugar y tiempo.

La misión es una respuesta libre y consciente a la llamada de Dios, pero podemos percibirla sólo cuando vivimos una relación personal de amor con Jesús vivo en su Iglesia. Preguntémonos: ¿Estamos listos para recibir la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida, para escuchar la llamada a la misión, tanto en la vía del matrimonio como de la virginidad consagrada o del sacerdocio ordenado, como también en la vida ordinaria de todos los días? ¿Estamos dispuestos a ser enviados a cualquier lugar para dar testimonio de nuestra fe en Dios, Padre misericordioso, para proclamar el Evangelio de salvación de Jesucristo, para compartir la vida divina del Espíritu Santo en la edificación de la Iglesia? ¿Estamos prontos, como María, Madre de Jesús, para ponernos al servicio de la voluntad de Dios sin condiciones [cf. Lc 1,38]? Esta disponibilidad interior es muy importante para poder responder a Dios: «¡Aquí estoy, Señor, mándame!» [Is 6,8]. Y todo esto no en abstracto, sino en el hoy de la Iglesia y de la historia.

Comprender lo que Dios nos está diciendo en estos tiempos de pandemia también se convierte en un desafío para la misión de la Iglesia. La enfermedad, el sufrimiento, el miedo, el aislamiento nos interpelan. Nos cuestiona la pobreza de los que mueren solos, de los desahuciados, de los que pierden sus empleos y salarios, de los que no tienen hogar ni comida. Ahora, que tenemos la obligación de mantener la distancia física y de permanecer en casa, estamos invitados a redescubrir que necesitamos relaciones sociales, y también la relación comunitaria con Dios. Lejos de aumentar la desconfianza y la indiferencia, esta condición debería hacernos más atentos a nuestra forma de relacionarnos con los demás. Y la oración, mediante la cual Dios toca y mueve nuestro corazón, nos abre a las necesidades de amor, dignidad y libertad de nuestros hermanos, así como al cuidado de toda la creación. La imposibilidad de reunirnos como Iglesia para celebrar la Eucaristía nos ha hecho compartir la condición de muchas comunidades cristianas que no pueden celebrar la Misa cada domingo. En este contexto, la pregunta que Dios hace: «¿A quién voy a enviar?», se renueva y espera nuestra respuesta generosa y convencida: «¡Aquí estoy, mándame!» [Is 6,8]. Dios continúa buscando a quién enviar al mundo y a cada pueblo, para testimoniar su amor, su salvación del pecado y la muerte, su liberación del mal [cf. Mt 9,35-38; Lc 10,1-12].

La celebración la Jornada Mundial de la Misión también significa reafirmar cómo la oración, la reflexión y la ayuda material de sus ofrendas son oportunidades para participar activamente en la misión de Jesús en su Iglesia. La caridad, que se expresa en la colecta de las celebraciones litúrgicas del tercer domingo de octubre, tiene como objetivo apoyar la tarea misionera realizada en mi nombre por las Obras Misionales Pontificias, para hacer frente a las necesidades espirituales y materiales de los pueblos y las iglesias del mundo entero y para la salvación de todos.

Que la Bienaventurada Virgen María, Estrella de la evangelización y Consuelo de los afligidos, Discípula misionera de su Hijo Jesús, continúe intercediendo por nosotros y sosteniéndonos.

          Roma, San Juan de Letrán, 31 de mayo de 2020, Solemnidad de Pentecostés.

Francisco


15
Jun 20

Acto de consagración y desagravio al Sagrado Corazón de Jesús

«¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu.

Sobre el ara del altar en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo, que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma, que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes, que florecerán a la sombra de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos; y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya lágrimas en mis ojos.

Mi corazón quiere, desde hoy, ser para siempre todo tuyo, así como tú, ¡oh Corazón divino! has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre; no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan; te amaré por los que te odian; y rogaré y gemiré, y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte.

Tú, que penetras los corazones, y sabes la sinceridad de mi deseo, comunícame aquella gracia que hace al débil omnipotente, dame el triunfo del valor en las batallas de la tierra, y cíñeme la oliva de la paz en las mansiones de la gloria. Amén».

Recopilado por José Gálvez Krüger

© Texto: Aciprensa // Imagen: Internet


03
Jun 20

Noticias de Colombia: Verde esperanza

           Colombia, «Donde el verde es de todos colores»; y, Colombia, «Verde tierra calcinada», son contenido y título de un poema de Aurelio Arturo y de un ensayo de Juan Miguel Álvarez respectivamente. Estas títulos reflejan el denominador común de Colombia y sus gentes; un denominador que es ese color verde de todos colores que cubre el terreno del país entero y que refleja la  esperanza que llena los corazones de todos sus habitantes. Una esperanza que los habitantes no pierden, aunque, a veces, aparezca  calcinada por las circunstancias de la vida.

Esta realidad nacional se ve reflejada, aunque de forma reducida, en la gente que vive en el área de una parroquia en la periferia de Bogotá, donde trabajan los Misioneros Mariannhill. Dicha gente, oriundos de todos los rincones del país, llegó aquí, hace 30 años, los primeros, y la gran mayoría, en los últimos 10 años. Todos ellos afectados por el conflicto armado del que fueron víctimas o victimarios.

Esa esperanza calcinada se nota en una especie de lenguaje, que se habla silenciosamente cada vez que alguien se encuentra con otro en un lugar de trabajo, de diversión y, sobre todo, en reuniones de índole local.

Este lenguaje podríamos llamarlo el lenguaje de la sospecha. La sospecha que suena a precaución y miedo; precaución y miedo a encontrarse con alguien que podría ser:

  • el asesino de algún familiar de uno o
  • el familiar de alguien asesinado por él.
  • el violador de alguien cercano a uno o
  • la víctima de la violación hecha por él.
  • el que puso la mina que mutiló a uno o
  • el mutilado por una mina que él puso.
  • el que hizo desaparecer a un familiar de uno o
  • el familiar de uno hecho desaparecer por él.

A pesar de esta situación, es cierto que la fuerza que da la esperanza, aunque calcinada, supera con creces el miedo que produce la sospecha; hay gente que no tiene miedo a encontrase con alguien, sino que, desde la prudencia, busca a alguien para saciar una sed de paz que lo consume por dentro. Son:

  • los buscadores de desaparecidos o
  • los desaparecidos que buscan a alguien.

Esta búsqueda ha llevado a algunos hasta el Centro de atención que los Misioneros de Mariannhill tienen abierto en esta zona. Todos son personas con situaciones diferentes, como diferentes son las tonalidades del color verde que cubren la tierra de Colombia. Verdes fuertes y llenos de esperanza unos, y verdes calcinados otros, pero con la esperanza viva y con ganas de seguir adelante. Los siguientes ejemplos – con nombres ficticios – son una muestra:          

            Juan, taxista, que un día pasó por delante del Centro y, al ver tanta gente entrar y salir, se acercó a alguien y le preguntó: ¿Qué dan en esa casa? Aprovechando la ocasión, entró y le faltó tiempo para sentirse a gusto, y comenzó a contar sus tiempos pasados en la selva luchando, sin saber por qué y contra quién. Muestra un libro que trae y añade: “En la selva yo también perdí la infancia que nunca tuve, pues como dice el título de este libro: «Yo no tuve juguetes, pero tuve fusil» (de Beto Avendaño)”. Y sigue contando, con la seguridad de sentirse escuchado, que todavía oye en las noches los ruidos de las balas, el sonido de helicópteros, el crujir de las ramas secas y los cantos de pájaros asustados y asustadores. “Mi mujer no me aguantó más y se fue; ahora, ni yo me aguanto a mí mismo”. Tras un largo rato, se levanta, tiende la mano y dice: “Gracias por escucharme, volveré”.

            Mauricio, vive solo y está bastante delicado de salud. No le asusta la enfermedad e incluso dice con cierto humor: “Es toda una proeza morir de viejo, pues mis compadres de juventud ya han muerto todos, unos matando y otros matados”. Considera una suerte el estar aún vivo, pero añade: “Preferiría que los que estuvieran vivos fueran mis dos hijos, que se los llevó la guerra… Ojalá esta vaina no se repita y se acabe de una vez para siempre”. Y con voz pausada, cuenta su salida obligada de su pueblo, la llegada a la ciudad, el regreso a otra zona del campo buscando mejor vida; pero allí solo encontró el secuestro de sus dos hijos y la muerte de su mujer, que acabó muriéndose de pena. Se levanta apoyándose en su bastón y con una dignidad impresionante, dice: “Deme la bendición”.

Sergio y Alfonso se acercaron, después de la misa, para que les bendijera el agua que traían cada uno en una botella. Por casualidad se presentó la ocasión para poder hablar más detenidamente. “Nosotros –habla Alfonso-, cuando teníamos 10 años, estábamos jugando al balón en un prado de nuestro pueblo, después de salir de la escuela. Llegaron unos guerrilleros y nos llevaron al monte. Yo, Alfonso, me escapé después de unos años; Sergio no lo pudo hacer y pasó casi 20 años en el monte como guerrillero. Cuando yo tenía 18 años me cogieron los soldados y me llevaron al cuartel y del cuartel al monte a luchar contra guerrilleros”. Intervino Sergio: Somos amigos que, siendo niños, jugando, nos tirábamos el balón el uno al otro; luego siendo adultos, luchando, nos tirábamos ‘plomo’ el uno al otro. Hoy disfrutamos de nuestro re-encuentro y solo podemos hacer que dar gracias a Dios. Volveremos de nuevo cuando se acabe el agua y podamos tomar un tinto con usted y seguir charlando”.

            Al verlos marchar, montados en su moto, la sonrisa de ambos era la prueba de que su amistad era sincera y que disfrutaban -nunca mejor dicho- como dos niños jugando al balón. Al recordar su historia, me vino a la mente lo que escribió Erick Hartman, fotógrafo de guerra y escritor: «La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian, se matan entre sí por decisiones de viejos que se conocen y se odian, pero que no se matan entre sí». En este caso, Sergio y Alfonso, sí se conocían, no se odiaban y, como dice Sergio, “ahora somos incluso mejores amigos”.

 

Verde esperanza, calcinada, pero viva.

P. David Fernández Díez CMM

Misionero de Mariannhill

© Fotos: Archivo CMM-Colombia.