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Oct 21

Mensaje del Papa Francisco para el Domund 2021 [24 de Octubre]

Mensaje del Papa Francisco

para el Domund 2021

[24 de Octubre]

«No podemos dejar de hablar

de lo que hemos visto y oído».

[Act. 4, 20]

 

Foto 1: © Elpolitico.com

 

Foto 2: © P. LINO HERRERO PRIETO CMM [España]

San Francisco Javier, Patrono de las misiones: Vidriera que se encuentra en la capilla de la sede nacional de las Obras Misionales Pontificias [Madrid/España].

 

Foto 3: © P. LINO HERRERO PRIETO CMM [España]

San Francisco Javier, Patrono de las misiones: Vidriera que se encuentra en la capilla de la sede nacional de las Obras Misionales Pontificias [Madrid/España].

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando experimentamos la fuerza del amor de Dios, cuando reconocemos su presencia de Padre en nuestra vida personal y comunitaria, no podemos dejar de anunciar y compartir lo que hemos visto y oído. La relación de Jesús con sus discípulos, su humanidad que se nos revela en el misterio de la encarnación, en su Evangelio y en su Pascua nos hacen ver hasta qué punto Dios ama nuestra humanidad y hace suyos nuestros gozos y sufrimientos, nuestros deseos y nuestras angustias [cf. Const. Ap. Gaudium et spes, 22]. Todo en Cristo nos recuerda que el mundo en el que vivimos y su necesidad de redención no le es ajena y nos convoca también a sentirnos parte activa de esta misión: «Salgan al cruce de los caminos e inviten a todos los que encuentren» [Mt 22, 9]. Nadie es ajeno, nadie puede sentirse extraño o lejano a este amor de compasión.

[La experiencia de los apóstoles]

La historia de la evangelización comienza con una búsqueda apasionada del Señor que llama y quiere entablar con cada persona, allí donde se encuentra, un diálogo de amistad [cf. Jn 15, 12-17]. Los apóstoles son los primeros en dar cuenta de eso, hasta recuerdan el día y la hora en que fueron encontrados: «Era alrededor de las cuatro de la tarde» [Jn 1, 39]. La amistad con el Señor, verlo curar a los enfermos, comer con los pecadores, alimentar a los hambrientos, acercarse a los excluidos, tocar a los impuros, identificarse con los necesitados, invitar a las bienaventuranzas, enseñar de una manera nueva y llena de autoridad, deja una huella imborrable, capaz de suscitar el asombro, y una alegría expansiva y gratuita que no se puede contener. Como decía el profeta Jeremías, esta experiencia es el fuego ardiente de su presencia activa en nuestro corazón que nos impulsa a la misión, aunque a veces comporte sacrificios e incomprensiones [cf. 20, 7-9]. El amor siempre está en movimiento y nos pone en movimiento para compartir el anuncio más hermoso y esperanzador: «Hemos encontrado al Mesías» [Jn 1, 41].

Con Jesús hemos visto, oído y palpado que las cosas pueden ser diferentes. Él inauguró, ya para hoy, los tiempos por venir recordándonos una característica esencial de nuestro ser humanos, tantas veces olvidada: «Hemos sido hechos para la plenitud que sólo se alcanza en el amor» [Fratelli tutti, 68]. Tiempos nuevos que suscitan una fe capaz de impulsar iniciativas y forjar comunidades a partir de hombres y mujeres que aprenden a hacerse cargo de la fragilidad propia y la de los demás, promoviendo la fraternidad y la amistad social [cf. ibíd., 67]. La comunidad eclesial muestra su belleza cada vez que recuerda con gratitud que el Señor nos amó primero [cf. 1 Jn 4, 19]. Esa «predilección amorosa del Señor nos sorprende, y el asombro —por su propia naturaleza— no podemos poseerlo por nosotros mismos ni imponerlo. […] Sólo así puede florecer el milagro de la gratuidad, el don gratuito de sí. Tampoco el fervor misionero puede obtenerse como consecuencia de un razonamiento o de un cálculo. Ponerse en “estado de misión” es un efecto del agradecimiento» [Mensaje a las Obras Misionales Pontificias, 21 mayo 2020].

Sin embargo, los tiempos no eran fáciles; los primeros cristianos comenzaron su vida de fe en un ambiente hostil y complicado. Historias de postergaciones y encierros se cruzaban con resistencias internas y externas que parecían contradecir y hasta negar lo que habían visto y oído; pero eso, lejos de ser una dificultad u obstáculo que los llevara a replegarse o ensimismarse, los impulsó a transformar todos los inconvenientes, contradicciones y dificultades en una oportunidad para la misión. Los límites e impedimentos se volvieron también un lugar privilegiado para ungir todo y a todos con el Espíritu del Señor. Nada ni nadie podía quedar ajeno a ese anuncio liberador.

Tenemos el testimonio vivo de todo esto en los Hechos de los Apóstoles, libro de cabecera de los discípulos misioneros. Es el libro que recoge cómo el perfume del Evangelio fue calando a su paso y suscitando la alegría que sólo el Espíritu nos puede regalar. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos enseña a vivir las pruebas abrazándonos a Cristo, para madurar la «convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos» y la certeza de que «quien se ofrece y entrega a Dios por amor seguramente será fecundo» [Evangelii gaudium, 279].

Así también nosotros: tampoco es fácil el momento actual de nuestra historia. La situación de la pandemia evidenció y amplificó el dolor, la soledad, la pobreza y las injusticias que ya tantos padecían y puso al descubierto nuestras falsas seguridades y las fragmentaciones y polarizaciones que silenciosamente nos laceran. Los más frágiles y vulnerables experimentaron aún más su vulnerabilidad y fragilidad. Hemos experimentado el desánimo, el desencanto, el cansancio, y hasta la amargura conformista y desesperanzadora pudo apoderarse de nuestras miradas. Pero nosotros «no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Jesús como Cristo y Señor, pues no somos más que servidores de ustedes por causa de Jesús» [2 Co 4, 5]. Por eso sentimos resonar en nuestras comunidades y hogares la Palabra de vida que se hace eco en nuestros corazones y nos dice: «No está aquí: ¡ha resucitado!» [Lc 24, 6]; Palabra de esperanza que rompe todo determinismo y, para aquellos que se dejan tocar, regala la libertad y la audacia necesarias para ponerse de pie y buscar creativamente todas las maneras posibles de vivir la compasión, ese “sacramental” de la cercanía de Dios con nosotros que no abandona a nadie al borde del camino. En este tiempo de pandemia, ante la tentación de enmascarar y justificar la indiferencia y la apatía en nombre del sano distanciamiento social, urge la misión de la compasión capaz de hacer de la necesaria distancia un lugar de encuentro, de cuidado y de promoción. «Lo que hemos visto y oído» [Hch 4, 20], la misericordia con la que hemos sido tratados, se transforma en el punto de referencia y de credibilidad que nos permite recuperar la pasión compartida por crear «una comunidad de pertenencia y solidaridad, a la cual destinar tiempo, esfuerzo y bienes» [Fratelli tutti, 36]. Es su Palabra la que cotidianamente nos redime y nos salva de las excusas que llevan a encerrarnos en el más vil de los escepticismos: “todo da igual, nada va a cambiar”. Y frente a la pregunta: “¿para qué me voy a privar de mis seguridades, comodidades y placeres si no voy a ver ningún resultado importante?”, la respuesta permanece siempre la misma: «Jesucristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte y está lleno de poder. Jesucristo verdaderamente vive» [Evangelii gaudium, 275] y nos quiere también vivos, fraternos y capaces de hospedar y compartir esta esperanza. En el contexto actual urgen misioneros de esperanza que, ungidos por el Señor, sean capaces de recordar proféticamente que nadie se salva por sí solo.

Al igual que los apóstoles y los primeros cristianos, también nosotros decimos con todas nuestras fuerzas: «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» [Hch 4, 20]. Todo lo que hemos recibido, todo lo que el Señor nos ha ido concediendo, nos lo ha regalado para que lo pongamos en juego y se lo regalemos gratuitamente a los demás. Como los apóstoles que han visto, oído y tocado la salvación de Jesús [cf. 1 Jn 1, 1-4], así nosotros hoy podemos palpar la carne sufriente y gloriosa de Cristo en la historia de cada día y animarnos a compartir con todos un destino de esperanza, esa nota indiscutible que nace de sabernos acompañados por el Señor. Los cristianos no podemos reservar al Señor para nosotros mismos: la misión evangelizadora de la Iglesia expresa su implicación total y pública en la transformación del mundo y en la custodia de la creación.

[Una invitación a cada uno de nosotros]

El lema de la Jornada Mundial de las Misiones de este año, «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 20), es una invitación a cada uno de nosotros a “hacernos cargo” y dar a conocer aquello que tenemos en el corazón. Esta misión es y ha sido siempre la identidad de la Iglesia: «Ella existe para evangelizar» [S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 14]. Nuestra vida de fe se debilita, pierde profecía y capacidad de asombro y gratitud en el aislamiento personal o encerrándose en pequeños grupos; por su propia dinámica exige una creciente apertura capaz de llegar y abrazar a todos. Los primeros cristianos, lejos de ser seducidos para recluirse en una élite, fueron atraídos por el Señor y por la vida nueva que ofrecía para ir entre las gentes y testimoniar lo que habían visto y oído: el Reino de Dios está cerca. Lo hicieron con la generosidad, la gratitud y la nobleza propias de aquellos que siembran sabiendo que otros comerán el fruto de su entrega y sacrificio. Por eso me gusta pensar que «aun los más débiles, limitados y heridos pueden ser misioneros a su manera, porque siempre hay que permitir que el bien se comunique, aunque conviva con muchas fragilidades» [Christus vivit, 239].

En la Jornada Mundial de las Misiones, que se celebra cada año el tercer domingo de octubre, recordamos agradecidamente a todas esas personas que, con su testimonio de vida, nos ayudan a renovar nuestro compromiso bautismal de ser apóstoles generosos y alegres del Evangelio. Recordamos especialmente a quienes fueron capaces de ponerse en camino, dejar su tierra y sus hogares para que el Evangelio pueda alcanzar sin demoras y sin miedos esos rincones de pueblos y ciudades donde tantas vidas se encuentran sedientas de bendición.

Contemplar su testimonio misionero nos anima a ser valientes y a pedir con insistencia «al dueño que envíe trabajadores para su cosecha» [Lc 10, 2], porque somos conscientes de que la vocación a la misión no es algo del pasado o un recuerdo romántico de otros tiempos. Hoy, Jesús necesita corazones que sean capaces de vivir su vocación como una verdadera historia de amor, que les haga salir a las periferias del mundo y convertirse en mensajeros e instrumentos de compasión. Y es un llamado que Él nos hace a todos, aunque no de la misma manera. Recordemos que hay periferias que están cerca de nosotros, en el centro de una ciudad, o en la propia familia. También hay un aspecto de la apertura universal del amor que no es geográfico sino existencial. Siempre, pero especialmente en estos tiempos de pandemia es importante ampliar la capacidad cotidiana de ensanchar nuestros círculos, de llegar a aquellos que espontáneamente no los sentiríamos parte de “mi mundo de intereses”, aunque estén cerca nuestro [cf. Fratelli tutti, 97]. Vivir la misión es aventurarse a desarrollar los mismos sentimientos de Cristo Jesús y creer con Él que quien está a mi lado es también mi hermano y mi hermana. Que su amor de compasión despierte también nuestro corazón y nos vuelva a todos discípulos misioneros.

Que María, la primera discípula misionera, haga crecer en todos los bautizados el deseo de ser sal y luz en nuestras tierras [cf. Mt 5, 13-14].

Roma, San Juan de Letrán, 6 de enero de 2021, Solemnidad de la Epifanía del Señor.

 

Papa Francisco

 


15
Oct 21

El abad Francisco, amigo de San José

© P. LUKAS ANTON METTLER CMM [+]

 San José, Protector de Mariannhill: Imagen situada en la cara interior del pórtico del Monasterio de Mariannhill en KwaZulu-Natal [Sudáfrica].

Solemos decir que Mariannhill – Monasterio trapense fundado en 1882 cerca de la ciudad de Durban [Kwazulu-Natal/Sudáfrica] y hoy Casa Madre de los Misioneros de Mariannhill – no se entiende sin aquél que fue su fundador, el Siervo de Dios Abad Francisco Pfanner.  Pero el mismo Abad nos corrige: Mariannhill no se entiende sin San José. Cuatro fueron las preocupaciones del Abad Francisco al acometer la aventura misionera de Mariannhill: la evangelización de los pueblos zulúes, la obtención de los medios materiales necesarios, la formación de buenos y santos monjes y hacer que todo ello quedara orientado hacia el cielo, hacia Dios. Y con el fin de poder atender estas cuatro preocupaciones el Abad Francisco buscó y encontró en San José a su poderoso Protector.

El Abad Francisco escogió a San José como protector de todas las empresas misioneras de Mariannhill, porque San José fue el primer misionero que llegó al continente africano cuando llevó al Niño Jesús a Egipto: “San José, buscando refugio en tierra de Egipto, fue el primero que llevó a Jesús al continente africano… San José fue el primero que plantó el grano de mostaza del cristianismo en tierras africanas… San José llevó por primera vez al Salvador a los gentiles en el valle del Nilo”.

El Abad Francisco escogió a San José como protector de todas las obras materiales, de desarrollo social y de promoción humana de Mariannhill, como eran templos, conventos, hospitales, escuelas, talleres, establos y granjas, porque San José fue el que alimentó, vistió y cobijó al Niño Jesús en Nazaret: “La gente dice que soy un exagerado a la hora de pedir dinero para los zulúes…; que soy un descarado… Con gusto me dejo llamar atrevido porque cada necesidad material se la encomiendo a San José.  En los últimos 19 años los negocios más redondos los he realizado con el carpintero de Nazaret… Comencé las edificaciones sin un centavo en el bolsillo y San José, mi constructor y arquitecto, me suministró siempre el dinero necesario para ello”.

El Abad Francisco escogió a San José como protector de todas las tareas realizadas en Mariannhill tendentes a la formación de religiosos santos, porque San José fue el que formó y educó al Niño Jesús con el ejemplo de una vida santa, humilde y silenciosa: “San José fue un hombre religioso y santo porque supo guardar silencio…  Ser silencioso es tanto como ser santo. Un monje silencioso es humilde, paciente, no hace mal ni se queja… San José enseña a nuestros novicios a ser buenos religiosos porque les educa en el silencio interior”.

El Abad Francisco escogió a San José como protector de toda la vida y actividad desarrollada en Mariannhill porque, realizada la travesía, se necesita un experto marinero y práctico que introduzca el barco en el puerto y San José es esa mano segura y experta que guía a personas y actividades hacia Dios, puerto feliz de toda navegación: “Quiero que todo el mundo se entere de que San José es un gran marinero. Pero mucho más aún le necesitamos como práctico y guía espiritual. Como tal nos puede hacer un excelente servicio, pues es el mejor patrono de la buena muerte. Y es que de eso depende todo, de poder morir bien. Este es el viaje más importante, el que cruza el mar de la eternidad. ¡Oh eternidad, mar inconmensurable! O mare, quam magnun et spatiosum!”

 Al fundar el Monasterio de Mariannhill, el Abad Francisco se embarcó en una aventura misionera que requería cantidad de medios materiales para poder ser llevada a cabo y que precisaba de religiosos santos para su puesta en práctica.  Y todo ello con la única finalidad de acercar la Salvación de Cristo a los pueblos africanos del sur del continente. Para llevar a buen puerto la nave de Mariannhill, así diseñada, el Abad Francisco se buscó como experto marinero y práctico a San José. Por ello Mariannhill reconoció desde un principio a San José como a su Protector.

 [SAN José: EL PRIMER MISIONERO EN ÁFRICA]

Recuerda el Abad que hubo un tal José, hijo de Jacob, que vendido a unos nómadas por sus propios hermanos, fue llevado a Egipto y llegó a ser jefe de la Casa del Faraón. Cuando años después se dio a conocer a sus hermanos, les dijo: “para vuestro bien me ha enviado Dios a Egipto delante de vosotros”. Estas palabras también las podía repetir con propiedad el mismo San José, pues para bien de la tierra africana y de todos sus moradores llevó al Redentor a un país en el norte del continente africano. San José llevó al Redentor a la tierra de los gentiles.

Y continúa el Abad diciendo que los Trapenses cuando llegaron a Sudáfrica, aunque poco era lo que tenían, era mucho en comparación con lo poquísimo que tenía San José: “… Cuando nosotros llegamos a esta parte de África y pudimos ofrecer descanso a nuestros cuerpos fatigados sobre la hierba, cubiertos con mantas y bajo tiendas, ¡qué ricos fuimos en comparación con San José! San José probablemente no tenía una tienda donde protegerse del sol y de la lluvia”.

Situado en el valle del Nilo, San José no se preocupó únicamente de atender las necesidades materiales de los tesoros que Dios le había encomendado a su custodia, Jesús y María; se preocupó también de la salvación de la gente que vivía a su alrededor, que atraídos por su lengua extraña y por su indumentaria diferente, se acercaban a El. A San José “no le podía ser indiferente si los indígenas conocían o no al Dios verdadero y al Salvador recién nacido”.

Y dirigiéndose a sus monjes el Abad les dice: “… vosotros habéis dejado atrás, igual que José, a vuestros familiares, vuestras posesiones y vuestra patria.  Incluso habéis dejado un continente de clima moderado y habéis venido a África, al mismo continente al que vino él, bajo ese mismo sol de justicia con casi idéntica temperatura a la que tuvo que soportar él”. Si San José llevó a los paganos al mismo Salvador, los trapenses misioneros de Mariannhill llevaron a Jesús a África. Y añade el Abad Francisco: “Cuando llegamos aquí, nuestros africanos sabían de San José y del niño Jesús tanto como hace 1800 años los habitantes de Heliópolis en el valle del Nilo. La única diferencia es ésta: San José llevó a Jesús, su luz y su gracia a los africanos en la punta noreste del continente y nosotros a los que viven en estas regiones del sur”.

Pasa ahora el Abad Francisco a poner de relieve otra dimensión de la comparación que está realizando entre la llegada de San José al norte de África y la llegada de los Trapenses, y señala que San José “no llevó otra cosa que sus pies heridos y su ropa gastada después de tan largo y duro viaje desde el país de los judíos.  Vosotros os acordáis muy bien de cómo, después de dos años de luchar contra los espinos y los cactus en nuestro hábitat anterior, estaban vuestros pies heridos y vuestros hábitos hechos jirones… ¿Acaso no es cada bautismo de uno de estos nativos que hasta ahora se tenían como cerrados e imposibles de convertir, una victoria del bien e incluso de los Trapenses?… De hecho, San José ha demostrado ser no sólo nuestro tutor, sino también nuestro guía misionero. Ha escuchado nuestra oración”.

La confesión que hiciera José, el hijo de Jacob, ante sus hermanos la pone el Abad en labios de San José y dirigida a los Trapenses: “Por vuestra salvación he sido enviado a África delante de vosotros”.  Esto significa para el Abad que San José se ha convertido en un modelo misionero para los Trapenses: “… para que de San José aprendáis el celo misionero”. Por todo lo dicho el Abad no dudó un momento a la hora de poner toda su actividad misionera bajo el cuidado y protección de San José: “Por esta razón queremos poner todo lo que tiene que ver con la conversión y la cristianización bajo la protección de San José: las escuelas, el instituto para los chicos y el colegio para las chicas, las chozas para predicar y más adelante la Iglesia para la misión”. Y vuelve el Abad a poner en boca de San José las palabras de aquel otro José, hijo de Jacob, para decirles ahora a los africanos: “Por vuestra salvación, por vuestro bien corporal y espiritual, Dios me ha enviado a vosotros y a África, para que tengáis en mí un padre, un tutor y un protector”. Se convierte así San José no sólo en una ayuda para la actividad misionera sino también en parte integrante del contenido mismo del mensaje a difundir con dicha actividad. El misionero ha de confiar en San José y ha de hablar sobre San José.

El Abad pide frecuentemente a San José, seguro de su influencia poderosa, por esta causa: “Estoy convencido de que tiene que ser un ferviente deseo de San José, a quien se considera como patrono de toda la Iglesia, que aquel continente, en el cual él mismo evangelizó durante siete años, reciba por fin la luz del cristianismo… Hemos empezado la letanía a San José precisamente por eso, para que él nos envíe buenos misioneros o candidatos para la Trapa.  Y tú, ¡oh San José, haz uso de tu influencia poderosa! ¡Es ahora cuando te necesitamos! Se trata de salvar millones de personas. Se trata de convertir la tierra que un día te dio cobijo. Se trata de demostrar, y de demostrar ante el mundo entero, el gran poder que tienes. Se trata de demostrar que quien se dirija a ti, de ninguna manera quedará defraudado”.

 P. Lino Herrero Prieto CMM

Misionero de Mariannhill