15
Oct 21

Mensaje del Papa Francisco para el Domund 2021 [24 de Octubre]

Mensaje del Papa Francisco

para el Domund 2021

[24 de Octubre]

«No podemos dejar de hablar

de lo que hemos visto y oído».

[Act. 4, 20]

 

Foto 1: © Elpolitico.com

 

Foto 2: © P. LINO HERRERO PRIETO CMM [España]

San Francisco Javier, Patrono de las misiones: Vidriera que se encuentra en la capilla de la sede nacional de las Obras Misionales Pontificias [Madrid/España].

 

Foto 3: © P. LINO HERRERO PRIETO CMM [España]

San Francisco Javier, Patrono de las misiones: Vidriera que se encuentra en la capilla de la sede nacional de las Obras Misionales Pontificias [Madrid/España].

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando experimentamos la fuerza del amor de Dios, cuando reconocemos su presencia de Padre en nuestra vida personal y comunitaria, no podemos dejar de anunciar y compartir lo que hemos visto y oído. La relación de Jesús con sus discípulos, su humanidad que se nos revela en el misterio de la encarnación, en su Evangelio y en su Pascua nos hacen ver hasta qué punto Dios ama nuestra humanidad y hace suyos nuestros gozos y sufrimientos, nuestros deseos y nuestras angustias [cf. Const. Ap. Gaudium et spes, 22]. Todo en Cristo nos recuerda que el mundo en el que vivimos y su necesidad de redención no le es ajena y nos convoca también a sentirnos parte activa de esta misión: «Salgan al cruce de los caminos e inviten a todos los que encuentren» [Mt 22, 9]. Nadie es ajeno, nadie puede sentirse extraño o lejano a este amor de compasión.

[La experiencia de los apóstoles]

La historia de la evangelización comienza con una búsqueda apasionada del Señor que llama y quiere entablar con cada persona, allí donde se encuentra, un diálogo de amistad [cf. Jn 15, 12-17]. Los apóstoles son los primeros en dar cuenta de eso, hasta recuerdan el día y la hora en que fueron encontrados: «Era alrededor de las cuatro de la tarde» [Jn 1, 39]. La amistad con el Señor, verlo curar a los enfermos, comer con los pecadores, alimentar a los hambrientos, acercarse a los excluidos, tocar a los impuros, identificarse con los necesitados, invitar a las bienaventuranzas, enseñar de una manera nueva y llena de autoridad, deja una huella imborrable, capaz de suscitar el asombro, y una alegría expansiva y gratuita que no se puede contener. Como decía el profeta Jeremías, esta experiencia es el fuego ardiente de su presencia activa en nuestro corazón que nos impulsa a la misión, aunque a veces comporte sacrificios e incomprensiones [cf. 20, 7-9]. El amor siempre está en movimiento y nos pone en movimiento para compartir el anuncio más hermoso y esperanzador: «Hemos encontrado al Mesías» [Jn 1, 41].

Con Jesús hemos visto, oído y palpado que las cosas pueden ser diferentes. Él inauguró, ya para hoy, los tiempos por venir recordándonos una característica esencial de nuestro ser humanos, tantas veces olvidada: «Hemos sido hechos para la plenitud que sólo se alcanza en el amor» [Fratelli tutti, 68]. Tiempos nuevos que suscitan una fe capaz de impulsar iniciativas y forjar comunidades a partir de hombres y mujeres que aprenden a hacerse cargo de la fragilidad propia y la de los demás, promoviendo la fraternidad y la amistad social [cf. ibíd., 67]. La comunidad eclesial muestra su belleza cada vez que recuerda con gratitud que el Señor nos amó primero [cf. 1 Jn 4, 19]. Esa «predilección amorosa del Señor nos sorprende, y el asombro —por su propia naturaleza— no podemos poseerlo por nosotros mismos ni imponerlo. […] Sólo así puede florecer el milagro de la gratuidad, el don gratuito de sí. Tampoco el fervor misionero puede obtenerse como consecuencia de un razonamiento o de un cálculo. Ponerse en “estado de misión” es un efecto del agradecimiento» [Mensaje a las Obras Misionales Pontificias, 21 mayo 2020].

Sin embargo, los tiempos no eran fáciles; los primeros cristianos comenzaron su vida de fe en un ambiente hostil y complicado. Historias de postergaciones y encierros se cruzaban con resistencias internas y externas que parecían contradecir y hasta negar lo que habían visto y oído; pero eso, lejos de ser una dificultad u obstáculo que los llevara a replegarse o ensimismarse, los impulsó a transformar todos los inconvenientes, contradicciones y dificultades en una oportunidad para la misión. Los límites e impedimentos se volvieron también un lugar privilegiado para ungir todo y a todos con el Espíritu del Señor. Nada ni nadie podía quedar ajeno a ese anuncio liberador.

Tenemos el testimonio vivo de todo esto en los Hechos de los Apóstoles, libro de cabecera de los discípulos misioneros. Es el libro que recoge cómo el perfume del Evangelio fue calando a su paso y suscitando la alegría que sólo el Espíritu nos puede regalar. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos enseña a vivir las pruebas abrazándonos a Cristo, para madurar la «convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos» y la certeza de que «quien se ofrece y entrega a Dios por amor seguramente será fecundo» [Evangelii gaudium, 279].

Así también nosotros: tampoco es fácil el momento actual de nuestra historia. La situación de la pandemia evidenció y amplificó el dolor, la soledad, la pobreza y las injusticias que ya tantos padecían y puso al descubierto nuestras falsas seguridades y las fragmentaciones y polarizaciones que silenciosamente nos laceran. Los más frágiles y vulnerables experimentaron aún más su vulnerabilidad y fragilidad. Hemos experimentado el desánimo, el desencanto, el cansancio, y hasta la amargura conformista y desesperanzadora pudo apoderarse de nuestras miradas. Pero nosotros «no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Jesús como Cristo y Señor, pues no somos más que servidores de ustedes por causa de Jesús» [2 Co 4, 5]. Por eso sentimos resonar en nuestras comunidades y hogares la Palabra de vida que se hace eco en nuestros corazones y nos dice: «No está aquí: ¡ha resucitado!» [Lc 24, 6]; Palabra de esperanza que rompe todo determinismo y, para aquellos que se dejan tocar, regala la libertad y la audacia necesarias para ponerse de pie y buscar creativamente todas las maneras posibles de vivir la compasión, ese “sacramental” de la cercanía de Dios con nosotros que no abandona a nadie al borde del camino. En este tiempo de pandemia, ante la tentación de enmascarar y justificar la indiferencia y la apatía en nombre del sano distanciamiento social, urge la misión de la compasión capaz de hacer de la necesaria distancia un lugar de encuentro, de cuidado y de promoción. «Lo que hemos visto y oído» [Hch 4, 20], la misericordia con la que hemos sido tratados, se transforma en el punto de referencia y de credibilidad que nos permite recuperar la pasión compartida por crear «una comunidad de pertenencia y solidaridad, a la cual destinar tiempo, esfuerzo y bienes» [Fratelli tutti, 36]. Es su Palabra la que cotidianamente nos redime y nos salva de las excusas que llevan a encerrarnos en el más vil de los escepticismos: “todo da igual, nada va a cambiar”. Y frente a la pregunta: “¿para qué me voy a privar de mis seguridades, comodidades y placeres si no voy a ver ningún resultado importante?”, la respuesta permanece siempre la misma: «Jesucristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte y está lleno de poder. Jesucristo verdaderamente vive» [Evangelii gaudium, 275] y nos quiere también vivos, fraternos y capaces de hospedar y compartir esta esperanza. En el contexto actual urgen misioneros de esperanza que, ungidos por el Señor, sean capaces de recordar proféticamente que nadie se salva por sí solo.

Al igual que los apóstoles y los primeros cristianos, también nosotros decimos con todas nuestras fuerzas: «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» [Hch 4, 20]. Todo lo que hemos recibido, todo lo que el Señor nos ha ido concediendo, nos lo ha regalado para que lo pongamos en juego y se lo regalemos gratuitamente a los demás. Como los apóstoles que han visto, oído y tocado la salvación de Jesús [cf. 1 Jn 1, 1-4], así nosotros hoy podemos palpar la carne sufriente y gloriosa de Cristo en la historia de cada día y animarnos a compartir con todos un destino de esperanza, esa nota indiscutible que nace de sabernos acompañados por el Señor. Los cristianos no podemos reservar al Señor para nosotros mismos: la misión evangelizadora de la Iglesia expresa su implicación total y pública en la transformación del mundo y en la custodia de la creación.

[Una invitación a cada uno de nosotros]

El lema de la Jornada Mundial de las Misiones de este año, «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 20), es una invitación a cada uno de nosotros a “hacernos cargo” y dar a conocer aquello que tenemos en el corazón. Esta misión es y ha sido siempre la identidad de la Iglesia: «Ella existe para evangelizar» [S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 14]. Nuestra vida de fe se debilita, pierde profecía y capacidad de asombro y gratitud en el aislamiento personal o encerrándose en pequeños grupos; por su propia dinámica exige una creciente apertura capaz de llegar y abrazar a todos. Los primeros cristianos, lejos de ser seducidos para recluirse en una élite, fueron atraídos por el Señor y por la vida nueva que ofrecía para ir entre las gentes y testimoniar lo que habían visto y oído: el Reino de Dios está cerca. Lo hicieron con la generosidad, la gratitud y la nobleza propias de aquellos que siembran sabiendo que otros comerán el fruto de su entrega y sacrificio. Por eso me gusta pensar que «aun los más débiles, limitados y heridos pueden ser misioneros a su manera, porque siempre hay que permitir que el bien se comunique, aunque conviva con muchas fragilidades» [Christus vivit, 239].

En la Jornada Mundial de las Misiones, que se celebra cada año el tercer domingo de octubre, recordamos agradecidamente a todas esas personas que, con su testimonio de vida, nos ayudan a renovar nuestro compromiso bautismal de ser apóstoles generosos y alegres del Evangelio. Recordamos especialmente a quienes fueron capaces de ponerse en camino, dejar su tierra y sus hogares para que el Evangelio pueda alcanzar sin demoras y sin miedos esos rincones de pueblos y ciudades donde tantas vidas se encuentran sedientas de bendición.

Contemplar su testimonio misionero nos anima a ser valientes y a pedir con insistencia «al dueño que envíe trabajadores para su cosecha» [Lc 10, 2], porque somos conscientes de que la vocación a la misión no es algo del pasado o un recuerdo romántico de otros tiempos. Hoy, Jesús necesita corazones que sean capaces de vivir su vocación como una verdadera historia de amor, que les haga salir a las periferias del mundo y convertirse en mensajeros e instrumentos de compasión. Y es un llamado que Él nos hace a todos, aunque no de la misma manera. Recordemos que hay periferias que están cerca de nosotros, en el centro de una ciudad, o en la propia familia. También hay un aspecto de la apertura universal del amor que no es geográfico sino existencial. Siempre, pero especialmente en estos tiempos de pandemia es importante ampliar la capacidad cotidiana de ensanchar nuestros círculos, de llegar a aquellos que espontáneamente no los sentiríamos parte de “mi mundo de intereses”, aunque estén cerca nuestro [cf. Fratelli tutti, 97]. Vivir la misión es aventurarse a desarrollar los mismos sentimientos de Cristo Jesús y creer con Él que quien está a mi lado es también mi hermano y mi hermana. Que su amor de compasión despierte también nuestro corazón y nos vuelva a todos discípulos misioneros.

Que María, la primera discípula misionera, haga crecer en todos los bautizados el deseo de ser sal y luz en nuestras tierras [cf. Mt 5, 13-14].

Roma, San Juan de Letrán, 6 de enero de 2021, Solemnidad de la Epifanía del Señor.

 

Papa Francisco

 


15
Oct 21

El abad Francisco, amigo de San José

© P. LUKAS ANTON METTLER CMM [+]

 San José, Protector de Mariannhill: Imagen situada en la cara interior del pórtico del Monasterio de Mariannhill en KwaZulu-Natal [Sudáfrica].

Solemos decir que Mariannhill – Monasterio trapense fundado en 1882 cerca de la ciudad de Durban [Kwazulu-Natal/Sudáfrica] y hoy Casa Madre de los Misioneros de Mariannhill – no se entiende sin aquél que fue su fundador, el Siervo de Dios Abad Francisco Pfanner.  Pero el mismo Abad nos corrige: Mariannhill no se entiende sin San José. Cuatro fueron las preocupaciones del Abad Francisco al acometer la aventura misionera de Mariannhill: la evangelización de los pueblos zulúes, la obtención de los medios materiales necesarios, la formación de buenos y santos monjes y hacer que todo ello quedara orientado hacia el cielo, hacia Dios. Y con el fin de poder atender estas cuatro preocupaciones el Abad Francisco buscó y encontró en San José a su poderoso Protector.

El Abad Francisco escogió a San José como protector de todas las empresas misioneras de Mariannhill, porque San José fue el primer misionero que llegó al continente africano cuando llevó al Niño Jesús a Egipto: “San José, buscando refugio en tierra de Egipto, fue el primero que llevó a Jesús al continente africano… San José fue el primero que plantó el grano de mostaza del cristianismo en tierras africanas… San José llevó por primera vez al Salvador a los gentiles en el valle del Nilo”.

El Abad Francisco escogió a San José como protector de todas las obras materiales, de desarrollo social y de promoción humana de Mariannhill, como eran templos, conventos, hospitales, escuelas, talleres, establos y granjas, porque San José fue el que alimentó, vistió y cobijó al Niño Jesús en Nazaret: “La gente dice que soy un exagerado a la hora de pedir dinero para los zulúes…; que soy un descarado… Con gusto me dejo llamar atrevido porque cada necesidad material se la encomiendo a San José.  En los últimos 19 años los negocios más redondos los he realizado con el carpintero de Nazaret… Comencé las edificaciones sin un centavo en el bolsillo y San José, mi constructor y arquitecto, me suministró siempre el dinero necesario para ello”.

El Abad Francisco escogió a San José como protector de todas las tareas realizadas en Mariannhill tendentes a la formación de religiosos santos, porque San José fue el que formó y educó al Niño Jesús con el ejemplo de una vida santa, humilde y silenciosa: “San José fue un hombre religioso y santo porque supo guardar silencio…  Ser silencioso es tanto como ser santo. Un monje silencioso es humilde, paciente, no hace mal ni se queja… San José enseña a nuestros novicios a ser buenos religiosos porque les educa en el silencio interior”.

El Abad Francisco escogió a San José como protector de toda la vida y actividad desarrollada en Mariannhill porque, realizada la travesía, se necesita un experto marinero y práctico que introduzca el barco en el puerto y San José es esa mano segura y experta que guía a personas y actividades hacia Dios, puerto feliz de toda navegación: “Quiero que todo el mundo se entere de que San José es un gran marinero. Pero mucho más aún le necesitamos como práctico y guía espiritual. Como tal nos puede hacer un excelente servicio, pues es el mejor patrono de la buena muerte. Y es que de eso depende todo, de poder morir bien. Este es el viaje más importante, el que cruza el mar de la eternidad. ¡Oh eternidad, mar inconmensurable! O mare, quam magnun et spatiosum!”

 Al fundar el Monasterio de Mariannhill, el Abad Francisco se embarcó en una aventura misionera que requería cantidad de medios materiales para poder ser llevada a cabo y que precisaba de religiosos santos para su puesta en práctica.  Y todo ello con la única finalidad de acercar la Salvación de Cristo a los pueblos africanos del sur del continente. Para llevar a buen puerto la nave de Mariannhill, así diseñada, el Abad Francisco se buscó como experto marinero y práctico a San José. Por ello Mariannhill reconoció desde un principio a San José como a su Protector.

 [SAN José: EL PRIMER MISIONERO EN ÁFRICA]

Recuerda el Abad que hubo un tal José, hijo de Jacob, que vendido a unos nómadas por sus propios hermanos, fue llevado a Egipto y llegó a ser jefe de la Casa del Faraón. Cuando años después se dio a conocer a sus hermanos, les dijo: “para vuestro bien me ha enviado Dios a Egipto delante de vosotros”. Estas palabras también las podía repetir con propiedad el mismo San José, pues para bien de la tierra africana y de todos sus moradores llevó al Redentor a un país en el norte del continente africano. San José llevó al Redentor a la tierra de los gentiles.

Y continúa el Abad diciendo que los Trapenses cuando llegaron a Sudáfrica, aunque poco era lo que tenían, era mucho en comparación con lo poquísimo que tenía San José: “… Cuando nosotros llegamos a esta parte de África y pudimos ofrecer descanso a nuestros cuerpos fatigados sobre la hierba, cubiertos con mantas y bajo tiendas, ¡qué ricos fuimos en comparación con San José! San José probablemente no tenía una tienda donde protegerse del sol y de la lluvia”.

Situado en el valle del Nilo, San José no se preocupó únicamente de atender las necesidades materiales de los tesoros que Dios le había encomendado a su custodia, Jesús y María; se preocupó también de la salvación de la gente que vivía a su alrededor, que atraídos por su lengua extraña y por su indumentaria diferente, se acercaban a El. A San José “no le podía ser indiferente si los indígenas conocían o no al Dios verdadero y al Salvador recién nacido”.

Y dirigiéndose a sus monjes el Abad les dice: “… vosotros habéis dejado atrás, igual que José, a vuestros familiares, vuestras posesiones y vuestra patria.  Incluso habéis dejado un continente de clima moderado y habéis venido a África, al mismo continente al que vino él, bajo ese mismo sol de justicia con casi idéntica temperatura a la que tuvo que soportar él”. Si San José llevó a los paganos al mismo Salvador, los trapenses misioneros de Mariannhill llevaron a Jesús a África. Y añade el Abad Francisco: “Cuando llegamos aquí, nuestros africanos sabían de San José y del niño Jesús tanto como hace 1800 años los habitantes de Heliópolis en el valle del Nilo. La única diferencia es ésta: San José llevó a Jesús, su luz y su gracia a los africanos en la punta noreste del continente y nosotros a los que viven en estas regiones del sur”.

Pasa ahora el Abad Francisco a poner de relieve otra dimensión de la comparación que está realizando entre la llegada de San José al norte de África y la llegada de los Trapenses, y señala que San José “no llevó otra cosa que sus pies heridos y su ropa gastada después de tan largo y duro viaje desde el país de los judíos.  Vosotros os acordáis muy bien de cómo, después de dos años de luchar contra los espinos y los cactus en nuestro hábitat anterior, estaban vuestros pies heridos y vuestros hábitos hechos jirones… ¿Acaso no es cada bautismo de uno de estos nativos que hasta ahora se tenían como cerrados e imposibles de convertir, una victoria del bien e incluso de los Trapenses?… De hecho, San José ha demostrado ser no sólo nuestro tutor, sino también nuestro guía misionero. Ha escuchado nuestra oración”.

La confesión que hiciera José, el hijo de Jacob, ante sus hermanos la pone el Abad en labios de San José y dirigida a los Trapenses: “Por vuestra salvación he sido enviado a África delante de vosotros”.  Esto significa para el Abad que San José se ha convertido en un modelo misionero para los Trapenses: “… para que de San José aprendáis el celo misionero”. Por todo lo dicho el Abad no dudó un momento a la hora de poner toda su actividad misionera bajo el cuidado y protección de San José: “Por esta razón queremos poner todo lo que tiene que ver con la conversión y la cristianización bajo la protección de San José: las escuelas, el instituto para los chicos y el colegio para las chicas, las chozas para predicar y más adelante la Iglesia para la misión”. Y vuelve el Abad a poner en boca de San José las palabras de aquel otro José, hijo de Jacob, para decirles ahora a los africanos: “Por vuestra salvación, por vuestro bien corporal y espiritual, Dios me ha enviado a vosotros y a África, para que tengáis en mí un padre, un tutor y un protector”. Se convierte así San José no sólo en una ayuda para la actividad misionera sino también en parte integrante del contenido mismo del mensaje a difundir con dicha actividad. El misionero ha de confiar en San José y ha de hablar sobre San José.

El Abad pide frecuentemente a San José, seguro de su influencia poderosa, por esta causa: “Estoy convencido de que tiene que ser un ferviente deseo de San José, a quien se considera como patrono de toda la Iglesia, que aquel continente, en el cual él mismo evangelizó durante siete años, reciba por fin la luz del cristianismo… Hemos empezado la letanía a San José precisamente por eso, para que él nos envíe buenos misioneros o candidatos para la Trapa.  Y tú, ¡oh San José, haz uso de tu influencia poderosa! ¡Es ahora cuando te necesitamos! Se trata de salvar millones de personas. Se trata de convertir la tierra que un día te dio cobijo. Se trata de demostrar, y de demostrar ante el mundo entero, el gran poder que tienes. Se trata de demostrar que quien se dirija a ti, de ninguna manera quedará defraudado”.

 P. Lino Herrero Prieto CMM

Misionero de Mariannhill

 


20
Ago 21

A, B y C [Experiencia – realidad- reflexión]

[A]

        MaSibanda era, por aquel entonces – 1982 -, una señora muy anciana. A pesar de sus muchos años, ejercía de abuela de sus muchos nietos y de madre de los hijos de otros, todos ellos huérfanos debido a la guerra civil que su país africano estaba sufriendo. Ella vivía en una aldea muy alejada de la Misión donde, por entonces, yo estaba trabajando. Una vez al mes solía acercarme al lugar donde vivía MaSibanda para celebrar la Misa.

Aunque ya han pasado muchos años, todavía hoy, me recuerdo de una de las primeras veces que fui al lugar. Después de conducir por interminables caminos polvorientos, al llegar al lugar, me encontré a MaSibanda sentada bajo un enorme árbol, mientras los niños estaban barriendo el terreno. Pronto apareció también un hombre ciego agarrado de la mano de uno de sus nietos. Después de un rato, y dándome cuenta de que nadie más iba a venir a la Misa, le sugerí que podríamos hacer una oración y así poder llegar a casa antes de la puesta del sol. MaSibanda como disculpándose, con voz humilde, preguntó si no estábamos allí para celebrar la Misa. Antes de que pudiera contestar palabra alguna, el ciego entonó la canción de entrada, felizmente seguida por los niños y niñas de MaSibanda, mientras yo me di toda la prisa que pude para prepararme para la celebración.

Después de la Misa, nos subimos al coche. MaSibanda se sentó junto a mí. En el camino hacia su casa, MaSibanda con dignidad en la voz me dijo: “Gracias, Padre, por venir y por celebrar la Misa. Mire, aquí en África, el número no es lo importante para hacer cosas importantes: una sola persona siempre es importante”.

[B]

        La pandemia, la que todavía estamos sufriendo en todo el mundo, ha supuesto un reto al tema de las relaciones humanas. Cuando la pandemia hizo acto de presencia, con el virus expandiéndose con rapidez por todos los países, a todos nos cogió por sorpresa y nuestras mentes y corazones se llenaron de confusión y de incertidumbre ante el futuro. Bajo aquellas circunstancias, dos fueron los caminos de reacción de la gente. Uno era vivir guidados por el slogan: “Que cada uno se las apañe como pueda”. La otra opción fue: “O todos o ninguno”. Gracias a Dios, lo que ha prevalecido es la segunda opción, al menos hasta ahora.

Las consecuencias de la pandemia se dejaron sentir de manera diferente, dependiendo de las condiciones de vida de la gente. Para mucha gente pobre, el hambre se convirtió en su pan cotidiano. Con rapidez, se pusieron en marcha iniciativas para suministrar alimentos a la gente, tanto por el gobierno como por otras instituciones sociales. Se prometió y se aseguró que habría comida para todos. En algunos sitios, incluso, se ponía la comida delante de las puertas. Con pena hay que reconocer que se ha vuelto a repetir aquel conocido dicho que reza: “La montaña se puso de parto y dio a luz un ratón”.

        Bajo la situación de pandemia, restricciones y protocolos se impusieron a todos en orden a evitar el contagio; situación aquella que vino a denominarse como la nueva normalidad. La medida de mayor dificultad para cumplir fue, y todavía es, guardar la llamada distancia social. Hoy vemos que esta restricción ha traído más daño que beneficio. La gente recibió alimentos, pero fue aislada del resto, incluso de sus seres más queridos. El aislamiento llevó a la soledad, la soledad a la depresión e, incluso, a la muerte.

Decir cuánta gente ha sido y sigue siendo ayudada sería muy sencillo, pues es una cuestión de números, pero cuando uno se refiere a personas, los números son muy fríos. Habría que recordar aquí la lección de MaSibanda.

Los números y las estadísticas no pueden ser el criterio para evaluar la eficiencia de un proyecto, dado que los números y las estadísticas, por más fieles que sean, lejos de describir la realidad, vienen a ser factores que la distorsionan.

Lo importante es que una persona concreta o una familia determinada han sido ayudadas, que se han sentido ayudas, y, sobre todo, que han sentido que se les ha tomado en consideración, incluso por gente desconocida. Aquí tengo que dar las gracias a cada uno de los que nos habéis ayudado para poder así ayudar a otros. Este sentimiento fue y todavía sigue siendo para ellos el pan que mata el hambre del cuerpo y del alma.

[C]

        Durante la pasada celebración del Día de los Abuelos [25 de Julio], que tuvimos en nuestra parroquia, me encontré con una pareja muy anciana. El día antes, con la sola intención de protegerlos de contraer el virus, les había aconsejado que no vinieran a la Misa ni a la celebración. Al advertir mi sorpresa al verlos, el anciano me dijo: “No se preocupe, padre, es mejor morir juntos y celebrando que estar en casa solos y llorando”. Como dijo alguien: “El que tenga oídos, que oiga”.

P. David Fernández Díez CMM

Misionero de Mariannhill

 

Fotos: ARCHIVO CMM [Colombia]

Celebración de la Virgen del Carmen, día en el que se bendicen los vehículos en Colombia, por ser la Patrona de los conductores.


05
Jul 21

Camino de Sacerdocio

Camino de Sacerdocio, 25 años después…

El P. Marco Antonio Saavedra Quiel CMM, celebró el pasado 24 de Junio sus Bodas de Plata Sacerdotales.

Marco Antonio nació el 15 de Julio de 1961 en la Ciudad de Panamá, República de Panamá y fue bautizado en la Parroquia de San Juan Bautista de La Salle. Cursó en la Escuela Simón Bolivar la primaria. Entre 1974 – 76 estudió en el Instituto Fermín Naudeau y del 1977 – 79 estudió en la Escuela Profesinaol I.H.O. obteniendo el grado de Bachiller en Comercio. Los estudios Universitarios los realizó desde 1980 – 84 en la Universidad de Panamá en Administración de Empresas y Contabilidad. Mientras realizaba sus estudios también trabajó en la Corporación Internacional de Ingeneria (1982) y CALOX PANAMEÑA (1983-87). Ninguno de los trabajos, parecía que satisfacían sus expectativas. Así, pues, lo dejó todo para unirse a los Misioneros de Mariannhill para servir a Dios.

El 2 de febrero de 1988, en la Provincia de León, España, Marco fue recibido en la Comunidad de los Misioneros de Mariannhill como postulante. Después del Noviciado, hizo sus primeros votos el 8 de Septiembre de 1989 en León, Dios mediante, este año estará celebrando sus 32 años de vida religiosa. Hizo su Profesión perpetua el 19 de Marzo de 1994 en Salamanca.

Marco estudió Filosofía y Teología en el Instituto Teológico de San Esteban (Universidad Pontifica de Salamanca) en España. Fue ordenado Diácono el 8 de Julio de 1995 y el 24 de Junio de 1996 fue ordenado Sacerdote en la Catedral Vieja de Salamanca.

EL P. Marco Antonio ha servido en diferentes lugares y distintas responsabilidades: Legión de María (Parroquia de San Mateo, Salamanca) Grupo Juvenil; Catequista de Confirmación (Parroquia dela Ascensión, Salamanca) y como Diácono estuvo atendiendo en la Parroquia de Nuestra Señora de Fátima (Salamanca).

En 1997, el recién ordenado P. Marco Antonio fue enviado a Irlanda para estudiar Inglés en Lengua Viva en Dublín, como preparación para su trabajo misionero en Suráfrica. Estuvo en Monte San Nicolás, en la Misión de Libode, Mthata, Provincia del Este del Cabo, desde 1997-2000.

Regresó a España después de tres años de trabajo misionero en Mthata; estuvo trabajando en la oficina de la Procura de Misiones, en nuestra casa de León y durante ese mismo período estuvo trabajando en el Servicio Conjunto de Animación Misionera (SCAM/2000-08). En 2008 fue enviado a Colombia, Montañas del Totumo, Casanáre hasta el 2011. Desde el 2012 al 2015 estuvo trabajando en la Diócesis de Soacha, en la Parroquia de Nuestra Señora de la Natividad, al sur de Bogotá. Entre los años 2015 – 2018 estuvo entre el Generalato de los Misioneros de Mariannhill, en Roma – Italia y Madrid, España, cooperando en diferentes actividades.

El 20 de Octubre de 2018, el P. Marco Antonio viajó a Papúa Nueva Guinea, donde ha estrado trabajando en diferentes parroquias de la Diócesis de Lae. Ha echado una mano en las parroquias de San Martin, San Agustín, Capilla de San José. Santa Teresa, San Miguel. Actualmente atiende en la Parroquia de Todos los Santos en Bumbu Compound. También está encargado de la Capellanía de las Hnas. de la Preciosa Sangre en Eriku. Mantengamos en nuestras oraciones al P. Marco Antonio Quiel en esta celebración de sus Bodas de Plata Sacerdotales.

(En la Foto los PP. Marco Antonio y Krzysztf CMM)

 


27
Abr 21

Por el desarrollo integral y la liberación de las personas

Experiencia misionera de la

Hna. Damian Maria Boekholt CPS

© ARCHIVO CPS [Kenia]

Llegué por primera vez a Kenia en 1977. Tres años duró aquella experiencia misionera. Todavía recuerdo el consejo que me dieron antes de partir: “Vas a encontrarte con personas que hablan otras lenguas, que viven en otras culturas, que practican otras religiones… Quítate las sandalias, porque estás pisando tierra sagrada y recuerda que Dios estuvo allí antes que tú”. Nunca he olvidado este consejo, que vino a convertirse en el principio orientador de mi vida misionera.

Misión implica acercarse a las personas para compartir la fe que da sentido a la propia vida, trabajando por su desarrollo integral y su liberación integral, capacitándolas para que puedan vivir en justicia y paz. Misión conlleva tratar a las personas y su cultura con respeto, apreciando los valores de los que son portadores, dándoles la oportunidad de poder experimentar la bondad y misericordia de Dios a través de la vida del misionero. El compromiso pastoral y social del misionero alcanza a todas las personas, con independencia de su religión, nacionalidad o clase social.

En el caso concreto de la Congregación de Misioneras de la Preciosa Sangre o de Mariannhill, institución a la que pertenezco, nuestro apostolado misionero se centra en la educación integral de niños y jóvenes, en el apoyo a las necesidades de la mujer, a fin de promover su  dignidad y erradicar las diversas formas de opresión que padece.

© ARCHIVO CPS [Kenia]

La Hna. Damian Maria Boekholt CPS visitando las familias en la barriada marginal de Kawangware [Nairobi/Kenia]

En el 2010 tuve la oportunidad de volver a Kenia. La tarea encomendada era dirigir un proyecto en favor de los niños de la calle. El proyecto, que llevaba funcionando desde el año 2000 gracias a la ayuda de muchos bienhechores, consistía en un centro con capacidad para 200 niños, donde éstos reciben educación escolar gratuita, atención médica y alimentación tres veces al día.

La finalidad del proyecto consiste en que los niños, allí acogidos, puedan recibir una educación integral, viendo así promovidas y potenciadas sus capacidades y talentos, a fin de que puedan convertirse en ciudadanos seguros de sí mismos y responsables. Muchos de esos chavales requieren una atención particularmente cariñosa para recuperar la confianza en sí mismos y tener valor para continuar su camino de vida, dado que suelen tener detrás una historia llena de experiencias traumáticas y dolorosas. La ayuda que reciben estos niños va más allá de la económica, dado que gracias al proyecto, que les hace ver lo valiosos que son, se siente aceptados, viendo así fortalecida su alegría de vivir.

El lema del Centro reza: “La creatividad es la madre del desarrollo”. Junto con la formación académica en el Centro nos preocupamos de aportar a los niños las herramientas necesarias para la forja de su carácter. Los juegos y los deportes promueven el espíritu de equipo y así pueden aprender a respetarse, a confiar y a ayudarse unos a otros. Atendiendo todos estos frentes de manera mancomunada, los niños pronto caen en la cuenta de que su futuro depende de su propia responsabilidad.

© ARCHIVO CPS [Kenia]

La Hna. Damian Maria Boekholt CPS junto con algunos niños de la calle de la barriada marginal de Kawangware [Nairobi/Kenia]

Los niños que frecuentan el Centro son de diferentes religiones. Aunque en el programa formativo se priorice la presentación y la comunicación de los valores cristianos, se respetan las necesidades y reglas propias de cada religión. Intentamos transmitir los valores cristianos del Evangelio con nuestro ejemplo de vida. A su disposición tienen la posibilidad de asistir a la celebración de la Eucaristía y ratos de silencio para poder hacer oración. En su trato diario con nosotros – hermanas misioneras, formadores y maestros – buscamos que puedan experimentar el amor que tiene Dios por ellos. Dado que la confianza sólo puede darse en una atmósfera de cariño y seguridad, todos los que llevamos la marcha del Centro hacemos por tener un oído atento a las necesidades y preocupaciones de los niños.

Hay que hacerse una idea de cómo son las condiciones de vida de las familias de estos niños cuando, terminada la jornada diaria en el Centro, vuelven a sus casas en la barriada marginal de Kawangware. Casetas de chapa de unos 15 m2, en las que pueden vivir hasta ochos personas con un pequeña mesa, un par de sillas y un viajo sofá; ni agua corriente ni electricidad.

El desempleo y la falta de educación escolar se dan por doquier. La mayor parte de los padres de estos niños nos saben ni leer ni escribir. Son frecuentes en las familias el abuso del alcohol y la violencia. Nada extraño que estos niños, al no recibir los cuidados y apoyos en casa que cabría esperar, tiendan a vivir en la calle, expuestos a todo lo malo.

© ARCHIVO CPS [Kenia]

La Hna. Damian Maria Boekholt CPS rodeada de los niños de la calle acogidos en el Centro Misionero de la barriada marginal de Kawangware [Nairobi/Kenia]

Para proteger a estos niños del abuso infantil, les ofrecemos por las tardes en el Centro la oportunidad de participar en actividades extraescolares de esparcimiento. Así aprenden, en contraste con el entorno hostil de la calle, a afirmarse mediante el desarrollo mental y físico.

Antes de irse a casa por la noche, cenan en el Centro. Algunos niños se privan de comer todo, llevando el resto de la comida a sus casas para poderlo compartir con los suyos.

Sin duda alguna, para muchos de estos niños nuestro Centro ha venido a ser la única oportunidad de poder tener un futuro mejor.

Con el paso del tiempo la urgencia de seguir atendiendo a los niños de la calle nos llevó a poner en marcha otro Centro en Riruta. Las superioras de la Congregación decidieron acometer la puesta en marcha de una escuela secundaria en Juja Farm. Junto con los Misioneros de Mariannhill, encargados de la parroquia del lugar, y con otros líderes locales se formó una comisión para estudiar el nuevo proyecto y sacarlo adelante.

En dicho estudio se tuvieron en cuenta los recientes desarrollos que se ha ido dando en la zona, sin perder de vista que la razón última de esta empresa no podía ser otra que proveer a los niños de la calle de un nuevo pilar de apoyo así como no descuidar la educación de las niñas. Se tuvo en cuenta también la sostenibilidad del proyecto.

© ARCHIVO CPS [Kenia]

La Hna. Damian Maria Boekholt CPS charlando con un joven del área de Juja Farm [Nairobi/Kenia]

Se sopesaron y se examinaron diferentes opciones hasta que, tras bastantes deliberaciones, se optó por poner en marcha una escuela secundaria. Lo hicimos convencidos de que apoyando la educación de estos niños y niñas ayudaríamos al desarrollo integral de la población de la zona donde quedaría ubicada dicha escuela secundaria.

Gracias a los muchos donativos recibidos de las comunidades cristianas de Europa, de otras organizaciones así como de particulares, pudimos sacar adelante este nuevo proyecto con el deseo de seguir ayudando a los niños de la calle y ofreciendo a muchas niñas la esperanza de una vida digna, libres de quedar a merced de la violencia y del abuso. Con el favor de Dios pudimos inaugurar la escuela en el año 2018.

Con el paso del tiempo nos hemos convencido que la clave del éxito de este proyecto reside en el enfoque holístico que ha de informar la educación de estos niños y niñas; de ahí que no podamos descuidar atender las necesidades que percibimos en el entorno donde se desarrollan sus vidas.

Tengo que decir que mi compromiso por el bienestar de estos niños y niñas, consecuencia de mi vocación misionera, supuso para mí un gran enriquecimiento personal, llegando a descubrir en mí misma capacidades y habilidades que estaban latentes y sin explotar. La satisfacción por lo que se ha logrado, después de tanto trabajo y desvelos, es la mejor recompensa.

Así he aprendido que para ser feliz sólo necesitas estar dispuesto a dejar a un lado la vida que te has planificado para salir al encuentro de la vida que te está esperando; dejar a un lado tu propia agenda personal para sacar adelante la agenda de Dios.

Y en esa agenda de Dios están tantos hombres y mujeres, despreciados y marginados, viviendo sin alegría ni amor. Dios nos dice que necesita de nosotros para hacerles saber y experimentar que no están solos ni abandonados a su suerte. Y en eso estamos, porque ese reto es una tarea nunca acabada.

© ARCHIVO CPS [Kenia]

La Hna. Damian Maria Boekholt CPS junto con otras Misioneras de la Preciosa Sangre en Juja Farm [Nairobi/Kenia]

 

 

 

 

 

 

 

 


27
Abr 21

Pentecostés: Lanzados a la misión

Con la llegada del Espíritu Santo sobre los discípulos de Jesús comenzó el despliegue de toda la actividad misionera de la Iglesia. Antes de la llegada del Espíritu los discípulos se encontraban llenos de miedo, encerrados y callados.

[1] Los que estaban llenos de miedo, al recibir la visita del Espíritu Santo, se animaron y se armaron de valentía. Hoy somos nosotros, en cuanto discípulos de Jesús, los que hemos recibido el mismo Espíritu. Y ello se prueba si vivimos con gozo y entusiasmo nuestra condición cristiana, lo que supone que apreciemos todo aquello en lo que creemos, esperamos y amamos; que nos sintamos dichosos de ser lo que somos, afortunados de tener sitio y hogar en el Corazón de Dios, de poder vivir de acuerdo con su ley. No se espera de los que hemos recibido el Espíritu que vivamos apocados.

[2] En segundo lugar, los que estaban encerrados, al recibir la visita del Espíritu Santo, abrieron las puertas, salieron a las calles y plazas como hombres nuevos, transformados, convertidos. Hoy somos nosotros, en cuanto los discípulos del Maestro, quienes hemos recibido el mismo Espíritu. Y ello se verificará, si también salimos de nuestro encerramiento y llevamos el tesoro, que puso el Señor en nuestras manos, a la plaza pública. Tarea que supone vivir en coherencia nuestra fe y compromisos bautismales llevando una vida de convertidos.

[3] Y por último y en tercer lugar, los que entonces, discípulos de Cristo, estaban callados, salieron a predicar el Evangelio recibido. Hoy nosotros somos esos mismos discípulos de Jesús, que habiendo recibido el Espíritu Santo, no podemos quedar indiferentes ante todos aquellos que nada saben de Cristo y de su obra redentora, que no pueden vivir en el seno de la Iglesia. En definitiva, nos duele que otros no puedan vivir la Gracia que hemos recibido nosotros inmerecidamente.

Animémonos, pues, a llevar una vida en el Espíritu Santo, lo cual implica obedecer sus inspiraciones, trabajar con sus dones y dejar que en nosotros produzca sus frutos. Animémonos también a salir con impulso misionero y llenos de valentía a predicar el Evangelio. A nuestra mano y a nuestro alcance están el llevar una vida de acuerdo con el Evangelio, el hablar dando razón de nuestra fe, el rezar para que el Evangelio de Cristo alcance hasta los confines de la tierra, el poder ofrecer nuestros dolores y sacrificios, el compartir nuestros bienes en donativos y limosnas misioneros.

P. Lino Herrero Prieto CMM

Misionero de Mariannhill

 


06
Abr 21

HISTORIA DE UN CAMINO -Los discípulos de Emaús-

INTRODUCCIÓN

Al concebir este relato sobre Jesús y los discípulos de Emaús, deseaba saber cuál pudo haber sido el contenido real de lo que Jesús les había explicado, en el camino de Emaús, a aquellos dos discípulos, que huían de Jerusalén, discutiendo entre sí, y que el Evangelio resume como “empezando por Moisés y siguiendo por los profetas –que incluyen al rey David, con sus salmos-, les explicó todo lo referente a Él en las Escrituras” (Lc.24,27). Y suponiendo que ese fuera, también, el tema de la conversación de Jesús con Moisés, representante de la Ley, y Elías, representante de los Profetas, durante su Transfiguración en el monte Tabor (cf. Mt.17,1-13), comencé a investigar al respecto y hallé cientos de profecías sobre el Mesías de Dios, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, algunas de las cuales nos suelen pasar desapercibidas, sin que, por ello, sean menos importantes.

Un pista muy práctica en este sentido me vino de la mano de San Juan Evangelista, el “Discípulo Amado” y testigo presencial de prácticamente todos los hechos relevantes de la vida pública de Jesús, quien dice de sí mismo: “Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y el que escribió esto, y sabemos que su testimonio es verdadero” (Jn.21,24) “y él sabe que dice la verdad, para que vosotros también creáis” (Jn.19,35). Y añade: “Muchas otras señales hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no están escritas en este libro” (Jn.20,30), “que si se escribieran con detalle, pienso que ni aun el mundo mismo podría contener los libros que se escribirían” (Jn.21,15), “pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que al creer, tengáis vida en su nombre” (Jn.20,31).

Por eso, le tocó “ir al grano”, aquilatando lo fundamental, al seleccionar aquellas señales que sí escribió, como las más demostrativas de que Jesús era el Mesías prometido. La clave de todo estaba en Moisés, en quien él se inspiró a la hora de trazar las líneas maestras de sus dos relatos escritos: su Evangelio y el Apocalipsis; una clave recogida de labios del propio Jesús, cuando dijo a los fariseos: “Examináis las Escrituras porque vosotros pensáis que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Jn.5,39-40)… “No penséis que yo os acusaré delante del Padre; el que os acusa es Moisés, en quien vosotros habéis puesto vuestra esperanza –y no en Jesús, como el Mesías-. Porque si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero si no creéis sus escritos, ¿cómo creeréis mis palabras?” (Jn.5,45-47).

Además, Jesús mismo se la había dicho a ellos, recién resucitado, cuando se les apareció en el cenáculo: “Esto es lo que yo os decía cuando todavía estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo que sobre mí está escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”. “Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas” (Lc.22,44-48). Algo que repetirá, también, el Apóstol Felipe, al encontrar a Nataniel bajo la higuera: “Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, y también los profetas, a Jesús de Nazaret, el hijo de José” (Jn.1,45) y San Pablo, en su primera Carta a los Corintios: “Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (I Cor.15,3-4). ¡Comencemos!

RELATO

Jesús se aparece en un altozano del camino, justo detrás de dos ruidosos viajeros que van de camino, ataviado de la misma manera en que se le apareció a María Magdalena, aquella misma mañana, pero el bordón de peregrino, que ahora lleva en la mano, le confiere más el aspecto de un aguerrido viajero de largos caminos que el de un gentil hortelano. Jesús acelera el paso hasta alcanzarlos y, al llegar a su altura, haciéndose el encontradizo, les saluda y les pregunta: “¿De qué discutís, tan encendidos, a estas horas de la tarde, mientras vais de camino?” Ellos, sorprendidos, se paran en seco y enmudecen, como si los hubieran descubierto haciendo algo malo y, encogidos de miedo, no se atreven ni a mirar. Jesús vuelve a hablar, para inspirarles confianza, y se sitúa delante de ellos, para que vean que nada tienen que temer, y, sonriendo, les repite su saludo y la pregunta.

Entonces, el primero de ellos, suspira aliviado y, tartamudeando, todavía, por el susto, le responde visiblemente entristecido: “De Jesús de Nazaret, un gran profeta, que hacía las obras de Dios en medio del pueblo y de cómo terminó” y, después, se hace un largo silencio. Jesús les pregunta: “Ya, ¿y cómo terminó?”. El segundo de ellos, sorprendido, le pregunta a su vez, blandiendo el dedo índice delante de sus ojos: “Perdona nuestra extrañeza, amigo, pero ¿cómo es que vienes del lado de Jerusalén, al igual que nosotros, y no sabes nada de un asunto que es la comidilla de toda la ciudad durante estos días?”… Entonces, interviene, quejumbroso, el primero: “Algunos de los nuestros dicen que prometió volver y, pasados ya tres días, nadie le ha vuelto a ver”. Y el segundo le interrumpe, fastidiado: “¡Y es una pena, porque todos pensábamos que era el Mesías y que, ¡por fin!, ésta vez, iba a ser la buena, pero ya ves…!”. Y el primero contraataca, visiblemente enojado: “Y dime: Ahora, ¿quién liberará a Israel? ¿Eh, eh? ¿Quién lo hará?

Divertido por la avalancha de respuestas, Jesús levanta las manos, pidiendo silencio, y, antes de que discutan otra vez, consigue preguntar: “Sí, sí, pero ¿qué le pasó?” Entonces, el segundo, responde lacónico: “Que los sumos sacerdotes lo entregaron a los romanos, para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron”. Jesús les dice: “Pues si lo mataron, ¿cómo podrá volver?” El primero de ellos reacciona, fastidiado: “Ya te dije antes que algunos decían que prometió volver, pero algo falló, porque ya había resucitado a otros”. Entonces, el segundo, con la mirada pícara y dándole golpecitos con el codo, le dice al primero: “Recuerda que algunas mujeres hablaron del sepulcro vacío y de unos ángeles que le anunciaban resucitado, pero ¿quién puede creer a las mujeres?” Y el primero reacciona, conciliador: “Eso, eso ¿quién puede creer a las mujeres? Nuestros superiores fueron y lo encontraron todo tal como ellas dijeron, pero a Él no le vieron”.

Jesús, sin salir de su asombro, les pregunta: “Y ¿entonces?” El segundo responde tajante: “Entonces, nos despedimos y nos fuimos” y el primero se justifica: “Porque muchos otros lo hicieron antes, ¿eh?” y, el segundo, con voz triste, exclama: “Ya, pero nosotros no sabemos si hicimos bien o no, por eso discutíamos” y el segundo le completa: “Nuestro corazón insiste en que no puede terminar todo así, que debe haber algo más, pero el hecho es que nos vinimos por Él y nos volvemos sin Él. El primero suspira: “¡Aaaay! ¡La vida no será la misma sin Él!”. “¡Y nosotros tampoco!”, le completa el segundo. “¿Cómo nos acostumbraremos a vivir sin Él?”, hipa el primero. “Sí, ya no merece la pena vivir”, le apostilla el segundo. Y, abrazados el uno al otro, se echan a llorar desconsolados por tan terrible desgracia, ante la mirada atónica de Jesús, que, conmovido por la simplicidad de aquellos dos discípulos y por todo lo sucedido en apenas tres minutos, estalla divertido, meneando la cabeza: ¡Oh Dios, vuestra falta de fe, cuánto os hace sufrir!… Pero ¡qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas!… ¿No era necesario que el Mesías padeciera todo esto y entrara así en su gloria?” (Lc.24,25-26)…. ”¡Si le hubierais creído a Moisés, le habríais creído al Mesías, pues del Mesías escribió Moisés!” (cf. Jn.5,46).

Entonces, uno de ellos, interrumpiendo, súbitamente, su llanto, se suelta de su compañero y, de un manotazo, se seca las lágrimas, para encararse con aquel desconocido y espetarle, dedo en ristre: “¡Anda ya, listillo! ¡Hace un rato no sabías nada sobre el tema! y, ahora, fingiendo saberlo todo, ¿pretendes darnos lecciones para avergonzarnos?… A ver, jovencito: ¿Qué es lo que Moisés escribió sobre el Mesías, que únicamente lo hayas entendido tú?” Y Jesús, poniéndole las manos sobre los hombros, para tranquilizarlo, les invita a seguir el viaje, pues atardece: “Amigos, no era mi intención molestaros, pero sigamos caminando mientras hablamos”, después prosigue: “Creo firmemente que cuando Dios le dijo a Moisés: “Yo suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a ti; pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande. Si alguno no escucha mis Palabras, las que ese profeta pronuncie en mi nombre, yo mismo le pediré cuentas de ello” (Deut.18,18-19), se estaba refiriendo al Mesías de Israel, a vuestro Jesús de Nazaret, quien vendría a ser como un segundo Moisés, en cuanto a su autoridad profética, pero el principal de todos los profetas que Dios ha enviado al mundo y el representante de todos ellos, pues el Mesías es, realmente, “el Hijo de Dios vivo” (Mt.16,16)”.

Gratamente complacidos por lo que acaban de escuchar, mirando hacia él y agradecidos por sus palabras, los dos vuelven a sonreír, mientras uno de ellos exclama: “¡Ahí va, ese detalle se nos había escapado! Él solía decir: “Si alguno oye mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien le juzgue: la Palabra que yo he hablado, ésa le juzgará el último día; porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre, que me ha enviado, me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí.” (Jn.12,47-50)”. Y el otro dice: “¡Es verdad! Las mujeres nos dijeron que el centurión romano, después de atravesarlo con su lanza, se arrodilló ante Él y dijo: “Verdaderamente, este hombre era el Hijo de Dios” (Mc.15,39; Mt.27,54). Después, volviendo a entristecerse, le pregunta: “Pero, ¿por qué, siendo el Mesías, tenía que morir y de esa manera? ¿Dónde estaba escrita tal cosa?” Jesús le mira compasivo y responde con ternura: “En la Ley y los Profetas, en las Sagradas Escrituras” y ellos, deteniéndose de golpe, le miran entre perplejos y asustados; nunca antes habían oído decir tal cosa. Uno de ellos acierta a decir: “¿Co-cómo así? Siempre hemos creído que el Mesías no podía sufrir ni morir” y Jesús le responde: “Eso es porque, a pesar de que reconocéis a Isaías como el profeta del Mesías, en vuestras sinagogas jamás leéis su poema sobre el “siervo sufriente” de Yahvéh (cf. Is.53), que se refiere a los padecimientos del Mesías”.

Y Jesús, viéndolos desolados, como ovejas que no tienen pastor, comienza a instruirlos para infundirles esperanza: “Os dije que todo comenzaba con Moisés, pues, con él, Dios instituyó la costumbre del Cordero Pascual, como prefiguración, preparación y entrenamiento para la llegada del verdadero Cordero Pascual: el Mesías, vuestro Jesús. Fue a Moisés a quien Dios le encargó muchas de las cosas que vivís actualmente y que los fariseos no han desvirtuado, todavía, con su levadura de preceptos humanos, que alejan de Dios y no salvan. La sangre del cordero sin mancha ni defecto es derramada, desde entonces, como propiciación por los que tienen pecado, y recibe la muerte sustitutoria que ellos habrían merecido por sus pecados. Tal fue el papel de vuestro Jesús, sólo que Él, como Mesías, tenía, realmente, la capacidad de perdonar los pecados del mundo”.

Sí –contesta uno de ellos-, el sumo sacerdote llegó a decir que convenía que muriera uno por todo el pueblo y, más tarde, que cayera su sangre sobre nosotros y nuestros hijos”. “Ya veis –responde Jesús-, describe perfectamente la misión propiciatoria del Cordero Pascual. ¿Y no lo declaró, previamente, sin mancha, para poderlo sacrificar, conforme a la Ley?”. “No –responde el otro- ese honor le correspondió a Pilato, el único que mencionó que no encontraba delito en Él, antes de mandarlo a padecer, aunque había querido evitarlo”. Y Jesús dice: “Ya veis, ¿que más pruebas queréis de que vuestro Jesús era, realmente, el Cordero de Dios y tenía que morir para expiar los pecados de muchos y alcanzaros la salvación, conforme decían las Escrituras (cf.1Co.15,3)?: La sangre de aquellos primeros corderos salvó a los israelitas en Egipto, pero la Sangre de este divino Cordero salva a todos los hombres, en todo el mundo y en todas las edades del mundo, y de una vez para siempre”.

Más tarde, Dios concedió a David, el Rey-Profeta Mesiánico, una visión especial de la Pasión del Mesías, a partir de la cual compuso un salmo (cf. Sal. 22), en el que describía, con todo lujo de detalles, la pasión y muerte del Mesías, pero también su victoria. Un salmo que todos recitáis sin entenderlo, pero que Él recitaría desde la cruz, con todo conocimiento de causa, pues hablaba de su pasión”. Ellos escuchan atónitos, sin dar crédito a sus oídos, pero Jesús los saca de su ensimismamiento, al preguntarles: “Decidme una cosa: En algún momento de su pasión, Jesús llegó a decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?””. Ellos se miran asombrados y se dicen entre murmullos: “¡Ay va! ¿Cómo sabe eso?”… “¡Era un secreto!”. Al fin, uno le responde nervioso: “Ssssí… Verás, las mujeres que estaban al pie de la cruz nos dijeron que estaban escandalizadas de que, precisamente Él, se quejara contra Dios y dijera aquellas cosas en la cruz”. Jesús les responde: “¡Ja, ja, ja! ¡Para nada! Vuestro Jesús estaba orando a su Padre desde la cruz” Y el otro, volviendo a menear su dedo, pregunta asombrado: “¿Y tú cómo lo sabes, señor burlón, si no estabas allí?” Jesús, le responde tranquilizador: “¿Sabéis cómo empieza ese salmo? ¿No? Os lo recordaré: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás lejos de mi clamor y mis gemidos? Te invoco de día, y no respondes, de noche, y no encuentro descanso; y sin embargo, tú eres el Santo, que reinas entre las alabanzas de Israel” (Sal.22,2-4). Luego, Jesús, el Mesías, no estaba desesperado ni quejándose a Dios ni rebelándose contra Él, sino que estaba rezando desde la cruz el salmo que, proféticamente, había compuesto para Él, el Rey David, cientos de años atrás”.

Como no hay más protestas, Jesús continúa: “Y, precisamente, en ese salmo el Rey David profetiza que las manos y los pies del Mesías serán “traspasados” (cf. Sal.22,16;Jn.20,25), que no se le romperá ni un solo hueso (cf. Sal.22,17; Sal.34,21; Jn.19,33) y que se repartirán su ropa y echarán a suertes su túnica (cf. Sal.22,18; Mt.27,35). Incluso, en otro salmo, el Rey David concretará que el Mesías será traicionado por un amigo (Sal.41,9). Es más, el profeta Zacarías anuncia que será vendido por 30 monedas de plata (Zac.11,13), que, cuando sea herido, le abandonarán sus discípulos (Zac.13,7;Mt.26,31) y que todos mirarán al que traspasaron (Zac.12,10). Decidme, por favor, si fue así”. Y ellos, cada vez más sorprendidos, se preguntan: “¿Cómo puede saber todo eso, sólo por las Escrituras: la traición de Judas, las negaciones de Pedro, el abandono de todos en Getsemaní?” y se limitan a asentir con la cabeza. “Ya veis, vosotros mismos sois testigos de que ni disparato ni miento”.

Entonces, el primero de ellos vuelve a la carga con otra pregunta: “Así que fue clavado y muerto en la cruz por nuestros pecados, pero ¿y la lanzada del soldado, cuando Él ya estaba muerto? ¡Eso no entraba en las Escrituras!”. Y Jesús le responde: “Me temo que sí, pues él debía ser degollado como los demás corderos y derramar su Sangre en sacrificio de expiación: “Mirarán al que traspasaron” (Zac.12,10), ¿os acordáis? Y no sólo con los clavos (cf. Sal.22,16), con la lanza, también: “No se le quebrará un solo hueso” (Sal.22,17;34,21), ¿recordáis? Eso le evitó el “crucifagio” romano, que le rompieran las piernas, cumpliéndose la profecía”. “Ya –vuelve a arremeter-, pero ¿dónde figura esa lanza?”.

Jesús, comprendiendo que está impactado por aquel acontecimiento, le responde con ternura: “Amigo, para eso hemos de volver, otra vez, al desierto con Moisés y situarnos en el monte Horeb, junto a la roca en forma de corazón humano, que domina el lugar. Dios le pidió a Moisés que golpeara aquella roca una sola vez, para que saliera agua con la que lavar y dar de beber a todo el Pueblo de Dios”. El otro, con cara de extrañeza, le responde: “No sé adónde quieres llegar, señor”. Y Jesús le dice: “A que el soldado, con su lanza, golpeó el Corazón de la Roca, que es Cristo, el Cordero de Dios, para que de su costado saliera Sangre –para sellar el pacto- y Agua –con la que lavar el pecado de su Pueblo y satisfacer su sed-“. Ya sin argumentos, aquel discípulo, refunfuña: “Ya, pero Moisés golpeó la roca dos veces y no una, como el soldado”. Y Jesús le replica: “Por eso Dios le castigó sin entrar en la tierra prometida, pues su falta de fe, había estropeado aquel gran signo de Dios para su Pueblo”.

El primero de ellos pregunta, entonces: “¿Quieres decir que sufrió todo lo que sufrió, hasta morir en la cruz, sólo porque estaba escrito? Y Jesús le responde: “No, claro que no, murió por Amor: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn.15,13) y Él la entregó libremente (cf. Jn.10,18), y por un Designio de Amor: “Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único para salvar al mundo” (Jn.3,16). Pero ese designio de amor fue comunicado a los profetas, pues “nada hace Dios sin comunicárselo a sus siervos los profetas” (cf. Am.3,7), y fue puesto por escrito, para que lo reconocierais cuando aconteciera”. Entonces, el otro suspira: “Ya… ¡Cuesta creerlo! ¿Verdad?… Y nosotros no supimos entenderle”, y después pregunta: “Él dijo muchas veces que aún no había llegado su hora. Entonces,… ¿aquélla era “su hora”?” Y Jesús le responde: “Sí, y no era sólo “su hora”, sino, también, “su lugar” y “la manera””.

Como ve que no le han entendido, Jesús prosigue: “Me explicaré: Tras el pecado de nuestros primeros padres, con un resultado de muerte, para ellos y para todos sus descendientes, antes de sacarlos de Edén, Dios le hizo una promesa a la mujer: “Pondré enemistad entre ti y la serpiente, entre tu estirpe y la suya, y uno de tu descendencia le pisará la cabeza a la serpiente cuando ella aceche su calcañar” (cf. Gén.3,15); Él hacía referencia a una nueva Eva y a un nuevo Adán, nacido de Ella: El Mesías, con los que todo se restauraría, por su obediencia y sacrificio.

Pasaron los siglos y Dios eligió a un habitante de Ur de los Caldeos, llamado Abraham, en cuya descendencia había depositado ya la Promesa y la Semilla de Bendición para todos los pueblos de la Tierra, y le pidió que le sacrificara a su único hijo, el hijo de la Promesa; como Abraham no se lo guardó para sí, sino que, agradecido a Dios y creyendo en Él, se dispuso a sacrificar a su único hijo, Dios se lo impidió, pero quedó marcado el Lugar: el monte “Moria”, al que Abraham llamó “Dios-proveerá” y que hoy, tras las secuelas dejadas por la cantera para el Templo, llamáis “Gólgota”; y, también, la Ofrenda para el sacrificio: un cordero, como víctima sustitutoria y expiatoria: su propio Hijo único, el Mesías”. Entonces, uno de ellos exclama: “¡Ajá! es verdad, el “Discípulo amado” nos contó que, cuarenta días después de su bautismo en el Jordán, cuando Jesús regresaba de su experiencia en el desierto, Juan el Bautista lo había señalado y les había dicho: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”  (Jn.1,29)”. Y Jesús, sorprendido por aquella asociación de ideas, responde: “Ya veis”.

Después prosigue: “Más adelante, en la travesía del desierto, Dios habló a Moisés y le pidió que fabricara un estandarte de bronce, en forma de serpiente abrasadora, y lo alzara en el desierto, para que los mordidos de serpiente, al mirarlo con fe, sanaran de sus mordeduras y no murieran; y así quedó fijada la Forma: La cruz (cf.Jn.3,14; Jn.12,34), para que los mordidos por el pecado, al mirar con fe a la Víctima divina, no murieran, sino que tuvieran vida eterna: “Mirarán al que traspasaron” (Zac.12,10), ¿recordáis?”. Entonces, interviene el otro: “Sí, Nicodemo nos contó que, una noche, había ido a escondidas a ver a Jesús, y que Jesús le había dicho que “cuando el Hijo del Hombre sea elevado, atraerá a todos hacia sí y sabréis que “Yo soy”” (Jn.8,28). Él mismo nos dijo que, en el Calvario, al mirar el título de la cruz y juntar los acrónimos: “INRI”, para el latín, “INBI”, para el griego y “YHWH”, para el hebreo (cf. Jn.19,19-20),… sí, “Yahvéh” = “Yo soy”, el Nombre de Dios, sobre la cabeza de Jesús, lo comprendió todo y aquello hizo caer el último bastión de dudas en su corazón, y allí mismo le declaró su Rey y Señor, pero como ya era tarde para decírselo, pues Jesús ya había expirado, no se le ocurrió mejor modo que comprar unas 100 libras -más de 30 kilos- de mistura de mirra y áloe, para embalsamar su cuerpo (cf. Jn.19,39), que, según él, era lo establecido legalmente para enterrar a un Rey de Israel”. Jesús trata de disimular su emoción ante la noticia de la conversión del viejo Doctor de la Ley, cuando es asaltado con otra pregunta: “¡Ya!, pero, Maestro… ¡Uy, perdón!… Señor caminante: Ya tenemos el lugar, la víctima y la manera, pero sigues sin hablarnos de “la hora”, ¿por qué en la Pascua?”.

Jesús le responde, divertido: “Tienes razón, todavía no he respondido a la pregunta principal. Pues veréis, a mayores de la promesa que Dios le hizo a Moisés de suscitar un profeta como él en el futuro (cf. Deut.18,18-19), también le pidió que instituyera unas festividades, que habrían de celebrarse a perpetuidad y que Dios se reservaría para sí mismo (cf. Lev.23), de manera que sirvieran como entrenamiento y preparación para futuros acontecimientos (cf. Col.2,16-17) relacionados con el Mesías, pues el propio Mesías habría de cumplirlas, participando en ellas, tras su venida. Como bien sabéis, hay dos tipos de “Fiestas de Yahvéh”, que son, también, “Fiestas del Mesías”, reservadas por Dios para sí mismo: Las cuatro “Fiestas de Primavera”, de las que vuestro Jesús ha cumplido ya las tres primeras, como “Mesías sufriente”, recordad al profeta Isaías y su “siervo sufriente” (cf.Is.53), en ésta su primera venida, y las tres “Fiestas de Otoño”, que Jesús cumplirá en su segunda venida, como “Mesías reinante”, al final de los tiempos”.

Jesús trata de no hacer mucho caso de las caras de no entender que acaban de poner; piensa: “Lo entenderán más tarde” y prosigue: “Así, vuestro Jesús, el Cordero de Dios sin mancha, murió en la “Fiesta de Pascua” (“Pesaj”), junto con el cordero pascual y todos los demás corderos sacrificados en el Templo -ahí tenéis fijada la Fecha, incluso la Hora-; fue enterrado en la “Fiesta de los Panes Sin Levadura” (“Hag Ha-Matzah”), pues el Cordero de Dios, con su muerte, removió la levadura del pecado; resucitó en la “Fiesta de las Primicias del Centeno” (“Bikkurim”), como primicia de la humanidad redimida; y, pasada la “Fiesta de las Semanas”, en la “Fiesta de las Primicias del Trigo” (“Shavuot”), que los judíos de lengua griega llaman “Pentecostés”, por haber pasado cincuenta días; en ese día, el mismo en que Moisés recibió la Ley del Sinaí, se derramará la Fuerza que viene de lo Alto y recibiréis la nueva Ley, el nuevo Abogado, Defensor y Consolador, el Espíritu de la Verdad, que os conducirá a la Verdad plena y os hará libres”. Pero, por las caras que ponen, el mismo Jesús se da cuenta que aquel último dato también les sobrepasa, pues no han probado, todavía, la experiencia de verle resucitado, aunque ya les había hablado de ello en aquella última cena: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor. En cambio, si me voy, os lo enviaré” (Jn.16,7).

Y así, caminando y hablando, sin darse cuenta, han llegado a Emaús y uno de ellos, señalando con el dedo, dice: “¡Mirad! Ya se divisan las primeras casas, pero aún nos queda tiempo para una pregunta. Por favor, caminante, sácanos de la angustia: Si estaba profetizada su muerte, ¿también estaba profetizada su resurrección?”. Y Jesús les responde con alegría desbordante: “Pues, ¡claro! Ja, ja, ja. Haber empezado por ahí. El Rey David tiene un salmo donde anuncia: “Porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea la corrupción” (Sal.16,10); el mismo salmo que antes describía su pasión, ahora nos habla de su victoria: “¡Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré!” (Sal. 22, 23), y el propio Isaías, al final de ese capítulo que jamás leéis en las sinagogas, proclama que el Mesías verá linaje, que Dios Padre prolongará sus días y que verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho (cf. Is.53,5-11). Como veis, vuestro Mesías, a estas horas, debe estar más que resucitado, ¡hombres de poca fe!”. Y se ríen los tres, aunque, por dentro, los dos siguen pensando: “Sí, ¿pero dónde está?, ¿por qué no le vemos?”.

¡El tiempo se nos ha hecho un suspiro! -exclama uno de ellos- ¡Qué forma de hablar, pareces un doctor de la Ley!”. Y el otro, con la voz entrecortada, dice: “¡Es verdad, hablas como un “rabi!”, hablas como… como…”. “¡Como el Maestro! –le completa el primero- o como si conocieras profundamente al Maestro. Dinos, caminante: ¿Quién eres tú, realmente?”. Pero Jesús no le responde y, despidiéndose gentilmente, hace ademán de seguir su camino. Entonces, el primero, reteniéndole por la ropa, le dice visiblemente emocionado: “No nos dejes así, caminante, te lo suplico, pues tus palabras apaciguan nuestros corazones, haciendo renacer en nosotros la esperanza, y son un bálsamo para nuestras almas, que cicatrizan la tristeza y sanan nuestra frustración, al sanar nuestros recuerdos… Si fueras Él, diría que tus palabras son de vida eterna” (cf.Jn.6,68). Entonces, el otro, interponiéndose en su camino y señalando hacia la puerta, prosigue: “Quédate con nosotros esta noche; mira que ya es muy tarde y está para anochecer” (cf. Lc.24,29)Cena al menos con nosotros y déjanos pagarte, de alguna forma, todo el bien que hoy nos has hecho, antes de proseguir tu camino, oh viajero”.

Y Jesús, que lo está deseando, pone cara de: “Bueeeno, vaaale; pero solo un poco” y se queda con ellos a cenar. Los dos le invitan, entonces, a bendecir el pan para la cena y Jesús lo hace como siempre lo ha hecho, es decir, con una oración y bendición al Padre, como nadie jamás sabría hacerla, excepto Él, rompiendo el pan en dos mitades, con sus manos traspasadas por dos rubíes centelleantes, dándole la mitad a cada uno. En ese momento reaccionan y comprenden: “Mirarán al que traspasaron” (cf. Zac.12,10), pero Jesús ya no se deja retener más y desaparece de su lado, ante sus ojos de sorpresa y su sonrisa de alegría, mientras sus corazones, repicando a Pascua, con sus enormes latidos, están a punto de estallar de felicidad. Por fin, cuando se reponen un poco de la sorpresa y la emoción, ambos aciertan a decir, tartamudeando al unísono: “No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?” (cf. Lc.24,32)… Y el primero de ellos dice: “¿No fue eso lo que nos hizo retenerle un poco más y decirle, como Pedro, aquella vez, que tenía palabras de vida eterna (cf. Jn.6,68)?” y el segundo le responde: “¿No fue eso lo que nos hizo gozar cuando aceptó nuestra invitación a bendecir nuestro pan y compartir nuestra mesa?

Y, de común acuerdo, no comen la mitad del pan que Jesús les ha entregado, sino que, cada uno la envuelve, cuidadosamente, en un lienzo limpio y la guarda con veneración en su zurrón de viaje, como una preciosa reliquia de su encuentro con Jesús y prueba de su Resurrección para los hermanos que todavía estén en el Cenáculo, que permita reunir nuevamente a todos los discípulos de Jesús, que decepcionados, se dispersaron tras su muerte, tal como ellos mismos hicieron, y, en plena noche, salen corriendo hacia Jerusalén, encontrando milagrosamente abierta la puerta de la muralla, pudiendo pasar el retén de guardia de la puerta sin ser notados y sin que ninguna ronda de guardia les moleste en su deambular por las callejas que llevan al cenáculo, como si fueran invisibles, a pesar del toque de queda. Y una vez reunidos con María, los apóstoles y los demás hermanos, los de Emaús comienzan a dar su testimonio y, al sacar de sus zurrones las dos mitades del Pan eucarístico, las desenvuelven con veneración, delante de todos, como prueba de lo que dicen, y, al juntar ambas mitades, Jesús resucitado, saliendo de ese Pan, se aparece en medio de ellos, lleno de gloria y majestad, y les dice: “Paz a vosotros” (Lc.24,36).

¿FIN?…

¡Lo dudo!

P. Juan José Cepedano Flórez CMM.

A todos los que, habiendo probado, desandan sus pasos y se convierten en testigos.

+ Salamanca, 28 de Marzo de 2021, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor.

© Imágenes tomadas de Internet.


22
Mar 21

PERSONAJE INVITADO: P. RANIERO CANTALAMESSA OFMCAP: “El Espíritu Santo, alma de la misión”


P. Raniero Cantalamessa, ofmcap
© OMP España / Camino Católico

1.- EL MEDIO Y EL MENSAJE:

 

Si yo quiero difundir una noticia, el primer problema que se me plantea es con qué medio transmitirla: ¿con los periódicos?, ¿la radio?, ¿la televisión? El medio es tan importante que la moderna ciencia de las comunicaciones sociales ha acuñado el eslogan: «El medio es el mensaje» (The mediums is the message) [1].

Ahora bien, ¿cuál es el medio primordial y natural de transmisión de la palabra? Es el aliento, el soplo, la voz. Él toma, por así decirlo, la palabra que se ha formado en el secreto de mi mente y la lleva hasta vosotros. Los demás medios no hacen más que potenciar y amplificar este primer medio del aliento o de la voz. Incluso la escritura viene después y presupone la viva voz, puesto que las letras del alfabeto no son más que signos que representan sonidos.

También la palabra de Dios sigue esta ley. Se transmite por medio del aliento, de un soplo. ¿Y cuál es, o quién es, el soplo o el Ruah de Dios, según la Biblia? Lo sabemos: ¡es el Espíritu Santo! ¿Puede mi aliento animar vuestra palabra, o vuestro aliento animar la mía? No. Mi palabra sólo puede ser pronunciada con mi aliento y la vuestra, con el vuestro. Así, de forma análoga, se entiende, la palabra de Dios: sólo puede ser animada por el soplo de Dios que es el Espíritu Santo.

Esta es una verdad sencillísima y casi obvia, pero de consecuencias inmensas. Es la ley fundamental de todo anuncio y de toda evangelización. El Espíritu Santo es su verdadero y esencial medio de comunicación, sin el cual no se percibe más que el revestimiento humano del mensaje. Las palabras de Dios son «Espíritu y vida» (cf. Jn.6,63) y, por tanto, no se pueden transmitir ni acoger si no «en el Espíritu».

Esta ley fundamental es la que vemos en acción, concretamente, en la historia de la salvación. Jesús comenzó a predicar «impulsado por el Espíritu Santo» (Lc.4,14ss). Él mismo declaró: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a llevar la buena nueva a los pobres» (Lc.4,18).

Después de la Pascua, Jesús exhortó a los apóstoles para que no se alejaran de Jerusalén hasta que no hubieran sido revestidos de la fuerza de lo alto: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros para que seáis mis testigos» (Hch.1,8). Todo el relato de Pentecostés sirve para poner de manifiesto esta verdad. Llega el Espíritu Santo y he aquí que Pedro y los demás apóstoles, en voz alta, comienzan a hablar de Cristo crucificado y resucitado y su palabra tiene tanta fuerza que tres mil personas sienten que les traspasa el corazón.

El Espíritu Santo, venido sobre los Apóstoles, se transforma en ellos en un impulso irresistible para evangelizar. San Pablo llega a afirmar que sin el Espíritu Santo es imposible incluso proclamar que Jesús es el Señor, que es la forma más elemental y el principio mismo de todo anuncio cristiano. Sin el Espíritu Santo – dice san Agustín –, grita al vacío: «Abba», quien lo grite [2], y sin el Espíritu Santo, grita en vano: «¡Jesús es el Señor!», quien lo grite. San Pedro define a los apóstoles como «aquellos que han anunciado el Evangelio en el Espíritu Santo» (1Pe.1,12). Con la palabra «Evangelio» indica el contenido y con la expresión «en el Espíritu Santo» indica el medio o el método del anuncio.

Sin embargo, nadie podrá expresar jamás el nexo íntimo que existe entre la evangelización y el Espíritu Santo mejor de cómo lo hizo el mismo Jesús la noche de Pascua. Al aparecerse ante los apóstoles en el cenáculo, les dijo: «Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros. Después sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”» (Jn.20,21-22). Al dar a los apóstoles el mandato de ir a todo el mundo, Jesús les confirió,  también, el medio para poderlo realizar –el Espíritu Santo–, y lo confirió, significativamente, con el signo del soplo, del aliento.

He desarrollado estas reflexiones teológicas sobre el papel del Espíritu Santo en la evangelización —como se habrá notado— con prisas, sucintamente, porque, en realidad, lo que más me apremia es desarrollar el segundo punto: qué hacer, en concreto, para obtener el Espíritu Santo en nuestra evangelización; cómo hacer para ser, también nosotros, revestidos de la fuerza de lo alto, como en un «nuevo Pentecostés». Destacaré dos medios que considero esenciales para este propósito: oración y rectitud de intención. Lo que digo no se aplica sólo a la evangelización, sino que implica todo nuestro ministerio pastoral, por lo cual creo que nos interpela a todos, incluso a quien no está ocupado en la predicación en sentido estricto.

  1. ORACIÓN:

Es fácil saber cómo se obtiene el Espíritu Santo para la predicación. Es suficiente ver cómo lo obtiene Jesús y cómo lo obtiene la misma Iglesia el día de Pentecostés. Lucas describe el acontecimiento del bautismo de Jesús de la siguiente manera: «Mientras Jesús estaba orando, se abrió el cielo, descendió el Espíritu Santo sobre él» (Lc.3,21-22). «Mientras estaba orando»: se diría que, para san Lucas, fue la oración de Jesús la que abrió los cielos e hizo descender al Espíritu Santo. No mucho después, en el mismo Evangelio de Lucas, leemos: «Mucha gente acudía para oírlo y para que los curase de sus enfermedades. Pero él se retiraba a los lugares solitarios para orar» (Lc.5,15-16). Ese «pero» adversativo es muy elocuente; crea un contraste especial entre las multitudes que apremian y la decisión de Jesús de no dejarse arrastrar por las multitudes renunciando a su diálogo con el Padre.

La tradición evangélica se ha preocupado de transmitirnos únicamente las noticias sobre la oración personal de Jesús; pero todo hace pensar que, junto a esta oración personal o privada, en la jornada de Jesús, existía la oración común a todos los israelitas piadosos, prevista en tres horas establecidas: al salir el sol, por la tarde durante el sacrificio en el templo, y por la noche, antes de dormir. ¡También Jesús ha recitado la liturgia de las horas! Por tanto, la oración fue una especie de telón de fondo ininterrumpido en la vida de Jesús, como un tejido continuo en el que todo se empapa.

Si, desde Jesús, pasamos ahora a la Iglesia, notamos lo mismo. El Espíritu Santo, en Pentecostés, vino sobre los apóstoles mientras ellos hacían «constantemente oración en común» (Hch.1,14). Lo único que podemos hacer en relación con el Espíritu Santo, el único poder que tenemos sobre él, es invocarlo y rezar. No hay otros medios. Pero este medio «débil» de la oración y de la invocación es, en realidad, infalible: «¡Cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes le pidan!» (Lc.11,13). Dios se ha comprometido a dar el Espíritu Santo a quien ora.

No es suficiente la oración personal; se necesita también la de toda la comunidad. He experimentado muchas veces que la palabra de Dios ama venir sobre el anunciador cuando está en oración con una comunidad. Una vez estaba buscando una palabra para proclamar durante la predicación que hago todos los años el Viernes Santo, en la Basílica de san Pedro, en presencia del Papa. En un grupo de oración, un hermano leyó el fragmento de Flp.2. Al oír las palabras «toda rodilla se doble», una luz. Como si alguien me hubiera dicho: Ésta es la palabra que debes proclamar. Así hice y se reveló verdaderamente, por los frutos, como palabra de Dios.

Creo que no hay don más precioso para un anunciador o un pastor de almas que tener a su alrededor a un grupo de personas con las que orar con sencillez, como hermanos entre hermanos, sin distinciones de grado, de jerarquía. Tal y como estaban los apóstoles con las mujeres y los discípulos en el cenáculo, antes de salir por las calles de Jerusalén. Después, cuando están ante el pueblo, los apóstoles retoman sus vestiduras de apóstoles y su autoridad. En Hch.4 se ve cómo está la comunidad en oración, con la fuerza de los carismas que se manifiestan en ella, que devuelve el valor a los apóstoles Pedro y Juan, amenazados por el Sanedrín e inseguros sobre qué hacer, de forma que vuelven a anunciar con franqueza (parresia) a Cristo.

El esfuerzo para una evangelización mundial está expuesto a dos peligros principales. Uno es la inercia, la pereza, el no hacer nada y dejar que los demás hagan todo. El otro es lanzarse a un activismo humano febril y vacío, con el resultado de perder poco a poco el contacto con la fuente de la palabra y de su eficacia. Esto también sería lanzarse al fracaso. Cuanto más aumenta el volumen de la evangelización y de la actividad, más debe aumentar el volumen de la oración.

Se objeta: esto es absurdo: ¡el tiempo es el que es! De acuerdo. Pero, ¿quién ha multiplicado los panes, no podrá acaso multiplicar también el tiempo? Por lo demás, es lo que Dios hace continuamente y lo que experimentamos cada día. Después de haber rezado, se hacen las mismas cosas en menos de la mitad de tiempo. También se dice: ¿Cómo estar tranquilos rezando, como no correr, cuando la casa se quema? Esto también es verdad. Pero imaginad lo que le ocurriría a un equipo de bomberos que corriera a apagar un fuego y después, una vez en el sitio, se diera cuenta de que no tienen con ellos, en los depósitos, ni una sola gota de agua. Así somos nosotros cuando corremos a predicar sin orar. No es que falte la palabra; por el contrario, cuanto menos se reza, más se habla, pero son palabras vacías, que no traspasan el corazón de nadie. Palabras «inútiles».

Jesús dijo una frase que siempre ha hecho temblar a los cristianos: «De toda palabra ociosa que digan los hombres darán cuenta el día del juicio» (Mt.12,36). ¿Qué quiere decir palabra «ociosa»? ¿Tal vez palabra inútil, palabra mala, o calumnia? Los textos paralelos (cf. Mt.7,15-20) permiten comprender que Jesús quiere hablar aquí de los falsos profetas que hablan en nombre propio. El término griego, que se traduce normalmente por «inútil», u «ocioso», significa literalmente «ineficaz, estéril, que ni crea ni produce nada» (argon). Por tanto, palabra vacía, estéril. Lo contrario de la palabra de Dios que se define, con frecuencia, en la Biblia como enérgica (energes), eficaz y creadora (cf. 1Ts.2,13; Hb.4,12).

La famosa palabra «ociosa» de la que los hombres deberán dar cuenta en el día del juicio no es, por tanto, cualquier palabra ociosa; es la palabra inútil, vacía, pronunciada por quien debería pronunciar las enérgicas palabras de Dios. Es, en resumen, la palabra del falso profeta, que no recibe la palabra de Dios y que, sin embargo, induce a los demás a creer que es palabra de Dios. El hombre deberá dar cuenta de cada palabra inútil sobre Dios. He aquí el sentido de la grave advertencia de Jesús.

«Evita las palabrerías profanas», decía san Pablo a su discípulo Timoteo (2 Tim.2,16). ¡Cuántas conversaciones profanas las confundimos con palabra de Dios! En medio del torbellino de palabras inútiles y puramente humanas que salen de la Iglesia, el mundo ya no percibe la enérgica palabra de Dios y encuentra un buen pretexto para quedarse tranquilo en su incredulidad y en su pecado. Si escuchara la verdadera palabra de Dios, ya no sería tan fácil para el incrédulo escapar diciendo (como hace con frecuencia, después de escuchar nuestras predicaciones): «¡Palabras, palabras, palabras!». La palabra de Dios, leemos en Jeremías, es «como el fuego, como el martillo que deshace la roca» (Jer.23,29).

La evangelización tiene necesidad vital de auténtico espíritu profético. Sólo una evangelización profética puede sacudir al mundo. En el Apocalipsis se lee la siguiente frase: «El testimonio de Jesús es el espíritu de profecía» (Ap.19,10). Como decir: el alma de la evangelización (¡«testimonio de Jesús» equivale a evangelización!) es la profecía. Ahora bien, es precisamente de la oración de donde se saca este espíritu profético.

Hay dos formas de preparar una predicación. Puedo sentarme a la mesa y elegir yo mismo la palabra a anunciar y el tema a desarrollar basándome en mis conocimientos, preferencias, etc., y después, una vez preparado el discurso, ponerme de rodillas para pedir a Dios que le dé fuerza a mis palabras, que añada el Espíritu Santo a mi cultura. Es ya una buena cosa, pero no es el camino profético. Es necesario hacer lo contrario. Primero, ponerse de rodillas y preguntar a Dios qué palabra quiere decir; después, sentarse a la mesa y poner la propia cultura y los propios medios al servicio de Dios para dar cuerpo a esa palabra. Esto lo cambia todo: ya no se trata de una palabra mía, sino de la palabra de Dios; ya no es Dios el que debe hacer suya mi palabra, sino yo quien hago mía la palabra de Dios.

De hecho, Dios tiene, en toda circunstancia, una palabra suya que quiere que llegue a su pueblo. Es la que cambia las cosas, la que se necesita descubrir. Y es seguro que él no falla al revelársela a su ministro, si se la pregunta humildemente y con insistencia. Al principio, se trata de un movimiento casi imperceptible del corazón: una pequeña luz que se enciende en la mente, una palabra de la Biblia que comienza a llamar la atención y que ilumina una situación. Por tanto, una pequeña semilla. Pero, a continuación, te das cuenta de que dentro estaba todo; había un trueno que podría arrancar los cedros del Líbano. Estaba la fuerza del Espíritu Santo. Después te sientas en la mesa, abres tus libros, utilizas tus apuntes, recoges tus recuerdos, consultas a los Padres de la Iglesia, a los maestros, a los poetas… Pero ya es todo distinto. Ya no es la palabra de Dios al servicio de tu cultura, sino tu cultura al servicio de la palabra de Dios. Es ella la que domina y la que está por encima. Entonces, ella libera toda su fuerza.

¿Qué sucede en la oración que sea tan importante como para determinar todo este cambio? Es que con el solo hecho de ponerse en oración, el hombre se somete a Dios, se pone en actitud de obediencia y de apertura en relación con él: «reconoce a Dios su poder» (cf. Sal.68,35). Dios no puede revestir con su autoridad más que a quien acepta su voluntad. De otra forma sería magia, no profecía. Dios —decía el apóstol Pedro para explicar la incredulidad de los jefes del Sanedrín— da el Espíritu Santo «a quienes se someten a él» (cf. Hch.5,32). Lo da a los obedientes.

Hay que morir a uno mismo, dejarse lacerar el corazón, para acoger toda la voluntad del Padre, que es mucho más grande y distinta que la nuestra. Yo estoy persuadido de que existieron muchas noches de Getsemaní en la vida de Jesús, no sólo una. En ellas él luchaba con Dios, pero no para doblegar a Dios a su voluntad, como hacía Jacob en su lucha con Dios, sino para doblegar su voluntad humana a Dios y decir, ante cada nueva dificultad y exigencia: «Fiat, Sí». Después de estas noches, Jesús volvía a predicar a las multitudes y las multitudes decían, llenas de asombro: «¡Habla con autoridad! ¿De dónde le viene esta autoridad?».

¡Claro que hablaba con autoridad! De hecho, hablaba con la autoridad misma de Dios, porque cuando uno se rinde completamente a Dios, entonces, misteriosamente, Dios se rinde a él y le confía su Espíritu y su poder, del que ahora sabe que no abusará para sí mismo y para su gloria, ni para manipular a sus hermanos. Entonces sucede que las palabras que él pronuncia traspasan el corazón. Él mismo experimenta una autoridad que no viene de él. Con este propósito, aconsejo acercarse al sacramento de la reconciliación antes de cada compromiso importante de predicación. Estar libres de pecado sitúa en una especial sintonía con Dios.

 

  1. UNA EVANGELIZACIÓN HUMILDE:

Después de la oración, un medio importantísimo para permitir al Espíritu Santo que obre a través de nuestra predicación y, en general, a través de todo nuestro ministerio pastoral, es la rectitud de intención. El hombre ve lo externo, pero Dios escudriña las intenciones del corazón (cf. 1 Sam.16,7). Una acción vale para Dios lo que vale la intención con que se hace. El Espíritu Santo no puede actuar en nuestra evangelización, si el motivo de la misma no es puro. No puede hacerse cómplice de la mentira. No puede venir a potenciar nuestra vanidad.

Entonces, debemos preguntarnos: ¿por qué queremos evangelizar? ¿Por qué queremos dedicar este milenio a una evangelización mundial? El «por qué» se predica es casi tan importante como el «qué» se predica. Nada ofusca y disminuye tanto el poder de nuestra predicación como la falta de pureza en las intenciones. Hago referencia a dos direcciones en las que es necesario trabajar, sobre todo, para purificar nuestras intenciones: la humildad y el amor.

San Pablo pone de manifiesto que se puede anunciar a Cristo por motivos no buenos y no rectos: «Algunos predican a Cristo por espíritu de envidia y competencia,… por rivalidad» (Flp.1,15-17). Hay dos fines fundamentales por los que predicar a Cristo: o por nosotros mismos, o por Cristo. Consciente de esto, el Apóstol declara solemnemente: «No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo» (2Co.4,5).

Todos sabemos que Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, ha querido crear una antítesis tácita entre Pentecostés y Babel, de forma que presenta la Iglesia como el anti-Babel. Pero, ¿en qué consiste el contraste entre las dos situaciones? ¿Es que en Babel las lenguas se confunden y nadie entiende nada, aun hablando la misma lengua, mientras que en Pentecostés todos se entienden, aun hablando lenguas distintas? La explicación está en la misma Biblia. Está escrito que los constructores de la torre de Babel se prepararon para la empresa diciendo: «Ea, edifiquemos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo. Hagámonos famosos y no andemos más dispersos por la tierra» (Gén.11,4).

¿Habéis oído lo que dicen? «¡Hagámonos famosos!», y no: «¡Hagamos famoso a Dios!». En cambio, en Pentecostés todos entienden a los apóstoles porque ellos «proclaman las grandes obras de Dios» (Hch.2,11). No se proclaman a sí mismos, sino a Dios. Se han convertido radicalmente. Ya no discuten quién de ellos es el más grande, sino que están preocupados sólo de la grandeza y de la majestad de Dios. Están «ebrios» de su gloria. Éste es el secreto de esa conversión en masa de tres mil personas. Por esto los hombres, ante la palabra de Pedro, «sintieron que les traspasaba el corazón». El Espíritu Santo pasaba sin obstáculo a través de su palabra, porque la intención era recta, es decir, «dirigida».

En la antigüedad se creía que los constructores de Babel eran impíos que pretendían desafiar a Dios. Si así fuera, la contraposición juzgaría hoy sólo a los ateos, a los de fuera, y coincidiría con el contraste entre la Iglesia y el mundo. Pero no es así. Hoy sabemos que los constructores de Babel eran hombres piadosos y religiosos. La torre que querían construir era, en realidad, un templo para la divinidad. Era uno de esos templos con terrazas superpuestas, llamados zikkurat, de los que se han encontrado restos en Mesopotamia. El pecado de los hombres de Babel es que construyen un templo «a» Dios, pero no «para» Dios. Lo construyen para hacerse famosos, para su gloria. Instrumentalizan a Dios.

Por tanto, Babel nos juzga a nosotros. La contraposición entre Babel y Pentecostés ocurre dentro de la Iglesia. La evangelización, y este mismo discurso mío, toda iniciativa y actividad pastoral, puede situarse de la parte de Babel o de la de Pentecostés. Cada vez, se pasa del espíritu de Babel al de Pentecostés a través de una conversión del corazón. ¡Nosotros somos capaces de utilizar para nuestra afirmación personal incluso las cosas más santas, incluso el servicio a Dios, incluso a Dios! Somos impíos, podemos admitirlo claramente. ¡Cuál fue mi confusión y sorpresa el día en que, intentando descubrir, a través de los comentarios bíblicos, quiénes pudieron ser, históricamente, los constructores de Babel, de repente, vi con extrema claridad que uno de ellos era yo! Ya no necesitaba la arqueología. Ya no era necesario excavar en las ruinas de Mesopotamia; era suficiente excavar en mi interior, en mi corazón.

Éste es también el camino hacia un auténtico acuerdo ecuménico en la evangelización. Mientras trabajemos para hacernos famosos, o para hacer famoso a nuestro movimiento, a nuestra orden religiosa particular, a nuestra Iglesia o denominación, no podemos más que dividirnos entre nosotros, cristianos, y dejarnos consumir por el espíritu de competición y de rivalidad como, de hecho, ha ocurrido en el pasado. Cuando nos convirtamos a la gloria de Dios y anunciamos juntos sus grandes obras en fraternal concordia, en el respeto escrupuloso a las directrices de la propia Iglesia y con espíritu de humildad y de obediencia, entonces, todos nos escucharán, las personas se sentirán traspasar el corazón. Construiremos verdaderamente la torre que llega hasta el cielo, que es la Iglesia.

La solución es pedir a Dios que nos haga vivir una experiencia ardiente de su gloria, como hizo con algunos profetas. Isaías, al ver la santidad y la gloria de Dios, gritó: «¡Estoy perdido!» (cf. Is.6,5). Ezequiel cayó a tierra como muerto (cf. Ez.1,28). Después de esto pudo pronunciar su: «¡Ahora ve y profetiza a mi pueblo!» Eran hombres nuevos, muertos a la propia gloria, por tanto, libres y tremendos. El mundo está desarmado contra estos hombres. Con ellos no puede poner en práctica su poder de seducción y de lisonja.

Pidamos a Dios que nos conceda una experiencia de este tipo, de forma que enrojezcamos de vergüenza cada vez que nos sorprendamos buscando nuestra gloria personal y no cesemos de luchar y de arrepentirnos. Jesús decía: «¡Yo no busco mi gloria!» (Jn.8,50). Es necesario hacer nuestras estas palabras y repetírnoslas a nosotros mismos. Ellas tienen un poder casi sacramental de realizar lo que significan. Hagamos de ellas nuestro programa secreto. Más aún, os propongo proclamar ahora todos juntos esas palabras de Jesús, como una especie de grito de batalla. Que cada uno diga fuerte, en su propia lengua: «¡Yo no busco mi gloria!». De nuevo: «¡Yo no busco mi gloria!».

Este es un grito que hace temblar las puertas del infierno. Cinco o seis mil sacerdotes que no busquen su propia gloria serían suficientes para convertir, no sólo la Tierra, sino también otros planetas si fuera necesario. Pero recordemos algo: la carcoma de la búsqueda de la propia gloria no muere sin antes probar el leño amargo de la cruz. Aceptar la cruz, determinadas cruces, es el único camino para purificar de verdad nuestras intenciones y convertirnos, también nosotros, como los apóstoles en Pentecostés, en muertos a nosotros mismos y en proclamadores sólo de las grandes obras de Dios.

 

  1. EVANGELIZACIÓN Y COMPASIÓN:

Una vez quitado de en medio el obstáculo principal, que es la búsqueda de uno mismo, no estamos aún en la perfección de las intenciones. La intención en la predicación de Cristo puede estar contaminada por otras faltas. Entre ellas, la principal es la falta de amor. San Pablo dice: «Aunque hable las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, no soy más que una campana que toca o unos platillos que resuenan» (1 Cor.13,1). La experiencia me ha hecho descubrir una cosa: que se puede anunciar a Jesucristo por motivos que tienen poco o nada que ver con el amor. Se puede anunciar por proselitismo, para encontrar —en el aumento del número de adeptos— una legitimación para la propia pequeña Iglesia o secta, especialmente si es de fundación propia o reciente. Se puede anunciar para llenar el número de los elegidos, para llevar el Evangelio a los confines de la tierra y así apresurar la vuelta del Señor.

Naturalmente, algunos de estos motivos son buenos y sacrosantos. Pero, por sí solos, no son suficientes. Falta ese genuino amor y compasión por los hombres que es el alma del Evangelio. ¿Por qué mandó Dios al primer misionero al mundo, a su Hijo Jesús? Por nada más que por amor: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Jn.3,16). ¿Por qué predicaba Jesús el reino? Únicamente por amor, por compasión. «Tengo compasión de estas multitudes —decía— porque son como ovejas sin pastor» (cf. Mt.9,36; 15,32). El Evangelio del amor no se puede anunciar más que por amor. Si no amamos a las personas que tenemos delante, las palabras se nos transforman en las manos, fácilmente, en piedras que hieren. Entonces, es necesario convertirse, pedir a Jesús su amor, junto con su palabra.

Con frecuencia, nos parecemos a Jonás. Jonás había ido a predicar a Nínive, pero no amaba a los ninivitas y Dios tuvo que esforzarse más para convertirlo a él, el predicador, que para convertir a los habitantes de Nínive. Jonás está visiblemente más contento cuando puede gritar: «¡Cuarenta días más y Nínive será destruida!», que no cuando debe anunciar el perdón de Dios y la salvación de Nínive. Se preocupa más de la higuera que le procura una sombra que de la salvación de esa ciudad. «Tú te enfadas —dice Dios a Jonás— por una higuera… ¿y no voy a tener yo compasión de Nínive, en la que hay más de ciento veinte mil personas que no saben distinguir su derecha de su izquierda?» (Jn.4,10-11).

Por tanto, amor por los hombres. Pero también y, sobre todo, amor por Jesús. Es el amor de Cristo el que nos debe impulsar. «¿Me amas? —dice Jesús a Pedro— Apacienta a mis corderos» (cf. Jn.21,15ss). Apacentar y predicar deben nacer de una amistad genuina con Jesús. Es necesario amar a Jesús, porque sólo quien está enamorado de Jesús lo puede proclamar al mundo con íntima convicción. Sólo se habla con efusividad de lo que se está enamorado. El amor hace poetas y, para ser evangelizadores, hay que ser un poco poetas. Jesús es el héroe y nosotros debemos ser sus cantores, los que, como los antiguos juglares, van de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, proclamando las grandes hazañas de su héroe y suscitando admiración por él.

Hay un consejo que doy normalmente cuando algún sacerdote joven o seminarista me pregunta qué debe hacer para ser un sacerdote válido. Enamórate —le digo— de Jesús; haz de él tu amigo, tu Señor y tu héroe. Intenta establecer con él una relación de íntima y devota amistad. Pide al Espíritu Santo que ponga a Jesús «como sello en tu corazón». Después, vete tranquilo. El mundo te hará guerra, pero no te vencerá.

 

  1. UNA RENOVACIÓN DE LA PREDICACIÓN EN EL ESPÍRITU:

Todo lo que he dicho hasta ahora nos lleva a la conclusión de que es necesaria una renovación de la evangelización en el Espíritu Santo. Las esperanzas de la Iglesia de conquistar el mundo para Cristo y de presentarle un mundo más cristiano. En la celebración del XVI centenario del Concilio ecuménico Constantinopolitano I —el concilio que definió la divinidad del Espíritu Santo— Juan Pablo II escribió que «toda la obra de renovación de la Iglesia, que el concilio Vaticano II, tan providencialmente, ha propuesto e iniciado… no puede realizarse si no en el Espíritu Santo, es decir, con la ayuda de su luz y de su fuerza» (2).

He intentado ilustrar, en estas reflexiones mías, cómo podemos, por parte nuestra, colaborar con esta renovación de la evangelización mediante el Espíritu: con la oración, la humildad, el amor, la cruz. Ahora, antes de concluir, quisiera señalar un ámbito en que debería manifestarse esta renovación de la evangelización católica. Con frecuencia se repite que la falta o la debilidad de un primer anuncio fuerte de la fe, que lleve al descubrimiento y a la elección de Jesús como Señor y Salvador personal de la propia vida, es una de las causas principales del paso de muchos católicos, en determinadas zonas, a otras denominaciones cristianas o, incluso, a las sectas. Ciertamente, hay algo de verdad en ello. Nosotros, católicos, estamos más preparados, por nuestro pasado, para ser «pastores» que para ser «pescadores» de hombres, es decir, estamos más preparados para apacentar a las personas que han seguido fieles a la Iglesia que para atraer nuevas personas a ella, o a «repescar» a las que se han alejado.

Pero yo no creo que esta sea la razón última del malestar de la evangelización en la Iglesia católica. Esto es, a su vez, el efecto de una causa más profunda que creo que se debe tener el valor de manifestar. En las iglesias protestantes, y especialmente en determinadas iglesias nuevas y sectas, la predicación lo es todo. Como consecuencia, a ella se preparan y en ella encuentran el modo natural de expresión los elementos más dotados. Es la actividad número uno en la Iglesia. Sin embargo, ¿a quiénes se reserva entre nosotros para la predicación? ¿Dónde terminan las fuerzas más vivas y válidas de la Iglesia? ¿Qué representa el oficio de la predicación entre todas las actividades y destinos posibles para un joven sacerdote? Me parece entrever un grave inconveniente: que se dedican a la predicación sólo los elementos que quedan después de haber elegido para los estudios académicos, para el gobierno, para la diplomacia, para la enseñanza y para la administración. Aquí está, en mi opinión, el punto débil.

Es necesario devolver su puesto de honor en la Iglesia al oficio de la predicación. Me ha llamado la atención una reflexión del Padre de Lubac: «El ministerio de la predicación no es la vulgarización de una enseñanza doctrinal en forma más abstracta, que sería anterior y superior a él. Es, por el contrario, la enseñanza doctrinal misma, en su forma más alta. Esto era cierto en la primera predicación cristiana, la de los apóstoles, y es igualmente cierto en la predicación de los que los han sucedido en la Iglesia: los Padres, los Doctores y nuestros Pastores en el momento presente» (3). A su vez, Urs von Baltasar dice que «la misión teológica misma está subordinada a la misión de la predicación en la Iglesia».

Estas afirmaciones me han impresionado porque parece que, de hecho, la relación existente entre estas dos actividades, por lo menos en opinión de la mayoría de la gente y de los mismos sacerdotes, es precisamente la contraria, la predicación no sería más que la vulgarización de una enseñanza más técnica y abstracta que le es anterior y superior: la teología. San Pablo, el modelo de todos los predicadores, ponía claramente la predicación antes que cualquier otra cosa y todo lo subordinaba a ella. Hacía teología predicando, y no una teología desde la que dejar que los demás dedujeran después las cosas más elementales para transmitirlas a los fieles sencillos en la predicación.

En este punto, yo me atrevo a hacer una invitación: «¡Teólogos, a la predicación! Teólogos, no paséis toda la vida frecuentando los libros, las bibliotecas y los institutos académicos, o las distintas redacciones. Lo que estas cosas podían daros, tal vez os lo han dado ya. Existe otra fuente de conocimiento de los caminos de Dios, otra escuela: ¡la vida, las almas! Ellas os enseñarán lo que los libros y los maestros humanos no han podido enseñaros. También va dirigida a vosotros la invitación de Jesús: ¡Id también vosotros a mi viña!: Ite et vos in vineam meam!».

¡Hay necesidad de vosotros, precisamente de vosotros! Hay necesidad de personas preparadas para hacer síntesis, para aplicar el mensaje al mundo de hoy, para dar al pueblo de Dios lo mejor de la doctrina, no ideas de segunda mano, para inculturar la fe en profundidad. Hay necesidad de personas preparadas en los estudios, que posean un método sólido, que abran al pueblo de Dios los depósitos de la tradición católica, donde están almacenados inmensos tesoros de experiencia, de doctrina, de santidad y de discernimiento. Y esto, sólo vosotros podéis hacerlo. Hay necesidad de personas que sepan «demostrar al mundo en qué está el pecado…. El pecado consiste en que no creen en mí» (Jn.16,8-9). Hay necesidad de personas capaces de empuñar las armas que, —como dice san Pablo— «sean capaces de destruir fortalezas, de deshacer las acusaciones y toda altanería que se levante contra el conocimiento de Dios, de someter todo entendimiento a la voluntad de Cristo» (2 Cor.4-5). Y estas personas sólo podéis ser vosotros.

Es verdad que el servicio que la teología presta a la evangelización es ya inmenso y variado. Pero no es suficiente. Es todavía demasiado indirecto; deja a los demás, a los simples agentes pastorales, el hacer una síntesis que ellos no son capaces de hacer. Hay necesidad de teólogos en la arena, no sólo a distancia.

¿Hombres «perdidos» para la investigación y para la teología? Yo digo: No; al contrario, ganados. ¿No eran Orígenes, Agustín y Basilio buenos teólogos? ¿Y qué hacían ellos todo el día si no predicar al pueblo y educarlo? ¿Cómo nacieron sus tratados teológicos más sublimes, si no de su actividad pastoral? ¿Dónde adquirieron su estupenda claridad y esencialidad, si no de la necesidad en que se encontraban, cada día, de explicar sus ideas al pueblo, con frecuencia, analfabeto? «Prefiero ser entendido por un pescador que alabado por un profesor» (Malo intelligi a piscatore quam laudari a doctore), decía san Agustín, y así ha terminado por obtener ambas cosas: es comprendido por los sencillos y admirado por los doctos.

Por tanto, no elementos perdidos, sino más bien ganados para la teología. Para una teología, se sobreentiende, menos académica, menos ideológica, menos escolástica y más espiritual. Menos en diálogo o, según los casos, en lucha, perenne y extenuante con la filosofía y la cultura del mundo y más en diálogo con la vida del cristiano y con el mundo de la fe. Es cierto que no todos están llamados a dejar la investigación para dedicarse exclusivamente a la predicación directa y al ministerio pastoral como el Señor me ha pedido a mí. ¡Ay si fuera así! Pero todos están llamados a asumir una parte más activa en la evangelización.

Un día Pedro dijo a Jesús: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos espera?» Y Jesús respondió prometiéndoles «el ciento por uno y la vida eterna» (cf. Mt.19,27-29). Quizás, también a nosotros se nos ocurre pensar: a lo que Jesús nos llama como evangelizadores es difícil; ¿qué recibiremos a cambio? Debo dar el siguiente testimonio a Jesús: Él da de verdad el ciento por uno ya aquí abajo, sin contar la vida eterna. El ciento por uno en alegría, plenitud de sentido y de vida; en hijos, hijas, hermanos, hermanas y madres. Una alegría tan profunda e intensa que Pablo la compara con la alegría del hombre que engendra una nueva vida: «Yo —dice— por medio del Evangelio os he engendrado en Cristo Jesús» (1 Cor.4,15). A veces se vive con intolerancia el propio celibato sacerdotal, pensando que nos esteriliza. La causa es que no se ha descubierto la alegría de la fecundidad espiritual que proporciona, especialmente, el ministerio de la predicación.

En el momento en que recibí la oración «para una nueva efusión del Espíritu», alguien pronunció sobre mí estas palabras: «Conocerás una nueva alegría en el anuncio de mi palabra». ¡Ha sido verdad! También en el ámbito espiritual, pocas alegrías son comparables a la de convertirnos en padres de almas. Una vez, en un congreso, después de haber hablado, sentí que alguien, entre la multitud, me tiraba del borde del hábito. Me volví. Era un joven que casi no tuvo tiempo de gritarme: «¡Padre, yo soy cristiano por causa tuya!» Y desapareció de mi vista. Pero qué conmoción, qué sentido de temor y de agradecimiento a Dios, que nos llama a ser sus colaboradores y no para generar vida corruptible, sino incorruptible.

Para que no nos apeguemos al ciento por uno aquí abajo, sino sólo a la vida eterna, a veces ocurre que se nos quita toda alegría y sentimos sólo cansancio, angustia, tribulación y, sobre todo, vergüenza por la incoherencia entre nuestra palabra y nuestra vida, y deseo de callar y de escapar. Pero entonces es el momento más precioso, el de dejar toda la alegría a Jesús.

A propósito de la alegría que podemos dar a Jesús, un día abrí la Biblia y me vino esta palabra que creo que no es sólo para mí, sino para todos nosotros, aquí reunidos, para redescubrir nuestra vocación de mensajeros del Evangelio. Es una palabra que nunca había notado antes de ahora: «El frío de la nieve en el calor de la siega, tal es un mensajero fiel para quien le envía: refresca el ánimo de su Señor» (Prov.25,13).

La imagen del calor y del frío me ha hecho pensar inmediatamente en Jesús en la cruz que grita: «¡Tengo sed!». Él es el gran segador sediento de almas que estamos llamados a refrescar con nuestro humilde y devoto servicio. Él es el héroe, del que estamos llamados a ser poetas y cantores. Por eso, dirijámosle nuestra oración: Señor Jesucristo, nosotros somos hombres de labios impuros y habitamos en un pueblo de labios impuros. Pero si tú nos aceptas, cada uno de nosotros te repite con alegría, como el profeta Isaías: Ecco ego, mitte me!: «¡Heme aquí Señor, envíame!»

P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

+ Ponencia en Madrid, 20 de Marzo de 2018.

Traducción de D. Pablo Cervera Barranco.

OMP España / Camino Católico.

© Imágenes tomadas de Internet.

 

NOTAS AL TEXTO

[1] Marshal Mcluhan, Understanding Media. The Extensions of Man (Mc Graw Hill, Nueva York 1964).

[2] Cf. S. Agustín, Sermón, 71,18: PL 38,461.

(2) AAS 73 (1981) 521.

(3) H. de Lubac, Exégèse médiévale, I, 2 (París 1959) 670.

 


22
Mar 21

HISTORIA DE UNA ALIANZA… ETERNA -Tras la Pasión de Jesús-

Oigo pisadas que me sacan de mi letargo… Levanto, pesadamente, la cabeza y veo acercarse hacia mí un anciano, que lleva en las manos una antorcha y un cuchillo, y un niño, que lleva sobre sus hombros una pesada carga de leña. Parece que no me han visto todavía, pero si siguen avanzando en la misma dirección, acabarán chocando contra Mí… Afortunadamente, han parado un poco más allá. El chico ha arrojado la leña al suelo, justo donde el cireneo dejó caer mi cruz, y el anciano le está dando instrucciones sobre cómo edificar un altar de piedra para el sacrificio, señalando hacia mi posición… Con lo grande que es este monte, ¿por qué tendrán que construirlo justo a mis pies?…

Cuando el niño termina de hacer su altar, pone encima la leña que traía y pregunta: “Padre, tenemos el altar, el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?” (cf. Gén.22,7) y el anciano le responde: “Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío” (Gén.22,8). Después, en silencio, con gesto serio y conteniendo el llanto, el anciano, ata a aquel niño y lo pone sobre la leña, disponiéndose a degollarlo, como ofrenda para algún dios,… pero ¿por qué tienen que venir a hacer lo que está prohibido, justo debajo de mí?… No puedo entender por qué veo estas escenas precisamente ahora… No sé si son reales o si estoy delirando a causa de la fiebre… ¡Ni siquiera puedo ver a mi Madre a los pies de mi cruz!… Estoy completamente solo y únicamente se me permite ver aquello… Debo estar delirando,… sí, pues mis ojos hinchados apenas se pueden abrir.

Cuando el anciano se prepara a descargar el golpe fatal sobre aquel muchacho, el Ángel del Señor detiene su mano y le llama por su nombre: “¡Abraham, Abraham!… No le hagas daño al niño; ahora sé que temes a Dios, pues no le has negado tu hijo único” (cf. Gén.22,11-12) y, de una vez, el niño es liberado. Súbitamente, aparece un carnero añal, enredado por los cuernos y balando asustado, en el mismo lugar donde los sayones me habían despojado a Mí de las ataduras y de mis ropas. Ambos lo desenredan con cuidado  y, una vez amarrado, lo traen a sacrificar, en sustitución del muchacho, ¡también debajo de mí!… ¿Qué significa eso? ¿Por qué todo tiene que pasar, precisamente aquí, debajo mío?…

 

Ha sido un sacrificio sustitutorio en toda regla. ¡Ya no quiero más sacrificios humanos! Todo esto me desconcierta,… ¡parece tan real!… Con esfuerzo, voy atando cabos: Abraham,… el sacrificio de Isaac,… el hijo de la promesa,… la víctima sustitutoria,… y acabo por reconocer esa escena; entonces, resuenan en mis oídos las palabras del Ángel: “”Como no te has reservado a Isaac, tu hijo único” (cf. Gén 22,16), tu Dios, tampoco se reservará a su Hijo único”… Tal fue el pacto que mi Padre selló con Abraham, en aquel mismo lugar, y que, ahora, se estaba cumpliendo en Mí. Sí, aquella frase era la clave de todo y, también, la solución de todo, pues aquel acto de fe de Abrahán en Dios, desató en mi Padre un acto de fe en el hombre y dio comienzo en firme al Plan de Redención

Es curioso, cuantas veces dije que “no había llegado mi Hora” y, muchas veces, a causa de ello, escapé milagrosamente de situaciones muy comprometidas e, incluso, mortales: acuchillado en Belén, despeñado en Nazaret, apedreado en Jerusalén,… sólo porque “no había llegado mi Hora”. Ahora me doy cuenta que el Padre ya había fijado mi Hora y aquello incluía, también, el lugar y la manera: ¿La víctima?, su Hijo único, el Hijo de la promesa, el Cordero de Dios, inmaculado y santo, que quita el pecado del mundo, siendo sacrificado una sola vez y para siempre. ¿El sacerdote u oficiante?, Yo mismo, Dios y hombre verdadero, el Sin Pecado, sumo sacerdote del nuevo rito, que entrego mi vida, no me la arrebatan, y, por ello, tengo el poder de recobrarla. ¿La leña?, mi cruz, cargada a cuestas hasta aquí, como aquel muchacho ¿El lugar?, el mismo extremo del monte Moria, que ahora llaman Gólgota. ¿La fecha?, la de Pascua. ¿La manera?,… “Padre, tenemos ya la víctima y la leña, pero ¿dónde está el altar de piedra para el sacrificio?”.

En ese momento, comienza a desplegarse ante mis ojos una frenética espiral de imágenes lejanas, que recorre la historia de Israel a velocidad inusitada, haciendo realidad, una vez más, que mil años son como un día para nuestro Dios. Las imágenes se ralentizan para ver a Moisés subiendo afanosamente el Monte Sinaí, en dirección a la Gloria de Dios, que le aguarda, tonante, en la llameante cima, y contemplar cómo Dios graba, con su propia escritura, en dos lajas de piedra, la Ley del Sinaí, hasta completar el Decálogo recitado por Él mismo a los hijos de Israel y que ellos aceptaron en su Presencia; entregándoselas, en depósito, a Moisés, como albacea de aquella Alianza, y enviándole de regreso al que ya era, oficialmente, “su Pueblo”. Después, las imágenes se aceleran, una vez más, para detenerse en el momento en que un arca de madera, forrada de oro, está siendo construida según las medidas e indicaciones de Dios y, una vez concluida, recibe en su interior las Tablas con la Ley del Sinaí.

 

No sé a qué puede venir todo esto, pero las imágenes vuelven a acelerarse, hasta causarme sensación de mareo. Cuando vuelven a ralentizarse, puedo ver el arca de Dios avanzando por el desierto, portada por levitas, vestidos con su clásico uniforme de lino blanco, seguidos por el Pueblo, que es protegido del sol, durante el día, por una columna de nube e iluminados, durante la noche, por una columna de luz. Veo, también, cómo preparan la Tienda del Encuentro, el Tabernáculo, cuando la columna se detiene, antes de montar el resto del campamento, e introducen, en ella, el Arca del Pacto, antes de que la columna descienda y la Gloria de Dios lo llene todo. Después, la espiral sigue y me siento desfallecer…

No sé qué hora sea, pero un terrible estrépito de armas y caballos, toques de trompetas y griterío de personas me saca de mi letargo. Alguien grita que Nabucodonosor ha roto las defensas de la ciudad y sus tropas se dirigen hacia el templo, matando, saqueando y arrasando cuanto encentran a su paso… Otros gritan que la familia real fue asesinada delante del rey Sedecías, antes de que Nabucodonosor le arrancara los ojos (cf.2Re.25,1-6)… ¡Es el caos!… ¡Pobre Jerusalén!… Entonces, oigo el ruido de múltiples pisadas, que portan algo pesado, en un nivel inferior al mío, como si hubiera una galería subterránea justo debajo de mí; debo estar crucificado sobre alguna cueva… Ahora los puedo ver, son levitas y soldados del Templo y están a las órdenes alguien al que ellos llaman “profeta Jeremías”. Se van acercando hacia mí con el ajuar del Templo; no quieren que caiga en poder del enemigo y sea profanado, especialmente el Arca de la Alianza (cf. 2Mac.5). Veo allí todo el oro del Templo y oigo que llaman, a aquel espacio inferior, la “cueva de Jeremías”. Tal vez sea la cueva del que los lidera; pues recuerdo haberle visto antes, allí, escribiendo, suplicante, sus “Lamentaciones”.

 

Justo debajo de mí puedo ver como un altar de piedra de grandes dimensiones. Ellos lo llaman el “arca de Salomón”, porque fue él quien “lo construyó quinientos años atrás y lo dejó allí para proteger el Arca de la Alianza en caso de un peligro grave”, según les explica a todos el profeta Jeremías. Los soldados desplazan trabajosamente su tapa superior y, no sin menos esfuerzo, los levitas introducen el Arca de la Alianza en su interior, volviendo a colocar la losa de piedra en su lugar, para sellar el altar, mientras Jeremías proclama, solemnemente, en voz alta: “Tú, oh Dios, permaneces para siempre, tu trono (el arca de la Alianza), de generación en generación” (Lam.5,19). A este caja de piedra o altar debió referirse Salomón al decir que “había edificado un templo al Señor” y, también, “una habitación o morada para siempre (para su trono)” (cf.2Cr.6,2;; 1Re.8,13). De repente, todo desaparece y vuelvo a ver a mi Madre a mis pies, con Magdalena y Juan a su lado… Ahora lo entiendo, el Padre ha respondido a mi pregunta: Ése es el altar de piedra que mi Padre había previsto y ordenado construir a Salomón, hace más de mil años, a la espera de este día y de mi Hora, aguardándome bajo el mismo lugar del monte Moria o monte “Dios proveerá”, como Abraham lo llamó, donde Abrahán construyera el suyo, y donde Dios proveyó el primer cordero sustitutorio para Isaac y, también, el definitivo y último, para la humanidad, Yo Mismo, el “Cordero Santo de Dios, que quita el pecado del mundo” (cf. Jn.1,29).

 

Es sorprendente la precisión de todo lo que mi Padre hace. En verdad que, para Él, “mil años son como un día” (cf. 2Pe.3,8), pues ve a través de los siglos como si fuera un mismo instante; y, así, fue reuniendo y colocando, a través de los acontecimientos y de los siglos, todos los elementos necesarios para cumplir, de la mejor manera posible y sin dejar lugar a dudas, la promesa hecha a Abrahán en el monte Moria y, con ella, la promesa hecha a nuestros primeros padres, antes de sacarlos del Edén (cf. Gén.3,15) y, con ellos, a toda la humanidad caída y, por ende, a toda la creación. Realmente, en el percibir y obrar del Padre, en su divina Providencia, “el mundo –con toda su historia- es un pañuelo” y este lugar donde me encuentro, colgando de esta cruz, ha sido, realmente, el pañuelo elegido por mi Padre, a través de los siglos, pues todo ha confluido en él… ¡Hasta mi sacrificio en la cruz! Sólo una cosa me queda por saber: “Padre, ¿por qué muero crucificado y no degollado, como Isaac, como los corderos en el Templo?…”. Y una voz interior me responde: “Mirarán al que traspasaron” (Zac.12,10); aquella respuesta suscita en Mí nuevas preguntas, pero he decidido dejarlo todo en las manos de mi Padre.

 

-o-0-o-

 

Eran las tres de la tarde, pero la oscuridad reinante recordaba las nueve de la noche. Apenas se veía nada en la cima del Calvario, salvo por una mortecina luz violácea, que lo teñía todo, mientras el rumor de una fuerte tormenta amenazaba desde el horizonte, precedida de un viento gélido e impetuoso, que barría furioso la explanada donde se levantaban nuestras cruces, aliviando mi fiebre y congelando la sangre de los tres ajusticiados que de ellas colgábamos. Me sentía completamente agotado, febril, comatoso,… pero en paz, en una profunda e inalterable paz… y ¡sí!, debo reconocerlo, feliz, muy feliz… había hecho mi parte y… ¡Todo estaba cumplido! El Padre estaría satisfecho… Creo haber dado un grito de júbilo al expirar; después, dejándome ir, incliné lentamente mi cabeza y entregué mi espíritu al Padre, a cuyas manos lo había confiado ya… poco tiempo antes… hace una eternidad.

 

En esos momentos me invadió una intensa sensación de paz y de plenitud, mientras sentía que, a mí alrededor, todo temblaba y se resquebrajaba. Y al temblor de la tierra le siguió el temblor de los corazones, pues la gente, aturdida y tambaleante, gritaba de terror mientras trataba de huir; y percibí, también, distantes, muy distantes, los aullidos de dolor de mis compañeros de infortunio, a la par que el crujir y astillarse de sus rodillas, bajo el golpe seco de las mazas. Sin embargo, para mí, que iba abandonando dulcemente mi cuerpo, todo aquello era percibido como algo distante, lejano, que no perturbaba en nada mi paz. De golpe, sentí que toda aquella agitación golpeaba la base de mi cruz, haciéndola estremecer con una potente sacudida, y percibí cómo la vibración subía por la madera, convulsionando mi cuerpo inerte, como si todavía se debatiera entre la vida y la muerte, luchando por una bocanada más de aire.

 

La conmoción agrietó la peña justo debajo de mí, rasgando el hueco donde estaba anclada mi cruz, para  perderse en las profundidades, donde le esperaba otro tipo de piedra, semejante a una losa, fracturándola en dos partes, que se separaron por la violencia del impacto. Pude percibir, entonces, una energía poderosa que emanaba de aquella grieta, lamiendo mi cuerpo yerto, y a lo lejos, el rumor del velo interior del Templo, que se rasgaba violentamente, de arriba abajo, por la fuerte sacudida, dejando expuesto, por primera vez, el Santo de los Santos. Aquello me llenó de un gozo intenso, pues terminaba la separación entre Dios y el hombre, que ahora “tenía libertad para entrar en el Lugar Santísimo, por mi Sangre” (cf.Heb.10,19).

En ese mismo instante, noté algo punzante que rasgaba, con fuerza inusitada, el velo de mi costado y, penetrando entre mis costillas, se hundía profundamente en mi corazón yerto, pero todavía caliente, dejando abierto y totalmente expuesto mi Santo de los Santos, ese divino corazón humano, “que tanto amó a los hombres”, permitiendo salir, libremente, al exterior, un torrente de sangre ardiente y el líquido pleural de mis hinchados pulmones, “sangre y agua” (Jn.19,34), que, lamiendo mi costado derecho, al llegar a mi tobillo, se precipitaba al interior de la profunda grieta, chapoteaba en el borde roto de aquella losa y tintineaba sobre una superficie metálica, dentro de ella, que era la fuente de la que brotaba aquella energía, haciéndola aumentar en brillo e intensidad con cada nueva gota de mi Sangre.

Según iba adaptándome a mi nuevo estado de conciencia y de existencia, súbitamente, lo recordé todo: Allí, debajo de mí, en el interior de la cueva de Jeremías y dentro de aquel altar de piedra, descansaba el Arca de la Alianza, el Trono de Dios en la Tierra, custodiando en su interior las tablas de piedra con la Ley del Sinaí, la primera Alianza, cuyo propiciatorio aguardaba la Sangre de la nueva y definitiva Alianza, derramada en expiación por los pecados de la humanidad, por “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn.1,34). Aquello se cumplió cuando “se quitó la vida al Mesías, mas no por sí” (cf. Dan.9,26), en que fui atravesado –o degollado-, y mi Sangre “ungió el Santo de los Santos” (cf. Dan.9,24), cubriendo la mitad expuesta del propiciatorio, aquella que nunca antes había sido rociada por las aspersiones rituales hechas con la sangre de los corderos añales del antiguo pacto.

Por primera vez, podían verse, una al lado de la otra y sin mezclarse, las dos sangres expiatorias: la de los corderos pascuales sacrificados durante siglos y la del Cordero de Dios mesiánico, derramada una sola vez y para siempre, descansando juntas sobre el propiciatorio, por encima de las tablas con la Ley de Dios, preservadas en el Arca del Testimonio, ratificándola -pues no vine a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento (cf. Mt.5,17-18)- y llevándola a plenitud en el nuevo Pacto, la nueva y eterna Alianza en mi Sangre, reparando, así, la ofensa cometida contra aquella misma Ley, establecida por Dios, para siempre, en el monte Sinaí, y quebrantada por el pecado de la humanidad de todos los tiempos y lugares, estableciendo, la continuidad entre las promesas y anuncios del Antiguo Testamento y las realizaciones y cumplimientos del Nuevo Testamento..

La Justicia divina había sido satisfecha y la Misericordia de Dios abría nuevamente el Cielo. Sentí cómo mi alma se henchía de un gozo espiritual legítimo, divino, intenso, desmesurado: ¡Había hecho nuevas todas las cosas! Sólo una cosa me quedaba por hacer, predicar la redención a los cautivos, que aguardaban su liberación en el inframundo, y liberarlos, para que estrenaran, junto a Mí, el acceso al Reino de mi Padre, recién abierto.

Mi alma se desprendió totalmente de mi cuerpo y me interné en los dominios de Satanás, cuyos habitantes se estremecieron de pavor al constatar mi presencia en el inframundo. Había vencido al fuerte, que se jactaba delante de Dios, quitándole las armas de que se fiaba, para repartirme su botín (cf. Lc.11,22), todas las almas allí retenidas; y hacerle ver su nada y su derrota ante el Único y el Todo, repitiéndole las palabras de Miguel: “¿Quién como Dios?”; Súbitamente, todos los justos allí confinados atronaron el inframundo, a una sola voz, gritando: “¡Nadie como Dios!”. Después, a una orden de mi divina voluntad, hice saltar los cerrojos de todas las prisiones en que los justos esperaban ansiosos, desde hacía siglos, mi visita y su liberación; los cuales fueron saliendo de ellas con himnos de alabanza y acción de gracias en sus labios, rodeándome con danzas de júbilo y liberación, mientras sus captores permanecían inmóviles, contemplando, impotentes, las consecuencias de mi victoria y su derrota.

Entonces, alguien muy conocido, salió del grupo y postrándose ante Mí, me suplicó: “Recuerda, Señor, que te acordarás de mí en tu Reino” (cf. Lc.23,42), era Dimas, el ladrón arrepentido, que me defendió e hizo profesión de su fe en Mí desde la cruz; dándole la mano, le hice levantar y, con gozo, le respondí, una vez más: “Hoy estarás Conmigo allí” (cf. Lc.23,43). Después, alguien entrañable y sumamente querido, sin saber si abrazarme o postrarse ante Mí, con un gozo inefable, exclamó: “¡Hijo mío y Dios mío!”, era José, el esposo de María y mi querido padre terrenal, pero fui Yo quien me abracé al él, lleno de cariño y gratitud.

Les hice sentar en torno mío y les prediqué a todos la Buena Nueva; después celebramos litúrgicamente el Shabbat, recitando y cantando a coro los salmos de ese día, hasta el momento en que me tocó ir al sepulcro, para encontrarme con mi cuerpo, a la espera de que el Padre me envíe su Santo Espíritu y me resucite; lo que sucederá con la primera estrella de la tarde, que anunciará el primer día de la semana, en que, tras haber entrado triunfante en la presencia de mi Padre con mi séquito de redimidos, regresaré para dar, personalmente, a todos mis amados, la gozosa noticia de mi Resurrección,…

Empezaré por Mamá, la más fiel en creer, contra toda esperanza, en mi regreso al tercer día, para llevarle, con la noticia de mi Resurrección, el amor y el cariño de su esposo del alma, el bienaventurado José, que vela ya por Ella desde el Cielo… Y seguiré por Magdalena, la que más amó, al ser la más perdonada; aquélla que, perdida la fe en mi promesa de resurrección, el amor la llevará a ser la primera junto al sepulcro, cumpliendo el salmo: “Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua” (Sal.62,2), para descubrir vacío mi sepulcro y vivo a su Maestro Amado (Cf. Jn.20,12), que le devolverá la fe y la esperanza, para ser apóstol de mis apóstoles con el testimonio de mi Resurrección.

¡Verdaderamente, ha sido un Shabbat memorable!, pero mi Padre aún guarda otro signo. Mañana, cuando Magdalena mire el interior de mi tumba vacía, verá “a dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde estaba mi cuerpo, uno a la cabecera y otro a los pies” (cf. Jn.20,12), la misma disposición que Dios le pidió a Moisés al hacer el Arca de la Alianza, de poner dos ángeles cincelados en oro, uno a cada extremo del propiciatorio (cf. Ex.25,18-22), para recordar que en el propiciatorio se manifiesta la Gloria de Dios, y la gloria de Dios es mi Resurrección, pues “Yo-soy la Resurrección y la Vida” (Jn.11,25), y que “Yo-soy” el Propiciatorio, en el cual se manifiesta la Gloria de Dios; y, como la Gloria de Dios es que el hombre viva, “Yo-soy”, también, el Cordero de Dios propiciador del perdón universal a la humanidad trasgresora de la Ley de Dios, al ser sacrificado como propiciación por todos los pecados por ella cometidos a lo largo de su historia, hasta el final de los tiempos, con tal que se conviertan y regresen de corazón al Amor de Dios, para que vivan felices y en paz, entre ellos y con Dios, así en la Tierra como en el Cielo, tal es el designio de Dios para su Reino… ¡Ya falta poco!… Un poco más y el Espíritu Santo vendrá a despertarme… ¡Sí, ya le oigo llegar!… ¡Gracias, Padre!

JESÚS, EL PROPICIATORIO DE DIOS

¿FIN?

 

+ Salamanca, 2 de Febrero de 2021.

Solemnidad de la Presentación del Señor y fiesta fundacional de Mariannhill.

P. Juan José Cepedano Flórez CMM.

© Imágenes tomadas de Internet.

 

 


01
Mar 21

BEATO ENGELMAR UNZEITIG, MISIONERO 26.147  

Queridos hermanos, el próximo 2 de Marzo, celebramos el aniversario de la entrada en la Vida de nuestro beato hermano, el P. Engelmar Unzeitig. A la vista de la tarea por él realizada y los frutos cosechados durante su estancia en el Campo de Concentración de Dachau, he querido titular este artículo: “Beato Engelmar Unzeitig, Misionero 26.147”.

Sí, habéis oído bien, “Misionero 26.147” y no “Prisionero 26.147”, pues el primero es un título ganado día a día, con toda justicia, pues en medio de las condiciones desalentadoramente adversas e infrahumanas del Campo de Concentración de Dachau, que convertían a las personas en prisioneros anodinos y anónimos, deshumanizadamente escondidos bajo un número de serie bordado en un trapo, el P. Engelmar, junto con un puñado de sacerdotes más, supo mantener su ser de misionero, a pesar del número y del trato recibido, no permitiéndose nunca el lujo de deshumanizarse y, sí, la necesidad de ser fiel a la misión de humanizar los corazones y divinizar las circunstancias, mediante su amor, entrega y sacrificio, para que los sufrimientos y penalidades allí vividos fueran redentores y ocasión de conocer, amar y confiar en el Hijo de Dios y en su bienaventurada Madre, únicos amigos fieles en aquel lugar de espanto y degeneración, que era el infierno de Dachau, donde el diablo pretendía siempre reír el último.

Podemos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que su amor por Jesús y María, y por los compañeros de cautiverio, que compartían sus mismas penurias, pero mucho menos afortunados que él en el don de la fe, le hicieron libre y creativo en medio de aquella prisión: “El amor multiplica las fuerzas, inventa cosas, da libertad interior y alegría”, como él decía, por lo que jamás fue un prisionero más, lo que le permitió ver su campo de misión en el campo de Dachau como una parte del Reino de Dios, que no tiene fronteras” y afirmar que, “de cualquier forma, el corazón del hombre desea el amor. Al final, nada se resiste a la fuerza del amor, con tal de que esté basado en Dios y no en las criaturas”. Y, digno hijo del Abad Francisco, supo poner continuamente en práctica aquel lema: “Mejores campos -el de Dachau-, mejores casas -principalmente, las barracas del tifus- y mejores corazones -todos los que entraron en contacto con suyo-” y aquel otro, que él repitió muchas veces: “Si nadie va, yo iré” y, así, yendo siempre, un día se nos fue del todo… pero cargado de santidad, siendo un ejemplo a seguir por todos nosotros, sus hermanos de Congregación, como Misioneros de Mariannhill.

Puerta de entrada al Campo de Concentración de Dachau.

Pero, preguntémosle a él: P. Engelmar, por favor, ¿podemos preguntarte una cosa? -¡Claro que sí, adelante! ¿Cuándo comenzaste a sentir que el Señor te llamaba a ser misionero? –Pues mira, a veces lo pienso y creo que esa llamada siempre estuvo ahí, que mi alma era tan misionera como la vocación a la que después me vi llamado y que fue despertando con la lectura de esas revistas que mi abuela recibía en casa y que yo devoraba, para, después, soñar y meditar: Cuando fuera mayor, quería ser Misionero de Mariannhill, como los de las revistas, pues en mi corazón sentía un gran afecto y simpatía espiritual por el Abad Francisco Pfanner, su fundador, al que encomendé mi vocación.

Llegó, entonces, la Gran Guerra y movilizaron a papá, para defendernos de las tropas rusas, que nos invadían, pero no duró mucho en el frente, pues su unidad fue apresada el primer día de combates y él fue deportado a un lejano campo de concentración, en el corazón nevado del imperio ruso, donde pronto falleció de tifus. Cuántas veces deseé haber hecho algo por él, incluso rescatarlo o, al menos, acompañarlo y cuidarlo, pero un niño pequeño no puede hacer grandes cosas, salvo rezar y hacer sus tareas en la granja, supliendo al cabeza de familia.

Poco a poco, fui creciendo y, con el tiempo, fue madurando, cada vez más, la necesidad de dejarlo todo para seguir a Cristo en la Misión. No fue fácil, pues tenía que dejar el peso de la granja a mi madre y a mis hermanas, pero, por fin, obtuve la autorización materna y entré en el Seminario de los Misioneros de Mariannhill, en Würzburg, donde, a mayores del programa de estudios, siempre me empeñé en sacar tiempo para la oración y para los idiomas, lo que me suponía un gran esfuerzo y mucho tiempo, pero quería estar bien preparado para defenderme y ser eficaz, allí donde me destinaran, desde el primer momento.

Diccionario ruso y algunas anotaciones del P. Engelmar Unzeitig CMM.

Sin embargo, bien pronto surgió el impulso y la necesidad de aprender bien la lengua rusa. No sabría explicar muy bien a qué era debido aquel interés tan intenso por aprender bien el ruso; pensé que se debía al deseo del Abad Francisco de fundar en Rusia y en China, incluso llegué a pensar que, habiendo perdonado a los rusos por la muerte de mi padre, moralmente estaba obligado a evangelizarlos, pero aquello era, realmente, algo más fuerte, una obligación que no venía de mí, sino de Dios. Tras arduos esfuerzos, súbitamente, la lengua eslava se dejó vencer y fue mostrándome todos sus secretos, permitiéndome, no sólo defenderme en ella, sino, incluso, comunicarme de palabra o por escrito con cierta fluidez… Me sentía preparado para ir a Rusia y hablarles del Dios verdadero y de su santísima Madre si Dios y el Abad Francisco así lo disponían, aunque aceptaría otro destino si Dios, por boca del superior, así lo pedía… ¡Indiferencia ignaciana!

Prisioneros de guerra rusos.

Pronto comenzaron los rumores y, después, los preparativos para enviarme a África y, solícito, me disponía a abrazar aquel destino, cuando estalló la Segunda Gran Guerra y se cancelaron todos los visados de salida del país, por lo que mi destino acabó siendo una pequeña parroquia vacante de la Bohemia profunda y, poco después, la que habría de ser mi segunda y definitiva parroquia: El campo de Concentración de Dachau, donde fui confinado, sin juicio previo, para poner fin a mis “peligrosas y subversivas” creencias cristianas, manifestadas “sin tapujos” en mis homilías, políticamente incorrectas. Ya no volvería a salir de allí, así que, me volqué pastoralmente en aquel lugar. Espero haber respondido tu pregunta.

Prisioneros rusos hacinados en vagones para su traslado a los diferentes campos de concentración alemanes.

¡Claro que sí, P. Engelmar!, pero permítenos hacerte una pregunta más: “¿En qué momento te sentiste más “misionero” durante tu estancia en el Campo de Concentración de Dachau?” Esa pregunta es fácil de responder: En todo momento, pero, quizá, mucho más, en mi apostolado entre los prisioneros de guerra rusos, cuando las autoridades nazis decidieron deportarlos en gran número a Dachau, pues estaban hacinados y sin que nadie les prestara atención, por desconocer su lengua, recibiendo un trato especialmente duro. Entonces, entendí, por fin, por qué aquel apremio, de mis años de estudiante, por aprender la lengua rusa. Aquello me hizo entender, también, que estaba en el lugar adecuado, que aquella era la Voluntad de Dios para mí y que me había estado preparando para ello durante todos esos años. Y, en seguida, empecé a ponerme al día con aquella lengua, para poder entenderme con ellos.

Prisioneros rusos en formación delante de los barracones que les fueron asignados.

Aún recuerdo a Pedro, el maestro tornero ruso que los sacerdotes católicos, dedicados a trabajos forzados, teníamos de instructor en el barracón de tecnologías llamado “Messerschmitt”, como los aviones de guerra alemanes. Un padre de familia bonachón y con dos hijos, reflexivo y de gran finura espiritual, con el que conecté rápidamente y con el que pasaba las horas de la noche hablando de Dios y de religión. Él fue mi puerta de acceso al resto de los prisioneros rusos -no ateos-, que, como él, sentían inquietudes espirituales y querían alimentarse espiritualmente.

Así que, en secreto, me responsabilicé de coordinar y llevar a cabo todas las tareas de apostolado y evangelización relacionadas con ellos, con pocos medios a mi alcance y la colaboración inapreciable de algunos sacerdotes, que quisieron aprender los rudimentos del ruso en mi improvisada escuela, asistiéndome, después, en las diversas tareas apostólicas de primera mano, como administrar los sacramentos y asistir a los moribundos, y en las tareas de multicopiado -como los copistas medievales- de diversos fragmentos de los Evangelios, del Catecismo y del Kempis o “Imitación de Cristo”, que yo había traducido, previamente, al ruso, y que los prisioneros rusos leían a escondidas, con gran avidez, corriendo, tanto ellos como nosotros, un continuo y grave riesgo de ser descubiertos y ejecutados por tenencia y elaboración de “material clandestino”.

Los futuros parroquianos del P. Engelmar.

Sin embargo, aquel esfuerzo mereció la pena y, con la ayuda de Dios, el fruto fue abundante, pues, aunque la idea era alimentarlos espiritualmente y sostenerlos en su fe ortodoxa, también se produjo alguna conversión al catolicismo, como la de mi amigo Pedro, que nunca se atrevió a dar el paso a la fe católica hasta que me ofrecí voluntario a los barracones de tifus, abrazando la fe en Cristo Jesús poco después de mi muerte, al ser bautizado en el propio Campo de Dachau por un capellán de las tropas de liberación, permitiéndoseme apadrinarlo desde el Cielo. Y hasta aquí mi relato. Espero que os haya sido útil.

Querido P. Engelmar, “Mártir de la Caridad” y “Ángel de Dachau”, gracias por este testimonio y por tu ejemplo, sacrificio y entrega, para todos nosotros, como modelo fiel de un verdadero y apasionado misionero. Te pedimos a ti, que supiste ser Misionero en el Campo de Concentración de Dachau. Ruega por nosotros.

P. Juan José Cepedano Flórez CMM.

+ Salamanca, 23 de Febrero de 2021.

© Imágenes tomadas de Internet (Especialmente C. C. Mauthausen-Gusen).